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:: SEÑALES
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(SIGNALS)
—Gabrielle,
sinceramente no lo sé. Quizá es
todo mezclado con otras cosas que me han sucedido,
cosas terribles que no quiero que sepas nunca
o que tengas que intentar entender. Cosas que
están mezcladas con lo que siento por
ti. Tú sólo tienes que saber que
yo me preocupo tanto por ti que nunca te haría
daño voluntariamente.
—Eso
lo sé, Xena. —La mirada de confianza
que acompañaba aquellas palabras disparó
directamente al corazón de la guerrera.
Cuando Xena
rompió el largo silencio, habló
bruscamente.
—Entonces
ayúdame a quitarme esta ridícula
armadura y vamos a buscar algo para comer. Tengo
hambre.
La voz de
la bardo arrastraba una pequeña travesura.
—Bueno,
no comas demasiado. Nunca entrarás de
nuevo en ese vestido esta noche.
CAPÍTULO
5.
Todo sucedió
como Pedicles había descrito. Cuando
el sol comenzó a esconderse tras el monte
Themos, el rey Demitros permaneció de
pie sobre la plataforma de la base. Con la atención
de una gran muchedumbre de su gente y visitantes
de los reinos colindantes, levantó su
brazo derecho y después, dramatica y
decisivamente, lo dejó caer para dar
comienzo a las ceremonias. Sólo Gabrielle,
quien estaba de pie al lado de la plataforma,
captó la pequeña sonrisa que mostraba
que el joven rey era plenamente consciente de
que estaba interprtando un papel sobre un escenario.
Y que disfrutaba mucho con ello.
La multitud
rugió, y luego, sobre el alboroto, se
pudo escuchar el sonido de las trompetas y los
tambores. A través de las puertas del
castillo marchaba la guardia real, con Medoc,
montando un cabaño negro azabache, a
la cabeza. Los soldados formaron dos columnas
y levantaron sus espadas, sosteniéndolas
en un alto saludo a la figura que después
emergió tras las murallas del castillo.
Gabrielle había esperado a una dorada
princesa guerrera sobre un dorado caballo. En
cambio, los rayos del sol poniente parecieron
prender fuego a la armadura, convirtiendo a
Xena en una guerrera de fuego. La multitud calló
de repente. Cuando Xena pasó al último
hombre de la guardia, Medoc se levantó
en su silla y, manteniendo su espada en alto
en un saludo militar, lanzó un grito
de batalla.
—¡Xena!
¡Xena! ¡Xena! —este fue recogido
por los demás soldados y después
por la multitud mientras Xena ponía a
Argo a galope. Cuando ella alcanzó la
plataforma, se volvió e hizo callar a
la muchedumbre. Todas las voces se callaron
mientras la gente trataba de escuchar sus palabras.
—Rey
Demitros, traigo saludos de tu pariente, el
rey Tibor. Es su deseo tener paz eterna entre
su reino y el tuyo. —La voz de Xena sonó
clara y segura en todos lado en el valle.
El joven rey
caminó por el borde de la plataforma
y tomó la bolsa de cuero que ella le
traía de su primo.
—Te
doy las gracias, princesa, —dijo el rey,
sorprendiendo a la guerrera con el uso de ese
título. Mientras Xena desmontaba, el
rey caminó con dignidad hasta una mesa
que había sido colocada en el centro
de la plataforma. Con gran ceremonia, el desenrolló
el pergamino del tratado de paz e hizo como
si leyera sus condiciones. Estaba de cara a
Gabrielle mientras vertía cera caliente
sobre la esquina inferior del documento y después
hacía rodar el sello de su anillo sobre
la cera.— Hecho. —le dijo sin voz.
Volviéndose, tomó de un cortesano
una antorcha encendida. La mantuvo en alto para
que la multitud la viera antes de acercarse
al borde de la plataforma y entregársela
a Xena.
Gabrielle
trató de captar la mirada de Xena, para
mostrarle cuán orgullosa estaba de ser
su amiga, pero Xena ya estaba corriendo por
el sendero que conducía a la cumbre de
la montaña. El sol estaba ahora completamente
tras el monte Themos, y todo lo que se podía
ver del progreso de Xena era parte de la llama
mientras ella corría por el sendero y
después por la parte más escarpada.
En la cumbre, Xena tocó con la antorcha
la pira que simbolizaba la muerte de los prejuicios
y la guerra. La pira se encendió y se
vio la silueta de Xena contra las rugientes
llamas, su armadura parecía de fuego
otra vez. Incluso sabiendo que esto era un espectáculo
planeado para la multitud que los observaba,
Gabrielle sintió como se paraba su respiración
y las lágrimas saltaban de sus ojos.
En su mente retomó el anterior grito.
—¡Xena!
¡Xena! ¡Xena!
El oscuro
cielo nocturno sobre la montaña fue repentinamente
salpicado de llameantes flechas, que aparentemente
llegaban de todos lados de la montaña.
Ahí
fue cuando Gabrielle notó que algo iba
muy mal. Chillidos y gritos surgieron en todas
partes en la muchedumbre. Oyó el sonido
del metal golpeando metal y miró hacia
el castillo, donde una batalla estaba siendo
aparentemente luchada entre la guardia real
y un grupo de hombres con espadas y otras armas.
Instintivamente, miró hacia Xena justo
a tiempo para ver como varias flechas incendiarias
caían sobre su amiga. Entonces Gabrielle
fue agarrada desde destrás y tirada sobre
el suelo de la plataforma. Incluso careciendo
de su callado, que había dejado en el
castillo, luchó valientemente y con eficacia.
Vio al rey, y de toda la gente, Pedicles estaba
todavía sobre sus pies comprometiendo
a sus atacantes sólo con las pequeñas
espadas ceremoniales que había llevado.
Trató de dirigirse hacia ellos y vio
a Pedicles caer con lo que era obviamente una
herida mortal. Cuando alcanzó al rey,
recibió un golpe desde detrás,
y eso fue lo último que supo.
CAPÍTULO
6.
Gabrielle
se despertó en el Gran Salón,
donde ella y Xena se habían encontrado
por primera vez con el rey Demitros. ¡Xena!
Gabrielle luchó con sus ataduras para
volverse. El rey se agachó y la ayudó
a levantarse. Un corpulento guardia se acercó
para pararlo, y una voz ordenó:
—No
toques a mi primo. ¡Mientras él
esté vivo, todavía es un rey!
—El Rey Tibor, pensó Gabrielle.
¡Así que él es el responsable
de todo esto!
Gabrielle
se balanceó por un momento, después
consiguió equilibrarse. Miró al
joven rey, que estaba despeinado pero aparentemente
ileso. Vio que sus manos no estaban atadas como
las suyas, pero estaba bajo fuerte vigilancia.
—¿Xena?
—preguntó.
—No
lo sé, —respondió él.—
No estaba entre los prisioneros que he visto.
—¿Qué
ha sucedido?
—Tibor
nunca planeó honrar el tratado. Lo envió
con Xena y contigo; después él
y sus soldados se infiltraron entre la muchedumbre
de la celebración. Rodearon a la guardia
real y la plataforma. —La rabia y el pesar
grabaron nuevas líneas en su cara infantil.—
Sus hombres mataron y sustituyeron a los arqueros
que estaban situados en la montaña. Ellos
dispararon las flechas incendiarias que señalaban
el comienzo del ataque.
Justo en ese
momento las puertas del Gran Salón se
abrieron de golpe y un destacamiento de soldados
entró. Los dos que iban en cabeza se
apartaron y los que les seguían lanzaron
al suelo una figura débil. El rey Tibor,
vestido con una armadura negra blasonada por
el emblema de su religión, permaneció
de pie ante el prisionero. Gabrielle se esforzaba
por ver entre la muchedumbre de soldados, todos
más altos que ella. Finalmente, consiguió
ver que la figura que estaba en el suelo estab
vestida de oro y blanco y estaba inmóvil,
demasiado inmóvil.
—¡Xena!
—gritó y siguió adelante.
Un guardia
la paró, pero Tibor dijo:
—No,
deja venir a la chiquilla. Y Demitros. Primo,
ven a ver cómo ha caído tu heroína.
—Se permitió a Gabrielle y a Demitros
acercarse a unos pasos de Tibor y Xena antes
de que fueran detenidos otra vez.
—¿Está
viva? —le preguntó Tibor a uno
de sus soldados.
—Sí,
majestad, pero gravemente herida. —¡Xena
estaba viva! Gabrielle no hizo caso a la segunda
parte del mensaje. No podía.
Tibor hizo
señas a los soldados para que se retiraran
y Gabrielle consigió una vista clara
de su amiga. Xena estaba tendida sobre su espalda,
levemente girada alrededor de una flecha que
sobresalía cerca de su hombro derecho,
sobre su pecho. La flecha había atravesado
la armadura de oro. "Oh, Xena," pensó
Gabrielle, "tu armadura habría parado
esa flecha."
Tibor suavemente
dio un toque en el muslo de Xena con su bota,
y ella gimió suavemente.
—Primo,
creo que tu campeona necesita atención
médica. —Inclinándose sobre
la desvalida guerrera, Tibor de repente colocó
su pie sobre su hombro y, agarrando el emplumado
eje de la flecha, la sacó. El grito de
Xena rebotó a través de la cámara
y provocó que algunos de los enemigos
se estremecieran. Gabrielle cayó de rodillas
por la impresión.
—¡No!
—rugió Demitros y habría
cargado contra su primo si dos guardias no hubieran
bloqueado su camino.
Tibor observó
a la mujer que se retorcía como si su
dolor fuera de gran interés para él.
—Oh,
por favor, —dijo a la sala en general,—
imagino que se supone que ha de ser llevada
a otro sitio. —Le pasó la flecha
sangrienta a uno de sus soldados y ordenó,—
Ponedla en pie. —Dos de sus hombres dieron
un paso adelante y levantaron a Xena hasta que
sus pies cargaron con un poco de su propio peso.
Tibor encaró al joven rey.— Demitros,
estás equivocado, en asuntos tanto de
religión como de política. Sin
embargo, eres de mi familia, y estoy dispuesto
a perdonarte y a darte una oportunidad de enmendar
tus errores. Mira a esta guerrera. Hace años
caíste bajo su discurso y creíste
en sus falsas palabras. En vez de convertirte
a la religión verdadera y unir tus manos
con las mías a través de la fe,
pensaste que podrías traer la paz permitiendo
a la gente adorar a cualquier dios que quisieran
y de cualquier manera.
Mientras duró
el largo discurso, los ojos de Gabrielle nunca
abandonaron la cara de Xena. Vió como
los ojos azules se abrían y trataban
de enfocar. Podría decir el instante
en que su amiga recuperó la completa
consciencia de todo lo que la rodeaba.—
Xena, —dijo sin voz. Creyó ver
a la guerrera asentir, pero no podía
estar segura.
—Elige,
Demitros, —estaba diciendo Tibor.—
Puedes continuar en tu error y perder tu reino
y tu vida. O puedes corregir tu camino y ser
mi alidado en la fé verdadera.
Gabrielle
fue aturdida por la pregunta del joven rey.
—¿Qué
quieres que haga?
—El
Festival de las Tres Naves será en doce
días. Debes arrodillarte en la noche
de la celebración y jurar la conversión
tuya y de todo tu pueblo.
—¿Y
eso traerá la paz? —preguntó
Demitros.
—Debes
hacer otra cosa para mostrar que repudias tu
pasado error. —Tibor apuntó hacia
Xena, quien estaba mirando directamente a Demitros
a los ojos.— Debes condenar a esta bruja
a morir en el Festival.
Con sus ojos
fijos en la cara de Demitros, Gabrielle no vio
la mirada que se intercambiaron la guerrera
y el joven rey. Con voz tranquila, le dijo a
su primo:
—Yo
así lo ordeno.
—¡No!
¡No puedes hacer eso! ¡Cobarde!
—los guardias detuvieron a la pequeña
mujer mientras esta se lanzaba sobre el hombre
que acababa de traicionar a su amiga.
—¡Suficiente!
—gritó Tibor.— Llevad a la
pequeña a una celda.
—¿Y
la guerrera? —preguntó un guardia.
—A ella
también. —Pareció tener
un segundo pensamiento.— Pero antes dadle
a probar el sabor de la rueda. No creo que su
herida la haya hecho suficientemente dócil.
CAPÍTULO
7.
Durante día,
Xena sólo conoció dos cosas: dolor
y la voz de Gabrielle. Un sanador vino y, sin
ayuda de medicamentos que acabaran con el dolor,
cortó y cosió la herida de flecha.
Cuando Gabrielle protestó, él
dijo:
—Mi
rey quiere que viva. No quiere que esté
cómoda. —Gabrielle hablaba con
Xena durante horas, narrándole historias,
tarareando canciones que recordaba de su niñez,
haciendo planes para cuando ambas caminaran
libres por los bosques y acamparan bajo las
estrellas de nuevo.
Xena escuchaba
y trataba de susurrar respuestas, pero la celda
de Gabrielle estaba lejos, y la bardo habitualmente
no podía oírla. El cuerpo de Xena
trataba de curarse, pero cuando ella mostraba
signos de estar recuperando algo de su legendaria
fuerza, Tibor le hacía una visita y ordenaba
que la llevaran a la rueda.
La rueda.
Gabrielle
no podía imaginar que era eso, pero escuchaba
los gritos de Xena a través de las gruesas
paredes de la mazmorra y veía los resultados
cuando su amiga era devuelta a su celda.
Gabrielle
suplicó que le permitieran compartir
una celda con la guerrera, o al menos estar
en la celda contigua, pero los guardias sólo
se reían. Otros alimentaban a Gabrielle,
pero ellos no le prestaban atención.
Una vez al día, un guardia, sostenía
la cabeza de Xena y vertía agua en su
boca hasta que ella la tragaba. Le lanzaban
comida al suelo, pero era incapaz de acercarse
a ella.
—Agua.
—Xena pensaba que se la oía, pero
no estaba segura.— Agua.
—¡Guardias!
—gritó Gabrielle.— Necesita
agua. Está sufriendo. ¡Llevadle
agua! —Nadie respondió.—
¡Si ella muere antes del Festival, vuestro
rey os mandará a esa rueda!
Un renuente
guardia llegó desde el cuarto de guardia.
Era un tipo que Gabrielle no había visto
antes.
—Más
problemas de los que vale, —se quejó,
pero Gabrielle vio que traía un cazo
en la mano. Abrió la celda y entró.—
Apesta. —Se inclinó y sostuvo el
cucharón contra la boca de la mujer.—
¡Hey! Despacio. Es todo lo que tendrás
hoy, así que no lo tires.
—¿Demitros?
—susurró Xena.
—Sí,
Demitros, —respondió el guardia.—
Ese es el que te ha condenado. Serás
el primer acto del Festival. Sí, cuando
el hacha del verdugo se levante mañana,
esa será la señal. Antes de que
baje todo habrá cambiado. Todo será
nuevo. ¡Cortar! ¡Cortar!
—¡Deja
de atormentarla! —gritó Gabrielle.
—¿La
señal?
—¡Sí,
demasiado mal no lo sabrás! ¡Cortar!
¡Cortar! —se mofó—.
¡Cortar! ¡Cortar! —Abandonó
la celda y se rió de su propia broma
todo el camino de vuelta a la garita.
—Xena
—llamó Gabrielle—. No le
creas. Hemos estado en malas circunstancias
antes y salimos de ellas. Saldremos de esto
también.
—¿Gabrielle?
—Puedo
oírte.
—Intenté
decírtelo.
—Lo
sé. Guarda tus fuerzas —De repente
Gabrielle no quería escuchar lo que estaba
segura Xena estaba a punto de decir. Esto se
parecía demasiado a un final.
—Pero
no pude.
—Lo
sé. Calla. Te contaré una historia.
—Lo
intenté de la única forma que
sabía —Gabrielle lloraba abiertamente.
No debería acabar de esta forma. No así.
—¿Gabrielle?
—Sí,
Xena
—Te
amo
CAPÍTULO
8.
Tibor hizo
una visita a la tarde siguiente. Permaneció
fuera de la celda de Xena y la estudió.
Gabrielle intentó llamar su atención.
—No
te la lleves otra vez. Por favor llévame
a mí. Destrózame a mí en
tu rueda. Por favor.
Tibor miró
finalmente en su dirección.
—Imploras
tan bien que estoy tentado a concedértelo.
Pero no, nadie va a ir a la rueda hoy —Se
giró hacia Xena—. Bruja, ¿Puedes
oírme? Morirás esta noche. Quiero
que puedas ir caminando a tu destino.
—¿Gabrielle?
—No
tengo ningún interés en ella,
y mi primo ha pedido su vida. Será liberada
después del Festival.
—¡Guardia!
—el nuevo guardia, aquél que se
había burlado de Xena el día anterior,
apareció a su lado—. Su estado
es asqueroso. Lávala. Mandaré
las ropas y la armadura que llevaba puestas
en la otra ceremonia. Quiero que lleve eso puesto
para los festejos de esta noche.
—Sí,
su Majestad.
—La
llevarás por el mismo camino por el que
cabalgó la otra vez.
—No
creo que sea capaz de caminar tanto.
—Usa
un carro de bueyes. Encadena a la chica y que
la acompañe también. He oído
que es una cuenta cuentos. Que cuente como la
mujer guerrera pagó por sus errores —Tibor
habló una vez más a Xena—.
La próxima ve que te vea, tu cabeza estará
sobre el cadalso. Y el alma de mi primo y el
reino por fin estarán en paz —Después,
se fue de la mazmorra.
El guardia
volvió a la celda de Xena con un caldero
de agua y unos trapos. Preció titubear
en la puerta de la celda.
—Déjame
que lo haga yo —sugirió Gabrielle.
Él
negó con la cabeza —Me meteré
en problemas.
—Tú
no quieres entrar ahí —le recordó
Gabrielle—. Odias el olor. Y no creo que
te haga gracia tener que tratar con heridas,
¿no? Puedo hacerlo por ti. Y nadie tiene
por qué saberlo.
—Sólo
hay un par de los nuestros por aquí.
El resto está ocupado con el Festival.
El otro guardia,
un bruto enorme que parecía enorgullecerse
especialmente de atormentar a Xena, trajo el
vestido blanco de cuero y la armadura dorada
que Xena había llevado en la ceremonia
pactada. —¿Quieres que la prepare?
—preguntó mientras sonreía
con afectación y se frotaba la cara con
una mugrienta zarpa.
—No
—dijo el guardia nuevo—. El rey
Tibor quiere que sea capaz de subir los escalones
del cadalso. Serán tu cuello y el mío
si no puede.
El bruto miró
decepcionado, pero no discutió, sólo
tiró las ropas al suelo y salió.
El otro guardia observó la complicada
armadura y pareció tomar una decisión.
Cogió unas esposas de la pared y se dirigió
hacia la celda de Gabrielle.
—Pon
las manos juntas —ordenó, y Gabrielle
acató. A través de los barrotes,
cerró las esposas alrededor de sus muñecas
antes de abrir la puerta de la celda. —No
intentes nada —dijo—. Puedo hacerle
lo que sea mientras no la haga demasiado daño.
Después
le paso el cubo y las vestimentas a Gabrielle
y le dejo pasar a la celda de Xena.
—¿Es
posible que estemos a solas? —preguntó.
—No
—respondió—. No miraré,
pero estaré escuchando. No habléis.
—Gracias
por…
—No
creas que soy blando. Necesito que se haga esta
tarea —se rió—. ¡Cortar!
¡Cortar! Esa es la señal, después
a casa antes de medianoche. Quizás consiga
un ascenso —Todavía cacareando,
mantuvo su promesa de darse la vuelta.
Gabrielle
se inclino y comenzó a susurrar algo,
pero Xena negó con la cabeza. —No
—dijo tajante. Gabrielle asintió,
dándose cuenta de que no tendría
oportunidad. Con cuidado, evitando las peores
heridas, Gabrielle retiró los inmundos
harapos que Xena llevaba puestos. La herida
de flecha, de hecho, se estaba curando, pero
no pudo evitar un grito sofocado al ver el estado
de las articulaciones del brazo y la pierna
de su amiga. Magulladas e hinchadas, parecía
que hubiesen sido retorcidas y desgarradas.
Marcas llenas de llagas que se asemejaban a
las quemaduras de una cuerda rodeaban sus muñecas
y tobillos.
Usando los
trapos y el agua, y un poco de jabón
que encontró en el fondo del cubo, Gabrielle
lavó con mucho cuidado a su amiga, tratando
de que no mermase ni su pudo ni su orgullo.
Cuando Xena estuvo limpia, Gabrielle la ayudó
a ponerse de pie. Apoyándose en los barrotes
de la celda, Xena era capaz de estar erguida
mientras Gabrielle deslizaba el vestido blanco
de batalla por encima de su cabeza y a meterse
dentro de las mallas. Gabrielle recordó
la broma sobre lo ajustado que el vestido era
y sintió un dolor agudo al ver lo holgado
que ahora le quedaba. Estando segura de que
vestir a Xena con la armadura dorada sería
como burlarse de ella, Gabrielle dudó
sobre si hacerlo. Sin embargo, la guerrera,
que había evitado llevar puesta la armadura
decorativa, parecía ansiosa de hacerlo
ahora. Gabrielle colocó cada una de las
piezas, e incluso llevando las esposas, las
abrocho eficientemente en su lugar.
Pareciendo
ganar fuerzas por estar de nuevo vestida como
una guerrera, Xena se irguió un poco
más. Esbozó una sonrisa para Gabrielle
y susurró lo que sonaba como un —No
te preocupes.
El otro guardia
salió de la garita. —Es la hora
—anunció. Después, viendo
a Gabrielle en la celda—. ¿Qué
está haciendo ella ahí?
—Haz
como que no has visto nada —sugirió
el guardia nuevo. Abrió la puerta de
la celda de Xena.
—¿No
vas a encadenarla a ella también? —preguntó
el otro guardia.
—Se
supone que no —contestó—.
De todas formas apenas puede tenerse en pie.
¿Qué va a hacer? —hizo señas
a Xena y a Gabrielle para que saliesen de la
celda. Él y el otro guardia las siguieron,
Xena apoyada en su pequeña amiga, a través
de la mazmorra y ascendiendo por los grandes
peldaños de piedra hasta el patio. Estaba
oscuro, y el patio y la calle de más
allá estaban alumbrados por altas entorchas
ancladas al suelo. Una carreta de bueyes los
esperaba. El guardia nuevo las empujo dentro
del carro y fue a guiar a los bueyes hacia el
portón del castillo. El otro hombre se
quedó detrás, pero varios soldados
rodearon el carro a medida que atravesaba el
portón. Una silenciosa multitud se alineaba
a ambos lados del camino, y su humor no era
festivo como el de unas pocas noches atrás.
Mientras Gabrielle miraba a la gente, veía
ocasionalmente a un hombre o una mujer murmurar
la palabra "Xena". Se dio cuenta de
que estaban intentando, sin despertar la ira
de los guardias, de iniciar un canto silencioso.
Xena. Xena. Xena.
Demasiado
pronto, la carreta de bueyes alcanzó
la base del Monte Themos, donde la plataforma
real todavía seguía en pie. En
el lugar de la mesa donde Demitros había
depositado su sello en el pacto falso había
un cadalso de ejecuciones. Y al lado estaba
el verdugo, una figura enmascarada vestida de
negro, con s temible instrumentos descansando
sobre el hombro derecho. Los dos reyes, Demitros
y Tibor, permanecían el uno al lado del
otro en el borde de la plataforma.
Cuando unas
manos alcanzaron a Xena para empujarla fuera
del carro, le susurró a Gabrielle —Observa.
Antes de que Gabrielle pudiese tocar a Xena
por última vez o hacer algo más
que gritar, —Adiós, su amiga estaba
en el suelo siendo empujada hacia los peldaños
de la plataforma. Xena se deshizo de las manos
que le servían de apoyo en la base de
la escalinata, y excepto por un tropiezo, los
subió con la cabeza bien erguida. Su
mirada se encontró con la de Demitros,
y éste retiró sus ojos. Incluso
para Gabrielle, la expresión de Xena
era ilegible.
—¿Que
observe? —murmuró Gabrielle—.
No habrá querido decir que tengo que
mirar cuando… —la menuda mujer se
estremeció.
—Bájate
—era el guardia que le había dejado
entrar en la celda de Xena. Cuando ella no se
movió, él agarró sus cadenas
y la obligó a bajarse—. Tienes
que ponerte aquí —dijo y la empujó
hacia una posición cercana a la plataforma
y perfectamente alineada con el cadalso del
verdugo.
Los tambores
comenzaron una lenta cadencia, y, desamparada,
Xena caminó hacia el centro de la plataforma.
Se arrodilló detrás del cadalso,
y el verdugo extendió una mano para colocarle
el cuello. Gabrielle deseó apartar la
mirada, pero recordó las últimas
palabras de Xena: "observa".
Fue Demitros
quien alzó una mano, haciendo que los
tambores parasen. Después, mirando directamente
a Xena, bajó el brazo. El hacha del verdugo
cayó y, al mimo tiempo, Gabrielle sintió
que las esposas se liberaban de sus muñecas
y un robusto cayado se metía entre sus
manos. Guiñó un ojo mientras Xena
se ponía de pie y una espada aparecía
mágicamente de dentro de la túnica
del verdugo. Poco después, la espada
estaba en manos de Xena, y el verdugo balanceó
su hacha para cortar un amplio grupo de soldados
que intentaban acceder a la plataforma. Gabrielle
de repente se encontró demasiado ocupada
luchando con los soldados de Tibor y sus seguidores
en la multitud para seguir los movimientos de
Xena. A su lado, el guardia nuevo estaba sacando
armas de debajo de la plataforma y distribuyéndolas
a los ciudadanos del reino de Demitros.
Xena, viendo
que Gabrielle se las apañaba sola, emitió
un ululante grito de guerra. Sabiendo que no
tenía la suficiente movilidad para perseguir
a los enemigos, esperaba que esto les animara
a acercarse a ella, y lo hizo. Ignorando el
dolor y rechazando los gritos de debilidad de
su cuerpo, convirtió su espada en un
borrón de sangre y muerte para todo aquel
que se le aproximase. Poco después, el
único enemigo que quedaba delante de
ella era el rey Tibor, quien había planeado
su ejecución aquel día. Vio al
rey Demitros acercarse también, y decidió
acabar con esto antes de que el joven monarca
tuviese que vivir con la sangre de un pariente
en sus manos. Fingiendo un tropiezo, Xena bajó
su espada como si se encontrase al límite
de sus fuerzas. Con una mirada triunfante en
su cara, Tibor balanceó su espada en
un arco ancho que hubiese decapitado a la mujer
guerrera… si hubiese acertado. Sin embargo,
cuando el se acercó descuidadamente,
Xena se alzó sobre una rodilla y la punta
de su espada no se detuvo hasta que se encontró
con la columna vertebral de Tibor. Tibor se
cayó a un lado del cadalso, muerto antes
de que golpease el suelo de madera.
Viendo a su
rey caer ante la mujer guerrera, los soldados
que todavía estaban en pie por lo alrededores
tiraron sus armas y rogaron clemencia. El verdugo,
quitándose la capucha y revelándose
en realidad como Medoc, instó a voces
a los seguidores de Demitros a que así
lo hicieran.
Gabrielle
se giró hacia el hombre que hasta hace
poco había actuado como su guardián,
y, con una amplia sonrisa, la subió a
la plataforma. Tirando su cayado, corrió
a los brazos de Xena.
CAPÍTULO
9.
Xena hubiese
preferido abandonar el reino inmediatamente,
para evitar la gratitud del rey y sus súbditos.
Pero, pasada la batalla, estaba demasiado débil
como para viajar así que tuvo que soportar
los agradecimientos y las adulaciones, cosa
que encontraba más dolorosa que sus propias
heridas. Tumbada en su habitación dentro
del castillo, intentó despachar tan rápido
como le era posible a todos los visitantes.
A todos menos a uno, Gabrielle.
Gabrielle
atendía a su amiga día y noche.
Lentamente Xena le contó todos los secretos
sobre su estancia en prisión. De cómo
el nuevo guardia había sido colocado
ahí por los defensores de Demitros para
que contactase con Xena. De cómo, disfrazado
de quejas y chanzas, él le había
pasado información sobre el plan para
recuperar el control del reino. Ella había
entendido su charla como una señal, y
la repetición de las palabras "chop,
chop" le habían dado a entender
que el verdugo daría la orden para la
insurrección. Xena no había sabido
que Medoc era el verdugo hasta que le susurró
algo mientras colocaba su cuello.
—¿Y
cuando me dijiste que observara?
—No
podía arriesgarme a decirte nada sobre
el plan, ni siquiera lo poco que sabía.
Te quería alerta para que pudieses pillar
la señal y que estuvieses lista para
luchar —los ojos de Xena reflejaban orgullo
por su protegida—. Hiciste justo lo que
debías. Impediste que muchos soldados
se acercasen a la plataforma mientras nuestro
amigo distribuía las armas que se habían
escondido ahí.
—Todavía
no puedo creer que pudieses luchar, en el estado
en el que estabas —Gabrielle se sentó
en el borde de la cama de Xena y apretó
la muñeca de su amiga. La tumefacción
había disminuido, pero la articulación
estaba todavía dolorosamente magullada
y aún se veían las profundas quemaduras
de la cuerda—. Ahora cuéntame el
resto. Háblame de lo de la rueda.
Y Xena lo
hizo, pero esto es privado, sólo para
ser compartido por las dos amigas.
EPÍLOGO.
Tal es la
ternura que llena el corazón de esta
guerrera.
Eso salvó
mi vida.
Y la suya.
Nunca más
enterraré estos sentimientos. Siempre
me preocuparé por ella. Cada día
le diré lo que significa para mí.
Se que a veces todavía se asusta de mi.
Pero aprenderá qué hacer con tamaña
intensidad. Y yo también.
Me siento
tan protegida. Y protectora.
La amo tanto.
Me siento
tan feliz de que me haya dicho cómo se
siente.
Está
aprendiendo a demostrar sus sentimientos. Y
esto a veces me asusta. Confió tanto
en mí como para contarme por lo que había
pasado. Aprenderemos qué hacer con tamaña
intensidad. Juntas.
FIN
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