:: TOPOGRAFÍA DEL INFRAMUNDO ::
Por Sway
Esta es una descripción detallada de la forma en que, después de ver «Xena Warrior Princess», «Hercules The Legendary Journeys», «The Young Hercules»… y de haber leído varios libros referentes a la mitología griega, imagino yo el Reino de los Muertos. Es una visión muy personal del Inframundo.
Al Érebo, Infierno, Reino de Hades, Inframundo, Mundo de los Muertos… es posible acceder de estas tres formas:
- La muerte.
- El Ténaro.
- El lago Alcyonian.
La muerte sería la forma más común y tradicional, pero claro, no tiene ni regreso, ni gracia. De todos modos en caso de querer entrar en el Inframundo por esta triste vía habremos de asegurarnos de que nos dan sagrada sepultura en condiciones porque de no ser así nuestro intento será infructuoso, permaneceremos para la eternidad en la Morada de los Muertos Insepultos.
El Ténaro es una escabrosa roca de la región de Laconia. Dicho peñasco albergaba, en uno de sus extremos, una cavidad de la cual emanaban toda clase de nocivos y nauseabundos olores. Su abismal profundidad daba directamente al Tártaro. Para penetrar en él había que superar la altura y verticalidad del monte, sus estallidos de fuego y la alta toxicidad de los gases que de él emanaban. Además, el hecho de que diera directamente al Tártaro tampoco era nada divertido.
Y por último estaba el lago Alcyonian. Este lago tenía como única fuente de alimentación las aguas del Éstige. El Éstige es un río que se encuentra al noreste de la Arcadia. Nace de un manantial que brota de una roca y desaparece poco después bajo tierra. Es en ese punto donde alimenta a la laguna Estigia del mundo subterráneo. Luego emerge de nuevo y cae desde un acantilado de ciento ochenta y tres metros de altura, y corre por un escabroso desfiladero para ir a dar al lago Alcyonian. En el fondo del profundo lago había una especie de caverna que daba, en cascada, a la laguna Estigia del mundo subterráneo.
La laguna Estigia acotaba un extremo del reino de los muertos, el otro extremo estaba rodeado por el Aqueronte, que nacía en el Ténaro y moría en la laguna Estigia. Con sus profundidades abisales tan llenas de misterios y secretos, las heladas aguas de la laguna Estigia tenían la propiedad de obligar a las deidades a resolver sus posibles conflictos y diferencias sin cometer perjurio. Iris era la encargada de recoger el agua subterránea y transportarla en una jarra de oro hasta el Olimpo. Si los dioses juraban "por el agua de la laguna Estigia" y no cumplían sus promesas, les sobrevendría cruel castigo; se les privaría del néctar y la ambrosía y durante un largo período de tiempo no podrían vivir en el Olimpo.
Al llegar al mundo de los muertos nos encontraremos en unas tierras llamadas Morada de los Muertos Insepultos, o sea, que es el lugar donde permanecen aquellos que no tuvieron una moneda que entregar a Caronte.
Caronte es el viejo barquero que transporta las almas de los muertos por el Aqueronte hasta las puertas del mundo subterráneo. Admitía en su barca sólo a las almas de aquellos que habían recibido los ritos sepulcrales y cuyo paso había sido pagado con un óbolo, o moneda, colocado bajo la lengua del cadáver. Aquellos que no habían sido sepultados y a quienes Caronte no admitía en su barca eran condenados a esperar junto a la laguna Estigia, el la Morada de los Muertos Insepultos, durante cien años. Estas sombras llevan una existencia larvaria en un mundo lleno de brumas, víctimas del recuerdo obsesivo de su vida terrestre. Caronte, anciano barbudo, mal vestido, tenía un aspecto siniestro. Este ser de rostro gesticulante, nariz ganchuda y orejas puntiagudas; armado de un mazo, era duro, inflexible y despiadado con aquellos que se quedaban sin ser sepultados.
Cruzado el Aqueronte, río de aguas cenagosas y al que van a parar las aguas del resto de los ríos infernales, nos encontraremos con los Campos de los Lamentos, pero antes tendremos que pasar por la puerta de los Infiernos que se encuentra custodiada por Cerbero.
Perro de tres cabezas, con cola de dragón y venenosa mordedura, tenía serpientes en el espinazo. Cerbero permitía que todos los espíritus entraran, pero no dejaba que nadie saliera. Orfeo lo encantó con su lira, Psique con un pastel de miel y la Sibila de Cumas con un pastel soporífero.
Superada la puerta de los Infiernos habremos entrado por fin en el Reino de Hades. Los Campos de los Lamentos son la zona donde se encuentran las almas de los que acaban de morir, conforme pase el tiempo irán avanzando. Para ello tendremos que cruzar el Flegetón o «río de fuego». Este llameante río nace en un manantial del mismo nombre situado en la Cordillera del Dolor que se encuentra en el mundo subterráneo y cuyas cumbres son las colinas que bordean el lago Alcyonian en la superficie. Sin puentes ni barqueros, las aguas de este río nos traeran a la mente los daños que hemos ocasionado en vida. El Flegetón desemboca en el Aqueronte al igual que el Cocito que también nace en la Cordillera del Dolor y desemboca en dicho río.
Una vez cruzado nos hallaremos en el Valle de las Sombras, en él se encuentra el palacio de Hades y Perséfone. Hades es el dios de los muertos. Era justo pero despiadado y, aunque no le aplacaba ni plegaria ni sacrificio, no era maligno. Su palacio se representa como un sitio de muchas puertas, oscuro y tenebroso, repleto de espectros, situado en una alta montaña en medio de campos sombríos y de un paisaje aterrador, alrededor de tal montaña vigilan las tres Harpías. Las Harpías, monstruos alados con cabeza y pecho de mujer, y cuerpo y garras de aves de presa; se dedican a devorar a todo aquel al que atrapan. Sus nombres son Aelo (borrasca), Celeno (oscura, en alusión a las nubes de tormenta) y Ocípete (que vuela rápido). A Hades se le representa como un dios fuerte, montado en su terrible carro tirado por tres inmensos caballos negros. Perséfone es su reina. Ella es hija de Zeus y Ceres y fue secuestrada por Hades un día que andaba recogiendo flores. Al principio rechazó las pretensiones de Hades, más que nada por el lugar que le ofrecía como reino, pero terminó aceptando. Zeus, a petición de su madre, concedió a esta poder tener a su hija seis meses al año; los otros seis los pasaría en su palacio con su esposo.
Cerca de la morada de Hades y Perséfone se encuentra el palacio de Hécate, diosa de la magia y los sortilegios, y junto a él está el palacio de Celesta, la Muerte, bella y dulce pero inflexible y cruel a la vez. Su mensajero, Thanatos, habita con ella. Se le figuraba como a un genio barbudo, alado y envuelto en un manto negro. Acude a buscar a los mortales cuando el tiempo de su vida a expirado. Corta entonces un mechón de los cabellos del difunto para entregárselo como prueba del trabajo realizado a Celesta y luego lleva su cuerpo al reino de los muertos. Finalmente abandona las almas en la Morada de los Muertos Insepultos.
Los palacios que sirven de residencia a las Furias y las Parcas también se hayan cerca. Las Furias son tres deidades vengadoras, Tisífone, la vengadora del crímen, Megera, la vengadora de los celos, y Alecto, siempre encolerizada. Eran justas pero despiadadas y no atendían a circunstancias atenuantes. Castigaban todos los ultrajes contra la sociedad humana tales como el perjurio, la violación de los ritos de hospitalidad y, sobre todo, los delitos de sangre. Atormentaban a los malhechores, persiguiéndolos de un lugar a otro de la tierra y volviéndolos locos. Siempre portaban en sus manos antorchas, cuchillos y látigos, para llevar a cabo su cometido. Sólo abandonan la morada del Averno cuando los mortales enuncian un conjuro en su nombre. Las Parcas son las diosas del destino. Eran tres hermanas y, cada una de ellas, tenía encomendada una misión: Cloto es la más joven, la "hilandera", ella decide al hilar, como será la vida de cada uno, hilos de seda y oro para los que han de ser ricos y de lana y cáñamo para los que serán pobres; Láquesis da vueltas al huso al que se van arrollando los hilos que su hermana le presenta, las decisiones de los mortales dependen de cómo modelará ésta el carácter y la personalidad de aquellos, ella era la encargada de asignar los destinos a los humanos; finalmente está Atropo, que tiene por misión vigilar el cumplimiento de todo aquello que se le ha predicho a los mortales, es tanto su celo que se la conoce con el sobrenombre de "la inflexible" pues nunca permite que el destino fuera burlado, ella es quien, con unas largas tijeras, corta el hilo de nuestra vida y determina el momento de nuestra muerte.
Alrededor de dichas moradas vagan las almas de los muertos en su camino hacia el juicio final. Después nos toparemos con el Cocito o «río de los lamentos», cuyas aguas nos darán los recuerdos dolorosos de nuestra vida. Su orilla da a los Territorios Últimos donde las almas se preparan para el juicio final. Dicho juicio, presidido por Hades en los casos más importantes, es llevado a cabo por tres jueces hijos de Zeus: Éaco, que gobernaba en vida la isla de Egina; Minos, rey de Creta, y su hermano Radamantis. Todas las almas de los muertos tienen que comparecer ante el tribunal formado por estos tres jueces implacables.
Una vez juzgados y según sea la decisión de los jueces, irémos por la vía de la izquierda que lleva al Tártaro o por la vía de la derecha que lleva a los Campos Elíseos.
Los Campos Elíseos eran el lugar que acogía a los buenos. Su extensión era enorme y su terreno estaba formado por verdes prados y por árboles de hoja perenne. Se cultivaba toda clase de frutos en sus fértiles huertos y corría una suave brisa. Sólo el murmullo de arroyos serenos y apacibles, y el canto de los pájaros de variados colores, se escuchaba. Todo en los Campos Elíseos era armonía y calma. Nada, ni nadie, turbaba el merecido descanso de los bienaventurados. Se trataba de un lugar paradisíaco, en el que no tenían sentido ni la vejez, ni la muerte, ni el dolor, ni la ruindad, ni el odio, ni la envidia...
Si por desgracia, acabáramos en el Tártaro, todavía tenemos la esperanza de que, después de un tiempo de purificación, seremos conducidos a los Campos Elíseos.
El Tártaro se cerraba con unas enormes puertas de hierro y se hayaba rodeado por una ancha muralla de bronce. Se trataba de un sombrío y lóbrego lugar de muerte y desolación. Su zona más profunda y oscura es el Orco. Al Orco eran precipitadas las deidades que desobedecían las órdenes y los mandatos del poderoso Zeus y aquellos que trataban de dar o, de hecho, daban muerte a un mortal protegido. En el Tártaro se encontraban los gigantes que intentaron ofender a la madre de Apolo y cuyo castigo consistía en contemplar una fuente de aguas cristalinas y un árbol cargado de frutos pero a los que no podían acercarse, a pesar de estar muriéndose de hambre y sed. También se hayaban allí las Danaides que se esfuerzan en llenar de agua un barril sin fondo, y Sísifo empujando una y otra vez una piedra redonda hasta la cima de una colina para que al llegar esta vuelva a rodar a la base, Ixión atado a una rueda de fuego que gira sin cesar...
El Tártaro estaba repleto de desdicha, remordimientos y enfermedades. Allí se encontraban Limo, el hambre, vestido con andrajos; Bía, la violencia, cargada de armas; Alges, el dolor, cubierto de pústulas y heridas; los delitos, cientos de horribles hermanos entre ellos el Robo; Fono, el asesinato y la Violación. También habitaban en el Tártaro todos los monstruos imaginables; el Odio, un ser oscuro e insidioso; la Traición y la Mentira, esquivas y bellas por fuera pero terribles al fin; la Infidelidad, la Avaricia y la Ira, de ojos llameantes y sangrantes dientes.
Sólo los peores criminales son condenados a permanecer eternamente en el Tártaro, al igual que sólo las almas de virtud sin tacha alguna, vivirán eternamente en los Campos Elíseos.
Como, seguramente, ninguno de los dos será nuestro caso, tendremos que permanecer un tiempo en los Campos Elíseos, o en el Tártaro; y, después beber del Leteo o «río del olvido», cuyas aguas hacían olvidar el pasado, tanto terrestre como lo vivido en el Inframundo. El Leteo era, de los ríos infernales, el único que no desembocaba en el Aqueronte sino que iba a parar directamente a la laguna Estigia. Nuestras almas se reencarnarán en otros cuerpos una vez olvidada completamente nuestra anterior vida. |