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Entró en nuestra casa un trocito de cielo
reflejado en sus ojos,
grandes como luceros,
era todo un torbellino aunque él era pequeño,
el veintiocho de octubre,
en esos meses primeros
donde sus hojas los árboles pierden,
como en él lo hacía su pelo.
Sus pasitos eran cortos
bajo esa bola de sebo.
Muy alegre estaba en casa
todos pendientes del perro,
de sus saltos y sus brincos,
de su rabito esponjoso
suave como el terciopelo,
de sus orejillas grandes
orientadas hacia el cielo
y de su hociquillo negro,
de las gracias que él hacía
siempre tierno y zalamero.
¡Cuántas horas de alegría,
amigo, nos has podido ofrecer!
Sin llegarlo a entender
tú cambiaste nuestras vidas
en su forma y proceder.
Y ahora sin llegar a comprender,
de pronto, se ha presentado
ese enemigo letal
a su enorme corazón,
como siempre ha sido él,
que le ha dejado dañado.
Cabezota y cariñoso,
noble, valiente y muy fiel,
y aunque parecía dormir
él estaba vigilando
pendiente de quien estaba a su lado.
Así Hastin nos dejó
como siempre vivió él,
muy sufrido y silencioso,
sin quejarse y hacer ruido.
Está callado,
se ha dormido,
no le despertéis.
De donde vino se fue,
A ese cielo estrellado.
Francisco Prieto
Villaviciosa de Odón, 11-9-2006
A Hastin, nuestro perro, que murió a los nueve años
de edad.
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