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Historia de la Virgen de Valsordo
A la Virgen de Valsordo también se la conoció como la Virgen de las Victorias y como la Virgen de los Toros. Lo poco que conocemos de su historia, es transmitido oralmente por nuestros padres y abuelos. La historia del Pastorcillo, al que La Virgen ayudó a cruzar con sus ovejas el riachuelo crecido tras una fuerte tormenta, extendiendo su manto para ello. Todos los cebrereños sentimos una gran devoción por Nuestra Madre la Virgen de Valsordo, igual que nuestro querido Don Felipe, que fue párroco de nuestro pueblo Cebreros. Recopiló “ Los Milagros de la Virgen “, pero Ella se le llevó al cielo antes de poderlos publicar. Lo que sí tenemos recopilado por Donfe, es un manuscrito de Ángel Mateos del año 1905 basado en otro manuscrito del Obispo de Menópolis y financiado por el Obispo de Toledo, la obra se titula: “HISTORIA DE NUESTRA SEÑORA DE VALSORDO “ Historia de la Virgen de Valsordo, según el manuscrito copiado por Ángel Mateos: EL OFRECIMIENTO A NUESTRA SEÑORA DE VALSORDO POR GANAR UNA BATALLA “El día fue el último del mes de agosto que era domingo. Confesáronse todos los vecinos y oyeron misa. Encomendáronse a la Virgen Santísima y la pidieron que sí les favorecía la daban la ganancia de la batalla. Los pueblos vecinos que lo supieron, quisieron ayudarnos. Pero nosotros con la Virgen no teníamos miedo. Nos arrojamos todos los de pueblo a ellos. Unos a cantazos, otros a palos. Matamos a muchos moros, pero ninguno de nuestro pueblo recibió daño alguno. Se pusieron muy soberbios con nosotros con sables y con lanzas, venían a matarnos pero al mismo tiempo vimos venir por el camino de nuestro lugar una Borriñega que traía ocho toros de gran cuerpo y pasando por medio de nosotros sin hacernos daño a ninguno de nuestro pueblo. Cuatro toros principiaron a cornadas contra aquellos moros, que en poco tiempo mataron tantos miles que se formó un río de sangre que corrió cuarenta y ocho horas. Quedaron tan pocos que ya eran más nuestros vecinos que ellos, contra los cuales pudieron defenderse con facilidad. Los otros cuatro toros estuvieron quietos al amparo de nuestro pueblo. Terminada la contienda se fue la Borriñega con los toros. Muchos de los nuestros dijeron que era Nuestra Señora. Algunos cogieron las banderas, que fueron doce. Luego mandó la justicia que hicieran zanjas profundas donde enterraron los cadáveres y volvieron al pueblo todos los vecinos muy contentos por la victoria. Celebraron una fiesta en honor de la Virgen que desde aquel momento la llamaron la Virgen de los Toros, Las banderas que ganaron eran de oro y plata. Enviaron las autoridades tres al Rey venía a dar gracias a Nuestra Señora y la regaló bien sin decir lo que era aquello. Me acuerdo cuando yo era chico, ví las banderas que sobraron que se las llevó el Rey una a Guadalupe, otra a la Virgen de Atocha de Madrid, otra a Valladolid. Volviendo a los papeles se decía en ellos que la Virgen estuvo perdida en ellos muchos años. Hasta que un día, por el verano, estaba el nieto de Juan Alía en el arroyo de las Vegas cuidando a las ovejas y las cabras de su padre Miguel Alía, el Sordo. En el lugar de la dehesa estaba en la otra parte del río. A la media tarde se levantó una tempestad tan grande que parecía que se iba a acabar el mundo con un diluvio de agua. El arroyo creció tanto que parecía un río. El muchacho se afligía mucho. Temía que al pasar el agua se le iba a ahogar el ganado. No dejaba de llorar y de mirar a ver si por el camino venía alguna persona que le pudiera favorecer, pero el arroyo iba creciendo con el agua que venía de los cerros. En ver eso, se afligía mucho más. Pero de pronto ve venir a una Borrigueña por el camino del río que le dijo: “allá voy Juanito. Estate quieto”. Obedeció a la Señora y se estuvo sin dejar de mirarla. Sin saber cómo, ya estaba el ganado y el muchacho al otro lado del río sin haberse mojado. Estaba la Virgen sentada en una lancha que había en la dehesa con un niño en brazos. El niño era muy chiquito. El hijo y la madre eran muy hermosos pero Juanillo no vio al niño cuando llego la Borrigueña y le preguntaba cómo se llamaba el niño y sin mojarse porque el no sabía cómo había sido y quería saberlo para decírselo a su padre al otro día porque aquella noche se quedaría en el cortijo, que cabían muy bien los tres y les daría de cenar aquella noche porque tenía dos tortillas y unas uvas tempranas con un poco de tocino. Oyó la Señora la conversación del rapaz y se estaba riendo con mucho gusto hasta que le dijo estas palabras: “Hijo, yo me llamo María. Este niño se llama Manuel y soy vecina de este pueblo y quiero que tu padre me vea y sepa que estoy aquí. Vete a la dehesa de arriba. Que allí está tu padre, y dile que venga con cuidado que yo cuidaré del ganado”. Dejó su ganado y se fue buscar al padre. Cuando llegó era de noche y contándole lo que había pasado, de repente, se vio un globo de luz en el cielo tan grande que se veía desde el más confusión. Todos con el deseo de saber lo que indicaba, lloraban de alegría al saberlo y no descuidó la justicia de llamar fueron a la dehesa. Miguel cayó de rodillas, pues recibida la señal reconoció ser María Santísima. Le preguntó al momento qué le quería y le respondió con el semblante muy halagüeño, que la hiciera en aquel sitio una casa a su costa, que para fines tan altos daba Dios los bienes a los hombres. Le dijo además que quería vivir en aquel sitio para estar cerca del pueblo para socorrer a sus vecinos cuando estuvieran necesitados a cambio de que ellos fueran fieles cristianos pues siempre fue vecina de aquel lugar de Cebreros, solo que hacía muchos años que vivía en una casa que la habían hecho unos pobres labradores en aquel sitio, hasta que por los pecados de los vecinos se vio su Hijo en la precisión de castigarlos, pues los moros que se habían apoderado de la mayor parte de España, invadieron el pueblo como castigo por los pecados que tenían sus habitantes. La Virgen Santísima por no verse expuesta a la barbarie de los moros, dejó su casa y se retiró a vivir a un desierto llamado Lancha Luna, donde pasó muchos años. Cuando marcharon los moros, volvió a su casa que aún existía. Y volviendo a pecar los hombres sobrevino de nuevo otra invasión y la Virgen marchó a su Lancha Luna, destruyendo los moros la casa y cuanto había en la dehesa. Diciendo esto iba nuestro Miguel a darle gracias cuando de repente, halló en lugar de la Virgen, una mujer con un vestido de brocado verde, muy afeado y con agujeros que habían sido producidos por las lanzas de los moros. Llegó la justicia en compañía de los sacerdotes y de todo el pueblo y, visto el prodigio de la Santa Imagen, con la luz hermosísima que les alumbraba desde el cielo, determinaron traerla aquella misma noche. Sólo dos sacerdotes llevaban la imagen y confesaron sus mercedes que no les pesaba nada. Todos cantando llegaron a la Iglesia y antes de llegar todas las campanas se echaron a tocar a vuelo. El Señor premió a aquel pueblo con un nuevo prodigio pues todos venían acompañando a la Virgen, excepto cinco personas que estando enfermas de gran cuidado se pusieron buenas al tocar las campanas y unidas al gozo del pueblo se levantaron de la cama y se fueron a dar gracias a la Virgen. Una hermana de Miguel Alía que era muy anciana y estaba ciega de nacimiento salió de casa y fue a la Iglesia y en cuanto entró vio a la Virgen Santísima y empezó a gritar ¡Viva la Virgen que me ha dado la vista!. Era Ana la del Guapo. Toda la noche estuvo el pueblo en la Iglesia dando gracias a la Virgen sin que la luz cesara de alumbrarles, pues había venido para su remedio. Llegada la mañana, Miguel el Sordo e igualmente la justicia, pidió licencia al señor párroco para celebrar una gran fiesta y contar a la gente cuanto había pasado en aquel pueblo. Concedida ésta Miguel contó lo sucedido con gran contento del pueblo, pues en la opinión pública Miguel tenía fama de santo y que en aquel acontecimiento tan bien recuperó el oído, pues era sordo. Se dijo una Misa cantada y contando con el Señor Cura Párroco dijo que era menester poner otro nombre mejor a la Virgen de los Toros. El Sr. Cura y todos los sacerdotes juntos fueron diciendo muchos nombres a ver cuál sería el mejor. En este momento vino la tía Ana, con suma vista, dijo “no quiebren la cabeza que yo les diré un nombre muy bueno. La Virgen Santísima ha hablado con mi sobrino en su valle, que le llamamos el Sordo desde que mi hermano es dueño de él. La Virgen quiere que mi hermano le haga una casa o capilla con todos sus bienes, con que su propio nombre ha de llevar la Virgen: Virgen del Valle del Sordo, que no habrá oto nombre como ese en el mundo entero. Todos quedaron conformes. Al siguiente día empezó a fabricar la capilla. Esto es cuanto decían los papeles que se quemaron. Preguntados los ancianos si sabían ellos algo más, dijeron que no. Que ellos no tenían tanta memoria que parecía que lo habían estado leyendo del mismo papel.
Estando construyendo la capilla mayor ocurrió, que un operario colocando una piedra en la cornisa se le vino abajo arrastrando consigo al obrero. La piedra quedó suspendida en el aire y al obrero no le ocurrió nada. Al día siguiente le referimos al Sr. Duque de Osuna y al Sr. Oliva y quedaron asombradísimos. Construida la capilla se trasladó a la Virgen desde la Iglesia, con grande aplauso y regocijo, donde se halla todavía, para velar por los vecinos de Cebreros que tanta preferencia les ha mostrado. Estos son los datos que yo puedo ofrecer a mis paisanos para que ellos colijan cuanta debe ser nuestra gratitud hacia la Virgen de Valsordo y así podamos cifrar en Ella toda nuestra peregrinación por este mar de infortunios y calamidades, pero esto no lo conseguiremos si no nos retiramos del vicio y de sus faltas y tomamos en cambio el hermoso y brillante camino de la virtud. Extracto del manuscrito copiado por Ángel Mateos en 1905.
Josefina Mateos Madrigal Cebreros
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