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Hemos llegado
por ferrocarril a Ávila.
La ciudad ha amanecido
con una capa muy blanca
y un vientecillo que corre,
que más que correr, espanta.
Colgando por sus ventanas
las gotas están congeladas
de esas macetas muy tristes
tras las rejas reposadas.
Perezosas son sus gentes,
tienen apego a la cama.
Peculiar entre las vías
una sombra allí se alza,
un fulgente espeso humo
de una pobre chimenea
que por su boca emana
de una vieja locomotora,
que a unos vagones
con fuerza férrea arrastra,
caminando con tesón
y recio en su caminar,
en esta mañana fría,
lanzando varios rugidos,
lentamente, poco a poco,
va entrando en la estación.
Francisco Prieto
Ávila, invierno de
1965
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