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La niña del montero

 

(Romance anónimo del siglo XVIII)

 

    En el siglo XVIII abundaban los Romances, creados y recitados por el pueblo llano, que los transmitía de generación en generación.

El Romance "La niña del montero" lo he encontrado en dos libros: "Leyendas y evocaciones de la Serranía", de Juan A. Meliá, publicado en Madrid en 1929, con ilustraciones de J. Domínguez López; ocupa las páginas 109 a 126 del mismo. Y el otro es "Los cantores de la Sierra (Antología). Desde el siglo XIV hasta nuestros días". Recopilación de J. García Mercadal, también publicado en Madrid el año 1936, y llena las páginas 70 a 78.

    Suponemos que Meliá conocería este Romance a través de Constancio Bernaldo de Quirós, su amigo y maestro en danzas, y con el que ya en 1918 hizo un recorrido a pie desde Navalperal a Cebreros, descrito en el libro "Andanzas Castellanas", editado en Madrid el mismo año, y del cual hice una tirada de sólo 100 ejemplares no venales, ya agotada. Constancio Bernaldo de Quirós, criminólogo muy conocido, vivió su niñez en Cebreros,  y posteriormente lo frecuentaba, manteniendo buenas amistades aquí. Espero que pronto un cebrereño, muy conocedor de su vida y obra, nos dará noticias de él; yo le animó a que así lo haga.

    La acción del Romance discurre principalmente por parajes de Cebreros: las ruinas de la Ermitade los Moros, el viejo cementerio, la antigua Cruz de Serores, el Alberche...., sin olvidar El Hoyo de Pinares, lugar de inicio del mismo.

    Espero qua la lectura del Romance os mantenga expectantes hasta conocer el final de la desaparición de la niña, hija de los monteros.

Luciano José Navas Villalba

 

 

LA NIÑA DEL MONTERO

(Romance anónimo del siglo XVIII)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                  I

Cenando están los cabreros,

animados las ascuas;

cenando están en silencio

so1 la bóveda estrellada.

Gruñe el mastín de repente,

y como flecha se lanza

entre los secos jarales

y tras las peñas quebradas;

sus ojos parecen lumbre;

las melenas erizadas;

la fiera boca previene

y sacude las carlancas;2

más de pronto, se detiene,

las pupilas dilatadas,

y el furor que le impelía

en frío terror se cambia;

quiere ladrar, y un aullido

de pavura3 se le escapa.

Ya tras él un zagal llega,

volteando la cayada,

y como él queda inmóvil:

tanto lo que ve le espanta.

Una visión transparente

ve que hacia él se adelanta:

es una mujer que llora

y le clava sus miradas,

que se acerca, que le toca,

y con voz acongojada

dice al zagal temeroso:

"¡Tú tampoco sabes nada!"

 

                  II

Al zagal, desvanecido,

han alzado los pastores,

y en el chozo, con el vino,

consiguen que se recobre.

Cuenta el mozo su aventura,

agitado por temblores,

y se santiguan los viejos,

que ya la historia conocen.

Escrutan con la mirada

en lo negro de la noche

por si la blanca fantasma

sigue en los alrededores,

y dicen un Padrenuestro

por la redención del pobre

espíritu vagaroso4

que sufre penas atroces

hace muchos, muchos lustros,

flotando en aquellos bosques,

sin encontrar lo que busca,

llamando con tiernas voces,

dando las veces aullidos

que el ánimo sobrecogen,

siempre llorando, y en torno

del mismo lugar en donde

muchos años hace estuvo

la antigua cruz de Serores.

Tranquilas ya las conciencias,

un viejo pastor se pone

a repetir la leyenda,

que el zagal escucha inmóvil:

 

                  III

En el Hoyo de Pinares

vivía un montero

con su esposa y con su hija

como un querubín del cielo,

tan bella y dulce, que estaban

padre y madre a cual más ciego.

Después de una montería

el rey Don Carlos tercero,

volvió el montero a su casa

consumido de deseos

de acariciar a su niña

envolviéndola en sus besos.

Más, ¡ay!, que el hogar amante

estaba frío y desierto:

la niña había salido

al prado y no había vuelto,

y la madre, enloquecida,

temiendo un atroz misterio,

al ver llegada la noche,

salióse al campo, sin miedo,

dando gritos que desgarran

el corazón más perverso.

Helado quedó el padre

ante el horrible suceso;

montó en su jaco peludo

y partióse como el viento.

Corrió bosques y praderas,

cruzó galopando el yermo,

entró las cuevas  y barrancos,

y a la mañana en un cerro,

encontró bajo unas peñas,

vacíos, casi deshechos,

los zapatos de su niña

junto a un reguero sangriento.

 

                  IV

Ved a la madre cuál corre,

valles y montes cruzando;

el instinto es quien la guía;

su amor alarga sus pasos;

hecha jirones la ropa

por las zarzas y peñascos,

con las carnes desgarradas,

sangrantes los pies y manos,

anhelante, con gemidos,

corre a su hija llamando.

Sabe que fueron las brujas

las que a su hija robaron

y va a disputar la presa

con mordiscos y arañazos.

-¡Brujas! ¿Dónde estáis las brujas?

(va la triste así gritando).

¿Dónde os juntáis esta noche,

que quiero despedazaros?.

Y las ruinas de la Ermita

de los Moros registrando,

no halla a las brujas, y sigue

por el fondo del barranco.

Ante el viejo cemenerio

de Cebreros se ha parado;

golpea recio en la puerta

a las brujas invocando,

y sólo el eco responde

a sus gritos desolados.

Una campana remota

lanza doce al espacio;

a Oriente surge la luna.

Que está en su menguante cuarto;

por encima de los pinos,

a través del aire helado,

siéntese crujir de huesos...;

suenan zumbido extraños...;

son las brujas, que galopan

hacia el cerro de Guisando.

 

                  V

Hay una vieja cañada

más abajo de Cebreros,

y traspuesto el río Alberche,

que va a tierras de Toledo;

junto al cerro de Guisando

para este camino viejo

tan apartado y tan solo

que, de noche, su misterio

produce a aquel que lo cruza

una crispación de nervios.

En lugar tan retirado

y en la ladera del cerro,

hace siglos, ciertos monjes

alzaron un monasterio.

A un lado de la cañada,

finalizando el siglo quinceno,

hubo una venta modesta,

de la que no quedan restos,

donde Isabel la Católica,

de tan glorioso recuerdo,

fue reconocida reina

por el castellano Reino.

Otras reliquias famosas

se hallan en el lado izquierdo

del camino y en un llano:

cuatro toros berroqueños,

tallados en tosca piedra

no sabe nadie en qué tiempos;

de los cuatro, hay uno roto,

derribado por el suelo,

y en los otros quedan huellas

de ciertos raros letreros;

miran todos al Poniente

y ninguno tiene cuernos.

A este lugar misterioso,

envuelto siempre en silencio,

llegó, en su carrera loca,

destrozada y sin aliento,

la pobre mujer aquella

que, por su hija gimiendo,

iba invocando a las brujas

en una noche de invierno.

 

                  VI

Cerca del cenit andaba

la luna la noche aquella

cuando, en torno de los toros

tallados en tosca piedra,

las brujas todas de Gredos,

con las de la Paramera,

de la Peña de Cadalso

y riscos de las Cabreras,

danzando en rápidos giros,

celebraban una fiesta.

Del toro que está en el medio

subido sobre la testa,

estaba un cornudo chivo

de barba rojiza y luenga,

presidiendo las locuras

de las arpías aquellas.

Daban terrribles chillidos,

y al resplandor de una hoguera

se iluminaban sus caras,

espantables, más que feas.

Todo lo estaba mirando

la madre de miedo llena,

sin atreverse a acercarse

a la inmundada patulea;5

más, besando con ternura

la cruz que consigo lleva,

siente el pecho confortado

y hacía la bruja se acerca.

-¡ Dame a mi hija !- les grita;

y al punto la danza cesa

y corren a rodearla

haciendo espantosas muecas;

ella avanza, decidida,

hasta el chivo que la observa;

el monstruo, con un valido,

le pregunta: -¿ Qué deseas ?

-¡Mi hija ! (responde la madre).

¡ La que me robaron éstas !

Pregunta el chivo a las brujas,

y todas entonces niegan;

después, a los cuatro vientos

aúlla el chivo con fuerza

y del horrible alarido

dan cien ecos la respuesta.

Preséntanse cuatro lobos,

cuyos ojos centellean,

y dicen que en sus comarcas

nadie ha visto a la pequeña,

que si alguno la encontraba

no fuera mala merienda.

Irrítase el chivo entonces

y lanzando mil blasfemias,

clava sus ojos en una

de las brujas que le cercan

y así la acusa: -¡ Tú has sido !

¡ Tú, envidiosa y embustera !

-Sí, yo (responde la arpía).

Allí la tengo, en mi cueva;

allí la guardé, esperando

a que la madre viniera

para pagar el rescate

haciéndose compañera.

- No está mal (exclamó el chivo).

Si a aceptar estás dispuesta,

te daremos a tu hija

a condición de que vengas

a juntarte con nosotros

y a ser una de las nuestras.

En el Hoyo de Pinares

no hay mujer joven ni vieja

que represente a mi estado

de cien años a esta fecha.

Mas que espantada se halla

la madre con la propuesta;

duda un poco, no pensando

que en la duda se condena:

tanto el amor de su hija

le trastorna la cabeza.

Más pronto da un alarido;

la fe sus ojos incendia,

y un ¡no! rotundo sus labios

pronuncian como respuesta.

-Pues bien: dádsela a los lobos

(es del chivo la sentencia);

y a la madre, desde ahora,

hacédmela prisionera.

Ya vienen todas las brujas

a sujetarla con cuerdas;

más ella levanta el brazo

y pone la cruz ante ellas:

prodúcese un torbellino,

la tierra y el cielo tiemblan,

y todos desaparecen

y sola la madre queda.

Rompe en llanto de amargura

y volver a casa piensa.

Comienza a andar y se doblan

por la fatiga sus piernas;

siente que la vansiguiendo

y entonces el paso aprieta;

vuelve a correr como loca

cruza el Alberche y Beceas...;

y a la cumbre de Serores

casi arrastrándose trepa...;

llega al fin ante las rocas

donde estaba una cruz puesta,

y sin lanzar un gemido,

de bruces se cae, muerta.

Allí, más tarde, su esposo,

lleno de dolor la encuentra.

El cuerpo fue recogido,

pero el alma quedó en pena.

 

                  VII

Desde entonces anda errante

por todos estos contornos

aquella alma desgraciada,

preguntando siempre a todos,

caminantes o pastores,

que la miran temerosos,

si peden darle noticias

de la niña que el demonio,

por conducto de las brujas,

le robó en tiempos remotos.

¡ Alma triste, que así vaga

sin momentos de reposo,

e ignora que, al fin, su hija,

fue comida por los lobos!.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1 bajo  => Volver

2 Collar ancho y fuerte, erizado de puntas de hierro, que preserva a los mastines

   de las mordeduras de los lobos =>Volver

3 Pavor => Volver

4 Que vaga o que continuamente se mueve de una a otra parte => Volver

5 Soldadesca desordenada. Gente desbandada y maleante => Volver

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