Viajando hacia las estrellas: naves estelares en la
ciencia ficción
Introducción
El protagonista de la primera parte de "2001", considerada una de la
obras fundamentales de la ciencia ficción, es un australopiteco
llamado "Moon Watcher": el que contempla la luna. Y éste es en verdad
un nombre adecuado, pués una de las cosas que nos definen como humanos
es ese impulso irresistible por ir siempre más allá, por
desear aquello que no podemos poseer. Ese ansia de conocer, de abarcar
nuestro mundo fue lo que determinó que nuestros antepasados saliesen
de su cuna africana y se extendieran por toda la superficie del orbe. Y
ahora, cuando hemos dejado nuestra impronta en todo lo que nos rodea, nuestros
ojos se vuelven cada vez con mayor insistencia a los espacios que nos aguardan
fuera de nuestro planeta. Sin embargo, el camino a las estrellas no es
una senda de rosas. Aún cuando en una noche de verano, las estrellas
parezcan encontrarse casi al alcance de la mano, en realidad es necesario
recorrer un largo y amargo camino para alcanzarlas. A continuación
daremos un breve repaso a las diferentes soluciones que, dentro del género
de la ciencia ficción, se ha dado a ese problema
Viajando a lomos de una bala de
cañón: precedentes históricos
Cuando uno contempla la literatura de ciencia ficción desde una
perspectiva histórica, rápidamente se detecta una clara tendencia
a utilizar la tecnología disponible en la época considerada
para llegar a aquellos lugares que se desean alcanzar. Por ejemplo, según
cuenta la leyenda, Dédalo construyó un laberinto para Minos,
rey de Creta, con la misión de encerrar al Minotauro. El laberinto
estaba tan ingeniosamente construido que nadie podía escapar del
mismo... o de su monstruoso inquilino. Sin embargo, Dédalo reveló
el secreto del laberinto a Ariadna, que utilizó este conocimiento
para ayudar a su amante, Teseo, a matar al monstruo y escapar. Encolerizado
por la fuga, Minos encerró dentro del laberinto al constructor y
a su hijo Ícaro . Para evadirse de su propia trampa, Dédalo
creó unas alas de cera para que ambos pudieran salir volando del
laberinto. Sin embargo, impulsado por ese afán de alcanzar lo desconocido
al que hicimos referencia al principio, Ícaro voló demasiado
cerca del sol, sus alas se derritieron y cayó al mar. La leyenda
de Ícaro ha pervivido a través de los tiempos y ha dejado
su impronta en la carrera espacial: un famoso estudio para enviar una sonda
interestelar no tripulada a la estrella de Barnard, la segunda más
cercana a nosotros, recibió el sugerente nombre de Proyecto Ícaro.
Más tarde, el advenimiento de la pólvora creó nuevas
expectativas: por ejemplo, en "Las aventuras del barón de Münchhausen"(1785),
escrita por el autor alemán Rudolf Erich Raspe, el protagonista,
un personaje real que ha pasado a la historia como un fanfarrón
impenitente, utiliza una bala de cañón a modo de una primitiva
nave espacial. Esta misma idea fue recogida más tarde por Julio
Verne en "De la Tierra a la Luna" (1865), donde se utilizaba un gigantesco
cañón para lanzar a tres intrépidos exploradores a
orbitar nuestro satélite. Aunque errada en la mayor parte de sus
supuestos científicos, en esta obra ya se intentaba, al menos, ofrecer
soluciones a los problemas del viaje espacial tal y como se concebía
en la época en la que fue escrita: la falta de oxígeno fuera
de la atmósfera terrestre, la compensación de la inmensa
aceleración del despegue, etc. En 1898, Wells, en su archifamosa
"La guerra de los mundos", utiliza un mecanismo semejante como medio de
desplazamiento de la ofensiva marciana dispuesta a invadir la Tierra. Wells
en su obra tiene en cuenta los efectos del tránsito de las naves
marcianas a través de la atmósfera, y hace coincidir las
fechas de la invasión de modo que ambos planetas se encuentren en
el punto más cercano de su órbita para minimizar la duración
del viaje. Aunque hoy en día este mecanismo pueda parecernos descabellado,
en la práctica la idea del cañón continua plenamente
vigente como mecanismo de lanzamiento de naves espaciales. Por ejemplo,
en "La luna es una cruel amante" Heinlein utiliza una catapulta electromagnética
para acelerar carga desde una base lunar a la Tierra. El mismo mecanismo
es magníficamente usado por Clarke en "Maelstorm II". E incluso
la NASA está evaluando en este momento la posibilidad de construir
un cañón electromagnético en la falda de una montaña
para auxiliar en el despegue a las lanzaderas espaciales ahorrando combustible
y disminuyendo los riesgos de accidentes como el del infortunado Challenger.
La edad de oro y el motor atómico
Desde esta perspectiva histórica, resulta evidente porqué
en los albores de la ciencia ficción, esa etapa mítica llamada
"la edad dorada" situada a partir de 1930, la mayor parte de las naves
espaciales que transportaban a los intrépidos protagonistas para
correr peligrosas y excitantes aventuras en mil mundos diferentes fuesen
naves de propulsión atómica. El átomo estaba de moda,
y el inmenso poder contenido en el mismo parecía ser capaz de impulsar
a la humanidad a una edad de oro en la que nuestros limites solo se verían
contenidos por nuestra imaginación. El tiempo sin embargo vino a
dar la razón a esos visionarios, al menos en el tema de las naves
espaciales: lo que en la década de los 30 era un cliché de
ciencia ficción, en 1945 se estaba evaluando en el laboratorio nuclear
de los Álamos como un impulsor real. Esa preeminencia del motor
de fisión se mantuvo de hecho hasta prácticamente la década
de los cincuenta y sesenta tanto en la ficción como en el mundo
real: algunas de las más grandes obras de esta época utilizan
naves basadas de un modo u otro en este sistema de propulsión. Por
ejemplo, en "El fin de la infancia", una de las obras más conocidas
de Arthur C. Clarke, y de las que más influencia ha tenido posteriormente
en el género, las dos superpotencias están embarcadas en
una carrera espacial para conquistar la Luna que se ve súbitamente
truncada por la llegada de los superseñores y sus inmensas naves
espaciales de una tecnología incomprensible. Lo curioso es que esa
carrera espacial, precedente de la que pocos años más tarde
tendría lugar en el mundo real, se lleva a cabo mediante naves de
propulsión atómica. Heinlein, otro de los grandes clásicos,
también utiliza profusamente el motor atómico en su obra:
recordar especialmente los relatos contenidos en su "Historia del futuro",
y en especial "Las verdes colinas de la Tierra", donde de un modo indirecto
se tienen en cuenta los problemas de este sistema de propulsión.
Ahora bien, cuando yo leía "La legión del espacio" o alguna
de las otras obras donde aparece este sistema de propulsión, siempre
acababa preguntándome lo mismo: ¿cómo funciona un
motor atómico?. El motor de fisión nuclear se apoya en un
principio bien sencillo: se utiliza el calor desprendido por una reacción
nuclear controlada para evaporar un fluido que es expulsado por las toberas
de la nave y genera impulso. Las naves de la edad de oro son, literalmente,
naves de vapor, que sin embargo duplican el rendimiento de un cohete químico.
El propelente, cualquier líquido susceptible de hervir, como el
agua, metano o simplemente hidrógeno puede encontrarse en abundancia
en nuestro sistema solar y puesto que el combustible nuclear teóricamente
debe durar mucho tiempo, una nave propulsada por un motor de este tipo
podría llevar a cabo sin demasiados problemas un viaje de diez o
doce años sin más que repostar periódicamente masa
de reacción.
Aunque sencillo y atractivo, este sistema no está exento de inconvenientes.
En primer lugar, la velocidad de salida de los gases todavía es
muy baja. La razón es que el combustible no se puede calentar por
encima del punto de fusión de los componentes del reactor, unos
3000 K. Esto, unido al gran peso del mismo determina que la aceleración
de una nave de este tipo sea muy pequeña. En segundo lugar, el lanzamiento
de la nave es demasiado inseguro: un accidente como el del Challenger es
potencialmente más peligroso en una nave de propulsión nuclear
que en una de propulsión química. Además, el funcionamiento
del reactor arrastra sus propios problemas: fugas, reacciones incontroladas,
etc. "Las verdes colinas de la Tierra", el relato de Heinlein al que hacíamos
referencia más arriba, cuenta la historia de un vagabundo al que
un accidente con un reactor nuclear dejó ciego y convirtió
en poeta. Este vagabundo acabó perdiendo su vida debido a la radiactividad
asociada a otro accidente de ese tipo, escribiendo en el proceso un hermoso
poema que le convirtió en una figura inmortal. Stanislaw Lem, otro
autor que utiliza habitualmente este sistema, tiene dos relatos en donde
se ponen magníficamente de manifiesto estos problemas: el de "La
Albatross", en donde se nos relata el descorazonador intento de rescate
de una nave que ha sufrido un accidente en su reactor y se encuentra al
borde de una reacción descontrolada, y "Terminus", uno de los grandes
cuentos del género, donde se nos cuenta la estremecedora historia
del robot encargado de reparar el reactor nuclear de una vetusta nave espacial
(las grietas y fugas del mismo se reparaban a base de cemento) en cuyo
interior residen las almas de los tripulantes muertos en la nave en un
accidente anterior cuyo único superviviente fue el robot.
Cabalgando una explosión
nuclear: el proyecto Orión
Aún cuando en la actualidad continúan desarrollándose
estudios en torno al motor de fisión y los estudios sobre el NERVA
no se abandonaron hasta 1972, ya desde los años 40 estaba claro
que este propulsor no nos llevaría a las estrellas. Simplemente,
la velocidad final de 20 km./seg. que puede conseguirse con un motor de
este tipo implicaría un viaje con una duración de milenios
a la estrella más próxima. Por tanto, siguió buscándose
un modo para utilizar de un modo más eficiente la energía
contenida en el átomo. Fruto de los mismos surgió el proyecto
Orión, uno de los mejores ejemplos de cómo en ocasiones la
frontera entre la ciencia y la ficción resulta casi indistinguible.
Orión se basa en una idea tan absolutamente revolucionaria que
resulta incluso difícil de aceptar: utilizar una explosión
atómica para generar impulso. En efecto, durante una prueba nuclear
se descubrió que una esfera de grafito situada a muy corta distancia
de una explosión nuclear aparecía intacta después
de la misma habiendo perdido tan solo una leva capa superficial de material.
Apoyándose en este fenómeno, se desarrolló un sistema
de propulsión basado en introducir una mini bomba nuclear dentro
de una cámara de combustión llena de agua y se hacía
detonar. Aquí ya no existía limitación de temperatura
de escape: los diez millones de grados del estallido convertían
el agua en plasma supercaliente y generaban impulso. . Posteriormente,
se eliminó la cámara de combustión: la bomba simplemente
se dejaba caer detrás de la nave seguida de un disco de plástico.
Tras la explosión, el plástico se convertía en un
plasma de átomos de carbono e hidrógeno que, a gran velocidad
chocaba contra un plato proporcionando impulso. Al eliminar la cámara
de combustión, el dispositivo ya no estaba limitado en temperatura
por lo que podían utilizarse bombas más grandes. En el modelo
más elaborado, el plástico, buen absorbente de neutrones
(al parecer en la bomba de hidrógeno se utiliza una variante del
corcho blanco que usamos para los embalajes para canalizar el flujo de
neutrones que dispara la fusión del hidrógeno) iba incorporado
en la bomba, que estaba especialmente diseñada para explotar de
un modo direccional. La duración del estallido era tan breve que
el plato de impulso, de acero o aluminio, apenas sufría un ligero
desgaste con cada estallido: literalmente no tenía tiempo de calentarse.
La fuerza que incidía sobre el plato era tan inmensa que había
que utilizar un sistema de amortiguamiento para proteger a la tripulación
de la aceleración resultante. El resultado fue un motor con una
relación de impulso miles de veces mayor que el de un motor químico
y que por primera vez, podría llevar a la humanidad hasta las estrellas.
Una nave basada en un motor Orión no tiene las limitaciones de peso
de un cohete químico: los navíos serían más
semejantes a los que todos nos hemos encontrado tantas veces en las novelas
que a las ratoneras claustrofóbicas que son en la realidad.
Sin embargo, los inconvenientes eran también muy importantes.
En primer lugar, los derivados del poco ortodoxo sistema de propulsión:
a nadie puede hacerle demasiada gracia cabalgar hacia las estrellas a lomos
de una explosión nuclear. Un pequeño fallo en el dispositivo
de lanzamiento, y adiós nave. Lo mismo podría decirse respecto
de la fase de lanzamiento: la sola idea de ver elevarse una nave cargada
con cientos de bombas atómicas, susceptibles de volver a caer sobre
la superficie del planeta en caso de accidente resulta simplemente espeluznante.
Si a esto sumamos la existencia de un tratado que prohibe el despliegue
de armas nucleares en el espacio, es evidente el porqué Orión
jamas fue llevado a la práctica.
El propulsor Orión también tiene su representación,
aunque limitada, dentro de la ciencia ficción. Por ejemplo, en la
novela de Charles Logan "Naufragio", una nave interestelar es destruida
por una bomba lanzada fuera de secuencia dejando a un único naufrago
varado en un planeta remoto sin la más mínima posibilidad
de ayuda. En "El ascenso de Endymion" de Simmons se comenta que entre las
naves utilizadas en la Hégira habían "naves propulsadas por
explosiones nucleares". Por último, en la película "Deep
Impact", el "Mesías", la nave espacial construida por los Estados
Unidos para interceptar al meteorito que va a destruir la Tierra, está
también dotada de un sistema de propulsión Orión:
un importante acierto en la ambientación científica de la
película, pues con la tecnología actual este sistema es el
único que permitiría alcanzar la velocidad necesaria para
la maniobra de cita orbital con el cometa. El plato de impulso se aprecia
perfectamente en la secuencia en la que la nave parte para encontrarse
con su destino.
Antorchas entre las estrellas: Naves
de Fusión
El propulsor Orión varió el camino de los motores nucleares
de alto rendimiento, pero todavía no era la solución óptima.
Ésta vino de la mano de la otra gran arma nuclear del siglo XX:
la bomba de hidrógeno. En efecto, la energía derivada de
la fusión nuclear a partir de una masa de combustible dada es diez
millones de veces superior a la de un cohete químico. Además,
el resultado de la fusión es un conjunto de partículas sumamente
energéticas que se mueven prácticamente a la velocidad de
la luz: el límite teórico de una nave de este tipo estaría
en torno a esta mítica barrera. Por último, se puede ajustar
la reacción de fusión de modo que los subproductos de la
misma sean en su mayor parte partículas cargadas que pueden ser
conducidas y canalizadas mediante campos magnéticos: las toberas
de una nave de fusión ya no son físicas, sino formadas por
etéreos campos magnéticos.
La antorcha de fusión se basa, en esencia, en la creación
de una pequeña estrella en el corazón de la nave, en la que
los átomos de hidrógeno se funden para dar helio con un enorme
desprendimiento de energía. Para ello, existen dos sistemas muy
semejantes. En los sistemas de confinamiento magnético, se crea
un plasma contenido por una botella magnética en el que se inicia
la reacción de fusión. Parte de ese plasma se dejaría
escapar de la botella para producir impulso. En los sistemas de confinamiento
inercial, haces de electrones o láser encienden las pastillas de
combustible varias decenas de veces por segundo. Por ejemplo, el motor
de la "Vijaya" de "Mundos en el abismo" parece ser un reactor de fusión
inercial. Funciona inyectando pastillas de deuterio y helio 3 en el núcleo
del reactor donde, tras ser comprimidas mediante poderosos haces de electrones
concentrados, estallan liberando su energía. La ventaja de esta
reacción respecto de la que utiliza deuterio y tritio (empleada
en las armas nucleares por ser mucho más fácil de arrancar)
es que como subproducto solo da una partícula alfa y un protón,
ambos fácilmente manejables mediante campos magnéticos. El
inconveniente, que utiliza He3, un isótopo del helio muy raro en
la naturaleza pero que puede conseguirse en los gigantes gaseosos. En cualquier
caso, el proceso se repite varios cientos de veces por minuto, por lo que
en realidad una antorcha de fusión podría considerarse como
un reactor pulsante.
Las ventajas de esta tecnología son evidentes. Como vimos antes,
la energía desprendida por la reacción nuclear es inmensa.
Aunque buena parte de esa energía debería canalizarse en
el mantenimiento de los poderosísimos campos magnéticos que
mantienen confinados el plasma, las aceleraciones resultantes son increíbles;
el límite de las mismas viene determinado por la tolerancia biológica
a la aceleración, que se cifra en torno a 10 g. En cualquier caso,
estas naves son capaces de mantener aceleraciones sostenidas de 1g durante
semanas, lo que les permite una velocidad punta que ronda la mitad de la
velocidad de la luz.
Otra consecuencia de tal superávit de energía es que cualquiera
de estas naves de guerra puede montar más baterías de mortíferas
armas de partículas y láseres (tanto ofensivas como de defensa
de punto antimisil) que cualquiera de las de sus más próximos
rivales. Y eso además del formidable poder destructivo de sus toberas,
en las que el haz de plasma concentrado mediante campos magnéticos
puede convertirse en una arma extraordinariamente precisa y destructiva
a una gran distancia. Por ejemplo, Larry Niven, que utiliza una amplia
paleta de naves de fusión en su obra, pone en boca de los Kzin,
la raza de felinos guerreros que pelea con la humanidad por el control
del espacio, el dicho de que el poder militar de una especie se mide en
función de la eficacia de sus reactores de fusión. En el
relato "Xanthia y el agujero negro", de Varley, la protagonista sufre el
ataque de una nave dotada de un propulsor de fusión que intenta
utilizar su escape para destruirla. Aquí se ponen perfectamente
de manifiesto las ventajas y los inconvenientes de este tipo de arma: enorme
poder destructivo, pero escasa capacidad de puntería y corrección
de tiro
El exceso de impulso se traduce en algo que ya comentamos para la propulsión
Orión: en una mayor ergonomía. Los habitáculos de
la tripulación y el equipo que la nave puede cargar ya no están
limitados por el impulsor. Así se da la curiosa paradoja de que
las naves que tienen que pasar menos tiempo entre las estrellas son las
más confortables, mientras que las que tienen que arrastrarse durante
meses entre los soles, además son sumamente incómodas al
haber tenido que llegar a un compromiso entre confort y capacidad de maniobra/tiempo
de tránsito.
Antimateria y motores estelares
Aunque la cantidad de energía producida por una reacción
de fusión es inmensa, todavía disponemos de una fuente energética
más poderosa: la aniquilación materia antimateria. Este sistema,
que permitiría la producción de 20.000 billones de julios
por kilogramo de combustible, sería el óptimo desde un punto
de vista energético para la propulsión de una nave espacial.
Utilizando la aniquilación de protones y antiprotones, se generan
como subproducto de la reacción priones que son susceptibles de
ser manejados mediante campos magnéticos para producir impulso.
Estos priones, además, se mueven prácticamente a la velocidad
de la luz, por lo que la velocidad final de estas naves es también
altísima.
Sin embargo, este sistema como siempre tiene sus propios problemas.
El más importante, sin duda, el confinamiento de la antimateria.
Teniendo en cuenta que el simple contacto con la materia normal produce
la aniquilación de la misma en un fogonazo de radiación y
energía, parece evidente que toda precaución es poca en este
sentido. Otro problema asociado es la protección de la tripulación
frente a las radiaciones derivadas del proceso de aniquilación.
Por ultimo, resulta bastante complicado producir antimateria con los medios
de los que disponemos hoy en día.
Estos inconvenientes no han arredrado a los escritores de ciencia ficción.
En "El mundo al final del tiempo", de Pohl, aparece un velero solar complementado
con un reactor de antimateria alimentado por barras de antihierro almacenadas
en un confinamiento magnético. La vela solar se utiliza para salir
del sistema de origen y frenar en el de destino, mientras que la antimateria
se utiliza como propulsor intermedio. Este exótico combustible se
genera a partir de materia normal mediante unos conversores basados en
energía solar extraordinariamente eficientes, lo que convierten
a esta nave en uno de los mejores ejemplos de aprovechamiento energéticos
del genero.
Haldeman también utiliza varios modelos de nave de antimateria
en "Tricentenario". En esta novela corta, el autor plantea la existencia
de un compañero oscuro del Sol, formado por antimateria. Con esta
fuente de antimateria, recogida y confinada también mediante campos
magnéticos, la humanidad construye su primera nave interestelar.
Primero una sonda en la que se introduce una pequeñísima
cantidad de antimateria en un deposito de agua, dejando que la energía
derivada de la aniquilación la evapore y produzca impulso, y, posteriormente,
con un sistema más eficiente que incluye un espejo de rayos gamma
que permite tanto proteger a la tripulación de los peores efectos
de la aniquilación, como generar una fuente de impulso eficiente
para la nave.
Por ultimo, "Antihielo", de Stephen Baxter, recurre también a
una fuente natural de antimateria como propulsor de su nave. Esta espléndida
ucronia está ambientada en una historia alternativa del siglo XIX,
donde se ha descubierto la existencia de un meteorito formado por antihielo:
una mezcla de superconductor de alta temperatura que, mediante la existencia
de unos campos magnéticos inducidos, se mantienen confinadas pequeñas
cantidades de antimateria. Jugando con las propiedades de este maravilloso
material, se construye una nave espacial basada, como en el caso de Haldeman,
en la evaporación de un propelente como el agua sometida a la enorme
cantidad de energía desprendida por la aniquilación.
Estatocolectoras: sacando combustible
del vacío
Tanto las naves de fusión como las de antimateria alcanzan plenamente
la categoría de naves interestelares. Su alta eficiencia de impulsión
les permiten ser amplias y confortables, con una capacidad de cargar ingentes
cantidades de equipos con misiones variadas. Sin embargo, nos encontramos
en una situacion semejante a la de las naves del vapor del siglo XIX, que
eran capaces de recorrer toda la superficie del planeta en unos tiempos
aceptables... siempre que dispusieran de bases donde carbonear en el trayecto.
En efecto, la mayor desventaja que presentan estas astronaves es su
necesidad de cargar ingentes cantidades de combustible como masa de reacción.
Su capacidad de aceleración es un arma de doble filo, pués
si bien le permite alcanzar velocidades altísimas, luego las penaliza
con la necesidad de disminuir dichas velocidades en un proceso de deceleración
que también consume combustible. Las misiones deben planificarse
cuidadosamente, puesto que el tiempo de tránsito ya no depende de
la velocidad máxima teórica sino de la cantidad de combustible
que la nave pueda cargar. La relación masa-empuje determina que
para alcanzar más velocidad hay que cargar más combustible,
pero para acelerar ese combustible adicional hace falta más combustible
y así sucesivamente. Hay dos soluciones posibles a este problema:
el empleo de contenedores de reavituallamiento, como en el caso del viaje
de la III Flota a la Esfera que aparece en "Hijos de la Eternidad", o bien
hacer las naves capaces de reabastecerse en los planetas gaseosos, como
en el caso de la "Leonov" en "2010", de Clarke, donde asistíamos
a una desesperada carrera espacial para apoderarse del agua de Europa,
que la convertía de hecho en la mayor gasolinera del sistema solar..
Pero en un viaje interestelar no hay estaciones de servicio en las que
repostar. Así que incluso la más sofisticada de las tecnologías
de fusión o aniquilación materia-antimateria tiene un alcance
máximo operativo... que lamentablemente tampoco resulta excesivo.
Sin embargo, existen una serie de estrategias que nos permiten ir más
allá de ese círculo máximo de autonomía
Una forma de evitar el problema es creando el combustible que la nave
consume a medida que la misma avanza. Este es el principio en el que se
basa el llamado ramjet o motor Bussard
Una estatocolectora se basa en que el llamado vacío interestelar
no está, en realidad, tan vacío. En efecto, la densidad de
materia en el espacio entre dos estrellas viene a ser, aproximadamente,
de un átomo por metro cúbico, principalmente hidrógeno.
El esquema presentado por Robert W. Bussard en 1960 proponía la
utilización de ese hidrógeno como combustible y masa de reacción
de una nave espacial. Para ello se utilizaría una draga magnética,
capaz de recoger los átomos presentes en una vasta zona y conducirlos
hasta el reactor de fusión que actúa como impulsor y fuente
de energía del vehículo.
Este esquema de funcionamiento determina dos de las características
de diseño más importantes del motor Bussard: una gran área
de barrido frente a la nave, para acumular el mayor número posible
de átomos y una velocidad mínima de funcionamiento que se
cifra en torno al 1% de la velocidad de la luz. En efecto, cuanto mayor
sea la velocidad, mayor será la cantidad de materia capturada por
la draga y mayor, por tanto, el aporte de combustible que ingresa en el
motor: la densidad relativa del hidrógeno se incrementa hasta alcanzar
un punto en el que la reacción nuclear es autosostenida. Es necesario
por tanto un impulsor adicional que lleve la nave hasta esa velocidad,
a partir de la cual estaremos en disposición de encender el motor
interestelar propiamente dicho. El problema del frenado resulta bastante
más peliagudo. En efecto, otra de las características a tener
en cuenta en una estatocolectora es que su motor principal sólo
funciona en la dirección de movimiento de la nave. Es decir, son
naves que solo poseen capacidad de aceleración, no de frenado, lo
que ciertamente resulta inaceptable. La mejor solución pasa por
la utilización de motores separados para la impulsión principal,
el sistema de frenado y el sistema de guía.
El combustible básico de la estatocolectora es el hidrógeno
interestelar que la nave recoge mediante un campo magnético. Debido
a la baja densidad del medio, este campo debe cubrir un área inmensa,
del orden de decenas de miles de kilómetros, y ser de considerable
intensidad. Además, sólo una pequeña fracción
del hidrógeno presente está en forma ionizada... la única
susceptible de ser conducida por un campo magnético hasta la boca
del colector.
Para resolver este problema, se han propuesto dos soluciones: El empleo
de un láser de ionización. generando varios conos anidados
de luz coherente por delante de la nave o la utilización de campos
magnéticos pulsantes de enorme intensidad para interactuar con la
materia no ionizada a través de efectos magnetohidrodinámicos.
Un campo del orden de un millón de Gauss podría interactuar
con el momento magnético que generan los electrones al girar en
torno al núcleo, lo que a su vez permitiría la manipulación
del átomo en cuestión.
El núcleo de la estatocolectora lo constituye su reactor de fusión
autosostenida. Sin embargo, esta reacción plantea algunos problemas
interesantes con respecto al modelo clásico al que nos hemos referido
más arriba. En primer lugar, la energía se obtiene por fusión
del deuterio, un isótopo del hidrógeno con un protón
y un neutrón en el núcleo. El deuterio, uno de los elementos
primarios procedentes del Big Bang, es relativamente escaso en la naturaleza:
sólo uno de cada 6.700 átomos de hidrógeno corresponden
a esta forma isotópica. En el enrarecido medio interestelar este
problema puede incluso resultar más acuciante, si cabe.
La ventaja de la fusión del deuterio es que tiene lugar a unas
temperaturas relativamente bajas comparadas con las de la fusión
del hidrógeno normal. El inconveniente es que como subproducto de
algunas reacciones se producen neutrones, partículas sin carga que
no pueden ser manejadas mediante campos magnéticos como sucedía
con los subproductos de la fusión del deuterio con helio 3. Es necesaria
la utilización de un material de recubrimiento del reactor que absorba
esos neutrones, como por ejemplo el boro o grafito. Estos materiales acaban
"calientes" y sería necesario cambiarlos al final del viaje. Una
estrategia que permitiría eliminar parte de este problema sería
utilizar la draga para extraer combustible del medio interestelar, pero
no quemarlo en una reacción autosostenida, sino almacenarlo y utilizarlo
para generar impulso mediante una reacción pulsante, parecida a
la que describimos al hablar de las naves de fusión. Esto permitiría
a su vez solucionar el problema del frenado, porque la nave podría
invertir la dirección de sus motores principales y utilizarlos para
decelerar o para moverse en desplazamientos locales intrasistema quemando
el combustible almacenado.
Como conclusión, la nave estatocolectora ofrece el mejor camino
posible para la exploración interestelar. Una vez desarrollado un
motor de fusión viable, una sonda basada en esta tecnología
tendría una alta capacidad de aceleración, autonomía
casi indefinida y no plantearía unos problemas excesivos de protección.
Sin embargo también tienen sus inconvenientes. Algunos autores han
planteado que los campos magnéticos que se utilizan para canalizar
la materia al embudo del reactor, en realidad tienden a apartarla de la
trayectoria de la nave... lo que convertiría a un motor de este
tipo en un excelente sistema de frenado. Además, al igual que cualquier
motor basado en la fusión nuclear, es un sistema muy vulnerable:
un fallo de unos microsegundos en los campos de contención y la
nave se convertirá en una bola de plasma en expansión.
Otro importante problema procede de las enormes velocidades desarrolladas.
Para una nave que se mueva muy por debajo de la velocidad de la luz, su
único obstáculo serio en la navegación interestelar
sería la colisión con un hipotético asteroide... fenómeno
que tiene una posibilidad prácticamente despreciable. Sin embargo,
para un navío que se mueve a velocidades superiores a un décimo
de la velocidad de la luz, el choque con la más insignificante partícula
de polvo puede suponer una catástrofe. En efecto, la velocidad relativa
de dicha partícula respecto de la nave seria de 0.1c y su energía
cinética equivaldría a la de la explosión de una bomba
de fusión. El simple choque con átomos sueltos a estas velocidades
podría suponer la erosión del casco y la muerte de la tripulación
debido a la radiación desprendida de los mismos. Para protegerse
contra estos efectos, la nave de "Cánticos de la lejana Tierra"
de Clarke va dotada de un escudo abrasivo de hielo que va desgantándose
durante el tránsito interestelar. Pero una nave basada en capturar
materia estelar en un frente inmenso no puede utilizar un escudo de este
tipo. Curiosamente, la presencia de este fenómeno de erosión
hace que la forma de estos navíos, que en principio podría
ser cualquiera, en la práctica tenga que ser lo más aerodinámica
posible, a fin de minimizar la superficie presentada al flujo virtual de
partículas lanzadas a un porcentaje significativo de la velocidad
de la luz que pueden encontrarse en su trayectoria.
Las estatocolectoras siempre han sido unas naves muy apetecibles dentro
del mundo de la ciencia ficción. Una de las especulaciones más
osadas e interesantes sobre el tema nos la ofrece Poul Anderson en su novela
"Tau Cero". La misma nos narra el viaje de una nave estatocolectora
que a mitad de camino sufre una colisión con una nube de materia
en condensación y pierde su capacidad de frenado. Los tripulantes
se ven abocados entonces a acelerar continuamente en busca de un lugar
en el que la densidad de materia sea lo suficientemente baja como para
desconectar los campos de protección y proceder a la reparación
de la nave... al tiempo que experimentan los efectos relativistas derivados
de una velocidad cada vez más cercana a la de la luz.
La novela también hace hincapié en el carácter
generacional de este tipo de naves, con sistemas de reciclado de aire y
alimentos basados en modelos biológicos capaces de generar un ecosistema
estable durante un periodo de tiempo bastante prolongado. Las relaciones
interpersonales en una misión de este tipo también están
magníficamente retratadas.
En la misma línea tenemos "Efímeras", de Kevin ODonnell
Jr. En este caso, la nave es muchísimo mayor que la de Anderson
y está pilotada por un ordenador cyborg, que utiliza componentes
biológicos y electrónicos. Precisamente los problemas comienzan
cuando el cerebro humano que forma el elemento biológico de la nave
recupera su conciencia e intenta adaptarse a su nueva situación.
Lamentablemente, una de sus primeras acciones consiste en apagar, de modo
casi inconsciente, el reactor de fusión, con lo que la nave queda
privada de empuje: un viaje que debería haberse completado en el
curso de pocos años se convierte en un auténtico arrastrarse
entre las estrellas. La descripción del cyborg casi inmortal que
pilota la nave y la adaptación de sus tripulantes desde un viaje
de tránsito a una nave generacional son simplemente magníficas.
Gregory Benford es un autor particularmente comprometido con el tema
de las estatocolectoras. En su novela "A través del mar de soles",
la nave "Lancer" lleva a cabo un viaje a los sistemas estelares más
cercanos a la Tierra que acaba por conducir al protagonista hasta el mismísimo
corazón de la galaxia... mientras que la Tierra sufre el ataque
de una civilización de inteligencias mecánicas. La nave de
Benford tiene elementos ciertamente originales. El "Lancer" está
construido utilizando un asteroide modificado, que proporciona protección
frente a la radiación, materia prima, cultivos hidropónicos
e incluso posiblemente masa de reacción para la antorcha de fusión.
La gravedad artificial se consigue mediante rotación en torno al
eje principal de la piedra. Este tipo de nave, que resulta funcionalmente
óptimo (¿para qué construir una casco cuando la naturaleza
nos proporciona uno gratis?) ha sido profusamente empleado en el género:
la invasión de los insectores en "El juego de Ender" (Card) procedía
de un asteroide de este tipo, "Pórtico" (Pohl) también era
un asteroide modificado y lo mismo podría decirse de puerta interdimensional
que aparece en "Eón" (Bear)
En la misma línea tenemos el relato "Efectos relativistas", muy
semejante a uno de los capítulos de "A través del mar de
soles". "Efectos relativistas" es un homenaje a "Tau Cero" (en realidad
es tan semejante que uno acaba por preguntarse donde acaba el homenaje
y donde empieza el plagio) de la que toma el argumento principal: la nave
estatocolectora que ha perdido la capacidad de frenado y se ve obligada
a seguir acelerando hasta el fin del universo.
Benford hace otra incursión en el tema con "Redentora", donde
narra las peripecias de una nave estatocolectora que es asaltada por una
nave pirata más rápida que la luz procedente de la Tierra.
Una guerra devastadora ha asolado la superficie del planeta y los piratas
desean apoderarse de las reservas de material genético que transporta
la estatocolectora. El esquema de "Redentora" es más próximo
a la nave de "Efímeras", por cuanto el piloto de la misma es también
un cyborg. Por lo demás, en este caso Benford utiliza un perfil
de misión basado en una tripulación mínima, con el
resto de los colonos hibernados o transportados en forma de material genético.
Este esquema, junto con la utilización de un piloto cyborg capaz
de despertar a la tripulación hibernada para la resolución
de situaciones concretas, es el óptimo desde el punto de vista de
tiempo de tránsito, pues permite las aceleraciones más altas
para alcanzar las velocidades relativistas que disminuyen el tiempo nave
de viaje. Esta solución se utiliza también en "Sudario de
estrellas", donde las comunicaciones y los viajes personales se llevan
a cabo mediante naves taquiónicas más rápidas que
la luz, mientras que el transporte de mercancías, con menos requisitos
de soporte vital y tiempo de tránsito más prolongado, está
encomendado a las naves estatocolectoras automáticas. Esto favorecía
el desarrollo de una economía con una planificación de décadas:
uno planeta podría adquirir un determinado cargamento que tardase
todavía cinco años en llegar...
Otro gran paladín de las estatocolectoras en la ciencia ficción
es Larry Niven. En sus dos grandes novelas, "Mundo Anillo" y "Los ingenieros
del mundo anillo", Niven nos cuenta las aventuras de una tripulación
multiracial en la exploración de una megaestructura: el Mundo Anillo,
gigantesca obra de ingeniería planetaria consistente en un anillo
que rodea completamente a su sol, mientras el sistema completo se desplaza
fuera de la galaxia huyendo de la explosión del núcleo. La
civilización que construyó esa estructura utilizaba estatocolectoras
para el transporte de mercancías entre el Mundo Anillo y los sistemas
estelares que los habitantes del mismo utilizaban como bases de suministro.
Además de estas naves de transporte del mundo anillo, otra de
las razas que poblaba la galaxia, los titerotes, utilizaban dragas magnéticas
para recoger deuterio interestelar con destino a los omnipresentes motores
de fusión montados en la mayor parte de las naves que aparecen en
el fascinante universo retratado por el libro.
Niven retoma el tema de las estatocolectora en "Un mundo fuera del tiempo".
Por cierto que el planteamiento de esta novela es ciertamente original:
en lugar de moverse a baja velocidad dentro del sistema planetario y acelerar
en el espacio interestelar, Niven aprovecha la riqueza de materia en los
alrededores de una estrella para acelerar y desarrollar una trayectoria
a velocidad constante en el espacio interestelar. Lógicamente, el
rendimiento del motor es perfecto, pero como solo utiliza campos electromagnéticos
para la captación de materia, no queda particularmente claro cómo
consigue evitar los efectos derivados del bombardeo de partículas
ni de la colisión con escombros planetarios...
Por ultimo, en la novela de Aguilera y Redal "Hijos de la Eternidad"
aparece una nave estatocolectora llamada "Konrad Lorentz". Al igual que
en "Efímeras", la nave está gobernada por un tandem biológico
y cibernético: un ordenador super avanzado que trabaja junto con
un delfín modificado genéticamente. La "Konrad Lorentz" forma
parte de una flota de miles de naves del mismo tipo construidas en órbita
con propósitos de colonización: los pasajeros viajan despiertos
la duración de un viaje que más que interestelar resulta
casi intergaláctico...
El viento de las estrellas: Velas
de fotones
La segunda alternativa al problema del combustible es no cargar combustible
en absoluto: este es el principio de funcionamiento en el que se basan
los veleros de fotones. Cualquier estrella emite hacia el exterior un flujo
constante de fotones y otras partículas. Un velero solar se basa
en que este flujo, llamado "viento del sol", puede ser recogido en una
vela y utilizado como medio de propulsión. En efecto, aunque carente
de masa, la luz sí que tiene momento cinético. Y ese momento
puede ser transferido a la vela, generándose un impulso. El empuje
que genera este sistema es minúsculo, del orden de millonésima
de newton por metro cuadrado expuesto a la presión de la radiación.
Pero tiene la ventaja de que es constante y gratuito, y puesto que en el
espacio no existe rozamiento, cualquier velocidad adquirida mediante este
procedimiento se mantendrá indefinidamente. Una nave propulsada
por una vela de fotones es capaz de ir saltando entre las estrellas sin
necesidad de combustible. Además, resultan relativamente baratas
de construir: todas las tecnologías implicadas están actualmente
a nuestro alcance.
Sin embargo, estos veleros tienen algunos inconvenientes. En primer
lugar, son naves que solo funcionan en el espacio: son necesarias instalaciones
orbitales para poder transbordar la carga útil desde la superficie
del planeta. En segundo lugar, la presión que genera la luz es muy
reducida y disminuye conforme nos alejamos del sol según una relación
cuadrática: la máxima eficiencia solo se consigue en la parte
interna del sistema solar. Son naves de baja aceleración, y por
tanto con tiempos de tránsito y maniobrabilidad reducidas
Para aprovechar mejor la presión de la radiación, la respuesta
más evidente es utilizar la máxima superficie de vela. Pero
eso supone utilizar un velamen del orden de hectáreas... lo que
dificulta enormemente su gestión. Por último, la navegación
solar tiene sus propias peculiaridades. Por ejemplo, solo proporciona aceleración
hacia el exterior del sistema, en dirección contraria a la fuente
de luz que proporciona el impulso. En principio, esto no es un problema:
una nave que se dirija hacia el sol tiene que frenar su velocidad para
entrar en una órbita más baja y una nave que abandone el
sistema solar tiene que aumentarla para escapar de la atracción
gravitatoria de la estrella. Los problemas aparecen cuando se quiere cambiar
bruscamente de dirección o navegar acelerando en contra de la presión
de la radiación: para eso es necesario utilizar algunas estrategias
especiales, incluyendo la posibilidad de plegar o cambiar la orientación
de una vela de kilómetros cuadrados de superficie.
De acuerdo con su capacidad de maniobra existen tres tipos de vela solar.
La más sencilla es la circular: la vela se comporta en este caso
como un simple paracaídas hinchado por la presión de la radiación.
Ejemplo típico de este velero es la sonda pajeña de "La paja
en el ojo de Dios", de Niven y Pournelle. La maniobrabilidad de esta nave
es muy reducida: solo puede cambiarse la dirección cambiando la
posición del centro de masas del sistema respecto del vector de
impulsión. Por el contrario, es el modelo más ligero y más
sencillo de construir. Por ejemplo, en "Armaggedon" se proponían
desviar un asteroide en curso de colisión con la Tierra utilizando
una vela solar del modelo circular. El sistema es perfectamente válido...
siempre que se disponga de tiempo suficiente para desplegarlo. Las naves
de los inversores que aparecen en "Crystal Express" de Stirling utilizan
también velas de estas características desplegadas mediante
estallidos de gas. En las mismas, esta raza extraterrestre ha tejido ciclópeas
escenas de batallas interestelares, lo que las convierten en una obra de
arte del tamaño de una pequeña luna. Así mismo, en
"A través del mar de soles", Benford describe un sistema de terraformación
de un planeta por bombardeo de asteroides de hielo propulsados por velas
solares desde una factoría automática.
El segundo tipo es lo que se conoce como heliogiro. El heliogiro se
basa en desplegar la vela solar como los pétalos de una flor, mediante
el giro del anillo que las contiene. De este modo, la fuerza centrífuga
se encarga de soltar y mantener tensas las velas, evitando así las
oscilaciones parásitas derivadas de un flujo irregular de radiación.
La maniobrabilidad del velero se consigue modificando en las direcciones
adecuadas los paneles de las velas, que son rotativos respecto de su eje
principal, como las aspas de un helicóptero. Pese a todo, no puede
decirse que sea un sistema exento de inconvenientes. La rotación
que tensa las velas y proporciona gravedad artificial genera también
un momento de giro que estabiliza por efecto giroscópico el desplazamiento
Y modificar la actitud de los paneles a la velocidad suficiente como para
poder generar un impulso diferencial (imprescindible para la navegación)
requiere vencer la inercia de los mismos... puesto que aunque estamos hablando
de un material finísimo, del orden de micras de espesor, tampoco
podemos olvidar que tiene cinco kilómetros de radio y una superficie
inmensa. Ejemplos típicos de heliogiros los tenemos en "Mundos en
el Abismo", de Aguilera y Redal y así mismo en las naves formadoras
del universo formador-mecanicista de Sterling
La tercera alternativa es la llamada vela cuadrada. Su forma no tiene
porqué ser cuadrada, pero se llaman así porque su superficie
está organizada en forma de paneles que pueden abrirse y cerrarse
independientemente para generar impulso diferencial, como las lamas de
una persiana. Es el modelo más maniobrable con diferencia, pero
presenta el inconveniente de necesitar de una estructura más o menos
rígida para soportar la mecánica de los colectores, lo que
determina que la carga útil que pueden desplazar es bastante menor
que en el caso de los otros tipos. El velero solar por excelencia es el
"Diana", de "El viento del sol", de Arthur C. Clarke. En este fantástico
relato sobre velas solares, auténtico tratado sobre el tema, también
aparecen velas de tipo paracaídas y heliogiros
Otro excelente recurso para evitar los problemas asociados a la navegación
solar es el empleo de naves mixtas, que utilizan la vela solar para desplazarse
en condiciones favorables, pero están también dotadas de
un motor auxiliar de otro tipo (iónicos, en el caso de las naves
de Sterling, impulsores de masas, en el caso de Aguilera y Redal) como
propulsor auxiliar. Normalmente se utiliza solamente para escapar de la
órbita de un planeta (donde las escasas aceleraciones de la vela
solar penalizarían con un retraso de semanas la operación)
o en condiciones de emergencia en las que es necesario conseguir un tiempo
de respuesta más rápido que el de los paneles. Un magnífico
ejemplo de nave mixta lo tenemos en "El mundo al final del tiempo", que
ya comentamos al hablar de los propulsores de antimateria. Utiliza una
vela de fotones para abandonar el planeta de origen, propulsión
por aniquilación materia-antimateria en el trayecto intermedio y
frenado solar en el planeta de destino.
Para solucionar el otro problema de las velas solares, el de la aceleración,
se ha propuesto la utilización de un "sol" artificial en forma de
rayo láser extraordinariamente intenso y estrecho. Este procedimiento
tiene la ventaja de que proporciona una aceleración constante e
independiente de la trayectoria, incluso frente a la presión de
la radiación solar. Además, soluciona también el problema
de la baja intensidad del viento de partículas en el sistema solar
externo, haciendo factible la vela de fotones como nave interestelar. Como
inconvenientes, que la aceleración que proporciona el láser
es proporcional a su potencia e inversamente proporcional a la masa de
la nave. Si queremos aumentar la velocidad, es necesario utilizar más
potencia... pero eso se traduce en un incremento del calentamiento de la
vela, porque algunos de los fotones que inciden sobre la misma no son reflejados,
sino absorbidos, y eso la calienta. Un ejemplo típico de velero
propulsado por láser es la sonda pajeña de Niven y Pournelle
a la que nos referíamos más arriba: la intensidad del láser
empleado fue tal que el color de la estrella de partida de la nave cambió
durante el periodo de impulsión, de varias décadas, dando
lugar incluso a una religión en el proceso. Otra obra en la que
aparecen veleros de fotones propulsados por láser son las "Historias
del espacio reconocido" de Larry Niven. Al estallar la guerra Kzin-Humanidad,
las naves humanas pertenecían mayoritariamente naves a esta categoría.
Precisamente la mejor baza de la Tierra en ese comienzo de la guerra consistió
en que los Kzin, según comentamos más arriba, median el poder
militar de un adversario en función de la eficiencia de sus impulsores
de fusión. Como los humanos no disponían de esa tecnología
parecían una presa fácil... hasta que empezaron a perder
naves bajo los disparos de los propulsores de las velas de fotones "reconvertidos"
en armas militares.
Otras obras en las que aparecen veleros solares son "Las fuentes de
Paraíso", también de Clarke. En medio de la construcción
de un ascensor espacial, hay un capítulo entero dedicado a una sonda
robot extraterrestre en forma de velero solar.
En conclusión, los veleros solares ofrecen la alternativa más
económica posible a la navegación estelar. Son baratos, de
una eficiencia increíble (no necesitan combustible para viajar de
una estrella a otra), tecnológicamente sencillos y están
soberbiamente adaptadas a las condiciones del espacio. Sus inconvenientes
son su baja capacidad de aceleración y su lento tiempo de respuesta
a la maniobra, pero si se las dota de un impulsor auxiliar estos problemas
quedan muy minimizados.
Epílogo
En contra de lo que pudiera parecer, esta conferencia no agota ni muchísimo
menos las posibilidades del viaje interestelar en la ciencia ficción.
Quedan por analizar muchos temas, cada uno de los cuales podría
dar lugar a su propia conferencia. Por ejemplo, las estrategias destinadas
a sobrellevar los enormes tiempos de tránsito asociados al viaje
interestelar a velocidades sublumínicas: hibernación, naves
generacionales, cyborgs.. También sería interesante detenerse
en todos los sistemas de propulsión que ha propuesto el género
destinados a superar o evitar la frontera de la velocidad de la luz, un
recurso muy utilizado porque permite reducir a horas un viaje que de otro
modo podría durar toda una vida. En cualquier caso, espero haber
ofrecido una perspectiva de los impulsores más interesantes planteados
por la ciencia ficción y como los mismos están tremendamente
ligados a los desarrollos que se están llevando a cabo en este tema
en el mundo real. Y de cómo la frontera que separa a estos dos mundos
es extraordinariamente tenue en el tema que nos ocupa.
© Cristóbal Pérez-Castejón Carpena 2000