Cuando era un niño, hasta la basura estaba llena de magia.
A veces, caminando por los campos, encontraba viejas botellas que mi imaginación
transformaba en naves espaciales venidas de un planeta lejano. Después pasaron
los años y murieron los sueños. Y la basura se convirtió en basura, el insidioso
veneno que nos condujo poco a poco hacia una hecatombe mundial. Hoy,
prácticamente inútil y casi inmóvil, miro a mi alrededor y solo percibo
devastación. Un cielo gris y una llanura oscura cubierta de desechos sobre la
que sobresalen los troncos retorcidos de unos árboles muertos. Y no puedo dejar
de sonreír pensando que, cuando muera, mi oxidada carcasa de robot será solo un
despojo mas en la desolación del basurero en que se ha convertido mi mundo