Cena de gala para la realeza

La localidad de El Pardo, a diez kilómetros de Madrid, está acostumbrada a ver trasiego de reyes desde que Carlos V pasó temporadas en sus estancias. Anoche, treinta casas reales, aunque sólo la mitad reinantes, estuvieron representadas en los salones palaciegos. Pero esta vez el Rey quiso abrir la cena de gala a otras personalidades, entre ellas el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero . Es la primera que vez que un presidente del Gobierno acude a una cena de gala con la realeza. Su presencia responde a la consideración de Boda de Estado, a diferencia de los enlaces de la infanta doña Elena y doña Cristina que fueron bodas de la Familia Real.

Un cuarto de hora antes de las ocho empezaron a llegar los primeros de los 380 invitados al palacio de El Pardo, siendo recibidos al pie de los vehículos –algunos lo hicieron en el autocar puesto a su disposición– por personas del servicio de Palacio que, con grandes paraguas, intentaba que no se mojaran, pues una intensa lluvia se convirtió en la convidada inesperada de la tarde madrileña.

Los Reyes llegaron junto con el príncipe Felipe y las infantas Elena y Cristina, con sus parejas. La Reina llevaba un vestido en oro, la novia del Príncipe en plata, un detalle nada casual. La infanta Elena lucía un singular traje goyesco en verdes, mientras su hermana Cristina estaba espléndida, con un vestido bañera con faldas de volantes color antracita. Letizia Ortiz, que había recibido la Gran Cruz de la Orden Carlos III concedida a mediodía por el Consejo de Ministros, prescindió de la condecoración, atendiendo al carácter de la cena. Anoche, se vio por última vez a la novia del Príncipe haciendo la preceptiva reverencia a las infantas, pues a partir de hoy será también princesa.

Las Casas Reales representadas prescindieron de los signos de la monarquía tradicional, así que no se vieron diademas ni tiaras, símbolos no de lujo sino de soberanía, que la realeza utiliza en contadas ocasiones. Sin embargo, atendiendo al diseño del acto, la Casa Real española desaconsejó su uso.

Tras el saludo a los invitados por parte de la Familia Real y los padres de Doña Letizia, éstos se dirigieron al patio de los Austrias, donde se sirvió un espectacular aperitivo con algunas de las fruslerías más conocidas de Ferran Adrià, como las piruletas de pistachos, el corte de helado parmesano, los raviolis de guisantes o los pétalos de rosa en tempura. Adrià, junto con Juan Maria Arzak y la colaboración Paco Roncero, con su equipo de El Casino de Madrid prepararon una cena consistente en yemas de espárragos blancos de Tudela con trufa de verano y sopa; rape con habitas a la menta, con ravioli de tomate y vinagre de Jerez; pechuga de pato en escabeche ligero al vino tinto con puré de limón; y postre de chocolate, coco y frutos rojos con sorbete de cítricos. Con el café se sirvieron delicias de chocolate. Los vinos fueron Clarión Viñas del Vero, Milmanda de Torres, Chivite Colección 125, Matarromera y M.R. Moscatel. Tanta modernidad sorprendió agradablemente a los invitados que degustaron los innovadores productos de la cocina española. La unidad de música de la Guardia Real amenizo el banquete.

El Palacio de El Pardo nació como pabellón de caza en 1472 bajo el mandato de Enrique IV de Castilla, aunque el edificio que ha llegado hasta nuestros días comenzó a construirse durante el reinado de Carlos I, que le encargó el proyecto a Luis de Vega. La construcción del palacio de El Pardo, de planta cuadrada con torres en las esquinas, recuerda a los palacios franceses rodeados de jardines. Destacan la fachada con balcones, separados entre ellos por columnas jónicas y pilastras dóricas. En el interior tiene una impresionante escalinata diseñada por Sabatini, que conduce a las plantas superiores. Conserva importantes obras de arte como los tapices, los frescos de Gaspar Becerra y una extensa colección de muebles neoclásicos. El Salón del Trono está cerrado por una magnífica cúpula decorada por Tiépolo.

Crónica social

Vestidos de gala, pero dentro de un orden. Los invitados a la cena que ayer se celebró en el palacio de El Pardo estuvieron elegantes y sobrios, combatiendo dos enemigos: la lluvia y el borde de la alfombra del besamanos, con la que tropezaban la mayoría de invitados, a pesar de los divertidos avisos del Rey. Sus Majestades los recibieron en el patio central del palacio, y allí empezó la ronda de saludos. Doña Sofía lució un traje de Pertegaz que nos hizo soñar con Bibis Salisachs: ajustado al talle, con cuerpo en brocado y color champán, estaba realmente elegantísima. Letizia Ortiz vistió de Lorenzo Caprile, en la misma silueta de sus últimos diseños, pero gris perla y con cuello-estola, del mismo aire del que lució en la fiesta previa a la boda del heredero danés. La que hoy ya será princesa de Asturias llevó las joyas que le regalaron Sus Majestades los Reyes el día de la petición, unos pendientes y el colgante de zafiros, perlas y brillantes. Este aderezo histórico, compuesto por pendientes y un magnífico colgante para el cuello, perteneció a Doña María de las Mercedes, Condesa de Barcelona, madre de S.M. el Rey, y tiene su origen en el ajuar nupcial de otra María de las Mercedes, la adorada primera esposa de S.M. el Rey Don Alfonso XII. Sorprendente y bellísimo resultó el vestido goyesco, con redecilla en el peinado, de doña Elena, y sofisticado el palabra de honor de doña Cristina. Paloma Rocasolano se decidió por un vestido en rojo con chaqueta corta en negro.

La larga relación de bienvenidas la encabezó Carla Royo-Villanova con su esposo Kubrat de Bulgaria, y la terminó Teresa de Orleans y Braganza, tía de Su Majestad el Rey. Mil y una anécdotas entre ambas personalidades, la más curiosa el vestido repetido que lucieron María García de la Rasilla y la princesa Ghida de Jordania. El traje de la reina Rania era del mismo color que el de Letizia, y la única que lució pantalón fue Victoria de Suecia. Los cambios de Marta Luisa de Noruega ya sorprendieron menos que en la boda de Dinamarca, a pesar de la flor en el pelo. En cambio el de Alexia de Grecia agradó por su vestido plisado en gris antracita y moño rizado. El bolero de gasas y tules con cintas de rosa de Carolina de Mónaco impactó lo suyo, en especial porque el corte longitudinal de su falda descubría sus piernas, aparentemente sin medias. Gratificante fue el escote que dejaba la espalda al aire de la estilosa Sonsoles Espinosa de Rodíguez Zapatero, sólo interrumpida por un collar que se enroscaba al cuello. A todos extrañó el bolso de Mette-Marit, entre coral o beige sucio, que nada tenía que ver con el morado de su vestido de tirantes. Aunque no tan extravagante como la larga cola del vestido negro de Kalina de Bulgaria.

El vestido más explícito fue el de Simoneta Gómez Acebo, que llevaba escrito “flor” en la falda, mientras en la cintura la llevaba en estampado gigante. Las sandalias de la reina Noor, bellísima en su túnica naranja ribeteada en plata, fueron de impacto por su altísimo talón y sus cintas anudadas a los tobillos.

La infanta doña Pilar llevó el collar más impresionante, al menos por su tamaño, y el traje más sencillo, pero más elegante fue el de Farah Diba, rivalizando con la condesa viuda de Ripalda, madre de Jaime de Marichalar. Y con el vestido en gasa y tonos aguamarina de Marie-Chantal Miller, esposa de Pablo de Grecia, cuya hermana Teodora, en rojo fuego, nos volvió a recordar el paso del tiempo: ya es toda una belleza. Emocionante fue, por otra parte, el entrañable abrazo que dio Pablo a su primo el príncipe don Felipe. Y enorme el abrazo de Guillermo de Holanda a don Juan Carlos, con sonoro golpe en la espalda. Tremenda la simpatía de la reina Beatriz de Holanda, la única, junto con Rania de Jordania, que dedicó a la prensa una sonrisa. También debemos destacar la elegancia de Rosario Nadal y de Laura Ponte, en tono marrón con guantes naranja. Fue una velada sin coronas, pues sólo nos pareció adivinar que la reina Margarita de Dinamarca podría llevar sujeta la parte posterior de su moño con una joya de esas características.