Se me paró el corazón, una rara sensación recorrió mi cuerpo cuando vi ese número en su teléfono. Mis sospechas se habían confirmado, aquellas excusas no eran más que eso, excusas. Cuánto me habría gustado creerle, pero algo me decía que me estaba mintiendo, nunca antes había comprendido aquellos retrasos, aquellas manchas en la ropa o aquel olor tan sospechoso. Llevábamos más de 11 años de relación y apenas 2 casados, todas mis ilusiones se habían cumplido al estar con él, la persona que más quería en el mundo y que ahora me estaba defraudando de esta forma.
Nos conocimos una noche en las fiestas en mi pueblo, cada año vuelvo allí para reencontrarme con mis familiares y con los amigos íntimos que aún conservo desde la infancia. Desde que comencé a trabajar me fui a vivir fuera, a la capital, pero nunca he olvidado de dónde procedo. Aquella noche era especial, había nacido mi primer sobrino y estaba exultante, quedé con mis amigos donde siempre, había que celebrarlo y puntual acudí, más guapa que nunca. Cuando llegué ellos aún no habían llegado, ya se sabe que los días de fiesta los más puntuales también se retrasan. Mientras les esperaba, pedí una cerveza en la barra y mientras tanto, bebía a pequeños sorbos y sonreía para mis adentros. Uno de los que estaban a mi alrededor empezó a fijarse en mí, al principio apenas le presté atención, iba a lo mío, pero fui dándome cuenta de que ignoraba la conversación de sus acompañantes para mirarme fijamente. Poco a poco esa situación fue incomodándome, el tiempo pasaba con demasiada lentitud y mis amigos no llegaban, nunca antes me había sentido tan observada por un desconocido.
Era un chico alto, joven, moreno, iba bien vestido y tenía pinta de no ser de la zona, tal vez un turista de los que se acercaban por estas fechas por el pueblo. Con los nervios me había terminado la cerveza y el camarero, antes de pedirle otra, ya me la había servido, le miré con extrañeza cuando me dijo que aquel chico que tanto me miraba me había invitado a la siguiente. Ante esta situación no tuve otra que agradecerle con un gesto la invitación, motivo que él aprovechó para dejar a sus amigos y acercarse, en un par de pasos, hasta mí. Comenzó a hablarme y entablamos una animada conversación, sin darme cuenta del paso del tiempo llegaron mis amigos y con ellos el motivo para irme a otro sitio. He de reconocer que ese chico, ya no tan desconocido, me atraía muchísimo, se mostraba muy seductor y apenas tímido, y la idea de ir con mis amigos había dejado de resultarme tan atractiva. No obstante, no podía echarme atrás y con dos besos nos despedimos, no sin intercambiarnos los teléfonos.
Me fui con ellos y de discoteca en discoteca pasamos la noche, cansada y sin mirar la hora, decidí irme para casa, los nervios del día, las copas y las altas horas de la madrugada habían hecho mella en mí. Tenía el teléfono en el bolso y no eché mano de él hasta llegar a casa, entonces me di cuenta de que tenía varias llamadas perdidas y un par de mensajes de Alberto, el chico que había conocido esa noche. Tras leerlos, y no sin nervios, me decidí a llamarlo, esperando que estuviera ya dormido y mi llamara no tuviera consecuencia alguna. Sin embargo poco después de los primeros tonos escuché su voz, me saludó cálidamente y me confesó no poder conciliar el sueño dándole vueltas a nuestro encuentro. Hablamos durante unos minutos cuando él, atrevido, me propuso encontrarnos en persona y seguir la conversación cara a cara. Yo ya estaba en pijama, desmaquillada y en la cama, en casa de mis padres, en la habitación de mi infancia, sin embargo no lo dudé un instante. En unos minutos me había puesto algo de ropa y estaba bajando a la calle. Allí ya estaba él, esperándome, con una sonrisa que iba de oreja a oreja. Nos dimos dos besos, pero ¡qué dos besos!
Pueden imaginarse que a ese le sucedieron otros intensos encuentros, a pesar de la distancia, pues vivíamos a más de 200 kilómetros, nos veíamos todas las semanas y hablábamos casi a diario. Él viajaba constantemente por su trabajo y yo seguía atareada con la empresa, así fueron pasando los primeros años. Nos fuimos integrando con los amigos de la otra parte y las familias acogieron muy bien la relación. A los tres años decidimos irnos a vivir juntos, no sin algún que otro problema, porque alguno de los dos tenía que cambiar de trabajo para poder llevarlo a cabo. Finalmente consiguió que su misma empresa le permitiera trabajar desde mi ciudad y de esta forma buscamos casa para compartir nuestras vidas. El comienzo de la convivencia fue bueno, como nuestros primeros viajes, nuestras primeras navidades juntos. Al principio conseguíamos ponernos de acuerdo y apenas había una palabra más alta que otra. Él continuaba viajando por su trabajo y aprovechábamos el tiempo que pasaba en casa para relajarnos, conversar y salir con los amigos. A los años, influidos tal vez por la familia, la edad, no sé por qué, decidimos casarnos y poco a poco fuimos organizando una boda que nunca me terminó de gustar. Demasiados familiares, conocidos, hasta gente que no había visto en mi vida. Llegó el día, lo disfrutamos y volvimos a casa exhaustos.
Superado ese trámite la convivencia fue cambiando, volvía distante de los viajes y apenas le apetecía que saliéramos juntos. Pasábamos el tiempo en casa, cada uno por su lado y las conversaciones muchas veces acababan en reproches. La tristeza me iba invadiendo, por las noches sentía su cuerpo distante y las relaciones sexuales muchas veces quedaban sólo en eso, sexuales, faltaba el cariño, la pasión de antaño. Hacía cómplice de mis dudas y desvelos a alguna amiga, pero no quería hacer caso a sus consejos, me negaba a pensar mal de él y pensaba que alguna preocupación del trabajo era la causante de nuestra distancia. Hoy, sin embargo, todo lo que no había querido ver se ponía frente a mis ojos, acababa de descubrir que Alberto llevaba casi dos años con otra mujer, el tiempo que llevábamos casados.
Cuando vi esas llamadas de teléfono y ese número que tanto se repetía comencé a investigar, llamé a algunos compañeros de trabajo y a su jefe para preguntarle por sus viajes, por el trabajo, me confirmaron que Alberto hacía bastante tiempo que no tenía que viajar tanto, había ascendido y ahora podía llevar el trabajo desde el propio ordenador de casa. Una de nuestras amigas, que conocía a Alberto desde hacía muchos años, me comentó en una ocasión algo que en aquel momento no entendí y por eso decidí llamarla y contrastar con ella mis interrogantes. Al principio quiso ser prudente, pero no pudo callar por más tiempo sus fundadas sospechas, en una ocasión pilló a Alberto saliendo de una discoteca con una chica en actitud más que sospechosa, fue atando cabos hasta que descubrió que su amigo no era tan sincero como ella pensaba. Me ayudó a descubrir quién era la chica, conseguimos su número de teléfono, que era el de las facturas, su dirección y hasta pude verla en alguna ocasión.
Durante un tiempo actué con Alberto como si nada, quería tener las cosas claras antes de soltarle toda la verdad. Me costaba reprimir mi dolor, lloraba a escondidas, por las noches me volvía en la cama para evitar estar cerca de él. Una mañana, cuando todo estaba más claro que el agua, me levanté antes que él, fui a hacerme un café y cuando iba a darse una ducha lo llamé desde la cocina. Al verme empapada en lágrimas y con la cara desencajada se quedó frío, como fría me había quedado yo aquel día. Me preguntó qué me pasaba y entonces fui enumerándole todos mis descubrimientos a los que él, en lugar de negarlos, acompañó con un profundo silencio. Quería separarme, poner distancia a ese dolor y olvidar a esa persona que me estaba haciendo tanto daño. Él se negaba, no quería romper lo nuestro, pero estaba claro que así no podíamos seguir. Me ofreció la opción de ir a terapia, era la única forma de que yo pudiera volver a confiar en él y de que aquello que un día fue una relación idílica, volviera a serlo.
Desde entonces han pasado varias semanas y sigo muy distante, pero comenzamos a ir a terapia de pareja, dejándome llevar, tal vez, por lo mucho que le quiero. Por el momento dormimos en camas separadas y no he querido volver a acostarme con él, aunque siempre he deseado mucho el contacto físico con su cuerpo. Pasa más tiempo en casa y apenas viaja, dando fe de que puede trabajar desde su propio ordenador. Ha hablado con la chica con la que me era infiel y ha puesto las cosas claras, han dejado de verse. Alberto nunca ha sido una mala persona, tiene multitud de amigos y sus compañeros y clientes le aprecian muchísimo, a mi me enamoró locamente aquella noche y durante años hemos disfrutado juntos. Es cierto que en los últimos tiempos la cosa había cambiado y esta infidelidad ha sido una gran traición, es lo último que me esperaba de él. Hemos vuelvo a almorzar juntos, salimos a pasear cuando los ánimos me lo permiten y ha vuelto a confiarme sus pensamientos más íntimos. No sé qué pasará con nosotros, no sé si podré olvidar y si volveremos a ser cómplices. La verdad es que las sesiones me están ayudando mucho y creo que a él también, es cierto que en las relaciones acaban descuidándose cosas muy importantes y a veces no sabe uno con quién está viviendo realmente. Si hablamos dentro de un tiempo ya les contaré, por el momento le he dado una oportunidad a nuestra vida juntos. Si esto se rompe reconozco que también podré seguir adelante.
Entre tantos asuntos serios, ¿qué les parece si ponemos a este día un poquito de picante? Lo digo porque la noche del lunes 4 de agosto hablé de las fantasías sexuales en el programa NUESTRO VERANO de Canal Málaga. ¿Quién no se ha abstraído más de una vez en sus fantasías eróticas? ¿Quién no siente alguna atracción por lo nuevo y lo desconocido? No todos los días habla una de estos asuntos, aunque cada vez haya una mayor libertad de expresión y las cuestiones sexuales se banalicen, tal vez demasiado, no siempre conocemos la verdadera naturaleza de las fantasías que todos y todas tenemos.
Si nos preguntamos por su origen tendríamos que situarlo, aunque les sorprenda, en la más temprana niñez. La ocupación favorita y más intensa del niño es el juego. El juego de los niños es regido por sus deseos o, más rigurosamente, por aquel deseo que tanto coadyuva a su educación: el deseo de ser adulto. No tiene motivo alguno para ocultar tal deseo y lo muestra naturalmente ante los adultos. Con el crecimiento, el hombre que deja de ser niño cesa de jugar, y en lugar de jugar, fantasea. Hace castillos en el aire; crea aquello que denominamos ensueños o sueños diurnos. El fantasear de los adultos es menos fácil de observar que el jugar de los niños, el adulto sabe que de él se espera ya que no juegue ni fantasee, sino que obre en el mundo real; y, además, entre los deseos que engendran sus fantasías hay algunos que le es preciso ocultar.
En el interesante texto “La novela familiar del neurótico” de Freud encontramos la actividad fantasiosa de los más jóvenes, muchos niños, defraudados por las cualidades “reales” de sus progenitores, fantasean que sus padres no son sus padres reales, que ellos provienen de padres más encumbrados como reyes o ricos y que fueron abandonados. Recuerden las típicas frases: “yo fui recogido en un puente”, “a mí me cambiaron en el hospital, en realidad mis padres son otros”. En esta época donde el niño desconoce las condiciones sexuales de la procreación. Su ocupación mayor es volver a enaltecer a sus padres.
Tras los primeros descubrimientos sexuales donde empieza a sospechar, no sin rechazo, las vinculaciones sexuales entre sus progenitores, el niño, ya en la pubertad, comienza a imaginarse situaciones y relaciones eróticas, generalmente de su madre con otros hombres, o de él mismo con su madre. Aquí comenzará la intensa actividad fantasiosa erótica que bien reconocemos todos en nosotros mismos, donde muchas veces deseos contrarios a la propia moral juegan su papel.
Si como decíamos antes, el niño jugaba a ser mayor por ser este su gran deseo, podríamos decir, retomando a Freud, que el hombre feliz jamás fantasea, y sí tan sólo el insatisfecho. Los instintos insatisfechos son las fuerzas impulsoras de las fantasías, y cada fantasía es una satisfacción de deseos. Los deseos impulsores son distintos, según el sexo, el carácter y las circunstancias de la personalidad que fantasea. Son deseos ambiciosos, tendentes a la elevación de la personalidad, o bien deseos eróticos. En la mujer joven dominan casi exclusivamente los deseos eróticos, pues su ambición es casi siempre la aspiración al amor; en el hombre joven actúan intensamente, al lado de los deseos eróticos, los deseos egoístas y ambiciosos. Lógicamente los diversos ensueños o sueños diurnos, no son, en modo alguno, rígidos e inmutables. Muy al contrario, se adaptan a las impresiones cambiantes de la vida, se transforman con las circunstancias de la existencia del sujeto
Es fácil reconocer que todos somos, en cierta medida, unos insatisfechos, siempre nace algún deseo por alcanzar o permanece algún deseo que no queremos llegar a cumplir. Una de las ventajas de las fantasías es que se pueden manipular, invertir, modificar o mejorar cualidades; se puede acceder a lo que no ocurriría en la vida real, lo cual las convierte en excelentes herramientas para lograr la plenitud sexual. Históricamente las fantasías eróticas han sido tachadas como síntomas de enfermedad mental, sobre todo aquellas que se apartan del acto heterosexual. No obstante, resultan ser una práctica vigente y muy socorrida por personas sanas, sexualmente satisfechas y con gran capacidad creativa.
Es común confundir a la fantasía con el deseo sexual, sin embargo mientras la primera se refiere a la evocación de una situación ficticia, el deseo es el anticipo de una situación real. El hecho de que una persona emplee una fantasía sexual no presume necesariamente que desee llevarla a la práctica. Hay casos de personas que las han llevado a la práctica y sin embargo ello no les ha deparado el placer esperado. Paradójicamente una fantasía puede ser convertirse en una mala experiencia si se hace realidad. Más de uno de ustedes lo afirmará. Las fantasías sexuales se producen en una gran variedad de marcos y circunstancias. A veces esos interludios imaginativos se provocan con toda intención para pasar el rato, para animar una situación tediosa o ponerle un poco de picante al acto amoroso.
Como vemos, fantasear es una forma de jugar, divertirse y desarrollarnos, debiendo verse como una actividad positiva siempre y cuando nos permitan tener los pies en la tierra. No se puede vivir de las fantasías, ya sean eróticas o ambiciosas, todos necesitamos satisfacción real. Muchas podrán llevarse a la práctica, pero otras tantas deberán permanecer como lo que son, fantasías y tener su espacio y su tiempo sin estorbar nuestra realidad. No podrán objetarme cuán negativa es aquella actitud de no valorar lo que tenemos porque nunca alcanzará el nivel de nuestra fantasía. Como dije antes, el niño distinguía perfectamente entre su juego y la realidad, sabía perfectamente que el palo de la fregona no era un caballo, no caigamos nosotros en el error de creer más en nuestras fantasías que en el tacto, el olor, el sonido de una voz real. La realidad siempre es distinta a nuestros sueños, pero por ser real nos permite una intensidad que nunca alcanzarán nuestras ilusiones.
LAS RELACIONES DE PAREJA DESDE EL PSICOANÁLISIS
Ni huir, ni arremeter contra nada.
Aprender conversar
tranquilamente, eso enseña el amor.
Miguel Óscar Menassa
El amor debería ser un mundo siempre por nombrar, como lo es el poema. Sin embargo, el amor recibe todo tipo de calificativos, adjetivos y nombres todo el tiempo. El psicoanálisis ha sido la ciencia que más se ha interesado en el amor, ese gesto del cual no imaginamos nada que fuera el pasado, ni siquiera el porvenir, por lo tanto nunca podemos saber cuánto va a durar.
No hay amor sin palabras y las palabras es lo que marca el amor como tal, lo historiza. Un amor sin palabras no tiene nada que ver con el sujeto psíquico, es un mero mandato de la especie, es imaginario.
Las relaciones de pareja son más complejas de lo que parece. H ay hombres que desean a la mujer que no aman y aman a la mujer que no desean, sufriendo de impotencia psíquica. Hay mujeres que prefieren parecer que aman y parecer que desean, que dejar un instante de ser mujer para sólo parecerlo.
El psicoanálisis describe lo que solemos llamar amor como una conducta narcisista, es decir que el hombre y la mujer sólo aman lo que han sido, lo que son, lo que ambicionan ser.
Hay mujeres que prefieren parecer que gozan, a gozar pareciendo que son, puesto que ser hombre o ser mujer es una cuestión de apariencia.
Eros tiende a la unión pero sin principio de muerte moriríamos todos ahogados en su abrazo. Es decir que para que se pueda forjar en mí la dimensión del amor tendré que haber aceptado el límite que la muerte impone a mi existencia material. Cuando acepto ser mortal, alcanzo un grado más de humanización que me permite transformar la realidad.
Lo fundamental del goce femenino es la ausencia de localización. Ella goza con todo su cuerpo.
Frente al sexo el sujeto se encuentra perplejo, enfrentado a un enigma ininteligible, para el cual no tiene ningún saber, ni recurso. Enigma que obliga a una respuesta: situarse en relación a él.
Como hombre y como mujer los sujetos no se distinguen, sino que se los distingue.
En algunas personas, conseguir una relación de pareja produce una ilusión de tranquilidad, «asegura» no quedarse
solo, estar siempre acompañado. Al menos durante algún tiempo el amor les proporciona un compañero, y el hecho
de que otro ser humano esté próximo, les alivia el síntoma.
Y esto porque al ser humano, sea hombre o mujer, no le basta con sentirse necesitado o amado, también es necesario que se sienta deseado, esto quiere decir que no le
basta con ser objeto de amor, es necesario que ocupe el lugar de causa del deseo.
El amor de quien desea ser amado es una tentativa de capturar al otro como objeto, es amor narcisista. Quien aspira a este amor no le interesa ser amado por su bien, sino que quiere ser amado por todo, no sólo por su yo, sino por sus bonitos ojos, por sus manías y debilidades.
Amar en el plano simbólico es otra cosa, es amar al otro más allá de lo que parece ser, estando más allá de la esclavitud imaginaria, por eso que puede aceptar sus debilidades y torpezas, hasta puede admitir sus errores, pero cuando el ser amado lleva demasiado lejos la traición a sí mismo y persiste en engañarse, el amor se queda en el camino.
Recordemos la fórmula lacaniana del amor: dar lo que no se tiene a quien no es.
Todavía, hablar de sexualidad produce inquietud, nerviosismo, vergüenza. Aún no tenemos una actitud abierta ante estos temas que, por otra parte, a todos nos afectan.
Cada vez acuden más parejas a nuestras consultas, la mayoría de ellas dicen que ya no se aman o desean como al principio, como cuando eran novios. Es como si el tiempo desgastara la relación o se perdiera el deseo sexual hacia la pareja.
Los problemas sexuales comienzan cuando falla la comunicación, cuando deja de habar palabras. Para que haya una buena sexualidad en la pareja tiene que haber armonía. A estos problemas, se va sumando una tensión emocional que va en aumento. Esta problemática relacional donde primero se refleja es en la pérdida del interés en las relaciones sexuales. En este ambiente, es frecuente observar a hombres y mujeres que castigan a sus parejas retirándoles las relaciones sexuales, el cariño, las atenciones, los besos…
Está claro entonces que lo sexual en una pareja es el reflejo de la dinámica de la relación. El tiempo no desgasta el deseo sexual, sino que la relación misma va evolucionando con el tiempo, por lo tanto, el deseo y el amor también van a sufrir una evolución. Al principio de una pareja el sexo suele darse de continuo, a todas horas, es la novedad. Conforme pasa el tiempo, se vuelve algo más de la vida cotidiana.
El deseo no es sólo de carácter sexual. Es todo aquello que nos proporciona algún tipo de satisfacción y placer. Es lo que hace que las personas se muevan, tomen decisiones. Dentro de ese deseo se haya el deseo sexual propiamente dicho. Diríamos que hay deseos que satisfacen más que una buena relación sexual.
En este sentido, no es que desaparezca el deseo en la pareja, sino que el deseo se pone en otras cosas. Con el paso del tiempo la energía de los deseos se ha puesto en otros elementos. Está claro sin embargo, que si no hacemos nada para estimular o despertar el deseo de nuestra pareja, ni atracción sexual ni interés mostrará hacia nosotros. Las relaciones hay que cuidarlas cada día, la sexualidad es un elemento más del vínculo entre esas personas.
En muchas ocasiones es la vergüenza nos impide hacer cómplice al otro de nuestros deseos. No hay dos personas que gocen de la misma manera. En este sentido, para que haya buenas relaciones sexuales tiene que producirse una complicidad entre ambos.
Hay mujeres que obtienen más placer con los actos preliminares a la penetración, si su pareja no toma conciencia de ese detalle, con toda seguridad su pareja acabará teniendo problemas. Debemos poner atención en los gustos del otro. Sólo aceptando que somos diferentes podrá haber entendimiento y placer mutuo. Si cada uno va a su aire, lo más normal es que alguno quede insatisfecho.
Históricamente encontramos casos de hombres y mujeres que buscan fuera de sus parejas el tipo de relación sexual o actos que les hacen gozar, porque con sus parejas no se atreven a realizarlo. Un aprendizaje muy importante es saber que una persona puede asumir diversas funciones, madre, mujer, amante, trabajadora, compañera… En cada situación tenemos que mostrarnos distintos, por ello en la sexualidad tenemos que dejar al margen ciertas cuestiones morales, pues sólo sirven para inhibir.
Para llevarnos bien con los demás, primero tenemos que llevarnos bien con nosotros mismos. Por ello, tenemos que ser más tolerantes con nuestra manera de gozar. La sexualidad no es más que nuestra forma de relacionarnos con el mundo para la obtención de placer. Una sexualidad ampliada, más social que genital, permitirá al individuo un amplio abanico de satisfacciones, puesto que no siempre lo inmediato y rápido es lo más placentero. Hacer el amor con las palabras es lo propiamente humano.
Ante todo hay que diferenciar qué se entiende por virginidad culturalmente y qué fisiológicamente.
Culturalmente, la primera vez que se mantienen relaciones coitales se considera que es el momento de la pérdida de la virginidad, otorgándole un valor a este hecho que en ocasiones no se corresponde con las expectativas creadas.
Fisiológicamente , un himen intacto no es prueba de virginidad ni la ausencia del mismo es la prueba de desvirgamiento. El himen, una fina membrana elástica que cubre la abertura de la vagina, se puede romper sin darse cuenta, por exploraciones ginecológicas, por la introducción de un tampón, por ejercicios físicos, etc.
La penetración vaginal no es el único responsable de su pérdida , hay mujeres que nacen sin himen y otras que tras diversas relaciones con penetración vaginal pueden mantenerlo intacto.
En todo caso su pérdida, sea cual sea la causa, no tiene por qué resultar dolorosa . El miedo, la atención, la falta de relajación o el terror a quedarse embarazada, son las causas principales del dolor en las primeras relaciones sexuales con penetración.
Todo lo nuevo produce angustia, por desconocido. La pérdida de la virginidad también. El primer acto sexual es un acto inquietante, tanto más cuanto que provoca efusión de sangre.
Históricamente, e l tabú de la virginidad está estrechamente ligado con una cantidad innumerable de tabúes alrededor de la sexualidad femenina. Los pueblos primitivos desarrollaban rituales para la pérdida de la virginidad de la mujer. Parece como si ese acto constituyera un peligro, por ello evitaban que el futuro marido fuera el que lo realizase .
Este temor se basa quizá en que la mujer es muy diferente del hombre , mostrándose siempre incomprensible, enigmática, singular.
Frecuentemente el primer acto sexual supone un desengaño para la mujer, que permanece insatisfecha y precisa de algún tiempo y de la repetición del acto sexual para llegar a encontrar en él plena satisfacción.
La mujer presenta una hostilidad hacia el hombre, en tanto se considera inferiormente dotada, esta hostilidad se halla pues presente en las relaciones entre los dos sexos. Justamente en el desfloramiento se acrecienta esa hostilidad puesto que la pérdida de la virginidad supone para la mujer una ofensa narcisista, en tanto que se produce una disminución de su valor sexual . No debemos olvidar que aún hoy la sociedad sigue calificando de libertina a la mujer que practica una vida sexual activa sin tener pareja estable.
En grados superiores de cultura, la virginidad es considerada como una dote, a la cual no debe renunciar el hombre. Pero analizando las perturbaciones de lasa relaciones duraderas y del matrimoniol seguimos observando los motivos que impulsan a la mujer a tomar venganza de su desfloramiento.
Junto a esta hostilidad, se establece en la mujer una servidumbre sexual con el hombre que la inició en la actividad sexual. Es más frecuente en mujeres que en hombres. En el caso masculino se da ante una determinada mujer que logra resolverle su impotencia .
Resulta pues muy curioso la situación psicológica que la pérdida de la virginidad genera en la mujer, por un lado despierta su hostilidad hacia el hombre que la inició en el comercio sexual y por otro se desarrolla una intensa servidumbre sexual hacia él.
Observamos muchas relaciones o matrimonios que se prolongan en el tiempo pese a una vida conyugal instatisfactoria. Podemos decir que las segundas relaciones suelen ser más satisfactorias que las primeras. Justamente porque a veces la mujer permanece unida a su pareja para vengarse por la pérdida que el otro le hizo padecer. Es extraordinario el número de casos en los que la mujer permanece frígida en un primer matrimonio y se considera desgraciada, y, en cambio, disuelto este primer matrimonio, ama tiernamente y hace feliz al segundo marido.
Por eso recomendamos que si la joven o mujer quiere demasiado a su pareja le evite el mal de hacerle sujeto del desfloramiento.
Me llama la atención lo que interesa a todo el las cuestiones referentes al amor o las relaciones de pareja. Sobra decir que cuando se nombra la palabra “infidelidad” se erizan los pelos de muchas personas, en algún momento esa palabra o tendencia ha pasado por nuestras cabezas.
Si hablamos de la infidelidad, un buen comienzo sería definir el término. Hay que decir que cada persona tiene una concepción diferente, para el Psicoanálisis la infidelidad es necesaria para poder relacionarnos. Si nos situamos en el origen, nuestra primera relación fue con nuestra madre, para poder relacionarnos también con nuestro padre tuvimos que serle infiel a ella. Si fuéramos fieles no podríamos más de una relación.
En este sentido, para ser infiel no es necesario realizar el acto sexual con otra persona distinta a nuestra pareja. En realidad, a las personas no se les puede ser fiel porque nadie es de nadie. Uno es fiel a su palabra, ceder en ella acaba por hacernos ceder en las cosas, y es eso lo que nos produce un gran sentimiento de culpabilidad.
En contra de lo que solemos pensar, hay que decir que la tendencia natural es a ser infiel, bien es cierto que nos vamos acostumbrando a un grado de fidelidad por respeto, convención social, por amor o para no meternos en líos. La tendencia natural del ser humano es a cambiar de pareja, trabajo y de familia todos los días. Para permanecer con lo mismo hay que hacer un esfuerzo.
Para ser infiel, como vengo diciendo, es suficiente el mero pensamiento, una mirada. Ya sabemos que para generar los celos en otra persona es suficiente con darse cuenta que existen otras personas en el mundo, las palabras son las que en realidad generan los celos.
Esos celos que pensamos son consecuencias de la provocación de nuestra pareja, son los que originan, en muchos casos, la infidelidad. Todo el día hablando de las fantasías (miraste a tal o cual), que uno acaba provocando deseos en la otra persona. Por otro lado, muchas parejas están todo el día vigilantes, esperando ver algún dato que confirme sus sospechas. Parece así como si la otra persona más que nuestro amor, fuera una posesión. Este tipo de comportamiento puede provocar graves situaciones de maltrato. Si no cambiamos nuestra forma de concebir las relaciones, nunca alcanzaremos el amor.
Es muy frecuente pensar que los hombres son más infieles que las mujeres, pero ello no deja de ser una idea que se corresponde con los prejuicios sociales que siguen existiendo. Al hombre se le ha permitido históricamente una doble moral sexual, que no se le ha permitido a la mujer. En ese sentido, él ha tenido más libertad para desplegar sus deseos, no sólo sexuales, mientras que a la mujer no se le ha permitido pensar en su sexualidad ni en sus ambiciones. Como he dicho antes, todos somos o podemos ser infieles. Tanto hombre como mujer tienen deseos.
Está claro que una cosa es ser infiel de pensamiento y otra irse a la cama con otra persona. Este hecho es difícil de tolerar para muchos, pero n o es bueno generalizar, porque la infidelidad es algo diferente para cada uno. Hay personas que toleran las relaciones sexuales con otras personas, pero no toleran otro tipo de comportamientos. Hay que tener cuidado, para cuidar la pareja no puedo hacer justo lo que le molesta.
Que sea la infidelidad la provoque una ruptura o una agresión, es tener un grave prejuicio. Hay que decir que si a uno le importa de verdad su pareja, la infidelidad no puede ser la causa de la ruptura, uno tiene que demostrar lo que le importa esa mujer o ese hombre.
La mayor infidelidad no es tener relaciones sexuales con otra persona, sino traicionar la confianza de tu pareja, a veces eso implica hablar de cosas íntimas con otra persona. A pesar de ello, desde mi punto de vista, no es recomendable confesar la infidelidad, sería utilizarla para hacerle daño a la otra persona. La infidelidad no tiene que dejar huellas. Si deja huellas, la he utilizado para estropear la relación.
Quienes lean este artículo pueden ver en él la excusa perfecta para justificar su conducta, otros se sentirán desengañados por no poder exigirle a su pareja exclusividad. Hay que saber que el verdadero amor es muy difícil de alcanzar, pero no imposible. Amar no tiene que implicar querer estar todo el día con la otra persona, tenemos que aprender a ser tolerantes y considerarnos en libertad. Muchas veces somos fieles no por falta de deseo, sino para impedir la infidelidad de nuestra pareja.
Cuidemos nuestra felicidad, nuestra salud, nuestras relaciones. Estoy segura que de esa forma, sabremos tratar mucho mejor a las personas que nos rodean, seremos más atentos y respetuosos. No podemos olvidarnos de la compleja naturaleza humana.
¿Quién no se ha cuestionado alguna vez su tendencia sexual? ¿Cuántos se consideran homosexuales porque alguna vez sintieron atracción por una persona de su mismo sexo? ¿Por qué es una persona homosexual? ¿Será el fin de la heterosexualidad?
Muchas preguntas se generan en torno a esta modalidad de elección de objeto amoroso. Pocas respuestas y mucho silencio. Encendamos con la luz del Psicoanálisis la oscuridad de lo desconocido.
La homosexualidad es un fantasma que ocupa nuestro pensamiento en algún momento de la vida. El hecho de que la homosexualidad pueda o no ser orgánica, no nos evita la obligación de estudiar los procesos psíquicos de sus génesis. Para entenderla es preciso acudir al propio proceso de desarrollo humano.
El paso por la definición sexual está marcado por el primer enlace afectivo hacia una persona, que en todo humano acontece con la figura materna. Esta relación marca la entrada en el llamado complejo de Edipo. El desarrollo normal exige el desprendimiento de esta relación afectiva.
El proceso típico de la homosexualidad consiste en que algunos años, después de la pubertad, el adolescente fijado hasta entonces intensamente a su madre, se identifica con ella y busca objetos eróticos en los que le sea posible volver a encontrarse a sí mismo y a los cuales querrá entonces amar como la madre le ha amado a él. Como vemos, se produce una elección narcisista de objeto.
Detrás de este factor se oculta el desprecio a la mujer, su repulsa y hasta el horror a ella se derivan generalmente del descubrimiento de que la mujer carece de pene. En todo hombre, también hay que decirlo, subsiste cierto desprecio hacia la mujer por este motivo.
El homosexual, ha renunciado a la especie, a la reproducción y por tanto a las diferencias sexuales, es decir, sólo tolera la genitalidad de alguien de su mismo sexo. Las diferencias le ocasionan angustia y sólo puede cuando está frente a uno como él mismo.
También se nos muestra como un poderoso motivo de la elección de objeto homosexual el respeto o miedo al padre. Al renunciar a la mujer como objeto amoroso, la competencia con el padre y así, su propio riesgo.
Los factores de la etiología psíquica de la homosexualidad descubiertos hasta ahora son la adherencia a la madre, el narcisismo y el temor a la castración. Hay que sumar a estos factores, los celos hacia un hermano. Dichos celos condujeron a actitudes hostiles y agresivas hasta desearle la muerte, pero quedan luego reprimidos y transformados. Las personas antes consideradas como rivales se convirtieron en los primeros objetos eróticos homosexuales.
No se puede negar el poder de la especie, algo muy superior al sujeto, ya que la especie impone la reproducción para perpetuarse y para ello, necesita la heterosexualidad. A la especie no importando de qué manera lleguemos a ella o qué nos ocurra en el proceso. Si es mal vista la homosexualidad no es porque dos hombres o dos mujeres se besen o hagan el amor, sino porque en ese gesto, se atenta contra la procreación y es algo que la propia especie nunca va a permitir.
El homosexual no nace, se hace, como hemos visto, en el proceso de identificación con la figura materna. El deseo humano se caracteriza por nuestra tendencia a volver a encontrar la situación inicial mítica con aquella madre que un día nos dio todo sin pedirnos a cambio nada.
En definitiva, las cosas nunca son lo que parecen. Son las palabras las que nombran las situaciones sexuales y no al revés. Sólo podemos conocer nuestra sexualidad si nos psicoanalizamos, si podemos hablar de las fantasías, las inhibiciones, con un profesional, que no juzgará, pero sí puntuará cómo nos relacionamos con nuestros semejantes.
No hay dependencia entre sexo biológico y elección de objeto. No sólo la homosexualidad es poco evidente para el psicoanálisis, también la heterosexualidad.
¡Cuánto necesito quererte! Te busco por todos lados, hasta en las teclas de mi ordenador, el móvil, la televisión. Quiero tenerte cual fiel compañero, no sentirme sola nunca más. Ojalá pudiera comprarte en algún supermercado, decir lo que me gusta y, ya está, ahí, tenerte para mi. Con la de cosas que inventan y sé que pido un imposible. No existe alguien hecho para mí, la pareja perfecta.
Cuando llego a casa, voy corriendo hasta el ordenador, impaciente para ver si tengo algún correo, ojalá sea el tuyo, el de esa persona que yo necesito. Ya he entrado en mil chats, tengo varias páginas en lycos y otra en meetic… Digo que me gusta esto y lo otro, a ver si así te encuentro. Ahora estoy decidida a comprarme una camiseta, de esas que anuncian los periódicos, donde un código me llevará hasta ti. Tal vez eres un tímido y de esa forma te atrevas a conquistarme.
Son muchos los que ya lo han conseguido, y sé que los hay que sólo buscan un rollo de una noche, otros son unos traumas, todo el día contándote sus historias, yo sé que tú eres diferente. No hago demasiado caso a esos que dicen que amando se encuentra el amor, que hay que empezar con algo y así uno va sabiendo lo que le gusta. Yo te quiero a ti, nada más. Sé esperar y te esperaré. Aunque me aburro, a veces me desespero. Todas mis amigas tienen novio y las que no tienen, no son mis amigas. No me gusta la gente que no centra su vida en el amor.
Tú sabes que soy una romántica y por eso nunca le diremos a nadie cómo nos conocimos, quedaría feo decir que fue en un chat o que te gustó lo que escribí en una página y por eso te enamoraste de mí. Diremos que nos encontramos un día por la calle y, al mirarnos, supimos que estábamos hechos el uno para el otro.
Qué locura este amor nuestro, no me deja dormir, trabajar ni querer a los demás. Sólo esperar. Mi psicoanalista, a veces, me dice que si quiero algo tengo que hacer algún trabajo para conseguirlo y, que si no tengo pareja, tal vez es porque no lo deseo. Sus palabras me desesperan, grito que te necesito, que he nacido para estar a tu lado, no quiero pasar por otros brazos que no sean los tuyos.
Tal vez sea cierto que tenga que alejarme, terminar la carrera que empecé hace años y que no me interesaba demasiado, tal vez hablar con mis compañeros me reporte alguna felicidad, podría aceptar la invitación de ese chico que un día tras otro me repite. Tal vez deba marcharme ya de casa de mis padres y tener mi propia casa. Te dejo, mi amor, pues me espera mi vida, otras palabras.
¿Tan complicado es vivir en pareja? ¿La felicidad queda para los cuentos de hadas?
La realidad es que la mayoría de los matrimonios padecen conflictos graves en algún momento de la relación. Problemas de dinero, celos excesivos, la falta de comunicación o mala convivencia pueden ser sólo algunos de los ejemplos. Muchos dicen que vivimos en el tiempo en el que ha fracasado el modelo de amor como camino a la felicidad. Bodas y divorcios se suceden, cada vez las personas se toleran menos y el punto y final se pone, en muchas ocasiones, poco tiempo después de haber iniciado la vida en común.
Con estas perspectivas parece que poco queda por hacer para compartir la vida con alguien especial. A lo largo de los años he observado a personas que tras una ruptura sentimental han visto derrumbarse el ideal de pareja que esperaban cumplir con esa persona. La desilusión es tal que se muestran agresivos, reacios a nuevos vínculos, como si necesitaran cierta venganza. Si tenemos en cuenta los procesos psíquicos y el conocimiento que la ciencia nos aporta al respecto, habría que decir que estas personas no forjaron sus ideales a partir de esa relación, sino que ésta fue la "excusa perfecta" para poder dar forma a sus sueños pretéritos. Tristemente, la mayoría de las relaciones son más fantasmáticas que verdaderas, quiero decir, la mayoría no ama a su pareja por sus virtudes y por sus defectos, por lo que esa persona propiamente es , sino que siente atracción por lo que esa persona, ese vínculo, les permite. Es como si usted tiene necesidad de enamorarse y por ello encuentra a alguien con quien establecer este vínculo.
No quiero que me tache de "aguafiestas", porque amar aunque difícil no es imposible. En Psicoanálisis se dice que el verdadero amor es el amor a las diferencias, amar al otro por ser diferente a mi, por enriquecerme, por hacerme más tolerante. Esta forma de amar, sin embargo, no es tan fácil como resulta decirlo, es una construcción que puede llevar años. Amar al otro en libertad es muchas veces imposible, sólo hay que fijarse en los datos que los medios de comunicación nos ofrecen a diario sobre la violencia familiar, víctimas de un modelo "fatal" de amor. La posesión tiene estas cosas, o eres mío o de nadie. Así como suena, la verdad es que parece poco amoroso, una persona no puede pertenecer a otra, sin embargo en los diálogos amorosos estas frases son constantes y luego tienen sus consecuencias.
Nuestra educación al respecto de las relaciones de pareja es bastante pobre, lamentablemente, en pleno siglo XXI seguimos amando como primitivos, poco hemos aprendido a respetar, a conversar y a construir. Parece que al ser humano le tienta la posibilidad de "romperlo" todo de un golpe. En las terapias de pareja, que cada vez van siendo más, que son muy necesarias y muy efectivas, veo cómo no sólo conversar, sino hacerlo a través de un pacto con un psicoanalista, permite a esas personas establecer vínculos diferentes con sus parejas, también con sus hijos. La paciencia, tan necesaria siempre, se convierte en la posibilidad de permitir al otro expresar sus ideas y deseos, ser aquella persona libre de la que uno se enamoró.
El amor puede ser maravilloso, siempre y cuando no se lo pidamos todo. El amor como camino de la felicidad, el amor como forma de vida, el amor... Es hora de sumar a esta palabra otras muchas que son imprescindibles para tener otra calidad de vida. Trabajo, amigos, compromisos, deseos, viajes, separación, unión, sexo, dinero... La vida con más palabras es una vida rica, saludable. La vida entre dos es una cárcel que acaba por matar a sus inquilinos. En estos días en los que muchos de ustedes se plantean su relación de pareja o incluso acudir a un profesional les diría, no dejen para mañana ese deseo que tienen hoy, pidan hora para que su vida empiece a funcionar. Nadie va a hacer por usted lo que usted no hace.
¿SOY INFIEL?
Podría ser hipócrita y responder que en absoluto soy infiel, que me entrego en cuerpo y alma a mis ideas y mis amores, que nada cambia ni yo tampoco. Intentar convenceros de que esa es la mejor forma de vivir, que hacer lo contrario es una inmoralidad y que la infidelidad habría que desterrarla de este mundo. Como digo, podría ser hipócrita. Pero voy a ser sincera con ustedes.
Los datos que se refieren a la infidelidad conyugal reflejan que más de la mitad de los varones han tenido experiencias sexuales extraconyugales, las mujeres aún no alcanzan las mismas cifras, pero va en aumento. En contraste con esta realidad que se esconde tras un tupido velo, las personas valoran a la hora de buscar pareja, no el físico o la inteligencia, sino la fidelidad. Tampoco hay que pasar por alto que las infidelidades suelen ser una causa determinante en muchas rupturas de pareja. ¿Cómo compaginar entonces el ideal con la cruda realidad?
¿Somos unos inmorales o es que esta moralidad que tenemos no tiene en cuenta los deseos y necesidades humanos? Antes de que entren a polemizar con lo que digo, bien estaría definir lo que entiendo por fidelidad o infidelidad. Sería muy pobre quedarse en el terreno sexual para referirse a este término, aducir que cuando uno ama a una persona debe serle fiel y no mirar a ninguna otra. Esta es la concepción que seguro tendrán muchos de ustedes, pero puedo sumarle muchas más cosas. Ser fiel también habría que serlo a las primeras ideas que uno tuviera o a los primeros amores o a los primeros gustos. Sin embargo, ustedes entenderán que lo que un día me gustó no tiene por qué gustarme hoy, que lo que yo pensaba de la vida antaño hoy no coincide con mi pensamiento actual. Afortunadamente eso tiene que ser así. Las personas estamos en continuo crecimiento. Nuestros gustos varían, vamos sumando experiencias, relaciones. Si entendiéramos como infidelidad cada paso que uno diera que le aleje de lo anterior, no estaríamos donde estamos. Seríamos una especie sumamente pobre.
Nos caracterizamos por lo contrario, somos seres de gran complejidad, diferentes a cada instante, lo que pensaba ayer hoy no lo mantengo, puedo cambiar de trabajo, de pareja y hasta de color de pelo y eso no tiene por qué significar que sea mala persona o menos relevante para la sociedad. Sin embargo, se nos pide que seamos fieles en el terreno amoroso. ¿Cómo se habrá llegado a tal exigencia?
En un interesante trabajo de Freud “La moral sexual cultural en la nerviosidad moderna” el autor realiza un estudio donde contrasta las exigencias morales y las necesidades o deseos humanos. Una cosa es lo que se nos exige moralmente y otra, muy diferente, que “todos” podamos a llegar a satisfacer tales niveles. Hay personas para las cuales ser fieles a sus parejas es tarea fácil, pero para otras, en cambio, asumir tal exigencia les lleva al camino de la enfermedad, la insatisfacción o el engaño. Si uno quiere, es fácil de entender. Hay quienes se conforman con lo monótono, incluso, están así a gusto, personas a las que comer todos los días lo mismo les satisface. ¿Qué haría usted si todos los días hiciera lo mismo, viera a las mismas personas, dijera las mismas palabras? Creo que podría llegar a desesperarse. Pues eso mismo es lo que pedimos en el terreno sexual a todo el mundo, que se conformen todos los días con el mismo aburrimiento.
No todos somos así claro, porque podemos ser una pareja pero cocinar los mismos platos de forma diferente cada día, evitamos la monotonía, cada encuentro es una sorpresa. Este ideal, sin embargo, sean sinceros, pocas veces se cumple. El matrimonio acomoda, somos el uno del otro, posesiones, nos descuidamos, se acaba la pasión, todo monotonía, parecemos más que amantes, hermanos. Díganme así quién puede mantenerse fiel sin ser un insatisfecho.
Muchos hombres, para mantener sus matrimonios, vivían una vida paralela. Amantes o prostitución eran los caminos para su satisfacción, mientras que su vida familiar era cómoda y aparentemente feliz. Sus mujeres no les ofrecían lo que ellos necesitaban. Muchas de ellas también encontraban fuera de casa el lugar donde satisfacer sus fantasías, porque frente a sus maridos no podían. Como ven, un desencuentro de goces.
Entrar a valorar si esto está bien o no, no me corresponde. Pero sí decir que es una realidad. Que el ser humano no puede ser fiel, si lo es lo sería a sus primeros vínculos afectivos o amorosos, a sus primeras ideas y eso no hay quien pueda mantenerlo con salud. Tenemos que aceptar que ninguna persona puede ser una propiedad privada, la pareja ha de fundamentarse en el amor y/o deseo, para que ello se mantenga el trabajo ha de ser continuo. Conversar, respetar, tolerar. Debemos entender que todos deseamos muchas cosas y no por ello dejamos de hacer las que hacemos. Que a veces para que mi marido esté a gusto conmigo, tiene que encontrarse con otras relaciones. Que yo a veces, cuando hago el amor con él, pienso en otras personas. Que por decir su nombre, digo el de otro. Que sueña con otros nombres que no son el mío. Que a veces, nos encontramos deseándonos. Y que no nos separamos ni nos matamos, porque aceptamos que somos diferentes y, aún así, nos amamos.
Usted elige, la hipocresía o la realidad del deseo humano. En otros lugares la gente se mata por esto, aquí nos animamos a la conversación.
LAS COSAS NUNCA SON LO QUE PARECEN
Cuando hablamos de infidelidad, solemos entenderla como sinónimo de engaño, cuernos, falta de respeto, promiscuidad, considerándola siempre con un valor negativo e indeseable. Esta situación sin embargo, condena a muchas personas a ocultar sus propios deseos, acarrea el fin de muchas relaciones de pareja y lleva, en algunos casos, a la muerte o al escarnio.
Resulta una cuestión compleja, tendríamos que partir de la idea psicoanalítica de que ser infiel no es únicamente mantener relaciones sexuales con otra/s persona/s fuera de la relación de pareja, hay muchos modos de ser infiel. Continuamente lo somos de pensamiento, en nuestras fantasías conscientes y, aún más, en las inconscientes, es casi inevitable encontrarnos deseando a otras personas. Esto nos remite a que el deseo humano no tiene objeto. La moral cultural sexual no tiene esto en cuenta, piensa que es fácil y posible circunscribir nuestro deseo a una sola persona y lo establece como la forma normal de relacionarse. No obstante, muchas son las evidencias que han demostrado, a lo largo de la historia, que pocas personas han conseguido, no sin grandes esfuerzos, ser fieles de pensamiento y acto a sus parejas.
Este sería el primer punto que considero de interés, la fidelidad es muy difícil, si no imposible. En realidad el psicoanálisis estima que es necesario ser infiel, ¿en qué sentido? se preguntará. En el sentido de que ser fiel tiene que ver con guardar una fidelidad al primer amor del ser humano, que en todo caso es con la figura materna. Para un desarrollo psico-sexual normal, es necesario que seamos infieles y amemos a más personas. Lo mismo ocurre en el campo de las ideas, todos necesitamos ser infieles a nuestras ideas, a nuestros gustos, pues de continuo aprendemos cosas nuevas y es necesario para nuestro desarrollo. Sin embargo, nuevamente, se nos engaña o nos engañamos pensando que debemos y podemos ser fieles. No todo el mundo puede ajustarse a las mismas reglas en cuanto al deseo sexual.
Es necesario decir que no todas las infidelidades tienen los mismos motivos ni todas las mismas consecuencias. Lo explicaré un poco. Muchas personas necesitan mantener relaciones con más de una persona, lo que no implica que dejen de amar y/o desear a su pareja. Habitualmente pensamos que si amamos y deseamos a una persona es imposible desear a otras, cuando en absoluto es así. Por tanto, es muy importante entender que en muchos casos esa relación ilícita no afectó en nada al deseo hacia la pareja, digamos que no dejó huellas en la relación, por ello no es conveniente la confesión o que nuestra pareja se entere de que hemos estado con otra persona. Cuando esto ocurre, parece como si el deseo fuese molestar. Esa sería la interpretación psicoanalítica: “Fue infiel porque la relación ya estaba rota”.
En algunos casos la infidelidad es consentida y la relación de pareja continúa o se retoma. Para otras personas, sin embargo, resulta muy difícil superar la idea de que su pareja haya estado con otra persona, marcando un punto de inflexión o ruptura el momento de la infidelidad o de la confesión. Habitualmente, la relación no volverá a ser como antes. Muchas parejas se rompen tras una infidelidad y, lo más interesante y que descubre el psicoanálisis, es que a veces se rompen no por falta de amor, sino por la moral de esas personas. Sus ideas le impiden superar las fantasías que le provoca la infidelidad, el Psicoanálisis se ha mostrado muy efectivo para resolver estas cuestiones en las parejas.
En otros casos las consecuencias son mucho peores, hay quien mata, quien humilla, quien maltrata tras una infidelidad. Evidentemente esto sólo puede producirse en una concepción de amor donde entiendo que el otro/a me pertenece. Cuando el amor es posesión se puede acabar de esta forma. Esto aún ocurre cuando es la mujer la que desea, la que comete la infidelidad. En muchas culturas, no olvidemos, el adulterio estaba penado duramente. No hay que olvidar que al hombre se le ha permitido en el campo sexual una libertad que aún la mujer no ha sabido conquistar.
Ser infiel, como estamos viendo, no quiere decir que estemos engañando a nuestra pareja, que lo hagamos para molestarla o que lo hagamos porque hemos dejado de desearla. Es más grave hablar con otras personas de cosas privadas de la pareja, que compartir cama con otra persona. Tal vez el ser humano tenga que vencer algunos prejuicios a cerca de la sexualidad, le damos demasiada importancia a lo genital, cuando hacemos cosas mucho peores el resto del tiempo.
Tras una infidelidad, como vemos, es posible retomar y continuar con la relación de pareja, incluso la infidelidad puede mejorar la relación. Que esto sea posible depende de la forma de pensar de cada uno de los cónyuges, no tanto de sus pensamientos conscientes, sino de su forma de pensar inconsciente, en última instancia, depende de su salud psíquica. No hay recetas milagrosas, cada pareja es diferente y tendrá que resolver su cuestión con la infidelidad. En realidad, si reconocemos que todos somos infieles, le daríamos a este tema mucha menos importancia y nos sentiríamos mucho más liberados. El amor entendido como posesión, produce graves consecuencias para el bienestar de las personas.
A LAS PAREJAS LES SIENTA MUY BIEN
Próximamente se estrenará en televisión un nuevo programa “Terapia de Pareja”, un nuevo reality o la evidencia de que cada vez son más los que acuden a terapia para solucionar sus problemas de convivencia. Pese a ello, existen muchas reticencias morales, económicas o simples excusas que impiden a muchas personas sacar provecho de una poderosa herramienta: el psicoanálisis.
Acudir a un abogado para finiquitar una relación no siempre es la solución adecuada, muchas personas no desean separarse de su pareja, la siguen queriendo, pero diversos problemas, que habitualmente se arrastran desde años, hacen la convivencia muy difícil. Una frase que se quedó marcada en mi memoria es la del poeta y psicoanalista Miguel Óscar Menassa: Ni huir ni arremeter contra nada, aprender a conversar tranquilamente, eso enseña el amor. Si aplicásemos estas palabras a nuestro día a día otros serían los resultados. No obstante, no es tan sencillo crear y, mucho menos, mantener una relación de pareja.
Cuando una persona o una pareja se pone en contacto conmigo lo suele hacer porque ya han intentado todo tipo de soluciones y nada ha servido, a veces acuden cuando ya está muy quemada la relación y lo máximo que se puede hacer es terminar amistosa y civilizadamente, que no es poco. En otras ocasiones uno de los miembros de la pareja se resiste a venir a consulta, rechazando que un profesional medie y les ayude a seguir adelante, como ustedes entenderán es muy poco probable que esa pareja evolucione con éxito. Puede que sigan “aguantándose” mutuamente, pero de ahí a ser felices hay un largo trecho.
El mejor pronóstico lo tienen aquellas parejas en las que ambos desean poner solución y aceptan acudir a terapia, puede ser con un mismo psicoanalista o con diferentes profesionales, pero sólo reconociendo cada uno su parte de responsabilidad será posible transformar y continuar la relación. Mi experiencia en el campo de la terapia de pareja muestra que es mucho más rentable que un divorcio, si me permiten utilizar este tono un tanto humorístico. Hablando seriamente hay que reconocer que los resultados son bastante buenos. En sesiones conjuntas y/o individuales estas personas tienen la oportunidad de abordar multitud de cuestionamientos personales, laborales, sexuales, afectivos, etc. que participan en su día a día y que hasta ese momento no habían tenido un tiempo de conversación.
Hablar en el diván de un psicoanalista nos permite producir un tiempo para nosotros mismos, lo que se traduce en una mayor tolerancia hacia los demás. Se aprende a hablar de una forma diferente, uno se hace responsable de su forma de pensar y de vivir y esto permitirá que también se haga responsable de sus actos. La vida en pareja no puede ser buena si uno quiere controlar la vida del otro, si no respetamos la libertad de cada uno y si no somos conscientes de que el amor, si no se cuida, caduca.
Cada día estoy más convencida que tener pareja no da la felicidad, pero que si uno tiene pareja y juntos trabajan día a día por sus vidas, sus ambiciones y su amor, la vida tendrá un sabor mucho más intenso y verdadero. Cada pareja tiene que producirse, porque no vale repetir esquemas anteriores. El respeto debe ser la base de esa convivencia, aceptar las diferencias y aún así seguir amándose. Es muy triste vivir resignado o en una pelea continua, existen poderosas herramientas como el psicoanálisis que pueden ayudarle a seguir adelante en mejores condiciones, sólo es necesaria su decisión, los profesionales ya estamos decididos.
Marta tiene 29 años y prepara las maletas para irse de vacaciones, ha contratado un viaje un tanto especial. Hace unos meses le llamó la atención un email que llegó a su correo que anunciaba viajes especiales para singles o solteros. Desde hace 3 años no mantiene una relación estable con ningún chico y es que parece “misión imposible” encontrar a alguien que no venga de una relación traumática o que quiera una relación formal. Ha conocido a varios con los que ha salido alguna que otra vez, llegó a la cama con alguno, pero no cuajó la cosa. Marta es una mujer bastante independiente y dedica la mayor parte de su tiempo al trabajo, pero también sabe disfrutar del tiempo libre, o al menos eso desearía, porque lo cierto es que a estas edades resulta difícil quedar con las amigas, la mayoría ya está casada, muchas de ellas con hijos, o en vías de matrimonio y, más que en divertirse, piensan en cenas románticas con sus parejas o en quedarse en casa porque la hipoteca está muy cara. Con estas perspectivas, le resulta bastante difícil enfundarse en su ropa más sexy para pisar fuerte en alguna pista de baile para conocer gente nueva.
Cuando contrató este viaje sus expectativas estaban muy claras: pasarlo bien, vivir nuevas experiencias y, tal vez, encontrar el amor. Sus padres le educaron en ideas bastante tradicionales, incluso fue a un colegio de monjas y durante muchos años su idea era encontrar al chico ideal y formar una familia. Lo intentó con el primero, con el segundo, pero la experiencia le fue mostrando que no es tan fácil como se lo habían pintado. Desde esas tempranas fantasías infantiles al día de hoy ha llovido bastante. Hoy en día Marta ha tomado la iniciativa en más de una ocasión, sin embargo muchos chicos rechazan su actitud activa e independiente. Al principio aprovechan la ocasión, pero luego buscan en ella esa mujer tradicional que aún nos vende nuestra sociedad y que cada día resulta más difícil encontrar. Se aplaude la incorporación de la mujer al mundo laboral, se admite que cada vez son mejores conductoras y que tienen una mayor capacidad adquisitiva, sin embargo en cuanto se emparejan, tanto ella como él tienden a esperar que la mujercita se ocupe de la casa y de los niños como lo hacían las mamás de entonces. A veces el juego sale bien los primeros tiempos, pero luego ella se siente insatisfecha por haber abandonado sus ideas y sus proyectos y él tampoco encuentra ya la mujer alegre y con iniciativa de la que se había enamorado. Las reglas del juego han cambiado.
En pleno siglo XXI los roles sexuales son muy distintos a otras épocas, el matrimonio, en el que muchos siguen aún confiando, ya no es un modelo que resista al paso de los años, cada día son más las parejas que se separan al poco de casarse y cada vez nos parecemos más a otros países donde la gente se casa dos, tres o hasta cuatro veces con distintas personas. Marta no quiere dejarse llevar por ilusiones románticas, en sus maletas ropa cómoda y también atrevida, y en su ánimo muchas ganas de vivir la experiencia. Nunca hasta ahora se había planteado hacer un viaje de este tipo, otras veces había ido con alguna amiga o algún novio al extranjero, pero desde hace varios años se quedaba con las ganas de conocer mundo porque no tenía con quién hacerlo. Le atrajo la oportunidad que se le brindaba de encontrarse con otras personas que, como ella, se habían quedado muchas veces plantados, no era por dinero, sino por la compañía y ahora la agencia te resolvía ese problema. Actividades programadas para ir rompiendo el hielo, excursiones, buenos hoteles, hombres y mujeres de edades similares con ganas de pasarlo bien. Llegar a sentir atracción por alguien o acabar viviendo una aventura es un extra no obligatorio.
Los días sucesivos decidirán qué experiencias vive o no Marta, pero está segura de que serán unas vacaciones muy diferentes en las que podrá dejarse llevar y ser una mujer activa, como a ella le gusta referirse, sin tapujos. El sexo para ella dejó de ser algo unido, necesariamente, al amor. Ahora es una forma más de comunicarse con otra persona, de sentir su cuerpo. No le obliga a nada más. Emparejarse es una cosa muy seria y lo hará sólo si encuentra la persona adecuada con la que pueda compaginar su vida, tal y como ella la ha decidido.
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