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A veces uno tarda en aprender el precio de las cosas. Es duro darse cuenta de lo que una pensaba de sí misma no se confirma en sus acciones. Ayer mismo me di cuenta de que no predico con el ejemplo, que doy a manos llenas ideas y consejos que valen su peso en oro. Lo que a mí me costó años y mucho dinero se lo ofrezco a mis allegados por simple amor. ¿Querré dominarlos? ¿Querré negar la importancia del dinero? ¿Seguiré pensando que el amor es lo más importante de la vida?
Uno se muere de hambre si ofrece su trabajo sin remuneración, ¿por qué hago eso? Está claro que a ellos les sirven relativamente mis consejos, algunos los ponen en práctica, tal vez por mi insistencia o por el deseo de mantener nuestra amistad, pero no es fácil cambiar de vida o de pensamiento, ¿por qué creo que para ellos va a ser fácil?
Es cierto que no me pidieron nada, es mi tendencia ayudar a otras personas, a los que más quiero, a que la vida les vaya un poco mejor, yo me satisfago en ese acto. Si no pidieron tampoco tendrían que agradecer nada, pero algo hay que pagar para mantenerse al lado de un psicoanalista. Tanto consejo gratis que al final me rodearé de esclavos.
Una de las premisas fundamentales que aprendí en mi profesión es que el pago de los honorarios es fundamental para que exista el tratamiento y para que éste tenga éxito. Se dice que si el paciente no paga con dinero, paga con la vida. El pago permite que haya deuda simbólica, que algo le tenga que agradecer al psicoanálisis, si no pago tengo deudas y dudas. El que paga descansa, y en este caso el que recibe el tratamiento, el consejo o el asesoramiento, si paga puede disponer libremente de ese conocimiento. ¿Si no paga, puede ponerlo en práctica, cómo lo agradecerá? Se genera un gran problema.
Un poco tendré que curarme de mis tendencias, entender que la dignidad del trabajo nos hace libres, tanto al que trabaja como al que compra ese trabajo. A los amigos hay que cuidarlos, pero empezando por cuidarse uno mismo, aprender a callar para que el otro demande tus palabras. Tener una sesión diaria será mi objetivo, comprar mi libertad, para que algún día mis amigos deseen la suya.
Están los que quieren psicoanalizarse, al lado mío se harán ricos y, algunos, hasta sabios. Y, también, están los que no quieren psicoanalizarse, al lado mío se volverán pobres y, algunos, hasta imbéciles.
Miguel Óscar Menassa
LAS COSAS NUNCA SON LO QUE PARECEN
Cuando hablamos de infidelidad, solemos entenderla como sinónimo de engaño, cuernos, falta de respeto, promiscuidad, considerándola siempre con un valor negativo e indeseable. Esta situación sin embargo, condena a muchas personas a ocultar sus propios deseos, acarrea el fin de muchas relaciones de pareja y lleva, en algunos casos, a la muerte o al escarnio.
Resulta una cuestión compleja, tendríamos que partir de la idea psicoanalítica de que ser infiel no es únicamente mantener relaciones sexuales con otra/s persona/s fuera de la relación de pareja, hay muchos modos de ser infiel. Continuamente lo somos de pensamiento, en nuestras fantasías conscientes y, aún más, en las inconscientes, es casi inevitable encontrarnos deseando a otras personas. Esto nos remite a que el deseo humano no tiene objeto. La moral cultural sexual no tiene esto en cuenta, piensa que es fácil y posible circunscribir nuestro deseo a una sola persona y lo establece como la forma normal de relacionarse. No obstante, muchas son las evidencias que han demostrado, a lo largo de la historia, que pocas personas han conseguido, no sin grandes esfuerzos, ser fieles de pensamiento y acto a sus parejas.
Este sería el primer punto que considero de interés, la fidelidad es muy difícil, si no imposible. En realidad el psicoanálisis estima que es necesario ser infiel, ¿en qué sentido? se preguntará. En el sentido de que ser fiel tiene que ver con guardar una fidelidad al primer amor del ser humano, que en todo caso es con la figura materna. Para un desarrollo psico-sexual normal, es necesario que seamos infieles y amemos a más personas. Lo mismo ocurre en el campo de las ideas, todos necesitamos ser infieles a nuestras ideas, a nuestros gustos, pues de continuo aprendemos cosas nuevas y es necesario para nuestro desarrollo. Sin embargo, nuevamente, se nos engaña o nos engañamos pensando que debemos y podemos ser fieles. No todo el mundo puede ajustarse a las mismas reglas en cuanto al deseo sexual.
Es necesario decir que no todas las infidelidades tienen los mismos motivos ni todas las mismas consecuencias. Lo explicaré un poco. Muchas personas necesitan mantener relaciones con más de una persona, lo que no implica que dejen de amar y/o desear a su pareja. Habitualmente pensamos que si amamos y deseamos a una persona es imposible desear a otras, cuando en absoluto es así. Por tanto, es muy importante entender que en muchos casos esa relación ilícita no afectó en nada al deseo hacia la pareja, digamos que no dejó huellas en la relación, por ello no es conveniente la confesión o que nuestra pareja se entere de que hemos estado con otra persona. Cuando esto ocurre, parece como si el deseo fuese molestar. Esa sería la interpretación psicoanalítica: “Fue infiel porque la relación ya estaba rota”.
En algunos casos la infidelidad es consentida y la relación de pareja continúa o se retoma. Para otras personas, sin embargo, resulta muy difícil superar la idea de que su pareja haya estado con otra persona, marcando un punto de inflexión o ruptura el momento de la infidelidad o de la confesión. Habitualmente, la relación no volverá a ser como antes. Muchas parejas se rompen tras una infidelidad y, lo más interesante y que descubre el psicoanálisis, es que a veces se rompen no por falta de amor, sino por la moral de esas personas. Sus ideas le impiden superar las fantasías que le provoca la infidelidad, el Psicoanálisis se ha mostrado muy efectivo para resolver estas cuestiones en las parejas.
En otros casos las consecuencias son mucho peores, hay quien mata, quien humilla, quien maltrata tras una infidelidad. Evidentemente esto sólo puede producirse en una concepción de amor donde entiendo que el otro/a me pertenece. Cuando el amor es posesión se puede acabar de esta forma. Esto aún ocurre cuando es la mujer la que desea, la que comete la infidelidad. En muchas culturas, no olvidemos, el adulterio estaba penado duramente. No hay que olvidar que al hombre se le ha permitido en el campo sexual una libertad que aún la mujer no ha sabido conquistar.
Ser infiel, como estamos viendo, no quiere decir que estemos engañando a nuestra pareja, que lo hagamos para molestarla o que lo hagamos porque hemos dejado de desearla. Es más grave hablar con otras personas de cosas privadas de la pareja, que compartir cama con otra persona. Tal vez el ser humano tenga que vencer algunos prejuicios a cerca de la sexualidad, le damos demasiada importancia a lo genital, cuando hacemos cosas mucho peores el resto del tiempo.
Tras una infidelidad, como vemos, es posible retomar y continuar con la relación de pareja, incluso la infidelidad puede mejorar la relación. Que esto sea posible depende de la forma de pensar de cada uno de los cónyuges, no tanto de sus pensamientos conscientes, sino de su forma de pensar inconsciente, en última instancia, depende de su salud psíquica. No hay recetas milagrosas, cada pareja es diferente y tendrá que resolver su cuestión con la infidelidad. En realidad, si reconocemos que todos somos infieles, le daríamos a este tema mucha menos importancia y nos sentiríamos mucho más liberados. El amor entendido como posesión, produce graves consecuencias para el bienestar de las personas.
LA JUVENTUD: ¿DIVINO PROBLEMA?
El camino de la juventud lleva toda una vida. Pablo Picasso
Un nuevo encuentro con la página en blanco me lleva a la juventud, no sé si la única forma de sentirme joven es encontrarme, cada vez, con un comienzo. Si Rubén Darío recogía en un poema el anhelo por la juventud perdida, muchas veces las noticias nos muestran una visión bastante negativa de los primeros años de nuestra vida. Basta echar un vistazo por internet y una se encuentra con esto:
“El número de menores enjuiciados en Andalucía ha crecido un 18,1% en dos años, según se recoge en el Informe del Menor de Andalucía 2006 que fue entregado por el defensor del Pueblo Andaluz, José Chamizo, a la presidenta de la Cámara autonómica, María del Mar Moreno.”
“PERFIL DE LA JUVENTUD CORDOBESA. El 60% de los jóvenes menores de 34 años viven con sus padres. La comodidad y la falta de responsabilidades retrasa la emancipación en 4 de cada 10 casos. El desempleo es una realidad para el 59% de menores de 25 años, sobre todo si son mujeres.”
“La posibilidad de dar un cachete o un azote en el culo a los hijos sin que ello sea punible desde el punto de vista legal goza de un aparente consenso entre los expertos en materia educativa.”
“Los menores cometen delitos cada vez más violentos y actúan por puro placer. Expertos alertan de un cambio en el perfil del delincuente juvenil, que pertenece a una familia acomodada Casi 1.700 adolescentes han sido condenados este año.”
Visto lo visto ¡quién quiere ser joven! Datos, estadísticas, estudios intentan reflejar lo que es la vida del ser humano, encasillarla, hasta enjuiciarla, yo me pregunto si nuestra vida, nuestras ilusiones, amores, acciones, pueden definirse en unas pocas frases. Ni todas las mujeres somos iguales, ni todos los jóvenes han de tener los mismos problemas ni los mismos deseos. Realizando este pequeño estudio, en esta tarde de un invierno un poco atípico, también leía algo sobre el tan comentado informe PISA, que pretende evaluar el estado del sistema educativo en los distintos países. Nuevamente se quiere reducir la educación a unas cuantas cifras. Entiendo que tener unos padres u otros influye en nuestra personalidad, nuestra educación, nuestro nivel cultural, pero también he descubierto gracias al Psicoanálisis, que si uno lo desea, puede hacer que otras cosas influyan sobre sí mismo.
Si me remito al sistema educativo, tal vez sea demasiado pretencioso esperar que “nuestra educación” dependa exclusivamente de lo que aprendemos en el colegio, el instituto y la universidad. Se sucederán las reformas educativas, cambiarán libros de texto, metodologías, pero al fin y al cabo, nuestro proceso de humanización no se detiene en la formación académica. Compartiendo con ustedes mi experiencia personal y mis reflexiones, he de decirles que no fui una alumna brillante ni puedo achacar mis fracasos al sistema educativo, lo que soy y seré se deben a que me he ocupado de mi educación y de mi formación. Comencé a ir al psicoanalista desde jovencita y también a estudiar psicoanálisis, ello me ha dado una posición en el mundo, me ha llevado a los libros, a las personas, me ha hecho madurar, escribir, hablar. Si yo he podido tener mi camino, si muchos han podido, por qué hay que pensar que los jóvenes no tienen las puertas abiertas a la cultura, al conocimiento, al dinero… Tal vez en lugar de criticar hay que halagar las cosas que los jóvenes hacen bien, los hay deportistas sacrificados, buenos estudiantes, artistas incipientes, apasionados de la música, etc.
En cada uno de nosotros se esconde un “criticón”, resulta mucho más fácil y menos productivo criticar e insultar que reconocer lo que las otras personas hacen bien. Muchos de los problemas de los jóvenes se deben a la impaciencia y la incomprensión de muchos adultos que olvidaron su propia juventud, recuerdo una frase del psicoanalista Miguel Óscar Menassa en la que decía algo así: si un hombre con 40 años no tiene claro lo que quiere, cómo le podemos pedir a un joven que tenga claro lo que quiere. Hay que reconocer cierta envidia cuando hablamos mal de los jóvenes, en lugar de ayudarles a crecer los miramos por encima del hombro, como si nosotros no nos equivocásemos.
Haz el bien y olvídalo, proverbio árabe. Tal vez sería este un modo para ayudar a nuestros jóvenes a que sus errores no sean definitivos, como los nuestros tampoco lo fueron.
LA VIDA NO ES UN CUENTO DE HADAS
Y fueron felices y comieron perdices… Así terminaban muchos de los cuentos que nos narraban de pequeños y así, tal vez, fue como la cultura nos transmitía lo que esperaba de nosotros: hallar el amor y crear una familia, vendiéndonos la felicidad como una cosa de dos. La realidad es bien distinta, ni somos tan felices ni comemos perdices que, por otro lado no sé a qué precio estarán, tal y como está la economía.
Los índices de separación se equiparan a los de nuevos matrimonios, muchas parejas cortan su relación poco después de haber comenzado su vida en común, los hijos cada vez unen menos y cuesta más criarlos, la violencia doméstica hace estragos, la satisfacción sexual en la pareja no es la panacea, los sueldos no dan para tanto, mucho menos para que un hombre pueda mantener a una mujer, ¿dónde está lo que nos habían prometido?
Es sorprendente, aún así, que perviva la ilusión “tipo Disney”, seguimos esperando encontrar a la pareja ideal, comprar un pisito, compartir alegrías y penas, en la salud y en la enfermedad, tener hijos guapísimos, hasta que la muerte los separe. Me resulta muy curioso como en las cuestiones amorosas el ser humano, sobre todo la mujer, se monta “cada película”. Da la sensación de que ella hubiera nacido para amar y recibir amor, obnubilando otras funciones humanas tan importantes como estudiar, trabajar, ganar dinero, relacionarse, pensar, hablar, etc. Ella lo entrega todo al amor, esperando que el amor le devuelva dinero, posición social, satisfacción y felicidad. Claro, luego se da el “batacazo”.
Entiendan que ninguna vida puede definirse en varias líneas, y aunque sé que nuestra ceguera respecto a nuestra forma de vivir sólo puede levantarse en el diván de un psicoanalista, me gusta reflexionar con ustedes sobre este y otros temas. El amor es un sentimiento muy poderoso y necesario para nuestra supervivencia como individuos y como especie, pero muchas veces en nombre del amor hacemos cosas que no están justificadas. Algunos matan por amor, otros abandonan su profesión, amistades, familia por una relación amorosa, los hay que viajan miles de kilómetros para abrazar a la persona amada, etc. Amar nos aporta muchas cosas buenas, porque no sólo se trata de amar a una persona, se puede y se debe amar a muchas personas, también se puede amar el trabajo que uno desempeña, amar algún deporte, algún libro, algún cuadro. El amor tendría que ser múltiple, tendría que enriquecernos, pero tantas veces me encuentro con personas que sólo tienen ojos y deseos para una única persona, que se empobrecen creyendo que así vivirán su cuento de hadas.
Dejamos de ser niños hace mucho tiempo y aunque nunca abandonamos una actividad que nos haya proporcionado placer y fantaseamos a diestro y siniestro, a los adultos nos convendría poner los pies en la tierra y aprender a valorar la realidad, nuestra realidad, que depende de nuestro trabajo e implicación. Esperar que el amor te resuelva la vida es un grave error, como también lo es creer que tener pareja te libera del trabajo diario que supone mantener esa relación, el amor y el deseo. De ahí el fracaso de tantos noviazgos y matrimonios, creían que lo habían logrado y se durmieron en los laureles. No se pueden abandonar las propias ambiciones, esa es la mayor traición.
El ser humano es aquel que ha conseguido habitar en los cinco continentes, que ha viajado al espacio, que ha posibilitado la comunicación a distancia… el ser humano es muy poderoso, pero en estas cuestiones ¡qué débil somos! Una mujer puede perder toda su inteligencia para sentirse deseada por un hombre, él puede cometer locuras para conseguir el amor de ella. Es necesario un nuevo modelo para el amor, este ya fracasó. La mujer y el hombre del siglo XXI necesitan palabras para transformarlas en trabajo que haga posible que cada uno de nosotros tenga nombre y apellidos, que viva su propia historia, que viva el amor y la sexualidad como también se viven en las novelas policíacas, en los poemas, en las cartas, en los relatos históricos. Hay millones de formas, ¿te sientes capaz de producir la tuya?
A LAS PAREJAS LES SIENTA MUY BIEN
Próximamente se estrenará en televisión un nuevo programa “Terapia de Pareja”, un nuevo reality o la evidencia de que cada vez son más los que acuden a terapia para solucionar sus problemas de convivencia. Pese a ello, existen muchas reticencias morales, económicas o simples excusas que impiden a muchas personas sacar provecho de una poderosa herramienta: el psicoanálisis.
Acudir a un abogado para finiquitar una relación no siempre es la solución adecuada, muchas personas no desean separarse de su pareja, la siguen queriendo, pero diversos problemas, que habitualmente se arrastran desde años, hacen la convivencia muy difícil. Una frase que se quedó marcada en mi memoria es la del poeta y psicoanalista Miguel Óscar Menassa: Ni huir ni arremeter contra nada, aprender a conversar tranquilamente, eso enseña el amor. Si aplicásemos estas palabras a nuestro día a día otros serían los resultados. No obstante, no es tan sencillo crear y, mucho menos, mantener una relación de pareja.
Cuando una persona o una pareja se pone en contacto conmigo lo suele hacer porque ya han intentado todo tipo de soluciones y nada ha servido, a veces acuden cuando ya está muy quemada la relación y lo máximo que se puede hacer es terminar amistosa y civilizadamente, que no es poco. En otras ocasiones uno de los miembros de la pareja se resiste a venir a consulta, rechazando que un profesional medie y les ayude a seguir adelante, como ustedes entenderán es muy poco probable que esa pareja evolucione con éxito. Puede que sigan “aguantándose” mutuamente, pero de ahí a ser felices hay un largo trecho.
El mejor pronóstico lo tienen aquellas parejas en las que ambos desean poner solución y aceptan acudir a terapia, puede ser con un mismo psicoanalista o con diferentes profesionales, pero sólo reconociendo cada uno su parte de responsabilidad será posible transformar y continuar la relación. Mi experiencia en el campo de la terapia de pareja muestra que es mucho más rentable que un divorcio, si me permiten utilizar este tono un tanto humorístico. Hablando seriamente hay que reconocer que los resultados son bastante buenos. En sesiones conjuntas y/o individuales estas personas tienen la oportunidad de abordar multitud de cuestionamientos personales, laborales, sexuales, afectivos, etc. que participan en su día a día y que hasta ese momento no habían tenido un tiempo de conversación.
Hablar en el diván de un psicoanalista nos permite producir un tiempo para nosotros mismos, lo que se traduce en una mayor tolerancia hacia los demás. Se aprende a hablar de una forma diferente, uno se hace responsable de su forma de pensar y de vivir y esto permitirá que también se haga responsable de sus actos. La vida en pareja no puede ser buena si uno quiere controlar la vida del otro, si no respetamos la libertad de cada uno y si no somos conscientes de que el amor, si no se cuida, caduca.
Cada día estoy más convencida que tener pareja no da la felicidad, pero que si uno tiene pareja y juntos trabajan día a día por sus vidas, sus ambiciones y su amor, la vida tendrá un sabor mucho más intenso y verdadero. Cada pareja tiene que producirse, porque no vale repetir esquemas anteriores. El respeto debe ser la base de esa convivencia, aceptar las diferencias y aún así seguir amándose. Es muy triste vivir resignado o en una pelea continua, existen poderosas herramientas como el psicoanálisis que pueden ayudarle a seguir adelante en mejores condiciones, sólo es necesaria su decisión, los profesionales ya estamos decididos.
CASTIGADOS POR EL SENTIMIENTO DE CULPA
“Sarkozy, presidente de la república francesa, se pasea con la carta de su amante bajo el brazo”. “Lewis Hamilton admite que no pudo ganar el Mundial de Fórmula Uno de 2007 debido a un error provocado por él mismo: mi dedo resbaló en el volante y, accidentalmente, presioné el botón usado para comenzar la secuencia de arranque.”
El sentimiento de culpabilidad nos afecta a todos, el hombre normal no es tan sólo mucho más inmoral de lo que cree, sino también mucho más moral de lo que supone. Muy posiblemente ni Sarkozy ni Hamilton se sentían culpables, ni tampoco tenían intención de cometer esos errores garrafales. Pero yo les hablo de un sentimiento de culpabilidad que no tiene nada que ver con el remordimiento consecuente a un acto inmoral o ilegal. Se trata de una culpabilidad inconsciente, que no se siente, no nos damos cuenta de padecerla, pero es algo constitutivo del ser humano. Tanto Sarkozy como Hamilton se auto-castigaron porque necesitaban aliviar una culpa.
En nuestro desarrollo psicosexual se forma en nosotros una instancia que denominamos superyó, representa los rasgos más importantes del desarrollo individual y de la especie, crea una expresión duradera de la influencia de los padres. El superyó es el soporte de la conciencia moral, instancia encargada de vigilar nuestro yo. La culpa que transcurre inconscientemente está en relación a los contenidos inconscientes del goce con la madre y el asesinato del padre, que acontecen en el Complejo de Edipo. La culpabilidad que sentimos es, en realidad, un obstáculo, no sólo a continuar la acción o a evitar el sufrimiento, sino que es un obstáculo a la verdadera culpa, nos sentimos culposos porque así nos justificamos para no saber nada de lo que realmente nos altera o nos afecta.
Hablamos de una culpabilidad que no sentimos porque usamos la enfermedad como medio de auto-castigo. Un ejemplo lo encontramos en el comportamiento de los pacientes que ante nuestros ánimos por la marcha del tratamiento, al contrario de lo que podríamos esperar, empeoran marcadamente. Muestran, pues, la llamada reacción terapéutica negativa.
Otro ejemplo de ello son esos niños “malos” que provocan el castigo con sus conductas, una vez obtenido éste, se muestran tranquilos y contentos. Seguro que nunca habían pensado que esa inquietud o travesura desmesurada de su hijo se debía a que cualquier castigo que se le imponga vendrá a calmarle un sentimiento de culpabilidad que él mismo desconoce, pero que se alivia con la bofetada o el golpe.
Es muy interesante también el tema de los “delincuentes por sentimiento de culpabilidad”, nos referimos a aquellas personas que sólo cometiendo delito (o realizando lo prohibido) consiguen un alivio a esta culpa, que por ser inconsciente, de ella sólo se conocen los efectos en la conciencia. Ejemplo de ellos son personas que sin tener necesidad alguna roban y lo hacen de forma que posteriormente son atrapados y castigados. O aquellos otros que se presentan en las comisarías admitiendo haber cometido un delito que, en realidad, realizó otra persona. O aquellos otros que tras un divorcio estropean su actividad empresarial cuando siempre habían sido excelentes empresarios.
Acabamos por descubrir que se trata de un factor de orden moral, de un sentimiento de culpabilidad que halla su satisfacción en la enfermedad, el castigo, el fracaso. Pero este sentimiento permanece mudo para el enfermo. El sujeto no se siente culpable, sino enfermo, pobre, fracasado. Es singular que cuanto más se limita el hombre su agresión hacia el exterior, cuanto más bondadoso se conduce, más severo y agresivo se hace hacia sí mismo. Cada parte de agresión a cuyo cumplimiento renunciamos es incorporada por el superyó, acrecentando su agresividad contra el propio yo.
La cultura está ligada indisolublemente con una exaltación del sentimiento de culpabilidad, como medio para limitar las tendencias instintivas del ser humano. Quizá esta exaltación llegue a alcanzar un grado difícilmente soportable para el individuo. No obstante, no podemos terminar con el sentimiento de culpa pero podemos reconocerlo, aceptarlo y partiendo de esta base, hacer que la vida transcurra con los movimientos propios de la vida, no con los de la neurosis.