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Hace años estaba yo de gira de inspección por las diócesis de Extremo Oriente cuando, en el puerto de Yokohama, escuché por casualidad una leyenda, una balada cantada en los bares de geishas del distrito de la Flor del Loto. La leyenda hablaba de un gaijin, un “bárbaro de ojos redondos” que, venido de tierras lejanas, había traído consigo el secreto de un elixir que hacía invencibles a los guerreros que lo bebiesen. La popularidad de este elixir, llamado “oh-lu-joh” fue tan grande, que el shôgun Toyotomi Hideyoshi adoptó la bebida como oficial para sus tropas, y elevó al gaijin al rango de samurai y hatamoto (consejero), encargándole la fabricación y distribución de la misma. Y, durante muchos años, las "Perlas de la Sabiduría", las palabras del gaijin-san, influyeron grandemente en la cultura y la historia japonesa. El asunto despertó mi curiosidad, así que, al pasar por la diócesis de Osaka, solicité permiso a las autoridades para investigar en los archivos del castillo de Toyotomi. Nada hallé, pero los archivos diocesanos me depararon una sorpresa: El Padre Visitador de Osaka, Fray Povedilla, había consignado en su diario una entrevista con el poderoso samurai, a instancias del Obispo de Manila. Cedo, pues, la palabra a mi ilustre predecesor: Extracto del diario del R.P. Povedilla: " Debo confesar que hallábame muy turbado ante la posibilidad de conocer al misterioso gaijin. Su llegada de allende los mares, su conocimiento de poderosos elixires, todo apuntaba a un ser maravilloso, poseedor de extraordinarios secretos. En su presencia, postreme tocando el suelo con la frente, como mandan las costumbres de este país, y sorprendióme sobremanera oír decir al poderoso samurai en perfecto español: ‘Levántese, Padre, que se va vuesamerced a juder los riñones, ¡carallo!’. Abrí la boca, y permanecí con ella abierta durante todo el tiempo que duró la entrevista; y así, el hatamoto me contó la historia de su llegada al Japón, historia que paso a relatar:. “Me llamo, o, mejor dicho, me llamé Francisco de Arensivia, si bien he tenido muchos nombres desde que llegué a esta tierra dejada de la mano de Dios, y fui nacido en tierras gallegas en el año del Señor de mil quinientos y treinta. Tras una infancia sin más incidencias que alguna pelea a pedradas con los zagales del pueblo de al lado, los ocasionales cintarazos de mi señor padre, o los frecuentes capones propinados por el señor cura por beberme el vino de misa en lugar de atender a mis deberes de monaguillo, al llegar a la mocedad fui llamado al servicio del Rey nuestro Señor. Hábil como siempre fui para evitar los trabajos pesados, pronto logré un puesto en las oficinas de la Policía Militar, puesto desde el que fui ascendiendo hasta alcanzar el grado de Sargento Furriel; prometíame, pues, una existencia regalada, cuando un incidente en Tierra Santa hizo que Su Majestad se comprometiese al envío de una fuerza militar al lado de las tropas del Rey de Inglaterra y otros gobernantes, como garantes de la paz en la ciudad de Bagdad. Y al hado le plugo que, como suboficial más antiguo de la fuerza de Policía Militar, me tocase acompañar a las tropas de S. M. en calidad de responsable de la Intendencia de la fragata ‘Capadora’.” “Entiéndame, Reverendo Padre, no soy mala persona, si bien no conozco ningún Mandamiento que no haya quebrantado tantas veces como haya podido hacerlo sin sufrir castigo o fatigas; pero mi desmedida afición a todo tipo de alcoholes me ha puesto en más de una ocasión al borde de la ruina. Quiso el mal de mar, y mi mala cabeza, que me pasase todo el viaje borracho perdido. No recuerdo haber cruzado las Columnas de Hércules, ni doblado el cabo de Buena Esperanza, ni de haber arribado a la Península Arábiga. Mi provisión de orujo casero, en cuya fabricación artesanal destaqué desde mozo, hizo que el viaje desde Cádiz hasta... bueno, hasta doquiera que fuese, transcurriese en una agradable bruma alcohólica. Sí que recuerdo vagamente que, tras llegar al Sur del Africa la mar hallábase muy embravecida; y supongo que, en algún momento de la travesía, debí caer por la borda, bien confundiéndola con la portilla de mi camarote, bien empujado por algún subordinado rencoroso, que la milicia es nido propicio a tales fechorías, pues la primera imagen que viene a mi memoria es verme malflotando en la mar, que mucha agua es esa para mis gustos y aficiones”. “Poco recuerdo de mi azarosa travesía, salvo que salvóme el haber caído abrazado a un barrilito de orujo con el que estaba entablando amistad. Y buena amistad entablamos, a fe mía, que en en tiempo que duró mi aventura no solté su compañía ni por un momento. Y cuando, el tercer día, una aleta triangular comenzó a rondarme con intenciones que no puedo suponer sino aviesas, bastóme con abrir un poco la espita para que, en pocos momentos, la siniestra aleta se alejase haciendo eses.” “Cuando ya deliraba de hambre, hasta el punto en que no hubiera visto con malos ojos el regreso de la aleta triangular, al fin y al cabo morir de hambre no es forma de morir para un Arensivia, así que midamos nuestras fuerzas, señor tiburón, y veamos quién es más macho, que consolado por mi barrilillo no temo a nada ni a nadie y el pescado es siempre pescado, sea cual sea su tamaño. Decía que, cuando ya desfallecía de hambre, vine a dar con mis ateridos huesos en una playa que recuerdo desagradablemente pedregosa. Cuando abrí los ojos, vi que me rodeaban unos aldeanos de rasgos extraños, piel amarillenta y ojos así, como de estreñidos, que luego supe eran normales en este país, pero que en aquel entonces me parecieron dos puñaladas en un tomate. A su frente se erguía un fantoche vestido de cuero y hierro, con un casco enorme, y que me miraba con desconfianza, la mano apoyada en el pomo de la espada más grande que había yo visto nunca.” “Arrastráronme a presencia del señor local, quien, viendo que nada podía hacer para entenderse conmigo – yo sólo hablaba castellano, gallego, y apenas lo justo de alemán para negociar la compra de unos crucifijos del Palacio Laterano con un lansquenete de Jorge Frundsberg cuando el saco de Roma, o para poder pedir una copa de vino en un figón marbellí – cargáronme de cadenas, atáronme a una hilera de desdichados tan harapientos como yo – una semana en el mar no había hecho gran cosa por mi atuendo, ya de por sí un tanto andrajoso, que el excesivo atildamiento nunca fue uno de mis no escasos vicios – y comenzamos un viaje de varios días hasta llegar al Castillo de Osaka. Yo iba, según mi costumbre, casi una segunda naturaleza, abrazado a mi barrilito; luego supe que no me lo habían confiscado creyendo que se trataba de una imagen religiosa... y no andaban en ello muy descaminados, ya que religiosamente le daba buenos tientos cada vez que nuestros guardianes no miraban”. “Arribados que fuimos al castillo, nos vimos sin mayor ceremonia arrojados a las lóbregas mazmorras, en las que pasamos varias semanas esperando a que el señor de la provincia, el Shôgun, tuviese a bien decidir nuestro destino. Y pasó lo que tenía que pasar: El contenido de mi barril se agotó. Ahora bien, Reverendo Padre, un Arensivia puede pasar sin muchas cosas, pero no sin orujo. Y, como el Señor me hizo torpe para muchas cosas, mas no corto de inventiva, en una tarde de trabajo tuve montado en la mazmorra un alambique de circunstancias, construido con todos los materiales a los que pude echar mano; lo alimentamos con el arroz pasado que nos daban para comer, las sandalias de un monje sintoísta que estaba detenido por desfalco y los sombreros de paja de unos campesinos innecesarios. Y he de decir, aun pecando de inmodestia, que pocas veces he obtenido un licor de tal calidad.” “Como el egoísmo es mala política, sobre todo cuando te superan en proporción de cien a uno, repartí generosamente el fruto de mi labor entre mis compañeros de infortunio; y, cosas de la naturaleza del hombre y del perverso influjo que el alcohol ejerce sobre ella, mientras dos de los prisioneros entonaban a tres voces una canción sobre cómo la luna se reflejaba en el estanque (no pude entender muy bien la letra, mi japonés era aún vacilante – y ellos también), los demás comenzamos a gritar que a ver si el Shôgun tenía huevos de bajar, que si esas no son formas de tratar a la gente, y otras lindezas por el estilo. Al final, la cosa se resolvió en que el cabecilla de los amotinados (yo) fue arrastrado a presencia del Shôgun, que quiso probar el destilado que había puesto en pie de guerra a sus cautivos. El señor Toyotomi gustó grandemente del licor, y cuando le propuse catar un verdadero orujo casero, puso a mi disposición todos los recursos de la provincia, recursos que no me di poca maña en aprovechar. En una habitación del castillo instalé mi alambique, y di en enviar a los samurais, que venían a ser como los lansquenetes del Emperador, pero en bruto, a rebuscar por toda la provincia en busca de las materias primeras que precisaba. Y, como quiera que a quien pregunta algo sable en mano no se le niega nada, que está en la naturaleza humana el sentir un desmedido amor al pellejo propio, a los tres días tenía en mis manos pecadoras no menos de diez barriles llenos de hollejos de uva de la mejor calidad. Excuso deciros que, yéndome el pescuezo en la aventura, esmeréme como nunca en obtener un aguardiente de calidad. Y perdóneme su Reverencia, pero Baco no abandona a sus fieles, por cuanto obtuve un orujo como jamás se ha catado. Tanto el señor Toyotomi como sus samurais lo encontraron grandemente de su gusto, acostumbrados como estaban al vino suave de arroz...”. “Para abreviar la historia, al cabo de seis meses me había convertido en licorero mayor de la provincia de Osaka. El Señor Toyotomi honróme nombrándome samurai y hatamoto, que viene a ser como valido, y me regaló una armadura (vieja) y un juego de sables (desaparejados). Pero, lo más importante, me permitió hallar un lugar en el castillo en donde, por fin, puedo dedicarme a mi verdadera vocación: No hacer nada, y beber como un templario; bebida que me ayuda a olvidar mis debilidades, ya que el Señor no se esmeró mucho al darme forma, perdóneme su Reverencia, pero al amasar mi figura debía hallarse Distraído, pues que nací bisojo, con una ceja más alta que la otra y con una rodilla derecha incapaz de sostener mi peso. Es por ello que hallo grande consuelo en el vino, y que mis hazañas vaciando frasco tras frasco hanse hecho legendarias en la Provincia”. “Y de ahí el apodo con que me han bautizado estos comedores de pescado: “Shuran-No-Meijin”, o “Maestro de Borrachos”. ¡Y ni tan sólo son capaces de pronunciar correctamente mi nombre, maldita sea su estampa!” Al llegar a este punto, mi anfitrión se tambaleó y rodó a mis pies, borracho como una cuba. Dile discretamente mi bendición y volví a escribir el informe para S.I. el Obispo de Manila.
Desafortunadamente, antes de que el Obispo recibiese mi carta, oí que
el hatamoto habíase quitado la vida rajándose el vientre,
como es costumbre en esta tierra de herejes. Fin del extracto del diario del R.P. Povedilla
El legado del Shuran-No-Meijin ha perdurado hasta hace relativamente poco en sus famosas "Perlas de Sabiduría", exhortaciones hechas a las delegaciones gremiales que acudían a oirle al castillo de Osaka. Se recuerdan, especialmente, las siguientes: “Esto mismo, pero hecho más pequeñito y más barato, se podría vender” al Gremio de Fabricantes de Abacos. "Alguien debería inventar una máquina capaz de hacer dibujos de los paisajes" al Gremio de Impresores del Distrito de Fuji. "¿Y no se os ha ocurrido nunca dibujar un gigante de hierro gobernado por un zagal subido a su cabeza?" al célebre ilustrador Mah-Zin-Weh. "¿No conocéis las islas Hawai? Pues tenéis que ir algún día, creo que el Puerto de la Perla es precioso en invierno” a una delegación de oficiales de la Marina Imperial..
En la actualidad , los escolares de Osaka dedican el primer día del otoño a meditar sobre el significado de los Gaijin-No-Haiku, los célebres Haikus (poemas) escritos por el Shuran-No-Meijin, en especial el enigmático:
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(Aviso a navegantes: Si alguien ha leído o visto "Shôgun", que no me cuente nada; es todo pura coincidencia :-D)
Making of...
In the beginning...
Hallábame yo en el hospital, festejando la llegada del nuevo monsignorito, cuando cayó en mis manos pecadoras un ejemplar de 'Historia y Vida' que hablaba del Japón medieval. Una de las ilustraciones mostraba un samurai equipado para la batalla, con todo y armadura. Y el Demonio, que nunca deja de tentarnos, me susurró al oído '¿Y por qué no?' .
Ese fue el principio de mi caída.
El saber sí ocupa lugar; y mucho...
Un custom puede estar mejor o
peor hecho, pero lo que no se perdona es que esté mal documentado. El
artículo de 'Historia y Vida'
estaba bastante bien, pero me dejó con la miel en los labios. Yo ya
había leído algo de historia del Japón medieval, había practicado Kendo
durante un par de años, pero lo cierto es que sabía muy poco de
vestimenta, armaduras y demás parafernalia. Nuestra Señora del Google
acudió en mi ayuda, y pasé varias semanas buscando información, y,
sobre todo, imágenes, hasta que recopilé un CD completo.
Burro de mí, hasta que un alma caritativa (il super-moderatore Maleko) me
lo dijo no caí en la cuenta de que el EMule me podía proporcionar
también libros de Osprey; imprimí y encuaderné un volumen compuesto de
cuanto material pude encontrar - un ladrillo importante.
Ya metidos en harina, aproveché la
coyuntura para ver unas
cuantas veces 'Los siete samurais',
'Zatoichi', 'Kagemusha' y 'Lujuria en el platanar' (para
relajarme). No, no he visto la de 'El
último samurai' - lo poco que he leído sobre ella hace que no me
entusiasme demasiado; sin embargo, el título del proyecto es el apodo
que le puso la crítica de EEUU, en atención a su - sospechosa -
similitud con 'Bailando con lobos'...
Del basureo considerado como una de las bellas artes...
Una de las etapas más divertidas que tiene hacer un nuevo custom, es el basureo. Como el vago redomado que soy, sigo el viejo adagio que reza "Nunca dibujes lo que puedas copiar, nunca copies lo que puedas calcar, nunca calques lo que puedas recortar y pegar"; así, intento siempre buscar fuentes de material que precisen de las menores modificaciones posibles.
Sin movernos del sillón, comenzamos por imaginar cómo queremos que quede la figura, y estudiamos qué piezas necesitamos hacer. Luego, desmontamos en nuestra imaginación cada una de estas piezas hasta reducirlas a los componentes básicos.
Y ahí aprovechamos que el cerebro humano está especialmente adaptado al reconocimiento de patrones visuales, y salimos a la calle con una lista mental de los perfiles buscados. En informática se llama a esto un 'vgrep', o 'visual grep', proceso en el que el ojo va continuamente comparando lo que ve con un patrón preestablecido. Es el equivalente de la escena en que el Terminator va comparando lo que ve con lo que busca (en lugar de Terminator, también vale Homer Simpson, pero nuestra autoestima se resiente :D).
Veremos, pues, que la mayor parte de las piezas están sacadas de la papelera. Los materiales empleados son:
El que no es agradecido no es bien nacido...
.. y no puedo dejarme en el tintero la imprescindible ayuda de Controversy2002, que logró una caja impresionante, logrando como siempre revivir el "Espíritu Madelman".
Y mención especial merece mi "Pepito Grillo" particular, el Camarada Georgiy Konstantinovich Zhukov, que me estuvo tocando los destos durante varios meses, señalándome los (múltiples) errores cometidos y subiéndome continuamente el listón. Mal rayo le parta... ;-)
Y ahora, sin más, pasemos al Making of...
