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Sección: Miscelanea | Publicado el 10-03-2003

Mi maravilloso viaje (a China) por Sunyatsen


 

No va a ser la primera vez que viaje a China, puesto que el verano pasado ya hice un viaje organizado en el que visite los sitios mas conocidos del país, pero hay algunas diferencias que harán que esta ocasión sea muy diferente.
Tras trabajar en verano durante aproximadamente un mes y medio, me he ganado el suficiente dinero como para permitirme un billete a China. Dispongo de unas ciento cincuenta mil pesetas y de mucho tiempo para preparar mi viaje, esto son aproximadamente cuatro meses.
Visito algunas agencias de viajes y comparo los precios.
-Hola, quería saber el precio de un billete para Harbin-
-¿Donde está eso?-
-Pues es una ciudad al norte de China-
Tras un buen rato tecleando la computadora me dicen que el precio asciende a unas trescientas mil pesetas. Amablemente me despido y con un buen susto seguiré preguntando, hasta que finalmente encuentro un lugar donde me ofrecen un precio razonable.
Hecha la reserva aún tendré que ocuparme del asunto del visado, que aunque no me supone muchas complicaciones, sí me hace perder otras dieciséis mil pesetas.
Ansiosamente debo esperar durante meses hasta que al fin llega la gran fecha, el 19 de diciembre. No solo espero tener un gran viaje, sino también ver a una persona muy especial: Fang.
A la una de la madrugada empieza la travesía. Debo tomar un autobús hasta Madrid. Una vez en la capital, y todavía de noche, busco un autobús hasta el aeropuerto de barajas. Tendré que esperar varias horas hasta subir al avión.
Finalmente llega la hora de embarcar, me encuentro dentro del aparato, pero no pasara al menos una hora hasta el despegue, esto supone el primer retraso.
Cuatro horas de vuelo han pasado y el avión hace una pausa en Estocolmo, donde parece que hay otra demora que retrasara el despegue hasta Helsinki, ciudad en la que debo de hacer el trasbordo para tomar el avión que me lleve hasta Beijing.
Una vez en el aeropuerto de Vantaa me encuentro con la primera sorpresa. Por culpa de los retrasos he perdido el avión que debía llevarme a China. ¿Que hago ahora aquí? ¡Estoy perdido! "Que no cunda el pánico". Me dirijo hasta un mostrador de mi compañía aérea y una amable señorita me atiende. Recibiré alojamiento y comida gratis hasta el siguiente avión que me lleve a China.
Pero no acaba todo aquí: mi maleta ha desaparecido, al parecer ella sí pudo viajar a Beijing. Me encuentro por tanto con ropa sucia e insuficiente para un país tan Frío como Finlandia y, sobre todo, para Harbin.
En la habitación del hotel que me han asignado a duras penas consigo conciliar el sueño. A la mañana siguiente, para sacarle el lado positivo a este asunto decido hacer una visita a la capital Helsinki, donde además de no ver prácticamente nada por falta de tiempo, me expongo claramente a agarrar un buen resfriado.
Ya queda poco para tomar el avión a Beijing, pero de mi maleta aún no sé nada. Recibo 70   como compensación.
A toda prisa embarco en el avión,¡Sí, ya estoy dentro! Por fin voy a llegar a mi destino, puedo respirar tranquilo, pero aun no se nada de mi maleta.
Son 8 horas de vuelo, pero la excitación me hace olvidar pronto el tiempo transcurrido y el cansancio. Vuelvo a ver aquella pista de aterrizaje, aquel aeropuerto que ya vi cinco meses atrás, pero ésta vez muy blancos por la fuerte nevada que está cayendo.
Con paso firme y decidido me muevo por el aeropuerto y consulto en las taquillas de Air China para que me cambien el billete ya que he llegado con un día de retraso. Aún tengo tiempo para llamar a mis padres y a Fang, quienes están desbordados de alegría al oír las buenas nuevas.
Tengo tiempo de comprar una bolsa de pipas y algún refresco en las caras tiendas del aeropuerto, y ya solo queda esperar. Los occidentales han desaparecido de mi vista, me encuentro en la zona de vuelos internos y solo veo chinos en las salas de espera.
Me siento al lado de un hombre que observa curiosamente como devoro pipas, levanto la cabeza y más miradas se fijan en mí, una constante que vivimos los extranjeros en aquel país.
Es la hora de embarcar en el ultimo avión, ya queda poco para llegar. Me ofrecen una comida y después las bellas azafatas chinas empiezan a repartir periódicos chinos, cuando toca mi turno, se detiene un momento, rebusca entre los papeles y con unas pinzas me alcanza el "Diario del Pueblo" en versión inglesa.
Ya hemos tomado tierra y todos estamos de pie, una joven que no para de mirarme todo el rato al final da el paso y me pregunta que de donde vengo. Cuando le digo que vengo de España se le abren los ojos y la boca acompasadamente mostrando su sorpresa. Ella cuenta que viene de Australia.
Llego a la salida y nadie me espera. ¡Vaya , que chica tan despistada es Fang! La llamo por teléfono para informarle de mi llegada. Tendré que esperar al menos media hora.
Mirando en los puestos de lectura del lugar encuentro un librito que consiste en enseñar español a los chinos en 20 días. Llego a la conclusión de que si un chino intenta comunicarse conmigo utilizando este manual no voy a entender absolutamente nada.
De vez en cuando se abre la puerta y un frió helador traspasa rápidamente mi pantalón de pana que me hace sentir como si estuvieran cortándome las piernas. Maldigo la compañía por el extravió de mi equipaje que contenía toda mi ropa de invierno.
Con ciertos síntomas de cansancio, me apoyo en una columna hasta que por fin aparece la que en los próximos días será mi inseparable compañera, y nos dirigimos al taxi que nos llevara a su casa.
Estoy tan feliz que durante el trayecto apenas me fijo en los exteriores, aunque observo algunos edificios algo descuidados y en los bajos de estos, los típicos carteles enormes y multicolores de los restaurantes u otros negocios que pueblan los caminos. Los campos están cubiertos de una fina capa de nieve y apenas se ven árboles. El cielo tiene un color azul claro de frió gélido y hay una visibilidad que permite divisar el horizonte.
Ya estoy en el vecindario donde vive Fang, se entra por una calle perpendicular a la vía principal donde la calzada es bastante irregular y a los lados hay muchos restaurantes baratos y sencillos, vendedores de pescado y otros productos que no alcanzo a apreciar en este momento.
Los bloques de viviendas tienen un aspecto sencillo, aunque no son bellos al menos no me causan desagrado. Entro en el portal de Fang y subimos las escaleras, mas bien sucias, donde hay bicicletas viejas, macetas con cascaras de huevo, hojas de lechuga viejas y secas en la repisa de la ventana y la barandilla mejor no tocarla. Según parece el portero no tiene muchos incentivos para cumplir su labor.
Dentro del apartamento, dos gatitos me reciben, mientras me quito las botas y me pongo zapatillas de casa estos juguetean a mi alrededor y uno de ellos me lame.
-Les has gustado- me dice Fang.
Ya en mi cuarto, me desplomo sobre la cama, pero en verdad no siento sueño. Fang y yo charlamos sobre muchas cosas y mas tarde tomare un tentempié consistente en unas dulzonas y pastosas pelotas de pasta de arroz rellenas de ciruela. No acostumbrado a este plato me meto una entera a la boca. Al tragar, su extremo espesor y pegajosidad hacen que casi se me quede adherida a la garganta y muera ahogado.
Unas horas mas tarde caeré rendido ante el sueño, pero durante la noche empiezo a tener una extraña sensación, dificultad para respirar y toso con frecuencia.
¡Bien! Ya he agarrado una bronquitis a causa de mi accidentado viaje.
Al día siguiente, Fang y yo vamos a comprar ropa adecuada para mi, aunque antes de salir de casa ella ya me ha traído unos gruesos leotardos.
A través de unas sobadas cortinas y un chorro de aire caliente accedemos al mercadillo de ropa. Se trata de un edificio que exteriormente se asemeja a unos almacenes, pero en sus pasillos se reparten cientos de puestos que se asemejan mas bien al rastro de los domingos.
Nos acercamos a un puesto donde hay dos mujeres, una de ellas esta comiendo con avidez un plátano, cuyos trozos (repito, lo come con mucha avidez) caen sobre una lámina de papel que esta sobre la mercancía. Fang le pregunta por unos leotardos de talla grande. La mujer hace una bola de papel que tira casi a nuestros pies y muestra unos que nos hacen mucha gracia porque tienen un agujerito extremadamente pequeño en la parte superior "para comodidad de los hombres cuando hagan sus necesidades".
Yo sigo con mi catarro y Fang piensa que debo visitar al médico. Me muestro un poco sorprendido y le pregunto que si no debería ir a uno concertado con mi seguro, pero ella pasa de mis palabras. En china hay hospitales por doquier, uno mas grande que el otro, ella dice que me va a llevar al mejor de la ciudad y asegura que no tendré que pagar por la consulta. Entramos primero en uno, cuyo hall es bastante oscuro. De las paredes cuelgan carteles con fotos de operaciones a corazón abierto, tumores y otras cosas que ni quiero recordar, anunciando las especialidades de los cirujanos de la casa.
Después de hablar un rato con la, literalmente hablando, taquillera, nos informa de que en estos momentos están de descanso y no nos atenderán en un buen rato.
Como somos impacientes seguimos buscando llegamos finalmente a otro hospital no muy lejos de allí. Aunque hay sala de espera, los pacientes se amontonan todos alrededor de la mesa del doctor en su propio despacho, y mientras observan el diagnostico del paciente que esta siendo atendido esperan a que les toque su turno si no se les cuela algún otro. Casi a puñetazos conseguimos que nos atienda mi "médico de cabecera". El hace esfuerzos en comunicarse conmigo en inglés, pues parece hacerle ilusión aunque no necesitaba utilizarlo. Tras hacerme lo que podríamos llamar examen, no queda claro lo que me ha diagnosticado, sospechando que no lo sabe ni él mismo debido a la falta de entendimiento. Lo importante es recetarme unas medicinas que puedo adquirir cómodamente en la farmacia del mismo hospital.
Al día siguiente Fang me va a presentar a su mejor amiga, XiaoYu, y a la hermana de ésta. Son muy dulces las dos y parecidas entre si, ambas utilizan gafas que a causa de su parva nariz siempre se deslizan hacia abajo. Me miran de vez en cuando y se ríen, cuando estamos de pie me miran de abajo a arriba con la boca abierta como cuando uno intenta divisar el último piso de un rascacielos.
Los cuatro vamos a comer a un restaurante unos manjares que consisten en carne, jamón y verduras hervidos. Por la tarde vamos al gran evento, a ver lo que ha dado fama mundial a Harbin: las grandiosas construcciones de hielo que se encuentran en un ahora congelado parque. Antes de llegar, pasamos por la tal vez mas antigua calle peatonal de China, Zhong Yang Da Jie, que inspiro a la Nanjing Road de Shanghai. Se construyó a principios del siglo XX impulsada por los comerciantes rusos y su recorrido termina prácticamente a las orillas del río Song Hua. Está decorada con miles de luces que yo pensé eran navideñas, pero más tarde me contaron que permanecen durante todos los meses del año. A los lados de la calzada hay enormes bloques de hielo y algunas esculturas, presagio de lo que veré más tarde.

 


Sí, al fondo de una avenida ya veo una gran gran estructura de hielo que es la entrada del parque. El interior es un auténtico conjunto monumental iluminado con preciosas luces de colores donde se erigen nada menos que pagodas, mezquitas, pirámides de Méjico y como guinda, la plaza de San Pedro con la catedral al fondo. Es realmente un lugar maravilloso en el que también encontramos obras de dudoso gusto como la cara de Mao esculpida en hielo y un monumento a los obreros que despiertan las risas no solo a mi sino también a mis compañeras chinas. Hay una construcción muy alta donde podemos subir pagando 5 Yuan cada persona, en la cúspide nos sentamos todos juntos sobre unos neumáticos y nos deslizamos velozmente sobre un tobogán de hielo.


Es posible que este fuese uno de los días más fríos, aunque es imposible ver un solo termómetro en esta ciudad, solo puedo dar el detalle de que mi cámara fotográfica se congeló temporalmente imposibilitándome realizar mas fotografías durante mi visita a este parque. Ya es hora de volver a casa y descansar.
Han pasado varios días y además de sentirme mejor voy acostumbrándome a "sobrevivir". No puedo decir que haya comido mal, Fang no solo me lleva a restaurantes baratos sino que también me enseña todas las delicias de la autentica comida china sin tapujos. Los platos del día de hoy serán perro guisado, perro en salsa picante, lenguas de perro y patatas en una deliciosa costra azucarada. Delante de la puerta del local vemos un niño jugando con un perro, y ya dentro un cartel con la cara de un can, Gou Rou -carne de perro-.
Se acerca una joven camarera vestida con un delantal que lleva encima de gruesas prendas, parece la ropa de un niño de parvulario: color rosa claro, florecitas, ositos, algo de suciedad...Mi infatigable compañera pide los platos que tanto ansío probar. Y ya van llegando uno a uno. Se colocan en medio de la mesa a modo de fuentes, cada persona debe coger los trozos usando palillos, si no puede meterselo entero en la boca se le da un mordisco y se deja encima de un platillo del tamaño de un cenicero hasta que se pueda continuar. Aquella carne de perro picante se presenta en un puchero que debe ser calentado en la propia mesa de los comensales con una llama debajo de éste. No es pues una salsa sino un caldo con muchos elementos picantes que luego se puede beber con cuchara (no todo se come con palillos en china).
Mientras disfrutamos de nuestros manjares siento continuamente la fija mirada de la camarera que esta de pie, medio escondida tras una columna, también hay un niño que disimuladamente se me acerca todo el rato para observar al extranjero. Existe al lado del comedor principal una sala a la que se accede a través de una puerta donde al parecer están comiendo muchas personas. Cada vez que la camarera entra y sale se oyen muchas voces y un gran griterío. Más tarde, cuando ya han bebido lo suficiente y ya no tienen conocimiento del sentido de la vergüenza, suben al karaoke para demostrarme que el bel canto es un arte realmente difícil y, en fin, ellos no lo dominan.
Ha sido una comida deliciosa, y aunque me he abrasado un poco la lengua por lo calientes que estaban los platos y lo extremadamente picante de la sopa, ya puedo presumir de haber comido perro, cuyo sabor se asemeja, dentro de mi subjetivo juicio, al del pollo. Pasado el rato Fang me cuenta que la camarera aseguro que acababan de matar al perro, de ahí que los platos tuviesen tan buen sabor. Dice que sentiría pena si viese como matan al animal y no lo querría permitir, pero si no se lo muestran no piensa en ello; también vio una vez como sacrificaban al animal, no utilizan cuchillo, sino que lo estrangulan con una sirga para no echar a perder la sangre que es necesaria para la cocción de la carne.
Fang insiste en que debo recibir algún tratamiento médico porque los síntomas de enfriamiento persisten. Decidimos ir a una de las muchas pequeñas consultas privadas que jalonan el vecindario. Nada mas entrar hay una mesa donde la médico me hace unas preguntas. Determina que necesitaré recibir unos goteros con medicinas chinas durante algunos días y nos acompaña a la salita de pacientes que tiene, donde hay cinco camas; al ir a tumbarme sobre una de ellas observo que sobre la sábana hay un abanico de manchas marrones, sobre la almohada hay otras que parecen tener su origen en los sedimentos dejados por el sudor de alguna persona.
Viene una jovencita de unos diecinueve años de edad, por su bata cuyas mangas le cuelgan delante de sus manos deduzco que se trata de la enfermera y me inyecta la aguja, afortunadamente deshechable. Durante las dos horas que debo permanecer en la salita, Fang se dedica a ver la televisión o conversar con las enfermeras o la médico del lugar, más tarde me entero de que hablaban principalmente de mí. La médico había reprochado a Fang que trajese a un extranjero a un lugar pobre. También me cuenta que aquellas enfermeras eran niñas que habían abandonado la escuela por ser malas estudiantes y habían sido contratadas por la propia médico para su consulta.
En Harbin hay una gran cantidad de mercados y centros comerciales, además todos ellos muy variados. Cierto día vamos a un sitio con un gran parecido a un Hipercor. Antes de pasar a la zona de productos hay que dejar las bolsas bajo custodia. En los pasillos hay una concentración de dependientas jamás vista en España, y no exagero al decir que toca una para cada dos metros de espacio recorrido, lo más curioso es que lo único que hacen es permanecer de pie sin hacer nada o hablar con sus compañeras. Exploro la sección de licores y sorprendentemente me encuentro unas botellas de vino clavadas a las del rioja, pero con denominación de origen "Hongtian". Incluso hay tetra bricks como los de Don Simón. Agarro una botella de licor chino para analizarla con aires de experto y una dependienta me dice que ése es de muy buena calidad, de buena tinta se que los vendedores chinos siempre dicen (especialmente a los extranjeros) que los productos que han elegido son excelentes o excelsos.
Aunque la cocina china es mundialmente conocida, la pastelería es un tema a parte. A la tradición pertenecen las galletas y otros dulces introducidos por los musulmanes chinos, pero por lo general el hombre chino llano no come dulces. Luego está la pastelería que imita lo occidental, pero al gusto chino, supongo. Las cremas son de color verde fosforito, lila, marrón, rojo, naranja... superpuestas en capas.
Los centros comerciales del tipo corte inglés son enormes. Aquellos elegantes y con productos de calidad se encuentran por el centro. En general son muy parecidos a los españoles: ropa, electrónica, enseres domésticos. Precisamente en la sección de enseres domésticos soy testigo de una curiosa anécdota. Mientras miro los frigoríficos, doy con con uno enorme, abro la puerta para ver cómo es por dentro y me encuentro con latas de comida abiertas, alimentos envueltos en papel albal, jarras con zumo, etc. Es evidente que las dependientas saben sacar buen provecho de las muestras para exhibición.
Están de moda en China los sillones masaje. Hay pasillos con largas hileras de sillones donde la gente (especialmente gente mayor) se sienta, se quita los zapatos y los calcetines para meter los pies en agua caliente con bubujas, y se echan la siesta. Detrás del cuello suele haber unos "dedos" que se mueven en forma elíptica o circular para masajear las vértebras. Otra curiosidad son unas pequeñas fuentes que crean vapor que cae al suelo, por la televisión me enteré de que dicho vapor anula la electricidad estática de las casas cuyos muebles dan calambres al tocarlos.
No importa la categoría del negocio, en todos ellos hay un ejército de muñecos con forma de gato que mueven un brazo-péndulo. Según los chinos sirve para atraer la fortuna. Uno de esos lugares plagados de gatos es la sección de joyería donde a pesar de no haber apenas clientes, las dependientas tienen una gran presencia. Fang y yo decidimos comprobar la eficacia de las empleadas dando un pequeño y calmado paseo a lo largo de los pasillos. Todas las jovencitas saltan de sus sillas y tratan de atraernos a sus mostradores.
En zonas más alejadas del centro están los comerciales populares que he comentado antes, con puestecitos como los del rastro. Aunque no son tan bonitos como los de "los ricos" prefiero comprar en éstos porque allí se encuentran cosas baratas de verdad. Un comercial dedicado a la electrónica es sorprendente: todo el software disponible es pirata. Packs con todos los windows por unos dos euros. Pero no es recomendable comprar en los lugares más baratos porque un alto porcentaje de compactos no funcionan.
Tiempo antes de mi advenimiento, la madre de uno de los alumnos a los que Fang imparte clases particulares nos había invitado a una cena. Acudimos a un elegante restaurante de varios pisos donde tenemos reservada una habitación. cuyas paredes están empapeladas con una muestra azul claro con florecitas propia de jardines de infancia españoles. Al llegar ya nos esperan la madre y su hijo comiendo unas mandarinas como aperitivo antes de la cena, por cierto suculenta. Una camarera permanente en la puerta de la habitación va trayendo en un carrito los materiales: primero unos pequeños fogones, después coloca encima unas ollitas para cada uno con un caldo que deberá ir calentándose poco a poco y finalmente vienen las fuentes con setas, tofu, verduras, jamón... que deben ser introducidos en el caldo hirviendo para ser cocidos.


Un rato más tarde llegan el marido de la mujer y sus compañeros de trabajo para emborracharse tras una dura jornada en las oficinas, como aliciente del día se lo pueden pasar bien junto a un laowai o extranjero. Dicho sea de paso, el término laowai (honorable foráneo) no se aplica ni a coreanos, japoneses, tailandeses, vietnamitas ni otra raza con rasgos parecidos a la de los chinos.
En Harbin se erige una torre de la cual dicen los lugareños que es la más alta de China, aunque a mí me da la impresión de que no llega ni a los tres cuartos de la de Shanghai, quitando importancia a éste punto hay que afirmar que es realmente bonita. Por la noche su terraza más alta va cambiando de color desde el azul hasta el rojo, amarillo o blanco. Afortunadamente no hay muchos visitantes, así que decidimos subir por un precio que debe ser proporcional a lo elevado del edificio. Mientras subimos oigo un sonido de comedor que sin embargo me suena extraño, se trata de los chinchineos de platos y cubiertos de una sala para occidentales. Tras cierto tiempo en China hasta éste detalle es capaz de llamarme la atención. Muchos de los pocos visitantes que hay son rusos, algo que se puede entender por la cercanía que existe con Rusia en ésta zona de China.
Unos pisos más arriba hay una zona en la que el suelo es de cristal, pero para poder pisarlo es necesario utilizar unas zapatillas de suela suave que amablemente se pueden adquirir en el mismo lugar, una vez más con superpoblación de dependientas. Ante la escasez de visitantes, una de ellas decide utilizar el ordenador de la caja para jugar al ping pong. Dicho ordenador también tiene otra función, sirve para retocar las fotografías que se hacen los chinos para aparentar ser más guapos. Hay cientos de lugares en Harbin donde se puede solicitar éste servicio.
Es un poco incómodo que el piso de Fang no tenga ducha, así que se hace necesario acudir a los baños públicos para poder ducharse. Al igual que los pequeños consultorios médicos, también hay varios baños repartidos por el vecindario. A los que voy el precio es bajo y el servicio no pasa de poder ducharse en una sala compartida y con opción a utilizar una mini sauna al fondo de la sala. Cuando salgo y vuelvo a casa me doy cuenta de que no había secado el pelo completamente, congelándose mi cabellera durante el corto recorrido de vuelta a casa, es como si de repente me hubiesen salido canas por todas partes. Hay otros lugares en los que se paga por horas a cambio de unos servicios de masajes, gimnasios, acupuntura, piscinas de burbujas y similares, con una elegancia inimaginable y a la disposición de gente más bien adinerada.
Cada día vamos a comer al mismo restaurante y ya tenemos confianza con la jefa. Es una mujer de unos cuarenta y cinco años regordeta y bastante agradable. Es interesante observar a las gentes que frecuentan día a día el local. Los hombres se emborrachan generalmente con relativa facilidad. Uno que escupe continuamente al pasillo se alegra de poder hablar con un extranjero, en otra mesa hay un hombrecillo con su oronda novia que pregunta que de dónde soy, y un médico con su bata ebrio me da su tarjeta de presentación para ir a visitarlo a su sala de consultas. Cierto día la jefa nos ofrece a Fang y a mí unos peluches que tenía en el bar, a cambio y más tarde le ofrezco una moneda de veinte céntimos de euro para que se acuerde de mi presencia en su negocio, moneda que ella en principio no podía aceptar al atribuirle un gran valor pecuniario. Hablando de comida, uno de los manjares más exóticos de la carta son las larvas de gusano fritas, con un alto contenido proteínico, eso sí, hay que comerlas desechando el estómago del insecto. Existen otros platos que regulan la presión arterial, son buenos para el sueño e incluso adelantan o retrasan la menstruación.


Tan solo me quedan ya dos días para volver a España, qué tristeza, pero hay que pensar en las personas que me esperan allá. Vamos pues a la estación de ferrocarril para sacar el billete que nos lleve a Beijing. Frente a las taquillas se apretujan las personas, sin embargo las colas son controladas por funcionarios destinados específicamente a tal fin. Tras cada ventanilla hay dos taquilleras siempre, mientras una trabaja, la otra mira. Estas funcionarias van uniformadas, y es curioso cómo todas cuelgan sus gorras de la misma manera en hileras sobre pirulos de madera, con las viseras mirando en la misma dirección. Cuando caminamos por el hall de la estación se van acercando personas que preguntan disimuladamente que a dónde queremos ir para revender billetes. Es posible que hacer éste tipo de negocios sea peligroso por los desproporcionados castigos que contempla la ley china ante la mayoría de delitos.
Al día siguiente de comprar los billetes partimos. El camino hasta la sala de espera es largo y un poco complicado por la cantidad de secciones que hay, resulta extraño que los paneles informativos en China, cuando contienen la información bilingüe en inglés, suelen cometer muchos errores tipográficos, tengamos por ejemplo "tickt office", "soldire room" o "foeign exchange".
Una vez en el coche cama, entablamos conversación con un hombre que muestra interés por España. Afirma que el mejor equipo de fútbol español es el FCB Barcelona, también menciona a Raúl, Roberto Carlos y Ronaldo, después pasamos a la tauromaquia. Cuando le cuento que tengo raíces alemanas se congratula de poder hablar de Karl Marx y dónde nació.
Para pasar el rato durante el viaje salta la locura de los móviles. Mientras recorro el pasillo oigo un concierto de pitidos, melodías y continuo pulsar de teclas. Ahora están de moda los teléfonos que al recibir una llamada dicen con una voz infantil "¡Ey, hay una llamada de teléfono!".
Ya tengo bastante sueño y me dispongo a dormir, aunque soy bastante alto la cama es suficientemente larga y además está muy limpia. Destaca la pulcritud de éste tren, desgraciadamente y por dormir en mala posición me despierto con un buen dolor de cuello.
Los funcionarios pasan regularmente por las habitaciones para controlar y limpiar, una de las trabajadoras, mientras barre pregunta a Fang algunas cosas sobre mí, curiosamente la señora llega a decir que los hombres extranjeros son bastante infieles.
Nos bajamos en la estación de Tianjin, ciudad cercana a Beijing. Desde allí tomamos un autobús que nos llevará a la capital. Para hacer mayor negocio, los responsables de la línea colocan sillas plegables en el pasillo del autocar una vez ocupados todos los asientos. Durante todo el trayecto la movilidad resulta imposible. Cuando llegamos al destino, un hombre que se apea antes que los demás pide a otro que está más atrás haga el favor de acercarle su bolsa que se encuentra allá, sin embargo el otro se niega a ayudar hasta que finalmente consigue que le acerquen su equipaje pasándolo por encima de las cabezas de la gente. Me dice Fang que esto es porque a algunos hombres chinos no les gusta ayudar a los demás de ésta manera.
El autobús para justo enfrente de la estación de ferrocarril de Beijing, meses antes había pasado ya por ahí y afortunadamente conocía el lugar. Lo primero que hay que hacer es cambiar dinero. Preguntamos por un banco a uno de los jubilados que se dedican a prestar ayuda ciudadana, con un gran aire de importancia y tono de voz exagerado explica la localización del más cercano.
Efectuado el cambio de divisas tomamos un taxi, el simpático conductor nos lleva a un hotel barato pero pulcro y muy agradable. Se encuentra justo detrás de los rascacielos en la zona de hutongs con callejuelas desordenadas y estrechas, que desgraciadamente se va reduciendo gradualmente para construir más rascacielos.
Descansamos un poco y decidimos aprovechar el poco tiempo que me queda en China para visitar la plaza Tian'anmen. Después vamos a cenar a un restaurante de comida muy picante donde ya habíamos comido el verano anterior, en la carta se encuentran platos con carne de perro, todo ello a pesar de que los guías turísticos chinos niegan que se venda carne de perro en la capital. Después regresamos al hotel a descansar.
Último día, sólo queda tiempo para ir al aeropuerto. Una gran tristeza me invade, por dejar el país que se había convertido ya en mi segunda casa y por supuesto por tener que decir adiós a Fang que me acompañó allá a donde quisiera ir, y siempre me mostró todo sin tapujos.
En el cartel informativo, al lado de mi vuelo pone "boarding", hemos agotado hasta el último minuto juntos, he de correr y colarme para no perder el vuelo, ya en el avión lo único que puedo hacer es recordar y pensar en cuándo volveré.

Sunyatsen

Enlace a la web de Sunyatsen con el resto de fotografias de su viaje


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