¿Quieres
una copia en papel?
Imprime la versión PDF que se abre al cliquear en el
siguiente botón:
Un dicho frecuentemente citado
dice: Tocar el violín es fácil, o imposible. Creo que
esto podría hacerse extensivo a todos los instrumentos. Lo
difícil no es tocar el instrumento sino hallar el camino para
que sea fácil hacerlo. Parece mentira que aún hoy día
haya nociones muy divergentes en cuanto al trazado de este camino,
y que aún persistan escuelas con la noción bastante
equivocada que este camino debe estar sembrado con obstáculos,
y solamente aquellos capaces de obviar estos obstáculos serán
capaces de superar sus respectivos instrumentos. Otras escuelas utilizan
el miedo como acicate - un tanto tiránico - para obligar al
alumno a hacer sus deberes. En determinados regímenes políticos
la amenaza del cate y expulsión del centro de enseñanza
que éste conllevaba eran revulsivos bastante eficaces, pero...mucho
me temo que en la gran mayoría de los casos la música,
o sea la finalidad de todo el ejercicio, se quedaba en el camino.
Pero comencemos por el principio. Daré un ejemplo de lo que
no se debe hacer, para iniciar la andadura sobre un instrumento, y
explicaré porqué: En los conservatorios elementales
los novatos deben atenerse a un programa si quieren aprobar el primer
año de curso. Algunos tuvieron la suerte de gozar de un año
de preparatorio que, si fué eficazmente impartido, puede haberlos
preparado para ese año. Pero muchos no tuvieron esta suerte.
Aquí tenemos nuestro primer choque entre calidad y cantidad.
Lo común es que un alumno que cumple con el programa puede
aprobar, aún cuando la calidad con que lo demuestra sea deficiente.
Este alumno probablemente ya quede condenado por vida a ser un instrumentista
mediocre. Sin programa, y cuidando en todo momento la calidad, no
importa cuanto tiempo esto requiere, este alumno podría salvarse.
Lo mismo sucede en cursos sucesivos. Insistir en cantidad sobre calidad
es totalmente negativo. Para qué sirve un violinista que toca
un capricho de Paganini si la ejecución adolece de mala intonación
y calidad sonora deficiente. El trabajo que cuesta aprender un capricho
de Paganini malsonante es el mismo que se necesita para que suene
bien: La diferencia entre ambos caminos es la manera como el alumno
ha asimilado los ingredientes de calidad indispensables para llegar
a buen fin. En los artículos precedentes hemos hablado de afinación,
de técnicas para lograr una buena coordinación, y de
lograr una calidad sonora adecuada. Esto son los tres ingredientes
indispensables para que el concepto calidad le pueda ganar al concepto
cantidad. Si no queda totalmente arraigada esta realidad incontrovertible
no se han de producir músicos profesionales cabales.
¿Cómo debemos proceder para que podamos vencer las dificultades
del instrumento con facilidad? No hay duda ninguna que tocar bien
un instrumento es una tarea ardua y obliga a un entrenamiento prolongado,
que requiere mucha paciencia, mucha perseverancia, y un profundo amor
a la música. Los últimos avances en materia pedagógica
se centran sobre dos caminos: Uno que podríamos llamar deportivo
y otro que llamaremos psicológico. Últimamente se tiende
a comparar el aprendizaje de un instrumento con la práctica
de deportes punta, de alta competencia. Esta comparación es
bastante atinada. Son músculos que intervienen para tocar un
instrumento, y de la eficacia de funcionamiento de éstos músculos
ha de depender el resultado. Por ello ya existen organismos que traducen
técnicas de entrenamiento deportivo a técnicas de entrenamiento
de músicos. Los resultados hasta ahora obtenidos prometen muchísimo.
Pero no todo son movimientos en la música: Hay ritmo, afinación,
fraseo, estilo, personalidad, y aquello tan mágico que cautiva
al oyente, el carisma: Una especie de aura, de radiación mágica
a la cual todo músico aspira. ¿Cómo hacer para
dominar todo esto?.
Aquí nos toca a examinar el camino psicológico: Según
los últimos adelantos en materia pedagógica se parte
de que el ser humano tiene maravillosas capacidades para dominar un
instrumento musical. Se ha medido el número de neuronas de
un consumado violinista y se ha comparado éste número
con las de un peón. La diferencia es notable, sobre todo en
determinadas áreas del cerebro. Resulta pues evidente que un
estudio del instrumento bien encauzado trae aparejado un enriquecimiento
de nuestra capacidad cerebral. Por ello muchos estamos convencidos
que dentro de pocos años serán los neurólogos
que dirán a los pedagogos instrumentales cuales de los ejercicios
que se proponen son eficaces y cuales no. Pero hay un aspecto aún
más importante: Si los seres humanos tenemos dotes tan maravillosas
¿cómo se explica que tan pocos llegan a ser consumados
maestros?
Aquí se abre un horizonte algo misterioso pero totalmente lógico:
No se trata tanto de trabajar como un condenado en superar los escollos,
sino más bien de remover estos escollos. O sea, no agregar
tarea sobre tarea, sino restar lo que se opone. Fué muy recientemente
que algo así me pasó con una alumna avanzada: Un pasaje
difícil fue ejecutado con esfuerzo que implicaba una postura
agresiva del cuerpo. El resultado no sonó demasiado bien. Obligué
a la alumna que mantuviera su postura correcta y que repitiera el
pasaje sin agresividad: Pudo hacerlo, pero con la diferencia que ésta
vez sonó bien y, !Milagro! le pareciera más fácil.
Al restar un escollo - un cuerpo no bien dispuesto a afrontar una
dificultad - llegamos más lejos que trabajando afanosamente
para superar dicha dificultad. De eso se trata: Aprovechar al máximo
las facultades naturales que poseemos, eliminando todo aquello que
se opone al libre juego de dichas capacidades. Es así como
se gana la batalla de la facilidad sobre la dificultad.
En rigor, nuestro tercer título Soltura versus Esfuerzo es
la resultante de todo lo que antecede. La palabra española
soltura, en toda la riqueza de sus acepciones, es perfecta para la
enseñanza instrumental. Músculos sueltos, cuerpo suelto,
mente suelta, soltura también en presencia y actitud. El esfuerzo
debe pues ser el vehículo que conduce hacia esa soltura, no
una meta intrínseca.