FUENTE OVEJUNA A MADRID
ENTRE DOS CIUDADES
ROSA REGÀS– 24/09/05
He vuelto anoche del teatro con una sensación de plenitud. Fui a ver en el Teatro Pavón de Madrid, 'Fuenteovejuna', de Lope de Vega, estrenado en Madrid por un acuerdo artístico entre centros de producción del INAEM y el Teatre Nacional de Catalunya. La producción era del TNC dentro del ciclo de Teatro Clásico de la Compañía Nacional.
Aunque parece un poco complicado, no lo es, es simplemente un acuerdo entre dos ciudades, dos instituciones, convencidas de que hay que conocerse mejor unos a otros, para que las comunidades no sean islas y para que nos dejemos de tópicos a los que los politicastros son tan aficionados para hacernos comulgar con sus propias ruedas de molino. Intentos de este tipo, cultural o social, son a mi modo de ver mucho más beneficiosos para el conjunto del país, que toda la serie de diatribas que nos hablan de la destrucción de la nación y que a gritos, descalificaciones e insultos nos vienen a decir que cualquier entendimiento en igualdad de condiciones no es posible y que de valer, sólo valen los nacionalismos centralistas.
La obra, bien conocida del público, se ha presentado con una sutileza, con una finura, con una eficacia y elegancia tan medidas y proporcionadas como para que la emoción surja y sea ella la que desvelara todos los secretos que esconde un texto clásico -magnífica versión de Juan Mayorga- que pocas veces, al menos en lo que a mí respecta, ha sido tratado con tanta pasión contenida, con tanto respeto y con tanta complicidad.
Una puesta en escena simple, en la que lo que contaba era el texto, pero además y en el mismo nivel, el canto, el movimiento por el simple y límpido escenario, el color, los ruidos, los vestuarios en tonos pardos, conjugándose los unos con los otros con tal maestría que surgían la palabra y el verso con el fragor y la carga de lo primordial. El público extasiado no tosía, no hablaba, no se distraía, pendiente de las nuevas emociones que nunca habría imaginado en una obra tan conocida, y suavemente se dejaba llevar por el embrujo de una recreación que no merece sino infinitos aplausos.
La conjunción y armonía del director, Ramón Simó, con la escenografía, el atuendo, los actores, la dirección musical y la iluminación, fue tan perfecta que en ningún momento asomó el inmenso esfuerzo que supone, porque la naturalidad envolvió en todo momento el más mínimo detalle, incluso el tono y la cadencia de la dicción.
La concordia existe y tiene infinitos caminos, sólo hace falta voluntad, cultura y educación.
LA MODESTA REVOLUCIÓN
EDUARDO HARO TECGLEN - EL PAÍS 20/09/2005
Algunas novedades en esta versión: un cuarteto de cantantes que aparecen en medio de la acción y colocan su cancioncillas; una coloración parda; una brevedad conveniente de los tres actos del original. Y a mí me asombró un añadido: un aparte de Fernando el Católico en el que aparece muy contento porque su fama se acrece con el indulto de un pueblo, pero que, además, ese pueblo le ha quitado de encima la Orden de Calatrava. No lo veo en ninguna de las versiones que he consultado, y me parece que es un añadido que recalca la intención de la obra. Como en tantas de esa época, el autor hace el servicio al rey de cantar las ventajas de un poder único. Los autores, con los corrales llenos de público, eran un poco como los de la televisión en tiempo de Franco: unos propagandistas del régimen. Poco a poco, los demás han seguido añadiendo libertades. Los senos desnudos, por ejemplo; o el traje de la villana Laurencia manchado en la entrepierna por el semen del comendador.
Por encima de todo, esto: la compañía del Teatro Nacional de Cataluña tiene una dicción clara, y una dicción que, sin respetar demasiado las sílabas, evita el soniquete del octosílabo, aunque pueda destrozar los sonetos; y no lo digo por la excelente actriz Carme Poll, que lo hace como su director o su profesora de dicción se lo dicen. Tiene una voz excelente, oscura, iracunda o riente. Bien de voz están todos, y pongo por ejemplo a Pep Jové, que hace el papel del alcalde.
El sábado, la representación se oyó en un respetuoso silencio y, al final, las ovaciones y el público en pie mantuvieron a la compañía en las glorias del escenario.
-agraïments a la Mariona-
UNA «FUENTEOVEJUNA» A MEDIDA
MIGUEL AYANZ – LA RAZÓN 25/09/2005No es difícil adivinar cuáles son las «virtudes» que han enamorado a Eduardo Vasco, director de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, de esta versión de «Fuente Ovejuna» (en este caso «Fuenteovejuna», que es otra forma admitida del título) dirigida por Ramón Simó y producida por el Teatre Nacional de Catalunya: sobriedad escenográfica –sólo un entramado de madera y en el último acto algunas sillas y mesas y un par de pasarelas-, figurines que recuerdan al siglo XIX, colores oscuros, inclusión de coros y campanillas... Podría llevar la firma de Ana Zamora o del propio Vasco. Hay otras cualidades en cambio más resaltables: el escenario inclinado que facilita la visión, una Laurencia impresionante (Cristina Plaza es actriz bella y de interpretación desgarrada, lo mejor de la función) o la hábil mano de Mayorga en la versión, que actualiza sin cambiar demasiado.
Clásico mayor. Pocos clásicos hay que, como «Fuenteovejuna», hayan calado tan profundo en la cultura popular. El «todos a una» con que la tradición resume el desenlace es frase hecha y el pueblo simpatiza con una obra que dignifica al hombre sencillo frente a los abusos del poder. Así, el comendador –estupendo y canalla Jordi Bosch– o el sólido y apenado Esteban de Roberto Quintana –quien ya fue, por cierto, Pedro Crespo a las órdenes de Sergi Belbel– emparentan con las mejores obras en las que el Siglo de Oro antepuso la importancia de la honra a la de la propia vida. Esteban es primo hermano del Pedro Crespo de «El Alcalde de Zalamea» del Calderón o del Peribáñez que firmó el mismo Lope. Pero aquí la mujer es amazona valerosa. Hasta que la mancillada Laurencia no llama «maricones» y «amujerados» a los hombres de Fuenteovejuna, estos no se lanzan a un aquelarre de venganza. Hoy a Lope le crucificarían por ser políticamente incorrecto.En esos momentos de sangre y desconcierto a Ramón Simó, que dirige con acierto general, la obra se le escapa un poco de las manos y se imponen el ruido y el desorden. También un poco en la boda de Laurencia y Frondoso (Òscar Rabadán, actor de voz honda y buenas maneras). Chirrían bastante asimismo las salidas de escena de las mujeres ululando –¿como espíritus?, parecían más bien saharauis en trance–. En cualquier caso, el montaje está cuidado y el texto llega con claridad, que no es poco. Además, la CNTC recupera una antigua costumbre: repartir con el programa un «cuaderno didáctico» de la obra. Bienvenida sea.