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No sé muy bien que se supone que debo hacer aquí. No me apetece plantar un curriculum lleno de datos que no le van a interesar a nadie. Así que os contaré mi vida a mi manera y, si no os interesa, siempre podéis pasar a otras secciones de la web que sean más entretenidas. Nací en Vizcaya en Junio de 1974. Pasé los primeros años de mi vida de médico en médico. Al parecer a mis pulmones no les hacía ninguna gracia la humedad y estaban muy enfadados por haber ido a parar a un pueblecito cercano a Bilbao (Santurce) y opinaban que tanto la brisa marina como el sirimiri perpetuo hacían el ambiente más adecuado para un anfibio que para una niña. Eso y la falta de trabajo en Vizcaya en aquella época hicieron que mis padres decidieran mudarse a Burgos cuando yo tenía cinco años. No recuerdo mucho de mi vida allí. Sólo unas nevadas impresionantes, a mi padre subido en lo alto del tejado de la Catedral de Burgos, el rotundo fracaso del intento de que me convirtiese en una chica sana y deportista (todo un año yendo a aprender a nadar para acabar cruzando la piscina a pie el último día) y a unas monjas malísimas en el colegio al que iba que me han causado una especie de fobia a las mujeres con hábito (siempre me vienen a la cabeza historias de fantasmas de monjas muertas o de terribles torturas medievales cuando veo a una). Dos años después el trabajo en Burgos empezó a escasear y como mis pulmones seguían sin estar conformes tampoco allí, volvimos a Vizcaya. De eso ya tengo más recuerdos: las peleas con los niños del barrio, las conversaciones con las amigas en el patio del colegio, la convivencia diaria (a veces genial, a veces insoportable) con mis tres hermanas pequeñas... Y sobre todo los libros, cientos de libros que pasaban por mis manos, contándome historias de tesoros escondidos, de niños que descubrían crímenes, de amistades y aventuras... Una vez que hube conseguido que una de mis tías me regalase todos los libros que guardaba de cuando era niña y de que todo el mundo se convenciese de que el mejor regalo que podían hacerme por Reyes o por mi cumpleaños era un libro, me quedé más tranquila. Pero aún así, ahorraba todo lo que podía para comprarme aún más libros y he pasado muchos ratos delante del escaparate de una librería lamentándome por no poder llevarme algún ejemplar. Entonces descubrí la biblioteca municipal y fue como encontrar uno de esos tesoros de los que hablaban las historias. En resumen, me volví lo que puede calificarse "un peñazo de niña". Me pasaba el día leyendo o escribiendo pequeños relatos que yo misma ilustraba y soñando con que de mayor conseguiría un par de líneas en las enciclopedias como ESCRITORA. Así fue pasando mi infancia, entre libros, vacaciones en un pequeño pueblo de Burgos en el que vivían mis abuelos paternos, días en colonias de verano llenos de luz y risas, estudios, compañeros de colegio... Después llegó la adolescencia, con sus cambios de humor, su carga de inseguridad, sus nuevas experiencias... Recuerdo las eternas clases de geografía o filosofía mientras el sol entraba por los ventanales de clase, las piras para jugar a la escoba, las partidas de rol con los amigos, las fiestas (de algunas el recuerdo es bastante borroso), el miedo a elegir que ibas a hacer con el futuro... Con dieciséis años conocí al chico que me dio mi primer beso. Sé que quedaría mucho más literario y emocionante que me hubiese destrozado el corazón y que aún no hubiese podido superarlo pero no es así. Seguimos juntos y es la persona que más me apoya en todas las locuras que intentó. Decidí estudiar Psicología y pasé los cinco años siguientes en la Universidad de Deusto, estudiando enormes tacos de apuntes y fotocopias y trabajando como profesora particular, encuestadora o vendedora de puerta a puerta para tener algo de dinero para mis gastos. Según se iba acercando el final de la carrera, me sentía más y más insegura sobre mi futuro. Salían unos 500 psicólogos al año solo en el País Vasco y, por muy mal de la cabeza que esté la gente, no había trabajo para todos. Así que decidí alargar la agonía un año más e hice un curso de Postgrado en Psicología Clínica en un gabinete de Bilbao. Aparte de algunas temporadas, nunca he conseguido trabajar como psicóloga pero no me arrepiento de haber estudiado esa carrera ni el curso que hice después. Me gustó todo lo que aprendí (menos lingüística, no hay asignatura más pesada e inútil que esa en el mundo) y me ayudó a conocerme a mí misma y a los demás. Desde entonces, se podría decir que mi vida no tuvo un rumbo muy claro. Me había pasado toda la vida estudiando, era lo único que sabía hacer y además se me daba bien. Y de repente me lanzaban a un mercado laboral del que no sabía nada y cuyas reglas de juego no comprendía. He trabajado en decenas de trabajos, a cual más raro, y aún hoy en día sigo sintiéndome perdida en ese ámbito. Durante todos esos años, el sueño infantil de ser escritora se había ido desvaneciendo, como se desvanecen las fantasías de ser una arqueóloga como Indiana Jones o una estrella del rock como la protagonista de "Calles de fuego". Pero una tarde de fines de verano, sumida en la depresión del parado de larga duración que ya no sabe que hacer con su tiempo, descubrí en el cartel de la biblioteca el anuncio de un curso de literatura creativa. No sabía muy bien que se hacía en esos cursos, ni si servían para algo pero me apunté para ocupar al menos una tarde a la semana. Me encantó. Recomiendo a todo el mundo que tenga la oportunidad que se apunte a uno. Cuando entré, no era capaz de terminar un cuento de diez páginas. Me enseñaron a ser constante, a sacar las historias que estaban dentro de mi mente y que necesitaba contar. Estuve apuntada dos años y tengo preciosos recuerdos de ellos: de la paciencia de Pepe, la imaginación de Javi, la forma en la que Felipe podía hacerte ver colores con sólo unas palabras, los personajes de Adán... Pocos meses después empecé a escribir La red de Caronte. Al principio fue sólo un juego, no pensaba que tendría la capacidad de acabar una novela, pero los personajes y la historia fueron cobrando fuerza y obligándome a continuar. A veces me encontraba escribiendo escenas en las que ni siquiera había pensado o los personajes se metían en situaciones de las que me costaba días imaginar cómo sacarles. Cuando terminé no sabía qué hacer con ella. La dejé bien guardada en mi disco duro y seguí con mi vida. En aquella época estaba haciendo un curso de Gestión de Personal (que laboralmente no me ha servido tampoco para nada) y allí conocí a un profesor que me ayudó a dar el último paso. El hombre era un psicólogo que mezclaba en sus enseñanzas técnicas de selección de personal con filosofía budista y ejercicios esotéricos. No aprendí nada de él de como realizar una selección de personal adecuada pero se me quedó grabada una frase que nos repetía hasta la saciedad: "Todo el mundo es libre para hacer lo que quiera con su vida, siempre que esté dispuesto a pagar las consecuencias de sus actos". Lo pensé y me di cuenta de que no había nada que me impidiese intentar cumplir mi sueño, sólo mi propio miedo. Y entonces lo decidí. Iba a ser escritora. Fueron unos meses llenos de incertidumbre, esperando a que algún agente o editorial contestase. Pero fue muy emocionante ir a registrar el libro, intentar que estuviesen dispuestos a leerlo, enviar todas y cada una de las copias de la novela... Y al final lo conseguí. RD Editores publicó La red de Caronte en junio del 2006. Pequeñas partes del sueño han ido cumpliéndose: tener la novela en mis manos, colocarla en una estantería al lado de todos los libros que han ido llenando mi vida, verla en un escaparate, entrar en una librería y ver un pequeño montoncito esperando a los lectores... Todas esas pequeñas cosas son pasos hacia mi sueño y todavía quedan muchos más. Así que no te asustes si un día, leyendo una de mis obras en un tren, me lanzó sobre ti con lágrimas en los ojos preguntándote si te está gustando. Ahora mismo estoy embarcada en el intento de publicar mi segunda novela, Ojo de gato. Y a ser posible seguiré intentándolo con una tercera obra, y con una cuarta... No estoy dispuesta a rendirme porque escribir historias como las que a mí me hacen vibrar o emocionarme es mi mayor objetivo en la vida, porque cuando alguien me pregunte a qué me dedicó, quiero poder decir con la cabeza muy alta que soy ESCRITORA.
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