MI CAMINO DE SANTIAGO
Un verano decidimos visitar el Norte de España, en especial algunas Capitales y más en concreto sus Catedrales: algo breve, de unos cuatro o cinco días, ver nuevamente la Catedral de Oviedo, Burgos, León, etc. Después acordamos que fuera algún tramo del Camino de Santiago, esto sin sufrir un gran entusiasmo y sin pensar ni por un solo momento en lo importante que para mí esto significaba.
Empecé por Jaca, admirando su Catedral y alrededores. Dejamos la cómoda carretera general para adentrarnos en itinerarios de cierto renombre como el de San Juan de la Peña, Santa Cruz de la Seros, después el Monasterio de Leyre, Sangüesa... Esta fue mi perdición ya que este viaje que estaba planificado para unos pocos días dura casi el mes del que disponía. Quedé marcado por él. Cuando llegué a Santiago me sucedió algo que no soy capaz de explicar: la grandiosidad y belleza de su Catedral, su entorno me abrumó e hizo que participara de algo que estaba en el ambiente, a lo que no pude ni quise sustraerme.
Posteriormente, al querer analizar lo que me había sucedido, no encontré ni he encontrado una explicación lógica: no podía ser la influencia de los demás que participamos en le Camino, cosa que suele ocurrir en casos similares, porque sólo éramos dos personas, mi mujer y yo, con toda comodidad en coche y bien alojados, a diferencia del resto de los peregrinos que durante jornadas cambian impresiones y entusiasmo.
Esto hizo que mi imaginación volara a otra época, cuando peregrinos de toda Europa y en condiciones pésimas de hospedaje, comidas e inclemencias meteorológicas, en grupos mas o menos avenidos y conocidos, se adentraban por un desconocido y misterioso camino que a su vez formaban o configuraban lo que con ayuda de otros construirían una vía de comunicación, como vulgarmente se dice "hacían camino al andar". Estos peregrinos encontraban solamente pequeñas ermitas, iglesias, hospederías y puentes. Al no estar aún construidas las catedrales góticas, imponentes y bellas, cuando llegaran estos a Santiago y contemplaran su catedral, tan influidos por el mucho tiempo ansiado y comentado durante el camino, sufrirían una fuerte impresión que transformaría sus vidas dejando una fuerte huella imborrable, que a su vez transmitirían a otros.
Llegando a Murcia y en la soledad del estudio, me dí cuenta que necesitaba hacer algo: pasó por mi imaginación repetir el Camino de otra forma, que pudiera revivir esa sensación. Después de muchas dudas fui desechando cualquier otro medio de transporte que no fuera el coche; esto me desanimó, ya que me había estado haciendo castillos.
Al fin acordé que podría repetirlo al verano siguiente haciendo un dibujo de los puntos que más me llamaron la atención. Me asesoré y aprovisioné de distintas guías y haciendo un cálculo pensé que podría hacer veinte o veinticinco obras. Continué la rutina de mi acuarelas y dibujos que con anterioridad había adquirido el compromiso de hacer y esperé con ilusión al siguiente verano.
El segundo viaje, que empecé en Somport, lo hice de un modo más metódico y concienzudo, alejándome de la carretera las veces necesarias para ver los temas que previamente había seleccionado por mi cuenta, que eran muchos mas de los que había pensado y se escapaban totalmente a mis previsiones.
Este viaje fue mejor que el anterior pues teniendo forzosamente la necesidad de fijarme en mas detalles y prestar mayor atención tanto en su conjunto como en sus muchos detalles, sin proponerme los apreciaba y admiraba más. En fin iba empapándome del Camino como pocos han hecho.
Llegando nuevamente a Murcia con mi conjunto de bocetos, fotografías e ilustraciones que durante ese mes había conseguido, me puse a trabajar, sobre un soporte Schoeller de unas dimensiones de 36 X 36 Cms., medida que permite trabajar a tinta con cierta comodidad, a la vez que se puede detallar. La elección de ese papel fue principalmente por ser bastante satinado y permitir el trazo muy definido. Elegí tinta china negra, para que permaneciera inalterable, y deseché la pluma convencional de dibujo Guillot similar, ya que si por un lado se pueden lograr mayores efectos de profundidad y separación de planos, se tiene la desventaja de su lentitud. Preferí la pluma de dibujo técnico Staedler del número 0.2 con la cual ya estoy familiarizado por haber hecho recientemente otros trabajos, aunque tiene un inconveniente: la uniformidad de su trazo no permite conseguir lejanías mas que insinuando trazos y reforzando con diversos rayados los primeros planos, que cuando se supera esto, se ha logrado la rapidez, siempre que se est5ructure a lápiz con todo detalle y se sepa bien lo que se va a hacer.
Como he dicho me puse a trabajar y a estimularme ante la labor que se me presentaba, ya que ello lo iba consiguiendo a medida que me estregaba a su representación, ya que cuando estoy con un dibujo sin proponérmelo rememoro los interesantes momentos que pasé en ese viaje y otros que he hecho posteriormente.
En este momento, después de casi cinco años desde mi primer viaje, tengo terminados aproximadamente cincuenta dibujos, y tengo la gran satisfacción de que si Dios quiere podré seguir haciendo mi Camino de Santiago.
Murcia, Septiembre de 1993