
Los tengo maduros
El día prometía. Éramos todos y faltaban los anfitriones. Las 9,10 y aparece Jano montado en bicicleta, culotte negro moderno, esto es de amplias perneras, cuerpo estilizado el que adornaba una camisa ciclista haciendo juego, esto es, negra, al que le faltaba una cruz roja templaria en el pecho para parecer un nuevo cruzado.
-¿Y Mario?, preguntó Luis.
Gesto grave, como diciendo no tengo ni puta idea. Llamada por teléfono y se oye un –me he dormido, pero ya estoy ahí.
Total 20 minutos de larga espera en una mañana que, como he dicho, prometía, pero que estaba todavía muy fresca. Espero que Mario sea castigado con 20 puntos.
Aunque el Hacedor Divino que vela por el buen desarrollo de nuestras excursiones, le pasó factura y condenó pasar la mañana “marchando” por arriba y por abajo. Tuvimos que esperarle varias veces porque se quedaba abonando los caminos con pestilosos líquidos salidos por delante y por detrás.
A los quince kilómetros eligió sabiamente una retirada honrosa, según él para ralentizar nuestra marcha. Según nosotros porque no tenía papel y por el culotte y las medias aparecían manchas beiges que se escurrían por las corvas alguna de ellas hasta llegar casi al tobillo. Fuimos comprensivos y alejados esperamos a que llamara a las asistencias para que vinieran a socorrerle.
Dejado atrás el lastre que nos fijaba tiempo y olor, aprovechamos las primeras cuestas de la subida a Abantos para desentumecer los músculos. La carrera se rompe e Isra se marcha en la primera rampa, intratable. Hacemos un cuarteto, ya que Grego y Luis se han quedado atrás. Estoy dispuesto a disputar el segundo puesto, discretamente, sin que se den cuenta. Por eso, me pongo de pie en la bicicleta y noto que Carlos y Pablo me siguen sin conseguir despegarlos. Jano ha quedado atrás.
Ya que no tengo ni la más remota idea de cuan larga y empinada es la cuesta me dejo caer para que otros hagan el trabajo sucio. Inmediatamente Carlos toma y relevo y Pablo no se decide a seguirle, por lo que me quedo en medio de los dos. Así hacemos cinco kilómetros, sin hacer un solo relevo a Carlos. Como noto que flaquea, me dejo caer otro poco para que se abra un pequeño hueco. Entonces Pablo, que cree que me estoy quedando, pega un estirón y me adelanta hasta cerrar el hueco y enlazar con Carlos. Los tengo maduros.
En una curva muy cerrada y con fuerte desnivel, veo que Carlos toma la curva por el exterior y Pablo sigue su estela. Entonces, cambio a plato grande, aunque con un desarrollo no muy elevado, me pongo de píe sobre la bici, tomo el interior de la curva y con dos pedaladas fuertes y potentes les dejo clavados. Me siento, bajo el desarrollo, aumento la frecuencia de las pedaladas y en la siguiente curva veo que les he sacado 50 metros. Adíos.
Monasterio del Escorial, sesión de fotos. Bajada vertiginosa hasta la carretera y fuerte subida hasta la Silla de Felipe II. En este caso, no disputo la carrera, no para dejarles ganar, si no para que se confíen. En las próximas excursiones, hachazo.

Para bajar, una trialera auténtica, estrecha y empinada. Primero Jano, luego Isra y después un servidor. Fina bajada, en la que paramos dos veces para reagruparnos. Después de pasar El Escorial, que no San Lorenzo, seguimos hasta el punto de partida, a traves de cañadas que seguían la via férrea y que nos hicieron pasar varias veces esta por pasos elevados. Un inciso. Previo a una puerta de seguridad para el ganado que impedía el paso había un enorme charco que Israel, decidido como siempre, intento pasar. Y lo pasó, a pesar de que las ruedas se hundieron hasta los bujes. Sin exagerar.
Los que seguíamos, sin saber lo que había pasado, nos bajamos de la bici y por un extremo, caminando entre piedras, pasamos no sin dificultad. Pero quedaba Jano. ¡Jano!, gritaban uno, por el centro no, otro que sí, otro bien pensados ¡No lo intentes!. Los más, por la orilla, (justo por donde había pasado Israel). La verdad es que lo pasó, también con las piernas hasta la rodilla, . bien que nos hubiera gustado que se cayera, pero lo pasó. Eso sí, iban guapos de barro los dos.
Al final, unos dos kilómetros por una senda-camino de un metro de ancho, entre pinos, jaras y retamas, ciclable al 100%, pero muy divertida por sus curvas, subidas y bajadas y porque permitía una velocidad relativamente rápida. Buen sabor de boca.
Y final, final, sendas cañas en el Club Náutico de los Arroyos, una clavada, pero el marco, estupendo.
Ignacio Roig
SECCIÓN DE BICICLETA DE MONTAÑA 
