EN MI SED ME DIERON VINAGRE: LA CIVILIZACIÓN DE LA ACEDIA

 

Autor: Horacio Bojorge S.J.


 

Ya adentrándonos en el tercer milenio cristiano se nos exhorta a navegar mar adentro y a empeñarnos en fundar una civilización del amor. Pero el terreno no está vacío. También hoy como en toda época se plantea, aunque en términos propios, el enfrentamiento de las dos ciudades a las que se refiere el Apocalipsis y San Agustín. El terreno está ocupado en nuestros tiempos por una civilización feroz - cultura de la guerra y de la muerte - que nació de la apostasía de las naciones católicas, apartándose y renegando de los caminos de la caridad. Su antagonismo con la civilización del amor es ingénito. Y así como la Iglesia es experta en humanidad, la civilización de la acedia es experta en provocar y propagar la apostasía, y por ende la deshumanización.



A pesar de lo útil que puede resultarnos, por estos motivos, recuperar la operatividad profética del tradicional concepto de acedia, no se suele hablar de ella. Muchos fieles, religiosos y catequistas incluidos, nunca o rarísima vez la oyeron nombrar y pocos sabrán explicar en qué consista. Y aún los enterados, no le ven mayor valor que a nivel de una moral privatista.



Sin embargo, la acedia - poco importa que no se la sepa reconocer ni nombrar - es una atmósfera que nos envuelve sin advertirla. Se la puede encontrar en todas sus formas: en forma de tentación, de pecado actual, de hábito extendido como una epidemia, y hasta de cultura con comportamientos y teorías propias que se trasmiten por imitación o desde sus cátedras, populares o académicas. Si bien se mira, la nuestra, puede describirse como una verdadera y propia civilización de la acedia.

Capítulo 1: La acedia: Pecado Capital


De la Acedia no se suele hablar. No se la enumera habitualmente en la lista de los pecados capitales. Algunos Padres del desierto, en vez de hablar de pecados o vicios capitales, hablan de pensamientos. Por ejemplo, Evagrio Póntico, enumera ocho pensamientos. Con este nombre, estos padres de la espiritualidad ponen de relieve que estos vicios, en su origen, son tentaciones, o sea pensamientos; y que si no se los resiste, acaban convirtiéndose en modos de pensar y de vivir. Cuando se acepta el pensamiento tentador, uno termina viviendo como piensa y justificando su manera de vivir. Difícilmente se encontrará su nombre fuera de los manuales o de algunos diccionarios de moral o de espiritualidad. Muchos son los fieles, religiosos y catequistas incluidos, que nunca o rarísima vez la oyeron nombrar y pocos sabrán ni podrán explicar en qué consista.

Sin embargo, como veremos, la acedia sí que existe y anda por ahí, aunque pocos sepan cómo se llama. Se la puede encontrar en todas sus formas: en forma de tentación, de pecado actual, de hábito extendido como una epidemia, y hasta en forma de cultura con comportamientos y teorías propias que se trasmiten por imitación o desde sus cátedras, populares o académicas. Si bien se mira, puede describirse una verdadera y propia civilización de la acedia.

La acedia existe pues en forma de semilla, de almácigo y de montes. Crece y prospera con tanta mayor impunidad cuanto que, a fuerza de haber dejado de verla se ha dejado de saberla nombrar, señalar y reconocer. Parece conveniente, pues, ocuparse de ella. En este primer capítulo comenzaremos con las definiciones que se han dado de ella. Si al lector este camino le resulta difícil o árido, le aconsejamos empezar por el capítulo cuarto y seguir luego con el segundo, tercero, y los demás.


1.1.) ¿Qué es la acedia? Definiciones

Una primera idea de lo que es la Acedia nos la dan las definiciones, aunque ellas solas no sean suficientes para un conocimiento cabal de su realidad.

El Catecismo de la Iglesia Católica (=CIC) la nombra - acentuando la í: acedía - entre los pecados contra el Amor a Dios. Esos pecados contra la Caridad que enumera el Catecismo son:

·  la indiferencia

·  la ingratitud

·  la tibieza

·  la acedía

·  el odio a Dios

El Catecismo la define así: "La acedía o pereza espiritual llega a rechazar el gozo que viene de Dios y a sentir horror por el bien divino" (CIC 2094). Nuevamente, en otro lugar, tratando de la oración, la enumera entre las tentaciones del orante: "otra tentación a la que abre la puerta la presunción, es la acedía. Los Padres espirituales entienden por ella una forma de aspereza o desabrimiento debidos a la pereza, al relajamiento de la ascesis, al descuido de la vigilancia, a la negligencia del corazón. `El espíritu está pronto pero la carne es débil´ (Mateo 26,41)" (CIC 2733)

Por la naturaleza de la obra, el Catecismo no entra en detalles acerca de la conexión que tienen entre sí estos cinco pecados contra la Caridad. En realidad puede decirse que son uno solo: acedia, en diferentes formas. La indiferencia, la ingratitud y la tibieza son otras tantas formas de la acedia.

En cuanto al odio a Dios no es sino su culminación y última consecuencia. De ahí que por ser fuente, causa y cabeza de los otros cuatro, amén de muchos otros, la acedia sea considerada pecado capital, y no así los demás. Y aunque el odio a Dios sea el mayor de estos y de todos los demás pecados, no se lo considera pecado capital, porque no es lo primero que se verifica en la destrucción de la virtud sino lo último, y no es causa sino consecuencia de los demás pecados.


1.2.) Tristeza, envidia y acedia.

El Catecismo relaciona la acedia con la pereza. No se detiene a señalar su relación con la envidia y la tristeza. Sin embargo, la acedia es propiamente una especie o una forma particular de la envidia. En efecto, Santo Tomás de Aquino, que considera a la acedia como pecado capital, la define como: tristeza por el bien divino del que goza la caridad. Y en otro lugar señala sus causas y efectos: es una forma de la tristeza que hace al hombre tardo para los actos espirituales que ocasionan fatiga física.

La acedia se define acertadamente, por lo tanto, como perteneciente al género de las tristezas y como una especie de la envidia. ¿Qué la distingue de la envidia en general? Su objeto. El objeto de la acedia no es - como el de la envidia - cualquier bien genérico de la creatura, sino el bien del que se goza la caridad. O sea el bien divino: Dios y los demás bienes relacionados con Él.

Nos importa mucho en este estudio establecer y mantener la distinción entre envidia y acedia, por eso evitamos usarlas como sinónimos, como suele hacerse en el uso común. En nuestro estudio entendemos la envidia como un pecado moral y la acedia como un pecado teologal, como la forma teologal de le envidia.

Secundaria y derivadamente, la acedia se presenta, en la práctica, como una pereza para las cosas relativas a Dios y a la salvación, a la fe y demás virtudes teologales. Por lo cual, acertadamente, el catecismo la propone, a los fines prácticos, como pereza. (Sobre la tradición monástica y patrística, y las dos líneas de interpretación de la acedia como pereza o como tristeza, ver G. BARDY, Art.: Acedia, en Dictionnaire de Spiritualité. Ascétique et Mystique T.I, cols 166-169; también B. HONINGS, Art.: Acedia, en Diccionario de Espiritualidad Dirigido por Ermanno Ancilli, Herder, Barcelona 1983, T.I, Cols. 24-27 que concuerda con Bardy. Sobre la Acedia Monástica volveremos en 5. y sobre Acedia y Pereza en 7.1.)


1.3.) ¿Es posible la acedia?

Tal como se presenta por sus definiciones, podrá parecerle a alguno que la acedia pertenezca a ese tipo de pecados que se suele dar por imposibles e inexistentes a fuerza de absurdos, aberrantes o monstruosos. Por ejemplo: el odio a Dios o la apostasía. Pero es que pertenece a la noción y a la esencia del pecado, el hecho de que sea aberrante y monstruoso, y de que, sin embargo, no sólo exista a pesar de ser absurdo e inconcebible, sino que muchísimas veces ni siquiera se lo advierta allí donde está a fuerza de considerarlo como un hecho natural y obvio.

Por eso, conviene que después de ver su definición, pasemos a describirla, ilustrarla con casos y ejemplos, señalarla en los hechos y por fin tratar de comprender su fisiología espiritual.


1.4.) Acedia, acidez, impiedad.

El nombre de la acedia es figurado y metafórico. Encierra un cierto simbolismo que también, a modo de definición, ilustra acerca de su naturaleza. La palabra castellana es heredera de un rico contenido etimológico que orienta para comprender mejor su sentido.

Las palabras latinas acer, acris, acre, aceo, acetum, acerbum, portan los sentidos de tristeza, amargura, acidez y otras sensaciones fuertes de los sentidos y del espíritu. Los estados de ánimo así nombrados son opuestos al gozo, y las sensaciones aludidas son opuestas a la dulzura.

La raíz griega de donde derivan los términos latinos es kedeia: "Akedeia - ha observado un reseñista de la primera edición de esta obra - es falta de cuidado, negligencia, indiferencia, y akedia descuido, negligencia, indiferencia, tristeza, pesar. Se refiere de modo particular - en los griegos - al descuido de los muertos, insepultos, por lo cual no tenían descanso. Es una negación de la kedeia, alianza, parentesco; funeral, honras fúnebres. Es decir, son los cuidados que brotan de la alianza, del parentesco, de la afinidad que brota de la alianza matrimonial. Todo esto tiene grandes resonancias con la relación nueva de parentesco con Dios que brota de la alianza - el Goel, que ha estudiado Bojorge, de la alianza nupcial que se sella con la encarnación del Verbo y su muerte y resurrección, de la caridad como amistad con Dios, que se funda en la communicatio del hombre y Dios y de la societas, la unión que Dios nos dio con su hijo. El gozo de esta kedéia es la caridad y mueve toda la vida desde tal relación nueva con Dios. Lo persigue y destruye la acedia, en los hombres y en la sociedad."

Como puede verse los opuestos griegos kedeia-akedeia recubren una área semejante a los pietas-impietas latino, y a nuestro piedad-impiedad. La acedia - ya se verá - es opuesta y combate las manifestaciones de la piedad religiosa. Según la etimología latina acedia tiene que ver con acidez. Es la acidez que resulta del avinagramiento de lo dulce. Es decir, de la dulzura del Amor divino. Es la dulzura de la caridad, la que, agriada, da lugar a la acedia. Ella se opone al gozo de la caridad como por fermentación, por descomposición y transformación en lo opuesto. A la atracción de lo dulce, se opone la repugnancia por lo agriado.

Podría calificársela, igualmente y con igual propiedad, de enfriamiento o entibiamiento. Como se dice en el Apocalipsis acerca del extinguido primitivo fervor de la comunidad eclesial: "tengo contra ti que has perdido tu amor de antes" (Apoc. 2,4); "puesto que no eres frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca" (Apoc. 3,16).

La relación simbólica entre lo ácido y lo frío era de recibo en la antigüedad. En la antigua ciencia química y medicinal se consideraba que "las cosas ácidas son frías". La acedia puede describirse, por lo tanto, ya sea como un avinagramiento o agriamiento de la dulzura, ya sea como un enfriamiento del fervor de la Caridad. Por eso no ha de extrañar que haya autores que hayan preferido referirse a la acedia en términos de tibieza.

Con esto hemos avanzado un paso más hacia la comprensión de este vicio capital. Como decadencia de un estado mejor, esta pérdida del gozo, de la dulzura y del fervor, y su transformación en tristeza, avinagramiento o frialdad ante los bienes divinos o espirituales, parece emparentar con la apostasía o conducir a ella. Es, en muchos casos, un apartarse de lo que antes se gustó y apreció, porque ahora, eso mismo, disgusta, entristece o irrita. En este sentido, se puede decir que la acedia supone una cierta ruptura entre el antes y el ahora de la persona agriada y ácida. O una ruptura entre su estado ideal y su estado decaído.


1.5.) Sus efectos.

Al atacar la vitalidad de las relaciones con Dios, la acedia conlleva consecuencias desastrosas para toda la vida moral y espiritual. Disipa el tesoro de todas las virtudes. La acedia se opone directamente a la caridad, pero también a la esperanza, a la fortaleza, a la sabiduría y sobre todo a la religión, a la devoción, al fervor, al amor de Dios y a su gozo. Sus consecuencias se ilustran claramente por sus efectos o, para usar la denominación de la teología medieval, por sus hijas: la disipación, o sea un vagabundeo ilícito del espíritu, la pusilanimidad, el torpor, el rencor, la malicia, o sea, el odio a los bienes espirituales y la desesperación. Esta corrupción de la piedad teologal, da lugar a la corrupción de todas las formas de la piedad moral. También origina males en la vida social y la convivencia, como es la detracción de los buenos, la murmuración, la descalificación por medio de burlas, críticas y hasta de calumnias.


 

Capítulo 2: La acedia en las Sagradas Escrituras


Las Sagradas Escrituras nos ofrecen una galería de retratos de la acedia en todas sus formas, desde la indiferencia al odio. Y nos dan también pistas para comprender su naturaleza. Pistas que nos podrán orientar luego para reconocerla en sus formas históricas y actuales, y podrán encaminarnos para comprender su mecanismo espiritual. En los casos clínicos bíblicos se aprende una semiología de la acedia y también mucho acerca de su etiología.


2.1.) La Unción en Betania

Este pasaje evangélico es un ejemplo de acedia que bien puede considerarse arquetípico. En él vemos en ejercicio al gozo de la caridad y cómo es atacado por las razones aparentes de la oculta acedia.

Seis días antes de su Pasión, Jesús vino a Betania, donde se encontraba su amigo Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Le ofrecieron allí una cena. Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con Jesús sentados a la mesa. María, tomó una libra de perfume de nardo puro, muy caro, y ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. La casa entera se llenó con el olor del perfume. (Juan 12,1-3)

La caridad - según la define Santo Tomás de Aquino - es amor de amistad con Dios. El gesto de María manifiesta el gozo de su caridad. Es un gesto gozoso y gratuito que honra, en Jesús, al amigo divino: huésped, Maestro y Señor. Ese gesto expresa, con una dádiva costosa, el aprecio de María por Jesús y el gozo que ese aprecio le produce.

Pero - prosigue contando el evangelio - Judas Iscariote, uno de los discípulos de Jesús, el que lo había de entregar, dijo: "¿Por qué no se ha vendido ese perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?" (Juan 12,4-5)

La objeción de Judas se opone hipócrita y sofísticamente a la misericordia en nombre de la misericordia. Al descalificar el gesto de María, descalifica su amor. Lo que para María es expresión gozosa de su amor a Jesús, es para Judas motivo de tristeza, mezclada de fastidio e irritación. El que ya no comparte la amistad con Jesús, no puede compartir los mismos sentimientos de la amistad. Peor aún, tiene sentimientos contrarios: de acedia.

En el relato de este episodio que nos hacen Marcos y Mateo, la reacción contra el gesto de María, es calificada de indignación: "se indignaron". Ese es uno de los síntomas o manifestaciones de la acedia: indignarse, irritarse por lo que es motivo de gozo para los amigos de Dios (Marcos 14,3-9; Mateo 26,6-13).

Al discípulo avinagrado, las muestras de amor a Jesús le dan bronca. Si esa bronca quiere vestirse de ira santa, disfrazándose con falsas razones, es para no evidenciarse y guardar aún las apariencias; por puro cálculo hipócrita.

Hay en este detalle de la historia que nos cuenta el evangelio, la revelación de una importantísima ley del acontecer espiritual: el gozo de la caridad es atacado con razones. Ley que rige también el acontecer cultural: el espíritu del desamor es racionalista.


2.2.) La acedia de Mikal, esposa de David

Vayamos ahora al Antiguo Testamento y recordemos el pecado de Mikal, hija de Saúl, esposa de David. Mikal se irritó viendo a David bailar delante del Arca de la Alianza en la fiesta de la Traslación. La danza de David era una manifestación del gozo de la caridad. Y, por el contrario, la irritación de Mikal por la devoción de David, era manifiesta acedia.

David trasladaba el Arca con grandes ceremonias y fiestas populares. El Arca era el signo visible de la Presencia del Señor en medio de su Pueblo. Leemos que:

"David y toda la casa de Israel bailaba delante del Señor con todas sus fuerzas, cantando con cítaras, arpas, adufes, castañuelas, panderetas y címbalos... David danzaba con todas sus fuerzas delante del Señor, ceñido con un efod de lino (=vestido sacerdotal). David y toda la casa de Israel subían el Arca del Señor entre clamores y sonar de cuernos. Cuando el Arca entró en la ciudad de David, Mikal, hija de Saúl, que estaba mirando por la ventana, vio al Rey David saltando y danzando ante el Señor y lo despreció en su corazón" (2 Samuel 6,l4-l6)

Y cuando se volvía David para bendecir al pueblo, terminada la fiesta: "Mikal le salió al encuentro y le dijo: ´¡Cómo se ha cubierto de gloria hoy el Rey de Israel, descubriéndose hoy ante las criadas de sus servidores como se descubriría un cualquiera´!" (v.20)

Mikal, ciega para el sentido religioso y gozoso de la acción de David, percibía la danza con una mirada profana y exterior, despreciando lo que hubiera debido admirar y compartir. Mikal no estaba de fiesta ni en la fiesta; miraba desde arriba, por una ventana.

Tanto el hombre de Dios como el pueblo de Dios, cuando celebra públicamente sus fiestas religiosas, se expone - es decir: se muestra y se arriesga - al desprecio de los que miran desde su ventana, desde su óptica exterior al fervor religioso. A veces, esa burla y ese desprecio consigue acobardar o avergonzar a algunos fieles.

El Via Crucis y la vuelta ciclista

Pienso en una experiencia recogida en Semana Santa en un pueblo del interior del Uruguay. Al día siguiente del Via Crucis que habíamos hecho recorriendo las calles en la noche del Viernes Santo, una mujer me confiaba los sentimientos de vergüenza que la habían asaltado durante el Via Crucis, debido a la actitud fría e indiferente de los que nos ignoraban viéndonos pasar. En un pueblo chico, sentirse ignorado por gente conocida, que muestra avergonzarse de uno, es doblemente hiriente.

Esta mujer había percibido perfectamente la afectada indiferencia de algunos frente al paso de los fieles en el Via Crucis. Tanto más chocante, cuanto que en un pueblo chico, cualquier acontecimiento es motivo para que la gente se amontone en la vereda a observar con simpatía lo que pasa. Y así, efectivamente, habíamos visto amontonarse junto al cordón de la vereda de la misma plaza, por esos mismos días de la Semana Santa, a los espectadores de la Vuelta Ciclista.

¿Cómo no iba a sentir esta sensible mujer de pueblo, la diferencia de temperatura, viendo a los que se metían en el bar, en el club, en la heladería, como si no estuvieran pasando tres cuadras tupidas de fieles por la calle principal? Frente a nosotros eran incapaces de la simple simpatía humana que saben brindar como puebleros a todo lo humano. En pueblo chico, donde no estar enterado queda mal, no darse por enterado es ofensivo o descalificador.

Ante esta actitud de acedia, la tentación del creyente, como en este caso, es la vergüenza. Pero David, hombre de Dios, nos enseña con su ejemplo, la actitud de firmeza que ha de tener el creyente, ignorando a los que lo ignoran.

La respuesta de David a Mikal

Respondió David a Mikal: "Yo danzo en presencia del Señor [y no, como tú dices, delante de las mujeres de mis servidores], y danzo ante El porque El es el que me ha preferido a tu padre y a toda tu casa para constituirme caudillo de Israel, el pueblo del Señor. Vive el Señor, que yo danzaré ante El y me haré más despreciable todavía; seré despreciable y vil a tus ojos, pero seré honrado ante las criadas de que hablas". Y Mikal, hija de Saúl, no tuvo ya hijos hasta el día de su muerte (vv. 21-23). David la repudió.


2.3.) La acedia de los hijos de Jeconías

Narra el Primer Libro de Samuel (6,13-21) cómo el Arca fue devuelta por los filisteos a los israelitas, para librarse del azote de la peste. Se alegraron con el retorno del Arca los habitantes de Bet-Shémesh. Excepto una familia, que fue por eso duramente castigada.

He aquí otro ejemplo de lo que es acedia: ausencia de la debida alegría a causa de la presencia de Dios; indiferencia.

Estaban los de Bet-Shémesh segando el trigo en el valle, y alzando la vista vieron el Arca. El momento era inoportuno, pues la siega era la ocupación más importante del año, e interrumpirla para una fiesta era un gravísimo trastorno.

Sin embargo, los piadosos labriegos, al ver venir el Arca se llenaron de alegría: "y fueron gozosos a su encuentro. Al llegar la carreta al campo de Josué de Bet-Shémesh, se detuvo. Había allí una gran piedra. Astillaron la madera de la carreta y ofrecieron las vacas que venían tirando de ellas en holocausto al Señor. Los levitas bajaron el Arca del Señor y el cofre que estaba a su lado y que contenía los exvotos de oro ofrecidos en desagravio por los filisteos y lo depositaron todo sobre la gran piedra. Los de Bet-Shémes ofrecieron aquél día holocaustos e hicieron sacrificios al Señor."

"Pero de entre los habitantes de Bet-Shémesh,los hijos de Jeconías no se alegraron cuando vieron el Arca del Señor."

Es de presumir que los hijos de Jeconías lamentaron esa llegada porque interrumpía la siega. La siega era en sí misma una ocasión festiva. El fastidio por la aparición del Arca, sugiere que la raíz de la acedia, suele estar, como en este caso, en el conflicto de los intereses materiales con los religiosos.

A causa de la mezquindad del corazón de los hijos de Jeconías castigó el Señor a setenta de sus hombres y el pueblo hizo duelo porque el Señor los había castigado duramente.


2.4.) El Menosprecio de un Profeta

Relacionado con el desprecio hacia el fervor de David, y por lo tanto apropiado para ejemplificar la acedia en forma de burla o menosprecio, es el episodio que narra el Segundo Libro de los Reyes. Cuenta que el profeta Eliseo iba subiendo por el camino hacia Betel cuando unos niños pequeños salieron de la ciudad y se burlaban de él, diciendo: "¡Sube, calvo! ¡Sube, calvo!"

Él se volvió, los vio y los maldijo en nombre del Señor. Salieron entonces dos osos del bosque y destrozaron a cuarenta y dos de ellos (2 Reyes 2,23-24)

El relato tiene, al parecer, una intención didáctica, admonitoria, destinada a inculcar el respeto hacia los hombres de Dios entre la gente menuda, la cual puede inclinarse, por ligereza infantil, a quedarse festivamente en las posibles extravagancias exteriores de los hombres de Dios y a incurrir en la burla irrespetuosa. Como veremos, el menosprecio de los profetas - que no siempre se queda en burlas - es algo que Dios reprocha con frecuencia a su pueblo, y uno de los temas de la diatriba de los profetas y de Jesús.

La acedia tiene sus raíces infantiles, puesto que también desde niños hay piedad e impiedad, religión e irreligión, gozo de la caridad o envidia. Hay por eso necesidad de educar, cultivar y corregir el corazón de los niños. A ellos y a nosotros les inculca este episodio que no hay que distraerse con los lunares de la santidad; que los hombres de Dios, son hombres de Dios, y que no hay que menospreciarlos ni reírse de ellos, por más cómico o despreciable que nos resulte su aspecto. Porque reparar en sus lunares y no ver su santidad, es ceguera y necedad. Y esos dos osos han destrozado cruelmente a muchos irreverentes.

La burla: hija de la acedia

La Sagrada Escritura conoce esa forma de impiedad militante, que no es sólo cosa de niños sino también de grandes: la burla.

Los burlones son los que en el salmo primero se llaman, en hebreo, letsím: "Dichoso el hombre que no camina según el consejo de los impíos, que en la senda de los pecadores no se detiene, que no se sienta en el corrillo de los burlones." (Salmo 1,1)

La burla implica desconsideración, ligereza, irreverencia. Es una expresión de menosprecio. Es injuriosa, sobre todo cuando se la infiere a quien se debería honrar y respetar.

En el reproche de Judas a María está ya implícita la lógica del menos-precio que se irá manifestando durante la Pasión: en la venta por treinta monedas, en las burlas de la soldadesca. La burla nace del menosprecio y siembra más menosprecio.

En el Antiguo Testamento, el Señor amenaza a su pueblo con convertirlo en irrisión y en espectáculo del mundo: " ...los convertiré en espantajo para todos los reinos de la tierra: maldición, pasmo, rechifla y oprobio entre todas las naciones a donde los arroje, porque no oyeron las palabras que les envié por mis siervos."

El pueblo elegido se lamenta de que a causa de sus pecados, el Señor los ha entregado a la burla de sus enemigos: "Nos haces el escarnio de nuestros vecinos, irrisión y burla de los que nos rodean; nos has hecho el refrán de los gentiles, nos hacen muecas las naciones." Así es, por dar un ejemplo, el caso del impío Nicanor, quien se burla de los sacerdotes y de los ancianos y escupe el Templo. (1 Macabeos 7,34)

En el Nuevo Testamento, la burla que padecen los buenos cristianos, ya no es un castigo. Es participación en la suerte de su Maestro, que fue burlado y escupido. La Carta a los Hebreos enumera la burla a la par de los azotes entre los sufrimientos de la persecución: "unos fueron torturados, rehusando la liberación por conseguir una resurrección mejor; otros soportaron burlas y azotes, y hasta cadenas y prisiones, apedreados, torturados, aserrados, muertos a espada..." (Hebreos 11,35-37)

Detrás de las burlas a personas, a sus nombres, a palabras, signos y símbolos sagrados, hábitos religiosos, objetos de culto, espacios sagrados, está la acedia: tristeza e irritación por los bienes que se escarnece. Esa burla, hija de la acedia, sigue acompañando hoy a la Iglesia como forma de persecución, y es tan habitual que a muchos ya no les causa extrañeza y pasa a menudo inadvertida hasta de las mismas víctimas.

Esaú menosprecia la primogenitura

Cuenta la Escritura (Génesis 25,29-34) cómo Esaú le vendió a su hermano Jacob la primogenitura por un plato de guiso.

Es otro ejemplo clásico de acedia como menosprecio - y consiguiente postergación y pérdida - de los bienes espirituales, debido a la compulsión y a la urgencia de un apetito.

Esaú llegó hambriento del campo y Jacob aprovechó la ocasión: "Véndeme ahora mismo tu primogenitura". Esaú respondió: "¿Qué me importa la primogenitura?" Jacob lo urgió para que se la vendiera con juramento: "Y él se lo juró, vendiendo su primogenitura a Jacob. Jacob dio a Esaú pan y el guiso de lentejas, y este comió y bebió, se levantó y se fue. Así desdeñó Esaú la primogenitura", concluye melancólicamente el relato.

Y ya que hablamos de acedia en el corazón de los herederos de las Promesas e hijos de los Patriarcas, también los hermanos de José menosprecian envidiosamente a su hermano, ignorantes de que sería él quien los salvaría. (Génesis 37-45)


2.5.) Rehusar el gozo y el llanto

La acedia se opone al gozo de la caridad y por lógica induce a gozarse y a alegrarse por lo que entristece a la caridad. Los apetitos de la acedia y de la caridad son contrarios, como los de la carne y el Espíritu.

Puesto que la Caridad es amistad entre la creatura y Dios, el amigo de Dios se alegra en el Bien que es Dios y quiere que Dios sea reconocido y amado. El amigo comparte los gozos y tristezas de su amigo.

La acedia impide precisamente esta participación y comunión en los sentimientos de Dios. El texto que cito a continuación, en el que Jesús les reprocha su indiferencia a los que se han rehusado a compartir sus sentimientos, ilustra el rol que juega la acedia en el drama evangélico:

"¿Con quién compararé a los hombres de esta generación? ¿Y a quién se parecen? Se parecen a los chiquillos que, sentados en la plaza, se gritan unos a otros diciendo: Os hemos tocado la flauta y no habéis bailado, os hemos entonado endechas, y no habéis llorado. Porque ha venido Juan el Bautista, que no comía pan ni bebía vino, y decís: Demonio tiene. Ha venido el Hijo del Hombre, que come y bebe, y decís: Ahí tenéis a un comilón y a un borracho, amigo de publicanos y pecadores. Pero, la Sabiduría se ha acreditado por todos sus hijos."(Lucas 7,3l-35)

La actitud de acedia como un "no" a la fiesta, la ilustran las parábolas de los invitados al Banquete. En estas parábolas queda claro cómo las preocupaciones de este mundo ocultan el bien verdadero a los que les entregan el corazón. Los invitados se excusan de la fiesta a causa de sus ocupaciones, como los hijos de Jeconías en Bet-Shémesh. Los hombres que siguen su apetitos carnales y no creen (= esta generación"), descalifican a los que obran movidos por impulsos y apetitos espirituales. No puede haber entre ellos comunión de sentimientos: ni de gozos ni de tristezas. Por eso pueden parecer insensatos los unos a los otros.

En la enseñanza de Jesús se puede espigar otros ejemplos de esta distonía de sentimientos entre sus discípulos y los que no lo son: "Un día en que los discípulos de Juan y los fariseos ayunaban, vienen a decirle: ¿Por qué mientras los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan, tus discípulos no ayunan? Jesús les dijo: ¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Mientras tengan consigo al novio no pueden ayunar. Días vendrán en que les será arrebatado el novio, entonces ayunarán en aquél día." (Marcos 2,18-20)

Las dos parábolas que siguen a este pasaje, la del parche sobre el vestido viejo y la del vino nuevo en los odres viejos, aluden a la necesidad de convertirse totalmente, para poder entrar en comunión con los sentimientos de Jesús y sus discípulos y poder comprender lo que hacen. (Marcos 2,20-22)

Los gozos y los dolores de los discípulos son contrarios e incompatibles con los del mundo, como los apetitos del espíritu son contrarios a los de la carne. (Gálatas 5,17) Por eso dice Jesús a sus discípulos: "Yo os aseguro que lloraréis y os lamentaréis y el mundo se alegrará" (Juan 16,20). En esta oposición tiene su explicación la acedia. De ahí que Pablo nos invite a tener los mismos sentimientos que Cristo Jesús. Miro en este instante a mi Jesús y me río del mundo entero con Él. Déjeme llorar entre sus brazos todo el día, mientras los demás se ríen y se divierten, que poco me importa a mí llorar mirando a la Alegría infinita, gustar la amargura junto a la dulzura divina de Jesús. (p.160). Citas tomadas de: PURROY Marino, Teresa de los Andes cuenta su vida, Ed. Carmelo Teresiano, PP. Carmelitas, Santiago, Chile l992,l92 pags.


2.6.) El clamor de las piedras

Los que al tiempo de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén se escandalizaban por el fervor popular que deberían haber compartido en vez de reprobar, padecían de esta insensibilidad característica de la acedia:

"Al acercarse a la bajada del monte de los Olivos, la multitud de sus discípulos, llenos de alegría, se pusieron a alabar a Dios a voz en cuello, por todos los milagros que habían visto. Decían: Bendito el Rey que viene en nombre del Señor. Paz en el cielo y gloria en las alturas. Algunos fariseos que se encontraban entre la gente dijeron a Jesús: Maestro, reprende a tus discípulos. Pero Jesús les contestó: Yo les aseguro que si éstos callasen, las piedras gritarían." (Lucas l9,37-40)

San Lucas oye en la boca de la multitud de discípulos que aclama a Jesús en su entrada triunfal a Jerusalén, palabras que recuerdan a las que cantan los ángeles anunciando el nacimiento a los pastores: "Paz en el cielo y gloria en las alturas" (Lucas 19,38, ver 2,14). Los ángeles y los humildes hablan, en un mismo idioma celestial, de los bienes que sólo ellos pueden ver. Al niño lo anunciaron los ángeles, ahora al Rey lo anuncian los pequeños. Allá los pastores creyeron, aquí los doctores se indignan.

San Lucas - notémoslo aquí de paso -es celebrado justamente como el evangelista de los pobres y sencillos, así como del gozo y de la alegría del Espíritu Santo. Pero es menos reconocido como el evangelista más sensible para la acedia y que muestra una mayor aversión a este pecado. Es, por ejemplo, el evangelista de los Ayes sobre los acediosos (Lucas 6,24-26; 11,39-44). Y en el pasaje que hemos trascrito antes, contrapone a la fe y al gozo de los discípulos, la protesta indignada, malhumorada y sombría, característica de la acedia y de la incredulidad militantes. El hijo mayor, en la parábola del Hijo Pródigo, es otro ejemplo típico de la misma actitud atrabiliaria (Lucas 15,25-32).

Como se ve, a los acediosos, el júbilo de los buenos les parece reprensible. El motivo de esta distonía emocional es que no comparten su fe. Verdaderamente son opuestos el gozo de los discípulos y la tristeza de los que no lo son, aunque le digan Maestro. Este mismo esquema de comportamiento volveremos a encontrarlo en la civilización de la acedia de la que trataremos en el capítulo cuarto.


2.7.) El pecado de Caín

Habitualmente se considera el pecado de Caín como un pecado de envidia hacia su hermano Abel. Y lo es. Pero no de envidia simplemente. Sino de aquella especie de envidia que llamamos acedia.

Hay acedia en el Pecado de Caín (Génesis 4, 3-8). Acedia respecto del bien de su hermano, cuya ofrenda fue acepta a Dios. Pero también acedia, respecto de la complacencia de Dios sobre la ofrenda de Abel. Si Caín hubiese estado en actitud de amistad con Dios, se habría alegrado por el beneplácito de su Amigo divino, porque el verdadero amigo se alegra por las alegrías de su amigo.

Es verosímilmente por esa falta de amistad cordial, por lo que dice el texto que: "el Señor no miró propicio a Caín y su oblación." Si Caín hubiera buscado con su ofrenda exclusivamente agradar a Dios, se habría alegrado con el gozo divino, fuera por el motivo que fuese; y en el caso concreto, con motivo de la ofrenda de su hermano. Caín no envidiaba en Abel ningún bien profano, sino precisamente su condición de amigo de Dios, de elegido y grato a Dios.

Lo que generalmente se llama envidia de Caín a su hermano es, por lo tanto, propiamente acedia. Y esta precisión hay que hacerla cada vez que encontramos envidia hacia un hombre de Dios: profeta, justo o elegido, ya sea en las Escrituras, ya sea en la historia o en la vida de la Iglesia.

Acedia en la historia de Salvación

San Clemente romano en su Carta a los Corintios, para explicar el mal que está aquejando a dicha comunidad eclesial, se remonta a trazar un panorama de la acedia en la historia de la salvación, comenzando justamente por el pecado de Caín. Parece oportuno y provechoso insertar aquí ese recuento:

"Ya véis, hermanos, cómo los celos y la acedia produjeron un fratricidio. A causa de la acedia, nuestro padre Jacob tuvo que huir de la presencia de su hermano Esaú. La acedia hizo que José fuera perseguido hasta punto de muerte y llegara hasta la esclavitud. La acedia obligó a Moisés a huir de la presencia de Faraón, rey de Egipto, al oír a uno de su misma tribu: ´¿Quién te ha constituído árbitro y juez entre nosotros? ¿Acaso quieres tú matarme a mí, como mataste ayer al egipcio?´ Por la acedia, Aarón y María hubieron de acampar fuera del campamento. La acedia hizo bajar vivos al Hades a Datán y Abirón, por haberse rebelado contra el siervo de Dios, Moisés. Por acedia no sólo tuvo David que sufrir envidia de parte de los extranjeros, sino que fue perseguido por Saúl, rey de Israel."


2.8.) El Pecado Original

Después de haber dado ejemplos de la acedia como distonía con el sentir y el beneplácito divino, después de un análisis más afinado del mal de Caín, y después de los ejemplos bíblicos de desafecto a los elegidos de Dios que compendia Clemente romano, el lector podrá ahora advertir más fácilmente cuánto de acedia tuvo el Pecado Original.

Acedia tanto en el Tentador, como en Adán y Eva: "Por acedia del Diablo entró la muerte en el mundo y la experimentan los que le pertenecen" (Sabiduría 2,24)

La Serpiente es la primera que "tiende lazos a los justos que la fastidian" (Sabiduría 2,12). Lo hace con Adán y Eva y lo hará con Job. (Job 1,1-22) Después de ella, la raza de sus descendientes se airará de igual modo contra el justo y querrá también ponerlo a prueba: "Es un reproche de nuestros criterios, su sola presencia nos es insufrible, lleva una vida distinta de todas y sigue caminos extraños... sometámosle al ultraje y al tormento para conocer su temple y probar su entereza." (Sabiduría 2,14-15.19)

El Tentador los indujo a acedia. Tristeza de no ser como Dios, tristeza a causa del mandamiento, y de allí se siguió la desobediencia. Así comenzaron:

·  el desacuerdo entre los apetitos

·  el trastorno de los sentidos, característicos de la naturaleza caída.


Apetito y visión

En el relato bíblico de la caída se nos enseña, en primer lugar, que el apetito gobierna la visión: "el día en que comiereis, se os abrirán los ojos." Y en segundo lugar, que la visión, a su vez, excita el apetito: "como viese la mujer que era bueno para comer y apetecible a la vista."

El pecado ha modificado la manera de percibir. Ha trastornado precisamente la capacidad de conocer el bien y el mal: "entonces se les abrieron a entrambos los ojos y conocieron que estaban desnudos." (Génesis 3,5-7)

Esta relación entre apetito y visión es fundamental para comprender la naturaleza de la acedia. Ella nos orientará a la hora de ocuparnos de la pneumodinámica de la acedia. (Ver 7.) La acedia, como tristeza por el bien, supone una ceguera para percibirlo. Sólo la insensibilidad para el bien puede explicar la aversión hacia él. Este mal implica pues, un trastorno de las facultades.


2.9.) Dos ayes proféticos sobre la acedia

Nos ayudará a avanzar en la comprensión de la naturaleza de la acedia, recordar dos ayes proféticos referentes a ella.

El primer Ay que deseamos recordar es el de Jeremías:

"¡Maldito el hombre que confía en el hombre, y hace de la carne su apoyo apartando del Señor su corazón! Es como el tamarisco en el desierto de Arabá y no verá el bien cuando venga." (Jeremías l7,5-6)

No ver el bien: acedia como apercepción

"No verá el bien cuando venga". He ahí la a-percepción del bien que caracteriza la acedia. La tristeza por el bien del que se goza la caridad, sólo es posible cuando no se ve ese bien o se lo ve como un mal. El texto de Jeremías instruye sobre las causas de esa ceguera.

Si el impío no ve el bien: "los rectos - por el contrario - lo ven y se alegran, a la maldad se le tapa la boca." (Salmo 106,42)

Es propio de Dios el mostrar o hacer ver los bienes salvíficos: "En tu luz vemos la luz" (Salmo 35,10); "Ábreme Señor los ojos y contemplaré las maravillas de tu voluntad" (Salmo 118, 18); "Al que sigue el buen camino le haré ver la salvación de Dios." (Salmo 49,23)

Sin la ayuda de la gracia de Dios, ni los mismos miembros del pueblo de Dios serían capaces de ver y reconocer las grandes gestas de la salvación: "Habéis visto todo lo que hizo el Señor a vuestros propios ojos en Egipto con Faraón, sus siervos y todo su país: las grandes pruebas que tus mismos ojos vieron, aquellas señales, aquellos grandes prodigios. Pero hasta el día de hoy no os había dado el Señor corazón para entender, ojos para ver, ni oídos para oír." (Deuteronomio 29,1-3)

En cuanto a los bienes del Nuevo Testamento, Jesús afirma que es necesario nacer de nuevo y de lo alto para "ver el Reino." (Juan 3,3.5)

Llamar "mal" al "bien": acedia como dispercepción

El otro Ay profético contra la acedia, se encuentra en el libro de Isaías:

"¡Ay, los que llaman al mal bien y al bien mal; los que dan la oscuridad por luz, y la luz por oscuridad; que dan lo amargo por dulce y lo dulce por amargo! ¡Ay, los sabios a sus propios ojos, y para sí mismos discretos!" (Isaías 5,20-21)

Entristecerse por el bien del que goza la caridad, como hace la acedia, es dar por mal ese bien; es dar lo dulce por agrio o por amargo, dar la luz por tinieblas. El texto de Isaías describe el mecanismo perverso de la acedia y lo explica por la soberbia que se guía por el propio juicio, sometido y esclavizado por la pasión caída. Son los que, como dirá San Pablo, aprisionan la verdad con la injusticia. (Rom 1,18)

Esta confusión de bien por mal, este trastorno de la percepción, puede llamarse dispercepción y es característica de la acedia. Podría hablarse, en otras palabras, de falta de discernimiento: "Vosotros que odiáis el bien y amáis el mal." (Miqueas 3,2) "Justificar al malo y condenar al justo, ambas cosas abomina el Señor." (Proverbios 17,15)

El alimento del niño mesiánico, y el del pueblo de los tiempos mesiánicos será "cuajada y miel para que aprenda a rehusar lo malo y elegir lo bueno." (Isaías 7,15-16; 22) La cuajada agria y la miel dulce enseñan a distinguir los sabores del bien y del mal: de la dulzura y el gozo de la caridad, y del agriamiento de la acedia. Aquí también, los sabores adiestran la visión.

La divina presencia que tiene lugar con la llegada del Emmanuel, enseña al pueblo a discernir el bien y el mal.


2.10.) La Acedia como ceguera

La relación entre apetito y visión, que establece la Sagrada Escritura, es fundamental para comprender la naturaleza de la acedia. Los dos ayes proféticos sobre la acedia que acabamos de recordar, el de Jeremías y el de Isaías, se complementan para enseñarnos cuál es la naturaleza de este mal. Primero como apercepción del bien: "no verá el bien cuando venga." Y luego como dispercepción: "dar el bien por mal y el mal por bien."

Trataremos a continuación de una serie de episodios y temas bíblicos que ilustran la apercepción - dispercepción características de la acedia: la idolatría de las naciones y del pueblo elegido; la ceguera de los discípulos de Jesús; la ceguera de los guías espirituales de Israel; el menosprecio y rechazo de los profetas; el desprecio de la Tierra prometida, el menosprecio del testimonio de Jesús, la acedia de Pedro frente a la Cruz.

La idolatría como ceguera

La ceguera para el bien, mal común de la humanidad, como que es consecuencia del pecado original, es la causa del pecado de idolatría, común a todas las culturas vecinas del pueblo de Dios. En ocasiones también incurre en idolatría el pueblo de Dios, para cuyos miembros es una tentación perenne, como lamentan Moisés y los Profetas.

La polémica contra la idolatría, los idólatras, los ídolos y los fabricantes de ídolos, es un tema recurrente en la Sagrada Escritura, desde el Pentateuco hasta los Sapienciales. Y continúa en el Nuevo Testamento, en la predicación de Jesús y de los Apóstoles.

La idolatría aparece tipificada, en una serie de textos bíblicos, como apercepción: ceguera, insensibilidad, embotamiento de los sentidos. Y también como dispercepción: dureza del corazón, al cual, como órgano del discernimiento, le corresponde distinguir el bien y el mal.

Los idólatras son tan insensibles - o casi - para percibir el bien y el mal, o para discernir el uno del otro, como los ídolos que se fabrican.

Isaías dice: "¡Escultores de ídolos! Todos ellos son vacuidad; de nada sirven sus obras más estimadas; sus servidores nada ven y nada saben, y por eso quedarán abochornados... no saben ni entienden, sus ojos están pegados y no ven; su corazón no comprende. No reflexionan, no tienen ciencia ni entendimiento... A quien se apega a la ceniza, su corazón engañoso lo extravía. No salvará su vida. Nunca dirá: ´¿Acaso lo que tengo en la mano es engañoso?´" (Isaías 44,9.l8-l9a.20)

En esto, los sabios coinciden con los profetas. El autor del libro de la Sabiduría pondera el enceguecimiento de los egipcios idólatras y por eso mismo, enemigos del pueblo de Dios: "¡Insensatos todos en sumo grado y más infelices que el alma de un niño (que no discierne el bien del mal), los enemigos de tu pueblo que un día lo oprimieron! Como que tuvieron por dioses a todos los ídolos de los gentiles que no pueden valerse de sus ojos para ver, ni de su nariz para respirar, ni de sus oídos para oír, ni de los dedos de sus manos para tocar, y sus pies son torpes para andar." (Sabiduría 15,14-15)

También el Salmista considera que los idólatras son tan ciegos e insensibles como la obra de sus manos: "Los ídolos de ellos son plata y oro, obra de mano de hombre. Tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen, nariz y no huelen. Tienen manos y no palpan, tienen pies y no caminan, ni un solo susurro en su garganta. Como ellos serán los que los hacen, cuantos en ellos ponen su confianza." (Salmo 113b(115),4-8) Esta ceguera les impide ver la Gloria de Dios y por eso preguntan: "¿Dónde está su Dios?" (v.2) Son ciegos para la Omnipresencia, que es, en cambio, evidente para los fieles: "nuestro Dios está en los cielos y en la tierra y hace todo lo que El quiere." (v.3)

Algo más matizada y benévolamente juzga a los idólatras el Sabio. El idólatra - dice - "vale ciertamente más que los ídolos que adora: él, por un tiempo al menos, goza de vida, ellos jamás." (Sabiduría 15,17b)

Lo cual no impide que el sabio considere que es una misma clase de ceguera la que llevaba a los impíos:

·  a ignorar al verdadero Dios

·  a adorar a los ídolos

·  a perseguir al pueblo elegido

·  a desoír la voz del Dios que quería sacar a su pueblo de Egipto. Eran tan ciegos para las obras de Dios como para sus designios. Y esa ceguera, no sólo los privó de los grandes y verdaderos bienes sino que los precipitó en la destrucción y la ruina causada por tremendos castigos. Terrible mal, la acedia.


Ceguera del pueblo elegido

Desgraciadamente, Israel no les va en zaga a las naciones cuando se enceguece detrás de los ídolos. En la Escritura se habla en los mismos términos de la idolatría de los gentiles que de la del pueblo elegido: ceguera, insensibilidad del corazón.

Aún previendo el endurecimiento del corazón y la incredulidad de su pueblo, y sólo por fidelidad consigo, el Señor les envía, a pesar de todo, a Isaías: "Ve y di a ese puebo; ´Escuchad bien, pero no entendáis; ved bien pero no comprendáis. Haz torpe el corazón de ese pueblo y duros sus oídos, y pégale los ojos, no sea que vea con sus ojos, y oiga con sus oídos, y entienda con su corazón, y se convierta y se le cure´" (Isaías 6,9-10)

Como se ve, el tema bíblico del corazón endurecido y el corazón de piedra que Dios quiere transformar y cambiar en un corazón nuevo, de carne, corre paralelo con el de la ceguera y la insensiblidad de los sentidos y tiene que ver con la salvación del mal de acedia. Es el mal del corazón insensible para el bien verdadero e incapaz de conocer a Dios. Jeremías no exceptúa al pueblo elegido de esa ceguera, semejante a la idolatría de los paganos: "Pueblo necio y sin seso, tienen ojos y no ven, oídos y no oyen." (Jeremías 5,21) Y a Ezequiel lo compadece el Señor en estos términos: "Tú vives en medio de una casa de rebeldía: tienen ojos para ver y no ven, oídos para oír y no oyen." (Ezequiel 12,2)

El pueblo de la Alianza se había precipitado en la idolatría desde sus más tempranos comienzos, apenas Moisés tardó un poco en bajar del monte Sinaí con las tablas de la alianza:

"Anda - le dijeron a Aarón - haznos un dios que vaya delante de nosotros, ya que no sabemos qué ha sido de Moisés, el hombre que nos sacó de Egipto." (Exodo 32,1) Terrible ceguera y blasfemia, no ver en la salida de Egipto la obra de Dios, sino la de "el hombre" Moisés. Y mayor atrocidad aún atribuir al ídolo la salvación obrada por Dios: "Se han hecho un becerro fundido y se han postrado ante él; le han ofrecido sacrificios y han dicho: ´Este es tu dios, Israel, el que te ha sacado de Egipto´"(Exodo 32,8)

Por lo tanto, hasta el pueblo elegido puede enceguecerse para el bien y entristecerse por lo que debería ser su alegría en la Alianza. Puede comportarse como un pueblo de dura cerviz, que provoca la ira de Dios. (Éxodo 32,9)

No está libre de tentación de acedia ni siquiera el buen Josué, cuando cela a Eldad y Medad porque profetizan, en vez de alegrarse como Moisés. (Números 11,26-29)

Aún en los casos en que el pueblo elegido ve mejor y más que los paganos, la Escritura enseña que eso no se debe a méritos o capacidades propias, sino porque el Señor le hace capaz de ver: "Habéis visto todo lo que hizo el Señor a vuestros propios ojos en Egipto con Faraón, sus siervos y todo su país: las grandes pruebas que tus mismos ojos vieron, aquellas señales, aquellos grandes prodigios. Pero hasta el día de hoy no os había dado el Señor corazón para entender, ojos para ver, ni oídos para oír." (Deuteronomio 29,1-3)

Conviene notar por último, antes de abandonar este recorrido por los textos, y en vistas a los análisis sobre las causas de la acedia que haremos más adelante, que lo que precipita al pueblo elegido en la acedia suele ser o la impaciencia o el miedo. Impaciencia en los sufrimientos de la travesía por el desierto o miedo a sus enemigos. Las privaciones borran la memoria de las gestas divinas de liberación, debilitan su esperanza en las promesas de Dios, le impiden ver las obras del Señor que lo acompañan, y esperar que lo auxiliará contra sus enemigos, como le asegura.

Ceguera en el Nuevo Testamento

Jesús entiende la situación espiritual de sus discípulos como prolongación de la incredulidad de Israel. Los sabe sometidos a las mismas tentaciones y debilidades. Por eso los amonesta en el mismo estilo y parecidos términos. Veamos un ejemplo.

En un momento en que se preocupan más de su pan que del Reino, Jesús los ve en peligro de contagiarse de la "levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes", y los reprende así: "¿Por qué estáis hablando de que no tenéis panes? ¿Aún no comprendéis ni entendéis? ¿Es que tenéis la mente embotada? ¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís? ¿No os acordáis de cuando partí cinco panes para cinco mil?"

El hambre, que fue una celada fatal para Esaú y para la generación del desierto, amenaza ahora con hacer caer a los discípulos en su lazo.

Es que - como enseñaba Jesús - las preocupaciones de esta vida ahogan la semilla de la Palabra sembrada en los corazones (Marcos 4,19). Y, como explica ulteriormente San Pablo: la avaricia, la codicia, el afán de los bienes de este mundo, son como un pecado de idolatría (Colosenses 3,5): a fuerza de perseguir los bienes materiales con afán desmedido, hacen insensibles y ciegos para los bienes espirituales.

El Apóstol se hace eco de la diatriba bíblica contra los idólatras, cuando les reprocha a los gentiles su ceguera e insensibilidad para percibir al Creador a través del espectáculo de las creaturas:

"En efecto, la cólera de Dios se revela desde el cielo contra la impiedad e injusticia de los hombres que aprisionan la verdad en la injusticia; pues lo que de Dios se puede conocer, está en ellos manifiesto: Dios se lo manifestó. Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad, de forma que son inexcusables; porque, habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, antes bien se ofuscaron en vanos razonamientos y su insensato corazón se entenebreció: jactándose de sabios se volvieron estúpidos, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una representación en forma de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos, de reptiles."

Aquí también, la perversión de la visión está vinculada con la perversión de los apetitos: "Aprisionar la verdad con la injusticia", como dice el Apóstol, es distorsionar la percepción del bien por la pasión y el apetito desordenados. Y una vez aprisionada la verdad, ya no es posible liberarse y se queda esclavizado y a merced de los apetitos.

He aquí la misma doctrina, a la que aludimos antes, acerca de la circularidad entre gusto y visión, entre conocimiento y pasión, entre percepción y apetito, inteligencia y voluntad. La ceguera de los ojos tiene que ver con las pasiones del corazón.

Por no haber reconocido a Dios a través de las creaturas, se desviaron sus apetitos y se pervirtieron: "Por eso Dios los entregó a las apetencias de su corazón, hasta una impureza tal que deshonraron entre sí sus cuerpos; a ellos que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a las creaturas en vez del Creador... Por eso los entregó Dios a pasiones infames... entrególos a su mente réproba." (Romanos 1,24-28)

Hemos citado largamente estos textos de Pablo, porque ellos ofrecen una descripción del fenómeno de la acedia como apercepción y dispercepción, así como de los pasos de su proceso.

"Ciegos guías de ciegos"

No solamente los gentiles idólatras reciben el epíteto de ciegos, también a los guías espirituales del pueblo elegido les reprocha Jesús su ceguera: "Son ciegos que guían a ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo" (Mateo 15,14). Los discípulos - como hemos dicho - no están exentos de incurrir en la misma insensibilidad y hacerse merecedores del mismo juicio. A continuación del reproche a los escribas Jesús, vuelto hacia Pedro lo amonesta: "¿También vosotros estáis todavía sin inteligencia?" (15,16) Los discípulos tienen que guardarse de la levadura de los escribas y fariseos, que es la incredulidad y la hipocresía, porque les es igualmente fácil incurrir en ellas. Por eso los ayes de Jesús, pueden tener también algo de advertencia disuasoria para sus propios discípulos:

"¡Ay de vosotros escribas y fariseos hipócritas!... ¡Insensatos y ciegos! ¿Qué es más importante, el oro o el Santuario que hace sagrado el oro?... ¡Ciegos! ¿Qué es más importante, la ofrenda o el altar que santifica la ofrenda?... ¡Guías ciegos que coláis el mosquito y os tragáis el camello!" (Mateo 23,13-32; citamos los vv. 13.17.19.24)

"Esta generación pide una señal"

La ceguera de escribas y fariseos se pone singularmente de manifiesto ante los signos y milagros que hace Jesús.

Dándolos por inexistentes, le piden alguna señal. Jesús se niega a darles ninguna, excepto la que es El mismo: "Se presentaron los fariseos y comenzaron a discutir con él, pidiéndole una señal del cielo, con el fin de ponerle a prueba. Dando un profundo gemido desde lo íntimo de su ser, dice: ´¿Por qué esta generación pide una señal? Yo os aseguro: No se le dará a esta generación ninguna señal´... Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes." (Marcos 8,11-12.15)

A esta altura del relato evangélico de Marcos, Jesús ha hecho innumerables curaciones y milagros. Acaba de dar el signo de la segunda multiplicación de los panes ante una multitud, como va a recordárselo a sus discípulos un poco más adelante (8,19-20). Esa capacidad del pueblo elegido para tentar a Dios, se mezcla, como una levadura agria, con los prodigios del maná.

El salmista refiere las quejas y gemidos de Dios por esta dureza de corazón de sus elegidos: "Volvían una y otra vez a tentar a Dios, a exasperar al Santo de Israel." (Salmo 77(78),41)

¿Cuál es pues la levadura de la que los discípulos deben guardarse?: es la actitud de los que piden signos en el cielo, como resultado de su apercepción y ceguera para ver los signos de Dios.

Los discípulos deben guardarse de esa misma actitud agria.

No hay que pedirle a Dios que haga signos "en el cielo", es decir visibles para nosotros y que podamos ver desde donde nosotros estamos, sin movernos ni cambiar de posición ni de lugar, o sea sin convertirnos. Somos nosotros, quienes siguiendo a Jesús, tenemos que estar allí donde El hace sus signos; como estaba la multitud que lo seguía en descampado y asistió a la multiplicación de los panes. Ese es el gran signo que han olvidado los discípulos hambrientos.

Tenemos que ser capaces de ver los signos que Dios dio, sin que se los pidiéramos. Los que El soberanamente quiere dar y allí donde a su divino arbitrio quiera darlos. Pero pedírselos, es tentarlo y menospreciar los que ha dado.

Mataron a los profetas

Los ayes sobre escribas y fariseos concluyen con unas palabras de Jesús que ponen en relación su incredulidad con la de sus antepasados: "Sois hijos de los que mataron a los profetas. ¡Colmad también vosotros la medida de vuestros padres!" (Mateo 23,31-32)

Es éste un tema de la predicación de Jesús que pone de manifiesto otra faceta del pecado de acedia: la ceguera hereditaria para reconocer a los mensajeros de Dios.

"Edificáis los sepulcros de los profetas y adornáis los monumentos de los justos, y decís: ´Si nosotros hubiéramos vivido en el tiempo de nuestros padres, no habríamos tenido parte con ellos en la sangre de los profetas´ con lo cual atestiguáis que sois hijos de los que mataron a los profetas! ¡Colmad también vosotros la medida de vuestros padres!

¡Serpientes, generación de víboras! ¿Cómo vais a escapar a la condenación de la Gehenna? Por eso, mirad: os voy a enviar a vosotros profetas, sabios y escribas: a unos los mataréis y los crucificaréis, a otros los azotaréis en vuestras sinagogas y los perseguiréis de ciudad en ciudad, para que recaiga sobre vosotros toda la sangre de los justos derramada sobre la tierra desde la sangre del justo Abel hasta la sangre de Zacarías, hijo de Baraquías, a quien matasteis entre el Santuario y el altar. Yo os aseguro que todo esto recaerá sobre esta generación." (Mateo 23,30-36)

El mártir Esteban se hace eco de esta diatriba de Jesús. Ella proviene del mismo celo caritativo por la corrección del pueblo amado, de la misma fortaleza ante el martirio y de la misma capacidad de perdonar que tuvo Jesús:

"¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! ¡Vosotros siempre resistís al Espíritu Santo! ¡Como fueron vuestros padres así sois vosotros! ¿A qué profeta no persiguieron vuestros padres? Ellos mataron a los que anunciaban de antemano la venida del Justo, de aquél a quien vosotros ahora habéis traicionado y asesinado, vosotros que recibisteis la Ley por mediación de ángeles y no la habéis guardado" (Hechos 7,51-53).

"Despreciaron una Tierra envidiable"(Salmo 105(106),24)

El Salmo se refiere, con esta frase, al episodio narrado en Números caps. 13-14 y en Deuteronomio 1,19-46. Lo comenta, y da en una pincelada su significación espiritual, que es una acusación de acedia: despreciar el bien. Recordemos el episodio.

El pueblo no se alegró con el bien de la Tierra Prometida, que le pintaban Caleb y Josué, los buenos exploradores, testigos fidedignos de la bondad de la tierra, fieles a la verdad. El pueblo, en cambio, prefirió creer al testimonio de los malos exploradores, testigos falsos porque estaban enceguecidos por el miedo a los habitantes de la Tierra. El miedo les hacía olvidar las promesas del Señor, desconfiar de su asistencia, dudar de su amor y en consecuencia calumniar acrimoniosamente la tierra.

Pero menospreciar la tierra de la Promesa, equivalía a menospreciar al Señor que había prometido introducirlos en ella para dársela en propiedad: "¿hasta cuándo me va a despreciar este pueblo? ¿hasta cuándo van a desconfiar de mí, con todas las señales que he hecho entre ellos?" (Números 13,11). "... Ninguno de los que han visto mi gloria y las señales que he realizado en Egipto y en el desierto, que me han puesto a prueba ya diez veces y no han escuchado mi voz, verá la tierra que prometí con juramento a sus padres. No la verá ninguno de los que me ha despreciado." (Números 14,22-23)

Los exploradores habían subido a explorar la tierra en "el tiempo de las primeras uvas." (Num 13,20) Es decir el tiempo más hermoso y en el que la fertilidad de la tierra que mana leche y miel lucía en el esplendor de sus frutos: "una espléndida tierra, tierra de torrentes y de fuentes, de aguas que brotan del abismo en los valles y en las montañas, tierra de trigo y de cebada, de viñas, higueras y granados, tierra de olivares, de aceite y de miel, tierra donde el pan que comas no te será racionado y donde no carecerás de nada; tierra donde las piedras tienen hierro y de cuyas montañas extraerás el bronce. Comerás hasta hartarte y bendecirás al Señor tu Dios en esta espléndida tierra que te ha dado" (Deuteronomio 8,7-10)

"Subieron pues, y exploraron el país, desde el desierto de Sin hasta Rejob, a la entrada de Jamat. Subieron por el Négueb y llegaron hasta Hebrón donde residían los descendientes de Anaq. Llegaron al valle de Eshkol (que significa racimo) y cortaron allí un sarmiento con un racimo de uva que trasportaron con una pértiga entre dos, y también granadas e higos" (Números 13,20-23). Los exploradores llevaban consigo la evidencia del Bien de la Promesa, capaz de regocijar con su vista. Pero ellos no los vieron.

"Tomaron en su mano los frutos del país, nos los trajeron y nos comunicaron: ´Buena tierra es la que el Señor nuestro Dios nos da´. Pero vosotros - les reprocha Moisés - os negasteis a subir y os rebelasteis contra la orden del Señor vuestro Dios. Y os pusisteis a murmurar en vuestras tiendas: ´Por el odio que nos tiene nos ha sacado el Señor de Egipto, para entregarnos en manos de los amorreos y destruirnos. ¿A dónde vamos a subir? Nuestros hermanos nos han descorazonado al decir: ´es un pueblo más numeroso y más alto que nosotros, las ciudades son grandes y sus murallas llegan hasta el cielo. Y hasta gigantes hemos visto allí." (Deut. 1,25-28)

El pueblo estaba ciego no sólo para las obras de Dios, sino para sus motivos: atribuía a odio las obras de amor; confundía el plan de salvación con un plan de destrucción. Por eso, debido a su incredulidad, raíz de acedia, se entristecía por lo que debería alegrarse.

Moisés trató de alentarlos moviéndolos a creer en el amor y en la asistencia de Dios: "Yo os dije: `No os asustéis, no tengáis miedo de ellos. El Señor vuestro Dios, que marcha delante de vosotros, combatirá por vosotros, como visteis que lo hizo en Egipto, y en el desierto donde has visto que el Señor tu Dios te llevaba como un hombre lleva a su hijo, a todo lo largo de este camino que habéis recorrido hasta llegar a este lugar. Pero ni aún así confiasteis en el Señor vuestro Dios que era el que os precedía en el camino y os buscaba lugar donde acampar, con el fuego durante la noche para alumbrar el camino, y con la nube durante el día." (Deut. 1,29-33)

A pesar de las muestras de amor y de asistencia divina que el pueblo había visto - como le recordaba Moisés - se mantenía ciego. ¿Cuál iba a ser el castigo?: "esta generación incrédula, no verá la tierra prometida ni entrará en ella".

Su ceguera, su increduliad, su acedia, se harán proverbiales. Los rabinos hablarán de ella como "la generación del desierto" y la enumerarán en una misma lista con otras generaciones impías: la generación del Diluvio y la generación de Sodoma. Ninguna de esas generaciones, piensan los maestros de Israel, heredarán la tierra, ni entrarán en el siglo futuro: "El Señor oyó el rumor de vuestras palabras y en su cólera juró así: ´Ni un solo hombre de esta generación perversa verá la espléndida tierra que yo juré dar a vuestros padres, excepto Caleb hijo de Yefunné´" (Deut. 1,34-36)

Jesús: Explorador y Testigo

El diálogo de Jesús con Nicodemo (Juan 3,1-21) presenta a Jesús como Explorador, que viene a dar testimonio de la verdadera Tierra Prometida: el Reino de Dios, que viene. El pasaje del evangelio según San Juan está lleno de alusiones al episodio que tratan Números 13-14 y Deuteronomio 1,19-46.

Jesús se presenta como testigo de lo invisible, sabiendo de antemano que lo hace ante un pueblo rebelde que no ha creído en otros testimonios acerca de lo visible: "En verdad, en verdad te digo, nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero vosotros no aceptáis nuestro testimonio. Si al deciros cosas de la Tierra no creéis ¿cómo vais a creer si os digo cosas del Cielo? Nadie ha subido al Cielo, sino el que bajó del Cielo, el Hijo del Hombre que está en el Cielo." (Juan 3,11-13; ver Num 14,7-9)

En aquel entonces la generación incrédula no pudo ver ni entrar en la Tierra Prometida y tuvo que venir una nueva generación para verla y entrar en ella. Ahora, para ver el Reino y entrar en él, es necesario nacer de nuevo, pertenecer a la nueva generación bautismal, nacida del agua y del Espíritu. (Juan 3,3.5)

Jesús ve en la incredulidad contra la que él choca, la prolongación de un mismo misterio. Jesús hablará de "esta generación", no en sentido temporal cronológico, sino con el mismo sentido acuñado por la escolástica rabínica:

"Dando un profundo gemido desde lo íntimo de su ser dice: ¿Por qué esta generación pide una señal? Yo os aseguro: no se dará a esta generación ninguna señal" (Marcos 8,12)

"Quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del Hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles" (Marcos 8,38)

"¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo tendré que soportaros?" (Marcos 9,19)

"¿Con quién compararé a esta generación? Se parece a los niños sentados en las plazas..." (Mateo 11,16).

"Esta generación", en boca de Jesús, se dice en el sentido de raza; de descendencia rebelde de la serpiente rebelde. Es la acedia hereditaria que hemos señalado antes. Son los descendientes de los que quisieron apedrear a Moisés y a los exploradores (Números 14,10; Exodo 17,4), de los que se burlaban de Eliseo y de los que no recibieron a los enviados de Dios. A ellos refiere Jesús la parábola de los viñadores homicidas (Marcos 12,1-12).

La acedia de Pedro ante la Cruz

Por eso, cuando Pedro se niega a recibir el testimonio de Jesús acerca del misterio de la Cruz, se hace acreedor del nombre de Satanás, y en vez de piedra fundamental se convierte en piedra de escándalo (Mateo 16,18), no sólo para los más pequeños (Marcos 9,42), sino para Jesús mismo. (Mateo 16,23)

También Pedro estaba ciego. Una vez curado de su mal de acedia, el mismo apóstol, "confirmará a sus hermanos" (Lucas 22,31-32) y enseñará la bienaventuranza de la Cruz: "Si sufrierais a causa de la justicia, dichosos vosotros... Ya que Cristo padeció en la carne, armaos también vosotros de este mismo pensamiento: quien padece en la carne, ha roto con el pecado... No os extrañéis del fuego que ha prendido en medio de vosotros para probaros, como si os sucediera algo extraño, sino alegraos en la medida en que participáis en los sufrimientos de Cristo, para que también os alegréis alborozados en la revelación de su gloria. Dichosos vosotros si sois injuriados por el nombre de Cristo... Si alguno tiene que sufrir por ser cristiano, que no se avergüence, que glorifique a Dios por llevar este nombre."

Esta es la fe de Pedro, la "piedra" fundamental de la doctrina y de la parenesis martirial sobre el bautismo.

Pablo hablará, llorando, de los enemigos de la Cruz de Cristo (Filipenses 3,17-19). La suya es una tristeza cristiana a causa de la tristeza carnal. Para Pablo la gloria estará en la Cruz de Cristo. En su perspectiva, cristiana, el horror a la Cruz, el horror al martirio, el horror al sufrimiento por ser cristiano, el horror a la bienaventuranza, es acedia.

Esta recorrida algo prolija por episodios y textos bíblicos relativos a la acedia, pero muchos de ellos no referidos por lo común explícitamente a ella, habrá servido - esperamos - para familiarizar al lector con el ámbito de actitudes de espíritu ejemplares y arquetípicas de la acedia. Servirá de orientación y fundamento de lo que sigue.

 

Capítulo 3: Acedia y martirio


En la obra anterior traté de la acedia de los perseguidores, de los perseguidos y de Satanás como instigador de la persecución. Allí queda dicho que el Príncipe de este mundo es el tercer personaje que interviene en el martirio. En realidad es él el principal antagonista de los mártires. Es él el que inspira y azuza a los perseguidores. Él, el que pretende ‘corromper el pensamiento y el sentir’ del cristiano; y el que, cuando no ha logrado hacer apostatar al cristiano, previendo el triunfo del mártir, trata de impedir o de postergar la hora del martirio. Deseo completar la presentación de ese aspecto martirial con la doctrina de los Santos Padres acerca de la acedia demoníaca y en particular en la obra poético-teológica de Aurelio Prudencio. Quiero también agregar un par de pinceladas a los otros dos temas: acedia de los perseguidores y de los perseguidos, que completan el cuadro de la obra anterior.


1. El pecado demoníaco

Dijimos que los Santos Padres al referirse al archipecado del Ángel malo, se dividen al explicarlo, los unos como soberbia y los otros como envidia o acedia. La acedia - que es envidia o sea tristeza por el Bien que es Dios, y que implica la soberbia de afirmar el querer propio contra la Voluntad divina - es el mejor de los nombres para el pecado del Ángel malo, del cual deriva luego el de nuestros protoparientes. Así lo define el libro de la Sabiduría: "Por acedia del diablo entró la muerte en el mundo y la experimentan (tanto la acedia como la muerte) los que le pertenecen." (Sabiduría 2,24; ver también 6,23 y 7,13)

Así lo afirma también muy tempranamente Clemente Papa y tras él Justino y Teófilo de Antioquía. San Ireneo ha sido llamado ‘el arquitecto de la doctrina sobre la envidia primigenia del diablo.’ A partir del siglo III la patrística se bifurca. Los Padres occidentales, Tertuliano y Cipriano mantienen fundamentalmente la doctrina plasmada en Ireneo. La escuela de Alejandría se aparte de la doctrina ireneana. A partir de entonces la teoría de la envidia primigenia del diablo pierde terreno progresivamente hasta desaparecer. La inflexión comienza en Orígenes y prosigue con Clemente Alejandrino. Según Orígenes, el pecado del diablo fue la soberbia. Basilio, Gregorio Nazianceno, Jerónimo, Agustín, harán triunfar definitivamente la teoría origenista del pecado diabólico como soberbia y sepultarán la doctrina tradicional culminada en Ireneo.

Conviene señalar que, con este cambio de interpretación, la acedia dejaba de verse en primer lugar como un misterio del espíritu, una ceguera del alma, una tristeza, y tendía a moralizarse: una desobediencia soberbia, una pereza culpable. Se introducía un deslizamiento desde el misterio de la fe a la esfera moral. Comenzaba así un corrimiento en la noción de acedia que aún hoy nos afecta.

San Juan Crisóstomo decía: “Como se pasa del amor al odio, así puede pasarse del odio al amor.” Eso sucede cuando se experimenta la voluntad divina como opuesta y dañosa para la propia. Por diversos caminos se vuelve siempre a la lucha entre los apetitos de la carne y los del espíritu, de que nos ocupamos en el libro anterior. Pero el misterio de la acedia no puede explicarse en términos puramente morales. Es un misterio de orden espiritual.


2. La acedia del Demonio, según Aurelio Prudencio

El poeta cristiano Aurelio Prudencio se hace eco en sus obras de la doctrina común en la Iglesia de los primeros siglos acerca de la envidia del demonio y de su rol en las persecuciones. Para Prudencio, la historia de la salvación, no sólo en las situaciones de martirio sino también en las luchas de la vida ordinaria del cristiano, es una serie de confrontaciones entre la envidia destructiva del demonio y la gracia salvadora de Dios.

En su obra Peristéfanon el combate de los mártires reactualiza la victoria que alcanzó Cristo, mediante su pasión y resurrección, sobre la envidia del demonio.

Los diversos martirios que Prudencio celebra en los himnos del Peristéfanon, son modelos que el poeta destaca para inspirar y animar a los cristianos del común, que están empeñados en el combate de la vida cristiana: modelos que han de inspirarlos para vivir una vida virtuosa, ennoblecida, digna de redimidos que rechazan las tentaciones.

En Peristéfanon 13, Cipriano aparece deseando el martirio, que le abriría las puertas del Paraíso, y manifiesta su temor de que la envidia de Satanás disuada al juez y le arrebate la gloria. Prudencio usa una expresión tradicional en la Iglesia de su época, para referirse a la envidia de Satanás: la envidia del tirano, o la envidia tiránica. Para Prudencio y para la Iglesia de su época, el demonio era el más cruel y osado de los tiranos. En su obra Hamartigenia, en la que trata del origen del pecado, Prudencio presenta la caída original como una revolución de Satanás contra la legítima autoridad divina. Induciendo a Adán a pecar, el Enemigo usurpó el poder de Dios sobre el hombre y el poder del hombre sobre la creación, e instaló su tiranía. En cuanto las autoridades romanas oprimían y perseguían injustamente al pueblo de Dios, actuaban como tiranos, inspirados por la envidia del Tirano.

Comentando el martirio de San Cipriano, San Agustín afirma que el demonio hablaba por la boca del juez sin que éste comprendiera lo que estaba diciendo. En efecto, el juez trataba de impedir la muerte de Cipriano, con lo que impedía su coronación.

En atención a los fieles a los que quiere confortar y edificar, Prudencio presenta a Cipriano como ejemplo de fidelidad a las promesas del bautismo y de firmeza en no volverse atrás hacia la vida supersticiosa y pecadora de su pasado pagano. La envidia tiránica, cobrando forma de clemencia acediosa, pretende precisamente eso, hacerlo volver atrás. Pero Cipriano quiere dar ejemplo de fortaleza a toda su grey y Jesús le concede la gracia de convertirse en un conductor de mártires (dux cruoris); en un maestro de la espiritualidad martirial, creíble y autorizado porque practicó lo que predicaba.

Era ésta una segunda motivación que tenía la envidia de Satanás para postergar y eludir su martirio. El martirio de Cipriano no sólo le abría al mismo obispo las puertas del cielo, sino que dejaba un ejemplo influyente y un modelo de conducta virtuosa para las generaciones venideras de creyentes. Siguiendo el ejemplo de Cipriano, muchos cristianos comunes vencerían las tentaciones de la carne con las que el tirano envidioso trata de encadenarlos a este mundo efímero.

En Peristéfanon 7, Prudencio, a raíz del martirio del obispo Quirinio, subraya que el martirio es una gracia que hay que implorar a Dios, pues el demonio trata de impedirla cuando ve al mártir decidido a morir.

Prudencio expone esta doctrina no sólo en atención a las situaciones de martirio, sino en atención a la lucha de los fieles en su vida ordinaria, mostrándoles que tanto el martirio como los heroísmos que exige la vida cristiana, han de comprenderse enmarcándolos en el vasto contexto de la historia bíblica de la salvación, en cuyo origen está la envidia satánica, la cual sigue operando en sus tentaciones.


3. Aborrecido aroma de Dios

Otro autor en el que encontrábamos testimoniada la acedia del demonio como protagonista de la persecución y el martirio era San Justino. Este - como vimos - les reprochaba a los paganos el injusto trato que inferían a los cristianos y lo atribuía a instigación de los demonios.

Es común en los Apologistas cristianos la observación de que la persecución es algo tan irracional que no tiene explicación humana: “La carne aborrece y combate al alma, sin haber recibido de ella agravio alguno, sólo porque le impide disfrutar de los placeres; también el mundo aborrece a los cristianos, sin haber recibido agravio de ellos, porque se oponen a sus placeres [...] los judíos los combaten como a extranjeros y los gentiles los persiguen y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben explicar el motivo de su enemistad.”

En numerosos Padres y Apologistas se expresa este pensamiento acerca de la acedia del demonio y de los perseguidores con la imagen del perfume aborrecido.

Justino, como vimos, argumentaba afirmando que los cristianos, como lo dice su nombre, son ungidos y por eso perfumados con un perfume divino. Por esta unción con el óleo de Cristo, San Pablo les llama a los cristianos "buen olor de Cristo."

San Agustín alega esta expresión paulina cuando comenta el combate de los mártires. Pero nos interesa destacar aquí en qué sentido lo hace: mostrando cómo ese aroma de la virtud cristiana pone en evidencia la acedia de los perseguidores: "Somos buen olor de Cristo en todo lugar... siempre somos buen aroma; para unos olor de vida para la vida, y para otros, olor de muerte para la muerte. Este perfume da vigor a los que aman y mata a los que no ven. En efecto, si los santos no resplandeciesen, no aparecería la envidia de los impíos. El olor de los santos comenzó a sufrir persecución; pero, al igual que los frascos de perfume, cuanto más los rompían, tanto más se difundía su aroma." Y en otro lugar exhorta: “no seas acedioso y el buen olor no te causará la muerte.”


4. Burla y persecución

He aquí un testimonio que complementa lo dicho en En mi sed me dieron vinagre, acerca de la burla como forma de persecución, de martirio y de apostasía.

En otros tiempos "cuando se atacaba la religión se la atacaba como una cosa seria. Pero el siglo XVIII la atacó con la risa. La risa pasó de los filósofos a los cortesanos; de las academias a los salones; subió las gradas del trono; y se la vio en los labios del sacerdote; tomó asiento en el santuario del hogar doméstico, entre la madre y los hijos. ¡Y de qué, pues, gran Dios! ¿de qué se reían todos? ¡Se reían de Jesucristo y del Evangelio! ¡Y era la Francia!" exclama el P. Lacordaire, O.P. en su Sermón del 14-02-1841 en la Catedral de Nôtre Dame de Paris, con motivo de la restauración de la Orden de Predicadores en Francia. Y el predicador continúa: "¿Qué hará Dios? [...] Dios podía dejarla perecer, como dejó perecer tantos otros pueblos por las faltas que habían cometido. No quiso hacerlo; y resolvió salvarla por una expiación tan magnífica como grande había sido su crimen. La dignidad real estaba envilecida: Dios le devolvió su majestad llevándola al cadalso. La nobleza estaba envilecida: Dios le devolvió su dignidad llevándola al destierro. El clero estaba envilecido: Dios le devolvió el respeto y la admiración de los pueblos, permitiendo que fuese despojado y muriese en la miseria..."


5. Del diario de Perpetua: La lucha de los amores.

Quiero reparar aquí lo que considero una omisión en el libro anterior, reproduciendo un fragmento del diarioo memorias de la prisión de la mártir Perpetua. Se trata de una página única en la historia de la literatura cristiana. En nuestra obra anterior la glosábamos. Y concluíamos así: “La muerte por la espada le llegó a Perpetua cuando ya había mortificado y ofrecido a Cristo el sacrificio de sus mayores afectos, a Quien, puesta a prueba por el Demonio, había demostrado amar más que a los suyos; más que a su esposo, que a su padre y a su hijo”. He aquí fragmentos del propio relato de Perpetua:

"Mi padre, consumido de pena, se cercó a mí con la intención de derribarme, y me dijo: Compadécete, hija mía, de mis canas; compadécete de tu padre, si es que merezco ser llamado por ti con el nombre de padre. Si con estas manos te he llevado hasta esa flor de tu edad, si te he preferido a todos tus hermanos, no me entregues al oprobio de los hombres. Mira a tus hermanos, mira a tu madre y a tu tía materna; mira a tu hijito, que no ha de poder sobrevivirte. Depón tus ánimos, no nos aniquiles a todos, pues ninguno de nosotros podrá hablar libremente si a ti te pasa algo. Así hablaba como padre, llevado de su piedad, mientras me besaba las manos y se arrojaba a mis pies y me llamaba, entre lágrimas, no ya su hija, sino su señora. Y yo estaba transida de dolor por él, pues era el único de toda mi familia que no había de alegrarse de mi martirio... Otro día... apareció mi padre con mi hijito en brazos, y me arrrancó del estrado suplicándome: Compadécete del niño chiquito. Y el procurador Hilariano... dijo: Ten compasión de las canas de tu padre, ten consideración de la tierna edad del niño. Sacrifica por la salud de los emperadores. Y yo respondí: No sacrifico... Y como mi padre se mantenía firme en su intento de derribarme, Hilariano dio orden de que se le echara de allí, y aún le dieron de palos. Yo sentí los golpes a mi padre como si a mí misma me hubieran apaleado. Así me dolí también por su infortunada vejez... Como el niño estaba acostumbrado a tomarme el pecho y estar conmmigo en la cárcel, envié al diácono Pomponio a reclamárselo a mi padre. Pero mi padre no lo quiso entregar, y por quererlo así Dios, ni el niño echó ya de menos los pechos ni yo sentí más hervor en ellos."

Capítulo 4: La civilización de la acedia


Después de habernos referido a las enseñanzas sobre la acedia que se desprenden de la Sagrada Escritura y de la experiencia del martirio, corresponde ahora describir diversas formas de este mal espiritual, tal como se ha dado y se da en nuestro tiempo y entre nosotros. Ya tuvimos ocasión antes, a propósito de algunos pasajes bíblicos - como por ejemplo el de Mikal en la traslación del Arca - de referirnos, por adelantado, a fenómenos de acedia tomados de nuestra actual experiencia.


4.1.) El abandono del fervor religioso

Dijimos cómo la dulzura del amor a Dios puede agriarse y el fervor enfriarse.

Esto es algo que sabemos, tanto en teoría como por experiencia, sobre todo los religiosos. Y digo sobre todo nosotros, porque es sobre todo a nosotros que se nos ha advertido de ese peligro ya desde el noviciado, cuando por lo común nos parecía una posibilidad más bien teórica; pero también, porque es sobre todo a nosotros que nos pasa el enfriarnos, y agriársenos el vino de la caridad, a pesar de todas las advertencias. A Santa Teresa le pasó; y en sus escritos se puede ir a ver la descripción de su crisis espiritual, que fue una crisis de acedia.

Sin saber cómo ni por qué - esto es cosa que vamos a tratar de comprender y explicar en el capítulo séptimo - por una lenta e insensible transformación espiritual, lo que un día resultaba dulce y fuente de dulzura, lo que encendía en calor de devoción, lo que hacía fácil pagar los costos de vivir según Dios, termina haciéndose tedioso, insoportable. Entonces, si no se supera la prueba, perseverando en la noche, se puede involucionar y regresar del espíritu a la carne.

Entonces se descalifica lo vivido para justificar lo que se vive. Se justifica - racionalizándola - la ruptura de la conciencia con su historia anterior.

Junto con lo vivido se descalifica a los autores, libros y maestros espirituales, que iluminaron y nutrieron un día el fuego de los entusiasmos y los fervores de la conversión. Se queman, real o figuradamente, libros, notas y diarios espirituales; algunas veces con asco, y en ocasiones hasta con saña; otras veces con vergüenza por aquel tiempo en que sinceramente se buscaba a Dios; a menudo por simple pérdida del interés y deslizamiento en la indiferencia.

La vida sacramental, que fue fuerza y alimento para andar alegres por el camino de Dios y los rumbos de sus promesas, se convierte en una obligación y una carga. Cuando se puede, como es el caso de los laicos, se la abandona. Cuando no se puede, como suele ser el caso de los religiosos, por lo general más atados por compromisos institucionales, se la mantiene formalmente: "este pueblo me honra con los labios pero su corazón está lejos de mí." (Isaías 29,13) O refunfuñando, como murmuraban los israelitas en el desierto: "estamos hartos de este manjar miserable." (Números 21,5)

A semejanza del pueblo de Israel que "se impacientó por el camino" (Números 21,4), se abandona el de las virtudes teologales y se rumbea por otros, de vuelta a Egipto y a los consuelos que dan las creaturas.

Este fenómeno no es exclusivo de la vida religiosa. Se da en todos los ámbitos de la vida eclesial, en todos los cuales, sin excepción, es dable observar procesos de regresión espiritual, en sentido contrario al de la conversión.

Después de haberse convertido de la embriaguez de las creaturas y del mundo y haberse vuelto hacia Dios, se retorna de Dios hacia la mundanidad. Como lo lamentaba ya el apóstol en la comunidad primitiva:

"Más les valiera no haber conocido el camino de la justicia que, una vez conocido,volverse atrás del santo precepto que les fue trasmitido. Les ha sucedido lo de aquel Proverbio (26,11) tan cierto: `el perro vuelve a su vómito´ y `la puerca lavada, a revolcarse en el barro´" (2°Pedro 2,22)

El retorno al mundo y la apostasía son a veces claros y ruidosos. Otras veces, en cambio, lo mundano se reencuentra y se instala dentro del ámbito eclesial o congregacional, y es ahora allí donde se busca el vano honor, el poder y hasta el lucro. En estos casos, la apostasía puede seguir recubriéndose con las formas de la religiosidad.

En ese mundo de apariencia intraeclesiástica, donde las etiquetas de la piedad siguen usándose para encubrir la búsqueda de sí mismos y los negociados de los propios intereses en vez de los de Cristo, se ha perdido el gozo de la gracia. Por eso prospera allí la acedia de quienes se ensombrecen ante los gozos auténticos de la caridad, como ante un reproche a su falsía. En lugar del gozo de la gracia puede encontrarse entonces, como sucedáneos, unos fervores y unos entusiasmos pelagianos, en la realización de los propios planes y propósitos.

Y cuando se extinguen hasta estos fuegos fatuos de fervores humanos
entre las últimas cenizas del amor divino que ya no quema el corazón, y dado que éste necesita algún calor, se le proporciona el de las emociones - que ojalá sean siempre inocentes - de la industria del entretenimiento. Da pena ver a religiosos - y porqué no, también a los cristianos, destinados por vocación bautismal a fermentar el mundo - en contemplación ante la televisión como ante un sagrario.


4.2.) La honorable apostasía

"No se trata de apostasías alocadas" decía Dimas Antuña, describiendo el abandono o el descuido práctico de las virtudes teologales en la vida de muchos "buenos cristianos". A veces la acedia es una melancólica renuncia a los gozos de la caridad, para refugiarse, quizás con desesperanzadas o desesperadas añoranzas, en la práctica honrada de las virtudes morales y humanas. Para eso - observaba agudamente Antuña - no se necesita el Bautismo, y los paganos supieron escalar dignamente, sin él, altas cumbres morales.

Cuando se ha agriado el mosto de las virtudes teologales, hay una forma de compensar el desconsuelo y la desesperanza resultantes del alejamiento de lo divino, que consiste en volcarse a la búsqueda de la grandeza de lo humano.

La acedia es tristeza opuesta al gozo de la caridad, pero no se opone a otros gozos. Antes al contrario, impulsa a volverse, por compensación, hacia otros; como son la afabilidad, la elevación y la nobleza del trato, la generosidad, el culto de las amistades, de los vínculos familiares o sociales, la beneficencia, las actividades generosas y altruistas, la cultura literaria y artística, el culto del trabajo o de la profesión.

Cuando se cultiva las virtudes humanas en lugar de las teologales, volcando en ellas todas las energías del alma, hasta parece que se las hace florecer más que entre los creyentes. Y, si se hace de ellas motivo de gloria, se las cultiva con fervor religioso.

Pero no hay que dejarse deslumbrar incautamente por el brillo de las virtudes humanas cuando éstas se nutren de la savia restada a las teologales.

Cuando el hombre ha perdido de vista la bondad de Dios y busca consuelo en la contemplación de su propia bondad, logrará quizás extremarse en el cultivo y el logro de metas morales, aventajando en apariencia en eso incluso a muchos creyentes, pero su esfuerzo moral está secretamente viciado en su raíz por la autocomplacencia y, no raras veces, por el menosprecio hacia la fe de los creyentes. No estamos lejos de la autojustificación por las obras de la ley, contra la que Pablo luchó siempre tan ardientemente y que vuelve a introducirse por la puerta de atrás.


4.3.) De la tristeza a la aversión

La acedia va animada por la doble dinámica que define al pecado: Aversio a Deo et conversio ad creaturas (apartarse de Dios y volverse a las cosas.)

Fuerza teófuga y cosípeta

Hay que reconocer, con todo, que ir a refugiarse en el consuelo de las virtudes morales y humanas cuando se han abandonado las teologales, no es la peor forma de fuga hacia las cosas. Dice Santo Tomás, citando a Aristóteles: "nadie puede permanecer largo tiempo en la tristeza, sin delectación". Y comentando estas palabras del Filósofo, continúa: "es necesario que de la tristeza se origine alguna otra cosa. Y esto puede suceder de dos maneras: la primera, alejándose el hombre de las cosas que lo contristan [llamémosle la fuerza teófuga de la acedia], y la otra, pasando a otras cosas en las que se deleita [llamémosle la fuerza cosípeta de la acedia]. Como es el caso de aquellos que no pueden gozarse en las delectaciones espirituales y por eso se entregan a las corporales."

Por una lógica interna, la pérdida del gozo de Dios, que tiene su fuente en la fe, tiende a dejar al hombre a merced de los apetitos y placeres naturales. En la "rodada cuesta abajo" que origina la fuerza cosípeta de la acedia, hay muchos niveles y escalones. Y el que nos ha ocupado no es el más bajo.

En cuanto a la fuerza teófuga, tiende, como vimos, a convertirse en teófoba. Es decir, a convertirse de tristeza en odio a Dios. Santo Tomás, sobre las huellas de Aristóteles, explica convincentemente la mecánica de dichas pasiones en estos términos: "así como de la delectación se origina el amor, así de la tristeza el odio. Porque así como somos movidos a amar lo que nos deleita, en cuanto que por eso mismo lo consideramos bajo la razón de bien, igualmente nos inclinamos a odiar las cosas que nos contristan, en cuanto por este concepto las consideramos malas."

Siendo la acedia tristeza por el bien de Dios, y por todos los bienes espirituales derivados y conexos con dicho bien, esos bienes, en cuanto que entristecen, terminan por hacerse odiosos como veremos comprobado por múltiples hechos de experiencia.


4.4.) El combate de la filantropía contra la caridad

Del odio contra Dios y contra el nombre católico nació la impugnación de la caridad en nombre de la filantropía.

La reducción de las Virtudes Teologales a su versión secularizada, operada por la Ilustración racionalista, apuntaba a "aplastar a la infame", o sea a la Iglesia Católica. La acedia alcanzaba así - en ese movimiento histórico, primero religioso (la Reforma), luego cultural (la Ilustración racionalista) y por fin político (la Revolución Francesa y el Terror) - su culminación lógica en el odio. Por odio se pretendió la sustitución de todo lo católico, la ruptura con el pasado y la Tradición, la aniquilación de la Iglesia, sin retroceder ante la eliminación selectiva de cabezas o el etnocidio. Se sustituyó el almanaque y el culto; la fe por la razón, la caridad por la fraternidad, la esperanza por las utopías sociales y se intentó terminar con la era cristiana.

Los mitos dieciochescos reaparecieron en el siglo diecinueve con ligeras variantes. A la fraternidad como sucedáneo de la caridad vino a sustituirse la filantropía.

La fuga desde Dios hacia la humano se convirtió en dogma y en sistema de racionalistas y librepensadores, herederos de la saña anticatólica de raíz protestante y tronco jansenista.

El mito del progreso legitimó el etnocidio de las poblaciones católicas, consideradas bárbaras y atrasadas.

El catolicismo y el clero fueron considerados como causas del retraso y la barbarie de esos pueblos. Con estos esquemas dogmáticos pensaron en el Río de la Plata un Domingo Sarmiento y un José Pedro Varela, voceros de una clase de doctores, sacerdotes y levitas de la nueva religión del Progreso. Fue razón contra fe, filantropía contra caridad, progreso contra esperanza.

La sustitución de la trilogía de las virtudes teologales por una trilogía de virtudes humanas, cambió al Dios Trino y Uno de la Revelación, primero por el Dios de la Razón deísta y luego, desembozadamente, por los naturalismos crasos, los panteísmos, los materialismos. Era a la cultura entera, a la civilización de Occidente, a la que se pretendía - y se logró en gran medida - apartar de Dios y reconducir a las cosas. Siglo tras siglo, desde el XVIII hasta el nuestro, la acedia no cejó de corroer los bienes de que se goza la caridad, con una constancia sobrehumana y por lo tanto no fácilmente explicable por factores puramente intrahistóricos.

Se ha de ponderar que cuando decimos: "bienes de los que goza la caridad" no se trata de abstracciones. Esos bienes, no fueron simplemente ideas, ni siquiera instituciones eclesiásticas. Fueron personas: hombres, familias, pueblos católicos, naciones católicas, portadoras de un modo de ver la vida, de una cultura, de una fe, de convicciones propias, y de un modo propio de concebir la existencia. El martirio alcanzó así, durante esos siglos, dimensiones de etnocidio.

Los siglos de la acedia. La civilización de la acedia

Serían nombres adecuados para darle a esa época, que habitualmente llamamos Edad Moderna, en una historia de la Virtudes Teologales que todavía está por hacerse.

No se entenderá cabalmente nuestro presente y las formas anónimas de que se reviste actualmente la acedia, a menos de examinar lo sucedido realmente en la historia con las virtudes teologales, y en particular con el gozo católico de la Caridad.

Romano Guardini ha diagnosticado sagazmente la actitud hipócrita que él llama el fraude de la Edad Moderna: "aquella doblez, que consistió en negar de una parte la doctrina y el orden cristiano de la vida, mientras se reivindicaba de la otra para sí la paternidad de los resultados humano-culturales de esa doctrina y de ese orden. Esto hizo que el cristiano se sintiera inseguro en sus relaciones con la Edad Moderna: por todas partes encontraba en ellas ideas y valores cuyo abolengo cristiano era manifiesto, y que, sin embargo, eran presentadas como pertenecientes al patrimonio común. En todas partes tropezaba con elementos del patrimonio cristiano, que, sin embargo, eran esgrimidos contra él."

El nombre de la Edad Moderna parece denotar esa condición modal de oponerse al catolicismo, que la caracteriza. El anticatolicismo moderno imita los modos cristianos para combatir lo cristiano; desde la Reforma protestante misma, invocó principios de cuño cristiano e introdujo modalidades cristianas para oponerse a lo cristiano y abolirlo. Fue, como lo señala Guardini, una época que se opuso al cristianismo por impostura.

Ante esta hipocresía de la Edad Moderna, Guardini reclama: "Es preciso que el incrédulo salga de la niebla de la secularización, que renuncie al beneficio abusivo de negar la Revelación, apropiándose sin embargo de los valores y energías desarrolladas por ella; es preciso que ponga en práctica seriamente la existencia sin Cristo y sin el Dios revelado por El, y que tenga la experiencia de lo que eso significa."

Nosotros agregaríamos que sería conveniente y quizás necesario para que se pudieran abrir los ojos de algunos, que los gobernantes ateos de pueblos creyentes hiciesen de una buena vez la experiencia de tener que gobernar masas totalmente descristianizadas. Pues históricamente les fue fácil imponerse despóticamente a poblaciones católicas dóciles, acostumbradas a respetar la autoridad, lo que les permitió aprovecharse de sus reservas morales al mismo tiempo que hacían todo lo posible para destruir las fuentes y las raíces de esas reservas. Les fue muy fácil deshumanizar a la vez que se apoyaban en las reservas de humanidad acumuladas por siglos de fe. Guardini previno que "se va a desarrollar un nuevo paganismo, pero de naturaleza distinta que el primero... Si el hombre actual se hace pagano, lo será en un sentido totalmente diferente al del hombre del tiempo anterior a Cristo." Asistiremos entonces a "una tentativa no sólo de colocar la existencia en contradicción con la Revelación Cristiana, sino de basarla en fundamentos independientes de la misma y totalmente secularizados... La edad futura tomará en serio aquellos aspectos en que se opone al Cristianismo. Hará ver que los valores cristianos secularizados no son sino sentimentalismos, y el ambiente será transparente: lleno de hostilidad y peligro, pero puro y sincero."

Sería necesario - como lo ha hecho Guardini con éste -advertir y reparar también en otros hechos históricos silenciados y tenazmente ignorados, a pesar de que rompen los ojos, para comprender que la acedia, la aversión y finalmente el odio, fueron el resorte de movimientos religiosos, culturales y políticos, cuyas consecuencias continúan haciéndose sentir en nuestros días. Debido a la tiranía del pensamiento que instauró la Civilización de la acedia, hasta la misma memoria histórica ha quedado distorsionada y cercenada. Hay hechos que no se considera de buen gusto recordar y que sólo es posible volver a traer a la memoria a riesgo de ser descalificado. Hay también evaluaciones que están proscritas. Hay, por fin, una historia oficial contada por la acedia.

De poco ha valido que los grandes mitos modernos - del Progreso, de la Filantropía, del Hombre naturalmente bueno, del Estado bienhechor, de la Libertad de Pensamiento, Prensa y Comercio, de la Sociedad justa, libre y sin clases, de las Leyes del Mercado - hayan ido siendo desmentidos sarcásticamente y de manera cruel por las guerras mundiales calientes o frías, la ruina social de los pueblos colonizados, los totalitarismos de estado más brutales y embrutecedores de las sojuzgadas naciones, las persecuciones religiosas más sangrientas o taimadas y tenaces.

De poco ha valido, ante la fragilidad de la memoria de muchos y ante la penetración de la acedia en las academias históricas, que los horrores vistos en los últimos siglos, dieran el mentís más formal al optimismo antirreligioso y a las ideologías del progreso nacidas de la acedia y del odio a Dios. Aún no se han reconocido las verdaderas raíces del fenómeno que ha sumido a Occidente, y desde él al mundo, en una lluvia ácida: una lluvia de acedia.
Sería tarea y misión de algún historiador creyente ofrecernos una comprensión profética del rol que la acedia jugó como motor de la historia en los siglos de la Modernidad hasta nuestro días. Quedaría en evidencia lo que hemos tratado de esbozar aquí: que la acedia no es sólo una fuerza negativa en el ámbito individual, del alma del hombre frente a Dios, sino un espíritu que se ha mostrado históricamente como generador de filosofías, políticas, legislaciones, revoluciones, culturas y conductas; y que lamentablemente ha inspirado persecuciones a las poblaciones católicas, con guerras, deportaciones, liquidaciones, empobrecimiento y extinción por medios socio económicos, como son las medidas de política habitacional y demográfica. Un conato de etnocidio semejante al sufrido en Egipto por Israel, que - por lo visto - era prefiguración del que había de padecer la Iglesia.

Acedia y Apostasía

Consecuencia de los factores metahistóricos que han dominado estos últimos siglos del segundo milenio, ha sido la gran apostasía.

Las persecuciones siempre produjeron apostasías. Y la persecución en gran escala la produjo en gran escala. Es dentro de esa gran apostasía histórica donde han de enmarcarse las apostasías individuales para poder comprenderlas en vistas a encararlas pastoralmente. Y es - pienso - en ese marco, en que serán sopesadas por el Señor en el Juicio.

A menos de integrar entre los instrumentos intelectuales de comprensión de la historia las categorías teológicas - acedia, persecución, apostasía - las interpretaciones históricas de los creyentes, y muy particularmente las de los teólogos, seguirán girando en círculos, o resbalando por la superficie, sin encontrar rumbo cierto; sin penetrar en la comprensión espiritual de fenómenos que, sin embargo, rompen los ojos.

Pongamos por ejemplo la tirria inexplicable de estados y gobiernos contra sus propias naciones católicas; la tristeza, vergüenza o fastidio de los gobernantes por el catolicismo de sus gobernados; los ingentes esfuerzos por combatir la fe católica de los pueblos, como si la fe fuera fuente de todos los males y atrasos; o la indiferencia y la abstención de todo estímulo o protección jurídica de este bien de la Humanidad.

Esas indiferencias o tristezas por bienes que deberían alegrar, son acedia. Espontáneamente acude a la memoria el ejemplo de los diarios de viajeros protestantes a través de países católicos, como España o América española, que miraron a estos pueblos desde afuera y fustigaron sus costumbres desde sus prejuicios anticatólicos. Si en ellos esos prejuicios son comprensibles, lo son menos en gobernantes que mamaron en pechos de piadosas criollas católicas. Sin el conocimiento de la acedia y de la lluvia ácida, nos hubiera resultado del todo incomprensible la verdadera entidad espiritual y religiosa de estos hechos.


4.5.) Los "empachados" de Cristo

Como me los definió con frase certera una religiosa,son otro tipo humano que padece de acedia.

Son con frecuencia exalumnos de colegios católicos. Provienen a menudo de familias señaladas en la piedad. Suelen excusarse de no practicar ni ir a Misa los domingos, con el slogan: "ya me obligaron a ir a Misa para el resto de mi vida".

Puede decirse a veces, en su descargo, que son fruto de una cierta forma de violencia religiosa, por imposición de las formas exteriores de la piedad, desentendiéndose de la motivación interior. Pero el fenómeno merece atención y análisis, para comprender que se trata de acedia.

No pecaron de acedia cuando se los obligaba, pero sí ahora. En efecto, como nota Santo Tomás: "si uno se entristece de que alguien le obligue a hacer obras de virtud a las que no está obligado [por ejemplo asistir a la misa diaria del colegio], no peca de acedia", pero sí "cuando se contrista de las que debe hacer por Dios", como es ir a alegrarse con los demás cristianos "de la Resurrección de su Salvador y de los demás bienes de la salvación."

Como incapacidad de alegrarse en, con y por Dios, la acedia es la causa de que no se le vea sentido a la práctica dominical. Santo Tomás observa que: "La acedia contraría el precepto de la santificación del Domingo, en el cual, en cuanto es precepto moral, se manda el descanso de la mente en Dios, y a la cual santificación del Domingo se opone la tristeza de la mente acerca del bien divino."

Los católicos que no van a Misa por acedia - porque no es la acedia el único motivo de la inasistencia - son creyentes tristes o tristes creyentes, en cuanto están privados del gozo de la caridad. Lo cual no significa negar que puedan ser gente muy sana y divertida por otros motivos y en otros sentidos.

La inasistencia dominical de los católicos es un problema pastoral de primera magnitud, y la acedia que la causa es de larga data. Me ha tocado conocer catequistas que no iban a Misa los domingos y párrocos que los consideraban buenos catequistas. Nadie ignora que durante mucho tiempo se les dijo a los jóvenes que sólo había obligación de ir a Misa "si uno lo sentía". Pero no se les enseñaba - posiblemente por crasa ignorancia o crasa inadvertencia - que "no sentirlo" pudiese ser acedia, una tentación que aparta del amor a Dios. Ni se les enseñaba tampoco, que consentir la tentación de acedia, pudiese ser un pecado contra el amor a Dios. No se les enseñaba, en suma, a cumplir el primero y tercero de los mandamientos. Lo cual no es friolera.

Hay que reconocer - es verdad - que las Misas dominicales no siempre ni en todas partes relucen con el brillo festivo del gozo de la Caridad. A veces una predicación algo - o muy - jansenista, un moralismo y legalismo que culpabiliza a los asistentes, descargando sobre ellos el reproche que merecen los ausentes o los que nunca vienen, ensombrecen "la fiesta de Dios". Otras veces, como si no le bastara a la fiesta con ser fiesta y manifestar el gozo, se instrumenta la Eucaristía para otros fines, como buscándole sentido y justificación en alguna utilidad. Hay que reconocer también, que algunas manifestaciones de gozo - gritonas, estentóreas, grandilocuentes o declamatorias, echando mano a músicas profanas con letra religiosa, o a instrumentos que hablan más a la sensibilidad que al espíritu - manifiestan un tipo de gozo que no es exactamente aquél que nace de las virtudes teologales, sino más bien una cierta excitación, entre extática y orgiástica, parecida a las que provocan las sectas, con sus manipulaciones y extorsiones deshonestas del sentimiento religioso.

Gozo y consolación

La Liturgia católica enseña a distinguir entre gozo espiritual y consolación sensible. La consolación sensible brota del gozo, pero no necesariamente. Ni es misión de la ceremonia litúrgica mover a consolación sensible de los fieles ni procurarla. En la celebración litúrgica puede - y debe poder - expresarse la multitud creyente en la unidad de la fe y la caridad, pero en la multiplicidad de situaciones existenciales: espirituales, anímicas y emocionales. De ahí - como enseñaba Romano Guardini en su "Espíritu de la Liturgia" - la necesidad, sabiamente reconocida y acatada por el rito romano, de mantener una gran sobriedad emotiva, y expresar, sin notable conmoción, las verdades capaces de conmover a quien se abra y las acoja.

En efecto, el conmoverse corre por cuenta del fiel, y de la acción del Espíritu Santo en cada alma. Sería injusto imponerle a la liturgia - ni pre ni postconciliar - la misión, ni cargarla con la responsabilidad o con la culpa, del entristecimiento o avinagramiento de la Caridad en amplios sectores del pueblo católico. Pero su inasistencia a Misa arguye de la pujanza del mal de acedia.

Habrá que reconocer deficiencias en el nivel festivo de las celebraciones dominicales; habrá que reconocer quizás su mayor o menor extensión y generalización; se podrá reconocer la parte que en la acedia del pueblo pueda haber tenido la acedia intracultual, o sea: la de la comunidad cultual y la del mismo celebrante. Pero lo que nos interesaba aquí, era diagnosticar como mal de acedia una de las principales causas, ya que no la única, del conocido síndrome de abstencionismo dominical o "apostasía del domingo".

Hechos los descargos y los descuentos, dadas muchas posibles explicaciones, el hecho pastoral está ahí. Y sin diagnóstico no hay tratamiento. Reconocerlo como acedia, permite orientarse en la elección de los remedios.

Algunos apóstatas del domingo, amparándose en una alegada probidad moral, de cuya carencia acusan a los que van a Misa, no sin cierta autosatisfacción y autocomplacencia soberbiona, se muestran agriados y desconformes con todo lo que tiene que ver con la misa dominical: liturgia, cantos, predicación, y con el mismo pueblo fiel, al que miran con un cierto asco y al que fácilmente descalifican moralmente, o motejan. Falsas razones, que esconden, o no les permiten ver incluso a ellos mismos, sus verdaderos motivos. Mejor dicho, los verdaderos impedimentos, para encontrarse, no con la misa, sino con el gozo del amor de Dios, que habita, mal que les pese, entre esos fieles a los que no logran abrazar gozosamente en su corazón con caridad de hermanos. San Pablo era muy clarividente respecto de las limitaciones de los miembros de la Iglesia, pero no se entristecía ácidamente, sino que se alegraba de que Dios hubiera elegido lo que no era nada a los ojos del mundo y de que brillase la gracia de la divina elección sobre tanta humana fragilidad.


4.6.) Las campanas del Domingo

Las campanas han sido secularmente medio de expresión de los gozos y de los duelos de la comunidad creyente. Que es tanto como decir los gozos y las tristezas de la caridad.

No es de asombrarse que al acedioso, que se rehusa precisamente al gozo y al llanto de la Iglesia, le moleste el toque de las campanas del templo vecino. Lo que hay detrás de sus reclamos, no es molestia por un ruido, sino por la manifestación de los sentimientos de la fe. No se molestará ni promoverá quejas o denuncias, por escapes libres, motos, buses, jets, altoparlantes ni discotecas.

Lo asombroso es que a algunos les haya bastado el reclamo de esas almas agrias para que, sin discernir los verdaderos motivos espirituales de la protesta, y con tanta facilidad que raya en ligereza, hayan reducido a silencio las campanas.

Han dado satisfacción a la acedia, pensando quizás que era un deber de buena vecindad o hasta un asunto de derechos humanos. Pero lo han hecho a costa de los derechos de los fieles, y sin reparar en sus sentimientos. Esta insensibilidad no sólo no excusa de culpa, la agrava. Porque esa ceguera para el bien de los fieles ¿no arguye un cierto grado de indiferencia y de complicidad con los motivos de la acedia? En efecto, los derechos de los fieles que han sido pasados por alto y postergados, son los de la Iglesia, y en último término los de Dios. La equidad exigiría dar a cada uno lo suyo con igual sensibilidad para las razones de la acedia que para las de la caridad. Y no parece que el silencio de las campanas, donde se ha impuesto, haya resultado de un juicio ecuánime.

Hablando de los malvados, enemigos de los justos, dice el libro de la Sabiduría: "ellos eran insoportables para sí mismos... todo los aterrorizaba y los helaba de espanto... hasta el silbido del viento y el canto de los pajaritos en la enramada." (Sabiduría 17,17-20)

Sería triste que el terror de los malvados impusiera silencio a los pajaritos. Y más triste que los pajaritos se aviniesen a quedarse callados por ceder al capricho tiránico de los avinagrados y a sus falsas razones. Como le pasó al zorzalito de la fábula de Castellani, ante la crítica del gorrión.


4.7.) Alrededor del Corpus y otras procesiones

"Yo me acuerdo y se me derrama el alma por dentro, cómo iba entre los gritos de júbilo y alabanza de la muchedumbre festiva." (Salmo 42,5)

Me digo lo del salmo, recordando las procesiones del Corpus Christi en mi juventud, cuando pasábamos alegres por la avenida l8 de Julio, la arteria principal de Montevideo. Una procesión que en tiempos heroicos había salido a la calle desafiando los gritos y las pedradas de los enemigos de la fe católica. En mis años mozos, todavía se dejaban ver algunos signos de aquella violencia.

Al llegar a l8 y Yaguarón, pasábamos cantando ante los postigos cerrados del diario El Día. Por supuesto, el diario no podía enterarse así de nuestro paso. Al día siguiente no lo mencionaba en su edición. A pesar de su deber profesional de informar, sus periodistas ignoraban una muchedumbre de miles de personas, donde desfilaban con sus estandartes todas las parroquias y organizaciones parroquiales, sus cofradías, los colegios católicos, algunos de ellos con sus bandas, la escuela de enfermeras católicas, los scouts, formados detrás del clero y de los religiosos, encabezados todos por el obispo, revestido de pluvial y humeral suntuosísimo, bajo el palio que llevaban los venerables prohombres del catolicismo uruguayo, miembros de la Archicofradía del Santísimo Sacramento, quienes lo escoltaban como un grupo de apóstoles. Entre una nube de incienso, el obispo avanzaba, abrazado al Santísimo contra su pecho.

Ese día, cada año, intencionada coincidencia, tenía lugar el clásico de fútbol en el estadio Centenario. Y naturalmente tanto El Diario de esa tarde, como El Día, al día siguiente, se ocupaban del estadio e ignoraban la procesión. El clásico de fútbol servía de coartada para que los diarios pudiesen hablar de otra cosa. Eramos la mayoría ignorada.

¿No es éste un fenómeno verdaderamente extraño y asombroso? ¿A quién podía asustar o molestar aquella multitud pacífica y gozosa? ¿Qué oscuras tristezas - o terrores - removía su paso en aquellos corazones enfermos que se asustaban de los himnos cristianos como del canto de los pajaritos en la enramada? ¿Nos ignoraban o se escondían de nosotros?

Hoy y aquí, en Luján

Nos ignoraban de la misma manera que se quiere ignorar hoy, por citar un ejemplo actual, al millón de jóvenes que peregrina a pie a Luján. Alguien hay que organiza, aún hoy, porque eso no se organiza solo ni casualmente, la venida de Madonna y de Michel Jackson para ese mismo 8 de Octubre, como pude observar, estando en Argentina, en l993. Alguien dirige aún hoy, el manejo minimizante y superficial de la cobertura informativa sobre ese acontecimiento, a través de los medios de comunicación. Un millón de jóvenes a pie, caminando decenas de kilómetros, no se puede pasar a la página cincuenta y tres del tabloide, como estilan hacerlo, si no hay algún pretexto; algo con qué ocupar la primera página y las páginas centrales.

Además de arrumbada en las páginas de trastienda del tabloide, la noticia resbala por encima del significado, lo trivializa. Ciego para el acontecimiento espiritual, el periodista parliparla sobre los puestos sanitarios y las ampollas en los pies de los peregrinos. De modo que aún ocupándose del hecho, lo ignora con una mirada profana, no quiere verlo y oculta o descuenta su verdadera entidad. Mira desde afuera y sin ver, sin querer ver, como Mikal desde su ventana. Y al no contar lo que es, cuenta lo que no es.

Los Exploradores Eucarísticos

Hemos recordado en su lugar lo sucedido en el desierto con la recusación del testimonio de los exploradores, y lo vimos repetirse en el rechazo del testimonio de Jesús. Esos episodios son arquetípicos de la acedia de todos los siglos. Sirven para entender lo que sigue ocurriendo con las obras del Resucitado en su Iglesia y a través de su Iglesia; en sus fieles y por el ministerio de sus fieles.

Sin fe es imposible ver las obras del Resucitado y alegrarse de su acción. Peor aún: sin fe, es posible permanecer insensible o llegar hasta a empeñarse en combatir, como si fueran males, los bienes de la gracia, los carismas y los dones del Espíritu; oponerse a las obras de Dios; ponerse a pedir signos sin ver los que rompen los ojos y decir NO a las fiestas de Dios.

Y quiero dar un ejemplo concreto. Recuerdo el tiempo de mi adolescencia, por allá por el final de la década de los 40 y comienzos de los 50. En esos años de mi conversión, los fieles católicos, durante la Misa, y sobre todo después de la Comunión, se sumían, arrodillados y con el rostro entre las manos, en una fervorosa y profunda acción de gracias. Todo su porte daba testimonio. Desde que volvían de la barandilla del comulgatorio, con los brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza baja, o con las manos juntas delante del rostro inclinado; hasta que se hincaban en el reclinatorio o en el piso, en algún rincón del templo. Eran testimonios vivientes de un íntimo diálogo de fe y de oración con el Señor. Era posible "ver" al Señor hablando con ellos. Durante unos minutos se transfiguraban, convertidos en verdaderos ostensorios vivientes. Templos. Testigos mudos de su gloria interior. En ellos se hacía visible la comunión del cielo y de la tierra, del hombre y Dios.

Considero hoy, que aquél era un verdadero y auténtico "pentecostalismo" católico avant la lettre. En aquellos cenáculos, yo veía arder las llamas del amor divino, en los rostros iluminados y encendidos por el fervor, sobre las cabezas inclinadas de la asamblea eucarística, silenciosa y orante, a la vez reverente y recatada. Pienso que el movimiento pentecostal que vino después, nació de la nostalgia de aquel perdido camino del fervor. Y aún hoy no comprendo por qué ni cómo se pudo, y aún se puede, acusar de "sacramentalismo" a ese rico pasado eucarístico.

En los años durante los cuales se extinguió aquel fenómeno, yo ya no estaba entre los fieles del templo. Había ingresado en la vida religiosa y mi formación me llevó de un país a otro. No pude por lo tanto presenciar ni observar directamente el proceso de cambio. Tampoco comprendía lo que iba sucediendo, porque yo mismo estaba envuelto en las marejadas y los cambios. Fue sólo años después de la instalación del frío y de la creciente pérdida de la reverencia, que por obra de la misericordia, se me abrieron los ojos y comencé a preguntarme acerca del hecho y de sus causas.

La abolición de los reclinatorios en algunos templos y otros lugares, a veces contrariando los hábitos de oración que estaban aún extendidos entre muchos fieles, me han puesto a pensar. He encontrado sacerdotes - me viene a la memoria entre varios un afable párroco holandés - de trato amable y hasta exquisito, humanamente acogedores, cuya única arista dura, y a veces acerada, daba contra los fervores de los humildes. ¿Acaso el celo por retirar los reclinatorios viene de un secreto temor de que puedan volver aquellos extinguidos extáticos eucarísticos?

Considero que aquellos eran, sin embargo, nuestros exploradores eucarísticos. Exploradores de la gloria de la Presencia oculta bajo las especies.

Con su porte exterior, por más chocante que hoy resulte a los que llevamos el alma calada hasta los tuétanos por la llovizna cultural de la acedia, mostraban el Bien de la Tierra Interior, el Bien celestial, en el que entran y pueden contemplar los nacidos de lo alto. En ellos resonaba la voz del viento del Espíritu, que es audible, pero no se sabe de dónde viene ni a dónde va.

Me pregunto, no sin cierto temor, si a nuestra "generación", en sentido histórico y teológico, no se le aplicará también el reproche del Salmo - no sólo por éste, sino por tantos otros pecados de acedia -: "Despreciaron una tierra envidiable" (Salmo 105(106),24). "Vosotros no recibisteis el testimonio acerca de mí que daban mis exploradores eucarísticos, embriagados con el vino de Eshkol".

Hoy no sólo se han perdido formas del fervor sino también de la reverencia. Alguien podría pensar que se trate de una mayor confianza, cercanía y familiaridad con Dios y por lo tanto de un progreso. Pero la cercanía de Dios no se experimenta a costa de su distancia y su grandeza. La familiaridad verdadera tutela el respeto; y la comunión se espanta de la profanación. Es un real problema pastoral ese deslizamiento insensible que conduce a muchos a tomar en vano, ya no sólo el Santo Nombre, sino también el Santo Cuerpo y Sangre: "menospreciaron una tierra envidiable&q