EL GRAN ENGAÑO
Una vez al año, me sigo reuniendo con mis compañeras de trabajo, y cenamos en
casa de una de nosotras. Una de ellas, que es psicóloga de profesión, nos contó
esta última vez cosas muy interesantes de su trabajo. La conversación se inició
porque ella comentó que no entendía cómo, habiendo tanta gente que quiere
adoptar niños, y que se tienen que ir a miles de kilómetros para ello, hay
tantísimos abortos en España, y que lo mejor sería que, en vez de abortar,
diesen a los niños en adopción a las parejas que no pueden tener hijos. He de
comentar que ella no es practicante, aunque cree en Dios "a su manera", según
sus palabras. Al decirle yo que eso no es negocio, mientras que adoptar en el
extranjero mueve muchísimo dinero, y abortar, también, ella no sólo me dio la
razón, sino que nos explicó que a ella también le beneficia económicamente, ya
que muchos de sus clientes son mujeres que han abortado, y que tienen unas
secuelas psicológicas muy importantes. Incluso nos contó el caso de una mujer
que la visitaba por otro motivo, y sin venir a cuento, le contó como de pasada
que había abortado, pero que "estaba bien", que eso no la había afectado. Esta
compañera mía le dijo que, si de verdad no la hubiese afectado, no se lo habría
contado de ese modo, de repente, sin venir al caso. Y poco a poco, hablando con
ella, se dio cuenta de que el principal problema de aquella cliente era,
precisamente, los remordimientos que tenía por el hecho de haber abortado. Y que
como ella, muchas. Nos comentó que a algunas de ellas, incluso, las había tenido
que enviar al psiquiatra, porque ella no podía hacer más. Yo le dije que lo que
debía hacer es enviarlas al sacerdote, que haría mucho más por ellas que
cualquier psiquiatra. Se rió, pero me dijo que a lo mejor lo haría. Algo es
algo.
Se quejó de la vergonzosa ocultación por parte de los médicos a sus clientes de
las gravísimas secuelas psicológicas que el aborto voluntario trae consigo, y
nos comentó que algunas de sus clientes están verdaderamente taradas, no sólo
mentalmente, sino también físicamente, a causa de haber abortado. "Es una
vergüenza que esto llegue a suceder" fueron sus palabras exactas, refiriéndose
al silenciamiento de dichas secuelas. También he de explicar que, evidentemente,
y a pesar de no ser católica practicante, es totalmente contraria al aborto.
Acabamos, como siempre, echando la culpa de todo a los políticos, cosa que, por
una parte, es totalmente cierta. Pero también es deber de nosotros, los
católicos, hacer apostolado en este sentido, avisando a la gente, oportuna e
inoportunamente, de esas graves secuelas físicas y psicológicas, explicando
casos como el que me contó mi compañera y amiga, además de advertir que es un
asesinato que va en contra de la Ley de Dios, que es lo que realmente importa.
Y me quedo con lo que hace poco nos dijo nuestro Padre Director: que recemos
porque Dios ilumine la mente de nuestros gobernantes, y se conviertan. Para Dios
nada hay imposible.
Gema Silva.