Evocación, por Eugenio Vegas
Latapie
"¡Vosotros no sabéis por qué me
matáis! ¡Yo si sé por qué muero: por que vuestros hijos sean mejores que
vosotros!", se cuenta dijo Maeztu momentos antes de ser fusilado, dirigiéndose a
quienes se disponían a matarle.
Ramiro de Maeztu no murió increpando a sus asesinos ni lamentándose de su mala
suerte, sino ofrendando su
sangre para que fecundara la tierra española y para obtener del Señor que
bendijera y llevase al recto camino a los
hijos de sus verdugos.
Preso arbitrariamente al iniciarse el Alzamiento Nacional en julio de 1936,
Maeztu fue sacado de la cárcel de las
Ventas en la madrugada del 29 de octubre, y, en el momento de salir, se postró a
los pies de un sacerdote, también
cautivo, y le dijo: "Padre, absuélvame", recibiendo viril y piadosamente esa
absolución que recuerda la de los
antiguos cruzados antes de entrar en combate o, más propiamente, la de los
mártires antes de salir a la arena del
circo a ser destrozados por las fieras.
"Amad a vuestros enemigos. Haced
bien a los que os aborrecen y maldicen", decretó, con caracteres de orden
imprescriptible y eterna, quien ofrendó su vida por la salvación de todos los
hombres, sin exceptuar a los que le
daban muerte inhumana. Y Maeztu, empapado de espíritu cristiano, supo ser
discípulo del Maestro divino y morir
sin rencores y sin odios, bendiciendo a los hijos de sus matadores.
Maeztu murió amando y no odiando. Su muerte es la más bella página que jamás
escribió en su vida. Con contarse
éstas por millares, es aquella cuya meditación mayor bien puede hacernos.
Un misionero de nuestros días
refiere que en sus trabajos de evangelización en el Japón, tuvo como catecúmeno
a
un militar de elevada categoría, que deseaba hacerse cristiano. Paulatinamente
iba explicando el misionero a su
discípulo las bases fundamentales de nuestra Fe; pero, al llegar a la
explicación del "Padre nuestro", el militar
japonés le dijo que desistía de hacerse católico, pues había algo que en modo
alguno podía admitir, y ese abismo
infranqueable lo constituían las palabras "así como nosotros perdonamos a
nuestros deudores". El misionero
insistió, le explicó la belleza y primacía de la virtud del Amor, pero el
japonés, triste y abatido, tras varios días de
luchas íntimas, le comunicó que le era imposible perdonar a determinados
enemigos y se despidió del misionero,
con despedida que él creía definitiva. Pero el germen vivificador había caído en
un alma noble, y años más tarde,
el militar japonés buscó de nuevo al misionero y le pidió le bautizara, pues ya
podía perdonar. En su elemental
teología el pagano había puesto el dedo en la llaga: por encima de la Fe, por
encima de la Esperanza, se encuentra
la virtud del Amor. Verdad ésta que hace decir a San Pablo que si no tenemos
Caridad, de nada nos sirve tener una
fe que mueva las montañas, ni entregar todos nuestros bienes a los pobres, ni
nuestro cuerpo al fuego.
Se puede afirmar que Maeztu, en sus últimos años, vivió con la obsesión de que
moriría mártir de su Religión y de
su Patria, y en frecuente oración para cumplir noblemente su destino. Cuántas
veces no le oímos, los habituales de
la tertulia de "Acción Española" exclamar, triste y esperanzado a la vez: "Yo
noto que soy cobarde y por eso pido a
Dios me conceda morir, al menos con dignidad". En repetidas ocasiones se
avergonzó de no haber muerto a los
pies de un sagrario o en el atrio de un templo el día 11 de mayo de 1931, cuando
un reducido número de
extraviados, con la complicidad pasiva del Gobierno provisional de la República
y la tolerancia cobarde de los
católicos, incendió decenas de iglesias y conventos en Madrid.
En enero de 1934, en uno de
aquellos banquetes de "Acción Española" en los que se comía durante una hora y
se
hablaba o se oía hablar durante tres o cuatro, don Ramiro, con aquella oratoria
tan suya de iluminado, después de
explicar sus esfuerzos prodigados en vano durante la Dictadura para convencer a
los gobernantes de que la
revolución se venía encima y que se apercibieran a cerrarle el paso, dijo
textualmente: "Esta fue mi lucha durante
quince meses, hasta que un día la revolución se echó encima de nosotros. Mis
compañeros prefirieron el destierro;
yo, no; porque prefiero que me den cuatro tiros contra una pared, pero aquí he
de morir. Mis espaldas no las han de
ver nunca mis enemigos. Y entonces, un día oímos aquello de uno, dos, tres y las
gentes en el Retiro y las
multitudes soeces. Se nos ha dicho que ésta ha sido una revolución pacífica:
pacífica porque no se ha vertido
sangre. Pero si la sangre no vale lo que la hiel, lo que la Injuria soez, lo que
el sarcasmo, lo que el griterío de la
masa desmandada! ¿No os habéis encontrado con un tropel de doscientas,
trescientos o cuatrocientas personas
insultando a vuestro jefe hereditario, y no habéis sentido la impotencia de ser
uno solo y no poder arremeter con
las doscientas, trescientas. cuatrocientas personas, y no habéis experimentado
el deseo de que todo aquello os
arrollara, porque es preferible que los cerdos pasen por encima de uno, por
encima de su cadáver, que no seguir
tolerando tantas bajezas, tantas ruindades, tantas cosas soeces, tanta
barbarie?"
Un día de marzo o de abril de 1936, otro glorioso mártir de la Nueva España, don
Victor Pradera, al regresar a su
hogar, después de presidir una conferencia de la Sociedad Cultural "Acción
Española", refiere a su esposa, que al
encontrarse con Maeztu, éste le había dicho "Don Victor, ¿cuando nos asesinan a
usted y a mi ?" Hoy dos mujeres,
que en el silencio y el retiro lloran la muerte de estos precursores y maestros
de la España Eterna, al encontrarse no
podrán por menos de sentir un estremecimiento, al recordar el terrible
vaticinio.
La insistencia con que Maeztu
repetía que moriría asesinado, llegaba, a veces, a ser tomada en broma por los
más
asiduos de aquella tertulia de la redacción de "Acción Española", de la que don
Ramiro fue uno de los pilares
fundamentales desde su fundación. Era tal su cariño a la tertulia que si algún
rarísimo día había de faltar, se
excusaba de antemano o telefoneaba. Su ingreso en las Academias de Ciencias
Morales y de la Lengua, motivó
que los martes y jueves, días en que celebraban sesión dichas Corporaciones,
llegase a nuestra tertulia a última
hora, vestido con chaqueta ribeteada y comentando los temas y noticias de que
allí se habían hecho eco. Pradera
era otro de los asiduos. Al evocar hoy el recuerdo de aquellas reuniones, de
aquellas gentes y de aquellos sueños y
temas que nos apasionaban, siento remordimientos por no haber sabido gozar, en
su día, de tantos tesoros
espirituales allí acumulados y de la compañía de aquellos hombres que con su
vida ejemplar, han conseguido
incorporar sus nombres a la Historia.
Aquel saloncito en que nos
reuníamos, toma ante mi mente la categoría de hogar santo, nueva Covadonga de la
España que amanece. Aquel salón viene a presentárseme como una catacumba del
siglo XX, en que los futuros
mártires se confortaban entre sí para afrontar, fieles a Dios y a España, el
trance final; y también como tienda de
campaña. en la que reunidos los jefes de la Cruzada en las vísperas de su
iniciación, cambiaban consignas y
forjaban planes y arengas.
"Contracorriente", había nacido "Acción Española", contracorriente crecían las
adhesiones a sus principios, y con
esta palabra agresiva y heroica de ir "Contracorriente", tituló genéricamente
Maeztu los artículos que, en
colaboración regular publicaba en la prensa de provincias. Y al marchar
contracorriente Maeztu, y tras de él el
grupo de escritores e intelectuales que le consideraban como su maestro, no se
les ocultaba en nada, lo terrible de
la misión que cumplir y el riesgo probabilísimo de muerte a que se exponían. Fue
en los primeros años de la
siembra, dos meses antes del histórico 10 de agosto, cuando, en el memorable
banquete de la Cuesta de la
Perdices, pronunció don Ramiro las siguientes austeras palabras, ayer objeto de
retóricos aplausos y que hoy
podrían esculpirse en las rocas graníticas de ese Escorial por Maeztu aquel día
evocado, con el gotear no
interrumpido de lágrimas de madres españolas que lloran desde hace años la
pérdida de sus hijos, muertos
heroicamente, en el reír de su juventud, por haber seguido el camino de espinas
que el Maestro les señalara: "Pero
ahora -clamaba- yo digo a los jóvenes de veinte años: venid con nosotros porque
aquí, a nuestro lado, está el
campo del honor del sacrificio: nosotros somos la cuesta arriba, y en lo alto de
la cuesta está el Calvario, y en lo
más alto del Calvario, está la Cruz". Y en efecto. tras cinco años de trabajar
contracorriente, al coronar "la cuesta
arriba" sin tiempo para otear la tierra de promisión por él descrita. La prisión
primero y la muerte después.
Consumaron la realización de sus enseñanzas y profecías y el traquido de balas
asesinas fue el postrer bélico
clamor de aprobación a una vida perfecta de apostolado y amor.
Hombre, de cualquier país que seas, que sientas correr por tus venas sangre
española o que a España debas la
integridad de tu fe religiosa! ¡Español de la Península, de América, de
Filipinas o de cualquier otra región del
mundo!: al adentrarte en la lectura de este libro, amor de los amores del autor,
concede a cada frase y cada línea el
valor y el sentir que a su verdad confiere la autoridad suprema de estar
confirmado con sangre de mártir. Con
emoción recuerdo la pasión y el amor que Maeztu puso en la obra que hoy se
reimprime y que, capítulo a capítulo,
fue escribiendo y corrigiendo a nuestra vista. La DEFENSA DE LA HISPANIDAD no es
un mero producto de la
erudición y del talento de su autor; es algo. muy superior a todo eso; es una
obra de amor ardiente, apasionado, que
consigue suplir y superar las frías abstracciones de la inteligencia. Yo he
visto llorar a Maeztu leyendo la
"Salutación del Optimista", de su amigo Rubén. Nunca olvidaré aquellas lágrimas
que comenzaron a brotar de los
ojos de Maeztu al repetir las palabras proféticas: "... la alta virtud resucita
que a la hispana progenie hizo dueña de siglos"
Lágrimas que habrían de trocarse en cataratas y sollozos, que le obligaron a
suspender la lectura al llegar a la
invectiva:
"¿Quién será el pusilánime que al vigor español niegue músculos y que al alma
española juzgase áptera y ciega y
tullida?"
El amor, la pasión, la decisión, el
ímpetu, fueron las cualidades más destacadas en Maeztu. En su juventud amó y
sostuvo algunos principios falsos, aunque nunca sufrió extravío en su amor
entrañable a España. Si durante algún
tiempo fue frío en alguna de sus condiciones, cuando recorrió su camino de
Damasco, ese frío circunstancial se
trocó en una pasión y un fuego inextinguibles. En sus amores e Ideales jamás fue
de aquellos tibios, que el Señor,
en frase del Apocalipsis, vomitará de su boca. Un día del bienio
republicano-moderado se presentó Maeztu en la
habitual tertulia de "Acción Española", visiblemente excitado, refiriéndonos
que, en el portal de su casa. se había
encontrado con su antiguo amigo Pérez de Ayala, el durante largo tiempo
embajador de la República en Londres, y
al saludarle éste y decirle que a ver si se veían para recordar tiempos pasados,
él le había contestado: "Mire usted,
Pérez de Ayala, mientras usted crea que los que rezamos el Padrenuestro somos
unos idiotas, yo no tengo nada que
decirle".
Quede para otros escritores la
tarea ilustre de hacer una biografía de Maeztu desde su nacimiento en Vitoria,
de
madre inglesa, hasta su asesinato, en octubre de 1936, pasando por su ida a
Cuba, como soldado; a impedir la
pérdida del último florón de nuestra corona imperial, sus quince años de
estancia en Inglaterra, Su matrimonio con
inglesa, su regreso a la Patria para impedir el horror de que su hijo
pronunciara el español con acento inglés; su
embajada en Buenos Aires durante la Dictadura del general Primo de Rivera; su
encarcelamiento en Madrid con
ocasión del 10 de agosto, como presidente de "Acción Española", y su detención y
prisión en julio de 1936, con la
referencia de las gestiones hechas inútilmente por las Embajadas inglesa y
argentina para arrancarle de las garras
asesinas. Maeztu, como Calvo Sotelo, como Pradera, eran demasiado buenas presas
para que los enemigos de Dios
y de España permitieran su canje.
¡Uno de los últimos recuerdos que
conservo de Maeztu es la felicitación calurosa que me expresó con ocasión del
prólogo que, en junio de 1936, puse a la novela, de ambiente mejicano, titulada
Héctor, prólogo en que hacía un
llamamiento y apología del sacrificio y del combate en defensa de los ideales
supremos. "Juan Manuel lo ha leído
—me dijo don Ramiro— y se ha entusiasmado". Y este Juan Manuel, que por primera
y única vez sale citado
como autoridad de labios de Maeztu, era su propio hijo único, de dieciocho años.
Y es que, en materias de honor,
de virilidad y de dignidad nacional tenían, muy acertadamente, a los ojos de
Maeztu, más autoridad los mozos que
aún no contaban veinte años, que los miembros de las Academias por él
frecuentadas.
Un domingo de finales de junio de 1936 fuimos el marqués de las Marismas, Jorge
Vigón y yo, a acompañar al
matrimonio Maeztu desde Madrid a la Granja, donde se proponían alquilar una casa
en que pasar el verano.
Apenas llegados al Real Sitio don Ramiro encomendó a su esposa la tarea de
elegir casa y decidirse, mientras que
él se iba con nosotros a dar un paseo por el magnífico parque. Fue el último día
que paseé con éI y nunca podré
olvidar la interpretación revolucionaria que daba a fuentes y estatuas, así como
a la ornamentación de los jardines.
"¡No está aquí el Escorial! —decía—; esto es el siglo XVIII francés. Versalles.
Ninfos. Pastores. Fratos.
Naturalismo. Pero aquí nada habla de Dios. Esta ornamentación revela la
mentalidad que se refleja en Rousseau y
concluye en las matanzas de la Convención y el Terror. Desde la Granja seguimos
al secularizado monasterio
cartujo de El Paular, y después regresamos a la capital. Indecisiones
providenciales de última hora, hicieron que la
familia Maeztu no tomase casa en la Granja y que el 19 de julio les sorprendiese
en Madrid.
La última noticia que respecto a mí
tengo de Maeztu consiste en una frase proferida en la casa en que se
encontraba oculto durante los primeros días del Movimiento y en la que fue
detenido, reprochándome el que yo no
le hubiese avisado pues su sitio no era estar escondido, sino en una trinchera,
defendiendo su Fe y su Patria,
luchando por una España mejor. No temía las persecuciones ni la muerte, pero
soñaba con tomar parte personal y
directa en la Cruzada, ni lo suspiraba por puestos, mercedes o prebendas, sino
por el honor máximo de estar con un
fusil en la trinchera. Maeztu daba al valor físico y personal un elevadísimo
puesto en la jerarquía de los valores. Su
desprecio a los cobardes rayaba en lo superlativo. En el discurso del Banquete
de enero de 1934 dirigiéndose a las
mujeres allí presentes, les dijo: Despreciad al hombre que no sea valiente;
despreciad al hombre que no esté
dispuesto a arriesgar su Vida por la Santa Causa; despreciadlo, y ya veréis cómo
los corderos se convierten en
leones. Tengo la seguridad que, de haber estado don Ramiro en la zona nacional,
no hubiera sido empresa fácil
convencerle de que con sus sesenta años cumplidos no tenía puesto en el frente.
La visión de Maeztu, profeta y maestro de la Nueva España, no puede borrársenos
a los que cultivemos su
intimidad. No hay ceremonia, desfile, victoria o sesión conmemorativa a que
asistimos o en la que tomemos parte,
en que no echemos de menos su presencia.
Fue en Salamanca, un día de marzo de 1937, en que la primavera, anticipada,
llenó de sol y aromas su Plaza Mayor
maravillosa, cuando un poeta, compañero de luchas y de sueños de Maeztu, a la
vista de aquella perfecta geometría
de la representación de las fuerzas armadas que hicieron posible el milagro del
Alzamiento Nacional, Ejército,
Requetés, falangistas, Acción Popular, Renovación, tropas Moras; al oír con ecos
resurrección y nostalgia los
acordes de un himno proscrito desde hacia años; al contemplar la llegada del
primer embajador extranjero que
reconocía al nuevo Estado, nacido de la Cruzada, buscó con insistencia vana,
entre la masa que colmaba balcones
y plaza, a Ramiro de Maeztu. En aquella jornada de ilusión y de gloria, apenas
oscurecida por algunos jirones de
nubes en los cielos y una larvada estridencia en el suelo, José María Pemán
sintió cantar su musa en versos
sentidísimos, cuyo final transcribe como áureo remate de estas páginas de
evocación:
"Ramiro de Maeztu, Señor y Capitán de la Cruzada: ¿Dónde estabas ayer, mi dulce
amigo, que no pude
encontrarte? ¿Dónde estabas?, ¡para haberte traído de la mano, a las doce del
día, bajo el cielo de viento y nubes
altas, a ver, para reposo de tu eterna inquietud, tu Verdad hecha ya Vida en la
Plaza Mayor de Salamanca!"
Eugenio Vegas Latapie
Preludio
Esta introducción fue publicada el 15 de diciembre de 1931 como
artículo-programa de la revista Acción Española.
Un jurado benévolo la escogió para el premio «Luca de Tena» de aquel año. Al
recogerla con el asenso de la
revista donde vieron la luz primera los más de los trabajos de este libro, la he
llamado "Preludio", porque esta
palabra no significa meramente lo que da principio a una cosa, sino que sugiere
también, por su uso musical, que
se trata de un comienzo especialísimo, en el que se anuncian los temas que van a
desarrollarse en el curso de la
obra.
ESPAÑA es una encina media sofocada
por la yedra. La yedra es tan frondosa, y se ve la encina tan arrugada y
encogida, que a ratos parece que el ser de España está en la trepadora, y no en
el árbol. Pero la yedra no se puede
sostener sobre sí misma. Desde que España dejó de creer en su misión histórica,
no ha dado al mundo de las ideas
generales más pensamientos valederos que los que han tendido a hacerla recuperar
su propio ser. Ni su Salmerón.
ni su Pi y Margall, ni su Giner, ni su Pablo lglesias, han aportado a la
filosofía del mundo un solo pensamiento
nuevo que el mundo estime válido. La tradición española puede mostrar
modestamente, pero como valores
positivos y universales, un Balmes, un Donoso, un Menéndez Pelayo, un González
Arintero. No hay un liberal
español que haya enriquecido la literatura del liberalismo con una idea cuyo
valor reconozcan los liberales
extranjeros, ni un socialista la del socialismo, ni un anarquista la del
anarquismo, ni un revolucionario la de la
revolución.
Ello es porque en otros países han
surgido el liberalismo y la revolución por medio de sus faltas, o para castigo
de
sus pecados. En España eran innecesarios. Lo que nos hacía falta era
desarrollar, adaptar y aplicar los principios
morales de nuestros teólogos juristas a las mudanzas de los tiempos. La raíz de
la revolución en España, allá en los
comienzos del siglo XVIII, ha de buscarse únicamente en nuestra admiración del
extranjero. No brotó de nuestro
ser, sino de nuestro no ser. Por eso, sin propósito de ofensa para nadie, la
podemos llamar la Antipatria, lo que
explica su esterilidad, porque la Antipatria no tiene su ser más que en la
Patria, como el Anticristo lo tiene en el
Cristo. Ovidio hablaba de un ímpetu sagrado de que se nutren los poetas: Impetus
ille sacer, qui vatum pectora
nutrit. El ímpetu sagrado de que se han de nutrir los pueblos que ya tienen
valor universal es su corriente histórica.
Es el camino que Dios les señala. Y fuera de la vía, no hay sino extravíos.
Durante veinte siglos, el camino de España no tiene pérdida posible. Aprende de
Roma el habla con que puedan
entenderse sus tribus y la capacidad organizadora para hacerlas convivir en el
derecho. En la lengua del Lacio
recibe el Cristianismo, y con el Cristianismo el ideal. luego vienen las
pruebas. Primero, la del Norte, con el
orgullo arriano que proclama no necesita Redentor, sino Maestro, después la del
Sur, donde la moral del hombre se
abandona a un destino inescrutable. También los españoles pudimos dejarnos
llevar por el Kismet. Seríamos ahora
lo que Marruecos o, a lo sumo, Argelia. Nuestro honor fue abrazarnos a la Cruz y
a Europa, al Occidente, e
identificar nuestro ser con nuestro ideal. El mismo año en que llevamos la Cruz
a la Alhambra descubrimos el
Nuevo Continente. Fue un 12 de octubre, el día en que la Virgen se apareció a
Santiago en el Pilar de Zaragoza. La
corriente histórica nos hacía tender la Cruz al mundo nuevo.
Ahí están los manuscritos del padre Vitoria. El tema que más le preocupó fue
conciliar la predestinación divina
con los méritos del hombre. No podía creer que los hombres. ni siquiera algunos
hombres, fuesen malos porque la
Providencia los hubiera predestinado a la maldad. Sobre todos los mortales
debería brillar la esperanza. Sobre
todos la hizo brillar el padre Vitoria con su doctrina de la Gracia. Algunos
discípulos y colegas suyos la llevaron al
concilio de Trento donde la hicieron prevalecer. Salvaron con ello la creencia
del hombre en la eficacia de su
voluntad y de sus méritos. Y así empezó la Contrarreforma. Otros discípulos la
infundieron en Consejo de Indias, e
inspiraron en ella la legislación de las tierras de América, que trocó la
conquista del Nuevo Mundo en empresa
evangélica y de incorporación a la Cristiandad de aquellas razas a las que
llamaban los Reyes de Castilla "nuestros
amigos los indios". ¿Es que se habrá agotado ese ideal? Todavía ayer moría en
Salamanca el padre González
Arintero. Y suya es la sentencia: "No hay proposición teológica más segura que
ésta: a todos sin excepción se les
da —"proxima" o "remota"— una gracia suficiente para la salud.."
¿Han elaborado los siglos sucesivos ideal alguno que supere al nuestro? De la
imposibilidad de salvación se
deduce la del progreso y perfeccionamiento. Decir en lo teológico que todos los
hombres pueden salvarse, es
afirmar en lo ético que deben mejorar, y en lo político, que pueden progresar.
Es ya comprometerse a no estorbar
el mejoramiento de sus condiciones de vida y aun a favorecerlo en todo lo
posible. ¿Hay ideal superior a éste?.
Jamás pretendimos los españoles vincular la Divinidad a nuestros intereses
nacionales; nunca dijimos como Juana
de Arco: "los que hacen la guerra al Santo Reino de Francia, hacen la guerra al
Rey Jesús", aunque estamos ciertos
de haber peleado, en nuestros buenos tiempos, las batallas de Dios. Nunca
creímos, como los ingleses y
norteamericanos, que la Providencia nos había predestinado para ser mejores que
los demás pueblos. Orgullosos de
nuestro credo, fuimos siempre humildes respecto a nosotros mismos. No tan
humildes, sin embargo, como esa
desventurada Rusia de la revolución, que proclama el carácter ilusorio de todos
los valores del espíritu y cifra su
ideal en reducir el género humano a una economía puramente animal.
El ideal hispánico está en pie. Lejos de ser agua pasada, no se superará
mientras quede en el mundo un solo
hombre que se sienta imperfecto. Y por mucho que se haga para olvidarlo y
enterrarlo, mientras lleven nombres
españoles la mitad de las tierras del planeta, la idea nuestra seguirá saltando
de los libros de mística y ascética a las
páginas de la Historia Universal. ¡Si fuera posible para un español culto vivir
de espaldas a la Historia y perderse
en los cines, los cafés y las columnas de los diarios! Pero cada piedra nos
habla de lo mismo. ¿Qué somos hoy, qué
hacemos ahora cuando nos comparamos con aquellos españoles, que no eran ni más
listos ni más fuertes que
nosotros, pero creaban la unidad física del mundo, porque antes o al mismo
tiempo constituían la unidad moral del
género humano, al emplazar una misma posibilidad de salvación ante todos los
hombres, con lo que hacían posible
la Historia Universal, que hasta nuestro siglo XVI no pudo ser sino una
pluralidad de historias inconexas?
¿Podremos consolarnos de estar ahora tan lejos de la Historia, pensando que a
cada pueblo le llega su caída y que
hubo un tiempo en que fueron también Nínive y Babilonia?
Pero cuando volvemos los ojos a la
actualidad, nos encontramos, en primer término, con que todos los pueblos que
fueron españoles están continuando la obra de España, porque todos están
tratando a las razas atrasadas que hay
entre ellos con la persuasión y en la esperanza de que podrán salvarlas; y
también con que la necesidad urgente del
mundo entero, si ha de evitarse la colisión de Oriente y Occidente, es que
resucite y se extienda por toda la faz de
la Tierra aquel espíritu español, que consideraba a todos los hombres como
hermanos, aunque distinguía los
hermanos mayores de los menores; porque el español no negó nunca la evidencia de
las desigualdades. Así la obra
de España, lejos de ser ruinas y polvo, es una fábrica a medio hacer, como la
Sagrada Familia, de Barcelona, o la
Almudena, de Madrid; o, si se quiere, una flecha caída a mitad del camino, que
espera el brazo que la recoja y
lance al blanco, o una sinfonía interrumpida, que está pidiendo los músicos que
sepan continuarla.
La sinfonía se interrumpió en 1700, al cerrarse para siempre los ojos del
Monarca hechizado. Cuentan los
historiadores que, a fuerza de pasar por nuestras tierras tropas alemanas,
inglesas y francesas, aparte de las
nuestras, durante catorce años, al cabo de la guerra de Sucesión se habían
esfumado todas las antiguas instituciones
españolas, excepto la corona de Castilla. España era una pizarra en limpio,
donde un Rey y una Corte extranjeros
podían escribir lo que quisieran. Mucho de lo que dijeron tenía que decirse,
porque el país necesitaba "academias y
talleres, carreteras y canales"·. Embargados en cuidados superiores nos habíamos
olvidado anteriormente de que lo
primero era vivir. Pero cuando se dijo que: "Ya no hay Pirineos", lo que
entendió la mayor parte de nuestra
aristocracia es que Versalles era el centro del mundo. Pudimos entonces
economizar las energías y esperar a que se
restaurasen para seguir nuestra obra. Preferimos poner nuestra ilusión en ser lo
que no éramos. Y hace doscientos
años que el alma se nos va en querer ser lo que no somos, en vez de ser nosotros
mismos, pero con todo el Poder
asequible.
Estos doscientos años son los de la
Revolución. ¿Concibe nadie que Sancho Panza quiera sublevarse contra Don
Quijote. El hombre inferior admira y sigue al superior, cuando no está maleado,
para que le dirija y le proteja. El
hidalgo de nuestros siglos XVI y XVII recibía en su niñez, adolescencia y
juventud una educación tan dura,
disciplinada y espinosa, que el pueblo reconocía de buena gana su superioridad.
Todavía en tiempos de Felipe IV y
Carlos II sabía manejar con igual elegancia las armas y el latín. Hubo una época
en que parecía que todos los
hidalgos de España eran al mismo tiempo poetas y soldados. Pero cuando la
crianza de los ricos se hizo cómoda y
suave, y al espíritu de servicio sucedió el de privilegio, que convirtió la
Monarquía Católica en territorial y los
caballeros cristianos en señores, primero, y en señoritos luego, no es extraño
que el pueblo perdiera a sus patricios
el debido respeto. ¿Qué ácido corroyó las virtudes antiguas? En el cambio de
ideales había ya un abandono del
espíritu a la sensualidad y a la naturaleza; pero lo más grave era la
extranjerización, la voluntad de ser lo que no
éramos, porque querer ser otros es ya querer no ser, lo que explica, en medio de
los anhelos económicos, el íntimo
abandono moral, que se expresa en ese nihilismo de tangos rijosos y resignación
animal, que es ahora la música
popular española.
Siempre ha tenido España buenos
eruditos, demasiado conocedores de su Historia para poder creer lo que la
envidia de sus enemigos propalaba. La mera prudencia dice, por otra parte, que
un pueblo no puede vivir con sus
glorias desconocidas y sus vergüenzas al desnudo, sin que propenda a huir de sí
mismo y disolverse, como lo viene
haciendo hace ya más de un siglo. Tampoco nos ha faltado aquel patriotismo
instintivo que formuló
desesperadamente Cánovas: "Con la Patria se está con razón y sin razón, como se
está con el padre y con la
madre". La historia, la prudencia y el patriotismo han dado vida al
tradicionalismo español, que ha batallado estos
dos siglos como ha podido, casi siempre con razón, a veces con heroísmo
insuperable, pero generalmente con la
convicción intranquila de su aislamiento, porque sentía que el mundo le era
hostil y contrario al movimiento
universal de las ideas.
Los hombres que escribimos en
Acción Española sabemos lo que se ha ocultado cuidadosamente en estos años al
conocimiento de nuestro público lector, y es que el mundo ha dada otra vuelta y
ahora está con nosotros. Porque
sus mejores espíritus buscan en todas partes principios análogos o idénticos a
los que mantuvimos en nuestros
grandes siglos. Queremos traer esta buena noticia a los corazones angustiados.
El mundo ha dado otra vuelta. Se
puede trazar una raya en 1900. Hasta entonces eran adversos a España los más de
los talentos extranjeros que de
ella se ocupaban. Desde entonces nos son favorables. Los amigos del arte se
maravillan de los esfuerzos que hace
el mundo por entender y gozar mejor el estilo barroco, que es España. Y es que
han fracasado el humanismo
pagano y el naturalismo de los últimos tiempos. La cultura del mundo no puede
fundarse en la espontaneidad
biológica del hombre, sino en la deliberación, el orden y el esfuerzo, la
elección no está en hacer lo que se quiere,
sino lo que se debe. Y la física y la metafísica, las ciencias morales y las
naturales nos llevan de nuevo a escuchar
la palabra del Espíritu y a fundar el derecho y las instituciones sociales y
políticas, como; Santo Tomás y nuestros
teólogos juristas, en la objetividad del bien común. y no en la caprichosa
voluntad del que más puede. Venimos,
pues, a desempeñar una función de enlace. Nos proponemos mostrar a los españoles
educados que el sentido de la
cultura en los pueblos modernos coincide con la corriente histórica de España;
que los legajos de Sevilla y
Simancas y las piedras de Santiago, Burgos y Toledo no son tumbas de una ,España
muerta, sino fuentes de vida,
que el mundo, que nos había condenado. nos da ahora la razón, arrepentido, por
supuesto, sin pensar en nosotros,
sino incidentalmente, porque hemos descuidado la defensa de nuestro propio ser,
en cuya defensa está la esencia
misma del ser, según los mejores ontologistas de hoy; porque también la
filosofía contemporánea viene a decirnos
que hay que salir de esa suicida negación de nosotros mismos, con que hemos
reducido a la trivialidad a un pueblo
que vivió durante más de dos siglos en la justificada persuasión de ser la nueva
Roma y el Israel cristiano.
Harto sabemos que nuestra labor tiene que ser modesta y pobre. Descuidos
seculares no pueden repararse sino con
el esfuerzo continuado de generaciones sucesivas. Pero lo que vamos a hacer no
podemos Por menos de hacerlo.
Ya no es una mera pesadilla hablar de la posibilidad del fin de España, y España
es parte esencial de nuestras
vidas. No somos animales que se resignen a la mera vida fisiológica, ni ángeles
que vivan la eternidad fuera del
tiempo y del espacio. En nuestras almas de hombres habla la voz de nuestros
padres, que nos llama al porvenir por
que lucharon. Y aunque nos duele España, y nos ha de dotar aún más en esta obra,
todavía es mejor que nos duela
ella que dolernos nosotros de no ponernos a hacer lo que debemos.
La Hispanidad y su Dispersión : La Separación de América y La Unidad de la
Hispanidad
"El 12 de Octubre, mal titulado el
Día de la Raza, deberá ser en lo sucesivo el Día de la Hispanidad". Con estas
palabras encabezaba su extraordinario del 12 de octubre último un modesto
semanario de Buenos Aires, El Eco de
España. La palabra se debe a un sacerdote español y patriota que en la Argentina
reside, D. Zacarías de Vizcarra.
Si el concepto de Cristiandad comprende y a la vez caracteriza a todos los
pueblos cristianos, ¿por qué no ha de
acuñarse otra palabra, como ésta de Hispanidad, que comprenda también y
caracterice a la totalidad de los pueblos
hispánicos?
Primera cuestión: ¿Se incluirán en
ella Portugal y Brasil? A veces protestan los portugueses. No creo que los más
cultos. Cámoens los llama (Lusiadas, Canto I, estrf. XXXI): "Huma gente
fortissima de Espanha"
André de Resende, el humanista, decía lo mismo, con palabras que elogia doña
Carolina Micha‰lis de
Vasconcelos: "Hispani omnes sumus". Almeida Garret lo decía también: "Somos
Hispanos, e devemos chamar
Hispanos a quantos habitamos a peninsula hispánica". Y don Ricardo Jorge ha
dicho: "chamese Hispania à
peninsula, hispano ao seu habitante ondequer que demore, hispánico ao que lhez
diez respeito". Hispánicos son,
pues, todos los pueblos que deben la civilización o el ser a los pueblos
hispanos de la península. Hispanidad es el
concepto que a todos los abarca.
Veamos hasta que punto los
caracteriza. La Hispanidad, desde luego, no es una raza. Tenía razón El Eco de
España
para decir que está mal puesto el nombre de Día de la Raza al del 12 de octubre.
Sólo podría aceptarse en el
sentido de evidenciar que los españoles no damos importancia a la sangre, ni al
color de la piel, porque lo que
llamamos raza no está constituido por aquellas características que puedan
transmitirse a través de las obscuridades
protoplásmicas, sino por aquellas otras que son luz del espíritu, como el habla
y el credo. La Hispanidad está
compuesta de hombres de las razas blanca, negra, india y malaya, y sus
combinaciones, y sería absurdo buscar sus
características por los métodos de la etnografía.
También por los de la geografía.
Sería perderse antes de echar a andar. La Hispanidad no habita una tierra, sino
muchas y muy diversas. La variedad del territorio peninsular, con ser tan
grande, es unidad si se compara con la
del que habitan los pueblos hispánicos. Magallanes, al Sur de Chile, hace pensar
en el Norte de la Escandinavia.
Algo más al Norte, el Sur de la Patagonia argentina, tiene clima siberiano. El
hombre que en esas tierras se
produce no puede parecerse al de Guayaquil, Veracruz o las Antillas, ni éste al
de las altiplanicies andinas, ni éste
al de las selvas paraguayas o brasileñas. Los climas de la Hispanidad son los de
todo el mundo. Y esta falta de
características geográficas y etnográficas, no deja de ser uno de los más
decisivos caracteres de la Hispanidad. Por
lo menos es posible afirmar, desde luego, que la Hispanidad no es ningún
producto natural, y que su espíritu no es
el de una tierra, ni el de una raza determinada.
¿Es entonces la Historia quien lo
ha ido definiendo? Todos los pueblos de la Hispanidad fueron gobernados por los
mismos Monarcas desde 1580, año de la anexión de Portugal, hasta 1640, fecha de
su separación, y antes y
después por las dos monarquías peninsulares, desde los años de los
descubrimientos hasta la separación de los
pueblos de América. Todos ellos deben su civilización a España y Portugal. La
civilización no es una aventura.
Quiero decir que la comunidad de los pueblos hispánicos no puede ser la de los
viajeros de un barco que, después
de haber convivido unos días, se despiden para no volver a verse. Y no lo es, en
efecto. Todos ellos conservan un
sentimiento de unidad, que no consiste tan sólo en hablar la misma lengua o en
la comunidad del origen histórico,
ni se expresa adecuadamente diciendo que es de solidaridad, porque por
solidaridad entiende el diccionario de la
Academia, una adhesión circunstancial a la causa de otros, y aquí no se trata de
una adhesión circunstancial, sino
de una comunidad permanente.
No exageremos, sin embargo, la medida de la unidad. Pero es un hecho que un
Embajador de España no se siente
tan extraño en Buenos Aires como en Río Janeiro, ni en Río Janeiro como en
Londres, ni en Londres como en
Tokio. Es también un hecho que no podrá desembarcar un pelotón de infantería de
marina norteamericana en
Nicaragua, sin que se lastime el patriotismo de la Argentina y del Perú, de
Méjico y de España, y aun también el de
Brasil y Portugal. No sólo esto. El mero deseo de un político norteamericano, Mr.
William G. McAdoo, de que la
Gran Bretaña y Francia transfieran a los Estados Unidos, para pago de sus deudas
de guerra, sus posesiones en las
Indias occidentales y las Guayanas inglesa y francesa, basta para que dé la voz
de alarma un periódico tan saturado
de patriotismo argentino como La Prensa, de Buenos Aires, que proclama (18 de
noviembre, 1931), "que todos los
pueblos hispanoamericanos abogan
por la independencia de Puerto Rico, el retiro de tropas de Nicaragua y Haití,
la reforma de la enmienda Platt y el desconocimiento, como doctrina, del
enunciado de Monroe".
De otra parte, habría muchas razones para dudar de que sea muy sólida esta
unidad que llamamos hispánica. En
primer término, porque carece de órgano jurídico que la pueda afirmar con
eficacia. Un ironista llamó a las
Repúblicas hispanoamericanas "los Estados desunidos del Sur", en contraposición
a los Estados Unidos del Norte.
Pero más grave que la falta del órgano es la constante crítica y negación de las
dos fuentes históricas de la
comunidad de los pueblos hispánicos, a saber: la religión católica y el régimen
de la Monarquía católica española.
Podrá decirse que esta doble negación es consubstancial con la existencia misma
de las repúblicas
hispanoamericanas, que forjaron su nacionalidad en lucha contra la dominación
española. Pero esta interpretación
es demasiado simple. Las naciones no se forman de un modo negativo, sino
positivamente y por asociación del
espíritu de sus habitantes a la tierra donde viven y mueren. Es puro accidente
que, al formarse las nacionalidades
hispánicas de América, prevalecieran en el mundo las ideas de la revolución
francesa. Ocurrió que prevalecían y
que han prevalecido durante todo el siglo pasado. Los mejores espíritus están ya
saliendo de ellas, tan
desengañados como Simón Bolívar, cuando dijo: "Los que hemos trabajado por la
revolución hemos arado en el
mar".
Ahora están perplejos. Ya han
perdido los más perspicaces la confianza que tenían en las doctrinas de la
revolución. En su crisis actual, no quedarán muchos talentos que puedan
asegurar, como Carlos Pellegrini hace tres
cuartos de siglo, que "el progreso de la República Argentina es un hecho forzoso
y fatal". La fatalidad del progreso
es una de las ilusiones que aventó la gran guerra. Todos los ingenios
hispanoamericanos no tienen la ruda
franqueza con que el chileno Edwards Bello proclamó que: "el arte
iberoamericano, sin raíces en las modalidades
nacionales, carece de interés en Europa". Pero muchos sienten que las cosas no
marchan como debieran, ni mucho
menos como en otro tiempo se esperaba. En lo económico, esos países, que viven
al día, dependen de las grandes
naciones prestamistas, antes, de Inglaterra, ahora, de los Estados Unidos. No
son pueblos de inventores, ni de
grandes emprendedores. Sus investigadores son también escasos. Padecen,
agravados, los males de España. Lo
atribuye Edwards Bello, a que están divididos en tantas nacionalidades. Lo que
hizo grande, a juicio suyo, a
Bolívar y a Rubén Darío, fue haber podido ser, en un momento dado, el soldado y
el poeta de todo un Continente.
El hecho es que los pueblos hispánicos viven al día, sin ideal, por lo menos sin
un ideal que el mundo entero tenga
que agradecerles. ¿Y no de- penderá la insuficiente solidaridad de los pueblos
hispánicos de que han dejado
apagarse y deslucirse sus comunes valores históricos? ¿Y no será esa también la
causa de la falta de originalidad?
Lo original, ¿no es lo originario?
Las ideas del siglo XVIII
Ahora está el espíritu de la Hispanidad medio disuelto, pero subsistente. Se
manifiesta de cuando en cuando como
sentimiento de solidaridad y aun de comunidad, pero carece de órganos con que
expresarse en actos. De otra parte,
hay signos de intensificación. Empieza a hacer la crítica de la crítica que
contra él se hizo y a cultivar mejor la
Historia. La Historia está llamada a transformar nuestros panoramas espirituales
y nunca ha carecido de buenos
cultivadores en nuestros países. Lo que no tuvimos, salvo el caso único e
incierto de Oliveria Martins, fueron
hombres cuyas ideas supieran iluminar los hechos y darles su valor y sentido.
Hasta ahora, por ejemplo, no se
sabía, a pesar de los miles de libros que sobre ello se han escrito, cómo se
había producido la separación de los
países americanos. Desde el punto de vista español parecía una catástrofe tan
inexplicable como las geológicas.
Pero hace tiempo que entró en la geología la tendencia a explicarse las
transformaciones por causas permanentes,
siempre actuales. ¿Y por qué no han de haber separado de su historia a los
países americanos las mismas causas
que han hecho lo mismo con una parte tan numerosa del pueblo español? Si
Castelar, en el más celebrado de sus
discursos ha podido decir: "No hay nada más espantoso, más abominable, que aquel
gran imperio español que era
un sudario que se extendía sobre el planeta", y ello lo había aprendido D.
Emilio de otros españoles, ¿por qué no
han de ser estos intrépidos fiscales los maestros comunes de españoles e
hispanoamericanos? Si todavía hay
conferenciantes españoles que propalan por América paparruchas semejantes a las
que creía Castelar, ¿por qué no
hemos de suponer que, ya en el siglo XVIII, nuestros propios funcionarios,
tocados de las pasiones de la
Enciclopedia, empezaron a propagarlas? Pues bien, así fue. De España salió la
separación de América. La crisis de
la Hispanidad se inició en España. Un libro todavía reciente, Los Navíos de la
Ilustración, de D. Ramón de
Basterra, empezó a transformar el panorama cultural. Basterra se encontró en
Venezuela con los papeles de la
Compañía Guipuzcuana de Navegación, fundada en 1728, y vio que los barcos del
conde Peña Florida y del
marqués de Valmediano, de cuya propiedad fueron después partícipes las familias
próceres de Venezuela, como
los Bolívar, los Toro, Ibarra, La Madrid y Ascanio, llevaban y traían en sus
camarotes y bodegas los libros de la
Enciclopedia francesa y del siglo XVIII español. Por eso atribuyó Basterra la
independencia de América al hecho
de haberse criado Bolívar en las ideas de los Amigos del País de aquel tiempo.
Su error fue suponer que acaeció
solamente en Venezuela lo que ocurría al mismo tiempo en toda la América
española y portuguesa, como
consecuencia del cambio de ideas que el siglo XVIII trajo a España. Al régimen
patriarcal de la Casa de Austria,
abandonado en lo económico, escrupuloso en lo espiritual, sucedió bruscamente un
ideal nuevo de ilustración, de
negocios, de compañías por acciones, de carreteras, de explotación de los
recursos naturales. Las Indias dejaron de
ser el escenario donde se realizaba un intento evangélico para convertirse en
codiciable patrimonio. Pero, ¿no se
originó el cambio en España?
Un erudito inglés, Mr. Cecil Jane,
ha desarrollado recientemente la tesis de que la separación de América se debe a
la extrañeza que a los criollos produjeron las novedades introducidas en el
gobierno de aquellos países por los
virreyes y gobernadores del siglo XVIII. El hecho de que los propios monarcas
españoles incitaran a Jorge Juan y a
Ulloa a poner en berlina todas las instituciones, así como los usos y
costumbres, en sus "Noticias Secretas de
América", destruyó, a juicio de Mr. Jane, el fundamento mismo de la lealtad
americana: "Desde ese momento ganó
terreno la idea de disolver la unión con España, no porque fuese odiado el
Gobierno español, sino porque parecía
que el Gobierno había dejado de ser español, en todo, salvo el nombre". Pero
antes de Jorge Juan y Ulloa, antes de
la Compañía Guipuzcoana de Navegación, cuenta D. Carlos Bosque, el historiador
español (muerto hace poco en
Lima para retardo de nuestras reivindicaciones), que el marqués de
Castelldosrius fue nombrado virrey del Perú
por recomendación del propio Luis XIV, por haber sido uno de los aristócratas
catalanes que abrazaron contra el
Archiduque la causa de Felipe V. Castelldosrius fue a Lima con la condición de
permitir a los franceses un tráfico
clandestino contrario al tradicional régimen del virreinato. Al morir
Castelldosrius y verse sustituido por el Obispo
de Quito, fue éste procesado por haber suprimido el contrabando francés, que era
perjudicial para el Perú y para el
Rey. El proceso culpa al obispo de haber prohibido pagar cuentas atrasadas del
virrey. Es un dato que revela el
cambio acontecido. Los virreyes empiezan a ir a América para poder pagar sus
deudas antiguas. Así se pierde un
mundo.
Todos los conocedores de la historia americana saben que el hecho central y
decisivo del siglo XVIII fue la
expulsión de los jesuitas. Sin ella no habría surgido, por lo menos entonces, el
movimiento de la independencia. Lo
reconoce, con lealtad característica, D. Leopoldo Lugones, poco afecto a la
retórica hispanófila. La avaricia del
marqués de Pombal, que quería explotar, en sociedad con los ingleses, los
territorios de las misiones jesuíticas de
la orilla izquierda del río Uruguay, y el amor propio de la marquesa de
Pompadour, que no podía perdonar a los
jesuitas que se negasen a reconocerla en la Corte una posición oficial, como
querida de Luis XV, fueron los
instrumentos que utilizaron los jansenistas y los filósofos para atacar a la
Compañía de Jesús. El conde Aranda,
enérgico, pero cerrado de mollera, les sirvió en España sin darse cuenta clara
de lo que estaba haciendo. "Hay que
empezar por los jesuitas como los más valientes", escribía D'Alembert a
Chatolais. Y Voltaire a Helvecio, en 1761:
"Destruidos los jesuitas, venceremos a la infame". La "infame", para Voltaire,
era la Iglesia. El hecho es que la
expulsión de los jesuitas produjo en numerosas familias criollas un horror a
España, que al cabo de seis
generaciones no se ha desvanecido todavía. Ello se complicó con el intento, en
el siglo XVIII, de substituir los
fundamentos de la aristocracia en América. Por una de las más antiguas Leyes de
Indias, fechada en Segovia el 3
de julio de 1533, se establecía que: "Por honrar las personas, hijos y
descendientes legítimos de los que se
obligaren a hacer población (entiéndase tener casa en América)..., les hacemos
hijosdalgos de solar conocido..."
Por eso, las informaciones americanas sobre noblezas prescindieron en los siglos
XVI y XVII, de los "abuelos de
España", deteniéndose, en cambio, a referir con todo lujo de detalles, como dice
el genealogista Lafuente Machain,
las aventuras pasadas en América; y es que la aspiración durante aquellos
siglos, era tener sangre de Conquistador,
y en ellas se basaba la aristocracia americana. El siglo XVIII trajo la
pretensión de que se fundara la nobleza en los
señoríos peninsulares, por medio de una distinción que estableció entre la
hidalguía y la nobleza, según la cual la
hidalguía era un hecho natural e indeleble, obra de la sangre, mientras la
nobleza era de privilegio o nombramiento
real. La aristocracia criolla se sintió relegada a segundo término, hasta que
con las luchas de la independencia
surgió la tercera nobleza de América, constituida por "los próceres", que fueron
los caudillos de la revolución.
Hubo también otros criollos que siguieron las lecciones de los españoles, y se
enamoraron de los ideales de la
Enciclopedia, y su número fue creciendo tanto durante el curso del siglo XIX,
que un estadista uruguayo, D. Luis
Alberto de Herrera, podía escribir en 1910, que la América del Sur "vibra con
las mismas pasiones de París,
recogiendo idénticos sus dolores, sus indagaciones y sus estallidos
neurasténicos. Ninguna otra experiencia se
acepta; ningún otro testimonio de sabiduría cívica o de desinterés humano se
coloca a su altura excelsa". Ha de
reconocerse que Francia tiene su parte de razón cuando recaba para sí la
primacía, como cabeza de la latinidad y
principal protagonista de la revolución, diciendo a los hijos de la América
hispánica: "Vous n'êtes pas les fils de
l'Espagne vous êtes les fils de la Révolution francaise". Bueno; ya no hay
franceses, por lo menos entre los
intelectuales distinguidos, que se entusiasmen con su revolución. Lo que hacen
los de ahora es buscar en la música
de la Marsellesa, que es el único himno sin Dios, entre los grandes himnos
nacionales, la misma inspiración con
que le hablaban a Juana de Arco las voces de Domrémy. Y empieza a haber no sólo
españoles, sino americanos,
que vislumbran que la herencia hispánica no es para desdeñada
De la Monarquía Católica a la
territorial y la guerra civil en América
En general, los hispanoamericanos no se suelen hacer cargo de que lo mismo su
afrancesamiento espiritual, que su
sentido secularista del gobierno y de la vida, que su afición a las ideas de la
Enciclopedia y de la Revolución son
herencia española, hija de aquella extraordinaria revisión de valores y de
principios que se operó en España en las
primeras décadas del siglo XVIII y que inspiró a nuestro gobierno desde 1750. Y
es que los libros escolares de
Historia no suelen mostrarles que las ideas y los principios son antes que las
formas de gobierno.
Los principios han de ser lo primero, porque el principio, según la Academia, es
el primer instante del ser de una
cosa. No va con nosotros la fórmula de "politique d'abord", a menos que se
entienda que lo primero de la política
ha de ser la fijación de los principios. Aunque creyentes en la esencialidad de
las formas de gobierno, tampoco las
preferimos a sus principios normativos. La prueba la tenemos en aquel siglo
XVIII, en que se nos perdió la
Hispanidad. Las instituciones trataron de parecerse a las de mil seiscientos.
Hasta hubo aumento en el poder de la
Corona. Pero nos gobernaron en la segunda mitad del siglo masones aristócratas,
y los que se proponían los
iniciados, lo que en buena medida consiguieron, era dejar sin religión a España.
La impiedad, ciertamente, no entró
en la Península blandiendo ostensiblemente sus principios, sino bajo la yerba y
por secretos conciliábulos. Durante muchas décadas siguieron nuestros
aristócratas rezando su rosario. Empezamos
por maravillarnos del fausto y la pujanza de las naciones progresivas: de la
flota y el comercio de Holanda e
Inglaterra, de las plumas y colores de Versalles. Después nos asomamos humildes
y curiosos a los autores
extranjeros, empezando por aquel Montesquieu que tan mala voluntad nos tenía.
Avergonzados de nuestra
pobreza, nos olvidamos de que habíamos realizado, y continuábamos actualizando,
un ideal de civilización muy
superior a ningún empeño de las naciones que admirábamos. Y como entonces no nos
habíamos hecho cargo, ni
ahora tampoco, de que el primer deber del patriotismo es la defensa de los
valores patrios legítimos contra todo lo
que tienda a despreciarlos, se nos entró por la superstición de lo extranjero
esa enajenación o enfermedad del que
se sale de sí mismo, que todavía padecemos.
Mucho bueno hizo el siglo XVIII.
Nadie lo discute. Ahí están las Academias, los caminos, los canales, las
Sociedades económicas de los Amigos del País, la renovación de los estudios.
Embargados en otros menesteres, no
cabe duda de que nos habíamos quedado rezagados en el cultivo de las ciencias
naturales, porque, respecto de las
otras, Maritan estima como la mayor desgracia para Europa haber seguido a
Descartes en el curso del siglo XVII, y
no a su contemporáneo Juan de Santo Tomás, el portugués eminentísimo, aunque
desconocido de nuestros
intelectuales, que enseñaba a su santo en Alcalá. El hecho es que dejamos de
pelear por nuestro propio espíritu,
aquel espíritu con que estábamos incorporando a la sociedad occidental y
cristiana a todas las razas de color con
las que nos habíamos puesto en contacto. Ahora bien, el espíritu de los pueblos
está constituido de tal modo, que,
cuando se deja de defender, se desvanece para ellos.
No vimos entonces que la pérdida de la tradición implicaba la disolución del
Imperio, y por ello la separación de
los pueblos hispanoamericanos. El Imperio español era una Monarquía misionera,
que el mundo designaba
propiamente con el título de Monarquía católica. Desde el momento en que el
régimen nuestro, aun sin cambiar de
nombre, se convirtió en ordenación territorial, militar, pragmática, económica,
racionalista, los fundamentos
mismos de la lealtad y de la obediencia quedaron quebrantados. La España que
veían, a través de sus virreyes y
altos funcionarios, los americanos de la segunda mitad del siglo XVIII, no era
ya la que los predicadores habían
exaltado, recordando sin cesar en los púlpitos la cláusula del testamento de
Isabel la Católica, en que se decía: "El
principal fin e intención suya, y del Rey su marido, de pacificar y poblar las
Indias, fue convertir a la Santa Fe
Católica a los naturales", por lo que encargaba a los príncipes herederos: "Que
no consientan que los indios de las
tierras ganadas y por ganar reciban en sus personas y bienes agravios, sino que
sean bien tratados". No era
tampoco la España de que, después de recapacitarlo todo, escribió el ecuatoriano
Juan Montalvo: "¡España,
España! Cuanto de puro hay en nuestra sangre, de noble en nuestro corazón, de
claro en nuestro entendimiento, de
ti lo tenemos, a ti te lo debemos".
Esta no es la doctrina oficial. La
doctrina oficial, premiada aún no hace muchos años con la más alta recompensa
por la Universidad de Madrid en una tesis doctoral, la del doctor Carrancá y
Trujillo, afirma solemnemente que: -
"Por la índole de su proceso histórico, la independencia iberoamericana
significa la abnegación del orden colonial,
esto es, la derrota política del tradicionalismo conservador, considerado como
el enemigo de todo progreso". Pero
que este proyecto haya podido sancionarse, después de publicada en castellano la
obra de Mario André "El fin del
Imperio español en América", no es sino evidencia de que, con el espíritu de la
Hispanidad, se ha apagado entre
nosotros hasta el deseo de la verdad histórica.
La guerra civil en América
La verdad, aunque no toda la verdad, la había dicho André: "La guerra
hispanoamericana es guerra civil entre
americanos que quieren, los unos la continuación del régimen español, los otros
la independencia con Fernando
VII o uno de sus parientes por Rey, o bajo un régimen republicano". ¿Pruebas? La
revolución del Ecuador la
hicieron en Quito, en 1809, los aristócratas y el obispo al grito de ¡Viva el
Rey! Y es que la aristocracia americana
reclamaba el poder, como descendientes de los conquistadores, y por sentirse más
leal al espíritu de los Reyes
Católicos que los funcionarios del siglo XVIII y principios del XIX. "No
queremos que nos gobiernen los
franceses", escribía Cornelio Saavedra al virrey Cisneros en Buenos Aires, en
1810. Montevideo, en cambio, se
declaró casi unánimemente por España. Se exceptuaron los franciscanos, cuyo
convento hizo formar a los soldados
el gobernador Elío. ¿Por qué cruzó los Andes el argentino San Martín? Porque los
partidarios de España recibían
refuerzos de Chile. Pero desde 1810 hasta 1814 España, ocupada por las tropas
francesas, no pudo enviar fuerzas a
América. Y, sin embargo, la guerra fue terrible en esos años en casi todo el
continente. ¿Quienes peleaban en ella,
de una y otra parte, sino los propios americanos?
El 9 de julio de 1816 proclamó la independencia argentina el Congreso de
Tucumán. De 29 votantes eran 15 curas
y frailes. El Congreso, se inclinaba también a la Monarquía. Lo evitó el voto de
un fraile. En cambio, los clérigos
de Caracas se pusieron al principio de la lucha al lado de España. Verdad que la
pugna por la independencia había
sido iniciada en Venezuela por un club jacobino. Los llaneros del Orinoco
pelearon al principio con Boves por
España, después con Paéz por la independencia. Luego el gobierno de Caracas,
como muchos otros gobiernos
americanos, juró solemnemente con el cargo "defender el misterio de la
Inmaculada concepción de la Virgen
María Nuestra Señora". Ya en 1816, el general Morillo, a pesar de estar
persuadido de que: "La convicción y la
obediencia al Soberano son la obra de los eclesiásticos, gobernados por buenos
prelados", había aconsejado enviar
a España a los dominicos de Venezuela. ¿Y en Méjico? Si el movimiento de 1821
triunfó tan fácilmente fue
porque se trató de una reacción: "Contra el parlamentarismo liberal dueño de
España, desde que, tras las
revoluciones militares iniciadas por Riego, Fernando VII fue obligado a
restablecer la Constitución de 1812". Los
tres últimos virreyes y las cuatro quintas partes de los oficiales españoles de
guarnición en Méjico eran masones.
La situación está pintada por el hecho de que Morillo, el general de Fernando
VII, era volteriano, y Bolívar, en
cambio, aunque iniciado en la masonería cuando joven, proclamaba en Colombia el
28 de septiembre de 1827,
que: "La unión del incensario con la espada de la ley es la verdadera arca de la
alianza". Y en su mensaje de
despedida dirigió al nuevo Congreso esta recomendación suprema: "Me permitiréis
que mi Ultimo acto sea el
recomendaros que protejáis la Santa Religión que profesamos, y que es el
manantial abundante de las bendiciones
del cielo". Esta historia no se parece a la que los españoles e
hispanoamericanos hemos oído contar. Pero André la
ha sacado del Archivo de Indias y de documentos originales, y ello no muestra
sino que la historia está por rehacer.
Durante los largos años de la revolución por la independencia, algunos políticos
y escritores hispanoamericanos,
propagaron, como arma de guerra la leyenda de una América martirizada por los
obispos y virreyes de España.
Como su partido resultó vencedor, durante todo el siglo XIX se continuó
propalando la misma falsedad y haciendo
contrastes pintorescos entre "Las tinieblas del pasado teocrático y las
luminosidades del presente laico". Lo más
grave es que un historiador tan serio como César Cantú, había escrito sobre la
conquista de Nueva Granada, no
obstante existir, desde 1700, la curiosísima historia, ahora reeditada del
dominico Alonso de Zamora, que: "Los
pocos indígenas que sobrevivieron se refugiaron en las Cordilleras, donde no les
podían alcanzar ni los hombres, ni
los perros, y allí se mantuvieron muchos siglos hasta el momento -momento que la
Providencia hace llegar más
pronto o más tarde- en que los oprimidos pudieron exigir cuentas de sus
opresores". Verdad que en otro tomo de su
historia se olvida de su bonita frase y reconoce que en Nueva Granada había a
principios del siglo XIX unos
390.000 indios y 642.000 criollos, además de 1.250.000 mestizos, que no vivían
seguramente fuera del alcance de
los hombres y de los perros.
La defensa necesaria
Alguna vez ha protestado España contra estas falsedades. Generalmente, las hemos
dejado circular, sin tomarnos la
molestia de enterarnos. Pero esto de no enterarnos es inconsciencia, y la
inconsciencia es una forma de la muerte.
Lo característico de la conciencia es la inquietud, la vigilancia constante, la
perenne disposición a la defensa. Ser
es defenderse. La inquietud no es un accidente del ser, sino su esencia misma.
Conocida es la antigua fábula latina:
"Erase la Inquietud, que cuando cruzaba un río y vio un terreno arcilloso, cogió
un pedazo de tierra y empezó a
moldearlo. Mientras reflexionaba en lo que estaba haciendo, se le apareció
Júpiter. La Inquietud le pidió que
infundiera el espíritu al pedazo de tierra que había moldeado. Júpiter lo hizo
así de buena gana. Pero como ella
pretendía ponerle a la criatura su propio nombre , Júpiter lo prohibió y quiso
que llevara el suyo. Mientras
disputaban sobre el nombre se levantó la tierra y pidió que se llamase como
ella, ya que le había dado un trozo de
su cuerpo. Los disputantes llamaron a Saturno como juez. Y Saturno, que es el
tiempo, sentenció justamente: "Tú,
Júpiter, porque le has dado el espíritu, te llevarás su espíritu cuando se
muera; tú, Tierra, como le diste el cuerpo, te
llevarás el cuerpo; tú, Inquietud, por haberlo moldeado, lo poseerás mientras
viva. Y como hay disputa sobre el
nombre, se llamará "homo", el hombre, porque de "humus" (tierra negra) está
hecho".
Vivir es asombrarse de estar en el mundo, sentirse extraño, llenarse de angustia
ante la contingencia de dejar de
ser, comprender la constante probabilidad de extraviarse, la necesidad de hacer
amigos entre nuestros conseres, la
contingencia de que sean enemigos, y estar alerta a lo genuino y a lo espúreo, a
la verdad y al error. La inquietud
no es un accidente, que a unos les ocurre y a otros no. Esta es la esencia misma
de nuestro ser. Y por lo que hace a
la patria, en cuanto la patria es espíritu y no tierra, es el ser mismo. Nuestra
inquietud respecto de la patria es, en
verdad, su quinta esencia. Somos nosotros, y no ella, los que hemos de vivir en
centinela; nos hemos de anticipar a
los peligros que la acechan, sentir por ella la angustia cósmica con que todos
los seres vivos se defienden de la
muerte, velar por su honra y buena fama y reparar, si fuese necesario, los
descuidos de otras generaciones.
No fue meramente humildad nuestra, sino incuria, la razón de que se nos borrara
del espíritu el sentido ecuménico
de España. Incuria nuestra y actividad de nuestros enemigos. Mirabeau descubrió
en la Asamblea Nacional que la
fama da Luis XIV se debía en buena parte a los 3.414.297 francos (calculados al
tipo de 52 francos el marco de
plata) que distribuyó entre escritores extranjeros para que pregonasen sus
méritos. Luis XIV fue seguramente el
enemigo más obstinado y cruel que jamás tuvo España. Al mismo tiempo que
colocaba a su nieto en el trono de
Madrid decía secretamente a su heredero en sus "Instrucciones al Delfín": "El
estado de las dos coronas de Francia
y España se halla de tal modo unido que no puede que no puede elevarse la una
sin que cause perjuicio a la otra".
De otra parte explicaba a su hijo la razón de haber auxiliado a Portugal,
después de haberse comprometido con
España a no hacerlo, diciendo que: "Dispensándose de cumplir a la letra los
tratados, no se contraviene a ellos en
sentido riguroso". La tesis de Luis XIV es falsa. A España no le perjudica que
Francia sea fuerte. Lo que le dañaría
es que fuera tan débil y atrasada como Marruecos. Ni Francia ha perdido nada por
la pujanza de Italia, ni tampoco
se debilitaría con el poder de España. Pero todavía Donoso Cortés tuvo que
contestar a un publicista francés que
aseguraba que el interés de Francia consistía en que España no saliera de su
impotencia, para no tener que atender
al Pirineo en caso de pelear con Alemania.
Ello es exagerado, y todo lo
exagerado es insignificante, decía Talleyrand. Si no hubiera más política
internacional
que debilitar al vecino, como afirmaba Thiers, bien pronto desaparecería toda
política, porque los vecinos se
confabularían contra la nación que la emprendiera, y el mundo se descompondría
en la guerra de todos contra
todos. La defensa de la patria no excluye, sino que requiere, el respeto de los
derechos de las otras patrias. Pero la
apologética no es exagerada sino cuando se hace exageradamente. Es tan esencial
a las instituciones del Estado y a
los valores de la nación como a la vida de la Iglesia. Si no se sostiene, caen
las instituciones y perecen los pueblos.
Es más importante que los mismos ejércitos, porque con las cabezas se manejan
las espadas, y no a la inversa. Esto
que aquí inició la "Acción Española", que es la defensa de valores de nuestra
tradición, es lo que ha debido ser, en
estos dos siglos, el principal empeño del Estado, no sólo en España, sino en
todos los países hispánicos.
Desgraciadamente no lo ha sido. No defendimos lo suficiente nuestro ser. Y ahora
estamos a merced de los
vientos.*
Las Luchas de Hispanoamérica
Todos los países de Hispanoamérica parecen tener ahora dos patrias ideales,
aparte de la suya. La una es Rusia, la
Rusia soviética; la otra, los Estados Unidos. Hoy es Guatemala; ayer, Uruguay;
anteayer, el Salvador; mañana,
Cuba; no pasa semana sin noticia de disturbios comunistas en algún país
hispanoamericano. En unos los fomenta la
representación soviética; en otros, no. Rusia no la necesita para influir
poderosamente sobre todos, como sobre
España desde 1917. Es la promesa de la revolución, la vuelta de la tortilla, los
de arriba, abajo; los de abajo, arriba;
no hay que pensar si se estará mejor o peor. Sus partidarios dicen que tenemos
que pasar quince años mal para que
más tarde mejoren las cosas. Sólo que no hay ejemplo de que las cosas mejoren en
país alguno por el progreso de
la revolución. Sólo mejoran donde se da máquina atrás. La revolución, por sí
misma, es un continuo
empeoramiento. No hay en la historia universal un solo ejemplo que indique lo
contrario.
Los Estados Unidos son la fascinación de la riqueza, en general, y de los
empréstitos, particularmente. Algunos
periódicos se quejan de que las investigaciones realizadas en el Senado de
Washington, sobre la contratación de
empréstitos para países de la América hispánica, hayan descubierto que algunos
bancos de Nueva York han
impuestos reformas fiscales y administrativas, que varias repúblicas aceptaron.
Ningún escrúpulo se había alzado
contra la ingerencia de los banqueros norteamericanos en la vida local. Los
banqueros se han convertido en
colegisladores. Y la conclusión que ha sacado el Senado de Washington es que
todavía hace falta apretar mucho
más las clavijas de los países contratantes, si han de evitarse suspensiones de
pagos, y eso que las últimas falencias
hispanoamericanas más se deben al acaparamiento del oro por los Estados Unidos y
Francia, que a la falta de
voluntad de los deudores.
He ahí, pues, dos grandes señuelos
actuales. Para las masas populares, los inmigrantes pobres y las gentes de
color,
la revolución rusa; para los políticos y clases directoras, los empréstitos
norteamericanos. De una parte, el culto de
la revolución; de la otra, la adoración del rascacielos. Y es verdad que los
Estados Unidos y Rusia son, por lo
general, incompatibles y que su influencia se cancela mutuamente. Rusia es la
supresión de los valores espirituales,
por la reducción del alma individual al hombre colectivo; los Estados Unidos, su
monopolio, por una raza que se
supone privilegiada y superior. Rusia es la abolición de todos los imperios,
salvo el de los revolucionarios; los
Estados Unidos, al contrario, son el imperio económico, a distancia. Dividida su
alma por estos ideales
antagónicos, aunque ambos extranjeros, los pueblos hispánicos no hallarán
sosiego sino en su centro, que es la
Hispanidad. No podrán contentarse con que se les explote desde fuera y se les
trate como a repúblicas de "la
banana". Tampoco con la revolución, que es un espanto, que sólo por la fuerza se
mantiene. El Fuero Juzgo decía
magníficamente que la ley se establece para que los buenos puedan vivir entre
los malos. La revolución, en
cambio, se hace para que los malos puedan vivir entre los buenos.
De cuando en cuando se alzan en la
América voces apartadas, señeras, que advierten a sus compatriotas que no
debían de ser tan malos los principios en que se criaron y desarrollaron sus
sociedades, en el curso de tres siglos de
paz y de progreso. A la palabra mejicana de Esquivel Obregón responde en Cuba la
de Aramburu, en Montevideo
la de Herrera y la de Vallenilla Lanz en Venezuela. Son voces aisladas y que aún
no se hacen pleno cargo de que
los principios morales de la Hispanidad en el siglo XVI son superiores a cuantos
han concebido los hombres de
otros países en siglos posteriores y demás por venir, ni tampoco de que son
perfectamente conciliables con el
orgullo de su independencia, que han de fomentar entre sus hijos todos los
pueblos hispánicos capaces de
mantenerla. En página que siguen hemos de mostrar la fecundidad actual de esos
principios. Hay una razón, para
que España preceda en este camino a sus pueblos hermanos. Ningún otro ha
recibido lección tan elocuente. Sin
apenas soldados, y con sólo su fe, creó un Imperio en cuyos dominios no se ponía
el sol. Pero se le nubló la fe, por
su incauta admiración del extranjero, perdió el sentido de sus tradiciones y
cuando empezaba a tener barcos y ha
enviar soldados a Ultramar se disolvió su Imperio, y España se quedó como un
anciano que hubiese perdido la
memoria. Recuperarla, ¿no es recobrar la vida?
Pasado y porvenir
Saturados de lecturas extranjeras, volvemos a mirar con ojos nuevos la obra de
la Hispanidad y apenas
conseguimos abarcar su grandeza. Al descubrir las rutas marítimas de Oriente y
Occidente hizo la unidad física del
mundo; al hacer prevalecer en Trento el dogma que asegura a todos los hombres la
posibilidad de salvación, y por
tanto de progreso, constituyó la unidad de medida necesaria para que pueda
hablarse con fundamento de la unidad
moral del género humano. Por consiguiente, la Hispanidad creó la Historia
Universal, y no hay obra en el mundo,
fuera del Cristianismo, comparable a la suya. A ratos nos parece que después de
haber servido nuestros pueblos un
ideal absoluto, les será imposible contentarse con los ideales relativos de
riqueza, cultura, seguridad o placer con
que otros se satisfacen. Y, sin embargo, desechamos esta idea, porque un
absolutismo que excluya de sus miras lo
relativo y cotidiano, será menos absoluto que el que logre incluirlos. El ideal
territorial que sustituyó en los
pueblos hispánicos al católico, tenía también, no sólo su necesidad, sino su
justificación. Ahí que hacer
responsable de la prosperidad de cada región geográfica a los hombres que la
habitan. Mas, por encima de la faena
territorial, se alza el espíritu de la Hispanidad. A veces es un gran poeta,
como Rubén, quien nos lo hace sentir. A
veces es un extranjero eminente quien nos dice, como Mr. Elihu Root, que : "Yo
he tenido que aplicar en
territorios de antiguo dominio español leyes españolas y angloamericanas y he
advertido lo irreductible de los
términos de orientación de la mentalidad jurídica de uno y otro país". A veces
es puramente la amenaza de la
independencia de un pueblo hispánico lo que suscita el dolor de los demás.
Entonces percibimos el espíritu de
la Hispanidad como una luz de lo alto. Desunidos, dispersos, nos damos cuenta
de que la libertad no ha sido, ni puede ser, lazo de unión. Los pueblos no se
unen en la libertad, sino en la
comunidad. Nuestra comunidad no es racial, ni geográfica, sino espiritual. Es en
el espíritu donde hallamos al
mismo tiempo la comunidad y el ideal. Y es la Historia quien nos lo descubre. En
cierto sentido está sobre la
Historia porque es el Catolicismo. Y es verdad que ahora hay muchos semicultos
que no pueden rezar el
Padrenuestro o el Ave María, pero si los intelectuales de Francia están
volviendo a rezarlos, ¿que razón hay, fuera
de los descuidos de las apologéticas usuales, para que no los recen los de
España? Hay otra parte puramente
histórica, que nos descubre las capacidades de los pueblos hispánicos cuando el
ideal los ilumina. Todo un sistema
de doctrinas, de sentimientos, de leyes, de moral, con el que fuimos grandes;
todo un sistema que parecía
sepultarse entre las cenizas del pretérito y que ahora, en las ruinas del
liberalismo, en el desprestigio de Rousseau,
en el probado utopismo de Marx, vuelve a alzarse ante nuestras miradas y nos
hace decir que nuestro siglo XVI,
con todos sus descuidos de reparación obligada, tenía razón y llevaba consigo el
porvenir. Y aunque es muy cierto
que la Historia nos descubre dos Hispanidades diversas, que Heriot recientemente
ha querido distinguir, diciendo
que era la una la del Greco, con su misticismo, su ensoñación y su
intelectualismo, y la otra de Goya, con su
realismo y su afición a la "canalla", y que pudieran llamarse también la España
de Don Quijote y la de Sancho, la
del espíritu y la de la materia, la verdad es que las dos no son sino una, y
toda la cuestión se reduce a determinar
quién debe gobernarla, si los suspiros o los eruptos. Aquí ha triunfado por el
momento, Sancho; no me extrañará,
sin embargo, que nuestros pueblos acaben por seguir a Don Quijote. En todo caso,
su esperanza está en la Historia:
"Ex proeterito spes in futurum".
Estoicismo y Trascendentalismo
Empieza Ganivet su idearium Español sentando la tesis de que: "Cuando se examina
la constitución ideal de
España, el elemento moral y, en cierto modo, religioso más profundo que en ella
se descubre, como sirviéndole de
cimiento, es el estoicismo; no el estoicismo vital y heroico de Catón, ni el
estoicismo sereno y majestuoso de
Marco Aurelio, ni el estoicismo rígido y extremado de Epicteto, sino el
estoicismo natural y humano de Séneca.
Séneca no es español, hijo de España por azar: es español por esencia; y no
andaluz, porque cuando nació aún no
habían venido a España los vándalos; que a nacer más tarde, en la Edad Media
quizás, no naciera en Andalucía,
sino en Castilla. Toda la doctrina de Séneca se condensa en esta enseñanza: "No
te dejes vencer por nada extraño a
tu espíritu; piensa en medio de los accidentes de la vida, que tienes dentro de
ti una fuerza madre, algo fuerte e
indestructible, como un eje diamantino, alrededor del cual giran los hechos
mezquinos que forman la trama del
diario vivir; y sean cuales fueran los sucesos que sobre ti caigan, sean de los
que llamamos prósperos, o de los que
llamamos adversos, o de los que parecen envilecernos con su contacto, mantente
de tal modo firme y erguido, que
al menos se pueda decir siempre de ti que eres un hombre."
Estas palabras son merecedoras de
reflexión y análisis, y no lo serían si no dijeran de nuestro espíritu algo
importante, que la intuición de nosotros mismos y los ejemplos de la Historia
nos aseguran ser certísimo. Y lo que
en ellas hay de cierto e importante, es que, en efecto, cuando cae sobre los
españoles un suceso adverso, como
perder una guerra, por ejemplo, no adoptamos aptitudes exageradas, como la de
supones que la justicia del
Universo se ha violado, porque la suerte de las batallas nos halla sido
contraria o que toda la civilización se
encuentra en decadencia, porque se hallan frustrado nuestros planes, sino que
nos conducimos de tal modo que
"siempre se puede decir de nosotros que somos hombres", porque ni nos abate la
desgracia, ni perdemos nunca,
como pueblo, el sentido de nuestro valor relativo en la totalidad de los pueblos
del mundo. Por esta condición o por
este hábito, ha podido decir de nosotros Gabriela Mistral, en memorable poesía,
que somos buenos perdedores. Ni
juramos odio eterno al vencedor, ni nos humillamos ante su éxito, al punto de
considerarle como de madera
superior a la nuestra. Argentina es la tesis de que: "La victoria no concede
derechos", pero su abolengo es
netamente hispánico, porque nosotros no creemos que los pueblos o los hombres
sean mejores por haber vencido.
Y no es que menospreciemos el valor de la victoria y la equiparemos a la
derrota. La victoria nos parece buena,
pero creemos que el vencedor no la debe a intrínseca superioridad sobre el
vencido, sino a estar mejor preparado o
a que las circunstancias le han sido favorables. Y en torno de esta distinción,
que me parece fundamental, ha de
elaborarse el ideal hispánico.
Lo que no hacemos los españoles, y
en esto se engañaba Ganivet, es suponer que tenemos "dentro de nosotros una
fuerza madre, algo fuerte e indestructible, como en eje diamantino". Esto lo
creyeron los estoicos, pero el
estoicismo o sentimiento del propio respeto es persuasión aristocrática que
abrigaron algunos hombres superiores,
pero tan convencidos de su propia excelencia que no lo creían asequible al común
de los mortales, y aunque en
España se hallan producido y se sigan produciendo hombres de este tipo, su
sentimiento no se ha podido difundir,
ni la nación ha parafraseado a San Agustín, para decirse como Ganivet: "Noli
foras ire: in interiori Hispaniae
habitat veritas". Esto no lo hemos creído nunca los hispanos -y esta palabra la
uso en su más amplio sentido- y
espero que jamás lo creeremos, porque nuestra tradición nos hace incapaces de
suponer que la verdad habite
exclusivamente en el interior de España o en el de ningún otro pueblo. Lo que
hemos creído y creemos es que la
verdad no puede pertenecer a nadie, en clase de propiedad intransferible. Por la
creencia de que no es ningún
monopolio geográfico o racial y de que todos los hombres pueden alcanzarla, por
ser trascendental, universal y
eterna, hemos peleado los españoles en los mejores momentos de nuestra historia.
Lo que ha sentido siempre
nuestro pueblo, en las horas de fe y en las de escepticismo, es su igualdad
esencial con todos los otros pueblos de
la tierra.
El estoico se ve a si mismo como la
roca impávida en que se estrellan, olas del mar, las circunstancias y las
pasiones. Esta imagen es atractiva para los españoles, porque la piedra es
símbolo de perseverancia y de firmeza, y
estas son las virtudes que el pueblo español ha tenido que desplegar para las
grandes obras de su historia: la
Reconquista, la Contrarreforma y la civilización de América; y también porque
los españoles deseamos para
nuestras obras y para nuestra vida la firmeza y perseverancia de la roca, pero
cuando nos preguntamos: ¿qué es la
vida? o, si me perdona el pleonasmo: ¿cuál es la esencia de la vida?, lejos de
hallar dentro de nosotros un eje
diamantino, nos decimos, con Manrique: "Nuestras vidas son los ríos -que van a
dar en la mar", o con el autor de la
Epístola Moral: "¿qué más que el heno, -a la mañana verde, seco a la tarde?". No
hay en la lírica española
pensamiento tan repetidamente expresado, ni con tanta belleza, como éste de la
insustancialidad de la vida y de sus
triunfos.
Campoamor la dirá, con su humorismo: "Humo las glorias de la vida son".
Esproceda, con su ímpetu: "Pasad,
pasad en óptica ilusoria...Nacaradas imágenes de gloria, -Coronas de oro y de
laurel, pasad". Y todos nuestros
grandes líricos verán en la vida, como Mira de Mescua: "Breve bien, fácil
viento, leve espuma".
El humanismo español
Y, sin embargo, no se engañaba Ganivet al afirmar que la constitución ideal de
España, tal como en la historia se
revela, hay una fuerza madre, un eje diamantino, algo poderoso, si no
indestructible, que imprime carácter a todo
español. En vano nos diremos que la vida es sueño. En labios españoles significa
esta frase lo contrario de lo que
significaría en los de un oriental. Al decirla, cierra los ojos el budista a la
vida circundante, para sentarse en
cuclillas y consolarse de la opresión de los deseos con el sueño del Nirvana. El
español, por el contrario desearía
que la vida tuviera la eternidad que en estos siglos se solía atribuir a la
materia. Y hasta cuando dice, con Calderón:
¿Que es la vida? Un frenesí.
¿Que es la vida? Una ilusión,
Una sombra, una ficción,
Que el mayor bien es pequeño
Y toda la vida es sueño,
Y los sueños, sueños son...
no está haciendo teorías ni definiendo la esencia de la vida, sino condoliéndose
desesperadamente de que la vida y
sus glorias no sean fuertes y perennes, lo mismo que una roca. Y en este anhelo
inagotable de eternidad y de poder,
hemos de encontrar una de las categorías de esa fuerza madre de que nos habla
Ganivet, pero no como un tesoro,
que guardáramos avaramente dentro de nuestras arcas, sino como un imán que desde
fuera nos atrae.
Los españoles nos dolemos de que las cosas que más queremos: las amistades, los
amores, las honras y los
placeres, sean pasajeras e insustanciales. Las rosas se marchitan: la roca, en
cambio, que es perenne, sólo nos
ofrece su dureza e insensibilidad. La vida se nos presenta en un dilema
insoportable: lo que vale no dura; lo que no
vale se eterniza. Encerrados en esta alternativa, como Segismundo en su prisión,
buscamos una eternidad que nos
sea propicia, una roca amorosa, un "eje diamantino". En los grandes momentos de
nuestra historia nos lanzamos a
realizar el bien en la tierra, buscando la realidad perenne en la verdad y en la
virtud. Otras veces, cuando a los
períodos épicos siguen los de cansancio, nos recogemos en nuestra fe, y, como
Segismundo, nos decimos:
Acudamos a lo eterno
que es la fama vividora,
donde ni duermen las dichas
ni las grandezas reposan.
Pero no siempre logramos mantener
nuestra creencia de que son eternos la verdad y el bien, porque no somos
ángeles. A veces, el ímpetu de nuestras pasiones o la melancolía que nos inspira
la transitoriedad de nuestros
bienes, nos hace negar que haya otra eternidad, si acaso, que la de la materia.
Y entonces, como en un último
reducto, nos refugiamos en lo que podrá llamarse algún día, "el humanismo
español",y que sentimos igualmente
cuando los sucesos nos son prósperos, que en la adversidad.
Este humanismo es una fe profunda
en la igualdad esencial de los hombres, en medio de las diferencias de valor de
las distintas posiciones que ocupan y de las obras que hacen, y lo
característico de los españoles es que afirmamos
esa igualdad esencial de los hombres en las circunstancias más adecuadas para
mantener su desigualdad y que ello
lo hacemos sin negar el valor de su diferencia, y aún al tiempo mismo de
reconocerlo y ponderarlo. A los ojos del
español, todo hombre, sea cualquiera su posición social, su saber, su carácter,
su nación o su raza, es siempre un
hombre; por bajo que se muestre el Rey de la Creación; por alto que se halle una
criatura pecadora y débil. No hay
pecador que no pueda redimirse, ni justo que no este al borde del abismo. Si hay
en el alma española un "eje
diamantino" es por la capacidad que tiene, y de que nos damos plena cuenta, de
convertirse y dar la vuelta, como
Raimundo Lulio o Don Juan de Mañara. Pero el español se santigua espantado
cuando otro hombre proclama su
superioridad o la de su nación, porque sabe instintivamente que los pecados
máximos son los que comete el
engreído, que se cree incapaz de pecado y de error.
Este humanismo español es de origen
religioso. Es la doctrina del hombre que enseña la Iglesia Católica. Pero ha
penetrado tan profundamente en las conciencias españolas que la aceptan, con
ligeras variantes, hasta las menos
religiosas. No hay nación más reacia que la nuestra a admitir la superioridad de
unos pueblos sobre los otros o de
unas clases sociales sobre otras. Todo español cree que lo que hace otro hombre
lo puede hacer él. Ramón y Cajal
se sintió molesto, de estudiante, al ver que no había nombres españoles en los
textos de medicina. Y, sin
encomendarse a Dios ni al diablo, se agarró a un microscopio y no lo soltó de la
mano hasta que los textos tuvieron
que contarle entre los grandes investigadores. Y el caso de Cajal es
representativo, porque en el momento mismo
de la humillación y la derrota, cuando los estadistas extranjeros contaban a
España entre las naciones moribundas,
los españoles se proclamaron unos a otros el Evangelio de la regeneración. En
vez de parafrasear a San Agustín y
decirse que la verdad habita en el interior de España, se fueron por los países
extranjeros para averiguar en qué
consiste su superioridad, y ya no cabe duda, de que el convencimiento de que
podemos hacer lo que otros pueblos,
no tendrá que regenerar, ya que la admiración incondicional, abyecta, de todo lo
extranjero no sobrevivirá al
fracaso, ya casi evidente, de cuantos principios religiosos, morales y
políticos, contrarios ha nuestra tradición, ha
tremolado el mundo en estos siglos.
Esto lo venían haciendo los
españoles, sin que les estimulara, por el momento, gran exaltación de
religiosidad, y al
solo propósito de mostrarse a sí mismos que pueden hacer lo que otros hombres.
Pero al profundizar en la historia
y preguntarse por el secreto de la grandeza de otros pueblos, tienen que
interrogarse también acerca de las causas
de su propia grandeza pasada, y como en todos los países los tiempos de auge son
los de fe, y de decadencia los de
escepticismo, ha de hacérseles evidente que la hora de su pujanza máxima fue
también la de su máxima
religiosidad. Y lo curioso es que en aquella hora de la suprema religiosidad y
el poder máximo, los españoles no se
halagaban a sí mismos con la idea de estar más cerca de Dios que los demás
hombres, sino que, al contrario, se
echaban sobre sí el encargo de llevar a otros pueblos el mensaje de que Dios los
llama y de que a todos los
hombres se dirigen las palabras solemnes: "Ecce sto ostium et pulso; si quis...aperuit
mihi januam intrabo at
illum..." (Estoy en el umbral y llamo; si alguien me abriese la puerta,
entraré), por lo que, también, la religión nos
vuelve al peculiarísimo humanismo de los españoles.
El humanismo moderno
Este sentido nuestro del hombre se parece muy poco a lo que se llama humanismo
en la historia moderna, y que se
originó en los tiempos del Renacimiento, cuando, al descubrirse los manuscritos
griegos, encontraron los eruditos
en las "Vidas Paralelas", de Plutarco, unos tipos de hombre que les parecieron
más dignos de servir de modelo a
los demás que los santos del "Año Cristiano". Como así se humanizaba el ideal,
el humanismo significó
esencialmente la resurrección del criterio de Protágoras, según el cual el
hombre es la medida de todas las cosas.
Bueno es lo que al hombre le parece bueno; verdadero, lo que cree verdadero.
Bueno es lo que nos gusta;
verdadero, lo que nos satisface plenamente. La verdad y el bien abandonan su
condición de esencias
trascendentales para trocarse en relatividades. Sólo existen con relación al
hombre. Humanismo y relativismo son
palabras sinónimas.
Pero si lo bueno sólo es bueno
porque nos gusta, si la verdad sólo es verdadera porque nos satisface, ¿qué
cosas
son el bien y la verdad? Una de dos: reflejos y expresiones de la verdad y el
bien del hombre o sombras sin
sustancia, palabras y ruidos sin sentido, como decían los nominalistas que son
los conceptos universales. Ya en la
Edad Media se discutía si lo bueno es bueno por que lo manda Dios o si Dios lo
manda porque es bueno. La idea
de Protágoras, de terciar en la disputa, sería probablemente que lo bueno es
propiedad de ciertos hombres, y no de
otros. En estos siglos últimos, este género de humanismo sugiere a algunas
gentes, y hasta pueblos enteros, o por
lo menos, a sus clases directivas, la creencia en que lo que ellas hacen tiene
que ser bueno, por hacerlo ellas. El
orgullo suele ser eso: lanzarse magníficamente a cometer lo que las demás gentes
creen que es malo, con la
convicción sublime de que tiene que ser bueno, porque se desea con sinceridad. Y
como con todo ello no se
suprimen los malos instintos, ni las malas pasiones, el resultado inevitable de
olvidarnos de la debilidad y
falibilidad humanas tiene que ser imaginarse que son buenos los malos instintos
y las malas pasiones, con los que
no tan sólo nos dejaremos llevar por ellos, sino que los presentaremos como
buenos. El que crea que lo bueno no
es bueno, sino por que lo hace el hombre superior, no sólo acabará por hacer lo
malo creyéndolo bueno, sino que
predicará lo malo. No sólo hará la bestia, creyendo hacer el ángel, sino que
tratará de persuadir a los demás de que
la bestia es el ángel.
La otra alternativa es concluir con
lo bueno y con lo malo, suponiendo que no son sino palabras con que
sublimamos nuestras preferencias y nuestras repugnancias. No hay verdad ni
mentira, porque cada impresión es
verdadera, y más allá de la impresión no hay nada. No hay bien ni mal. La moral
es sólo un arma en la lucha de
clases. Lo bueno para el burgués es malo para el obrero, y viceversa. Nada es
absoluto, todo es relativo. Esto es
todavía humanismo, porque el hombre sigue siendo la medida de todas las cosas.
Pero no hay ya medidas
superiores, porque desaparecen los valores, y el hombre mismo, al reducir el
bien y la verdad a la categoría de
apetitos, parece como que se degrada y cae en la bestia, con lo que apenas es ya
posible hablar de humanismo.
Ni este bajo humanismo materialista, ni el otro del orgullo y de las supuestas
superioridades "a priori", han
penetrado nunca profundamente en el pueblo español. Los españoles no han creído
nunca que el hombre es la
medida de las cosas. Han creído siempre, y siguen creyendo, que el martirio por
la justicia es bueno, aun en el caso
de sentirse incapaces de sufrirlo. Nunca han pensado que la verdad se reduzca a
la impresión. Al contemplar la
fachada de una casa saben que otras gentes pueden estar mirando el patio y les
es fácil corregir su perspectiva con
un concepto, cuya verdad no depende de la coherencia de su pensamiento consigo
mismo, sino de su
correspondencia con la realidad de la casa. Lo bueno es bueno y lo verdadero,
verdadero, con independencia del
parecer individual. El español cree en valores absolutos o deja de creer
totalmente. Para nosotros se ha hecho el
dilema de Dostoievski: o el valor absoluto o la nada absoluta. Cuando dejamos de
creer en la verdad, tendemos la
capa en el suelo y nos hartamos de dormir. Pero aún entonces guardamos en el
pecho la convicción de que la
verdad existe y de que los hombres son, en potencia, iguales. Habremos dejado de
creer en nosotros mismos, pero
no en la verdad, ni en los otros hombres. El relativismo de Sancho se refiere a
una aristocracia. Es posible que no
haya habido nunca caballeros andantes, tal como se los imaginaba su señor Don
Quijote. Pero en el bien y en la
verdad no ha dejado de creer nunca el gobernador de Barataria.
El Humanismo del Orgullo
Estos conceptos del hombre no son puras ideas, sino descripciones de los grandes
movimientos que actúan en el
mundo y se disputan en el día de hoy su señorío. De una parte se nos aparecen
grandes pueblos enteros, hasta
enteras razas humanas, animadas por la convicción de que son mejores que las
otras razas y que los otros pueblos,
y que se confirman en esta idea de superioridad, con la de sus recursos y medios
de acción. Este credo de
superioridad, de otra parte, puede contribuir a producirla. Hasta los
musulmanes, actualmente abatidos, tuvieron su
momento de esplendor, debido a esa misma persuasión. El día en que los árabes se
creyeron el pueblo de Dios,
conquistaron en dos generaciones un imperio más grande que el de Roma. No cabe
duda de que la confianza en la
propia excelencia es uno de los secretos del éxito, por lo menos, en las
primeras etapas del camino.
En algunos pueblos modernos encontramos esa misma fe, pero expresada en distinto
vocabulario. Recientemente
definía Mr. Hoover el credo de su país como la convicción de que siguiendo éste
los dictados de su corazón y de su
conciencia avanzaría indefectiblemente por la senda del progreso. Es postulado
del liberalismo, que si cada
hombre obedece solamente sus propios mandatos desarrollará sus facultades hasta
el máximo de sus posibilidades.
Todos los pueblos de Occidente han procurado, en estos siglos, ajustar sus
instituciones políticas a esta máxima
que, por lo mucho que se ha difundido, parece universal. Se funda en la
confianza romántica del hombre en sí
mismo y en la desconfianza de todos los credos, salvo el propio. Supone que los
credos van y vienen, que las ideas
se ponen y se quitan como las prendas de vestir, pero que el hombre cuando se
sale con la suya, progresa. ¿Todos
los hombres? Aquí está el problema. La Historia muestra también que esta
libertad individualista no sienta a todos
los pueblos de la misma manera. Hay, por lo visto, pueblos libres, pueblos
semilibres y pueblos esclavos. Y así ha
ocurrido que la bandera individualista, universal en sus comienzos, ha acabado
por convertirse en la divisa de los
pueblos que se creen superiores. Aun dentro del territorio de un mismo pueblo,
el individualismo no quiere para
todos los hombres sino la igualdad de oportunidades. Ya sabe por adelantado que
unos las aprovechan y mejoran
de posición. Estos son los buenos, los selectos, los predestinados; otros, en
cambio, las desaprovechan y bajan de
nivel; y éstos son los malos, los rechazados, los condenados a la perdición. Es
claro que no ha existido nunca una
sociedad estrictamente individualista, porque los padres de familia no han
podido creer en el postulado de que los
hombres sólo progresan cuando se les deja en libertad. No hay un padre de
familia con sentido común que deje
hacer a sus hijos lo que les dé la gana. También los gobiernos y las sociedades
hacen lo que los padres, en mayor o
menor grado. Pero en la medida en que permiten que cada individuo siga sus
inclinaciones, aparece en los pueblos
el fondo irredento, casi irredimible, de los degenerados e incapaces de trabajo.
La civilización individualista tiene
que alzarse sobre un légamo de "boicoteados", de caídos y de exhombres.
Pero tampoco puede tener carácter
universalista en el sentido de internacional. Como cree que los pueblos se
dividen en libres, semilibres y esclavos, para que los últimos no pongan en
peligro las instituciones de los
primeros, les cierran la puerta con leyes de inmigración, que excluyen a sus
hijos del territorio que habitan los
hombres superiores. De esa manera se "congelan" naciones enteras, que no
permiten que les entren las corrientes
emigratorias de las razas y países que juzgan inferiores. Y con esa congelación
provocan el resentimiento de los
pueblos excluidos.
Menos mal si este humanismo
garantizara el éxito de algunos países, aunque fuese a expensas de los otros.
Pero,
tampoco. La creencia en la propia superioridad, siempre peligrosa y
esencialmente falsa, es útil en aquellos
primeros estadios de la vida de un pueblo, cuando esta superioridad se refiere a
un bien trascendental, de que el
orgulloso se proclama mensajero u obrero. Pero en cuanto se deja de ser
"ministro" de un bien trascendental, para
erigirse en árbitro del bien y del mal, se cumple la sentencia pascalina de
hacer la bestia por que se quiere hacer el
ángel, y viene la Némesis inexorable, la caída de Satán, la derrota del
orgulloso, en su conflicto con el Universo,
que no puede soportar su tiranía. Y entonces el desmoronamiento es rápido,
porque cuando el pueblo derrotado
profesa el otro humanismo, el hispánico nuestro, la derrota no significa sino la
falta de preparación en algún
aspecto. En cambio, el humanismo del orgullo, el de la creencia en la propia
superioridad, fundada en el éxito, con
el éxito lo pierde todo, porque el resorte de su fuerza consistía precisamente
en la confianza de que con sólo seguir
la voz de su conciencia o de su instinto se mantendría en el camino del progreso
El humanismo materialista
Hay también un humanismo que suprime todas las esencias que venían
considerándose superiores al hombre, como
el bien y la verdad, por no ver en ellas sino palabras hueras, aunque no
inofensivas, porque son, según piensa, los
pretextos que han servido para justificar el ascendiente de unas clases sociales
sobre otras. Frente a las jerarquías
tradicionales proclama este humanismo la divisa revolucionaria: borrón y cuenta
nueva. Se propone establecer la
igualdad de los hombres en la tierra, en lo que se parece al humanismo español,
pero con una diferencia. Los
españoles quisiéramos, dentro de lo posible y conveniente, la igualdad de los
hombres, porque creemos en la
igualdad esencial de las almas. Estos humanistas, al contrario, postulan la
igualdad esencial de los cuerpos. Puesto
que rige una misma fisiología para todos los hombres, puesto que todos se
nutren, crecen, se reproducen y mueren,
¿por qué no crear una sociedad en que las diferencias sociales sean suprimidas
inexorablemente, en que se trate a
todos los hombres de la misma manera, todo sea de todos, trabajen todos para
todos y cada uno reciba su ración de
la comunidad?
Ahora sabemos, con el saber
positivo de la experiencia histórica, que ese sueño comunista no ha podido
realizarse.
La desigualdad es esencial en la vida del hombre: no hay más rasero nivelador
que el de la muerte. El hombre no
es un borrego, cuya alma pueda suprimirse para que viva contento con el rebaño.
El campesino no se contenta con
poseer y trabajar la tierra en común con los otros campesinos, sino que se
aferra a su ideal antiguo de poseerla en
una parcela que le pertenezca. Tampoco el obrero de la ciudad se presta gustoso
a trabajar con interés en talleres
nacionales, donde no se pague su labor en proporción a lo que valga, ni aunque
se declare el trabajo obligatorio y
se introduzcan las bayonetas en las fábricas para restablecer la disciplina. Al
cabo de las experiencias infructuosas
el fundador del comunismo exclamó un día: " ¡Basta de socialistas! ¡Vengan
especialistas!", y entonces se produjo
el espectáculo de que un gobierno comunista, que abolió el capitalismo como
enemigo del género humano,
ofreciese las riquezas de su patria a los capitalistas extranjeros, como únicos
capaces de explotarlas, y que estos
capitalistas, salvo excepciones vergonzosas, rechazaran la oferta, porque un
gobierno que había abolido la
propiedad privada no podía brindar a otros propietarios las garantías
necesarias.
Y así ese gobierno tendrá que ser
una sombra que viva de las riquezas creadas en el pasado, bajo un régimen de
propiedad individual, y de las que continúe creando o conservando el espíritu de
propiedad de los campesinos, que
la experiencia comunista no se habrá atrevido a desafiar, u organizando la
producción en un Estado servil, a base
de capitalismo de Estado y de trabajo obligatorio, que es un retorno al
despotismo y a la esclavitud, como ya lo
había profetizado Hilario Belloc, en 1912, al publicar El Estado Servil bajo el
apotegma de que: "Si no
restauramos la Institución de la Propiedad tendremos que restaurar la
Institución de la esclavitud: no hay un tercer
camino". La razón del fracaso comunista es obvia. La economía no es una
actividad animal o fisiológica, sino
espiritual. El hombre no se dedica a hacer dinero para comer cinco comidas
diarias, porque sabe que no podría
digerirlas, sino para alcanzar el reconocimiento y la estimación de sus
conciudadanos. La economía es un valor
espiritual, y en un régimen donde todas las actividades del espíritu están
menospreciadas, decae fatalmente, hasta
extinguirse, el bienestar del pueblo.
Cuentan los viajeros veraces que en
Rusia no se ríe. La razón de ello es clara. En una sociedad donde se quiera
suprimir el alma humana es imposible que se ría mucho. Inevitablemente se
rebelará el alma contra el régimen que
quiera suprimirla; el alma antes que el cuerpo, por mucha hambre y frío y
ejecuciones capitales que la carne
padezca. Cuando no puedan sublevarse, las almas se reunirán para rezar. El amor
de los jóvenes no se dejará
tampoco reducir a pura fisiología, sino que pedirá versos y flores e ilusión. Lo
que las bocas digan primero a los
oídos, lo proclamarán a grito herido en cuanto puedan. Y entonces se considerará
este intento de suprimir el alma
como lo que es en realidad: una segunda caída de Adán, una caída en la
animalidad, y no es la ciencia del bien y
del mal. La humanidad entera, por lo menos, lo mejor de la humanidad, se
avergonzará del triste episodio, como
reconociendo que todos habremos tenido alguna culpa en su posibilidad. Lo peor
es que no se trata meramente de
agua pasada que no mueve molino. Todavía hay muchas gentes que no quieren creer
que pueda fracasar una
organización social estatuída sobre la base de una negociación niveladora de las
diferencias de valor. Durante más
de un siglo se ha soñado en el mundo que el socialismo mejoraría la condición de
los trabajadores. No la mejora,
pero hay muchos cientos de miles de almas que no querrán verlo, hasta que no
hayan sustituido por algún otro su
frustrado sueño.
De otra parte, aunque la condición
de los desposeídos no haya mejorado, no todo ha sido en vano, porque, los
antiguos rencores se han saciado, la tortilla se ha vuelto y los que estaban
abajo están encima. Todos los hombres
desean mejorar de condición, ganar más dinero y disfrutar de más comodidades.
Esta ambición es síntoma de lo
que hay en el hombre de divino, que sólo con el infinito se contenta. Pero hay
también muchos que se preocupan,
sobre todo, de mejorar su situación relativa. Más que estar bien o mal, lo que
les importa es encontrarse mejor que
el vecino. Si éste se halla ciego, no tienen pesar en verse tuertos. Este
aspecto de la naturaleza humana es el que
incita a las revoluciones niveladoras. Pensad en el agitador que pasa de la
cárcel o de la emigración a ser dueño de
vidas y haciendas. ¿Qué le importan las privaciones ocasionales y la miseria del
país, si su voluntad es ley y los
antiguos burgueses y aristócratas tienen que hacer lo que les mande?
Nuestro humanismo en las costumbres
Entre estos dos sentidos del hombre: el exclusivista del orgullo y el
fisiológico de la nivelación, el español tiende
su vía media. No iguala a los buenos y a los malos, a los superiores y a los
inferiores, porque le parecen
indiscutibles las diferencias de valor de sus actos, pero tampoco puede creer
que Dios ha dividido a los hombres de
toda eternidad, desde antes de la creación, en electos y réprobos. Esto es la
herejía, la secta: la división o
seccionamiento del género humano.
El sentido español del humanismo lo formuló Don Quijote cuando dijo: "Repara,
hermano Sancho, que nadie es
más que otro sino hace más que otro". Es un dicho que viene del lenguaje
popular. En gallego reza: "Un home non
e mais que outro, si non fai mais que outro". Los catalanes expresan lo mismo
con su proverbio: "Les obres fan els
mestres". Estos dichos no son de borrón y cuenta nueva. Dan por descontado que
unos hombres hacen más que
otros, que unos se encuentran en posición de hacer más que otros y que hay obras
maestras y otras que no lo son;
hay ríos caudales y chicos; hay Infantes de Aragón y pecheros; y así se acepta
la desigualdad en las posiciones
sociales y en los actos, que es aceptar el mundo y la civilización. Yo puedo ser
duque, y tú, criado. Aquí hay una
diferencia de posición. Pero en lo que se dice "ser", en lo que afecta a la
esencia, nadie es más que otro sino hace
más que otro más que otro, teniendo en cuenta la diferencia de posibilidades, lo
que quiere decir, en el fondo, que
no se es más que otro, porque son las obras las que son mejores o peores, y el
que hoy las hace buenas, mañana
puede hacerlas malas, y nadie ha de erigirse en juez del otro excepto Dios. Los
hombres hemos de contentarnos
con juzgar de las obras. Yo seré duque, y tú, criado; pero yo puedo ser mal
duque, y tú, buen criado. En lo esencial
somos iguales, y no sabemos cuál de los dos ha de ir al cielo, pero sí, que por
encima de las diferencias de las
clases sociales, están la caridad y la piedad, que todo lo nivelan.
Este espíritu de esencial igualdad,
no quiere decir que la virtud característica de los españoles sea la caridad,
aunque tampoco creo que nos falte. Hay pueblos más ricos que el nuestro y mejor
organizados, en que el espíritu
de servicio social es más activo y que han hecho por los pobres mucho más que
nosotros. Pero hay algo anterior al
amor al prójimo, y es que al prójimo se le reconozca como tal, es decir, como
próximo. Una caridad que le
considere como un animal doméstico mimado no será caridad, aunque le trate
generosamente. Es preciso que el
pobre no se tenga por algo distinto e inferior a los demás hombres. Y esto es lo
que han hecho los españoles como
ningún otro pueblo. Han sabido hacer sentir al más humilde que entre hombre y
hombre no hay diferencia esencial,
y que entre el hombre y el animal media un abismo que no salvarán nunca las
leyes naturales. Todos los viajeros
perspicaces han observado en España la dignidad de las clases menesterosas y la
campechanía de la aristocracia.
Es característico el aire señoril del mendigo español. El hidalgo podrá no serlo
en sus negocios. Es seguro, en
cambio, que en un presidio español no se apelará en vano a la caballerosidad de
sus inquilinos.
Cuando se preguntaba a los voluntarios ingleses de la gran guerra por qué se
habían alistado, respondían muchos
de ellos: " We follow our betters".(Seguimos a los que son mejores que
nosotros.) Reconozco toda la magnífica
disciplina que hay en esta frase, pero labios españoles no podrían pronunciarla.
Menéndez y Pelayo dice que
hemos sido una democracia frailuna. En los conventos, en efecto, se reúnen en
pie de igualdad hombres de
distintas procedencias: uno ha sido militar, otro paisano, uno rico, otro pobre,
aquel ignorante, este letrado. Todos
han de seguir la misma regla. En la vida española las diferencias de clase
solían expresarse en los distintos trajes:
la levita, la chaqueta, la blusa; el sombrero, la mantilla, el pañuelo; pero la
regla de igualdad está en las almas. Por
eso Don Quijote compara a los hombres con los actores de la comedia, en que unos
hacen de emperadores y otros
de pontífices y otros de sirvientes, pero al llegar al fin se igualan todos,
mientras que Sancho nos asimila a las
distintas piezas del ajedrez, que todas van al mismo saco en acabando la
partida.
Este humanismo explica la gran
indulgencia que campea en todos los órdenes de la vida española. En Inglaterra
se
castigaban con la pena de muerte, hasta 1830, cerca de trescientas formas de
hurto. En España no se penan delitos
análogos sino con unas cuantas semanas de prisión. Y es que no creemos que el
alma de un hombre esté perdida
por haber pecado. Todos somos pecadores. Todos podemos redimirnos. A ninguno
deberán cerrársenos los
caminos del mundo. Si tenemos cárceles es por pura necesidad. Pero nuestras
instituciones favoritas, pasada la
cólera primera, son el indulto y el perdón.
Se dirá que todo esto no es sino catolicismo. Pero lo curioso es que en España
es lo mismo la persuasión de los
descreídos que la de los creyentes. Parece que los descreídos debieran ser
seleccionistas, es decir, partidarios de
penas rigurosas para la eliminación de las gentes nocivas. Aun lo son menos que
los creyentes. Están más lejos que
la España católica y popular del aristocratismo protestante. Y así como los
pueblos que se creen de selección, se
alzan sobre un bajo fondo social de ex hombres, incapaces de redención, en
España no hay ese mundo de gentes
caídas sin remedio. No se consentiría que lo hubiera, porque los españoles les
dirían: "¡Arriba, hermanos, que sois
como nosotros!"
Nuestro humanismo en la historia
Esto no es solamente un supuesto. Cuando Alonso de Ojeda desembarcó en las
Antillas, en 1509, pudo haber dicho
a los indios que los hidalgos leonenses eran de una raza superior. Lo que les
dijo textualmente fue esto: "Dios
Nuestro Señor, que es único y eterno, creó el cielo y la tierra y un hombre y
una mujer, de los cuales vosotros, yo y
todos los hombres que han sido y serán en el mundo, descendemos". El ejemplo de
Ojeda los siguen después los
españoles diseminados por las tierras de América: reúnen por la tarde a los
indios, como una madre a sus hijuelos,
bajo la cruz del pueblo, les hacen juntar las manos y elevar el corazón a Dios.
Y es verdad que los abusos fueron muchos y grandes, pero ninguna legislación
colonial extranjera es comparable a
nuestras leyes de Indias. Por ellas se prohibió la esclavitud, se proclamó la
libertad de los indios, se les prohibió
hacerse la guerra, se les brindó la amistad de los españoles, se reglamentó el
régimen de Encomienda para castigar
los abusos de los encomenderos, se estatuyó la instrucción y adoctrinamiento de
los indios como principal fin e
intento de los Reyes de España, se prescribió que las conversiones se hiciesen
voluntariamente y se transformó la
conquista de América en difusión del espíritu cristiano.
Y tan arraigado está entre nosotros este sentido de universalidad, que hemos
instituido la fecha del 12 de octubre,
que es la fecha del descubrimiento de América, para celebrar el momento en que
se inició la comunidad de todos
los pueblos: blancos, negros, indios, malayos o mestizos que hablan nuestra
lengua y profesan nuestra fe. Y la
hemos llamado "Fiesta de la Raza", a pesar de la obvia impropiedad de la
palabra, nosotros que nunca sentimos el
orgullo del color de la piel, precisamente para proclamar ante el mundo que la
raza, para nosotros, está constituida
por el habla y la fe, que son espíritu, y no por las oscuridades protoplásmicas.
Los españoles no nos hemos creído nunca pueblo superior. Nuestro ideal ha sido
siempre trascendente a nosotros.
Lo que hemos creído superior es nuestro credo en la igualdad esencial de los
hombres. Desconfiados de los
hombres, seguros del credo, por eso fuimos también siempre institucionistas.
Hemos sido una nación de
fundadores. No sólo son de origen español las órdenes religiosas más poderosas
de la Iglesia, sino que el español
no aspira sino a crear instituciones que estimulen al hombre a realizar lo que
cada uno lleva de bondad potencial.
El ideal supremo del español en América es fundar un poblado en el desierto e
inducir a las gentes a venir a
habitarle. La misma Monarquía española, en sus tiempos mejores, es ejemplo
eminente de este espíritu
institucional en que el fundador no se propone meramente su bien propio, sino el
de todos los hombres. El gran
Arias Montano, contemporáneo de Felipe II, define de esta suerte la misión que
su Soberano realiza:
"La persona principal, entre todos los Príncipes de la tierra que por
experiencia y confesión de todo el mundo tiene
Dios puesta para sustentación y defensa de la Iglesia Católica es el Rey Don
Philipo, nuestro señor, porque él solo,
francamente, como se ve claro, defiende este partido, y todos los otros
príncipes que a él se allegan y lo defienden
hoy, lo hacen o con sombra y arrimo de S.M o con respeto que le tienen: y esto
no sólo es parecer mío, sino cosa
manifiesta, por lo cual lo afirmo, y por haberlo así oído platicar y afirmar en
Italia, Francia, Irlanda, Inglaterra,
Flandes y la parte de Alemania que he andado..."
Ni por un momento se le ocurre a Arias Montano pedir a su Monarca que renuncie a
su política católica o
universalista, para dedicarse exclusivamente a los intereses de su reino, aunque
esto es lo que hacen otras
monarquías católicas de su tiempo, al concertar alianzas con soberanos
protestantes o mahometanos. El poderío
supremo que España poseía en aquella época se dedica a una causa universal, sin
que los españoles se crean por
ello un pueblo superior y elegido, como Israel o como el Islam, aunque sabían
perfectamente que estaban peleando
las batallas de Dios. Es característica esta ausencia de nacionalismo religioso
en España. Nunca hemos tratado de
separar la Iglesia española de la universal. Al contrario, nuestra acción en el
mundo religioso ha sido siempre
luchar contra los movimientos secesionistas y contra todas las pretensiones de
gracias especiales. Ese fue el
pensamiento de nuestros teólogos en Trento y de nuestros ejércitos en la
Contrarreforma. Y este es también el
sentimiento más constante de los pueblos hispánicos, y no sólo en sus períodos
de fe, sino también en los de
escepticismo. El llamamiento de la República Argentina a todos los hombres, para
que pueblen las soledades de la
tierra de América, se inspira también en este espíritu ecuménico. Lo que viene a
decir es que el llamamiento lo
hacen hombres que no se creen de raza superior a la de los que vengan. A todos
se dirige la palabra de
llamamiento: "Sto ad ostium, et pulso". (Estoy en el umbral y llamo). Y también
a todas las profesiones. No sólo
hacen falta sacerdotes y soldados, sino agricultores y letrados, industriales y
comerciantes. Lo que importa es que
cada uno cumpla con su función en el convencimiento de que Dios le mira.
Es posible que los padecimientos de
España se deban, en buena parte, a haberse ocupado demasiado de los demás
pueblos y demasiado poco de sí misma. Ello revelaría que ha cometido, por
omisión, el error de olvidarse de que
también ella forma parte del todo y que lo absoluto no consiste en prescindir de
la tierra para ir al cielo, sino en
juntar los dos, para reinar en la creación y gozar del cielo. Sólo que esto lo
ha sabido siempre el español, con su
concepto del hombre como algo colocado entre el cielo y la tierra e
infinitamente superior a todas las otras
criaturas físicas. En los tiempos de escepticismo y decaimiento, le queda al
español la convicción consoladora de
no ser inferior a ningún otro hombre. Pero hay otros tiempos en que oye el
llamamiento de lo alto y entonces se
levanta del suelo, no para mirar de arriba a abajo a los demás, sino para
mostrar a todos la luz sobrenatural que
ilumina a cuantos hombres han venido a este mundo.
Resumen Final del asunto
Hay, en resumen, tres posibles sentidos del hombre. El de los que dicen que
ellos son los buenos, por estarles
vinculadas la bondad en alguna forma de la divina gracia; y es el de los pueblos
o individuos que se atribuyen
misiones exclusivas y exclusivos privilegios en el mundo. Esta es la posición
aristocrática y particularista. Hay,
también, la actitud niveladora de los que dicen que no hay buenos ni malos,
porque no existe moral absoluta y lo
bueno para el burgués es malo para el obrero, por lo que han de suprimirse las
diferencias de clases y fronteras
para que sean iguales los hombres. Es la posición igualitaria y universalista,
pero desvalorizadora. Y hay, por
último, la posición ecuménica de los pueblos hispánicos, que dice a la humanidad
entera que todos los hombres
pueden ser buenos y no necesitan para ello sino creer en el bien y realizarlo.
Esta fue la idea española del siglo
XVI. Al tiempo que la proclamábamos en Trento y que peleábamos por ella en toda
Europa, las naves españolas
daban por primera vez la vuelta al mundo para poder anunciar la buena nueva a
los hombres del Asia, del Africa y
de América.
Y así puede decirse que la misión
histórica de los pueblos hispánicos consiste en enseñar a todos los hombres de
la
tierra que si quieren pueden salvarse, y que su elevación no depende sino de su
fe y su voluntad.
Ello explica también nuestros descuidos. El hombre que se dice que si quiere una
cosa, la realizará, cae también
fácilmente en la debilidad de no quererla, en la esperanza de que se le antoje
cualquier día. Esta es la perenne
tentación que han de vencer los pueblos nuestros. No parecemos darnos cuenta de
que el tiempo perdido es
irreparable, por lo menos en este mundo nuestro, en que la vida del hombre ésta
medida con tan estrecho compás.
Solemos dejar pasar los años, como si dispusiéramos de siglos para arrepentirnos
y enmendarnos. Y a fuerza de
querer matar el tiempo nos quedamos atrás y el tiempo es quién nos mata.
Porque el mundo, entonces, se nos echa encima. Nadie nos cree cuando decimos que
podemos, pero que no
queremos. El poder se demuestra en el hacer. La potencialidad que no se
actualiza no convence a nadie. La rechifla
de los demás se nos entra en el alma y los más sensitivos de entre nosotros
mismos, que por esencial
convencimiento nunca nos creímos superiores, acabamos por creernos inferiores al
compartir las críticas de los
demás respecto de nosotros. Esta es nuestra historia de los dos siglos últimos.
Si logramos salir de este período de
depresión del ánimo será, en primer término, porque nuestro pueblo no compartió
nunca el escepticismo de los
intelectuales, y, además, porque la misma cultura nos revela que nuestra labor
en lo pasado no en inferior a la de
ningún otro pueblo de la tierra.
En estos años nos está descubriendo
el estudio del siglo XVI un espíritu ecuménico que no se sospechaba entre las
gentes cultas. Nada es más revelador a este respecto que el entusiasmo con que
un hombre de cultura moderna,
como el profesor Barcia Trelles, encuentra en el Padre Vitoria y en Francisco
Suárez las verdaderas fuentes del
Derecho Internacional contemporáneo. Estamos descubriendo la quinta esencia de
nuestro Siglo de Oro. Podemos
ya definirla como nuestra creencia en la posibilidad de salvación de todos los
hombres de la tierra. De ella nacía el
impetuoso anhelo de ir a comunicársela. En esa creencia vemos también ahora la
piedra fundamental del progreso
humano, porque los hombres no alzarán los pies del polvo si no empiezan por
creerlo posible.
Esta creencia es el tesoro que llevan al mundo los pueblos hispánicos. Sólo que
ella se funda en otra creencia
antecedente y fundamental, sobre la cual ha de entenderse previamente las
inteligencias directoras de los pueblos
hispánicos, y de ella se deriva una consecuencia: la de que el mundo no creerá
en el valor de nuestro tesoro si no lo
demostramos con nuestras obras. De la creencia antecedente y de la consecuencia
práctica hemos de tratar, pero
estoy persuadido de que el descubrimiento de la creencia nuestra en las
posibilidades superiores de todos los
hombres, ha de empujarnos a realizarlas en nosotros mismos, para ejemplo
probatorio de la verdad de nuestra fe, y
q