¡¡Querido Padre Alba!!,ya se fue al Cielo, ya
estará con San Ignacio, con San Francisco Javier, con Monseñor Guerra
Campos,... ya estará comprendiendo los Misterios de la Santísima Trinidad, los
Misterios de la Inmaculada Concepción y de su Gloriosa Asunción, ... ¡Padre!,
le han trasladado a otro frente, aquí en la tierra ya ha dejado un puñado de
soldados que combatirán los nobles Combates de la Fe con la ayuda de Dios;
usted...., ya ha hecho mucho aquí, mas..., sabemos que a usted no se le retira,
se le traslada al frente de los Santos, donde las almas buenas como usted se
merecen seguir combatiendo por Cristo contra Satanás, disfrutando ya del Premio
Eterno.
Recuerdo aquellos momentos en que usted me repetía una y otra vez que lo
importante en esta vida es santificarse, lo demás sobra; que en las filas de
nuestro Gran Capitán sobraban los niñatos; que no tuviera miedo de ser
apóstol incansable del Corazón de Jesús....; no hizo más que darme consejos
de Padre, que no eran otra cosa sino versículos de cuantos ejemplos nos iba
dando minuto a minuto, día a día, año a año.
¡Padre! Le agradezco tantas veces haberme acogido en su casa aquellos años, en
su Escuela de Misioneros de Cristo Rey, ¡Escuela de Hombres y de Santos! diría
yo... En aquella época..., aprendí de verdad tantas cosas, aprendí que en el
mundo estamos para ser máquinas que arrastremos cadenas de hombres y mujeres
hacia la santidad, hacia la Luz que usted nos ha hecho ver, que en esta vida
gana el que mejor instrumento de Dios es, y no lo consigue el que es más
diestro para ello, sino el que más celo tiene por las almas y por Dios... Como
usted, Padre... Usted me ha enseñado y me ha demostrado una y otra vez que en
el bando de Cristo nunca se pierde, siempre se gana, aunque no lo sepamos ver
bien..., pero siempre, siempre se gana ¡Padre! Parece tan sencillo y tan
extraordinario ser como usted, ¡ser santo!; pero..., ¡tanto nos cuesta! Usted
quiso serlo, se fijó una meta, no existía para usted otra alternativa, no
podía ser de otra manera, no quería otra cosa con más empeño: ser santo, ser
fiel instrumento de Cristo. Y ése es el legado que nos deja, Padre, nos deja su
ejemplo, que vale más que millones y millones de palabras, nos deja su
recuerdo, su afán de ser Apóstol incasable de Cristo, pastor infatigable de la
juventud,...
¡Tantas veces me comentaba usted que le causaba especial dolor que acudiéramos
a usted en busca de ánimos, en busca de consejos, en busca de esas palabras de
aliento... para luego no hacerle caso...!, ¡infelices de nosotros! ¡Y no sabe
cuánto me arrepiento! Porque pocas personas han tenido la suerte que creo haber
tenido yo de que usted formara y uniera en matrimonio a mis padres, me diera la
Comunión, me acogiera en su Casa de Formación en dos ocasiones, no sólo para
examinarme acerca de mi vocación, sino para formarme como hombre; he podido
peregrinar con usted a Montserrat, Santiago de Compostela, Zaragoza y Roma; he
podido ser partícipe de sus proyectos; me ha cuidado en la enfermedad, me ha
reprendido cuando lo he merecido, me ha instruido no como alumno sino como hijo,
me ha dado palabras de aliento en mi desánimo, hemos reído juntos, hemos
compartido tantas ilusiones.. ¡Padre!... Y lo más importante: jamás se cansó
de darme montones y montones de consejos, que, desgraciado de mí, nunca he
sabido valorar... hasta que los he echado en falta. Mas, no crea que cayeron en
saco roto, porque usted echó la semilla, y... tarde o temprano esa semilla
dará sus frutos, y... yo seré indigno, pero buen instrumento de Cristo, con la
gracia de Dios, y, con su ayuda, desde ese otro Frente; digno continuador de su
Obra.
¡Padre!, estoy orgulloso de ser su hijo, de haber caminado junto a usted en
esta vida y espero combatir con usted desde esta vida los Nobles Combates de la
Fe; como usted siempre me ha enseñado..., porque con usted..., jamás he
perdido.
Fernando Pacha Conde