Amor del bueno
¡Había pasado tanto tiempo…! Pero su memoria no le podía fallar. Ésa era la
calle y ése era la puerta de la casa. Pero una desconfianza le cruzaba la mente.
No sabía qué hacer: si acercarse y llamar a la puerta con decisión o esperar a
encontrarse con ella. ¡Dios mío! Todo había ocurrido de una forma tan extraña y
estaban las cosas de tal manera, que lo más fácil era que todo se hubiera caído
por el suelo.
El pobre Alfonso se consolaba a sí mismo. Además, ya
estaba viejo. Los años no pasan en balde. ¡Son diez años! ¿Quién sería capaz de
esperar tanto tiempo?
La calle estaba desierta y un viento helado venía del norte. Se subió la solapa
de su chaqueta gris. Se ajustó el sombrero a la cabeza. Ya el pelo le empezaba a
faltar y blanqueaba por lo extremos. Manos a los bolsillos, paseaba pateando las
hojas que los árboles, tristemente, habían dejado caer. Por fin se decidió. Echó
su mirada al cielo y cruzó la calle con decisión. Miró por última vez la puerta,
se cercioró otra vez de que aquel era el número de la calle y llamó cortésmente.
Se compuso el pantalón, la americana, la corbata, se quitó el sombrero y atusó
sus desordenados cabellos. Guardó silencio y tragó saliva… Fueron unos
instantes,… eternos… Se escuchaban pasos al otro lado de la puerta. Esos pasos
me son familiares, pensó Alfonso. Sí, es ella, debe de ser ella, es su taconeo.
La puerta, por fin, se abrió… Era ella.
- ¡Buenas tardes! -dijo él, con el tono más dulce que pudo encontrar.
Ella se echó las manos a la cabeza. Estaba asombrada y a penas pudo musitar un
¡Has vuelto! ¡Gracias, Dios mío, gracias! Luego un solemne abrazo. Lo estrechaba
entre sus brazos como sólo ella sabía hacerlo, como lo había hecho toda la vida,
como si deseara, con ese gesto, que no se lo volviera a arrebatar el tiempo. Ese
abrazo lo llevaba esperando hacía ya mucho tiempo, diez años, durante los cuales
la soledad había engendrado en ella esperanza, esa esperanza que brota del amor
sincero y de la fe.
Ellos eran una pareja normal. Aunque hoy día eso ya empiece a parecer extraño.
Se habían conocido en la universidad y, más que haber entre ellos una atracción
imperiosa, había un entendimiento mutuo que les hacía desear estar el uno junto
al otro. Ella siempre veía que Alfonso le trataba de una manera especial,
distinta a los demás, miraba por ella, le daba lo mejor que tenía de sí; y, para
ella, pensar en Alfonso era lo mismo que pensar en el fundamento de su vida. Sin
duda alguna, estaban enamorados. Todos sus compañeros los veían en aquel tiempo
como bichos raros. Y cuando las amigas insistían en sus relaciones sexuales,
ella contestaba con firmeza: Nosotros tenemos otras metas más altas. No creo que
sea una enfermedad amar sinceramente a una persona.
Así pensaban ambos: la felicidad sólo es posible si hay amor y amar a otra
persona es querer su libertad, que se acerque lo más posible a ella, que busque
su bien, sobre todo el bien moral. Por eso debían trazar un plan común, pues
eran bien conscientes de que un matrimonio, y mucho menos una familia, no se
improvisa, no se tiene, sino que se forma paso a paso. La vida tiene que tener
un planteamiento, no se puede coger al azar. Y ellos se plantearon, desde el
primer momento, un proyecto para empezar en el noviazgo y continuarlo en el
matrimonio. Pero debían ser fieles desde el primer momento a sí mismos para
poder serlo el uno con el otro. Frente a lo mal que están las cosas, no se
dejaron llevar por el triste afán de crítica y el pesimismo del ambiente que
lleva al amor fácil, de usar y tirar, con fecha de caducidad. Lucharon por el
amor que exige de uno mismo lo mejor donde las ilusiones se fraguan en la
realidad y la voluntad se hace fuerte y constante por haber una razón: la del
amor que tiene sentido ante el altar de Dios. Ante él, se prometieron amor y
debían guardarlo, pues el testigo del mismo no era un cualquiera; sino el Amor
de los amores, que todo lo sabe y que todo lo puede.
Muchas cosas habían ya pasado en la vida de Alfonso y
Rebeca, pero nunca fueron capaces de pensar que lo que era inimaginable,
pasaría.
Era un día cualquiera, como cualquier otro. Se levantaron y rezaron sus
oraciones. Desayunaron juntos y Rebeca salió a la puerta de la casa, la misma en
la que ahora se encontraban, para despedirse de Alfonso. Un beso y unas
palabras.
- ¿Vendrás a comer?
- Por supuesto, cariño. A mediodía estaré aquí.
- Hoy haré algo que te gusta.
- Entonces hoy hay pizza.
- Sí, cariño.
- Adiós, Rebeca.
- Adiós, cariño.
La puerta se cerró. Y el reloj comenzó a marcar las horas sin cansancio. La
comida estaba en la mesa y la limpieza de toda la casa también. Volvió a
calentar la pizza... y otra vez…y otra…Mas en vano. Las horas pasaban y Alfonso
no llegaba. Era la primera vez que Rebeca no recibía una llamada de su esposo
anunciando su tardanza. ¡Qué extraño! Bueno, esperaremos… y esperando,
esperando, pasaron las horas, los días, los meses, los años.
¿Qué había pasado con Alfonso? De camino a su trabajo se sintió mal. Se detuvo
bajo una agradable sombra, junto a una construcción sin terminar. Le sobrevino
un desmayo, perdió el conocimiento, cayó al suelo. Pero en el suelo había una
fosa, y al caer en ella, se golpeó fuertemente en la cabeza. Pasado el tiempo,
volvió en sí, pero ya no sabía quién era, dónde estaba y mucho menos qué tenía
que hacer ni la hora que era. No se acordaba de nada. Salió como pudo de aquel
agujero y comenzó a caminar y a caminar y sin tener a dónde ir, dónde vivir,
dónde dormir y lo hizo en las calles. Empezó a ser un hombre sin rumbo y sin
pasado: un vagabundo.
Era tal su confusión que, a lo largo de los meses y los años, cruzó el país
vagando de un lado para otro. Una institución que se dedica a recoger a los
indigentes y ayudarlos en su readaptación lo encontró. Habían pasado poco más de
nueve años desde que Alfonso saliera de su casa hacia su trabajo. En las
terapias, los enfermeros comenzaron a darse cuenta de que Alfonso era una
persona que demostraba haber tenido una educación, una carrera profesional, una
voluntad de hierro y un pasado agradable y digno de recuperar.
Las terapias fueron exitosas y Alfonso volvió a ser una persona normal. Y aunque
él tenía la ilusión de recuperar el tiempo perdido junto a Rebeca, los temores
le asaltaban asiduamente. Era lógico. ¡Había pasado tanto tiempo…!
Pero Rebeca no había cambiado. En la puerta de su casa lloraba de alegría. Y
repetía una y otra vez: ¡Has vuelto! ¡Gracias, Dios mío, gracias! Alfonso la
miraba más extrañado aún. Ella continúa sola. No quiso casarse con otro hombre.
En la sala todo seguía como antes: las fotos de su boda, sus cigarrillos, las
revistas de fútbol…..Y en la mesa, donde estaba su lugar, seguía el tarro en el
que bebía su cerveza.
- Rebeca, ¡me esperaste!... ¿Cómo… has…? -Alfonso tartamudeaba emocionado.
- Yo nunca te he dejado de amar.
P. Javier Andrés, mCR