Formación cultural. Los dogmas nacionales
(I)
Sería una inversión de términos pensar que es el Estado el que ha de determinar
el espíritu de un pueblo. Anterior y superior al Estado, el espíritu nacional no
puede ser ni creación ni objeto de modificaciones por parte de aquél. No es el
Estado la norma a que ha de acomodarse el espíritu nacional: es el espíritu
nacional lo que ha de determinar las características del Estado.
Por eso ni siquiera la organización externa
de la nación, que son las instituciones sociales, los organismos políticos, el
funcionamiento de todo el engranaje de la colectividad, puede ser
caprichosamente determinado por el Estado, aunque contase con el voto de una
gran mayoría de ciudadanos. Es el espíritu de la raza lo que fija, como molde
inalterable y eterno, hasta los perfiles que ha de tener todo lo que quiera ser
nacional. Y, en ese espíritu, que es obra de la historia a lo largo de cien
generaciones, tienen el hogar, las costumbres y la voluntad tradicional del
pueblo mucha más fuerza que las determinaciones legislativas del Estado.
En consecuencia, para rehacer, educar y
perfeccionar el espíritu de un pueblo, no es precisamente al Estado a quien hay
que recurrir como a principio determinante. Son las individualidades vivientes
las que interesa remover y modificar, individualidades que constituyen la masa o
cuerpo que primeramente ha de ser informado y vivificado por el alma de la
nación: esa alma que luego, como savia que las raíces extraen de la tierra,
subirá por el tronco vivificando el árbol de las instituciones estatales.
Hay, pues, que realizar la educación del
espíritu nacional comenzando por los individuos. Y como en el individuo existe
un triple orden de actividades: intelectuales, afectivas y físicas: orden de
ideas, de sentimientos y de obras exteriores, a base de tres elementos ha de ser
la educación; cultura, moralidad y disciplina. Estudiemos en este capítulo la
cultura.
Se dice que no son los vicios sino los errores los que corrompen a los pueblos.
Pero es porque los errores traen consigo los vicios. Como la verdad lleva a la
rectitud de conducta.
Es una exigencia de la relación que existe
en el hombre entre el orden del conocimiento, el del sentimiento y el de las
obras exteriores. Íntimamente concatenados por su misma naturaleza, existe un
proceso invariable, que comienza con la idea en la inteligencia, pasa,
convertido en afecto, por el corazón y cristaliza finalmente en obras externas.
Es el proceso del germen, que, si no hay algo que lo estorbe, no para hasta
romper la costra del suelo y salir al sol y al aire en una manifestación externa
de vida y actividad. Así es la idea. Podrá ahogarse, como la semilla, antes de
que germine; pero lo normal es que, por la energía vital que lleva en su seno y
por las condiciones de la humana naturaleza, tenga una repercusión en todo el
resto de las actividades del hombre.
Yerran gravemente los que creen en el
carácter inofensivo de las ideas. Ni existe ni puede darse un corte que aisle el
orden cognoscitivo del afectivo. No es infecunda la nieve que reverbera en la
cumbre de una montaña. Poco a poco se irá filtrando en la tierra y, resbalando
por los peñascos que encuentre, o arrastrando arenillas, llegará, nutritiva y
vivificadora, hasta el llano, provocando una vegetación exuberante de yerbas,
árboles y flores. Así son las ideas. Brillan en la cumbre de la inteligencia,
pero nunca se quedan allí. Tarde o temprano van a descender hasta el corazón
convertidas en elemento afectivo y, al fin, saldrán a la superficie hechas
realidad en una floración de obras corporales.
Sembrar ideas alegremente y a voleo, sin preocuparse de que sean buenas o malas,
y protestar después de los actos externos desagradables que de ellas se sigan,
fue el absurdo del sistema liberal, que Mella calificó diciendo: "Levantan
tronos a las premisas y patíbulos a las consecuencias."
Por eso, la renovación de un pueblo, lo
mismo que la de un individuo, ha de comenzar por las ideas. Mientras tanto todo
quedará en el aire. Un fuerte y exaltado estado sentimental puede mover a
realizar un heroísmo momentáneo; una situación de fuerza logrará mantener el
orden exterior más o menos tiempo: pero ni el sentimiento ni la espada pueden
crear una situación social definitiva. Ésta no se asentará nunca más que sobre
la base de unas convicciones profundas. La última batalla la han ganado siempre
las ideas.
Ellas son las que liquidan las contiendas de
los pueblos. Mientras no se asegure el triunfo de unas ideas, el triunfo de las
armas será efímero. Por eso se malogró la victoria del dos de mayo: porque
nuestros abuelos no se preocuparon de vencer y arrojar las ideas afrancesadas
con ideas nacionales, como se había vencido a las armas francesas con las armas
españolas. Se ganó la batalla militar, pero se perdió la de la cultura, y ésta
fue la que decidió el porvenir de España.
Las ideas han sido siempre los conductores de los pueblos lo mismo por caminos
de gloria que de ignominia. Ellas iniciaron, sostuvieron y consumaron la ruina
de España, y ha de ser por ellas -por unas ideas opuestas a aquéllas- por lo que
se inicie, sostenga y consume con un sentido de eternidad el resurgimiento de la
raza. Mientras no se cree y se propague una ideología sana y firme, que sirva de
base al nuevo orden, corremos el riesgo de que se malogre tanto sacrificio,
tanto heroísmo, tantas lágrimas y tanta sangre. Como la revolución en las calles
va indefectiblemente precedida de la revolución en los cerebros, la renovación
pacificadora y constructiva de la nueva España ha de ir precedida también de la
renovación pacificadora en las inteligencias. Sin ello, quedará sin resolver
fundamentalmente el gran problema.
No vale, como tanto se hace ahora, apelar al patriotismo que se excitó durante
la guerra; porque es un patriotismo sentimental: las guerras no desarrollan
convicciones, sino sentimientos; y, aparte de que ese estado sentimental no
puede durar mucho—ya vemos cuánto ha decaído en tan poco tiempo—, no han de ser
los sentimientos sino las ideas las que, en definitiva, orienten al hombre. Los
sentimientos son motor infantil. Los que no llegan a adquirir convicciones
hondas, quedan toda la vida sujetos a ese móvil ciego, que es como decir que
quedan a medio desarrollar, en una infantilidad perpetua. Mientras el hombre
falto de norma intelectual no se mueva más que por sentimiento, no obrará bien
más que por halago, como los niños, por instinto, como las bestias, o por
imposición brutal, como los esclavos. La recta y firme conciencia del bien
obrar, que es lo único que asegura un constante proceder honrado y noble sin
necesidad de vigilancias continuas, e imposibles, no se consigue sino a base de
unas ideas hechas carne de convicción en el alma.
¿Qué ideas han de ser ésas en el orden nacional ?
P. Crisógono