Queridos hermanos y hermanas, Jesús, crucificado y resucitado, nos repite hoy
este anuncio gozoso: es el anuncio pascual. Acojámoslo con íntimo asombro y
gratitud.
"Resurrexi et adhuc tecum sum". "He resucitado y aún y siempre estoy contigo".
Estas palabras, entresacadas de una antigua versión del Salmo 138 (v.18b),
resuenan al comienzo de la Santa Misa de hoy. En ellas, al surgir el sol de la
Pascua, la Iglesia reconoce la voz misma de Jesús que, resucitando de la muerte,
colmado de felicidad y amor, se dirige al Padre y exclama: Padre mío, ¡heme
aquí! He resucitado, todavía estoy contigo y lo estaré siempre; tu Espíritu no
me ha abandonado nunca. Así también podemos comprender de modo nuevo otras
expresiones del Salmo: "Si escalo al cielo, allí estás tú, si me acuesto en el
abismo, allí te encuentro... Porque ni la tiniebla es oscura para ti, la noche
es clara como el día; para ti las tinieblas son como luz" (Sal 138, 8.12). Es
verdad: en la solemne vigilia de Pascua las tinieblas se convierten en luz, la
noche cede el paso al día que no conoce ocaso. La muerte y resurrección del
Verbo de Dios encarnado es un acontecimiento de amor insuperable, es la victoria
del Amor que nos ha liberado de la esclavitud del pecado y de la muerte. Ha
cambiado el curso de la historia, infundiendo un indeleble y renovado sentido y
valor a la vida del hombre.
"He resucitado y estoy aún y siempre contigo". Estas palabras nos invitan a
contemplar a Cristo resucitado, haciendo resonar en nuestro corazón su voz. Con
su sacrificio redentor Jesús de Nazaret nos ha hecho hijos adoptivos de Dios, de
modo que ahora podemos introducirnos también nosotros en el diálogo misterioso
entre Él y el Padre. Viene a la mente lo que un día dijo a sus oyentes: "Todo me
lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo mas que el Padre, y nadie
conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar" (Mt
11,27). En esta perspectiva, advertimos que la afirmación dirigida hoy por Jesús
resucitado al Padre, - "Estoy aún y siempre contigo" - nos concierne también a
nosotros, que somos hijos de Dios y coherederos con Cristo, si realmente
participamos en sus sufrimientos para participar en su gloria (cf. Rm 8,17).
Gracias a la muerte y resurrección de Cristo, también nosotros resucitamos hoy a
la vida nueva, y uniendo nuestra voz a la suya proclamamos nuestro deseo de
permanecer para siempre con Dios, nuestro Padre infinitamente bueno y
misericordioso.
Entramos así en la profundidad del misterio pascual. El acontecimiento
sorprendente de la resurrección de Jesús es esencialmente un acontecimiento de
amor: amor del Padre que entrega al Hijo para la salvación del mundo; amor del
Hijo que se abandona en la voluntad del Padre por todos nosotros; amor del
Espíritu que resucita a Jesús de entre los muertos con su cuerpo transfigurado.
Hermanas y hermanos cristianos de todos los rincones del mundo, hombres y
mujeres de espíritu sinceramente abierto a la verdad: que nadie cierre el
corazón a la omnipotencia de este amor redentor. Jesucristo ha muerto y
resucitado por todos: ¡Él es nuestra esperanza! Esperanza verdadera para cada
ser humano. Hoy, como hizo en Galilea con sus discípulos antes de volver al
Padre, Jesús resucitado nos envía también a todas partes como testigos de su
esperanza y nos garantiza: Yo estoy siempre con vosotros, todos los días, hasta
el fin del mundo (cf. Mt 28,20). Fijando la mirada del alma en las llagas
gloriosas de su cuerpo transfigurado, podemos entender el sentido y el valor del
sufrimiento, podemos aliviar las múltiples heridas que siguen ensangrentando a
la humanidad, también en nuestros días. En sus llagas gloriosas reconocemos los
signos indelebles de la misericordia infinita del Dios del que habla al profeta:
Él es quien cura las heridas de los corazones desgarrados, quien defiende a los
débiles y proclama la libertad a los esclavos, quien consuela a todos los
afligidos y ofrece su aceite de alegría en lugar del vestido de luto, un canto
de alabanza en lugar de un corazón triste (cf. Is 61,1.2.3). Si nos acercamos a
Él con humilde confianza, encontraremos en su mirada la respuesta al anhelo más
profundo de nuestro corazón: conocer a Dios y entablar con Él una relación vital
en una auténtica comunión de amor, que colme de su mismo amor nuestra existencia
y nuestras relaciones interpersonales y sociales. Para esto la humanidad
necesita a Cristo: en Él, nuestra esperanza, "fuimos salvados" (cf. Rm 8,24).
Queridos hermanos y hermanas, dejémonos iluminar por la luz deslumbrante de este
Día solemne; abrámonos con sincera confianza a Cristo resucitado, para que la
fuerza renovadora del Misterio pascual se manifieste en cada uno de nosotros, en
nuestras familias y nuestros países. Se manifieste en todas las partes del
mundo. Éstos son mis anhelos pascuales, que transmito a los que estáis aquí
presentes y a los hombres y mujeres de cada nación y continente unidos con
nosotros a través de la radio y de la televisión. ¡Feliz Pascua!
Benedicto XVI