VÁZQUEZ DE MELLA

 

ESTUDIO PRELIMINAR, por Rafael Gambra

 

 

Entre las primeras figuras del pensamiento o de la política, hay hombres llamados a participar -como protagonistas o como inspiradores- el los grandes hechos de la Historia; otros, en cambio, parecen destinados sólo a mantener el fuego sagrado de un ideal o de una misión, a transmitir de una a otra generación la antorcha encendida de una ilusión de un espíritu.

 

Vázquez de Mella perteneció claramente a estos últimos. Entra en la vida pública española después de la segunda Guerra Carlista, cuando los ideales que habían animado a aquel gran movimiento de rebeldía popular parecían asfixiarse bajo el peso de la derrota, y de la ruina de mucho hogares, del ansia de paz y de olvido. Su vida política se extiende a lo largo de aquel enervante período que va desde la restauración de Sagunto hasta la caída definitiva de la monarquía constitucional, época de la amarga crisis nacional de 98 y de los impulsos regeneradores por vía europeizante. Su muerte (1928) se produce en la última parte de la Dictadura, es decir, antes de la gran eclosión de sentimiento españolista y tradicional que provocó la segunda República, y se culminaría con el Movimiento Nacional. No conoció, pues, aquella magnífica delimitación de campos en la que el espíritu cristiano contrario a la Revolución dejó de ser meramente conservador, anémicamente liberal, para abrazar por entero las ideas de que él fué cantor y apóstol, ideas que quizá llegara a juzgar, en sus momentos de desaliento, confinadas ya a una minoría ininfluyente. No le fué dado conocer ni las ilusionadas esperanzas de la segunda Corte de Estella, ni la increíble realidad de revivir, en pleno siglo XX, otra guerra en la línea de las carlistas, coronada ahora por una victoria que esperaron cinco generaciones de españoles leales.

Sin embargo, hoy, a los sesenta años de su entrada en la vida parlamentaria, puede apreciarse el extraordinario papel histórico que cumplió su obra.

 

La revolución de 1868, que derribó la monarquía isabelina, fué el primer movimiento revolucionario en que hubo una participación del pueblo español, y tuvo, por tanto, una cierta significación social. En él se revelaron los primeros y amargos frutos de lo que llamó Menéndez Pelayo "dos siglos de sistemática e incesante labor para producir artificialmente la revolución aquí donde nunca podía ser orgánica". Hasta entonces, la revolución había sido en España obra de minorías intelectual y volitivamente extranjerizadas, ajenas en todo caso al sentir y a las necesidades reales de las clases populares enraizadas en la nación. La revolución de 68 con el subsiguiente ensayo de una monarquía electiva y la anárquica época republicana, pusieron de manifiesto la grave crisis institucional y moral que habían producido cuarenta años de liberalismo. Entonces, el Carlismo, que llevaba años sesteando en el recuerdo de las pretéritas glorias castrenses, volvió a presentarse a los ojos de todos como la sola esperanza de orden y unión. Un extenso grupo de pensadores adscritos al movimiento neocatólico -Villoslada, Manterola, Gabino Tejado, Aparisi Guijarro- advienen entonces al Carlismo y emprenden una campaña en la que éste deja de aparecer ante la opinión como una supervivencia política, para convertirse en bandera de restauración nacional. Gentes de todas las tendencias antirrevolucionarias y católicas engrosan las filas del Carlismo o vuelven a él sus miradas esperándolo todo del estallido de la guerra en el Norte. Una circunstancia más vino a hacer aquella coyuntura especialmente propicia para la causa del tradicionalismo: la proclamación como rey del tercero de los Carlos en el destierro -Carlos VII-, uniría a las más prometedoras condiciones personales, una convicción y un entusiasmo sin límites.

 

La guerra, sin embargo, demasiado localizada y falta de reservas, resultó nuevamente adversa para los carlistas, a pesar de sus innumerables e insospechadas victorias. Los cuarenta años de régimen constitucional tampoco habían pasado en balde a los efectos de crear extensos intereses privados, familiares y profesionales que nada bueno podían esperar de una restauración legitimista. El espíritu burgués y acomodaticio no tardó en abandonar la causa carlista en cuánto vislumbró una restauración liberal-conservadora en la figura de Alfonso XII.

 

Con la derrota final sobrevinieron los momentos más críticos para la supervivencia del Carlismo. Al desaliento que sigue a un largo sacrificio de vidas y haciendas hubo de unirse la hábil gestión conciliadora de Cánovas del Castillo, alma de una restauración cuyo programa fué una unión nacional bajo una nueva monarquía liberal.

Este ensayo, cuando los ánimos sufrían la decepción de la derrota y el anhelo de paz, parecía que iba a lograr en España una mansa consolidación del régimen constitucional. Ello importaría en la realidad el triunfo de aquel escepticismo y atonía nacionales que, impasibles a la pérdida los últimos restos de las Españas de Ultramar y de nuestro prestigio exterior, habrían de cuajar, como fruto de amargura, en la generación del 98. Y, lo que es más grave, se corría el peligro de que ese tradicionalismo español consciente y

actuante, que hasta entonces se había encarnado en la epopeya popular del Carlismo, quedase reducido a una estéril fuente de moderatismos en el seno de aquel artificioso ambiente doctrinario.

 

Tal fué el escenario humano e histórico que el destino había reservado a Mella. El no llegó al Carlismo por tradición familiar -la influencia de su padre era hostil a ello-, ni por reflexión o madurez de la edad, sino por esa convicción sincera y abierta que puede surgir en la primera juventud, la edad de las posturas íntegras y generosas. Sus primeras armas las hizo en un periódico tradicionalista de Santiago -El Pensamiento Galaico-, por los años de 1887 a 90. Cuando Llauder fundó El Correo Español en Madrid, se fijó en la figura del joven periodista asturiano y lo presentó como una nueva esperanza.

Navarra lo eligió Diputado a Cortes a los veintinueve años. A partir de ese momento la elocuencia de Mella, movida de la convicción y del amor, entusiasmó al pueblo carlista, en los momentos más difíciles para la supervivencia del tradicionalismo en su concreción de partido o Comunión. Mella no sólo lanzó en aquel tiempo el grito de aún vive el Carlismo, sino que fué el gran sistematizador y expositor del conjunto de las ideas políticas y sociales que entrañaba nuestro régimen tradicional, de las que realizo una luminosa síntesis,logrando presentar ante aquella generación un todo coherente de ideas extraídas del difuso elenco del tradicionalismo, hasta entonces más sentido que comprendido.

Dos grandes aspectos hay que considerar en la figura y en la obra de Vázquez de Mella: el orador y el pensador político.

 

* * *

 

El primer aspecto es, sin duda, el más importante desde el punto de vista de su misión histórica inmediata y popular. El segundo aspecto, es decir, la obra intelectual del mantenimiento de una conciencia tradicionalista fué compartida con Menéndez Pelayo, la extraordinaria figura de la cultura española en la época que media entre las dos últimas guerras de España. Sin embargo, como he destacado en alguna ocasión (1), el hecho característico y diferencial del tradicionalismo español, que lo hace especialmente apto y fecundo para una verdadera restauración nacional, es su profundo arraigo popular, su asiento en una zona de las clases populares. En la conservación de este espíritu popular y en su supervivencia a la derrota de 1876 y al período canovista tiene una parte esencialísima la palabra cálida, arrebatadora, henchida de fé y de sinceridad, de Vázquez de Mella.

 

(1) Rafael Gambra, La Primera Guerra Civil de España, Escélicer, Madrid, 1950

 

La oratoria, como la poesía, debe poner al hombre en contacto con las cosas mismas: el orador, además de sus ideas, debe trasmitir a su auditorio el espíritu, el aliento inspirador que las anima. El auditorio debe entrar en contacto con el mundo de valores y de impulsos que mueven la voz del orador. "Por eso -dice Pemán-, fué Mella pura y perfectamente orador. Porque trajo la oratoria a su verdadero terreno de conciencia viva de un pueblo... Y fué fiel ciertamente al don de Dios. Se mantuvo en su puesto y cumplió su misión. No gobernó nunca..(2)". A Mella, en efecto, le fué ofrecida una cartera de Ministro en dos ocasiones: una, en sus mocedades, en los ensayos unionistas de Cánovas; otra, al final de su vida, en el Gobierno nacional que presidiría Maura. En ambos casos, rehusó. Nunca escuchó el fácil canto de sirena que le comprometería en una fórmula circunstancial de transacción, que, si en algún caso puede ser lícita, no lo era para quien tenía la alta misión de salvar para el mañana la continuidad y el entusiasmo de unas posiciones íntegras.

 

(2) José María Pemán, Prólogo al tomo II de las Obras de Mella

 

Su labor oratoria fué extraordinariamente difícil, casi insuperable: en un parlamento divorciado de la verdadera realidad nacional, entregado generalmente a minúsculos doctrinarismos, El se levantaba para impugnar el significado político de todos aquellos grupos y también al propio parlamentarismo; para salirse de la cuestión remontándose a principios que eran una condenación fundamental y sangrienta de cuanto allí se propugnaba; para remover la conciencia religiosa y patriótica de aquellos hombres, quizá en los momentos de su vida más ajenos a tales sentimientos. En estas condiciones, sólo que se le tolerase hubiera sido maravilla. Pero Mella consiguió que se le escuchase en suspenso, que toda la Cámara, por un momento, viviese aquel impulso de inspiración, que los diferentes partidos depusieran pos un instante sus antagonismos para aplaudir unidos al cantor de la común tradición patria.

 

Su espíritu atraía por su sana sencillez casi infantil, por la abierta sinceridad de sus convicciones. A nadie como a él se le hubiera podido aplicar la definición que Quintiliano daba del orador: vir bonus dicendi peritus.

La elocuencia de Mella sirvió a este fin general de presentar ante aquella generación, de una forma vívida y cordial, la fe de sus mayores manteniendo vivo su espíritu y su entusiasmo; pero, además, prestó tres grandes servicios a la vida de la patria, con motivo de otras tantas coyunturas históricas de su tiempo.

 

Ante todo, en la ocasión tristísima de la guerra de Cuba y Filipinas. Mella denunció, antes de su estallido, la corrompidísima administración española en la isla de Cuba; y durante aquella torpe y claudicante acción bélica, exigió de los gobiernos una aptitud digna y responsable, destacando con toda claridad ante el Parlamento el radical divorcio entre la verdadera voluntad nacional y el oscuro juego de aquella trama caciquil y parlamentaria, única culpable del desastroso fin.

En segundo lugar, ante el desaliento nacional del 98 y frente a las tendencias europeizantes, Mella realizó ante la conciencia española una labor paralela y complementaria a la de Menéndez Pelayo. Como el polígrafo santanderino en un plano erudito, presentó Mella ante el pueblo y en el Parlamento una interpretación total de nuestro pasado y de nuestra cultura, de la que se desprendían los motivos de un patriotismo superior al de la generalidad de los pueblos por fundarse en la constante y sacrificada lealtad a una fé religiosa.

Por último, ante la gran catástrofe europea de la Guerra del 14, frente al mimetismo aliadófilo de los liberales, Mella sostuvo una postura germanófila basada en motivos históricos y patrióticos, que contribuyó en alto grado al mantenimiento de nuestra neutralidad.

 

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Pero si la figura de Mella tiene como orador esta profunda significación histórica, no la tiene menor su posición intelectual. A Mella no se le puede situar en una corriente ideológica porque no era, en absoluto, lo que hoy se llama teórico o un intelectual. A pesar de su espíritu sistematizador, su obra fué brote espontáneo de un impulso creador y, como toda obra maestra, no exenta de los defectos inherentes a lo, en cierto modo, improvisado; pero con la virtud única de lo que es fruto de la inspiración. Por eso es imposible asignar a Mella precedentes científicos; él no poseía, quizá, una extensa erudición contemporánea: bebió, simplemente, en el mejor manantial de las esencias patrias y ,movida su voluntad a la vez que penetrada su inteligencia, supo a un tiempo cantar poéticamente y exponer intelectualmente. Mella no escribió apenas fuera del periodismo, ni siquiera volvió sobre su obra para corregirla: su vida fué un presente continuado hasta la muerte.

 

Mucho debió Mella, como ambiente y como inspiración, a los clásicos del tradicionalismo español, especialmente a Donoso y Balmes; pero la obra de trabar en su sistema total y coherente el mundo de ideas del tradicionalismo político estaba reservado al joven periodista asturiano que, además, sabría presentarlo ante su época de un modo nuevo y sugestivo: no como un partido o escuela política, sino como el alma misma de la Patria de la que representa la continuidad y pervivencia. Ello, unido a su elocuencia, determinaría el milagro de un gran resurgimiento del Carlismo precisamente en los momentos en que atravesaba la tremenda crisis de la segunda guerra perdida.

 

Desde la época en que cayó el antiguo régimen -el reinado de Fernando VII- quizá la más clara autoconciencia de lo que representó el orden tradicional corresponda a la concepción de Mella a lo largo de su vida oratoria y periodística. Los primeros realistas y carlistas -la época de la primera guerra y de Balmes- conocieron sin duda de un modo más directo y vívido el ambiente y el medio tradicional, pero no poseyeron la clara conciencia de cuanto aquella representaba, de los supuestos en que se apoyaba, de su ensamblaje con el pasado español, de lo que era fundamental y lo que era accesorio. Defendían una realidad vivamente sentida frente a unas ideas que reputaban heréticas y extranjeras. Mella, en cambio, ve en los atisbos geniales, en intentos formidables de visión general, la síntesis profunda de fe y de vida, de filosofía política y de historia, que constituye el orden tradicional, la gran realización política de nuestra vieja Monarquía. Incorpora a su concepción el espíritu medieval, forja la teoría de las coexistentes soberanías social y política, la de la soberanía tradicional para la concreción del poder; la idea, por fin, de la tradición en su sentido dinámico, cuyo alcance no ha sido todavía plenamente valorado...

 

Posteriormente a Mella, en los últimos treinta años, se ha operado un proceso de olvido, de fragmentación y de idealización en el conjunto de ideas políticas que integran el sistema tradicional español. Sentimientos tan arraigados en el alma española como el monárquico o el foral de determinadas regiones van siendo desconocidos para las nuevas generaciones; multitud de pequeños movimientos construyen su credo y su verdad sobre fragmentos aislados del pensamiento tradicionalista; y, al mismo tiempo, éste se convierte para una extensa opinión en algo utópico, irrealizable, útil sólo para construir párrafos líricos y remover el patriotismo en momentos en que es necesaria la unión.

Si el tradicionalismo de la primera mitad del XIX se hallaba demasiado envuelto por la historia concreta, la tradicional todavía es una realización imperfecta, el tradicionalismo actual de este siglo se encuentra desarraigado de los hechos, de las concreciones reales y viables, envuelto en las brumas de un recuerdo lejano e idealizado. Entre ambos momentos aparece Mella como un punto luminoso, tradicionalista y carlista, es decir, político teórico y político histórico.

 

 

El legado de Mella

 

Para penetrar en el pensamiento de Mella es preciso, ante todo, comprender, el sentido en que emplea el calificativo de social, que es, diríamos,la piedra angular de lo que constituye su principal aportación.

Hoy es muy empleado este calificativo, generalmente precedido del artículo neutro -lo social-, que es un modo de sustantivar conceptos sólo oscuramente conocidos y muy equívocamente empleados. Este concepto actual de lo social coincide en un aspecto con el de Mella, pero difiere muy esencialmente en otro y por ello puede ocasionar multitud de equívocos. He aquí, como ejemplo, un párrafo de Mella que podría juzgarse enteramente actual: "(se extiende por España) un movimiento social que nace del impulso de todo un pueblo.,.; y esa ola social indica que este régimen, estos partidos, estas oligarquías que hoy tienen que transformarse...(3)"

Esta frase podría ser citada como un anticipo profético de lo que hoy se llama política social. Coinciden ambos conceptos, además de en una común referencia a la sociedad, en su aspecto negativo, esto es, en su intención crítica respecto del sistema político liberal o individualista.

 

(3) Vázquez de Mella, Juan. Obras Completas. Junta del Homenaje a Mella, Madrid, 1932, tomo VIII, pág. 202.

 

El liberalismo que partía, como es sabido, de la bondad natural del hombre, y que propugnaba una organización racional del Estado y de la sociedad, procuró la destrucción de todas las sociedades e instituciones intermedias entre el poder político y el individuo. Eran éstas consideradas como productos irracionales de un pasado medieval, y constituían para los hombres de la Revolución aquella sociedad que, según Rousseau, era causa de la perversión del hombre. Como dice el propio Mella, "la obra política de la Revolución francesa consistió principalmente en destruir toda aquella serie de organismos intermedios -patrimonios familiares, gremios, universidades autónomas, municipios con bienes propios, administraciones regionales, el mismo patrimonio de la Iglesia- que como corporaciones protectoras se extendían entre el individuo y el Estado". Sobre las ruinas de todas estas instituciones que coartaban la libertad del individuo debería elevarse el nuevo Estado racional, con el imperativo de inhibirse de toda otra función que no fuese la meramente negativa de defender la libertad de los individuos.

 

Estas instituciones intermedias, que, durante el Medievo y aun durante la Edad Moderna hasta la Revolución, tuvieron vida propia y autónoma, podrían distribuirse en dos distintos órdenes: unas tenían un carácter natural, respondían a tendencias de la naturaleza específica del hombre: así, el impulso que llamaríamos de afectividad y continuidad, determinaba la institución familiar, con el pleno ejercicio de la patria potestad en su esfera, su propio patrimonio y su continuidad en el tiempo a través de adecuados medios sucesorios; el impulso económico-material, determinaba las clases profesionales y la institución gremial, permanente y autónoma; el impulso defensivo engendraba la institución militar, más vinculada por su naturaleza al poder político, pero con su existencia intangible y su propio fuero; el impulso intelectual, por fin, exigía la agrupación universitaria, libre y dotada de su propia personalidad y carácter. Fácilmente pueden reconocerse en estos impulsos las facultades que asignaba Platón a la naturaleza humana- apetito, ánimo e intelecto-,y en tales instituciones, las clases que reconoció el mismo Platón en el Estado ideal. No puede olvidarse que la Edad Media cristiana se propuso la realización del Estado estamentario de Platón, no según la teoría del Grande Hombre que reasumiera al individuo, sino según el principio aristotélico de la sociabilidad natural, es decir, de los impulsos ínsitos en la naturaleza del hombre con una espontánea realización en instituciones adecuadas.

 

El segundo grupo de instituciones intermedias tiene su carácter más fáctico o existencial que específico o natural. Brota de la realidad geográfica y de la realización histórica de las sociedades humanas y determina la institución municipal para el Gobierno de las agrupaciones ciudadanas o rurales, y la regional, que representa el derecho de toda más amplia sociedad histórica a administrarse por sí misma y a gobernarse por las propias leyes que brotan de su personalidad.

Sobre estas instituciones naturales y fácticas surge la necesidad de unidad y dirección que exige, en el terreno religioso, propiamente espiritual, la institución eclesiástica,y en el orden humano, natural, la dirección del Estado.

 

Con la Revolución, la familia fué privada de su continuidad a través del tiempo por medio de unas leyes sucesorias individualistas, y, más tarde,ya bajo signo socialista, de su área vital mediante una tendente supresión de la propiedad privada. La Universidad se convirtió de "libre ayuntamiento de maestros y discípulos", en mera oficina estatal para la expedición y registro de títulos académicos. La clase, como unidad consciente de su destino y autodefensora, desapareció con la supresión de gremios y la confiscación de sus bienes.

El municipio dejó de tener personalidad la aplicarse leyes uniformistas, y potencia económica comunal al ser desamortizados sus bienes, y pasó a vivir de "un recargo del presupuesto". La región, en fin, llegó a carecer, en España -pueblo eminentemente federativo y regional- de toda realidad jurídica e institucional. "Así, el Estado contemporáneo -concluye Mella- no reconoce la existencia jurídica del gremio, ni del municipio, ni de la universidad, ni de la misma familia, si no están sancionadas por su expresa voluntad.

 

Esto ha originado en los individuos dos sentimientos disolventes que son hoy generales entre los miembros de cualquier sociedad civil: el sentimiento de impotencia frente al poder del Estado,que en cualquier momento puede convertirse de laxo y tolerante en despótico y arbitrario; y el sentimiento de desarraigo que hace a cada hombre ajeno a toda institución y a cualquier destino colectivo, espectador de todas las cosas, preocupado sólo por su propio bienestar o, a lo sumo y en razón de instintos primarios de la sangre, por el de su propia familia; y, a la inversa, convierte a toda obra colectiva, a toda institución del régimen uniformista, en fingimiento externo, mentira manifiesta. Nadie se siente hoy vinculado a un gremio, a una universidad, a un pueblo o a una región, de forma tal que, aunque perciba sus defectos, los vea como algo propio, criticable sólo "desde dentro".

 

Inversamente, la disolución de las sociedades intermedias, naturales e históricas, ha engendrado en el Estado dos características que son también generales y casi necesarias: su carácter absolutista y su falta de estabilidad. Mella, que nunca reconoció trabas ambientales y oportunistas para la verdad y la consecuencia lógica, lanzó contra un régimen que se preciaba de creador de la libertad, el dictado del tiránico y absolutista, precisamente el mismo que se empleaba para designar el tradicionalismo político. Y- lo que es más grave para aquel régimen-, apoyándose en razones irrebatibles. "Si hay un poder- dice Mella- que asume toda la soberanía, si los derechos de los ciudadanos están a merced de su voluntad, si basta que él estima que una situación es grave para que pueda suspender las garantías legales de los ciudadanos, ¿qué cosa es esto, variando los nombres, más que un bárbaro absolutismo?". Donde no existen autonomías ni contrapoderes en el seno de la sociedad, sino que todo depende del Estado, no puede esperarse más que la tiranía, solapada o violenta, pero tiranía siempre.

Un mecanismo estatal difuso y meramente legal ha creado, al suprimir las responsabilidades concretas y las efectivas contenciones, un poder realmente ilimitado. El trámite legal y dialéctico de las democracias a los socialismos es históricamente posterior a Mella, pero está previsto por él.

 

La falta de estabilidad -que es un hecho empírico en los regímenes de suelo revolucionario- se deriva también de la falta de unas instituciones sociales, tradicionales en su obrar y vinculadas a un fin natural. Ellas eran, en la sociedad, como las raíces sobre los terrenos, a los que deparan contención y arraigo. Un régimen que en aquellas condiciones sólo podría evolucionar lentamente, queda, al ser reasumido todo poder y todo institucionalismo, en un estado unitariamente estructurado, a merced de cualquier eventualidad o movimiento de opinión.

 

Pero de todos estos males el más trágico y urgente, por ser el que afecta a la vida misma en un sentido inmediato, es el de las relaciones laborales entre los ciudadanos, el llamada por antonomasia problema social. En un régimen que no reconoció a los débiles el derecho eficaz de asociación para su defensa al no sancionar la función gremial, en que no existía tampoco la propiedad común que aseguraba un mínimun vital a los desheredados, en que el Estado conocía sólo la exterioridad jurídica de los contratos, tenía que quedar el débil, necesariamente, a merced del poderoso. No es preciso entrar a describir el siglo del capitalismo -la época de Mella- en que, al lado del lujo y del despreocupado vivir de la burguesía, se iniciaba el más desesperado pauperismo: aquél que para nada es solidario de su medio ni siente el menor apego a su trabajo.

Esta realidad lleva pronto a conflictos inaplazables, a situaciones-límite, tales como el paro obrero y el odio de clases que anuncia la Revolución. Surge entonces la necesidad de imponer un orden, una dirección, a la sociedad misma. De la autonomía individual y de la función meramente jurídica del Estado, no se había derivado la libertad y el progreso, sino la esclavitud y la guerra. Ello hace preciso que en el seno de las relaciones sociales vuelva a surgir una estructura, un principio interno de orden y contención. De aquí se origina la preocupación social típica de nuestro tiempo.

 

Todas las soluciones del problema social pueden reducirse a dos posiciones generales: una consiste en que el Estado, previamente erigido en institución única, repase los límites meramente negativos y jurídicos a que, por las exigencias teóricas del propio liberalismo, se hallaba reducido, y se convierta en administrador de la riqueza nacional y en reglamentador de las relaciones económico-sociales. Esta es la solución propugnada por el socialismo, y también por aquellos sistemas que, bajo el nombre genérico de política social, representan un socialismo tendente y libre de violencias.

La otra solución, aunque se la presente a menudo como una especie de término medio entre el individualismo y el socialismo o, es, en cuanto a lo social, mucho más radical que ésta. Consiste, no en que el Estado ejerza una tutela sobre la sociedad para imponerle una estructura coherente y duradera, sino en la restauración de la propia sociedad con su órganos naturales y su propia vitalidad interior. No en que lo social se convierta en una función más del poder político, sino en que sea una realidad más amplia de finalidades y órganos varios que contenga en sí- y requiera, en un aspecto- a la autoridad civil.

 

Esta tesis, que se ha llamado corporativa y orgánica, encontró en Mella el expositor y fundamentador, a mi juicio, más profundo y coherente. El vió toda su inmensa amplitud y se negó a darle esas denominaciones por estimar que rebasa con mucho lo por ella significado (4). Seguramente el propio nombre del socialismo le hubiera convenido con toda propiedad, de no haberlo ilógicamente usurpado una teoría que, por el contrario, representa el estatismo absoluto, es decir, la completa absorción de la sociedad por el Estado, de la estructura social por la política. Por eso improvisó Mella para esta concepción el nombre del sociedalismo.

Ella es el hilo conductor de todo su pensamiento, riquísimo en facetas y matices, y también el mensaje de Mella para nuestra época.

 

(4) Víd. sobre la denominación de corporativa: Obras Completas, tomo VIII, pág. 155.

 

 

 

El concepto de soberanía social

 

El fundamento primero de éste que Mella llama sociedalismo es una concepción del hombre en la que se adelanta un cuarto de siglo a las actuales teorías personalistas -hostiles al individualismo- que, desde Max Scheler y Berdiaeff, se extienden hasta Brunner y Mounier.

El concepto de individuo -dice Mella-, que tanto se repite y que sirve de centro a todo un sistema, si bien se mira, no es otra cosa más que un concepto puramente abstracto (5).

Cada hombre es, en cierto modo, una condensación de la historia de su vida, y si, por un proceso de abstracción, se prescindiera de la evolución de su pasado vivido y de la tradición humana en que se halla inserto -esto es, de su tiempo real, personal y transpersonal-, no quedaría más que un inimaginable haz de potencias inactuadas, algo meramente potencial, exento de toda determinación. El hombre no es captable ni en su individualidad teórica, ni tampoco en su ser social, como pretende la sociología de corte universalista. Porque ambos son aspectos abstractos de una y única realidad.

 

(5) Obras Completas, tomo XI, pág. 49

 

Pero sea de la cuestión metafísica lo que fuere, lo cierto es que la experiencia no nos ofrece, desde luego, más que sólo hombre: el hombre concreto de carne y hueso, con sus peculiaridades individuales y sus tendencias sociales, que es el dato empírico de que habremos de partir. Máxime teniendo en cuenta que la política, como algo práctico -el arte de dirigir la nave del Estado-, ha de seguir al supuesto -según el adagio escolástico actiones sunt suppositorum-, en este caso, a la persona concreta.

De aquí el absurdo de fundamentar una teoría política en una concepción abstracta del individuo que exige desembarazarle de todas las instituciones naturales que encuadran y completan su ser y su obrar, y que sea representado en la gobernación del Estado de un modo individual, según el principio de sufragio inorgánico. Porque, como dice Mella en un golpe de evidencia, "el verdadero individuo, en lo que tiene de más singular, que sería el carácter nativo, no es representable por nadie más que por él mismo" (6).

 

(6) Obras Completas, tomo VIII, pág. 150

 

Este error brota de otro más amplio, nacido del seno mismo del racionalismo moderno, que consiste en concebir a la sociedad en general como algo puramente racional, producto de la convención humana y no de la naturaleza. Para el liberalismo roussoniano el hombre, naturalmente libre y bueno, accede a vivir en sociedad por un voluntario pacto con sus semejantes. La sociedad, por su misma artificiosidad, coarta la libertad del hombre y le hacer perder su espontánea inocencia. La solución radicará en destruir las estructuras irracionales que la sociedad ha creado en su espontánea evolución a través de los tiempos, y en edificar una nueva sociedad racional que no prenda la hombre en sus mallas ni coaccione su primitiva libertad. Para la concepción socialista de la vida en cambio, el hombre es un producto de la sociedad, entidad cuya estructura y leyes de evolución son penetrables científicamente. Una y otra teoría ven en la sociedad -aditiva y unitariamente considerada- una instancia superior de formación racional.

 

Pero, según , Mella, la sociedad no es algo ajeno al hombre mismo -un pacto y una estructura que se le impone- ni tampoco una realidad superior que incluye en sí y determina al hombre. La sociedad se funda en la misma naturaleza del hombre que es, por ella, un "animal social". En esta concepción de la sociabilidad como natural en el hombre se halla implícita una amplísima teoría, que fué ignorada por el racionalismo liberal y por el socialismo, que es su consecuencia lógica.

 

Aunque la diferencia específica del hombre sea la racionalidad, su naturaleza abarca distintos estratos de ser, con sus correspondientes formas de conocer y querer. Existe en el hombre un conocimiento sensible, animal, de cosas individuales, con su correspondiente apetito sensible, que tiende a los objetos conocidos ya, pero sin penetrar en la razón de apetibilidad. Existe, en fin, un conocimiento intelectual o racional de esencias universales, que determina el querer libre o albedrío. Y una tendencia de la naturaleza profunda del hombre, como es la sociabilidad, ha de incluir en sí todos esos estratos ónticos en que cala el ser humano. O, lo que es lo mismo, en la construcción de la sociedad han de colaborar instinto, sensibilidad e inteligencia, porque cualquier conocimiento o cualquier tendencia espontánea del hombre los incluye y penetra en apretada síntesis. De aquí que sociedades estructuradas en un lento y, hasta cierto punto, ciego proceso de adaptación, que incluyen en su génesis tanto instinto como razón, ofrecen generalmente condiciones de vida, estabilidad, y aún de progreso, superiores a las fundadas en convenciones o constituciones meramente racionales.

 

Durante el siglo pasado se realizó sobre las estructuras sociales de la mayor parte de los pueblos algo semejante a lo que representaría destruir la anómala distribución de campos y bosques por la regularidad geométrica de un jardín, sin pensar en la posibilidad de que sequías o lluvias torrenciales impidan en le intermedio su realización. O a lo que hubiera sido el ideal esperantista de acabar, en gracia a la unidad idiomática, con el caudal de sabiduría popular, sentido filosófico y posibilidades estéticas de las lenguas tradicionales.

 

Y si en el modo natural de constituirse las sociedades están representados los varios estratos que penetra el ser del hombre con formas no racionales -instintivas- de adaptación y de arraigo, también, y como hemos visto, las distintas facultades del espíritu humano contribuyen a conformar, según el esquema platónico, las clases sociales y sus correspondientes instituciones.

La naturaleza humana imprime por otra parte en la sociedad la individuación y la historicidad propias del hombre. No sólo en los usos, costumbres y peculiaridades de gobierno pueden individualizarse las sociedades civiles, de acuerdo con su medio y tradición, sino aún en la misma legislación positiva que, aunque deba interpretar para ser justa la única y eterna ley natural, puede concretarse en mil diferentes formas. Toda unidad local o histórica -afirma Mella- tiene derecho, aunque viva en una más amplia comunidad estatal, a mantener y cultivar su propia estructura político-social.

Por último, la unidad sustancial del hombre -y la exigencia de la unidad final en sus obras- están representadas en la sociedad por el deber político,. Esta unificación ha sido doble en la evolución de los pueblos cristianos: la civil y la eclesiástica. Supuesto que el fin último del hombre, como dice Santo Tomás, no se alcanza por los solos medios naturales, es preciso, al lado del poder civil, otro que sea depositario y administrador de la gracia, debiendo convivir ambos poderes mediante una delimitación de campos y una cierta influencia indirecta.

 

La diferencia fundamental entre la teoría política nacida de la Revolución y la que expone Mella es ésta: concibe aquella la soberanía política como una instancia superior racional (llámesela Nación o Estado), único principio unificador y estructurador del orden social o de la convivencia humana. Concíbela Mella, en cambio, como cumplidora de un fin y con unas prerrogativas, que la lado de otros fines y de otras instituciones, fuentes asimismo de poder y en su propia jurisdicción.

Estos otros fines naturales -plasmados en adecuadas y vigorosas instituciones- son, juntamente con el propio fin específico del Estado, la única fuente -teórica y práctica- de limitación del poder. La concepción teleológica o finalista es la única que puede eliminar el problema de la limitación -y aún del origen del poder- sin recurrir a las ficciones metafísicas de la transmisión. (7).

 

(7) Víd. Obras completas, tomo XI, págs. 18 y 61.

 

Y no puede interpretarse que, con la reabsorción en el Estado, se trata meramente de una distinta pero posible concepción del orden político-social. Porque si esas instituciones naturales son el adecuado complemento de la libre actividad humana, y su existencia es el único freno real y práctico al despotismo estatal, en ella se halla, en cierto modo, incluido el hombre.

Cuando todo depende del Estado- dice Mella-, también quedan atacados los derechos individuales; porque si para realizar el hombre sus fines necesita asociarse a sus semejantes, y este derecho lo regula o lo niega a veces el Estado, es claro que mata la independencia personal..., y no deja siquiera al hombre una fortaleza desde cuyas almenas pueda oponerse a las invasiones de su poder.

 

Esta concepción político-social de Mella, que encuentra el origen de la sociedad en el mismo individuo personal considerado en su concreción y en su naturaleza, tiene su fundamento en la más pura raíz del aristotelismo escolástico: según esta teoría, todos los seres naturales -y el hombre entre ellos- están compuestos, metafísicamente, de potencia y acto. Sólo Dios es acto puro: los demás seres han de realizar sus potencias en la vida. Su ser es un ser en movimiento, que consiste, precisamente, en el tránsito de la potencia al acto. Apetecer es pedir,necesitar, tender a algo a lo que por naturaleza se está ordenado. Y así como todas las cosas tienen una primera fraternidad en el ser, tienen después otras relaciones de conveniencia que las hace mutuamente perfectibles. Ello determina unas naturales inclinaciones o tendencias en todos los seres, que se realizan de diverso modo según que se trate de seres inconscientes , conscientes o racionales. Pero el fundamento es general y se basa en la suprema ley de orden y armonía, idea que es piedra angular en el pensamiento de Vázquez Mella (8).

 

(8) Víd. Esteban Bilbao, La idea de orden como fundamento de una filosofía política en Vázquez de Mella, Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, Madrid, 1945

 

En el hombre, cuya característica específica consiste en ese acceso a una esfera superior de común inteligibilidad y comprensión que se llama racionalidad, es la sociedad o vida de relación, una tendencia básica, una condición necesaria. Esto es lo que se expresa al decir que es animal social o que es social por naturaleza.

Las tendencias sociales corresponderán así, como hemos visto, a los grandes grupos de facultades del hombre: el impulso primario de la afectividad y la reproducción (vida familiar), el impulso de cooperación económica (asociaciones laborales), la tendencia a la colaboración intelectual (universidad en su sentido lato), la necesidad de defensa (ejército), y posteriormente, la necesidad de coordinación y dirección que engendra el poder político o Estado.

La sociedad, como tal, se forma de la interferente convivencia de estas formas de vida social, y se realiza al filo del tiempo en un proceso histórico en el que intervienen instinto, sensibilidad y razón, y se concreta en unidades histórico-locales -pueblo o nación- de diversa fisonomía. Por lo cual, constituye una esencial alteración de la naturaleza de las cosas el concebir a la sociedad como una estructura unificada y superior, de constitución racional, que establece o crea a las demás instituciones infrasoberanas.

 

Llegamos así al concepto de soberanía social, que es piedra angular en el pensamiento de Mella y que, según él mismo la define, es "la jerarquía de personas colectivas, de poderes organizados, de clases, que suben desde la familia hasta la soberanía que llamo política concretada en el Estado, al que debe auxiliar, pero también contener" (9).

La idea de soberanía social incluye, pues, la existencia de instituciones autónomas en la realización de sus fines naturales, y la de conjunto jerarquizado, que se opone, como teóricamente intangible y como prácticamente poderoso, a la soberanía política. Ambas soberanías -la social y la política- se incluyen armónicamente, con sus fines naturales propios y complementarios, dentro del concepto de orden.

 

(9) Obras completas, tomo XV, pág. 180

 

Este conjunto armónico de instituciones naturales no supone, sin embargo, una concreción política propia de cada pueblo -región o nación- que aparezca respetable de un modo cuasi natural. Por esto, en el pensamiento de Mella se añade a la idea de la soberanía social la de la soberanía tradicional. "Así, la Monarquía -dice- tiene para nosotros el apoyo de una soberanía muy grande, muy poderosa, y que hoy no se quiere reconocer: la soberanía que llamaré tradicional, en virtud de la cuál la serie de generaciones sucesivas tiene derecho por el vínculo espiritual que las liga y las enlaza interiormente, a que las generaciones siguientes no le rompan y no puedan, por un movimiento rebelde de un día, derribar el santuario y el alcázar que ellas levantaron, y legar a las venideras montañas de escombros" (10). Aquí radica el concepto dinámico de tradición sostenido por Vázquez Mella. Es éste una anticipada aplicación a las colectividades históricas de la durée reelle bergsoniana y de todas las modernas teorías psicológicas de la corriente de la conciencia. No es posible señalar momentos ni hechos aislados en la vida de los hombres o de los pueblos, porque todos son producto de una sola evolución y se penetran y funden en una trama continua. Por eso, el régimen político de un pueblo debe brotar de esa evolución profunda y identificarse con ella y no ser convención momentánea de la razón especulativa desarraigada de la razón histórica.

 

(10) Obras completas, tomo XV, pág. 196

 

Este institucionalismo orgánico, en fin, que coloca al Estado dentro de un orden de fines naturales, reaparece en el pensamiento actual como el único medio viable de limitar el poder del Estado y evitar su evolución, en cierto modo dialéctica, desde la democracia hasta el socialismo totalitario. Así, por ejemplo, dice Roland Maspétiol en su reciente obra "LJEtat devant la personne et la société" :"El poder del Estado puede ser limitado por medio de la institucionalización de diversos elementos de la sociedad civil con vistas a mantener su autonomía y su espontaneidad sobre la base de un poder nivelador. Este sistema tiende a asignar a los grupos naturales de la sociedad civil, erigida en comunidad orgánica, su propia autonomía y su propia garantía. Este modo es, a menudo,presentado bajo el nombre de doctrina corporativa, en torno a la cual se pueden agrupar el conjunto de principios que reconocen a las familias, a los grupos locales, a las profesiones, a las tendencias culturales, etc., una base independiente dotada de un poder de decisión y de legislación interno, oponiéndose así eficazmente al poder estatal. No existe más que una manera de defender la libertad, cada vez más amenazada; restaurar contrapoderes y fijar las bases de un derecho que el Estado no pueda modificar según su sólo capricho" (11).

 

(11) Maspétiol, R. L'Etat devant la personne et la societé, París, 1948, pág. 108.

Víd. asimismo, la idea de Institucionalización del campesinado en la obra del mismo autor, L'Ordre eternel des Champs, París, 1946.

Y también: Jouvenel, B. Du Pouvoir. Histoire naturelle de sa croissance, Géneve, 1945, págs. 424 y ss.

Duclos, P. L'Evolution des rapports politiques depuis 1750, París, 1950.

 

 

El proceso federativo

 

Este conjunto de instituciones autónomas calcadas sobre las facultades del hombre, cimentadas en una fé común y aglutinadas por la Monarquía, constituye propiamente lo que podríamos llamar el régimen tradicional, que se desarrolló a lo largo de los siglos en la Edad Media y Moderna en los pueblos cristianos. Sin embargo, quizá en ningún lugar tuvo este proceso creador un desarrollo tan puro y característico como en España.

 

Sir Ernest Barker, el conocido tratadista político británico, reconoce (12) que fué España el primer país que puso en práctica un régimen representativo. En las Cortes de Castilla y de Aragón aparecen, en efecto, las primeras representaciones colectivas de ciudades y clases. El antiguo régimen político-social de los reinos españoles fué -según Mella- la mejor realización histórica de aquella más perfecta forma de gobierno que Santo Tomás hacía consistir en una armonía de las tres formas legítimas de gobierno aristotélicas: la democracia, la aristocracia y la monarquía. "España -dice- fué una federación de repúblicas democráticas en los municipios y aristocráticas, con aristocracia social, en las regiones, levantadas sobre la monarquía natural de la familia y dirigidas por la monarquía política del Estado".

Sin embargo, aún más que el institucionalismo de clases y en el régimen representativo, fué característica la historia política de España en el proceso de federación política. No puede olvidarse que en nuestra Patria, sin perjuicio de poseer un espíritu nacional que "no cabiendo en la Península hizo surgir un continente nuevo para darle albergue", fué siempre, hasta la revolución, una federación de cientos de reinos por la monarquía. Nuestro mismo escudo no es uno, sino la composición de cuatro aglutinados bajo la corona de un mismo Rey. La unidad nacional y la unidad política no surgieron en nuestra Patria por una imposición de quien pudiera hacerlo,sino que nacieron de siglos de convivencia y de lucha común y se realizaron, en general, por un lento proceso de incorporación verdaderamente político.

 

La no identificación entre el Estado -la monarquía- y la nación que, por virtud del institucionalismo orgánico que, hemos visto, se daba en siglos medios, hacía posible federaciones políticas -monarquías duales- sin que nadie pensase en la unión de las correspondientes nacionalidades. Y que la declaración de guerra de soberanos, por ejemplo,no impidiese la normal relación y comercio de los pueblos. Así, en nuestra alta Edad Media, pudieron confluir diversas coronas en un sólo monarca sin que pasase de un efímero y externo hecho histórico, porque la profunda y verdadera unidad espiritual no había madurado aún entre aquellos pueblos (piénsese en Sancho el Mayor de Navarra). Y, en cambio,a principios de la Edad Moderna, la unidad monárquica no era ya sólo un hecho que engendraba inmediatamente una estable y cordial unidad nacional, sino que resultaba, en cierto modo, exigida e impulsada por la misma auténtica unidad ya existente en la sociedad (piénsese en el reinado de los Reyes Católicos).

 

La unidad superior de los pueblos peninsulares -el hecho de que el nombre de español se hubiera convertido en poco más que una denominación geográfica en algo profundamente sentido- se había realizado como un efecto de la lucha siete veces secular contra el mundo mahometano. Y lo que en su origen fué efecto, producto realísimo de la historia y de la vida, pasa a ser causa, imprimiendo un modo de ser y de agruparse a los que han constituido, en torno a esa unidad, una nacionalidad.

 

Así como la unidad concebida en sentido estatal moderno no tiene otra forma de verificarse que el uniformismo y la centralización, la unidad íntima nacida del sentimiento y de la Historia, puede ser compatible con un respeto absoluto a las peculiaridades, incluso políticas, de los pueblos federados. Por ello pudo decir Mella, con Pedro José Pidal, que la antigua Castilla "era una especie de confederación de repúblicas administrativas presididas por la monarquía" y que España "fué un conjunto de reinos autónomos vinculados por la fe y gobernados por la monarquía".

 

Pero en este caso, ¿en que para el ser y la unidad de las grandes nacionalidades que, como España, se forjaron al cabo de los siglos?

Para responder a esto se encuentra implícita en la obra de Mella una teoría sobre la superposición y la evolución de los vínculos nacionales, que entraña una verdadera filosofía de la historia. Según esta teoría, que encontramos apenas esbozada, en la naturaleza de los vínculos que determinan la existencia de un pueblo se da un progreso en el sentido de una mayor espiritualización o alejamiento del factor material, sea racial, económico o geográfico.

 

Las nacionalidades primitivas que vienen determinadas generalmente por una estirpe familiar prolongada en sentido racial, o bien por un imperativo del suelo o del modo de vida. Mas tarde, una progresiva depuración de estos vínculos va ligando pueblos de raza, medio o vida diferentes en torno a una común dignificación histórica que puede ser de diversa índole. Así, en el seno de una gran nacionalidad actual, como la española, pueden coexistir, en superposición y mutua penetración, regionalidades de carácter étnico, como la eúskara; geográfico, como la riojana; de antigua nacionalidad política, como la aragonesa, la navarra, etc..."A medida que la civilización progresa -apunta Mella- la influencia del medio y de la economía es menor, y podría formularse esta ley que toda la historia confirma: la influencia del factor físico sobre el hombre (y sobre las nacionalidades, por tanto) está en razón inversa de la civilización" (13).

 

(13) Obras completas, tomo X, pág. 197.

 

Así, en nuestra Patria, "que es un conjunto de naciones que han confundido parte de su vida en la unidad superior (más espiritual), que se llama España" (14), no está constituido el vínculo nacional "por la geografía..., ni por la lengua...,ni por la raza..., ni aún por la raza histórica..," (15), sino por "una causa espiritual, superior y directiva, que liga a los hombres por su entendimiento y voluntad, la que establece una práctica común de la vida, que después es generadora de una unidad moral que, al transmitirse de generación en generación, va siendo un efecto que se convierte en causa y que realiza esa unidad espiritual que se refleja- por no citar más que este carácter- en la unidad de una historia general e independiente" (16).

 

(14) Obras completas, tomo X, pág. 320.

(15) Obras completas, tomo X, págs. 197 y ss.

(16) Obras completas, tomo X, pág. 202.

 

Pero este vínculo superior que hoy nos une -y que para los españoles , es de carácter predominantemente religioso, con determinaciones humanas e históricas propias- ha de ser considerado hacia atrás como un producto de la historia, y al presente, como un elemento vivo de unidad. No debe, sin embargo, proyectarse al futuro como algo sustantivado e inalterable, porque entonces se diseca la tradición que nos ha dado vida. El principio de las nacionalidades sin instancia ulterior procede cabalmente de esa confusión moderna entre el Estado y la Nación y su concepción como una única estructura superior y racional de la que reciben vida y organización las demás sociedades infrasoberanas. El proceso federativo de nuestra Edad Media cristiana y la progresiva espiritualización de los vínculos unitivos no tiene por que truncarse, máxime cuando el principio nacionalista y el punto de vista nacional conducen siempre a la guerra permanente. En los estados modernos el interés nacional y la razón de Estado han de ser, como es sabido, causa inapelable. Y en los países totalitarios se llegó a crear toda una doctrina nacional, con el dogmatismo de una religión y su correspondiente enseñanza obligatoria y reglamentada.

 

Pero, según la doctrina de la espiritualización y superposición de vínculos nacionales- que responde a la práctica federativa de los siglos cristianos-, el proceso de integración habría de permanecer siempre abierto: al final de este proceso estaría, como vínculo de unión para todos los hombres, la unidad superior y última de la catolicidad, libre de toda modalidad humana. Y el proceso que a ello condujere habría sido, no la imposición de una parte, sino una libre integración -o federación- vista por todos los pueblos como cosa propia y que para nada mataría las anteriores estructuras nacionales. Esto es, un proceso semejante al que en España condujo a la unidad nacional.

La ascensión hacia esta armoniosa meta debería, por otra parte,marchar al unísono con el progreso material que permite -y exige- el gobierno de cada vez más amplias extensiones y multitudes.

Esta es la filosofía de la historia que he dicho estaba implícita en el pensamiento de Mella.

 

Y en lo acaecido después de truncarse el proceso medieval federativo puede verse una realización de lo que Mella llamaba ley de necesidades, que ya hemos visto: la Revolución consagró el principio de las nacionalidades cerradas, con sus construcciones racionales y definitivas de las Naciones. Pero como la necesidad de sucesiva ampliación de las sociedades políticas pertenece, en cierto modo, a la naturaleza del hombre y de la civilización, el proceso amenaza realizarse hoy, aunque por cauces bien diferentes, en las tendencias internacionalistas del socialismo.

 

Igualmente se encuentra una confirmación de la teoría político-social de Mella en el estado interno de las actuales nacionalidades europeas. Ese don precioso de estabilidad, que permite a los hombres ordenar su futuro y el de los suyos de acuerdo con leyes eternas, y que es el más sano fruto que debe ofrecer un régimen político, no lo ha poseído, quizá, en los últimos siglos, más que la Monarquía británica. Es frecuente entre los ingleses atribuir esta virtud a la superpuesta democracia liberal de su régimen, pero no sería difícil demostrar que no es por ella, sino más bien a pesar de ella. En los pueblos continentales puede atribuirse esa condición a la riqueza de su imperio, pero sería cuestión si esto es así o si, al contrario, procede su pujanza de su estabilidad.

No es difícil, sin embargo, concluir que esa virtud nace de haberse mantenido allí la tradición, es decir, la continuidad con el antiguo régimen y, en gran parte, la estructura autonomista y orgánica. "Los británicos -dice Barker- no tienen una Constitución escrita. Su Constitución es algo que perdura en la mente de los hombres: y la parte que está escrita procede de la Carta Magna que hubo de otorgar el Rey Juan en época tan remota como el año 1215" Un origen, por tanto, esencialmente distinto del constitucionalismo racional y apriorístico de la Revolución Francesa.

Así ha sido posible continuar allí hasta hoy el proceso, no sólo de incorporación de pueblos extraños -al modo de la antigua Hispanidad- en la Comunidad Británica de Naciones, sino de pacífica asimilación de concepciones políticas modernas, como el liberalismo, y, aún hoy, aunque con probable fracaso, del mismo socialismo.

 

España no ha podido hallar fuera de su cauce tradicional ni aún le efímera estabilidad que, por algún tiempo y de precario, han logrado para sí otros pueblos del continente.

Pueden enumerarse las lacras políticas y sociales que padece desde hace más de un siglo nuestra sociedad civil, por contraposición con las características que Mella asignaba a nuestra monarquía tradicional:la pérdida del institucionalismo social ocasionó el individualismo y el problema social, en primer término, y el auge del socialismo, en segundo; la desaparición de la estructura regionalista fué causa de la atonía local, primero, y del separatismo más tarde; la muerte de nuestro autonomismo administrativo, originó la irresponsabilidad y mala administración, que han sido endémicas entre nosotros; la ruptura de nuestra continuidad política y el estado de guerra civil casi permanente.

 

Remedio necesario para tal situación, es para Mella volver a crear esa cadena de instituciones intermedias, estabilizadas y estructuradoras, que sean a la vez el más serio y permanente apoyo del Estado y su contrapoder limitador (17).

Parece empeño contradictorio el de volver a crear con una acción estatal lo que, por su misma naturaleza, ha de ser independiente del poder político. Y, efectivamente, para hacerlo con propiedad, habría que hablar más bien de crear condiciones debidas para que la sociedad vuelva a realizar sus fines naturales a través de instituciones adecuadas y autónomas, que encuadren y completen a la persona.

A este efecto, existen dos clases de sistemas políticos: los que buscan y procuran apoyarse en instituciones de vida enraizada y autónoma, y los que pugnan por desembarazarse de cuanto no responde a su poder e iniciativa inmediata.

"Nosotros -dice Mella- queremos cercar al Estado de corporaciones y de clases organizadas, y vosotros las habéis destruido" Los últimos de estos regímenes son momentáneamente más poderosos; los primeros, en cambio, prolongan su vigencia a través de los siglos y, lo que es más importante, permiten a la sociedad civil vivir su propia vida y espontaneidad.

 

(17) Obras completas, tomo VIII, págs. 166 y 167.

 

Para terminar todo este extenso y profundo ideario político, nos ofrece Mella una idea de gran trascendencia práctica: la viabilidad de tal sistema por medio de un previo hecho político: la instauración de la auténtica monarquía, "la primera de las instituciones, que se nutre de la tradición y es el canal por donde corren las demás, que parecen verse en ella coronadas" (18).

Para muchos, el sistema político que Mella sistematizó constituye no más que un ideal irrealizable, de carácter meramente regulativo, propio sólo para inspirar párrafos líricos en el momento de aunar voluntades y remover el patriotismo. Es muy general en las escuelas políticas de hoy el colocar este ideario como lema propio al cuál dicen tender, mientras en la práctica realizan una política concretamente liberal en unos casos -apoyándose en el carácter democrático de las instituciones tradicionales- o totalitario en otros -fundándose en el carácter unitario y personal de nuestra monarquía-. Frente a estos pseudo-tradicionalismos ve Mella la realizabilidad de tal sistema mediante la acción reordenadora de una institución como la monarquía que, por su misma naturaleza y cuando no se halla mediatizada por otros poderes o intereses, ha de asentarse en el tiempo y no en la momentánea oportunidad. Y, frente a todos los regímenes de tesis o de opinión, ve Mella en tal ideario el verdadero empirismo político y el único régimen eficaz y establemente realizable entre nosotros.

 

(18) Obras completas, tomo XV, pág. 167.

 

 

Lo que fué y lo que no fué Vázquez Mella

 

Vázquez Mella fué, como puede deducirse de todo este resumen, no sólo el "cantor" y el "verbo" de la Tradición, como tantas veces se le ha llamado, sino también el "logos" que, aún en términos oratorios y casi improvisados, hizo explícito y coherente todo un sistema de ideas que hasta él permanecieron más vividas y sentidas que comprendidas.

 

Sin embargo, bajo la forma del más cálido de los elogios a su personalidad y a la originalidad de su obra, se ha introducido muy a menudo una afirmación que atenta fundamentalmente a la auténtica significación de Mella y al sentido profundo de lo que él defendió. Mella- se ha dicho- forjó todo un sistema político sobre distintos temas y aspectos de la sociedad medieval e injertó todo este contenido doctrinal a un partido meramente dinástico- el Carlismo-, supervivencia del absolutismo del siglo XVIII. Según esta visión de las cosas, la figura de Mella queda realzada como restaurador de nuestro antiguo espíritu nacional, pero a costa de que su posición se vea reducida a una ocurrencia más entre las de nuestros abigarrado siglo XIX. Nuestras luchas civiles -esas que eran para Menéndez Pelayo el único dato para encontrar todavía en el siglo XIX virilidad en nuestro pueblo (19)-,quedarían así privadas de su sentido religioso y doctrinal, y el Carlismo, desconectado de toda continuidad con el espíritu de nuestra antigua y gloriosa monarquía.

 

(19) Menéndez Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles, tomo VIII, pág. 516.

 

Ya el propio Mella hubo de enfrentarse con esta afirmación en el Parlamento, en una rectificación que se halla recogida en sus obras bajo el título No hay cambio sustancial en el Carlismo (20): "Su Señoría -dice contestando al señor Figueroa- nos considera como si fuéramos (los carlistas) la evocación de un sepulcro de la Edad Media, como si hubiéramos surgido de improviso en la sociedad y viniéramos de un osario donde están para S.S. las instituciones que pertenecieron a otras épocas. Y afirma S.S. que vengo yo a hacer una evolución en el Carlismo, y que se asombrarían los carlistas de hace cincuenta años si oyesen que yo hablaba de la monarquía representativa y de la monarquía federal, es decir, una evolución que viene a transformar el programa del partido carlista.(...) Pero S.S. -repone- puede haber encontrado, no ciertamente el origen histórico, pero sí el origen oficial de la comunión tradicionalista, y podría haberlo encontrado en el reinado de Fernando VII, cuándo en los proyectos de las Cortes de 1812 representaba nuestros principios Jovellanos en los apéndices a la Memoria de la Junta Central, y en sus escritos políticos el ilustre Capmany, como el Barón de Eroles defendió el programa fuerista y regionalista (en la guerra de la Constitución)"

 

(20) Obras completas, tomo XI, pág. 81.

 

El mismo argumento se ha repetido mil veces, porque con él se ha pretendido siempre el mismo objeto: justificar cualquier postura política sin dejar de aceptar los principios fundamentales de nuestra fe y de nuestra tradición nacional. Pero a poco que se examine en sus fuentes nuestra historia de los dos últimos siglos habrá de llegarse a esta opuesta conclusión, que estimo realmente esperanzadora: nuestro país es quizá el único donde lo que podríamos llamar, en términos generales, tradicionalismo, no es una reconstrucción artificial o una posición erudita, sino una continuidad viva y actuante enraizada en el pueblo mismo, y realizada a través de toda una epopeya bélica de resistencia nacional que se ha prolongado hasta nuestros días. En la guerra de 1793 contra la Revolución Francesa, en la Independencia, en los realistas durante las luchas de Fernando VII, y en los carlistas en las sucesivas guerras civiles, pueden hallarse de un modo explícito y entusiasta los mismos ideales y sentimientos que más tarde habrían de inspirar la palabra de Vázquez Mella o la pluma de Menéndez Pelayo. Es decir,que el tradicionalismo español no es una restauración teórica, sino un espíritu nacional vivo y concreto, con todas las inmensas posibilidades que para el futuro se desprenden de ella.

 

Más aún: en siglo XVIII borbónico, que suele citarse como un absolutismo regalista en que se interrumpe nuestro régimen tradicional y, con ello, nuestra continuidad política, está muy lejos de ser rectamente interpretado, puesto que, como dice Mella, "al final de estos siglos, ante la Revolución Francesa, quedaba todavía una Constitución interna de España, aunque estaba mermada la representación de las antiguas Cortes y los derechos de los fuero de las regiones" (21). Durante esta época las tendencias enciclopedistas y regalistas que se dejaban sentir en la corte y clases elevadas, en poco o en nada llegaban al pueblo, que conservó su propia organización y espíritu. Fué un ejemplo práctico del poder de resistencia que el propio ser de un pueblo posee cuando se halla institucionalizado en sus propios órganos autónomos.

 

(21) obras completas, tomo XV, pág. 306.

 

Mella, en mi opinión -y en la suya propia-,no hizo sino beber en un gran río que es el tradicionalismo español -o más exactamente el Carlismo, que es su concreción humana e histórica- y, sobre esa fuente de inspiración, hizo explícito lo que estaba oculto, sistematizó lo que estaba diseminado, movió voluntades y avivó conciencias. Pero nada fué Mella menos que un erudito: difícilmente con su contextura mental hubiera podido forjar una reconstrucción arqueológica en el terreno político. A Mella no se le puede comprender en sus fuentes bibliográficas porque apenas existen, sino en su propia personalidad y en el ambiente que le envolvió: aquel Carlismo de fines de siglo, con la grandeza y la amargura infinitas de la segunda guerra perdida.

 

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Las líneas estructurales que hemos encontrado en el pensamiento de Mella nos servirán para la distribución de los textos seleccionados en su obra. Los tres primeros capítulos corresponderán a los principios que determinan la recta formación y desenvolvimiento de la sociedades históricas: sociedalismo, tradición y principio comunitario religioso. Los dos primeros representan respectivamente el aspecto estático (coexistencia orgánica de sociedades autónomas), y el dinámico (evolución acumulativa e irreversible) de la sociedad. Ambos tienen un carácter estructural que se completa, como contenido de la común fe religiosa, principio interno de unidad. Todos ellos se explican y coordinan mediante una fundamentación metafísica de la sociedad en la naturaleza profunda del hombre. Con lo que resultan los cuatro primeros capítulos de nuestra antología:

1. Corporativismo y soberanía social

2. Tradición

3. La religión, principio vivificador

4. Fundamentación de la sociedad en la naturaleza humana

 

Estos principios determinan teórica -e históricamente- un sistema político -la Monarquía-, cuyos caracteres o notas esenciales se derivan de aquéllos principios, y que nos servirán como apartados de un capítulo general dedicado a ese régimen político. Estos caracteres son los de: cristiana, personal, tradicional, hereditaria, federal (o regionalista) y representativa. Los dos primeros se derivan del principio interno vivificador y religioso. Los dos segundos (tradicional y hereditaria) se deducen del principio dinámico o tradición de las sociedades históricas. Los dos últimos (federal y representativas) resultan, en fin, del principio sociedalista. Nuestro capítulo 5º se distribuirá así en estos apartados:

5. La monarquía y sus atributos

Cristiana, personal

Tradicional, hereditaria

Federal (regionalista)

Representativa

 

La sociedad política surgida de esas fuentes y estructurada en ese régimen se realiza siempre de una manera concreta, espacio-temporal, es decir, en sociedades históricas. Ese proceso genético y esa formación política quizá no hayan alcanzado una realización histórica tan típica y perfecta como la que se dió en nuestra Patria, en nuestra antigua y gloriosa Monarquía. Su pasado de grandeza, su situación presente y los imperativos que se deducen para el porvenir nacional se agrupan en un sexto capítulo, titulado "La España Tradicional".

El racionalismo político, es decir, la Revolución liberal, ha destruido aquel orden político cuasi natural, y ha roto el cauce normal de nuestra tradición. Gran parte de la obra de Mella se dedica a una crítica original y profunda de la concepción y del sistema liberal. Sin embargo, la Patria antigua y su espíritu perviven, a juicio de Mella, en lucha constante contra la artificial estructura política difundida a partir de la Revolución Francesa. A la realización histórica de esta resistencia nacional ha sido el Carlismo, viejo tronco popular de la España genuina, que ha esmaltado de epopeyas inverosímiles toda nuestra historia moderna. El porvenir, pues, nos aguarda con una esperanza viva, con un germen de continuidad y con una misión muy concreta: la recuperación de la Patria y su restauración nacional en el cauce de su Tradición y de su Historia.

Así, pues, los cuatro últimos capítulos a través de los que nos hablará Mella serán:

6. La España tradicional

7. Crítica del liberalismo

8. La continuidad de la Patria: el carlismo

9. La esperanza en el porvenir

 

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ANTOLOGIA DE VAZQUEZ DE MELLA

 

 

I - CORPORATIVISMO Y SOBERANIA SOCIAL

 

La autonomía de la sociedad y el poder del Estado

 

Si este régimen sucumbe, si cae, si se desmorona, es necesario sustituirlo, pues no basta la crítica meramente negativa; ningún sistema se destruye si no se le opone el sistema contrario. Yo creo que este sistema contrario es el que está en el fondo de la Constitución interna de todas las regiones; es nuestra Constitución histórica; es la de todas las regiones españolas que tenían entre sí una solidaridad estrecha, cuando se formaron espontáneamente en la Historia, y no por decretos ni pragmáticas de reyes, sino surgiendo de las entrañas de la sociedad misma. Observad que las antiguas instituciones no tienen fecha fija en su aparición; cuando aparecen, cuando oficialmente se las conoce, llevaban ya siglos de existencia, estaban enterradas en las entrañas de un pueblo. Vosotros podéis decir: en tal fecha se celebraron las primeras Cortes Catalanas; otros dirán: en tal fecha se celebraron las primeras Cortes de Castilla. ¡Sí! Pero los elementos sociales que las constituían, las fuerzas sociales que las integraban, venían de lejos. Se puede señalar la época de la aparición de los gremios y municipios; pero estos gremios y municipios tenían gérmenes mucho más antiguos. Lo mismo sucede con las lenguas romances: podéis señalar el primer documento, y así me hablaréis del Poema del Cid, o de la Vida de Sta María Egipcíaca, para la castellana; del Desconhort, de Raimundo Lulio, para la catalana; pero la lengua existía ya, se hablaba antes; y es que ésas instituciones históricas, nacidas de las entrañas del pueblo, de la verdadera soberanía popular, que se manifestaba en las costumbres, con las que ha acabado el centralismo moderno, nacían, como las fuentes, de una roca; y, a veces, no son más que unas gotas de agua que se van filtrando por un poco de musgo; después, el hilo de agua crece con otros que se agregan, y poco a poco se va formando el arroyo, que se convierte en torrente, y el torrente en río impetuoso, que marca su curso en el mar. De esta manera nacen las instituciones históricas; no trazadas en un cuadernillo constitucional y copiadas de otros cuadernillos constitucionales de otros pueblos, como un hecho social que hay que respetar, y no se puede sujetar a los caprichos de los hombres públicos.

 

Fijaos bien que entonces las Cortes de Cataluña, las Cortes de Navarra, las de León, las de Castilla, los Estados Generales de Francia, el Parlamento inglés, las Dietas de Alemania, de Polonia, de Hungría, tienen en la Edad Media una relación más íntima, una semejanza histórica más estrecha, que la que tienen en los momentos actuales las diferentes formas parlamentarias de los pueblos europeos; porque no se copiaron unos a otros; se copiaron de un fondo común: de la misma soberanía social que pusieron en ellos la Iglesia y la costumbre. Y hay que volver a aquel concepto de la soberanía que entonces se manifestó y que yo he designado con el nombre de soberanía social, como diferente de la soberanía política. Todo el régimen moderno está fundado en la unificación de la soberanía; y esa unificación, al hacerla exclusivamente política, al designarle una sola fuente, que es la multitud, la soberanía popular, ha venido a establecer ese inmenso centralismo que todavía quiere agrandar el colectivismo actual.

 

Esa unificación de la soberanía es la causa y el cimiento del régimen parlamentario, y la diferenciación de las dos, el verdadero régimen representativo. Si no existe más que una sola soberanía, que emana de la muchedumbre, y lleva a la cumbre el Estado, del Estado descenderá en forma de una inmensa jerarquía de delegados y funcionarios. Y si existe una soberanía social que emerge de la familia y que, por una escala gradual de necesidades. produce el municipio y, por otra escala análoga, engendra, por la federación de los municipios, la comarca, y después, por la federación de éstas, la región; esa soberanía social limitará la soberanía política, que solo existe como una necesidad colectiva de orden y de dirección para todo lo que es común, pero nada más que para lo que es común y de conjunto.

Y entonces sucederá que, en frente de la soberanía puramente política, estará la jerarquía social; ya no estará la jerarquía de delegados y de funcionarios que desciende desde la cumbre hasta los últimos límites sociales. Habrá una jerarquía ascendente de personas colectivas, enlazadas por clases y categorías distintas, que, saliendo de la familia, se levantarán hasta el Estado, que no tendrá a su cargo más que la dirección del conjunto.

Así veríamos que los límites del Poder no se basan en la división interior del Poder mismo. Los límites son externos, como lo son todos los límites; allí donde empieza una independencia, terminarán los límites de una cosa; serán orgánicos y externos y no será la división artificial de ese Poder separado en fracciones opuestas unas a otras.

(Conferencia en el Teatro Goya de Barcelona, 5 de junio de 1921)

 

Del fin de la persona se deducen sus derechos, y comprendiéndolos todos existe uno supremo que se presenta por dos aspectos, positivo y negativo; porque si tiene un fin tiene el deber de alcanzarle y los derechos consiguientes para cumplir ese deber por sí mismo, y si tiene esos derechos, posee la facultad de excluir a las demás personas que tratan de realizarlo, suplantándola e interponiéndose entre su actividad y su término. Pero no podrá ejercitar esos derechos por sí misma, ni excluir al que tratase de usurpárselos, si no tuviese también el hombre la facultad de juntar sus facultades a las de los demás hombres para conseguir por la corporación permanente el fin que no puede conseguir aislado; de aquí la existencia de las personas colectivas, en que se completa y perfecciona la individual, pues si el hombre se bastase a sí mismo, la sociedad sería un artículo de lujo. Y por eso es un atributo de toda persona el derecho de regirse interiormente para alcanzar su destino y de rechazar a los demás que traten de impedírselo, que es lo que, desde la política de Aristóteles, se llama autarquía.

 

Y deducido el concepto y el atributo esencial de la persona, procede preguntar si debe existir una sola persona colectiva o si deben existir varias en sociedad.

Si no hubiera más que una, el Estado sería el tirano de Hobbes y Maquiavelo, o el socialismo político de la Estadolatría moderna, y las demás personas existirían por concesión suya. Y si las personas colectivas no existen más que por concesión y tolerancia del Poder, la libertad de las individuales sufre un golpe de muerte, porque si no pueden juntar sus fuerzas más que a capricho del Poder central, carecerán del derecho natural de asociación, y negado ese derecho no habría razón alguna para que no se nieguen los demás; y como ese es el medio de desarrollarlos y de protegerlos todos contra las invasiones del Poder, destruido el medio y derribado el baluarte, caerían sepultados debajo de sus ruinas y no quedaría triunfante más que una tiranía solitaria, rodeada de sepulcros.

Luego hay que reconocer diferentes personas colectivas en la sociedad que tengan existencia y vida propia, que no dependa de la concesión del Estado.

(Discurso en el Teatro Principal, Barcelona, 24 de abril de 1903)

 

Toda persona tiene como atributo jurídico lo que se llama autarquía; es decir, tiene el derecho de realizar su fin,y para realizarlo, tiene que emplear su actividad y, por tanto, tiene derecho a que otra persona no se interponga con su acción entre el sujeto de ese derecho y el fin que haya de alcanzar y realizar. Eso sucede en toda persona. Y como, para cumplir ese fin, que se va extendiendo y dilatando, no basta la órbita de la familia, por sus necesidades individuales y familiares, y para satisfacerlas viene una más amplia esfera y surge el municipio como senado de las familias. Y como en los municipios existe la misma necesidad de perfección y protección, y es demasiado restringida su órbita para que toda la grandeza y la perfección humana estén contenidas en ella, surge una escena más grande, se va dilatando por las comarcas y las clases hasta construir la región. De este modo, desde la familia,cimiento y base de la sociedad, nace una serie ascendente de personas colectivas que constituye lo que yo he llamado la soberanía social, a la que varias veces me he referido y cuya relación fundamental voy a señalar.

 

Así, desde el cimiento de la familia, fundado en ella como en un pilar, nace una doble jerarquía de sociedades complementarias, como el municipio, como la comarca, como la región; de sociedades derivativas, como la escuela, como la Universidad, como la Corporación. Estas dos escalas ascendentes, esta jerarquía de Poderes, surge de la familia y termina en las regiones, que tienen cierta igualdad entre si,aunque interiormente se diferencian por sus atributos y propiedades. Los intereses y las necesidades comunes en esa variedad, en que termina la jerarquía, exigen dos cosas: las clases que la atraviesan paralelamente, distribuyendo las funciones sociales; y de una necesidad de orden, y una necesidad de dirección. Puesto que ni las regiones ni las clases pueden dirimir sus contiendas y sus conflictos, necesitan un poder neutral que pueda dirimirlos y que pueda llenar ese vacío que ellas por sí mismas no pueden negar. Y como tienen entre sí vínculos y necesidades comunes que expresan las clases, necesitan un alto poder directivo, y por eso existe el Estado, o sea la soberanía política propiamente dicha, como un poder, como una unidad, que corona a esa variedad y que va a satisfacer dos momentos del orden: el de proteger, el amparar, que es lo que pudiéramos llamar momento estático, y el de la dirección, que pudiéramos llamar el momento dinámico.

 

Las dos exigencias de la soberanía social son las que hacen que exista, y no tiene otra razón de ser, la soberanía política, y esas exigencias producen estos dos deberes correspondientes para satisfacerlas, los únicos deberes del Estado: el de protección y el de cooperación. De la ecuación, de la conformidad entre esa soberanía social y esa soberanía política, nace entonces el orden, el progreso, que no es más que el orden marchando, y su ruptura es el desorden y el retroceso. Entre esas dos soberanías había que colocar la cuestión de los límites de Poder, y no entre las partes de una, como lo hizo el Constitucionalismo.

 

(El liberalismo) como no alcanzó la profunda y necesaria distinción entre la soberanía social u la política, unificó la soberanía: creyó que no había mas que una sola, la política, y le dió un sólo sujeto, aunque por delegación y representación parezca que existen varios, y vino a dividirla en fragmentos para oponerlos unos a otros, y buscó así dentro el límite que debiera buscar fuera.

Tenía razón al decir que el Poder tiende al abuso, y que es necesario, por lo tanto, que otro Poder lo contrarreste; pero para eso no era necesario dividir la soberanía política en fragmentos y oponerlos unos a otros; para eso era necesario, y esa es su primera función, reconocer la soberanía social, que es la que debe limitar la soberanía política.

La soberanía social es la que debe servir de contrarresto: y cuando esa armonía se rompe entre las dos, cuando no cumple sus deberes la soberanía política e invade la soberanía social, y cuando la soberanía social, invade la política, entonces nacen las enfermedades y las grandes perturbaciones del Estado.

 

En un Estado de verdadero equilibrio, cumplen todos sus deberes, y a las exigencias de la soberanía social corresponde los deberes de la soberanía política; pero cuando la soberanía política invade la soberanía social, entonces nace el absolutismo, y, desde la arbitrariedad y el despotismo, el Poder se desborda hasta la más terrible tiranía.

El absolutismo es la ilimitación jurídica del Poder, y consiste en la invasión de la soberanía superior política en la soberanía social; cuando la soberanía social se niega en un pueblo porque la soberanía política la invade, empieza por las regiones, sigue por las comarcas y municipios y llega hasta las familias; y no encontrando ya los derechos innatos del hombre en medio de asociación permanente que esté fuera de la acción del Estado y que le sirva de escudo para desarrollarse, los individuos mismos quedan sujetos a la tiranía del Estado; y entonces, identificándose las dos soberanías, nacen los grandes socialismos políticos, precursores de los económicos, por la absorción de todos esos órganos en uno. La confusión de la soberanía social y política es la característica de las sociedades modernas. Esta es la hora en que no hay una sola entidad, una sola corporación, una sola sociedad natural y de aquellas que de las naturales se derivan, que no pueda levantarse contra el Estado y demandarle por algún robo de algunas de sus facultades y de sus atributos.

 

Usurpándolo todo, avasallándolo todo, ha llegado a tener como derechos y delegaciones suyas todas las demás personas jurídicas; ha llegado a más, a considerarse como la única persona que existe por derecho propio, a sostener que todas las demás existen, en cierta manera, por concesión o tolerancia suya.

Y así hemos venido a un Estado que es la fórmula más completa y acabada de la tiranía; pero de una tiranía sin grandeza, de una tiranía que no tiene la cabeza de un César, que no puede ser cortada un día por las iras de una multitud irritada; una tiranía con una muchedumbre de cabezas; y no hay peores tiranos que aquellos que tienen muchas cabezas, porque es la ley histórica de la soberanía política, que la irresponsabilidad está en razón directa del número de personas que ejercen el mando.

 

No hay nada que inspire un sentimiento de tan profunda compasión como visitar, a ciertas horas del día, el despacho de un ministro constitucional. Yo declaro que, a veces, me causa asombro como se pueden ambicionar carteras de éste régimen y trabajar con tanto anhelo por conquistar el Poder, cuando veo a un ministro rodeado de amigos, de deudos, de impertinentes, que le hacen mil peticiones, mil encargos y no sé cuántas recomendaciones; y todos contribuimos a éste suplicio.

Y el ministro que oye a cien personas en una mañana y tiene que ocuparse de quinientos asuntos, como no hay cabeza que resista un esfuerzo como el que se necesita para fijar y dispersar la atención sobre tantas materias, tiene que descansar sobre el subsecretario, pero como el subsecretario se ve asediado y visitado lo mismo que un ministro, y a veces más, tiene que descansar en los directores generales; y como los directores generales están acosados de trabajo, de visitas, de recomendaciones y no les llega para su labor el tiempo, aunque el día fuese de cuarenta y ocho horas, descansan en los jefes de negociado, si no en tanto grado, en bastante, les sucede lo mismo, descansan en empleados anónimos, y éstos a su vez en los escribientes; y así concluye por dominarnos y gobernarnos con la efectividad de la soberanía una oligarquía de covachuelistas, que es, además, ridícula, porque no tiene por diadema más que una colección de tinteros, de expedientes y de engrudo.

 

El Estado es como una luz colocada en lo alto; la luz termina en una órbita de sombras adonde llega la fuerza, y desde allí, no se puede ver más; y el que quiere que esa luz alcance a todos los pormenores y que abarque toda la vida social, viene a establecer el absurdo de la omnisciencia y de la omnipotencia, colocadas en la inteligencia y en la voluntad humanas.

(Discurso en el Congreso, 18 de junio de 1907)

 

La ilimitación jurídica, en el desbordamiento del poder que invade o arranca las prerrogativas de las personas individuales o colectivas (...), se apoya en el error jurídico de creer que en el Estado están como vinculadas las facultades legislativa, judicial y ejecutiva, cuando, en cierto modo, existen esas facultades en todos los grados de la jerarquía social, empezando por el individuo, que legisla con su inteligencia, ejecuta con su voluntad, juzga con su conciencia moral, regla próxima a las actuaciones humanas; siguiendo por el padre, que en el círculo doméstico las reune en la patria potestad; continuando (sin enumerar otras Corporaciones) de una manera más vasta en la comunidad concejil, y aún más ampliamente en la región, porque esas prerrogativas no son arrancadas al Estado no exclusivas del Poder Central, que, si por su cometido y por sus circunstancias es la primera persona en extensión, no es, en suma, a pesar de su superioridad, más que una de las varias que forman la jerarquía social, y la última, con los caracteres que hoy tiene, que ha aparecido en la historia.

(Discurso del Congreso, 31 de Mayo de 1893)

Sociedades y corporaciones

 

¿En virtud de que derecho, el Estado, que es la persona colectiva más extensa, tiene derecho a crear y a dispensar la personalidad a las demás personas colectivas?¿ De donde le ha venido a él ese derecho? ¿De otro Estado? Sería absurdo. ¿De los individuos? Entre el Estado Nacional y ellos hay una jerarquía intermedia de Sociedades que han precedido como al Estado, que es su efecto.

Antes le precedió la familia, y con las necesidades múltiples de la familia el municipio, y con las hermandades de comarcas la región, que por punto general fué Estado; y ahora él, último que llega, quiere crear los anillos anteriores, sin los cuales él no existiría. Es la cúpula y la techumbre social, pero dice que él tiene derecho a hacer los muros y los cimientos del edificio, cuando, claro es que, si los muros y cimientos no preexistieran, la cúpula y la techumbre estarían en el aire; lo cual quiere decir que el Estado estaría en el suelo, como los escombros.

 

Este es el absurdo de la teoría que pretende que el Estado crea las personas colectivas, y este fué el absurdo de la revolución, absurdo que recientemente habéis proclamado vosotros aquí.

Puede decirse que la Iglesia ha pasado por el mundo con su gigantesca y poderosa unidad, que ata las conciencias y une las almas, sembrando Sociedades y Corporaciones, y que el Estado anticristiano ha pasado por el mundo negándolas y destruyéndolas.

Nosotros queremos crear el Estado de Corporaciones y de clases organizadas, y vosotros las habéis destruido. Es necesario cercenar, reducir, disminuir el Estado y aumentar las Sociedades y aumentar las Corporaciones, porque el Estado vive de toda la sangre y de todas las atribuciones que ha sustraído al cuerpo social.

(Discurso en el Parlamento, 27 de febrero de 1908)

 

Municipio autárquico

 

Yo soy partidario de una reivindicación municipal, que empiece por considerar al municipio, no como una creación legal, no como una creación artificiosa de poder ejecutivo, dividido, según todos los tratadistas de la centralización y según las leyes que padecemos, en tres partes: una, la administración general; otra, la administración provincial, y la otra, la administración municipal. No, yo reconozco que el Municipio es el primer grado de lo que llamo soberanía social; es la primera escuela de la ciudadanía que nace espontáneamente de la congregación de familias que sienten necesidades múltiples y comunes, que ellas no pueden satisfacer aisladamente y que les obliga a juntarse y producir una representación común, que es sociedad natural.

El municipio es la Universidad de la ciudadanía, en aquel punto en que termina la vida doméstica interior de la familia y el hombre se lanza, por decirlo así, a la vida pública. De ahí la necesidad extraordinaria de su emancipación; de ahí al necesidad de acabar con el régimen oprobioso, tiránico y centralizador que padecemos. Hoy no existe autonomía en el Municipio; el Municipio no es más que una creación legal, no es más que una sección, una parte del Poder ejecutivo en funciones.

 

Cuando un Municipio trata de unirse a otro o de segregarse, no le basta la voluntad de los vecinos, es necesario que el Poder central la ratifique; cuando se trata de funcionar, el alcalde tiene dos delegaciones: una, la delegación política, en que se hace dependiente inmediato del Gobernador, que a su vez es amovible y responsable ante el señor Ministro de la Gobernación; y otra, la delegación administrativa, que queda absorbida por la delegación política. La centralización se completa con el nombramiento de los alcaldes de Real Orden, ese escándalo de los concejales y alcaldes interinos que vienen a destruir arbitrariamente la obra de los propietarios, y hasta el nombramiento de aquellos funcionarios técnicos asalariados por el municipio, y que él sólo no puede establecer sin la aquiescencia de sus superiores jerárquicos; no hay autonomía en el presupuesto municipal, porque depende, o de la Diputación o del Gobernador; y todo se cercena, y el ayuntamiento se convierte en una rueda administrativa. Si la comisión provincial, formada de acuerdo con los caciques, llega a ser lo suficientemente poderosa, por motivos y pretextos que todos conocemos y que se filtran a través de los artículos de la Ley municipal, las elecciones se anulan y los Ayuntamientos en forma interina, se establecen, y entonces el cacique cuenta con todos los medios para oprimir a los electores, para vejarles y para falsificar la verdadera voluntad electora.

 

Yo en este punto soy partidario de que el Ayuntamiento y el Municipio sean, no una creación arbitraria de la ley, sino el reconocimiento de una personalidad natural, formada por la agrupación de familias para defender sus mutuos intereses; que no exista la doble representación, y que si existe, mientras no se paren, pueda fijarse en caso de conflicto, la política, hasta en el juez Municipal, pero que no se desposea al alcalde de aquella propia representación que tiene como Delegado del Municipio; quiero que exista la representación permanente y la representación variable; quiero que tenga el Municipio el derecho a formar libremente hermandad con los demás municipios; quiero que se arregle y se establezca la verdadera Hacienda Municipal, no con ese indigno y ridículo prorrateo entre el Estado y el Municipio, en que se merman mutuamente unos mismos tributos, sino que cobre la Hacienda municipal lo que resta de los bienes comunales y los de propios, y, reintegrándole de las enormes cantidades que le detenta el Estado (más de 300 millones), recobre el Municipio sus facultades y se establezca de una vez la órbita en donde los tributos municipales se recauden, sin tener la intromisión vergonzosa del Estado que los limita y los cercena: quiero que el Municipio, en toda la esfera administrativa, sea absolutamente independiente que sobre él no se levanten más que superiores jerárquicos en su aspecto externo, pero que no toquen a su vida interna.

 

Cuando esto suceda, cuando teniendo en cuenta, por un lado, la tradición nacional, y, por otro, se resientan las necesidades grandes, después que la Revolución haya dejado pasar su rasero sobre todos los organismos administrativos y locales desde hace un siglo, se podrán establecer los cimientos de una verdadera organización regional: mientras esto no suceda, en vano será otorgar mancomunidades ni delegaciones, porque únicamente sobre los Municipios libres se podrán establecer las regiones autónomas e independientes dentro de su propia esfera.

(Discurso en el Congreso, el 30 de junio de 1916)

 

Universidad libre

 

Esta concurrencia que aquí veo, me entusiasma y cerciora en mi idea de que las instituciones de verdadera trascendencia para la vida social no se crean ni fabrican a priori; que aquellas instituciones de eficacia verdadera se manifiestan, no se crean instituciones de verdadera trascendencia para la vida social no se crean ni fabrican a priori; que aquellas instituciones de eficacia verdadera se manifiestan, no se crean.

Así sucedió con las inmortales Universidades de cultura europea, esos grandes monumentos del saber de los pasados siglos, en que, no existiendo recintos capaces de contenerlos, tenían que poner las cátedras en la plaza publica.

Porque la enseñanza debe ser libre; pocos días ha, nuestro Obispo lo manifestaba en el Senado, combatiendo así el monopolio docente del Estado. ¡Del Estado Libre! Notad, Señores, la contradicción: ese Estado, que comienza asegurando no conocer nada, que nada sabe de los grandes problemas que al hombre y a la sociedad se refieren; él, que no admite ningún principio fijo, no religioso, ni moral, ni jurídico, él, se convierte el pedagogo, monopoliza la enseñanza y no consiente que nadie comparta con él esa tarea.

Los maestros por derecho natural y por derecho divino, son los padres y la Iglesia; los primeros, por prescripción de la naturaleza; la segunda, por concesión de su Divino Fundador, cuando le dijo: Docete omnes gentes. ¡Estos son, pues, los dos únicos que tienen la misión de enseñar!

Aquí, en este centro, profesamos la doctrina de que la escuela debe ser una prolongación de la familia, y al Universidad continuación de la escuela; y que al Estado no le queda otra misión que fomentarla, cuando la sociedad no puede, por sus propios medios, desenvolverla.

(Discurso de la Academia Universitaria Católica, 26 de noviembre 1908)

 

Soberanía social y soberanía tradicional

 

Frente a la soberanía política señalamos la verdadera autonomía social que la limita, erizada, por decirlo así, de libertades y de derechos que empiezan en los personales, que se afirman en la familia y siguen por sus prolongaciones en la escuela, la Universidad, el gremio y sus agrupaciones, el municipio, la comarca y la región, formando una jerarquía de personas que se organiza en clases y que amuralla la soberanía del Estado central. para que no se desborde y se mantenga dentro de órbita, contenida por esa serie escalonada de baluartes que marcan en derredor de ella un círculo sagrado que no puede traspasar el Poder soberano sin convertirse en tiránico.

 

La soberanía social es la jerarquía de personas colectivas, de poderes organizados, de clases, que suben desde la familia, que es su manantial, hasta la soberanía, que llamo política concretada en el Estado, que deben auxiliar, pero también contener.

 

La Monarquía tiene entre nosotros el apoyo de una soberanía muy grande, muy poderosa y que hoy no se quiere reconocer: la soberanía que llamaré tradicional, en virtud de la cual la serie de generaciones sucesivas tiene derecho, por el vínculo espiritual que las liga y las enlaza interiormente, a que las generaciones siguientes no la rompan y no puedan, por un movimiento rebelde de un día de locura, derribar el santuario y el alcázar que ellas levantaron y legar a las venideras montañas de escombros.

 

Son las naciones cuerpos morales que viven secularmente, que persisten al través de muchas generaciones, que cambian y se suceden como se renuevan incesantemente en el cuerpo humano las moléculas en el torbellino vital de la circulación, mientras permanece inalterable el espíritu que las informa. Pero las almas nacionales con muy diferentes de las individuales; no pueden existir separadas del organismo que animan; porque son una resultante y no un principio sustancial, y por eso, las constituye la comunidad de creencias y de sentimientos, de costumbres, de instituciones y de aspiraciones fundamentales, perpetuadas y transmitidas por la tradición, sufragio universal de los siglos, contra el que nada vale el sufragio particular de un día sublevado contra una historia sin la cual no existiría.

(Discurso en el Parque de la Salud de Barcelona, 17 de mayo de 1903)

 

II - TRADICION

 

El concepto dinámico de la tradición

 

El hombre discurre y, por lo tanto, inventa, combina, transforma, es decir, progresa, y transmite a los demás las conquistas de su progreso. El primer invento ha sido el primer progreso; y el primer progreso, al transmitirse a los demás, ha sido la primera tradición que empezaba. La tradición es el efecto del progreso; pero como le comunica, es decir, le conserva y le propaga, ella misma es el progreso social. El progreso individual no llega a ser social si la tradición no le recoge en sus brazos. Es la antorcha que se apaga tristemente al alcanzar el primer resplandor si la tradición no la recoge u la levanta para que pase de generación en generación, renovando en nuevos ambientes el resplandor de su llama.

 

La tradición es el progreso hereditario; y el progreso, si no es hereditario, no es progreso social. Una generación, si es heredera de las anteriores, que le transmiten por tradición hereditaria lo que han recibido, puede recogerla y hacer lo que hacen los buenos herederos: aumentarla y perfeccionarla, para comunicarla mejorada a sus sucesores. Puede también malbaratar la herencia o repudiarla. En este caso, lega la miseria o la ruina: y si ha edificado algo, destruyendo lo anterior, no tiene derecho a que la generación siguiente, desheredada del patrimonio deshecho, acepte lo suyo: y lo probable es que se quede sin los dos. Y es que la Tradición, si incluye el derecho de los antepasados a la inmortalidad y al respeto de sus obras, implica también el derecho de las generaciones y de los siglos posteriores a que no se le destruya la herencia de las precedentes por una generación intermedia amotinada. La autonomía selvática de hacer tabla rasa de todo lo anterior y sujetar las sociedades a una serie de aniquilamientos y creaciones, es un género de locura que consistiría en afirmar el derecho de la onda sobre el río y el cauce, cuando la tradición es le derecho del río sobre la onda que agita sus aguas.

 

El anillo vivo de una cadena de siglos, si no está conforme con los que preceden y quiere que so lo estén los que le siguen, puede salir de la cadena para existir por su cuenta; pero no tiene derecho a destruirla ni a privar a los posteriores de los anillos precedentes.

Y siendo todas las autonomías iguales, las de los siglos precedentes y las de los posteriores valen más que las de un momento dado de la Historia, aún suponiendo -lo que no ha sucedido nunca- que una oligarquía no usurpe el nombre de todos y no haga pasar el capricho de los menos por la voluntad de los más. Luego por encima de esa imaginaria autonomía está el deber de subordinarse a la tradición hasta por el imperio de las mayorías, que rara vez son simultáneas; pero que, cuando se trata de las instituciones que expresan los grandes hechos de un pueblo, son siempre sucesivas.

Ved, señores, cómo la tradición, ridículamente desdeñada por los que ni siquiera han penetrado su concepto, no sólo es elemento necesario del progreso, sino una ley social importantísima, la que expresa la continuidad histórica de un pueblo, aunque no se hayan parado a pensar sobre ella ciertos sociólogos que, por detenerse demasiado a admitir la naturaleza animal, no han tenido tiempo de estudiar la humana en que radica.

 

Esta es la causa de que todo hombre, aún sin advertirlo y sin quererlo, sea tradicionalista, porque empieza por ser ya una tradición acumulada. Que se despoje, si puede, de lo que ha recibido de sus ascendientes y verá que lo que queda no es le mismo, sino una persona mutilada que reclama la tradición como el complemento de su existencia. El revolucionario más audaz que, en nombre de una teoría idealista, formada más por la fantasía que por el entendimiento, se propone derribar el edificio social y pulverizar hasta los sillares de sus cimientos para levantar otro de nueva planta, si antes de empezar el derribo se detiene a preguntarse a sí mismo quién es ; si la pasión no le ciega, oirá una voz que le dice desde los muros que amenaza y desde el fondo de su alma: Eres una tradición compendiada que se quiere suicidar; eres el último vástago de una dinastía de antepasados tan antigua como el linaje humano; ninguna es más secular que la tuya. Si uno sólo faltara en esa cadena de miles de años, no existirías; quieres derrocar una estirpe de tradiciones y eres en parte obra de ellas. Quieres destruir una tradición en nombre de tu autonomía y empiezas por negar las autonomías anteriores y por desconocer las siguientes; al inaugurar tu obra, quieres que continúe una tradición contra las tradiciones pasadas y contra las tradiciones venideras, proclamando la única verdad de la tuya. Mirando atrás, eres parricida; mirando adelante, asesino, y mirándote a ti mismo, un demente que cree destruir a los demás cuando se mata a sí mismo.

 

Los hombres grandes son aquellos que saben conservar, en una sociedad intangible, la herencia de la tradición; los que no sólo la conservan , sino que la corrigen; o los que, no satisfechos con conservarla y corregirla, la perfeccionan y la aumentan. Y el más tradicionalista no es el que sólo conserva, sino el que, además de conservar, corrige, el que añade y acrecienta, porque sigue mejor el ejemplo de los fundadores, no limitándose a mantener el caudal, sino haciendo lo que ellos hicieron: producir y prolongar con el progreso sus obras.

Por eso los hombres más grandes de la historia son los más tradicionalistas; es decir, los que no dejan tras de sí más que tradición. Solo el vulgo que no funda no transmite nada propio: y muchas veces, sin conocerlas siquiera, repudia las herencias de los demás. En suma,la autonomía individual es la soledad del aislamiento, rompiendo la trama social de las generaciones e interrumpiendo bruscamente, si a tanto alcanza su fuerza disolvente, la continuidad de la vida de un pueblo. La tradición es la familia agrupada en derredor del mismo hogar, en donde se sustituyen los hombres y las llamas, que duran más que los hombres.

(Discurso del Parque de la Salud de Barcelona, 17 de mayo de 1903)

 

El pueblo decae y muere cuando su unidad interna, moral, se rompe, y aparece una generación entera, descreída, que se considera anillo roto en la cadena de los siglos, ignorando que sin la comunidad de tradición no hay Patria; que la Patria no la forma el suelo que pisamos, ni la atmósfera que respiramos, ni el sol que nos alumbra, sino aquel patrimonio espiritual que han fabricado para nosotros las generaciones anteriores durante siglos, y que tenemos el derecho de perfeccionar, de dilatar, de engrandecer; pero no de malbaratar, no de destruir, no de hacer que llegue mermado o que no llegue a las generaciones venideras ;que la tradición, en último análisis, se identifica con el progreso, y no hay progreso sin tradición, ni tradición verdadera sin progreso. La tradición quiere decir transmisión de un caudal de ideas, de creencias, de aspiraciones, de instituciones, de una generación a otra, fundada en un derecho y en un deber: el derecho que tiene la generación que ha producido el patrimonio o parte del patrimonio espiritual y material de un pueblo, a que pase a las generaciones venideras; y el deber que tiene la generación de desarrollarle, no de mermarle ni destruirle, y privar de él a los venideros. Sobre este derecho de la generación anterior y sobre este deber de la generación que la sigue está el fundamento jurídico de la tradición, que no puede ser negado sin asesinar a la Patria.

 

Un progreso que fuera un invento extraordinario y que no contase con la tradición para transmitirle, moriría en el acto mismo de nacer; y una tradición que no acrecentase nada al caudal recibido, indiferente a lo que exigen las nuevas necesidades, sería algo muerto y petrificado, que habría de apartar para que no obstruyera el cauce de la historia por donde corre la vida de una nación. Por eso, aplaudiendo el progreso, que no consiste más que en una perfección sucesiva, es necesario sentir como la Patria, pensar como la Patria, amar como la Patria; y para eso es preciso no desprenderse de la cadena de las generaciones y afirmar aquellos caracteres que no ha fabricado ningún político, ni ningún guerrero, que han fabricado muchas generaciones y muchos siglos en colaboración con razas y pueblos distintos e influencias históricas diversas, que una creencia, que fué abrazadera de oro, juntó para que sellase nuestro espíritu con notas indelebles.

(Discurso pronunciado en Santander, en septiembre de 1916)

 

Porque vosotros tenéis un concepto muy extraño de la Nación y de la Patria, que encerráis en los límites mezquinos del presente. La nación es semejante al organismo humano, que está regido por la ley de renovación constante con que desaparecen de nuestro cuerpo todas las moléculas que le constituyen, pero permaneciendo el alma espiritual revelada por la perpetuidad del recuerdo y la unidad de la conciencia: y por eso, en las generaciones que se van sucediendo sobre el suelo nacional hay también un alma, una actividad vital y, en cierta manera, informante pero no subsistente como la de los individuos, sino resultante de las creencias, sentimientos, aspiraciones, intereses, recuerdos y esperanzas que forman aquel caudal que la tradición va transmitiendo de una a otra generación, como si fuese un arca y estuviese encerrada allí la esencia viva de la Patria. Ella forma la solidaridad entre las generaciones, que parecen las ondas de un inmenso río, que un día refleja los cielos estrellados y serenos y otro día las tempestades sombrías; que un día reproduce la grandeza de Covadonga, y otro la desgracia de Guadalete; un día la sombra de Alarcos, y otro el esplendor de las Navas, la gloria de Lepanto o la desventura sublime de Trafalgar; pero que siempre va discurriendo por el cauce de la Historia, señalado en la marcha de los siglos por la tradición de un pueblo. Cuando la voluntad de la nación- de la nación que no es el agregado fortuito de gentes congregadas dentro de los límites variables de un territorio, sino que es el organismo moral de una serie de generaciones unidas por un vínculo espiritual interno- surge, no como la obra fugaz y pasajera de un día, no como una voluntad efímera, sino como la voluntad constante y permanente, revelada en las tradiciones perennes de la Historia, aquellas instituciones, que de esa tradición y de ese espíritu nacional se apartan, que no quieren recoger sus títulos en él, o que tratan de desviar esa corriente de sus cauces naturales, son arrolladas y arrojadas en el abismo de donde no pueden surgir de nuevo, porque se hunden para siempre, y el principio de la tradición pasa triunfante sobre sus ruinas, para continuar la Historia.

(Discurso en el Congreso, 6 de mayo de 1898)

 

III - LA RELIGION, PRINCIPIO VIVIFICADOR

 

El catolicismo en nuestra historia

 

Ese vínculo que une nuestra vida con la vida de la Patria nos obliga a mucho. A lo primero que nos obliga es a conocerla, y no se puede amar lo que se ignora. De aquí voy a deducir una consecuencia: que si es necesario conocer a la nación para amarla, hay que conocer su vida íntima, hay que conocer la directriz de su historia, el principio vital que ha informado su ser y todas las manifestaciones de su genio, y para conocer eso, cuando se trata de España, hay que conocer la Religión Católica.