Escrito:
Entre abril y agosto de 1844.
Primera
Edición: En Marx/Engels
Gesamtausgabe,, Abt. 1, Bd. 3, 1932.
Indice
Nota sobre los
Manuscritos
Primer Manuscrito
· Salario
·
Beneficio del
capital
· Renta
de la tierra
· El
trabajo enajenado
Segundo
Manuscrito
·
Antitesis del
capital y el trabajo. Propiedad privada y capital.
Tercer Manuscrito
·
Propiedad
privada y trabajo. Economía política como producto del movimiento de la propiedad
privada.
·
Propiedad
privada y comunismo
·
Requisitos
humanos y división del trabajo bajo el dominio de la propiedad privada
· El
poder del dinero
· Crítica
de la dialéctica hegeliana y de la filosofía de Hegel en general
NOTA SOBRE LOS MANUSCRITOS
El
Manuscrito n.º 1 consta de nueve folios (l8 hojas, 36 páginas) que fueron unidos
por Marx formando un cuaderno. Las páginas fueron divididas, antes de escribir en ellas,
en tres columnas, por medio de dos rayas verticales. Cada una de las columnas lleva, de
izquierda a derecha, el siguiente título: Salario, Beneficio del Capital, Renta de la
tierra. Aparentemente Marx pensaba desarrollar paralelamente estos tres temas con igual
extensión. A partir de la página XXII Marx escribió sobre la totalidad de las páginas,
sin respetar la división en columnas; esta parte es la que, de acuerdo con el contenido,
se ha titulado: El trabajo enajenado. El Manuscrito se interrumpe en la página XXVII.
El
Manuscrito Nº 2 consta de un folio (2 hojas, 4 páginas, numeradas del XL al
XLIII). Comienza a la mitad de una frase y constituye manifiestamente sólo el fragmento
final de un escrito más amplio.
El
Manuscrito tercero está contenido en un cuaderno formado por 17 folios (34 hojas, 68
páginas las últimas 23 no escritas). La numeración de Marx salta de la pág. XXI a la
XXIII y de la XXIV a la XXVI.
Comienza
el Manuscrito con dos apéndices a un texto perdido que han sido titulados,
respectivamente, por V. Adoratsky Propiedad privada y trabajo, Propiedad privada y
comunismo. Sigue la crítica de la Filosofía hegeliana y el Prólogo, que aquí se ha
colocado al comienzo.
[PRIMER
MANUSCRITO]
SALARIO
(I)
El salario está determinado por la lucha abierta entre capitalista y obrero.
Necesariamente triunfa el capitalista. El capitalista puede vivir más tiempo sin el
obrero que éste sin el capitalista. La unión entre los capitalistas es habitual y
eficaz; la de los obreros está prohibida y tiene funestas consecuencias para ellos.
Además el terrateniente y el capitalista pueden agregar a sus rentas beneficios
industriales, el obrero no puede agregar a su ingreso industrial ni rentas de las tierras
ni intereses del capital. Por eso es tan grande la competencia entre los obreros. Luego
sólo para el obrero es la separación entre capital, tierra y trabajo una separación
necesaria y nociva. El capital y la tierra no necesitan permanecer en esa abstracción,
pero sí el trabajo del obrero.
Para
el obrero es, pues, mortal la separación de capital, renta de la tierra y trabajo.
El
nivel mínimo de salario, y el único necesario, es lo requerido para mantener al obrero
durante el trabajo. y para que él pueda alimentar una familia y no se extinga la raza de
los obreros. El salario habitual es, según Smith, el mínimo compatible con la simple
humanité, es decir, con una existencia animal.
La
demanda de hombres regula necesariamente la producción de hombres, como ocurre con
cualquier otra mercancía.
Si la oferta es mucho mayor que la demanda, una parte de los obreros se hunde en la
mendicidad o muere por inanición. La existencia del obrero está reducida, pues, a la
condición de existencia de cualquier otra mercancía. El obrero se ha convertido en una
mercancía y para él es una suerte poder llegar hasta el comprador. La demanda de la que
depende la vida del obrero, depende a su vez del humor de los ricos y capitalistas. Si la
oferta supera a la demanda entonces una de las partes constitutivas del precio, beneficio,
renta de la tierra o salario, es pagada por debajo del precio; una parte de estas
prestaciones se sustrae, pues, a este empleo y el precio del mercado gravita hacia el
precio natural como su centro. Pero, 1.) cuando existe una gran división del trabajo le
es sumamente difícil al obrero dar al suyo otra dirección; 2) el perjuicio le afecta a
él en primer lugar a causa de su relación de subordinación respecto del capitalista.
Con
la gravitación del precio de mercado hacia el precio natural es así el obrero el que
más pierde y el que necesariamente pierde.
Y justamente la capacidad del capitalista para dar a su capital otra dilección es la que,
o priva del pan al obrero, limitado a una rama determinada de trabajo, o le obliga a
someterse a todas las exigencias de ese capitalista.
(II)
Las ocasionales y súbitas fluctuaciones del precio de mercado afectan menos a la renta de
la tierra que a aquellas partes del precio que se resuelven en beneficios y salarios, pero
afectan también memos al beneficio que al salario. Por cada salario que sube hay, por lo
general, uno que se mantiene estacionario y uno que baja.
El
obrero no tiene necesariamente que ganar con la ganancia del capitalista, pero
necesariamente pierde con él.
Así el obrero no gana cuando el capitalista mantiene el precio del mercado por encima del
natural por obra de secretos industriales o comerciales, del monopolio o del favorable
emplazamiento de su terreno.
Además:
los precios del trabajo son mucho más constantes que los precios de los víveres.
Frecuentemente se encuentran en proporción inversa. En un año de carestía el salario
disminuye a causa de la disminución de la demanda y se eleva a causa del alza de los
víveres. Queda, pues, equilibrado. En todo caso, una parte de los obreros queda sin pan.
En años de abundancia, el salario se eleva merced al aumento de la demanda, disminuye
merced a los precios de los víveres. Queda, pues, equilibrado.
Otra
desventaja del obrero:
Los
precios del trabajo de los distintos tipos de obreros difieren mucho más que las
ganancias en las distintas ramas en las que el capital se coloca.
En el trabajo toda la diversidad natural, espiritual y social de la actividad individual
se manifiesta y es inversamente retribuida, en tanto que el capital muerto va siempre al
mismo paso y es indiferente a la real actividad individual. En general hay que
observar que allí en donde tanto el obrero como el capitalista sufren, el obrero sufren
en su existencia y el capitalismo en la ganancia de su inerte Mammón.
El
obrero ha de luchar no sólo por su subsistencia física, sino también por lograr
trabajo, es decir, por la posibilidad, por lo medios, de poder realizar su actividad.
Tomemos las tres situaciones básicas en que puede encontrarse la sociedad y observemos la
situación del obrero en ellas.
l)
Si la riqueza de la sociedad está en descenso, el obrero sufre más que nadie, pues
aunque la clase obrera no puede ganar tanto como la de los propietarios en una situación
social próspera, aucune ne souffre aussi cruellement de son déclin que la classe des
ouvriers. (Ninguna sufre tanto con su decadencia como la clase obrera, Smith, II,
162).
III),
2) Tomemos ahora una sociedad en la que la riqueza aumenta. Esta situación es la única
propicia para el obrero. Aquí aparece la competencia entre capitalistas la demanda de
obreros excede a la oferta, pero:
En
primer lugar,
el alza de los salarios conduce a un exceso de trabajo de los obreros. Cuanto más
quieren ganar, tanto más de su tiempo deben sacrificar y, enajenándose de toda libertad,
han de realizar, en aras de la codicia, un trabajo de esclavos. Con ello acortan su vida.
Este acortamiento en la duración de su vida es una circunstancia favorable para la clase
obrera en su conjunto, porque con él se hace necesaria una nueva oferta. Esta clase ha de
sacrificar continuamente a una parte de si misma para no perecer por completo.
Además,
¿cuándo se encuentra una sociedad en vías de enriquecimiento progresivo? Con el aumento
de los capitales y las rentas de un país. Esto, sin embargo, sólo es posible: a) porque
se ha acumulado mucho trabajo, pues el capital es trabajo acumulado; es decir, porque se
ha ido arrebatando al obrero una cantidad creciente de su producto, porque su propio
trabajo se le enfrenta en medida creciente como propiedad ajena, y los medios de su
existencia y de su actividad se concentran cada vez más en mano del capitalista; b) la
acumulación del capital aumenta la división del trabajo y la división del trabajo el
número de obreros; y viceversa, el número de obreros aumenta la división del trabajo,
así como la división del trabajo aumenta la acumulación de capitales. Con esta
división del trabajo, de una parte, y con la acumulación de capitales, de la otra, el
obrero se hace cada vez más dependiente exclusivamente del trabajo, y de un trabajo muy
determinado, unilateral y maquinal. Y así, del mismo modo que se ve rebajado en lo
espiritual y en lo corporal a la condición de máquina, y de hombre queda reducido a una
actividad abstracta y un vientre. Se va haciendo cada vez más dependiente de todas las
fluctuaciones del precio de mercado, del empleo de los capitales y del humor de los ricos.
Igualmente, el crecimiento de la clase de hombres que no tienen (IV) más que su trabajo
agudiza la competencia entre los obreros, por tanto, rebaja su precio. En el sistema
fabril esta situación de los obreros alcanza su punto culminante.
c)
En una sociedad cuya prosperidad crece, sólo los más ricos pueden aún vivir del
interés del dinero. Todos los demás están obligados, o bien a emprender un negocio con
su capital, o bien a lanzarlo al comercio. Con esto se hace también mayor la competencia
entre los capitales. La concentración de capitales se hace mayor, los capitalistas
grandes arruinan a los pequeños y una fracción de los antiguos capitalistas se hunde en
la clase de los obreros, que por obra de esta aportación padece de nuevo la depresión
del salario y cae en una dependencia aún mayor de los pocos grandes capitalistas; al
disminuir el número de capitalistas, desaparece casi su competencia respecto de los
obreros, y como el número de éstos se ha multiplicado, la competencia entre ellos se
hace tanto mayor, más antinatural y más violenta. Una parte de la clase obrera cae con
ello en la mendicidad o la inanición tan necesariamente como una parte de los
capitalistas medios cae en la clase obrera.
Así,
pues, incluso en la situación social más favorable para el obrero la consecuencia
necesaria para éste es exceso de trabajo y muerte prematura, degradación a la condición
de máquina, de esclavo del capital que se acumula peligrosamente frente a él, renovada
competencia, muerte por inanición o mendicidad de una parte de los obreros.
(V)
El alza de salarios despierta en el obrero el ansia de enriquecimiento propia del
capitalista que él, sin embargo, sólo mediante el sacrificio de su cuerpo y de su
espíritu puede saciar. El alza de salarios presupone la acumulación de capital y la
acarrea; enfrenta, pues, el producto del trabajo y el obrero, haciéndolos cada vez más
extraños el uno al otro. Del mismo modo, la división del trabajo hace al obrero cada vez
más unilateral y más dependiente, pues acarrea consigo la competencia no sólo de los
hombres, sino también de las máquinas. Como el obrero ha sido degradado a la condición
de máquina, la máquina puede oponérsele como competidor. Finalmente, como la
acumulación de capitales aumenta la cantidad de industria, es decir, de obreros, mediante
esta acumulación la misma cantidad de industria trae consigo una mayor cantidad de
obra hecha que se convierte en superproducción y termina, o bien por dejar sin
trabajo a una gran parte de los trabajadores, o bien por reducir su salario al más
lamentable mínimo. Estas son las consecuencias de una situación social que es la más
favorable para el obrero, la de la riqueza creciente y progresiva.
Por
último, sin embargo, esta situación ascendente ha de alcanzar alguna vez su punto
culminante. ¿Cuál es entonces la situación del obrero?
3)
«Los salarios y los beneficios del capital serán probablemente muy bajos en un país que
haya alcanzado el último grado posible de su riqueza. La competencia entre los obreros
para conseguir ocupación seria tan grande que los salarios quedarían reducidos a lo
necesario para el mantenimiento del mismo número de obreros y si el país estuviese ya
suficientemente poblado este número no podrá aumentarse». El exceso debería morir.
Luego,
en una situación declinante de la sociedad, miseria progresiva; en una situación
floreciente, miseria complicada, y en una situación en plenitud, miseria estacionaria.
Y
como quiera que, según Smith, no es feliz una sociedad en donde la mayoría sufre, que el
más próspero estado de la sociedad conduce a este sufrimiento de la mayoría, y como la
Economía Política (en general la Sociedad del interés privado) conduce a este estado de
suma prosperidad, la finalidad de la Economía Política es, evidentemente, la infelicidad
de la sociedad.
En
lo que respecta a la relación entre obreros y capitalistas, hay que observar todavía que
el alza de salarios está más que compensada para el capitalista por la disminución en
la cantidad del tiempo de trabajo, y que el alza de salarios y el alza en el interés del
capital obran sobre el precio de la mercancía como el interés simple y el interés
compuesto, respectivamente.
Coloquémonos
ahora totalmente en el punto de vista del, economista, y comparemos, de acuerdo con él,
las pretensiones teóricas y prácticas de los obreros.
Nos
dice que, originariamente y de acuerdo con su concepto mismo todo el producto del trabajo
pertenece al obrero. Pero al mismo tiempo nos dice que en realidad revierte al obrero la
parte más pequeña e imprescindible del producto; sólo aquella que es necesaria para que
é1 exista no como hombre, sino como obrero, para que perpetúe no la humanidad, sino la
clase esclava de los obreros.
El
economista nos dice que todo se compra con trabajo y que el capital no es otra osa que
trabajo acumulado, pero al mismo tiempo nos dice que el obrero, muy lejos de poder
comprarlo todo, tiene que venderse a sí mismo y a su humanidad.
En
tanto que las rentas del perezoso terrateniente ascienden por lo general a la tercera
parte del producto de la tierra, y el beneficio del atareado capitalista llega incluso al
doble del interés del dinero, lo que el obrero gana es, en el mejor de los casos, lo
necesario para que, de cuatro hijos, dos se le mueran de desnutrición (VII). En tanto
que, según el economista, el trabajo es lo único con lo que el hombre aumenta el valor
de los productos naturales, su propiedad activa, según la misma Economía Política, el
terrateniente y el capitalista, que como terrateniente y capitalista son simplemente
dioses privilegiados y ociosos, están en todas partes por encima del obrero y le dictan
leyes.
En
tanto que, según el economista el trabajo es el único precio invariable de las cosas, no
hay nada más azaroso que el precio del trabajo, nada está sometido a mayores
fluctuaciones.
En
tanto que la división del trabajo eleva la fuerza productiva del trabajo, la riqueza y el
refinamiento de la sociedad, empobrece al obrero hasta reducirlo a máquina. En tanto que
el trabajo suscita la acumulación de capitales y con ello el creciente bienestar de la
sociedad, hace al obrero cada vez más dependiente del capitalista, le lleva a una mayor
competencia, lo empuja al ritmo desenfrenado de la superproducción, a la que sigue un
marasmo igualmente profundo.
En
tanto que, según los economistas, el interés del obrero no se opone nunca al interés de
la sociedad, el interés de la sociedad está siempre y necesariamente en oposición al
interés del obrero.
Según
los economistas, el interés del obrero no está nunca en oposición al de la sociedad, 1)
porque el alza del salario está más que compensada por la disminución en la cantidad
del tiempo de trabajo, además de las restantes consecuencias antes desarrolladas, y 2)
porque, en relación con la sociedad, el producto bruto total es producto neto y sólo en
relación al particular tiene el neto significado
Pero
que el trabajo mismo no sólo en las condiciones actuales, sino en general, en cuanto su
finalidad, es simplemente el incremento de la riqueza; que el trabajo mismo, digo, es
nocivo y funesto, es cosa que se deduce, sin que el economista lo sepa, de sus propias
exposiciones.
De
acuerdo con su concepto, la renta de la tierra y el beneficio del capital son deducciones
que el salario padece. En realidad, sin embargo, el salario es una deducción que el
capital y la tierra dejan llegar al obrero, una concesión del producto del trabajo de los
trabajadores al trabajo.
El
obrero sufre más que nunca en su estado de declinación social. Tiene que agradecer la
dureza específica de su opresión a su situación de obrero, pero la opresión en general
a la situación de la sociedad.
Pero
en el estado ascendente de la sociedad, la decadencia y el empobrecimiento del obrero son
producto de su trabajo y de la riqueza por él producida. La miseria brota, pues, de la esencia
del trabajo actual.
El
estado de máxima prosperidad social, un ideal, pero que puede ser alcanzado
aproximadamente y que, en todo caso, constituye la finalidad, tanto de la Economía
Política como de la sociedad civil, es, para el obrero, miseria estacionaria.
Se
comprende fácilmente que en la Economía Política el proletario es decir, aquel
que, desprovisto de capital y de rentas de la tierra, vive sólo de su trabajo, de un
trabajo unilateral y abstracto, es considerado únicamente como obrero. Por esto
puede la Economía asentar la tesis de que aquél, como un caballo cualquiera, debe ganar
lo suficiente para poder trabajar. No lo considera en sus momentos de descanso como
hombre, sino que deja este cuidado a la justicia, a los médicos, a la religión, a los
cuadros estadísticos, a la policía y al alguacil de pobres.
Elevémonos
ahora sobre el nivel de la Economía Política y, a partir de la exposición hasta ahora
hecha, casi con las mismas palabras de la Economía Política, tratemos de responder a dos
cuestiones.
1)
¿Qué sentido tiene, en el desarrollo de la humanidad, esta reducción de la mayor parte
de la humanidad al trabajo abstracto?
2)
¿Qué falta cometen los reformadores en détail que, o bien pretenden elevar los
salarios y mejorar con ello la situación de la clase obrera, o bien (como Proudhon)
consideran la igualdad de salarios como finalidad de la revolución social?
El
trabajo se presenta en la Economía Política únicamente bajo el aspecto de actividad
lucrativa.
(VIII)
Puede afirmarse que aquellas ocupaciones que requieren dotes especificas o una mayor
preparación se han hecho, en conjunto, más lucrativas; en tanto que el salario medio
para la actividad mecánica uniforme, en la que cualquiera puede ser fácil y rápidamente
instruido, a causa de la creciente competencia ha descendido y tenia que descender, y
precisamente este tipo de trabajo es, en el actual estado de organización de
éste, el más abundante con mucha diferencia. Por tanto, si un obrero de primera
categoría gana actualmente siete veces más que hace cincuenta años y otro de la segunda
lo mismo, los dos ganan, ciertamente, por término medio, cuatro veces más que
antes. Sólo que si en un país la primera categoría de trabajo ocupa únicamente 1.000
hombres y la segunda a un millón, 999.000 no están mejor que hace cincuenta años y están
peor si, al mismo tiempo, han subido los precios de los artículos de primera necesidad. Y
con estos superficiales cálculos de término medio se pretende engañar sobre la
clase más numerosa de la población. Además, la cuantía del salario es sólo un factor
en la apreciación del ingreso del obrero, pues para mesurar este último es
también esencia tomar en consideración la duración asegurada del trabajo, de la
que no puede hablarse en la anarquía de la llamada libre competencia, con sus siempre
repetidas fluctuaciones e interrupciones. Por último, hay que tomar en cuenta la jornada
de trabajo habitual antes y ahora. Esta ha sido elevada para los obreros ingleses en la
manufactura algodonera, desde hace veinticinco años, esto es, exactamente desde el
momento en que se introdujeron las máquinas para ahorrar trabajo, a doce o dieciséis
horas diarias por obra de la codicia empresarial (IX), y la elevación en un país y en
una rama de la industria tuvo que extenderse más o menos a otras partes, dado el derecho,
aún generalmente reconocido, a una explotación incondicionada de los pobres por los
ricos (Schulz, Bewegung del Produktion, pág.. 65).
Pero
incluso si fuera tan cierto, como realmente es falso, que se hubiese incrementado el
ingreso medio de todas las clases de la sociedad, podrían haberse hecho mayores
las diferencias y los intervalos relativos entre los ingresos, y aparecer así más
agudamente los contrastes de riqueza y pobreza. Pues justamente porque la
producción total crece, y en la misma medida en que esto sucede, se aumentan también las
necesidades, deseos y pretensiones, y la pobreza relativa puede crecer en tanto que
se aminora la absoluta. El samoyedo, reducido a su aceite de pescado y a sus
pescados rancios, no es pobre porque en su cerrada sociedad todos tienen las mismas
necesidades. Pero en un estado que va hacia adelante que, por ejemplo en un decenio
ha aumentado su producción total en relación a la sociedad en un tercio, el obrero que
gana ahora lo mismo que hace diez años no esta ni siquiera tan acomodado como antes, sino
que se ha empobrecido en una tercera parte (ibid., págs. 65-66).
Pero
la Economía Política sólo conoce al obrero en cuanto animal de trabajo, como una bestia
reducida a las más estrictas necesidades vitales.
Para
cultivarse espiritualmente con mayor libertad, un pueblo necesita estar exento de la
esclavitud de sus propias necesidades corporales, no ser ya siervo del cuerpo. Se
necesita, pues, que ante todo le quede tiempo para poder crear y gozar
espiritualmente. Los progresos en el organismo del trabajo ganan este tiempo. ¿No ejecuta
frecuentemente, en la actualidad, un solo obrero en las fábricas algodoneras, gracias a
nuevas fuerzas motrices y a máquinas perfeccionadas, el trabajo de 250 a 350 de los
antiguos obreros? Consecuencias semejantes en todas las ramas de la producción, pues
energías naturales exteriores son obligadas, cada vez en mayor medida, a participar (X)
en el trabajo humano. Si antes para cubrir una determinada cantidad de necesidades
materiales se requería gasto de tiempo y energía humana que más tarde se ha reducido a
la mitad, se ha ampliado en esta misma medida el ámbito para la creación y el goce
espiritual sin ningún atentado contra el bienestar material. Pero incluso sobre el
reparto del botín que ganamos al viejo Cronos en su propio terreno decide aún el juego
de dados del azar ciego e injusto. Se ha calculado en Francia que, dado el actual nivel de
producción, una jornada media de trabajo de cinco horas para todos los capaces de
trabajar bastaría a la satisfacción de todos los intereses materiales de la sociedad...
Sin tomar en cuenta los ahorros gracias a la perfección de la maquinaria, la duración
del trabajo esclavo en las fábricas no ha hecho sino aumentar para una numerosa
población (ibid., 67-68).
El
tránsito del trabajo manual complejo al sistema fabril presupone una descomposición del
mismo en operaciones simples. Pero por ahora sólo una parte de las operaciones
uniformemente repetidas le corresponde de momento a las máquinas, otra parte le
corresponde a los hombres. De acuerdo con la naturaleza de las cosas, y de acuerdo con
experiencias concordantes, una tal actividad continuamente uniforme es tan perjudicial
para el espíritu como pata el cuerpo; y así, pues, en esta unión del maquinismo con la
simple división del trabajo entre más numerosas manos humanas tenían también que
hacerse patentes todos los inconvenientes de esta última. Estos inconvenientes se
muestran, entre otras cosas, en la mayor mortalidad de los obreros (XI) fabriles... Esta
gran diferencia de que los hombres trabajen mediante máquinas o como
máquinas no ha sido... observada (ibid., Pág. 69).
Para
el futuro de la vida de los pueblos, las fuerzas naturales brutas que obran en las
máquinas serán, sin embargo, nuestros siervos y esclavos (ibid., pág.. 74).
En
las hilaturas inglesas están actualmente ocupados sólo 158.818 hombres y 196.818
mujeres. Por cada 100 obreros hay 103 obreras en las fábricas de algodón del condado de
Lancaster y hasta 209 en Escocia. En las fábricas inglesas de lino, en Leeds, se contaban
147 obreras por cada 100 obreros; en Druden y en la costa oriental de Escocia, hasta 280.
En las fábricas inglesas de seda... muchas obreras; en las fábricas de lana, que exigen
mayor fuerza de trabajo más hombres... También las fábricas de algodón norteamericanas
ocupaban, en 1833, junto a 18.593 hombres, no menos de 38.927 mujeres. Mediante las
transformaciones en el organismo del trabajo le ha correspondido, pues, al sexo femenino,
un círculo más amplio de actividad lucrativa..., las mujeres una posición económica
más independiente.,,, los dos sexos más aproximados en sus relaciones sociales (ibid.,
págs. 71-72).
«En
las hilaturas inglesas movidas por vapor y agua trabajaban en el año 1835 20.558 niños
entre ocho y doce años, 35.867 entre doce y trece años y, por último, 108.208 entre
trece y dieciocho años... Ciertamente que los ulteriores progresos de la mecánica, al
arrancar de manos de los hombres, cada vez en mayor medida, todas las ocupaciones
uniformes, actúan en el sentido de una paulatina eliminación (XII) de la anomalía.
Sólo que en el camino de este mismo rápido progreso está precisamente el detalle de que
los capitalistas pueden apropiarse, del modo más simple y barato, de las fuerzas de las
clases inferiores, hasta en la infancia, para usar y abusar de ellas en lugar los
medios auxiliares de la mecánica» (Schulz: Bew. d. Podukt., págs. 70-71).
«Llamamiento
de lord Broughan a los obreros: ¡Haceos capitalistas! ...esto... lo malo es que millones
sólo logran ganar su modesto vivir gracias a un fatigoso trabajo que los arruina
corporalmente y los deforma mental y moralmente; que incluso tienen que considerar como
una suerte la desgracia de haber encontrado tal trabajo» (ibid., pág.. 60).
«Pour
vivre donc, les non-propiétaires sont obligés de se mettre, directement ou
indirectement, au service des propiétaires, c'est-à-dire sous leur dépendance.»
Pecqueur: Théorie nouvelle d'économie sociale, etc. (página 409).
Domestiques-gages,
ouvviers-salaires; employés-traitéments ou émoluments (ibid., págs.. 409-410).
«Louer
son travail», «prêter son travail à l'intérêt», «travailler à la place
d'autrui».
«Louer
la matière du travail», «prêter la matière du travail à l'intéret», «faire
travailler autrui à sa place» (ibid., págs. 411-12).
(XIII)
«Cette constitution économique condamne les hommes à des metiers tellement abjects,
à une dégradation tellement désolante el amère, que la sauvagerie apparaît, en
comparaison, comme une royale condition» (l. c., pág.., 417-18). «La
prostitution de la classe non propriétaire sous toutes les formes» (págs. 421
Y sig). Traperos.
Ch.
Loudon, en su trabajo Solution du problème de la population, etc., París 1842,
dice que en Inglaterra existen entre 60.000 y 70.000 prostitutas. El número de femmes
d'une vertu douteuse es del mismo (Página 228).
«La
moyenne vie de ces infortunées créatures sur le pavé, après qu'elles sont entrées
dans la carrière du vice, est d'environ ,six ou sept ans. De manière ,que pour mantenir
le nombre de 60 a 70.000 prostituées,il doit y avoir, dalns les 3 royaumes, au moins 8 à
9.000 femmes qui se vouent à cet infame métier chaque anné, ou environ vingt-quatre
nouvelles victimes par jour, ce qui est la moyenne d'une par heure; et conséquemment, si
la même proportion a lieu sur toute la surface du globe, il doit y avoir constament un
million et demi de ces malheureuses»
(ibid., pág.. 229).
La
population des misérables croît avec leur misère, el c'est à la limite extrême du
déneument que les êtres humains se pressent en plus grand nombre pour se disputer le
droit de souffrir... En 1821, la population de l'Irlande était de 6.801.827. En 1831,
elle s'était élevée à 7.764.010; c'est 14% d'augmentation en dix ans. Dans le
Leinster, province où il y a le plus d'aisance, la population n'a augmenté que de 8%,
tandis que, dans le Connaught, province la plus misérable, l'augmentation s'est élevée
à 21%. (Extrait des Enquêtes publiées en Angleterre sur l'Irlande. Vienne, 1840)
Buret, De la misère, etc., t. I, pág.. [36]-37.
La
Economía Política considera el trabajo abstractamente, como una cosa; le travail est
une marchandise; si el precio es alto, es que la mercancía es muy demanda; si es
bajo, es que es muy ofrecida; comme marchandise, le travail doit de plus en plus
baisser de prix; en parte la competencia entre capitalista y obrero, en parte la
competencia entre obreros, obligan a ello. «La
popullation ouvrière, marchande de travail, est forcément réduite à la plus faible
part du produit... la theorie du travail marchandise est-elle aultre chose qu'une theorie
de servitude déguisée?» (1. c., pág.. 43).
«Pourquoi
donc n'avoir vu dans le travail qu'une valeur d'échange?»
(ibid.,
pág.. 44). Los grandes talleres compran :preferentemente ,el trabajo de mujeres y niños
porque éste cuesta menos que el de los hombres (1. c.). «Le
travailleur n'est point vis à vis de celui qui t'emploie dans la position d'un libre
vendeur... le capitalisme est toujours libre d'employer le travail, el l'ouvrier est
toujours forcé de le vendre. La vateur du travail est complétement détruite, s'il n'est
pas vendu à chaque instant. Le travail n'est susceptibte, ni d'accumulation ni même
d'épargne, à la différence des véritabtes [marchandises]. (XIV) Le travail c´est la
vie, et si la vie ne s'échange pas chaque jour contre les aliments, elle souffre el
périt bientôt. Pour que la vie de l'homme soit une marchandise, il faut donc admettre
l'esclavage»
(páginas 49, 50, 1. c.). Si
el trabajo es, pues, una mercancía, es una mercancía con las más tristes propiedades.
Pero no lo es, incluso de acuerdo a los fundamentos de la Economía Política, porque no
(es) le libre resultat d'un libre marché. El régimen económico actual baja, a la
vez el precio y la remuneración del trabajo, il perfectionne I'ouvrier et dégrade
l'homme (1. c., págs. 52-3).
L'industrie est devenue une guerre et le commerce un jeu (1. c., pág.. 62).
Les
machines à travailler le coton (en Inglaterra) representan ellas solas 84.000.000 de
artesanos. La industria se encontró hasta el presente en la situación de la guerra de
conquista «elle a prodigé la vie des hommes qui composaient son armée avec autant
d'indifference que les grands conquérants. Son but était la possesion de la richesse, el
non le bonheur des hommes» (Buret, 1. c., pág.. 20). «Ces intérêts (sc.
économiques), librement abandonés à eux-memmes... doivent nécessairement entrer en
conficte; ils n'ont d'autre arbitre que la guerre el les décisions de la guerre donnent
aux una la défaite el la mort, pour donner aux autres la victoire... c´est dans le
conflit des forces opposées que la science cherche l'ordre et l'équlibre: la guerre
perpétuelle est selon elle le seule moyen d'obtenir la paix, cette guerre s'appelle la
concurrence» (l. c., pág.. 23).
"Para
ser conducida con éxito, la guerra industrial exige a ejércitos numerosos que pueda
acumular en un mismo punto y diezmar generosamente. Y ni por devoción ni por obligación
soportan los soldados de este ejército las fatigas que se les impone; sólo por escapar a
la dura necesidad del hambre. No tienen ni fidelidad ni gratitud para con sus jefes;
éstos no están unidos con sus subordinados por ningún sentimiento de benevolencia; no
los conocen como hombres, sino instrumentos de la producción que deben aportar lo más
posible y costar lo menos posible. Estas masas de obreros, cada vez más apremiadas, ni
siquiera tienen la tranquilidad de estar siempre empleadas; la industria que las ha
convocado sólo las hace vivir cuando las necesita, y tan pronto como puede pasarse sin
ellas las abandona sin el menor remordimiento; y los trabajadores... están obligados a
ofrecer su persona y su fuerza por el precio que quiera concedérseles. Cuanto más largo,
penoso y desagradable sea el trabajo que se les asigna tanto menos se les paga; se ven
algunos que con un trabajo de dieciséis horas diarias de continua fatiga apenas pueden
comprar el derecho de no morir." (l. c., págs. 66,
69).
(XV)
«Nous avons la conviction... partagée... par les commissaires chargés de l'enquête
sur la condition des tisserands à la main, que les grandes villes industrielles
perdraient, en peu de temps, leur population de travailleurs, si elles ne recevaient, à
chaque instant, des campagnes voisine des recrues continuelles d'hommes sains, de sang
nouveau» (l. c., pág.. 362).
BENEFICIO DEL
CAPITAL
1. EL CAPITAL
||I,
2| ¿En qué se apoya el capital, es decir, la propiedad privada sobre los productos del
trabajo ajeno? «Cuando el capital mismo no es simplemente robo o malversación, requiere
aún el concurso de la legislación para santificar la herencia» (Say, t. I, pág.. 136).
¿Cómo
se llega a ser propietario de fondos productivos? ¿Cómo se llega a ser propietario de
los productos creados mediante esos fondos?
Mediante
el derecho positivo (Say, t. II, Pág. 4).
¿Qué
se adquiere con el capital, con la herencia de un gran patrimonio, por ejemplo? Uno que,
por ejemplo, hereda un gran patrimonio, no adquiere en verdad con ello inmediatamente
poder político. La clase de poder que esta posesión le transfiere inmediata y
directamente es el poder de comprar; éste es un poder de mando sobre todo el
trabajo de otros o sobre todo producto de este trabajo que se encuentre de momento en el
mercado (Smith, t. I, pág.. 61).
El
Capital es, pues, el poder de Gobierno sobre el trabajo y sus productos. El
capitalista posee este poder no merced a sus propiedades personales o humanas, sino en
tanto en cuanto es propietario del capital. El poder adquisitivo de su
capital, que nada puede contradecir, es su poder.
Veremos
más tarde, primero, cómo el capitalista por medio del capital ejerce su poder de
gobierno sobre el trabajo, y después el poder de gobierno del capital sobre el
capitalista mismo.
¿Qué
es el capital?
«Une
certaine quantité de travail amassé et mis en réserve» (Smith, t. II,
pág.. 312).
El
capital es trabajo acumulado. 2) Fondo, stock, es toda acumulación de
productos de la tierra y de productos manufacturados. El stock sólo se llama
capital cuando reporta a su propietario una renta o ganancia (Smith, t, II pág.. 191).
2. EL BENEFICIO DEL
CAPITAL
El
beneficio o ganancia del capital es totalmente distinto del salario. Esta diversidad se
muestra de un doble modo: en primer lugar, las ganancias del capital se regulan totalmente
de acuerdo con el valor del capital empleado, aunque, el trabajo de dirección e
inspección puede ser mismo para diferentes capitales. A esto se añade que todo este
trabajo está confiado a un empleado principal, el salario del cual no guarda ninguna
relación con el capital (II) cuyo funcionamiento vigila. Aunque así el trabajo del
propietario se reduce casi a nada, reclama, sin embargo, beneficios en relación a su
capital (Smith,: t. I, 97-99). ¿Por qué reclama el capitalista esta proporción entre
ganancia y capital?
No
tendría ningún interés en emplear a los obreros si no esperase de la venta de su
obra más de lo necesario para reponer los fondos adelantados como salario, y no tendría
ningún interés en emplear más bien una suma grande que una pequeña si su
beneficio no estuviese en relación con la Cuantía del capital empleado (t. I, páginas
96-97).
El
capitalista extrae, pues, una ganancia, primero de los salarios y después de las materias
primas adelantadas. ¿Qué relación tiene la ganancia con el capital?
Si
ya es difícil determinar la tasa media habitual de los salarios en un tiempo y lugar
determinados, aún más difícil es determinar la ganancia de los capitales. Cambios en el
precio de las mercancías con que el capital opera, buena o mala fortuna de sus rivales y
clientes,
traen
un cambio de los beneficios de día en día y casi de hora en hora (Smith, t, I, págs.
179-80). Ahora bien, aunque sea imposible determinar con precisión las ganancias del
capital, podemos representárnoslas de acuerdo con el interés del dinero. Si se
pueden hacer muchas ganancias con el dinero, se da mucho por la posibilidad de servirse de
él, si por medio de él se gana poco, se da poco (Smith, t. I, pág.. 181). La
proporción que ha de guardar la tasa habitual de interés con la tasa de ganancia neta
varía necesariamente con la elevación o descenso
de
la ganancia. En la Gran Bretaña se calcula como el doble del interés lo que los
comerciantes llaman un profit honnête, modéré, raisonable, expresiones que no
quieren decir otra cosa que un beneficio habitual y acostumbrado (Smith, t. 4,
pág.. 198).
¿Cuál
es la tasa más baja de la ganancia? ¿Cuál la más alta?
La
tasa más baja de la ganancia habitual del capital debe ser siempre algo más de lo
que es necesario para compensar las eventuales perdidas a que está sujeto todo empleo del
capital. Este exceso es propiamente la ganancia o le bénéfice net. Lo mismo
sucede con la tasa más baja del interés (Smith, t. I, pág.. 196).
(III)
La tasa más elevada a que pueden ascender las ganancias habituales es aquella que,
en la mayor parte de las mercancías, absorbe la totalidad de las rentas de la tierra
y reduce el salario de las mercancías suministradas al precio mínimo, a la simple
subsistencia del
obrero
mientras dura el trabajo. De una u otra forma, el obrero ha de ser siempre alimentado en
tanto que es empleado en una tarea; las rentas de la tierra pueden ser totalmente
suprimidas. Ejemplo, las gentes de la Compañía de las Indias de Bengala (Smith, t. I,
pág..198).
Aparte
de todas las ventajas de una competencia reducida, que el capitalista puede explotar
en este caso, le es posible también mantener, de modo honesto, el precio de mercado por
encima del precio natural.
En
primer lugar, mediante el secreto comercial, cuando el mercado está muy alejado de
sus proveedores, es decir, manteniendo en secreto el cambio de precio, su alza por encima
del nivel natural. Este secreto logra que otros capitalistas no arrojen igualmente su
capital en
esta
rama.
En
segundo lugar, mediante el secreto de fábrica, cuando el capitalista
con menores costos de producción suministra sus mercancías a un precio igual o incluso
menor que el de sus competidores, pero con mayor beneficio. (¿No es inmoral el engaño
mediante el secreto? Comercio bursátil.) Además, cuando la producción está ligada a
una determinada localidad (por ej., vinos de calidad) y la demanda efectiva no
puede ser nunca satisfecha. Finalmente, mediante el monopolio de individuos
y compañías. El precio de monopolio es tan alto como sea posible (Smith t. I, págs.
120-124).
Otras
causas ocasionales que pueden elevar la ganancia del capital la adquisición de nuevos
territorios o de nuevas ramas comerciales multiplica frecuentemente, incluso en un país
rico, las ganancias del capital, pues sustraen a las antiguas ramas comerciales una parte
de los capitales, aminoran la competencia, abastecen el mercado con menos mercancías,
cuyo precio entonces se eleva; los comerciantes de estos ramos pueden entonces pagar el
dinero prestado con un interés mayor (Smith, t. I, página 190).
Cuanto
más elaborada, más manufacturada es una mercancía, tanto más elevada es la parte del
precio que se resuelve en salario y beneficio en proporción a aquella otra parte que se
resuelve en renta. En el progreso que el trabajo manual hace sobre esta otra mercancía,
no sólo se multiplica el número de las ganancias, sino que cada ganancia es mayor que
las precedentes porque el capital de que brota (IV) es necesariamente mayor. El capital
que hace trabajar el tejedor es siempre y necesariamente mayor que el que utiliza el
hilandero, porque no sólo repone este capital con sus beneficios, sino que además paga
los salarios de los tejedores y es necesario que las ganancias se hallen siempre en una
cierta proporción con el capital (t. I, págs. 102-3).
El
progreso que el trabajo humano hace sobre el producto natural, transformándolo en el
producto natural elaborado, no multiplica por tanto el salario, sino, en parte, el número
de capitales gananciosos, y en parte la proporción de cada capital nuevo sobre los
precedentes.
Sobre
la ganancia que el capitalista extrae de la división del trabajo se hablará más tarde.
El
gana doblemente, primero con la división del trabajo, en segundo lugar, y en general, con
la modificación que el trabajo humano hace del producto natural. Cuanto mayor es la
participación humana en una mercancía, tanto mayor la ganancia del capital muerto.
En
una y la misma sociedad está la tasa media de los beneficios del capital mucho más cerca
del mismo nivel y que el salario de los diferentes tipos de trabajo (t. I, pagina 228). En
los diversos empleos del capital, la tasa de la ganancia varía de acuerdo con la mayor o
menor certidumbre del reembolso del capital. «La tasa de la ganancia se eleva con el
riesgo, aunque no en proporción exacta» (ibid., págs. 226-227),
Se
comprende fácilmente que las ganancias del capital se elevan también mediante la
facilidad o el menor costo de los medios de circulación (por ejemplo, papel dinero).
3. LA DOMINACIÓN
DEL CAPITAL SOBRE EL TRABAJO Y LOS MOTIVOS DEL CAPITALISTA
El
único motivo que determina al poseedor de un capital a utilizarlo, de preferencia en la
agricultura, o en la manufactura o en un ramo específico del comercio al por mayor o por
menor es la consideración de su propio beneficio. Jamás se le viene a las mientes
calcular cuánto trabajo productivo pone en actividad cada uno de estos modos de
empleo (V) qué valor añadirá al producto anual de las tierras y del trabajo de su país
(Smith, t. II, páginas 400-401).
Para
el capitalista, el empleo más útil del capital es aquel que, con la misma seguridad, le
rinde mayor ganancia. Este empleo no es siempre el más útil para la sociedad; el mas
útil es aquel que se emplea para sacar provecho de las fuerzas productivas de la
naturaleza (Say, t. II, pág.. 131).
Las
operaciones más importantes del trabajo están reguladas y dirigidas de acuerdo con los
planes y las especulaciones de aquellos que emplean los capitales; y la finalidad que
éstos se proponen en todos los planes y operaciones es el beneficio. Así, pues,
la tasa del beneficio no sube, como las rentas de la tierra y los salarios, con el
bienestar de la sociedad, ni desciende como aquellos, con la baja de éste. Por el
contrario, esta tasa es naturalmente, baja en los países ricos y alta en los países
pobres; y nunca es tan alta como en aquellos países que con la mayor celeridad se
precipitan a su ruina. El interés de esta clase no está pues ligado, como el de las
otras dos, con el interés general de la sociedad... El interés especial de quienes
ejercen un determinado ramo del comercio o de la industria es siempre, en cierto sentido,
distinto del interés del público y con frecuencia abiertamente opuesto a él. El
interés del comerciante es siempre agrandar el mercado y limitar la competencia de los
vendedores... Es esta una clase de gente cuyos intereses nunca serán exactamente los
mismos que los de la sociedad, que en general tiene interés en engañar y estafar al
público (Smith, t. II, págs. 163-1615).
4. LA ACUMULACIÓN
DE CAPITALES Y LA COMPETENCIA ENTRE CAPITALISTAS
El
aumento de capitales,
que eleva los salarios, tiende a disminuir la ganancia de los capitalistas en virtud de la
competencia entre ellos (Smith, op. cit., t. I, pág. 78 [Garnier, t. I, p. 179].)
Si,
por ejemplo, el capital necesario al comercio de víveres de una ciudad se encuentra
dividido entre dos tenderos distintos, la competencia hará que cada uno de ellos venda
más barato que si el capital se encontrase en manos de uno solo; y si está dividido
entre 20 (VI), la competencia será tanto mas activa y tanto menor será la posibilidad de
que puedan entenderse entre sí para elevar el precio de sus mercancías (Smith, op. cit.,
t. I, pág. 322 [Garnier, t. II, páginas 372-3].)
Como
ya sabemos que los precios de monopolio son tan altos como sea posible y que el interés
de los capitalistas, incluso desde el punto de vista de la Economía Política común, se
opone abiertamente al de la sociedad, puesto que el alza en los beneficios del capital
obra como el interés compuesto sobre el precio de las mercancías (Smith, t. I, págs.
199-201), la única protección frente a los capitalistas es la competencia, la
cual, según la Economía Política, obra tan benéficamente sobre la elevación del
salario como sobre el abaratamiento de las mercancías en favor del público consumidor.
La
competencia, sin embargo, sólo es posible mediante la multiplicación de capitales, y
esto en muchas manos. El surgimiento de muchos capitalistas sólo es posible mediante una
acumulación multilateral, pues el capital, en general, sólo mediante la acumulación
surge, y la acumulación multilateral se transforma necesariamente en acumulación
unilateral. La acumulación, que bajo el dominio de la propiedad privada es concentración
del capital en pocas manos, es una consecuencia necesaria cuando se deja a los
capitales seguir su curso natural, y mediante la competencia no hace sino abrirse libre
camino esta determinación natural del capital.
Hemos
oído que la ganancia del capital está en proporción a su magnitud. Por de pronto,
prescindiendo de la competencia intencionada, un gran capital se acumula, pues;
proporcionalmente a su magnitud, más rápidamente que uno pequeño.
||VIII,
2| Según esto, y prescindiendo totalmente de la competencia, la acumulación del gran
capital es mucho mas rápida que la del pequeño;. Pero sigamos adelante este proceso. Con
la multiplicación de los capitales disminuyen, por obra de la competencia, los beneficios
del capital. Luego padece, en primer lugar, el pequeño capitalista.
El
aumento de los capitales y un gran número de capitales presuponen, además, una
progresiva riqueza del país.
«En
un país que haya llegado a un alto grado de riqueza, la tasa habitual del beneficio es
tan pequeña que el interés que este beneficio permite pagar es tan bajo que sólo los
sumamente ricos pueden vivir de los réditos del dinero. Todas las personas de patrimonios
medianos tienen, pues, que emplear su capital, emprender algún negocio o interesarse en
algún ramo del comercio» (Smith, op. cit, t. I, pág. 86 [Garnier, tomo I, págs.
196-197].)
Esta
situación es la preferida de la Economía Política.
«La
relación existente entre la suma de capitales y las rentas determina por todas partes la
proporción en que se encuentran la industria y la ociosidad; donde prevalecen los
capitales, reina la industria; donde las rentas, la ociosidad» (Smith, op. cit, t. I,
pág.301 [Garnier, tomo II, págs. 325].)
¿Qué
hay del empleo de los capitales en esta incrementada competencia?
«Con
el aumento de los capitales debe hacerse cada vez mayor la cantidad de los fonds à
prêter à interêt; con el incremento de estos fondos se hace menor el interés, 1)
porque baja el precio de mercado de todas las cosas cuanto más aumenta su cantidad, 2) porque
con el aumento de capitales en un país se hace más difícil colocar un nuevo capital
de manera ventajosa. Se suscita una competencia entre los distintos capitalistas, al hacer
el poseedor de un capital todos los esfuerzos posibles para apoderarse del negocio que
encuentra ocupado por otro capital. Pero la mayor parte de las veces no puede esperar
arrojar de su puesto a este otro capital si no es mediante el ofrecimiento de mejores
condiciones. No sólo ha de vender la cosa a mejor precio, sino que también con
frecuencia ha de comprar más caro para tener ocasión de vender. Cuantos más fondos se
destinan a mantenimiento del trabajo productivo, tanto mayor es la demanda de trabajo: los
obreros encuentran fácilmente ocupación (IX), pero los capitalistas tienen dificultades
para encontrar obreros. La competencia entre capitalistas hace subir los salarios y bajar
los beneficios» (Smith, op. cit, t. I, pág. 316 [Garnier, tomo II, págs. 358-59].).
El
pequeño capitalista tiene, pues, la opción: 1) o de comerse su capital, puesto que él
no puede vivir ya de réditos, y, por tanto, dejar de ser capitalista; o 2) emprender é1
mismo un negocio, vender sus mercancías más baratas y comprar más caro que los
capitalistas más ricos, pagar salarios elevados y, por tanto, como quiera que el precio
de mercado, por obra de la fuerte competencia que presuponemos, está ya muy bajo,
arruinarse. Si, por el contrario, el gran capitalista quiere desplazar al pequeño, tiene
frente a él todas las ventajas que el capitalista en cuanto capitalista tiene frente al
obrero. La mayor cantidad de su capital le compensa de los menores beneficios e incluso
puede soportar perdidas momentáneas hasta que el pequeño capitalista se arruina, y él
se ve libre de esta competencia. Así acumula los beneficios del pequeño capitalista.
Además,
el gran capitalista compra siempre más barato que el pequeño porque compra en masa. Por
tanto puede sin daño vender mas barato.
Así,
si bien la baja del interés transforma a los capitalistas medianos de rentistas en
hombres de negocios, produce, por el contrario, el aumento de los capitales de negocio y
el menor beneficio que es su consecuencia, la baja del interés.
«Al
disminuir el beneficio que puede extraerse del uso de un capital, disminuye necesariamente
el precio que por su utilización puede pagarse» (Adam Smith, loc. cit, t. I, pág. 316
[Garnier, tomo II, pág. 359].)
«Cuanto
más se acrecienta la riqueza, la industria, la población, tanto más disminuye el
interés del dinero, es decir, el beneficio de los capitalistas; pero los capitales mismos
no dejan de aumentar y aún más rápidamente que antes, pese a la disminución de los
beneficios... Un gran capital, aunque sea con pequeños beneficios, se acrecienta en
general mucho más rápidamente que un capital pequeño con grandes beneficios. El dinero
hace dinero, dice el refrán» (op. cit, t. I, pág. 83 [Garnier, tomo I, pág. 189].)
Por
tanto, si a este gran capital se enfrentan únicamente pequeños capitales con pequeños
beneficios, como sucede en la situación, que presuponemos, de fuerte competencia, los
aplasta por completo.
La
consecuencia necesaria de esta competencia es entonces el empeoramiento general de las
mercancías, la falsificación, la adulteración, el envenenamiento general, tal como se
muestra en las grandes ciudades.
||X,
2| Una circunstancia importante en la competencia entre capitales grandes y pequeños es,
además, la relación entre capital fixe y capital circulant.
Capital
circulant es
un capital empleado en la producción de víveres, en la manufactura, o el comercio. El
capital así empleado no rinde a su dueño beneficio ni ingreso mientras permanezca en su
poder o se mantenga en la misma forma. Continuamente, sale de sus manos en una forma para
retornar en otra, y sólo mediante esta transformación o circulación y cambio continuo
rinde beneficios. Capital fixe es el capital empleado en la mejora de la tierra, en
la adquisición de máquinas, instrumentos, útiles de trabajo y cosas semejantes (Adam
Smith, op. cit, t. I, pág. 243-44 [Garnier, tomo II, pág. 197-98].).
Todo
ahorro en el mantenimiento del capital fijo es un incremento de la ganancia neta. El
capital total de cualquier empresario de trabajo se divide necesariamente en capital
fijo y capital circulante. Dada la igualdad de la suma, será una parte tanto
menor cuanto mayor sea la otra. El capital circulante le proporciona la materia y los
salarios del trabajo y pone en movimiento la industria. Así, toda economía en el capital
fijo que no disminuya la fuerza productiva del trabajo aumenta el fondo (Adam Smith, op.
cit, t. I, pág. 257 [Garnier, tomo II, pág. 226].)
Se
ve, desde el comienzo, que la relación entre capital fijo y capital circulante
es mucho más favorable para el gran capitalista que para el pequeño. Un banquero muy
fuerte sólo necesita una insignificante cantidad de capital fijo más que uno muy
pequeño. Su capital fijo se reduce a su oficina. Los instrumentos de un gran
terrateniente no aumentan en proporción a la magnitud de su latifundio. Igualmente, el
crédito que posee el gran capitalista y no el pequeño es un ahorro tanto mayor en el
capital fijo, es decir, en el dinero que habrá de tener siempre dispuesto. Se comprende,
por último, que allí en donde el trabajo industrial ha alcanzado un alto grado de
desarrollo y casi todo el trabajo a mano se ha convertido en trabajo fabril, todo su
capital no le alcanza al pequeño capitalista para poseer ni siquiera el capital fijo
necesario. On
sait que les travaux de la grande culture n'occupent habituellement qu'un petit nombre de
bras.
En
general, en la acumulación de grandes capitales se produce también una concentración y
una simplificación relativas del capital fijo en relación a los capitalistas más
pequeños. El gran capitalista introduce para sí una especie (XI) de organización de los
instrumentos de trabajo.
«Igualmente,
en el terreno de la industria, es ya cada manufactura y cada fábrica una amplia unión de
un gran patrimonio material con numerosas y diversas capacidades intelectuales y
habilidades técnicas para un fin común de producción... Allí en donde la
legislación mantiene la propiedad de la tierra en grandes masas, el exceso de una
población creciente se precipita hacia las industrias y, como sucede en la Gran Bretaña,
es así en el campo de la industria en donde se amontona principalmente la gran masa de
proletarios. Allí, sin embargo, en donde la legislación permite la progresiva división
del suelo, se acrecienta, como en Francia, el número de propietarios pequeños y
endeudados que mediante el progresivo fraccionamiento de la tierra son arrojados a la
clase de los menesterosos y descontentos. Si, por último, se lleva este fraccionamiento a
un alto grado, la gran propiedad devora nuevamente a la pequeña, así como la gran
industria aniquila a la pequeña; y como a partir de este momento se constituyen
nuevamente grandes fincas, la masa de los trabajadores desposeídos, que ya no es
necesaria para el cultivo del suelo, es de nuevo impulsada hacia la industria» (Schulz, Bewegung
del Produktion, páginas 58, 59).
«La
calidad de mercancías de un mismo tipo cambia mediante las transformaciones en el modo de
producción y especialmente mediante el empleo de maquinaria. Sólo mediante la exclusión
de la fuerza humana se ha hecho posible hilar, a partir de una libra de algodón, que vale
3 chelines y 8 peniques, 350 madejas con una longitud total de 167 millas inglesas (36
millas alemanas) y de un valor comercial de 25 guineas» (op cit., pág. 62).
«Por
término medio, los precios de los artículos de algodón han disminuido en Inglaterra
desde hace 45 años en 11/12 y, según los cálculos de Marshall, la cantidad de producto
fabricado por la que todavía en el año 1814 se pagaban 16 chelines es suministrada hoy
por un chelín y 10 peniques. La mayor baratura de la producción industrial aumentó el
consumo tanto en el interior como en el mercado exterior; ya esto está conectado el hecho
de que, tras la introducción de las máquinas, el número de obreros en el algodón no
sólo no ha disminuido en Gran Bretaña, sino que ha subido de 40.000 a 1'5 millones.
||XII, 2| Por lo que toca a la ganancia de los empresarios y obreros industriales, a causa
de la creciente competencia entre los fabricantes sus ganancias han disminuido
forzosamente en relación con la cantidad de mercancías suministradas. De los años 1820
a 1833, la ganancia bruta de los fabricantes de Manchester por una pieza de percal bajó
de 4 chelines con 1 1/3 peniques a 1 chelín 9 peniques. Pero para compensar esta
pérdida, el conjunto de la producción ha sido ampliado. La consecuencia de esto es que
en algunas ramas de la industria aparece en parte una superproducción; que surgen
frecuentes quiebras, con lo cual se produce dentro de la clase de los capitalistas y
dueños de trabajo un inquietante bambolearse y agitarse de la propiedad, que arroja al
proletariado a una parte de los económicamente arruinados; que con frecuencia y
súbitamente se hacen necesarias una detención o una disminución del trabajo, cuyos
inconvenientes siempre percibe amargamente la clase de los obreros asalariados» (ibid.,
pág.. 63).
«Louer
son travail, c'est commencer son esclavage; louer la matière du travail, c'est constituer
sa liberté... Le travail c'est l'homme, la matière au contrare n'est rien de l'homme»
(Pecqueur, Théorie sociale, etc., páginas 411-412).
«L'élément
matière, qui ne peut rien pour la crêation de la richesse sans l'autre élément
travail, reçoit la vertu magique d'etre fécond pour eux comme s'ils y avaient mis de
leur propre fait, cet indispensable élément» (ibid., 1. c.). «En supposant que le
travail quotidien d'un ouvrier lui apporte en moyenne 400 fr. par an, el que cette somme
suffise à chaque adulte pour vivre d'une vie grossière, tout propriétaire de 2.000 fr.
de rente, de fermage, de loyer, etc., force donc indirectement 5 hommes à travailler pour
lui 100.000 fr. de rente représente le travail de 250 hommes, et 1.000.000 le travail de
2.500 individus»
(luego, 300 millones [Louis Philippe] el trabajo de 750.000 obreros) (ibid., págs.
412-413).
«Les
propriétaires ont reçu de la loi des hommes le droit d'user et d'abuser, c'est-à-dire
de faire ce qu'ils veulent de la matière de tout travail... ils sont nullement oblgés
par la loi de fournir à propos et toujours du travail aux non proprietaires, ni de leur
payer un salaire toujours suffisant, etc.
(pág. 413, 1. c.). Liberté entiètre quant à la nature, à la quantité, à la
qualité, à l'opportunité de la production à l'usage, à la consommation des richesses,
à la disposition de la matière de tout travail. Chacun est libre d'échanger sa chose
comme il entend, sans autre considération que son propre intéret d'individu» (p.
413, 1. c.).
«La
concurrence n'exprime pas autre chose que l'échange facultatif, qui lui-même est la
conséquence prochaine et logique du droit individuel d'user el d'abuser des instruments
de toute production, Ces trois moments économiques, lesquels n'en font qu'un: le droit
d'user et d'abuser, la liberté d'échanges et la concurrence arbitraire, entraînent les
conséquences suivantes: chacun produit ce qu'il veut, comme il veut, quand il veut, où
il veut, produit bien ou produit mal, trop ou pas assez, trop tôt ou trop tard, trop cher
ou à trop bas prix; chacun ignore s'il vendra, quand il vendra, comment il vendra, où il
vendra, à qui il vendra: et il en est de même quant aux achats. (XIII, 2) Le producteur
ignore les besoins et les ressources, les demandes et les offres. Il vend quand il veut,
quand il peut, où il veut, à qui il veut, au prix qu'il veut. Et il achète de même. En
tout cela, Il est toujour le jouet du hasard, l'esclave de la loi du plus fort, du moins
pressé du pluls riche... Tandis que sur un point il y a disette d'une richesse, sur
l'autre il y a trop plein et gaspillage. Tandis qu'un producteur vend beaucoup ou très
cher, et bénéfice énorme, l'autre ne vend rien ou vend à perte... L'offre ignore la
demande, et la demande ignore l'offre. Vous produisez sur la foi d'un goût d'une mode qui
se manifeste dans te public des consommateurs; mais déjà, lorsque vous êtes prêts à
livrer votre marchandise, la fantaisie a passé et s'est fixée sur un autre genre de
produit... conséquences infaillibles, la permanence et l'universalisation des
banqueroutes; les mécomptes, les ruines subites el les fortunes improvisées; les crises
commerciales, les chômages, les encombrements ou les disettes périodiques;
l'instabilité et I'avilissement des salaires et des profits; la déperdition ou le
gaspillage énorme de richesses, de temps et d'efforts dans l'arène d'une concurrence
acharnée» (páginas 414-416, 1. c.).
Ricardo en
su libro (renta de la tierra): Las naciones son sólo talleres de producción, el hombre
es una máquina de consumir y producir la vida humana un capital; las leyes económicas
rigen ciegamente al mundo. Para Ricardo los hombres no son nada, el producto todo. En
el título 26 de la traducción francesa se dice (65): «Il serait tout-à-fait
indifférent pour une persone qui sur un capital de 20.000£ ferait 2.900£ par an de
profit, que son capital employât cent hommes ou mille... L'intéret reel d'une nation
n'est-il pas le même? Pourvu que son revenu net et réel, et que ser fermages et profits
soient les mêmes, qu'importe qu'elle se compose de dix ou de douze millions
d'individus?» (t.
II, págs. 194-195).
«En vérité, dit M. de Sismondi (t. II, pág.. 331), il ne reste plus qu'à
désirer que le roi, demeuré tout seul dans l'île, en tournant constamment une
manivelle, fasse accomplir, par des automates, tout l'ouvrage de l'Angleterre»
«Le
maître qui achète le travail de l'ouvrier, à un prix si bas qu'il suffit à peine aux
besoins les plus pressants, n'est responsable ni de l'insuffisance des salaires, ni de la
trop longue durée du travail: il subit lui-même la loi qu'il impose... ce n'est pas tant
des hommes que vient la misère, que de la puissance des choses» (Buret, 1. c., 82).
«En
Inglaterra hay muchos lugares cuyos habitantes carecen de capitales parca un cultivo
completo de la tierra. La lana de las provincias orientales, de Escocia, en gran parte, ha
de hacer un largo camino por tierra, por malos caminos, para ser elaborada en el condado
de York, porque en el lugar de su producción faltan capitales para la manufactura. Hay en
Inglaterra muchas ciudades industriales pequeñas, a cuyos habitantes les falta capital
suficiente para el transporte de su producción industrial a mercados alejados en donde
ésta encuentra consumidores y demanda. Los comerciantes allí son (XIV) sólo agentes de
otros comerciantes más ricos que viven el algunas ciudades comerciales» (Adam Smith,La riqueza de las naciones, t. I, pág.326-27 [Garnier,
tomo II, pág. 382].)
«Pour
augmenter la valeur du produit annuel de la terre et du travail, il n'y a pas d'autres
moyens que d'augmenter, quant au nombre, les ouvriers productifs, ou d'augmenter,
quant à la puirsance, la faculté productive des ouvriers précédemment employés. Dans
l'un et dans l'autre cas il faut presque toujours un surcroît de capital» (Adam
Smith, op. cit., t. I, pág.306-07 [Garnier, tomo II, pág. 338].)
Así
como la acumulación del capital, según el orden natural de las cosas, debe
preceder a la división del trabajo, de la misma manera la subdivisión de éste sólo
puede progresar en la medida en que el capital baya ido acumulándose previamente. La
cantidad de materiales que el mismo número de personas se encuentra en condiciones de
manufacturar aumenta en la misma medida en que el trabajo se subdivide cada vez más, y
como la tarea de cada tejedor va haciéndose gradualmente más sencilla, se inventa un
conjunto de nuevas máquinas para facilitar y abreviar aquellas operaciones. Así, cuanto
más adelanta la división del trabajo, para proporcionar un empleo constante al mismo
número de operarios ha de acumularse previamente igual provisión de víveres y una
cantidad de materiales, instrumentos y herramientas mucho mayor del que era menester en
una situación memos avanzada. El número de obreros en cada una de las ramas del trabajo
aumenta generalmente con la división del trabajo en ese sector, o más bien, es ese
aumento de número el que la pone en situación de clasificar a los obreros de esta forma
(Adam Smith, op. cit, t. I, pág. 241-42 [Garnier, tomo II, pág. 193-94].)
«Así
como el trabajo no puede alcanzar esta gran extensión de las fuerzas productivas sin una
previa acumulación de capitales, de igual suerte dicha acumulación trae consigo tales
adelantos. El capitalista desea naturalmente colocarlo de tal modo que éste produzca la
mayor cantidad de obra posible. Procura, por tanto, que la distribución de operaciones
entre sus obreros sea la mas conveniente, y les provee, al mismo tiempo, de las mejores
máquinas que pueda inventar o le sea posible adquirir. Sus medios para triunfar en ambos
campos (XV) guardan proporción con la magnitud de su capital o con el número de personas
a quienes pueden dar trabajo. Por consiguiente, no sólo aumenta el volumen de actividad
en los países con el crecimiento del capital que en ella se emplea, sino que, como
consecuencia de este aumento, un mismo volumen industrial produce mucha mayor cantidad de
obra» (Adam Smith, op. cit, t. I, pág. 242 [Garnier, tomo II, pág. 194-95].)
Así,
la sobre-producción.
«Combinaciones
más amplias de las fuerzas productivas... en la industria y el comercio mediante la
unificación de fuerzas humanas y naturales más abundantes y diversas para empresas en
mayor escala. También aquí y allá unión más estrecha de las principales ramas de la
producción entre sí. Así, grandes fabricantes tratarán de conseguir grandes fincas
para no tener que adquirir de terceras manos al menos una parte de las materias primas
necesarias a su industria; o unirán con sus empresas industriales un comercio no sólo
para ocuparse de sus propias manufacturas sino también para la compra de productos de
otro tipo y para su venta a sus obreros. En Inglaterra, en donde dueños individuales de
fábricas están a veces a la cabeza de 10 6 12.000 obreros... no son ya raras tales
uniones de distintas ramas de la producción bajo una inteligencia directora, de
tales pequeños Estados o provincias en un Estado. Así, en época reciente; los
propietarios de minas de Birmingham asumen todo el proceso de fabricación del
hierro que antes estaba dividido entre diferentes empresarios y propietarios. Véase El
distrito minero de Birmingham' (DeutscheViertejahrsschift, 3, 1838). Por último,
vemos en las grandes empresas por acciones, que tan abundantes se han hecho amplias
combinaciones del poder monetario de muchos participantes con los conocimientos y
habilidades científicas y técnicas de otros, a los que está confiaba la ejecución del
trabajo. De esta forma les es posible a los capitalistas emplear sus ahorros de forma más
diversificada e incluso emplearlos simultáneamente en la producción agrícola,
industrial y comercial, con lo cual su interés se hace al mismo tiempo más variado (XVI,
2 ), se suavizan y se amalgaman las oposiciones entre los intereses de la agricultura, la
industria y el comercio. Pero incluso, esta más fácil posibilidad de hacer provechosos
el capital de las más diversas formas ha de aumentar la oposición entre las clases
pudientes y no pudientes» (Schulz, 1 cl. págs. 40-41).
Increíble
beneficio que obtienen los arrendadores de viviendas de la miseria. El alquiler está en
proporción inversa de la miseria industrial.
Igualmente,
ganancias extraídas de los vicios de los proletarios arruinados (prostitución,
embriaguez, prêteur sur gages). La acumulación de capitales crece y la
competencia entre ellos disminuye al reunirse en una sola mano el capital y la propiedad
de la tierra, igualmente al hacerse el capital, por su magnitud, capaz de combinar
distintas ramas de la producción.
La
diferencia frente a los hombres. Los 20 billetes de Lotería de Smith. Revenu
net et brut de Say. |XVI||
(I)
El derecho de los terratenientes tiene su origen en el robo (Say t. I, pág.. 136,
nota). Los terratenientes, como todos los hombres, gustan de cosechar donde no han
sembrado y piden una renta incluso por el producto natural de la tierra (Smith, t. I,
pág.. 99).
«Podría
imaginarse que la renta de la tierra no es otra cosa sino el beneficio del capital que el
propietario empleó en mejorar el suelo. Hay casos en que la renta de la tierra puede, en
parte, ser esto... pero el propietario exige 1) una renta aun por la tierra que no ha
experimentado mejoras, lo que puede considerarse como interés o beneficio de los costos
de mejora es, por lo general, sólo una adición a esta renta originaria. 2) Por otra
parte esas mejoras no siempre se hacen con el capital del dueño, sino que, en ocasiones,
proceden del capital de colono, pese a lo cual, cuando se trata de renovar el
arrendamiento, el propietario pide ordinariamente un aumento de la renta, como si todas
estas mejoras se hubieran hecho por su cuenta. 3) A veces también exige una renta por
terrenos que no son susceptibles de mejorar por la mano del hombre» (Smith, t. I, págs.
300-301).
Smith
cita como ejemplo del último caso el salicor, un tipo de alga que, al quemarse, da una
sal alcalina con la que puede hacerse jabón, cristal, etc. Crece en la Gran Bretaña,
especialmente en Escocia, en distintos lugares, pero sólo en rocas que están situadas
bajo la marea alta y son cubiertas dos veces al día por las olas, y cuyo producto, por
tanto, no ha sido jamás aumentado por la industria humana. Sin embargo, el propietario de
los terrenos en donde crece este tipo de plantas exige una renta igual que si fuesen
tierras cultivables. En las proximidades de la isla de Shetland es el mar
extraordinariamente rico. Una gran parte de sus habitantes vive (II) de la pesca. Pero
para extraer un beneficio de los productos del mar hay que tener una vivienda en la tierra
vecina.
«La
renta de la tierra está en proporción no de lo que el arrendatario puede hacer con la
tierra, sino de lo que puede hacer juntamente con la tierra y el mar» (Smith, Lomo I,
págs. 301-302).
«La
renta de la tierra puede considerarse como producto de la fuerza natural cuyo
aprovechamiento arrienda el propietario al arrendatario. Este producto es mayor o menor
según sea mayor o menor el volumen de esta fuerza, o en otros términos, según el
volumen de la fertilidad natural o artificial de la tierra. Es la obra de la naturaleza la
que resta después de haber deducido o compensado todo cuanto puede considerarse como obra
del hombre» (Smith, t. II, págs. 377-378).
«En
consecuencia, la renta de la tierra, considerada como un precio que se paga por su
uso, es naturalmente un precio de monopolio. No guarda proporción con las mejoras
que el propietario pudiera haber hecho en ella o con aquello que ha de tomar para no
perder, sino más bien con lo que el arrendatario puede, de alguna forma, dar sin perder»
(Smith, t. I, pág.. 302).
«De
las tres clases productivas la de los terratenientes es la única a la que su renta no
cuesta trabajo ni desvelos, sino que la percibe de una manera por así decir espontánea,
independientemente de cualquier plan o proyecto al respecto» (Smith, t. II, pág.. 161).
Se
nos ha dicho ya que la cuantía de la renta de la tierra depende de la fertilidad
proporcional del suelo.
Otro
factor de su determinación es la situación.
«La
renta varía de acuerdo con la fertilidad de la tierra, cualquiera que sea su
producto, y de acuerdo con la localización, sea cualquiera la fertilidad» (Smith, t, I,
página 306).
«Cuando
las tierras, minas y pesquerías son de igual fertilidad, su producto será proporcional
al montante de los capitales en ellas empleados y a la forma (III) más o menos habilidosa
de este empleo. Cuando los capitales son iguales e igualmente bien aplicados, el producto
es proporcionado a la fecundidad natural de las tierras y pesquerías» (t. II, pág..
210).
Estas
frases de Smith son importantes porque, dados iguales costos de producción e igual
volumen, reducen las rentas de la tierra a la mayor o menor fertilidad de la misma. Luego
prueban claramente la equivocación de los conceptos en la Economía Política, que
transforma la fertilidad de la tierra en una propiedad del terrateniente.
Pero
observemos ahora la renta de la tierra, tal como se configura en el tráfico real.
La
renta de la tierra es establecida mediante la lucha entre arrendatario y terrateniente.
En la Economía Política constantemente nos encontramos como fundamento de la
organización social la hostil oposición de intereses; la lucha, la guerra. Veamos ahora
como se sitúan, el uno respecto al otro, terrateniente y arrendatario.
«Al
estipularse las cláusulas del arrendamiento, el propietario trata de no dejar al colono
sino aquello que es necesario para mantener el capital que proporciona la simiente, paga
el trabajo, compra y mantiene el ganado, conjuntamente con los otros instrumentos de
labor, y además, los beneficios ordinarios del capital destinado a la labranza en la
región. Manifiestamente esto es lo menos con lo que puede contentarse un colono para no
perder; el propietario, por su parte, raras veces piensa en entregarle algo más. Todo lo
que resta del producto o de su precio, por encima de esa porción, cualquiera que sea su
naturaleza, procura reservárselo el propietario como renta de su tierra, y es
evidentemente la renta más elevada que el colono se halla en condiciones de pagar, habida
cuenta de las condiciones de la tierra (IV). Ese remanente es lo que se puede considerar
siempre como renta natural de la tierra, o la renta a que naturalmente se suelen arrendar
la mayor parte de las tierras» (Smith, tomo I, págs. 299-300).
«Los
terratenientes -dice Say- ejercen una especie de monopolio frente a los colonos. La
demanda de su mercancía, la tierra y el Suelo, puede extenderse incesantemente; pero la
cantidad de su mercancía sólo se extiende hasta un cierto punto... El trato que se
concluye entre terratenientes y colonos es siempre lo más ventajoso posible para los
primeros... además de la ventaja que saca de la naturaleza de las cosas, consigue otra de
su posición, su mayor patrimonio, crédito, consideración; ya sólo el primero lo
capacita para ser el único en beneficiarse de las circunstancias de la tierra y el suelo.
La apertura de un canal, de un camino, el progreso de la población y del bienestar de un
distrito, elevan siempre el precio de los arrendamientos. Es cierto que el colono mismo
puede mejorar el terreno a sus expensas, pero él sólo se aprovecha de este capital
durante la duración de su arrendamiento, a cuya conclusión pasa al propietario; a partir
de ese momento es éste quien obtiene los intereses, sin haber hecho los adelantos, pues
la renta se eleva entonces proporcionalmente» (Say, t. II, páginas 142-143).
«La
renta, considerada como el precio que se paga por el uso de la tierra, es, naturalmente,
el precio más elevado que el colono se halla en condiciones de pagar en las
circunstancias en que la tierra se encuentra» (Smith, t. I, pág.. 299).
«La
renta de un predio situado en la superficie monta generalmente a un tercio del producto
total, y es, por lo común, una renta fija e independiente de las variaciones (V)
accidentales de la cosecha» (Smith, t. 1, pág. 351). «Rara vez es menor esta renta a la
cuarta parte del producto total» (ibid., t. II, pág. 378).
No
por todas las mercancías puede pagarse venta. Por ejemplo, en ciertas regiones no se paga
por las piedras renta alguna.
«En
términos generales, únicamente se pueden llevar al mercado aquellas partes del producto
de la tierra cuyo precio corriente alcanza para reponer el capital necesario para el
transporte de los bienes, juntamente con sus beneficios ordinarios. Si el precio corriente
sobrepasa ese nivel, el excedente irá a parar naturalmente a la tierra. Si no ocurre
así, aun cuando el produce pueda ser llevado al mercado, no rendirá una renta al
propietario. Depende de la demanda que el precio alcance o no» (Smith, t. I, págs.
302-303).
«La
renta entra, pues, en la composición del precio de las mercancías de una manera
totalmente diferente a la de los salarios o los beneficios. Los salarios o
beneficios altos o bajos son la causa de los precios elevados o módicos; la renta
alta o baja es la consecuencia del precio» (Smith, t. I, pág.. 303).
Entre
los productos que siempre proporcionan una renta están los alimentos.
«Como
el hombre, a semejanza de todas las demás especies animales, se multiplica en proporción
a los medios de subsistencia, siempre existe demanda, mayor o menor, de productos
alimenticios. En toda circunstancia los alimentos pueden comprar o disponer de una
cantidad mayor o menor de trabajo (VI) y nunca faltarán personas dispuestas a hacer lo
necesario para conseguirlos. La cantidad de trabajo que se puede comprar con los alimentos
no es siempre igual a la cantidad de trabajadores que con ellos podrían subsistir
si se distribuyesen de la manera más económica; esta desigualdad deriva de los salarios
elevados que a veces es preciso pagar a los trabajadores. En todo caso, pueden siempre
comprar tanta cantidad de trabajo como puedan sostener, según la tasa que comúnmente
perciba esta especie de trabajo en la comarca. La tierra, en casi todas las
circunstancias, produce la mayor cantidad de alimentos de la necesaria para mantener el
trabajo que se requiere para poner dichos alimentos en el mercado. El sobrante es siempre
más de lo que sería necesario para reponer el capital que emplea este trabajo, además
de sus beneficios. De tal suerte, queda siempre algo en concepto de renta para el
propietario» (Smith, t. I, págs. 305-306). «No solamente es el alimento el origen
primero de la renta, sino que si otra porción del producto de la tierra viniera, en lo
sucesivo a producir una renta, este incremento de valor de la renta derivaría del
acrecentamiento de capacidad para producir alimentos que ha alcanzado el trabajo mediante
el cultivo y las mejoras hechas en las tierras» (Smith, t. I, pág. 345). «El alimento
de los hombres alcanza siempre para el pago de la renta» (t. I, pág. 337). «Los países
se pueblan no de una manera proporcional al número de habitantes que pueden vestir y
alojar con sus producciones, sino en proporción al número de los que puedan alimentar»
(Smith, t, I, pág.. 342).
«Después
del alimento, las dos (sic) mayores necesidades del hombre son el vestido, la
vivienda y la calefacción. Producen casi siempre una renta, pero no necesariamente»
(ibid., t. I, pág.. 338).
(VIII)
Veamos ahora cómo explota el terrateniente todas las ventajas de la sociedad.
1)
La renta se incrementa con la población (Smith, tomo I, 335).
2)
Hemos escuchado ya de Say cómo se eleva la renta con los ferrocarriles, etc., con la
mejora, seguridad y multiplicación de las comunicaciones.
3)
Toda mejoría en el estado de la sociedad tiende, de una manera directa e indirecta,
a elevar la renta de la tierra, a incrementar la riqueza real del propietario o, lo que es
lo mismo, su capacidad para comprar el trabajo de otra persona o el producto de su
esfuerzo... La extensión del cultivo y las mejoras ejecutadas contribuyen a ese aumento
de una manera directa, puesto que la participación del terrateniente en el producto
aumenta necesariamente cuando éste crece... El alza en el precio real de aquellas
especies de productos primarios, por ejemplo el alza en el precio del ganado, tiende
también directamente a aumentar la renta de la tierra y en una proporción todavía más
alta. Con el valor real del producto no sólo aumenta innecesariamente el valor real de la
parte correspondiente al propietario, es decir, el poder real que esta parte le confiere
sobre el trabajo ajeno, sino que con dicho valor aumenta también la proporción de esta
parte en relación al producto total. Este producto, después de haber aumentado al precio
real, no requiere para su obtención mayor trabajo que antes. Y tampoco será necesario un
mayor trabajo para reponer el capital empleado en ese trabajo conjuntamente con los
beneficios ordinarios del mismo. Por consiguiente, en relación al producto total ha de
ser ahora mucho mayor que antes la proporción que le corresponderá al dueño de la
tierra (Smith, tomo II, págs. 157-159).
(IX)
La mayor demanda de materias primas y, con ella, el alza del valor, puede proceder
parcialmente del incremento de la población y del incremento de sus necesidades. Pero
cada nuevo incremento, cada nueva aplicación que la manufactura hace de la materia prima
hasta entonces poco o nada utilizada, aumenta la renta. Así, por ejemplo, la renta de las
mines de carbón se ha elevado enormemente con los ferrocarriles, buques de vapor,
etcétera.
Además
de esta ventaja que el terrateniente extrae de la manufactura, de los descubrimientos, del
trabajo, vamos ha ver en seguida otra.
4)
«Todos cuantos adelantos se registran en la fuerza productiva del trabajo, que tienden
directamente a reducir el precio real de la manufactura, tienden a elevar de modo
indirecto la renta real de la tierra. El propietario cambia la parte del producto primario
que sobrepasa su propio consumo -o, lo que es lo mismo, el precio correspondiente a esa
parte- por el producto ya manufacturado pero todo lo que reduzca el precio real de éste
eleva el de aquél. Una cantidad igual del primero llegará a convertirse en una mayor
proporción del último, y el señor de la tierra se encontrará en condiciones de comprar
una mayor cantidad de las cosas que desea y que contribuyen a su mayor comodidad, ornato o
lujo» (Smith, t. II, pág.. 159).
En
este momento, a partir del hecho de que el terrateniente explota todas las ventajas de la
sociedad (X), Smith concluye (t. II, pág.. 151) que el interés del terrateniente es
siempre idéntico al interés de la sociedad, lo cual es una estupidez. En la Economía
Política, bajo el dominio de la propiedad privada, el interés que cada uno tiene en la
sociedad está justamente en proporción inversa del interés que la sociedad tiene en el,
del mismo modo que el interés del usurero en el derrochador no es, en modo alguno,
idéntico al interés del derrochador.
Citemos
sólo de pasada la codicia monopolista del terrateniente frente a la tierra de países
extranjeros, de donde proceden, por ejemplo, las Leyes sobre el trigo. Pasamos por alto
aquí, igualmente, la servidumbre medieval, la esclavitud en las colonias, la miseria de
campesinos y jornaleros en la Gran Bretaña. Atengámonos a los pronunciamientos de la
Economía Política misma.
1)
Que el terrateniente esté interesado en el bien de la sociedad quiere decir, según los
fundamentos de la Economía Política, que esta interesado en su creciente población y
producción artificial, en el aumento de sus necesidades en una palabra, en el crecimiento
de la riqueza; y según las consideraciones que hasta ahora hemos hecho, este crecimiento
es idéntico con el crecimiento de la miseria y de la esclavitud. La relación creciente
de los alquileres con la miseria es un ejemplo del interés del terrateniente en la
sociedad, pues con el alquiler aumenta la renta de la tierra, el interés del suelo sobre
el que la casa se levanta.
2)
Según los economistas mismos, el interés del terrateniente es el término opuesto hostil
al del arrendatario, es decir, al de una parte importante de la sociedad.
(XI),
3) Puesto que el terrateniente puede exigir del arrendatario una renta tanto mayor cuanto
menos salarios éste pague, y como el colono rebaja tanto más el salario cuanto más
renta exige el propietario, el interés del terrateniente es tan hostil al de los mozos de
labranza como el del patrono manufacturero al de sus obreros. Empuja el salario hacia un
mínimo, en la misma forma que aquél.
4)
Puesto que la baja real en el precio de los productos manufacturados eleva las rentas, el
terrateniente tiene un interés directo en la reducción del salario de los obreros
manufactureros, en la competencia entre los capitalistas, en la superproducción, en la
miseria total de la manufactura.
5)
Si por tanto, el interés del terrateniente, lejos de idéntico al interés de la
sociedad, está en oposición hostil con el interés de los mozos de labranza, de los
obreros manufactureros y de los capitalistas, ni siquiera el interés de un terrateniente
en particular es idéntico al de otro a causa de la competencia, que consideraremos ahora.
Ya,
en general, la gran propiedad guarda con la pequeña la misma, relación que el gran
capital con el pequeño. Se dan, sin embargo, circunstancias especiales que acarrean
necesariamente la acumulación de la gran propiedad territorial y la absorción por ella
de la pequeña.
(XII)
En ningún sitio disminuye tanto con la magnitud de los fondos el número relativa de
obreros e instrumentos como en la propiedad territorial. Igualmente, en ningún sitio
aumenta tanto como en la propiedad territorial, con la magnitud de los fondos, la
posibilidad de explotación total, de ahorro en los costos de producción y de adecuada
división del trabajo. Por pequeño que un campo de labranza sea, los aperos que hace
necesarios, tales como arado, hoz, etc., alcanzan Un cierto límite más allá del cual no
pueden aminorarse, en tanto que la pequeñez de la propiedad puede ir mucho más allá de
estos límites.
2)
El gran latifundio acumula a su favor los réditos que el capital del arrendatario ha
empleado en la mejora del suelo. La pequeña propiedad territorial ha de emplear su propio
capital. Se le escapa, pues, toda esta ganancia.
3)
En tanto que toda mejora social aprovecha al gran latifundio, perjudica a la pequeña
propiedad territorial, al hacer necesaria para ella cada vez mayor cantidad de dinero
contante.
4)
Hay que tener en cuenta todavía dos leyes importantes de esta competencia: a) la renta de
las tierras cultivadas para la producción de alimentos humanos regula la renta de la
mayor parte de las otras tierras dedicadas al cultivo (Smith, t. I, pág.. 331).
Alimentos
tales como el ganado, etc., sólo puede producirlos, en último termino, el gran
latifundio. Este regula, pues, la renta de las demás tierras y puede reducirlas a un
mínimo.
El
pequeño propietario territorial que trabaja por sí mismo se encuentra, respecto del gran
terrateniente, en la misma relación que un artesano que posee un instrumento propio
respecto del fabricante. La pequeña propiedad territorial se ha convertido en simple
instrumento de trabajo (XVI). La renta de la tierra desaparece para el pequeño
terrateniente; sólo le queda, a lo sumo, el interés de su capital y su salario, pues la
renta de la tierra puede ser llevada por la competencia hasta no ser más que el interés
del capital no invertido por el propietario mismo.
6)
Sabemos ya, por lo demás, que a igual fertilidad y a explotación igualmente adecuada de
los campos, minas y pesquerías, el producto está en proporción de la magnitud de los
capitales. Por consiguiente, triunfo del gran latifundista. Del mismo modo, a igualdad de
capitales, en proporción a la fertilidad. Por consiguiente, a capitales iguales, triunfo
del propietario del terreno más fértil.
b)
«Puede decirse que una mina de cualquier especie es estéril o rica según la cantidad de
mineral que se pueda extraer de ella con una cierta cantidad de trabajo sea mayor o menor
que la que se podría extraer, con la misma cantidad de trabajo, de la mayor parte de las
otras minas de igual clase» (Smith, t. I, págs.. 345-346). El precio de la mina más
rica regula el precio del carbón de todas las otras de los alrededores. Tanto el
propietario como el empresario consideran, el uno, que puede obtener una renta mayor, y el
otro, un beneficio más alto, vendiendo a un precio un poco inferior al que veden sus
vecinos. Estos se ven muy pronto obligados a vender al mismo precio, aunque pocos estén
en condiciones de hacerlo, y aun cuando el continuar bajando el precio les prive de toda
su renta y de todos sus beneficios. Algunas minas se abandonan por completo, y otras, al
no suministrar renta, únicamente pueden ser explotadas por el propietario (Smith, t. I,
pág.. 350). «Las minas de plata de Europa se abandonaron en su mayor parte después que
fueron descubiertas las del Perú. ...Esto mismo sucedió a las minas de Cuba y Santo
Domingo, y aun a las más antiguas del Perú, desde el descubrimiento de las del Potosí»
(t. I, pág.. 353j. Exactamente lo mismo que Smith dice aquí es válido, en mayor o menor
medida, de la propiedad territorial en general.
5)
«Hay que notar que el precio ordinario de la tierra depende siempre de la tasa corriente
de interés... Si la renta de la tierra descendiera muy por debajo del interés del dinero
nadie compraría más fincas rústicas y éstas registrarían muy pronto un descenso en su
precio corriente. Por el contrario, si la renta de la tierra excediese con mucho de la
tasa del interés, todo el mundo compraría fincas y esto restauraría igualmente con
rapidez su precio corriente» (t. II, págs. 367-368). De esta relación de la renta de la
tierra con el interés del dinero se desprende que las rentas han de descender cada vez
más, de forma que, por último, sólo los más ricos puedan vivir de ellas. Por
consiguiente, competencia cada vez mayor entre los terratenientes que no arrienden sus
tierras. Ruina de una parte de ellos, reiterada acumulación del gran latifundio.
(XVII)
Esta competencia tiene, además, como consecuencia que una gran parte de la propiedad
territorial cae en manos de los capitalistas y éstos se convierten así, al mismo tiempo,
en terratenientes del mismo modo que los pequeños terratenientes no son ya más que
capitalistas. Igualmente una parte del gran latifundio se convierte en propiedad
industrial.
La
consecuencia última es, pues, la disolución de la diferencia entre capitalista y
terrateniente, de manera tal que, en conjunto, no hay en lo sucesivo más que dos clases
de población, la clase obrera y la clase capitalista. Esta comercialización de la
propiedad territorial, la transformación de la propiedad de la tierra en una mercancía,
es el derrocamiento definitivo de la vieja aristocracia y la definitiva instauración de
la aristocracia del dinero.
1)
No compartimos las sentimentales lágrimas que los románticos vierten por esto. Estos
confunden siempre la abominación que la comercialización de la tierra implica,
con la consecuencia, totalmente racional, necesaria dentro del sistema de la propiedad
privada y deseable, que va contenida en la comercialización de la propiedad privada de
la tierra. En primer lugar, la propiedad de la tierra de tipo feudal es ya,
esencialmente, la tierra comercializada, la tierra extrañada para el hombre y que por eso
se le enfrenta bajo la figura de unos pocos grandes señores.
Ya
en la propiedad territorial feudal está implícita la dominación de la tierra como un
poder extraño sobre los hombres. El siervo de la gleba es un accidente de la tierra.
Igualmente, a la tierra pertenece el mayorazgo, el hijo primogénito. La tierra lo hereda.
En general, la dominación de la propiedad privada comienza con la propiedad territorial,
esta es su base. Pero en la propiedad territorial del feudalismo el señor aparece,
al menos, como rey del dominio territorial. Igualmente existe aún la apariencia de una
relación entre el poseedor y la tierra mas íntima que la de la pura riqueza material.
La finca se individualiza con su señor, tiene su rango, es, con él, baronía o condado,
tiene sus privilegios, su jurisdicción, sus relaciones políticas, etc. Aparece como
cuerpo inorgánico de su señor. De aquí el aforismo: Nulle terre sans maître en
el que se expresa la conexión del señorío y la propiedad territorial. Del mismo modo,
la dominación de la propiedad territorial no aparece inmediatamente como dominación del
capital puro. La relación en que sus súbditos están con ella es más la relación con
la propia patria. Es un estrecho modo de nacionalidad.
(XVIII)
Así también, la propiedad territorial feudal da nombre a su señor como un reino a su
rey. Su historia familiar, la historia de su casa, etc., todo esto individualiza para él
la propiedad territorial y la convierte formalmente en su casa, en una persona. De igual
modo los cultivadores de la propiedad territorial no están con ella en relación de jornaleros,
sino que, o bien son ellos mismos su propiedad, como los siervos de la gleba, o bien
están con ella en una relación de respeto, sometimiento y deber. La posición del señor
para con ellos es inmediatamente política y tiene igualmente una faceta afectiva.
Costumbres, carácter, etc., varían de una finca a otra y parecen identificarse con la
parcela, en tanto que más tarde es sólo la bolsa del hombre y no su carácter, su
individualidad, lo que lo relaciona con la finca. Por último, el señor no busca extraer
de su propiedad el mayor beneficio posible. Por el contrario consume lo que allí hay y
abandona tranquilamente el cuidado de la producción a los siervos y colonos. Esta es la
condición aristocrática de la propiedad territorial que arroja sobre su Señor
una romántica gloria.
Es
necesario que sea superada esta apariencia, que la territorial, raíz de la propiedad
privada, sea arrebatada al movimiento de ésta y convertida en mercancía, que la
dominación del propietario, desprovista de todo matiz político, aparezca como
dominación pura de la propiedad privada, del capital, desprovista de todo tinte
político; que la relación entre propietario y obrero sea reducida a la relación
económica de explotador y explotado, que cese toda relación personal del propietario en
su propiedad y la misma se reduzca a la riqueza simplemente material, de cosas; que
en lugar del matrimonio de honor con la tierra se celebre con ella el matrimonio de
conveniencia, y que la tierra, como el hombre, descienda a valor de tráfico. Es necesario
que aquello que es la raíz de la propiedad territorial, el sucio egoísmo, aparezca
también en su cínica figura. Es necesario que el monopolio reposado se cambie en el
monopolio movido e intranquilo, en competencia; que se cambie el inactivo disfrute del
sudor y de la sangre ajenos en el ajetreado comercio de ellos. Es necesario, por último,
que en esta competencia la propiedad de la tierra, bajo la figura del capital, muestre su
dominación tanto sobre la clase obrera como sobre los propietarios mismos, en cuanto que
las leyes del movimiento del capital los arruinan o los elevan. Con esto, en lugar del
aforismo medieval nulle terre sans seigneur aparece otro refrán: l'argent n'a
pas de Maître, en el que se expresa la dominación total de la materia muerta sobre
los hombres.
La
división de la propiedad territorial niega el gran monopolio de la
propiedad territorial, supera, pero sólo por cuanto generaliza este monopolio. No
supera el fundamento del monopolio, la propiedad privada. Ataca la existencia del
monopolio, pero no su esencia. La consecuencia de ello es que cae víctima de las leyes de
la propiedad privada. La división de la propiedad territorial corresponde, en efecto, al
movimiento de la competencia en el dominio industrial. Aparte de las desventajas,
económicas de esta división de aperos y de este aislamiento del trabajo de unos y otros
(que hay que distinguir evidentemente de la división del trabajo: el trabajo no está
dividido entre muchos, sino que cada uno lleva a cabo para sí el mismo trabajo; es una
multiplicación del mismo trabajo), esta división, como aquella competencia, se cambia
necesariamente de nuevo en acumulación.
Allí,
pues, en donde tiene lugar la división de la propiedad territorial, no queda otra salida
sino retornar al monopolio de forma aún más odiosa, o negar, superar, la división de la
misma propiedad territorial. Pero esto no es el retorno a la propiedad feudal, sino la
superación de la propiedad privada de la tierra y el suelo en general. La primera
superación del monopolio es siempre su generalización, la ampliación de su existencia.
La superación del monopolio que ha alcanzado su existencia más amplia y comprensiva
posible es su aniquilación plena. La asociación aplicada a la tierra y el suelo
participa de las ventajas del latifundio desde el punto de vista económico y realiza, por
primera vez, la tendencia originaria de la división, es decir, la igualdad, al tiempo que
establece la relación afectiva del hombre con la tierra de una manera racional y no
mediada por la servidumbre de la gleba, la dominación y una estúpida mística de la
propiedad, al dejar de ser la tierra un objeto de tráfico y convertirse de nuevo,
mediante el trabajo libre y el libre goce, en una verdadera y personal propiedad del
hombre. Una gran ventaja de la división es que su masa, que no puede ya resolverse a caer
en la servidumbre, perece ante la propiedad de manera distinta que la de la industria.
Por
lo que toca al gran latifundio, sus defensores han identificado de manera sofística las
ventajas económicas que la agricultura en gran escala ofrece con el gran latifundio, como
sino fuese sólo mediante la superación de la propiedad como estas ventajas alcanzan
justamente (XX) su mayor extensión posible, de una parte, y su utilidad social, de la
otra. Han atacado, igualmente, el espíritu mercantil de la pequeña propiedad
territorial, como si el gran latifundio en su forma feudal no contuviese ya el tráfico de
modo latente. Por no decir nada de la forma inglesa moderna, en la que van ligados el
feudalismo del propietario de la tierra y el tráfico y la industria del arrendatario.
Así
como el gran latifundio puede devolver el reproche de monopolio que la división de la
propiedad territorial le hace, pues también la división se basa en el monopolio de la
propiedad privada, así también puede la división de la propiedad territorial devolver
al latifundio el reproche de la división pues también en el latifundio reina la
división, sólo que en forma rígida y anquilosada. En general, la propiedad privada se
apoya siempre sobre la división. Por lo demás, así como la división de la propiedad
territorial reconduce al latifundio como riqueza-capital, así también la propiedad
territorial feudal tiene que marchar necesariamente hacia la división, o al menos caer en
manos de los capitalistas, haga lo que haga.
Pues
el latifundio, como sucede en Inglaterra, echa a la inmensa mayoría de la población en
brazos de la industria y reduce a sus propios obreros a una miseria total. Engendra y
aumenta, pues, el poder de su enemigo, del capital, de la industria, al arrojar al otro
lado brazos y toda una actividad del país. Hace a la mayoría del país industrial, esto
es, adversaria del latifundio. Así que la industria ha alcanzado un gran poder, como
ahora en Inglaterra, arranca poco a poco al latifundio su monopolio frente al extranjero y
lo arroja a la competencia con la propiedad territorial extranjera. Bajo el dominio de la
industria, el latifundio sólo podría asegurar su magnitud feudal mediante el monopolio
frente al extranjero, para protegerse de las leyes generales del comercio, que contradicen
su esencia feudal. Una vez arrojado a la competencia, sigue sus leyes como cualquier otra
mercancía a ella arrojada. Va fluctuando, creciendo y disminuyendo, volando de unas manos
a otras y ninguna ley puede mantenerlo ya en unas pocas manos predestinadas.
(XXI)
La consecuencia inmediata es el fraccionamiento en muchas manos, en todo caso caída en el
poder de los capitalistas industriales.
Finalmente,
el latifundio que de esta forma ha sido mantenido por la fuerza y ha engendrado junto a
sí una temible industria, conduce a la crisis aún más rápidamente que la división de
la propiedad territorial, junto a la cual el poder de la industria está siempre en
segundo rango.
El
latifundio, como vemos en Inglaterra, ha perdido ya su carácter feudal y tomado carácter
industrial cuando quiere hacer tanto dinero como sea posible. Da al propietario la mayor
renta posible, al arrendatario el beneficio del capital más elevado que sea posible. Los
trabajadores del campo están así ya reducidos al mínimo y la clase de los arrendatarios
representa ya dentro de la propiedad territorial el poder de la industria y del capital.
Mediante la competencia con el extranjero, la mayor parte de la renta de la tierra deja de
poder constituir un ingreso independiente. Una gran parte de los propietarios debe ocupar
el puesto de los arrendatarios, que de este modo se hunden parcialmente en el
proletariado. Por otra parte, muchos arrendatarios se apoderan de la propiedad
territorial, pues los grandes propietarios, merced a sus cómodos ingresos, se han
dedicado en su mayoría a la disipación y son, en la mayor parte de los casos, también
incapaces para dirigir la agricultura en gran escala; no poseen ni capital ni capacidad
para explotar la tierra y el suelo. Así, pues, una parte de éstos se arruina
completamente. Finalmente, el salario reducido al mínimo debe ser aún más reducido para
resistir la nueva competencia. Esto conduce entonces necesariamente a la revolución.
La
propiedad territorial tenia que desarrollarse en cada una de estas dos formas para vivir
en una y otra su necesaria decadencia, del mismo modo que la industria tenía que
arruinarse en la forma del monopolio y en la forma de la competencia para aprender a creer
en el hombre.
[EL TRABAJO
ENAJENADO]
(XXII)
Hemos partido de los presupuestos de la Economía Política. Hemos aceptado su
terminología y sus leyes. Damos por supuestas la propiedad privada, la separación del
trabajo, capital y tierra, y la de salario, beneficio del capital y renta de la tierra;
admitamos la división del trabajo, la competencia, el concepto de valor de cambio, etc.
Con la misma Economía Política, con sus mismas palabras, hemos demostrado que el
trabajador queda rebajado a mercancía, a la más miserable de todas las mercancías; que
la miseria del obrero está en razón inversa de la potencia y magnitud de su producción;
que el resultado necesario de la competencia es la acumulación del capital en pocas
manos, es decir, la más terrible reconstitución de los monopolios; que, por último;
desaparece la diferencia entre capitalistas y terratenientes, entre campesino y obrero
fabril, y la sociedad toda ha de quedar dividida en las dos clases de propietarios
y obreros desposeídos.
La
Economía Política parte del hecho de la propiedad privada, pero no lo explica. Capta el
proceso material de la propiedad privada, que esta recorre en la realidad, con fórmulas
abstractas y generales a las que luego presta valor de ley. No comprende
estas leyes, es decir, no prueba cómo proceden de la esencia de la propiedad privada. La
Economía Política no nos proporciona ninguna explicación sobre el fundamento de la
división de trabajo y capital, de capital y tierra. Cuando determina, por ejemplo, la
relación entre beneficio del capital y salario, acepta como fundamento último el
interés del capitalista, en otras palabras, parte de aquello que debería explicar. Otro
tanto ocurre con la competencia, explicada siempre por circunstancias externas. En qué
medida estas circunstancias externas y aparentemente casuales son sólo expresión de un
desarrollo necesario, es algo sobre lo que la Economía Política nada nos dice. Hemos
visto cómo para ella hasta el intercambio mismo aparece como un hecho ocasional. Las
únicas ruedas que la Economía Política pone en movimiento son la codicia y la guerra
entre los codiciosos, la competencia.
Justamente
porque la Economía Política no comprende la coherencia del movimiento pudo, por ejemplo,
oponer la teoría de la competencia a la del monopolio, la de la libre empresa a la de la
corporación, la de la división de la tierra a la del gran latifundio, pues competencia,
libertad de empresa y división de la tierra fueron comprendidas y estudiadas sólo como
consecuencias casuales, deliberadas e impuestas por la fuerza del monopolio, la
corporación y la propiedad feudal, y no como sus resultados necesarios, inevitables y
naturales.
Nuestra
tarea es ahora, por tanto, la de comprender la conexión esencial entre la propiedad
privada, la codicia, la separación de trabajo, capital y tierra, la de intercambio y
competencia, valor y desvalorización del hombre; monopolio y competencia; tenemos que
comprender la conexión de toda esta enajenación con el sistema monetario.
No
nos coloquemos, como el economista cuando quiere explicar algo, en una imaginaria
situación primitiva. Tal situación primitiva no explica nada, simplemente traslada la
cuestión a uña lejanía nebulosa y grisácea. Supone como hecho, como acontecimiento lo
que debería deducir, esto es, la relación necesaria entre dos cosas, Por ejemplo, entre
división del trabajo e intercambio. Así es también como la teología explica el origen
del mal por el pecado original dando por supuesto como hecho, como historia, aquello que
debe explicar.
Nosotros
partimos de un hecho económico, actual.
El
obrero es más pobre cuanta más riqueza produce, cuanto más crece su producción en
potencia y en volumen. El trabajador se convierte en una mercancía tanto más barata
cuantas más mercancías produce. La desvalorización del mundo humano crece en razón
directa de la valorización del mundo de las cosas. El trabajo no sólo produce
mercancías; se produce también a sí mismo y al obrero como mercancía, y
justamente en la proporción en que produce mercancías en general.
Este
hecho, por lo demás, no expresa sino esto: el objeto que el trabajo produce, su producto,
se enfrenta a él como un ser extraño, como un poder independiente del
productor. El producto del trabajo es el trabajo que se ha fijado en un objeto, que se ha
hecho cosa; el producto es la objetivación del trabajo. La realización del trabajo es su
objetivación. Esta realización del trabajo aparece en el estadio de la Economía
Política como desrealización del trabajador, la objetivación como pérdida
del objeto y servidumbre a él, la apropiación como extrañamiento, como
enajenación.
Hasta
tal punto aparece la realización del trabajo como desrealización del trabajador, que
éste es desrealizado hasta llegar a la muerte por inanición. La objetivación aparece
hasta tal punto como perdida del objeto que el trabajador se ve privado de los objetos
más necesarios no sólo para la vida, sino incluso para el trabajo. Es más, el trabajo
mismo se convierte en un objeto del que el trabajador sólo puede apoderarse con el mayor
esfuerzo y las más extraordinarias interrupciones. La apropiación del objeto aparece en
tal medida como extrañamiento, que cuantos más objetos produce el trabajador, tantos
menos alcanza a poseer y tanto mas sujeto queda a la dominación de su producto, es decir,
del capital.
Todas
estas consecuencias están determinadas por el hecho de que el trabajador se relaciona con
el producto de su trabajo como un objeto extraño. Partiendo de este
supuesto, es evidente que cuánto mas se vuelca el trabajador en su trabajo, tanto más
poderoso es el mundo extraño, objetivo que crea frente a sí y tanto mas pobres son él
mismo y su mundo interior, tanto menos dueño de si mismo es. Lo mismo sucede en la
religión. Cuanto más pone el hombre en Dios, tanto memos guarda en si mismo. El
trabajador pone su vida en el objeto pero a partir de entonces ya no le pertenece a él,
sino al objeto. Cuanto mayor es la actividad, tanto más carece de objetos el trabajador.
Lo que es el producto de su trabajo, no lo es él. Cuanto mayor es, pues, este producto,
tanto más insignificante es el trabajador. La enajenación del trabajador en su
producto significa no solamente que su trabajo se convierte en un objeto, en una
existencia exterior, sino que existe fuera de él, independiente, extraño,
que se convierte en un poder independiente frente a é; que la vida que ha prestado al
objeto se le enfrenta como cosa extraña y hostil.
(XXIII)
Consideraremos ahora mas de cerca la objetivación, la producción del trabajador,
y en ella el extrañamiento, la pérdida del objeto, de su producto.
El
trabajador no puede crear nada sin la naturaleza, sin el mundo exterior sensible.
Esta es la materia en que su trabajo se realiza, en la que obra, en la que y con la que
produce.
Pero
así como la naturaleza ofrece al trabajo medios de vida, en el sentido de que el
trabajo no puede vivir sin objetos sobre los que ejercerse, así, de otro lado, ofrece
también víveres en sentido estricto, es decir, medios para la subsistencia del trabajador
mismo.
En
consecuencia, cuanto más se apropia el trabajador el mundo exterior, la naturaleza
sensible, por medio de su trabajo, tanto más se priva de víveres en este doble sentido;
en primer lugar, porque el mundo exterior sensible cesa de ser, en creciente medida, un
objeto perteneciente a su trabajo, un medio de vida de su trabajo; en segundo
término, porque este mismo mundo deja de representar, cada vez más pronunciadamente, víveres
en sentido inmediato, medios para la subsistencia física del trabajador.
El
trabajador se convierte en siervo de su objeto en un doble sentido: primeramente porque
recibe un objeto de trabajo, es decir, porque recibe trabajo; en
segundo lugar porque recibe medios de subsistencia. Es decir, en primer termino
porque puede existir como trabajador, en segundo término porque puede existir como
sujeto físico. El colmo de esta servidumbre es que ya sólo en cuanto trabajador
puede mantenerse como sujeto físico y que sólo como sujeto físico es ya
trabajador.
(La
enajenación del trabajador en su objeto se expresa, según las leyes económicas, de la
siguiente forma: cuanto más produce el trabajador, tanto menos ha de consumir; cuanto
más valores crea, tanto más sin valor, tanto más indigno es él; cuanto más elaborado
su producto, tanto más deforme el trabajador; cuanto más civilizado su objeto, tanto
más bárbaro el trabajador; cuanto mis rico espiritualmente se hace el trabajo, tanto
más desespiritualizado y ligado a la naturaleza queda el trabajador.)
La
Economía Política oculta la enajenación esencial del trabajo porque no considera la
relación inmediata entre el trabajador (el trabajo) y la producción.
Ciertamente
el trabajo produce maravillas para los ricos, pero produce privaciones para el trabajador.
Produce palacios, pero para el trabajador chozas. Produce belleza, pero deformidades para
el trabajador. Sustituye el trabajo por máquinas, pero arroja una parte de los
trabajadores a un trabajo bárbaro, y convierte en máquinas a la otra parte. Produce
espíritu, pero origina estupidez y cretinismo para el trabajador.
La
relación inmediata del trabajo y su producto es la relación del trabajador y el objeto
de su producción.
La relación del acaudalado con el objeto de la producción y con la producción misma es
sólo una consecuencia de esta primera relación y la confirma. Consideraremos más
tarde este otro aspecto.
Cuando
preguntamos, por tanto, cuál es la relación esencial del trabajo, preguntamos por la
relación entre el trabajador y la producción.
Hasta
ahora hemos considerado el extrañamiento, la enajenación del trabajador, sólo en un
aspecto, concretamente en su relación con el producto de su trabajo. Pero el
extrañamiento no se muestra sólo en el resultado, sino en el acto de la producción,
dentro de la actividad productiva misma. ¿Cómo podría el trabajador enfrentarse
con el producto de su actividad como con algo extraño si en el acto mismo de la
producción no se hiciese ya ajeno a sí mismo? El producto no es más que el resumen de
la actividad, de la producción. Por tanto, si el producto del trabajo es la enajenación,
la producción misma ha de ser la enajenación activa, la enajenación de la actividad; la
actividad de la enajenación. En el extrañamiento del producto del trabajo no hace más
que resumirse el extrañamiento, la enajenación en la actividad del trabajo mismo.
¿En
qué consiste, entonces, la enajenación del trabajo?
Primeramente
en que el trabajo es externo al trabajador, es decir, no pertenece a su ser; en que
en su trabajo, el trabajador no se afirma, sino que se niega; no se siente feliz, sino
desgraciado; no desarrolla una libre energía física y espiritual, sino que mortifica su
cuerpo y arruina su espíritu. Por eso el trabajador sólo se siente en sí fuera del
trabajo, y en el trabajo fuera de sí. Está en lo suyo cuando no trabaja y cuando trabaja
no está en lo suyo. Su trabajo no es, así, voluntario, sino forzado, trabajo forzado.
Por eso no es la satisfacción de una necesidad, sino solamente un medio para satisfacer
las necesidades fuera del trabajo. Su carácter extraño se evidencia claramente en el
hecho de que tan pronto como no existe una coacción física o de cualquier otro tipo se
huye del trabajo como de la peste. El trabajo externo, el trabajo en que el hombre se
enajena, es un trabajo de autosacrificio, de ascetismo. En último término, para el
trabajador se muestra la exterioridad del trabajo en que éste no es suyo, sino de otro,
que no le pertenece; en que cuando está en él no se pertenece a si mismo, sino a otro.
Así como en la religión la actividad propia de la fantasía humana, de la mente y del
corazón humanos, actúa sobre el individuo independientemente de él, es decir, como una
actividad extraña, divina o diabólica, así también la actividad del trabajador no es
su propia actividad. Pertenece a otro, es la pérdida de sí mismo.
De
esto resulta que el hombre (el trabajador) sólo se siente libre en sus funciones
animales, en el comer, beber, engendrar, y todo lo más en aquello que toca a la
habitación y al atavío, y en cambio en sus funciones humanas se siente como animal. Lo
animal se convierte en lo humano y lo humano en lo animal.
Comer,
beber y engendrar, etc., son realmente también auténticas funciones humanas. Pero en la
abstracción que las separa del ámbito restante de la actividad humana y las convierte en
un único y último son animales.
Hemos
considerado el acto de la enajenación de la actividad humana práctica, del trabajo, en
dos aspectos: 1) la relación del trabajador con el producto del trabajo como con
un objeto ajeno y que lo domina. Esta relación es, al mismo tiempo, la relación con el
mundo exterior sensible, con los objetos naturales, como con un mundo extraño para él y
que se le enfrenta con hostilidad; 2) la relación del trabajo con el acto de la
producción dentro del trabajo. Esta relación es la relación del trabajador
con su propia actividad, como con una actividad extraña, que no le pertenece, la acción
como pasión, la fuerza como impotencia, la generación como castración, la propia
energía física y espiritual del trabajador, su vida personal (pues qué es la vida sino
actividad) como una actividad que no le pertenece, independiente de él, dirigida contra
él. La enajenación respecto de si mismo como, en el primer caso, la enajenación
respecto de la cosa.
(XXIV)
Aún hemos de extraer de las dos anteriores una tercera determinación del trabajo
enajenado.
El
hombre es un ser genérico no sólo porque en la teoría y en la practica toma como objeto
suyo el género, tanto el suyo propio como el de las demás cosas, sino también, y esto
no es más que otra expresión para lo mismo, porque se relaciona consigo mismo como el
género actual, viviente, porque se relaciona consigo mismo como un ser universal y
por eso libre.
La
vida genérica, tanto en el hombre como en el animal, consiste físicamente, en primer
lugar, en que el hombre (como el animal) vive de la naturaleza inorgánica, y cuanto más
universal es el hombre que el animal, tanto más universal es el ámbito de la naturaleza
inorgánica de la que vive. Así como las plantas, los animales, las piedras, el aire, la
luz, etc., constituyen teóricamente una parte de la conciencia humana, en parte como
objetos de la ciencia natural, en parte como objetos del arte (su naturaleza inorgánica
espiritual, los medios de subsistencia espiritual que él ha de preparar para el goce y
asimilación), así también constituyen prácticamente una parte de la vida y de la
actividad humano. Físicamente el hombre vive sólo de estos productos naturales,
aparezcan en forma de alimentación, calefacción, vestido, vivienda, etc. La
universalidad del hombre aparece en la práctica justamente en la universalidad que hace
de la naturaleza toda su cuerpo inorgánico, tanto por ser (l) un medio de subsistencia
inmediato, romo por ser (2) la materia, el objeto y el instrumento de su actividad vital.
La naturaleza es el cuerpo inorgánico del hombre; la naturaleza, en cuanto ella
misma, no es cuerpo humano. Que el hombre vive de la naturaleza quiere decir que la
naturaleza es su cuerpo, con el cual ha de mantenerse en proceso continuo para no morir.
Que la vida física y espiritual del hombre esta ligada con la naturaleza no tiene otro
sentido que el de que la naturaleza está ligada consigo misma, pues el hombre es una
parte de la naturaleza.
Como
quiera que el trabajo enajenado (1) convierte a la naturaleza en algo ajeno al hombre, (2)
lo hace ajeno de sí mismo, de su propia función activa, de su actividad vital, también
hace del género algo ajeno al hombre; hace que para él la vida genérica
se convierta en medio de la vida individual. En primer lugar hace extrañas entre sí la
vida genérica y la vida individual, en segundo termino convierte a la primera, en
abstracta, en fin de la última, igualmente en su forma extrañada y abstracta.
Pues,
en primer termino, el trabajo, la actividad vital, la vida productiva misma,
aparece ante el hombre sólo como un medio para la satisfacción de una necesidad, de la
necesidad de mantener la existencia física. La vida productiva es, sin embargo, la vida
genérica. Es la vida que crea vida. En la forma de la actividad vital reside el carácter
dado de una especie, su carácter genérico, y la actividad libre, consciente, es el
carácter genérico del hombre. La vida misma aparece sólo como medio de vida.
El
animal es inmediatamente uno con su actividad vital. No se distingue de ella. Es ella.
El hombre hace de su actividad vital misma objeto de su voluntad y de su conciencia. Tiene
actividad vital consciente. No es una determinación con la que el hombre se funda
inmediatamente. La actividad vital consciente distingue inmediatamente al hombre de la
actividad vital animal. Justamente, y sólo por ello, es él un ser genérico. O, dicho de
otra forma, sólo es ser consciente, es decir, sólo es su propia vida objeto para él,
porque es un ser genérico. Sólo por ello es su actividad libre. El trabajo enajenado
invierte la relación, de manera que el hombre, precisamente por ser un ser consciente
hace de su actividad vital, de su esencia, un simple medio para su existencia.
La
producción práctica de un mundo objetivo, la elaboración de la naturaleza
inorgánica, es la afirmación del hombre como un ser genérico consciente, es decir, la
afirmación de un ser que se relaciona con el género como con su propia esencia o que se
relaciona consigo mismo como ser genérico. Es cierto que también el animal produce. Se
construye un nido, viviendas, como las abejas, los castores, las hormigas, etc. Pero
produce únicamente lo que necesita inmediatamente para sí o para su prole; produce
unilateralmente, mientras que el hombre produce universalmente; produce únicamente por
mandato de la necesidad física inmediata, mientras que el hombre produce incluso libre de
la necesidad física y sólo produce realmente liberado de ella; el animal se produce
sólo a sí mismo, mientras que el hombre reproduce la naturaleza entera; el producto del
animal pertenece inmediatamente a su cuerpo físico, mientras que el hombre se enfrenta
libremente a su producto. El animal forma únicamente según la necesidad y la medida de
la especie a la que pertenece, mientras que el hombre sabe producir según la medida de
cualquier especie y sabe siempre imponer al objeto la medida que le es inherente; por ello
el hombre crea también según las leyes de la belleza.
Por
eso precisamente es sólo en la elaboración del mundo objetivo en donde el hombre se
afirma realmente como un ser genérico. Esta producción es su vida genérica
activa. Mediante ella aparece la naturaleza como su obra y su realidad. El objeto del
trabajo es por eso la objetivación de la vida genérica del hombre, pues éste se
desdobla no sólo intelectualmente, como en la conciencia, sino activa y realmente, y se
contempla a si mismo en un mundo creado Por él. Por esto el trabajo enajenado, al
arrancar al hombre el objeto de su producción, le arranca su vida genérica, su
real objetividad genérica y transforma su ventaja respecto del animal en desventaja, pues
se ve privado de su cuerpo inorgánico, de la naturaleza. Del mismo modo, al degradar la
actividad propia, la actividad libre, a la condición de medio, hace el trabajo enajenado
de la vida genérica del hombre en medio para su existencia física.
Mediante
la enajenación, la conciencia del hombre que el hombre tiene de su género se transforma,
pues, de tal manera que la vida genérica se convierte para él en simple medio.
El
trabajo enajenado, por tanto:
3)
Hace del ser genérico del hombre, tanto de la naturaleza como de sus facultades
espirituales genéricas, un ser ajeno para él, un medio de existencia individual. Hace
extraños al hombre su propio cuerpo, la naturaleza fuera de él, su esencia espiritual,
su esencia humana.
4)
Una consecuencia inmediata del hecho de estar enajenado el hombre del producto de su
trabajo, de su actividad vital, de su ser genérico, es la enajenación del hombre
respecto del hombre. Si el hombre se enfrenta consigo mismo, se enfrenta también al otro.
Lo que es válido respecto de la relación del hombre con su trabajo, con el producto de
su trabajo y consigo mismo, vale también para la relación del hombre con el otro y con
trabajo y el producto del trabajo del otro.
En
general, la afirmación de que el hombre está enajenado de su ser genérico quiere decir
que un hombre esta enajenado del otro, como cada uno de ellos está enajenado de la
esencia humana.
La
enajenación del hombre y, en general, toda relación del hombre consigo mismo, sólo
encuentra realización y expresión verdaderas en la relación en que el hombre está con
el otro.
En
la relación del trabajo enajenado, cada hombre considera, pues, a los demás según la
medida y la relación en la que él se encuentra consigo mismo en cuanto trabajador.
(XXV)
Hemos partido de un hecho económico, el extrañamiento entre el trabajador y su
producción. Hemos expuesto el concepto de este hecho: el trabajo enajenado, extrañado.
Hemos analizado este concepto, es decir, hemos analizado simplemente un hecho económico.
Veamos
ahora cómo ha de exponerse y representarse en la realidad el concepto del trabajo
enajenado, extrañado.
Si
el producto del trabajo me es ajeno, se me enfrenta como un poder extraño, entonces ¿a
quién pertenece?
Si
mi propia actividad no me pertenece; si es una actividad ajena, forzada, ¿a quién
pertenece entonces?
A
un ser otro que yo.
¿Quién
es ese ser?
¿Los
dioses? Cierto que en los primeros tiempos la producción principal, por ejemplo, la
construcción de templos, etc., en Egipto, India, Méjico, aparece al servicio de los
dioses, como también a los dioses pertenece el producto Pero los dioses por si solos no
fueron nunca los dueños del trabajo. Aún menos de la naturaleza. Qué
contradictorio sería que cuando más subyuga el hombre a la naturaleza mediante su
trabajo, cuando más superfluos vienen a resultar los milagros de los dioses en razón de
los milagros de la industria, tuviese que renunciar el hombre, por amor de estos poderes,
a la alegría de la producción y al goce del producto.
El
ser extraño al que pertenecen a trabajo y el producto del trabajo, a cuyo servicio
está aquél y para cuyo placer sirve éste, solamente puede ser el hombre mismo
Si
el producto del trabajo no pertenece al trabajador, si es frente él un poder extraño,
esto sólo es posible porque pertenece a otro hombre que no es el trabajador. Si su
actividad es para él dolor, ha de ser goce y alegría vital de otro. Ni los
dioses, ni la naturaleza, sino sólo el hombre mismo, puede ser este poder extraño sobre
los hombres.
Recuérdese
la afirmación antes hecha de que la relación del hombre consigo mismo únicamente es
para él objetiva y real a través de su relación con los otros hombres. Si él,
pues, se relaciona con el producto de su trabajo, con su trabajo objetivado, como con un
objeto poderoso, independiente de él, hostil, extraño, se esta relacionando con
él de forma que otro hombre independiente de él, poderoso, hostil, extraño a él, es el
dueño de este objeto; Si él se relaciona con su actividad como con una actividad no
libre, se está relacionando con ella como con la actividad al servicio de otro, bajo las
órdenes, la compulsión y el yugo de otro.
Toda
enajenación del hombre respecto de sí mismo y de la naturaleza aparece en la relación
que él presume entre él, la naturaleza y los otros hombres distintos de él, Por eso la
autoenajenación religiosa aparece necesariamente en la relación del laico con el
sacerdote, o también, puesto que aquí se trata del mundo intelectual, con un mediador,
etc. En el mundo práctico, real, el extrañamiento de si sólo puede manifestarse
mediante la relación práctica, real, con los otros hombres. El medio mismo por el que el
extrañamiento se opera es un medio práctico. En consecuencia mediante el trabajo
enajenado no sólo produce el hombre su relación con el objeto y con el acto de la propia
producción como con poderes que le son extraños y hostiles, sino también la relación
en la que los otros hombres se encuentran con su producto y la relación en la que él
está con estos otros hombres. De la misma manera que hace de su propia producción su
desrealización, su castigo; de su propio producto su pérdida, un producto que no le
pertenece, y así también crea el dominio de quien no produce sobre la producción y el
producto. Al enajenarse de su propia actividad posesiona al extraño de la actividad que
no le es propia.
Hasta
ahora hemos considerado la relación sólo desde el lado del trabajador; la consideraremos
más tarde también desde el lado del no trabajador.
Así,
pues, mediante el trabajo enajenado crea el trabajador la relación de este trabajo
con un hombre que está fuera del trabajo y le es extraño. La relación del trabajador
con el trabajo engendra la relación de éste con el del capitalista o como quiera
llamarse al patrono del trabajo. La propiedad privada es, pues, el producto, el
resultado, la consecuencia necesaria del trabajo enajenado, de la relación externa
del trabajador con la naturaleza y consigo mismo.
Partiendo
de la Economía Política hemos llegado, ciertamente, al concepto del trabajo enajenado
(de la vida enajenada) como resultado del movimiento de la propiedad privada.
Pero el análisis de este concepto muestra que aunque la propiedad privada aparece como
fundamento, como causa del trabajo enajenado, es más bien una consecuencia del mismo, del
mismo modo que los dioses no son originariamente la causa, sino el efecto de la
confusión del entendimiento humano. Esta relación se transforma después en una
interacción recíproca.
Sólo
en el último punto culminante de su desarrollo descubre la propiedad privada de nuevo su
secreto, es decir, en primer lugar que es el producto del trabajo enajenado, y en
segundo término que es el medio por el cual el trabajo se enajena, la realización
de esta enajenación.
Este
desarrollo ilumina al mismo tiempo diversas colisiones no resueltas hasta ahora.
1)
La Economía Política parte del trabajo como del alma verdadera de la producción y, sin
embargo, no le da nada al trabajo y todo a la propiedad privada. Partiendo de esta
contradicción ha fallado Proudhon en favor del trabajo y contra la Propiedad privaba.
Nosotros, sin embargo, comprendemos, que esta aparente contradicción es la contradicción
del trabajo enajenado consigo mismo y que la Economía Política simplemente ha
expresado las leyes de este trabajo enajenado.
Comprendemos
también por esto que salario y propiedad privada son idénticos, pues el salario
que paga el producto, el objeto del trabajo, el trabajo mismo, es sólo una consecuencia
necesaria de la enajenación del trabajo; en el salario el trabajo no aparece como un fin
en si, sino como un servidor del salario. Detallaremos esto más tarde. Limitándonos a
extraer ahora algunas consecuencias (XXVI).
Un
alza forzada de los salarios, prescindiendo de todas las demás dificultades
(prescindiendo de que, por tratarse de una anomalía, sólo mediante la fuerza podría ser
mantenida), no sería, por tanto, más que una mejor remuneración de los esclavos,
y no conquistaría, ni para el trabajador, ni para el trabajo su vocación y su dignidad
humanas.
Incluso
la igualdad de salarios, como pide Proudhon no hace más que transformar la
relación del trabajador actual con su trabajo en la relación de todos los hombres con el
trabajo. La sociedad es comprendida entonces como capitalista abstracto.
El
salario es una consecuencia inmediata del trabajo enajenado y el trabajo enajenado es la
causa inmediata de la propiedad privada. Al desaparecer un termino debe también, por
esto, desaparecer el otro.
2)
De la relación del trabajo enajenado con la propiedad privada se sigue, además, que la
emancipación de la sociedad de la propiedad privada, etc., de la servidumbre, se expresa
en la forma política de la emancipación de los trabajadores, no como si se
tratase sólo de la emancipación de éstos, sino porque su emancipación entraña la
emancipación humana general; y esto es así porque toda la servidumbre humana está
encerrada en la relación de trabajador con la producción, y todas las relaciones
serviles son sólo modificaciones y consecuencias de esta relación.
Así
como mediante el análisis hemos encontrado el concepto de propiedad privada
partiendo del concepto de trabajo enajenado, extrañado, así también
podrán desarrollarse con ayuda de estos dos factores todas las categorías
económicas y encontraremos en cada una de estas categorías, por ejemplo, el tráfico, la
competencia, el capital, el dinero, solamente una expresión determinada,
desarrollada, de aquellos primeros fundamentos.
Antes
de considerar esta estructuración, sin embargo, tratemos de resolver dos cuestiones.
1)
Determinar la esencia general de la propiedad privada, evidenciada como
resultado del trabajo enajenado, en su relación con la propiedad verdaderamente humana
y social.
2)
Hemos aceptado el extrañamiento del trabajo, su enajenación, como un hecho
y hemos realizado este hecho. Ahora nos preguntamos ¿cómo llega el hombre a enajenar,
a extrañar su trabajo? ¿Cómo se fundamenta este extrañamiento en la esencia de la
evolución humana? Tenemos ya mucho ganado para la solución de este problema al haber transformado
la cuestión del origen de la propiedad privada en la cuestión de la relación del
trabajo enajenado con el proceso evolutivo de la humanidad. Pues cuando se habla de
propiedad privada se cree tener que habérselas con una cosa fuera del hombre.
Cuando se habla de trabajo nos las tenemos que haber inmediatamente con el hombre mismo.
Esta nueva formulación de la pregunta es ya incluso su solución.
ad.
1) Esencia general de la propiedad privada y su relación con la propiedad
verdaderamente humana.
El
trabajo enajenado se nos ha resuelto en dos componentes que se condicionan
recíprocamente o que son sólo dos expresiones distintas de una misma relación. La apropiación
aparece como extrañamiento, como enajenación y la enajenación como apropiación,
el extrañamiento como la verdadera naturalización.
Hemos
considerado un aspecto, el trabajo enajenado en relación al trabajador
mismo, es decir, la relación del trabajo enajenado consigo mismo. Como producto, como
resultado necesario de esta relación hemos encontrado la relación de propiedad del
no-trabajador con el trabajador y con el trabajo. La propiedad
privada como expresión resumida, material, del trabajo enajenado abarca ambas
relaciones, la relación del trabajador con el trabajo, con el producto de su
trabajo y con el no trabajador, y la relación del no trabajador con el trabajador
y con el producto de su trabajo.
Si
hemos visto, pues, que respecto del trabajador, que mediante el trabajo se apropia
de la naturaleza, la apropiación aparece como enajenación, la actividad propia como
actividad para otro y de otro, la vitalidad como holocausto de la vida, la producción del
objeto como pérdida del objeto en favor de un poder extraño, consideremos ahora
la relación de este hombre extraño al trabajo y al trabajador con el trabajador,
el trabajo y su objeto.
Por
de pronto hay que observar que todo lo que en el trabajador aparece como actividad de
la enajenación, aparece en el no trabajador como estado de la enajenación,
del extrañamiento.
En
segundo término, que el comportamiento práctico, real, del trabajador en la
producción y respecto del producto (en cuanto estado de ánimo) aparece en el no
trabajador a él enfrentado como comportamiento teórico.
(XXVII)
Tercero. El no trabajador hace contra el trabajador todo lo que este hace contra si
mismo, pero no hace contra sí lo que hace contra el trabajador.
Consideremos
más detenidamente estas tres relaciones.|XXVII||
[SEGUNDO
MANUSCRITO]
[ANTITESIS DEL
CAPITAL Y EL TRABAJO. PROPIEDAD PRIVADA Y CAPITAL.]
[...]
||XL| Constituye los intereses de su capital. En el trabajador se da, pues,
subjetivamente, el hecho de que el capital es el hombre que se ha perdido totalmente a si
mismo, de la misma forma que en el capital se da, objetivamente, el hecho de que el
trabajador es el hombre que se ha perdido totalmente a si mismo. El trabajador tiene, sin
embargo, la desgracia de ser un capital viviente y, por tanto, menesteroso,
que en el momento en que no trabaja pierde sus intereses y con ello su existencia. Como
capital, el valor del trabajo aumenta según la oferta y la demanda, e incluido físicamente
su existencia, su vida ha sido y es entendida como una oferta de mercancía
igual a cualquier otra. El trabajador produce el capital, el capital lo produce a él; se
produce, pues, a sí mismo y el hombre, en cuanto trabajador en cuanto mercancía,
es el resultado de todo el movimiento, Para el hombre que no es más que trabajador,
y en cuanto trabajador, sus propiedades humanas sólo existen en la medida en que existen
para el capital que le es extraño. Pero como ambos son extraños el uno para el
otro y se encuentran en una relación indiferente, exterior y casual, esta situación de
extrañamiento reciproco ha de aparecer también como real. Tan pronto, pues, como
al capital se le ocurre -ocurrencia arbitraria o necesaria- dejar de existir para el
trabajador, deja éste de existir para sí; no tiene ningún trabajo, por tanto, ningún
salario, y dado que él no tiene existencia como hombre, sino como trabajador,
puede hacerse sepultar, dejarse morir de hambre, etc. El trabajador sólo existe como
trabajador en la medida en que existe para sí como capital, y sólo existe como
capital en cuanto existe para él un capital. La existencia del capital es su
existencia, su vida; el capital determina el contenido de su vida en forma para él
indiferente. En consecuencia la Economía Política no conoce al trabajador parado, al
hombre de trabajo, en la medida en que se encuentra fuera de esta relación laboral. El
pícaro, el sinvergüenza, el pordiosero, el parado, el hombre de trabajo hambriento,
miserable y delincuente son figuras que no existen para ella, sino solamente
para otros ojos; para los ojos de medico, del juez, del sepulturero, del alguacil de
pobres, etc.; son fantasmas que quedan fuera de su reino. Por eso para ella las
necesidades del trabajador se reducen solamente a la necesidad de mantenerlo durante
el trabajo de manera que no se extinga la raza de los trabajadores. El salario
tiene, por tanto, el mismo sentido que el mantenimiento, la conservación de
cualquier otro instrumento productivo. El mismo sentido que el consumo de capital
en general, que éste requiere para reproducirse con intereses, como el aceite que las
ruedas necesitan para mantenerse en movimiento. El salario del trabajador pertenece así a
los costos necesarios del capital y del capitalista, y no puede sobrepasar las exigencias
de esta necesidad. Es, por tanto, perfectamente lógico que ante el Amendment Bill
de 1834 los fabricantes ingleses detrajeran del salario del trabajador, como parte
integrante del mismo, las limosnas públicas que éste recibe por medio del impuesto de
pobres.
La
producción produce al hombre no sólo como mercancía, mercancía humana, hombre
determinado como mercancía; lo produce, de acuerdo con esta determinación, como
un ser deshumanizado tanto física como espiritualmente. Inmoralidad,
deformación, embrutecimiento de trabajadores y capitalistas. Su producto es la mercancía
con conciencia y actividad propias..., la mercancía humana. Gran
progreso de Ricardo, Mill, etc., frente a Smith y Say, al declarar la existencia del
hombre -la mayor o menor productividad humana de la mercancía- como indiferente e
incluso nociva. La verdadera finalidad de la producción no estará en cuántos
hombres puede mantener un capital, sino en cuántos intereses reporta, en la cuantía de
las economías anuales. Igualmente fue un grande y consecuente progreso de la
reciente (XLI) Economía Política inglesa el explicar con plena claridad (al mismo tiempo
que eleva el trabajo a principio único de la Economía Política) la
relación inversa existente entre el salario y el interés del capital y que el
capitalista, por lo regular, sólo con la reducción del salario puede ganar y
viceversa. La relación normal no sería la explotación del consumidor sino la
explotación reciproca de capitalista y trabajador. La relación de la propiedad privada
contiene latente en si la relación de la propiedad privada como trabajo, así como
la relación de la misma como capital y la conexión de estas dos expresiones entre
sí. Es, de una parte, la producción de la actividad humana como trabajo, es decir, como
una actividad totalmente extraña a sí misma, extraña al hombre y a la naturaleza y por
ello totalmente extraña a la conciencia y a la manifestación vital; la existencia abstracta
del hombre como un puro hombre de trabajo, que por eso puede diariamente
precipitarse de su plena nada en la nada absoluta, en su inexistencia social que es su
real inexistencia. Es, por otra parte, la producción del objeto de la actividad humana
como capital, en el que se ha extinguido toda determinación natural y
social del objeto y ha perdido la propiedad humana su cualidad natural y social (es decir,
ha perdido toda ilusión política y social, no se mezcla con ninguna relación aparentemente
humana), que también permanece el mismo en los más diversos modos de existencia
natural y social, y es perfectamente indiferente respecto de su contenido real.
Esta oposición, llevada a su culminación, es necesariamente la culminación, la cúspide
y la decadencia de la relación toda. Por eso es también una gran hazaña de la reciente
Economía Política inglesa haber denunciado la renta de la tierra como la diferencia
entre los intereses del peor suelo dedicado a la agricultura y el mejor suelo cultivado,
haber aclarado las ilusiones románticas del terrateniente (su presunta importancia social
y la identidad de sus intereses con los de la sociedad, que todavía afirma Adam Smith,
siguiendo a los fisiócratas) y haber anticipado y preparado el movimiento real que
transformará al terrateniente en un capitalista totalmente ordinario y prosaico,
simplificará y agudizará la contradicción y acelerara así su solución. La tierra
como tierra, la renta de la tierra como renta de la tierra, han
perdido allí su diferencia estamental y se han convertido en capital e interés
que nada significan o, más exactamente, que sólo dinero significan. La diferencia
entre capital y tierra, entre ganancia y renta de la tierra, así como la de ambas con el
salario; la diferencia entre industria y agricultura, propiedad privada mueble e
inmueble, es una diferencia histórica no fundaba en la esencia de las cosas;
la fijación de un momento de la formación y el nacimiento de la oposición entre
capital y trabajo. En la industria, etcétera, en oposición a la propiedad inmobiliaria,
sólo se expresa el modo de nacimiento y la oposición en que se ha formado la industria
con relación a la agricultura. Esta diferencia sólo subsiste como un tipo especial
de trabajo, como una diferencia esencial, importante, vital, mientras
la industria (la vida urbana) se forma frente a la propiedad rural (la vida
aristocrática feudal) y lleva aún en si misma el carácter feudal de su contrario en la
forma del monopolio, el gremio, la corporación, etc., dentro de cuyas determinaciones el
trabajo tiene aún una aparente significación social, tiene aún el
significado de la comunidad real, no ha progresado aún hasta la indiferencia
respecto del propio contenido, hasta el pleno ser para sí mismo, es decir, hasta la
abstracción de todo otro ser y por ello no llegado aún a capital liberado.
(XLII)
Pero el desarrollo necesario del trabajo es la industria liberada, constituida como
tal para si, y el capital liberado. El poder de la industria sobre su contrario se
muestra en seguida en el surgimiento de la agricultura como una verdadera
industria, en tanto que antes ella dejaba el principal trabajo al suelo y a los esclavos
de este suelo, mediante los cuales éste se cultivaba a sí mismo. Con la transformación
del esclavo en un trabajador libre, esto es, en un asalariado se ha transformado el
terrateniente en sí en un patrono industrial, en un capitalista; transformación que
ocurre, en primer lugar, por intermedio del arrendatario. Pero el arrendatario es
el representante, el revelado secreto del terrateniente; sólo mediante él existe económicamente,
como propietario privado, pues las rentas de sus tierras sólo existen por la competencia
entre los arrendatarios. Esencialmente el terrateniente se ha convertido, por tanto, ya en
el arrendatario, en un capitalista ordinario. Y esto tiene aún que consumarse en
la realidad: el capitalista que se dedica a la agricultura, el arrendatario, ha de
convertirse en terrateniente o viceversa. El tráfico industrial del arrendatario
es el del terrateniente, pues el ser del primero pone al del segundo.
Como
acordándose de su supuesto nacimiento, de su origen, el terrateniente ve en el
capitalista a su petulante, liberado y enriquecido esclavo de ayer, y se ve a si mismo en
cuanto capitalista, amenazado por él. El capitalista ve en el terrateniente al
inútil, cruel y egoísta señor de ayer, sabe que le estorba en cuanto capitalista; que,
sin embargo, le debe a la industria toda su actual importancia social; ve en él una
oposición a la industria libre y al libre capital, independiente de toda
determinación natural. Este antagonismo es sumamente amargo y se dice recíprocamente la
verdad. Basta con leer los ataques de la propiedad inmueble a la mueble y viceversa para
forjarse una gráfica imagen de su recíproca indignidad. El terrateniente hace valer el
origen noble de su propiedad, los recuerdos feudales, las reminiscencias, la poesía del
recuerdo, su entusiástica naturaleza, su importancia política, etc., y cuando habla en
economista dice que sólo la agricultura es productiva. Pinta al mismo tiempo a su
adversario como un canalla adinerado, astuto, venal, mezquino, tramposo, codicioso,
capaz de venderlo todo, rebelde, sin corazón y sin espíritu, extraño al ser común que
tranquilamente vende por dinero, usurero, alcahuete, servil, intruso, adulador, timador,
que engendra, nutre y mima la competencia y con ella el pauperismo, el crimen, la
disolución de todos los lazos sociales, sin honor, sin principios, sin poesía, sin nada.
(Véase entre otros, al fisiócrata Bergasse, a quien ya fustiga Camille Desmoulins en su
periódico Revolutions de France et de Brabant; véase v. Vincke, Lancizolle,
Haller, Leo, Kosegarten, y véase también Sismondi). La propiedad mueble, por su
parte, señala las maravillas de la industria y del movimiento; ella es el fruto de la
época moderna y su legítimo hijo unigénito Compadece a su adversario como a un
mentecato no ilustrado sobre su propio ser (y esto es perfectamente cierto), que
quisiera colocar en lugar del moral capital y del trabajo libre, la inmoral fuerza bruta y
la servidumbre; lo pinta como un Don Quijote que bajo la apariencia de la rectitud,
la honorabilidad, el interés general, la estabilidad, oculta
la incapacidad de movimiento, la codiciosa búsqueda de placeres, el egoísmo, el interés
particular, el torcido propósito; lo denuncia como un taimado monopolista; ensombrece
sus reminiscencias, su poesía y sus ilusiones en una enumeración histórica y
sarcástica de la bajeza, la crueldad, el envilecimiento, la prostitución, la infamia, la
anarquía y la rebeldía que tuvieron como talleres los románticos castillos.
(XLIII) La propiedad mobiliaria habría dado al pueblo la libertad política, desatado las trabas de la sociedad civil, unido entre sí los mundos, establecido el humanitario comercio, la moral pura, la amable cultura; en lugar de sus necesidades primarias habría dado al pueblo necesidades civilizadas y los medios de satisfacerlas, en tanto que el terrateniente (ese ocioso y molesto acaparador de trigo) encarece para el pueblo los víveres más elementales y obliga así al capitalista a elevar el salario sin poder elevar la fuerza productiva; con ello estorba la renta anual de la nación, la acumulación de capitales, esto es, la posibilidad de poder proporcionar trabajo al pueblo y riqueza al país. Finalmente la anula totalmente, acarrea una decadencia general y explota avaramente todas las ventajas de la civilización moderna, sin hacer lo más mínimo por ella e incluso sin despojarse de sus prejuicios feudales. Basta, por último, con que mire a su arrendatario (él, para quien la agricultura y la tierra misma sólo existen como una fuente de dinero que se la ha regalado) y diga si él no es un canalla honrado, fanático y astuto que en corazón y en realidad hace tiempo que pertenece a la libre industria y al dulce comercio por mas que se oponga a ellos y por más que charle de recuerdos históricos y de finalidades morales o políticas. Todo lo que realmente alega en su favor sólo es cierto respecto del cultivador de la tierra (del capitalista y de los mozos de labranza), cuyo enemigo es más bien el terrateniente; testimonia, pues, contra sí mismo. Sin capital, la propiedad territorial sería materia muerta y sin valor. Su civilizado triunfo es precisamente haber descubierto y situado el trabajo humano en lugar de la cosa inanimada como fuente de la riqueza.
(Véase Paul Louis Courier, St. Simon, Canilh, Ricardo, Mill, Mac Culloch, Destutt de Tracy y Michel Chevalier.)