C. Marx & F. Engels
Feuerbach -Oposición entre las concepciones materialista e idealista -(Primer Capitulo de
La Ideología Alemana)
Todos los encabezamientos y adiciones necesarias de la editorial van entre corchetes, así
como también los números de las páginas del manuscrito. Los folios de la segunda copia
en limpio, que es la fundamental, están numerados por Marx y Engels y señalados con la
letra «f» y una cifra: [f. 1], etc. Las páginas de la primera copia en limpio no tienen
numeración del autor y están indicadas con la letra «p» y una cifra [p. 1], etc. Las
páginas de las tres partes del borrador, numeradas por Marx, se indican con una simple
cifra [1], etc.
[IV]
[1. Instrumentos de producción y formas de propiedad]
[i]...[40] De lo primero se desprende la premisa de una división del trabajo desarrollada
y de un comercio extenso; de lo segundo, la localidad. En el primer caso, es necesario
reunir a los individuos; en el segundo, se los encuentra ya como instrumentos de
producción, junto al instrumento de producción mismo.
Se manifiesta aquí, por tanto, la diferencia entre los instrumentos de producción
naturales y los creados por la civilización. El campo (lo mismo que el agua, etc.) puede
considerarse como instrumento natural de producción. En el primer caso, cuando se trata
de un instrumento natural de producción, los individuos se ven subordinados a la
naturaleza; en el segundo caso, a un producto del trabajo. Por eso, en el primer caso, la
propiedad (propiedad territorial) aparece también como un poder directo y surgido de la
naturaleza, y en el segundo caso como poder del trabajo, especialmente del trabajo
acumulado, del capital. El primer caso presupone que los individuos aparezcan agrupados
por cualquier vínculo, ya sea el de la familia, el de la tribu, el de la tierra, etc.; en
el segundo caso, en cambio, se los supone independientes los unos de los otros y
relacionados solamente por medio del intercambio. En el primer caso, el intercambio es,
fundamentalmente, un intercambio entre los hombres y la naturaleza, en el que se trueca el
trabajo de los primeros por los productos de la última; en el segundo caso trátase, más
que nada, de intercambio entre los hombres. En el primer caso basta el sentido común y
corriente, la actividad física no se ha separado aún del todo de la intelectual; en el
segundo caso, tiene que haberse ya llevado prácticamente a cabo la división entre el
trabajo físico y el intelectual. En el primer caso, el poder del propietario sobre
quienes no lo son puede descansar en relaciones personales, en una especie de comunidad
[Gemeinwesen]; en el segundo caso, tiene necesariamente que haber cobrado forma material
en un tercer objeto, en el dinero. En el primer caso, existe la pequeña industria, pero
subordinada al empleo del instrumento natural de producción y, por tanto, sin
distribución del trabajo entre diferentes individuos; en el segundo caso, la industria se
basa en la división del trabajo y sólo se realiza por medio de ésta.
[41] Hemos partido, hasta ahora, de los instrumentos de producción y ya aquí se nos ha
revelado la necesidad de la propiedad privada para ciertas fases industriales. En la
industrie extractive la propiedad privada coincide todavía con el trabajo; en la pequeña
industria y en toda la agricultura hasta hoy día, la propiedad es consecuencia necesaria
de los instramentos de producción existentes; sólo en la gran industria, la
contradicción entre el instrumento de producción y la propiedad privada es un producto
de la industria, y hace falta que, para poder engendrarlo, la gran industria se halle ya
bastante desarrollada. Por tanto, sólo con ella surge la posibilidad de la abolición de
la propiedad privada.
[2. La división del trabajo material y mental.
La separación elrtre la ciudad y el campo.
El sistema gremial]
La más importante división del trabajo físico e intelectual es la separación entre la
ciudad y el campo. La oposición entre el campo y la ciudad comienza con el tránsito de
la barbarie a la civilización, del régimen tribal al Estado, de la localidad a la
nación, y se mantiene a lo largo de toda la historia de la civilización hasta llegar a
nuestros días (anticorn-law-league [25]).
Con la ciudad aparece la necesidad de la administración, de la policía, de los
impuestos, etc., en una palabra, de la organización política comunal [des Gemeindwesens]
y, por tanto, de la política en general. Se manifiesta aquí por vez primera la
separación de la población en dos grandes clases, basada directamente en la división
del trabajo y en los instrumentos de producción. La ciudad es ya obra de la
concentración de la población, de los instrumentos de producción, del capital, del
disfrute y de las necesidades, al paso que el campo sirve de exponente cabalmente al hecho
contrario, al aislamiento y la soledad. La oposición entre la ciudad y el campo sólo
puede darse dentro de la propiedad privada. Es la expresión más palmaria del
sometimiento del individuo a la división del trabajo, a una determinada actividad que le
viene impuesta, sometimiento que convierte a unos en limitados animales urbanos y a otros
en limitados animales rústicos, reproduciendo diariamente esta oposición de intereses.
El trabajo vuelve a ser aquí lo fundamental, el poder sobre los individuos, y mientras
exista este poder, tiene que existir necesariamente la propiedad privada. La abolición de
la antítesis entre la ciudad y el campo es una de las primeras condiciones [42] para la
comunidad, condición que depende, a su vez, de una masa de premisas materiales, que no es
posible alcanzar por obra de la simple voluntad, como cualquiera puede percibir a primera
vista. (Estas condiciones habrán de ser examinadas más adelante). La separación entre
la ciudad y el campo puede concebirse también como la separación entre el capital y la
propiedad sobre la tierra, como el comienzo de una existencia y de un desarrollo del
capital independientes de la propiedad territorial, es decir, de una propiedad basada
solamente en el trabajo y en el intercambio.
En las ciudades, que la Edad Media no heredó ya acabadas de la historia anterior, sino
que surgieron como formaciones nuevas a base de los siervos de la gleba convertidos en
hombres libres, el trabajo especial de cada uno de éstos era la única propiedad con que
contaba, fuera del pequeño capital aportado por él y que no era otra cosa casi
exclusivamente que las herramientas más necesarias. La competencia de los siervos
fugitivos que constantemente afluían a la ciudad, la guerra continua del campo contra los
centros urbanos y, como consecuencia de ello, la necesidad de un poder militar organizado
por parte de las ciudades, el nexo de la propiedad en común sobre determinado trabajo, la
necesidad de disponer de lonjas comunes para vender las mercaderías, en una época en que
los artesanos eran al mismo tiempo commerçants, y la consiguiente exclusión de estas
lonjas de los individuos que no pertenecían a la profesión, el antagonismo de intereses
entre unos y otros oficios, la necesidad de proteger un trabajo aprendido con mucho
esfuerzo y la organización feudal de todo el país: tales fueron las causas que movieron
a los trabajadores de cada oficio a agruparse en gremios. No tenemos por qué entrar aquí
en las múltiples modificaciones del régimen gremial, producto de la trayectoria
histórica ulterior. La huida de los siervos de la gleba a las ciudades tuvo lugar durante
toda la Edad Media. Estos siervos, perseguidos en el campo por sus señores,
presentábanse individualmente en las ciudades, donde se encontraban con agrupaciones
organizadas contra las que eran impotentes y en las que tenían que resignarse a ocupar el
lugar que les asignaran la demanda de su trabajo y el interés de sus competidores
urbanos, ya agremiados. Estos trabajadores, que afluían a la ciudad cada cual por su
cuenta, no podían llegar a ser nunca una fuerza, ya que, si su trabajo era un trabajo
gremial que tuviera que aprenderse, los maestros de los gremios se apoderaban de ellos y
los organizaban con arreglo a sus intereses, y en los casos en que el trabajo no tuviera
que aprenderse y no se hallara, por tanto, encuadrado en ningún gremio, sino que fuese
simple trabajo de jornaleros, quienes lo ejercían no llegaban a formar ninguna
organización y seguían siendo para siempre una muchedumbre desorganizada. Fue la
necesidad del trabajo de los jornaleros en las ciudades la que creó esta plebe.
Estas ciudades eran verdaderas «asociaciones» [26] creadas por la necesidad [43]
inmediata, por la preocupación de defender la propiedad y de multiplicar los medios de
producción y los medios de defensa de los diferentes vecinos. La plebe de estas ciudades
hallábase privada de todo poder, ya que se hallaba formada por un tropel de individuos
extraños los unos a los otros y venidos allí cada uno por su cuenta, frente a los cuales
se encontraba un poder organizado, militarmente pertrechado, que los miraba con malos ojos
y los vigilaba celosamente. Los oficiales y aprendices de coda oficio se hallaban
organizados como mejor cuadraba al interés de los maestros; la relación patriarcal que
les unía a los maestros de los gremios dotaba a éstos de un doble poder, de una parte
mediante su influencia directa sobre la vida toda de los oficiales y, de otra parte,
porque para los oficiales que trabajaban con el mismo maestro éste constituía un nexo
real de unión que los mantenía en cohesión frente a los oficiales de los demás
maestros y los separaba de éstos; por último, los oficiales se hallaban vinculados a la
organización existente por su interés en llegar a ser un día maestros. Esto explica por
qué, mientras la plebe se lanzaba, por lo menos, de vez en cuando, a sublevaciones y
revueltas contra toda esta organización urbana, las cuales, sin embargo, no surtían
efecto alguno, por la impotencia de quienes las sostenían, los oficiales, por su parte,
sólo se dejaran arrastrar a pequeños actos de resistencia y de protesta dentro de cada
gremio, actos que son, en realidad, parte integrante de la existencia del propio régimen
gremial. Las grandes insurrecciones de la Edad Media partieron todas del campo, pero,
igualmente resultaron fallidas, debido precisamente a su dispersión y a la tosquedad
inherente a la población campesina.
El capital, en estas ciudades, era un capital natural, formado por la vivienda, las
herramientas del oficio y la clientela tradicional y hereditaria; capital irrealizable por
razón del incipiente intercambio y de la escasa circulación, y que se heredaba de padres
a hijos. No era, como en los tiempos modernos, un capital tasable en dinero, en el que
tanto da que se invierta en tales o en cuales cosas, sino un capital directamente
entrelazado con el trabajo determinado y concreto de su poseedor e inseparable de él;
era, por tanto, en este sentido, un capital de estamento.
La división del trabajo entre los distintos gremios, en las ciudades, [44] era todavía
[completamente primitiva] [ii], y en los gremios mismos no existía para nada entre los
diferentes trabajadores. Cada uno de éstos tenía que hallarse versado en toda una serie
de trabajos y hacer cuanto sus herramientas le permitieran; el limitado intercambio y las
escasas relaciones de unas ciudades con otras, la escasez de población y la limitación
de las necesidades no permitían que la división del trabajo se desarrollara, razón por
la cual quien quisiera llegar a ser maestro necesitaba dominar todo el oficio. De aquí
que todavía encontremos en los artesanos medievales cierto interés por su trabajo
especial y por su destreza para ejercerlo, destreza que puede, incluso, llegar hasta un
sentido artístico limitado. Pero a esto se debe también el que los artesanos medievales
viviesen totalmente consagrados a su trabajo, mantuviesen una resignada actitud de
vasallaje con respecto a él y se viesen enteramente absorbidos por sus ocupaciones, mucho
más que el obrero moderno, a quien su trabajo le es indiferente.
[3. Prosigue la división del trabajo. El comercio se separa de la industria. División
del trabajo entre las distintas ciudades. La manufactura]
El paso siguiente, en el desarrollo de la división del trabajo, fue la separación entre
la producción y el trato, la formación de una clase especial de comerciantes,
separación que en las ciudades tradicionales (en las que, entre otras cosas, existían
judíos) se había heredado del pasado y que en las ciudades recién fundadas no tardó en
aparecer. Se establecía con ello la posibilidad de relaciones comerciales que fuesen más
allá de los ámbitos inmediatos, posibilidad cuya realización dependía de los medios de
comunicación existentes, del estado de seguridad pública logrado en el país y
condicionado por las circunstancias políticas (sabido es que en toda la Edad Media los
mercaderes hacían sus recorridos en caravanas armadas) y de las necesidades más
primitivas o más desarrolladas de las zonas asequibles al comercio, con arreglo a su
correspondiente grado de cultura.
Al centrarse el trato en manos de una clase especial y al extenderse el comercio, por
medio de los mercaderes, hasta más allá de la periferia inmediata a la ciudad, se opera
inmediatamente una relación de interdependencia entre la producción y el trato. Las
ciudades se relacionan unas con otras, se llevan de una ciudad a otra nuevos instrumentos
de trabajo, y la separación entre la producción y el intercambio no tarda en provocar
una nueva división de la producción entre las distintas [45] ciudades, y pronto vemos
que cada una de ellas tiende a explotar, predominantemente, una rama industrial. La
limitación inicial a una determinada localidad comienza a desaparecer poco a poco.
El que las fuerzas productivas obtenidas en una localidad, y principalmente los inventos,
se pierdan o no para el desarrollo ulterior, dependerá exclusivamente de la extensión
del trato. Cuando aún no existe un intercambio que trascienda más allá de la vecindad
más inmediata, cada invento tiene que hacerse en cada localidad, y bastan los simples
accidentes fortuitos, tales como las irrupciones de los pueblos bárbaros e incluso las
guerras habituales, para reducir las fuerzas productivas y las necesidades de un país a
un punto en que se vea obligado a comenzar todo de nuevo. En los inicios de la historia,
todos los inventos tenían que hacerse diariamente de nuevo y en cada localidad, con
independencia de las otras. Cuán poco seguras se hallaban de una destrucción total las
fuerzas productivas pobremente desarrolladas, aun en casos en que el comercio había
logrado una relativa extensión, lo muestran los fenicios [iii], cuyas invenciones
desaparecieron en su mayoría por largo tiempo al ser desplazada esta nación del
comercio, avasallada por Alejandro y al sobrevenir la consiguiente decadencia. Y lo mismo
ocurrió en la Edad Media, por ejemplo, con la industria del cristal policromado. La
conservación de las fuerzas productivas obtenidas sólo se garantiza al adquirir
carácter universal el intercambio, al tener como base la gran industria y al incorporarse
todas las naciones a la lucha de la competencia.
La división del trabajo entre las diferentes ciudades trajo como consecuencia inmediata
el nacimiento de las manufacturas, como ramas de producción que se salían ya de los
marcos del régimen gremial. El primer florecimiento de las manufacturas en Italia,
y más tarde en Flandes tuvo como premisa histórica el intercambio con naciones
extranjeras. En otros países en Inglaterra y Francia, por ejemplo, las
manufacturas comenzaron limitándose al mercado interior. Aparte de las premisas ya
indicadas, las manufacturas presuponen una concentración ya bastante avanzada de la
población sobre todo en el campo y del capital, que conienza a reunirse en
pocas manos, ya en los gremios, a despecho de las ordenanzas gremiales, ya entre los
comerciantes.
[46] El trabajo que desde el primer momento presuponía el funcionamiento de una máquina,
siquiera fuese la más rudimentaria, no tardó en revelarse como el más susceptible de
desarrollo. El primer trabajo que se vio impulsado y adquirió nuevo desarrollo mediante
la extensión del intercambio fue la tejeduría, que hasta entonces venían ejerciendo los
campesinos como actividad accesoria, para procurarse las necesarias prendas de vestir. La
tejeduría fue la primera y siguió siendo luego la más importante de todas. La demanda
de telas para vestir, que crecía a medida que aumentaba la población, la incipiente
acumulación y movilización del capital natural por efecto de la circulación acelerada y
la necesidad de cierto lujo, provocada por todos estos factores y propiciada por la
gradual expansión del intercambio, imprimieron al arte textil un impulso cuantitativo y
cualitativo que lo obligó a salirse del marco de la forma de producción tradicional.
Junto a los campesinos que tejían para atender a sus propias necesidades, los cuales
siguieron existiendo y existen todavía hoy, apareció en las ciudades una nueva clase de
tejedores que destinaban todos sus productos al mercado interior y, muchas veces, incluso
a los mercados de fuera.
La tejeduría, que en la mayoría de los casos requería poca destreza y que no tardó en
desdoblarse en una serie infinita de ramas, se resistía por su propia naturaleza a
soportar las trabas del régimen gremial. Esto explica por qué los tejedores trabajaban
casi siempre en aldeas y en zonas de mercado sin organización gremial, que poco a poco
fueron convirtiéndose en ciudades y que no tardaron en figurar, además, entre las más
florecientes de cada país.
Con la manufactura exenta de las trabas gremiales cambiaron también las relaciones de
propiedad. El primer paso para superar el capital natural de estamento se había dado al
aparecer los comerciantes, cuyo capital fue desde el primer momento un capital móvil, es
decir, un capital en el sentido moderno de la palabra, en la medida en que ello era
posible en las circunstancias de aquel entonces. El segundo paso de avance lo dio la
manufactura, que a su vez movilizó una masa del capital natural e incrementó en general
la masa del capital móvil frente a la de aquél.
Y la manufactura se convirtió, al mismo tiempo, en el refugio de los campesinos contra
los gremios a que ellos no tenían acceso o que les pagaban mal, lo mismo que en su tiempo
las ciudades dominadas por los gremios habían brindado a la población campesina refugio
[47] contra [la nobleza rural que la oprimía] [iv].
El comienzo de las manufacturas trajo consigo, además, un período de vagabundaje,
provocado por la supresión de las mesnadas feudales, por el licenciamiento de los
ejércitos que habían servido a los reyes contra los vasallos, por los progresos de la
agricultura y la transformación de grandes extensiones de tierras de labor en pasturas.
Ya esto sólo demuestra que la aparición de este vagabundaje coincide exactamente con la
desintegración del feudalismo. En el siglo XIII nos encontramos ya con determinados
períodos de este tipo, aunque el vagabundaje sólo se generaliza y se convierte en un
fenómeno permanente a fines del XV y comienzos del XVI. Tan numerosos eran estos
vagabundos, que Enrique VIII de Inglaterra, para no citar más que a este monarca, mandó
ahorcar a 72.000. Hubo que vencer enormes dificultades y una larguísiina resistencia
hasta lograr que estas grandes masas de gentes llevadas a la miseria extrema se decidieran
a trabajar. El rápido florecimiento de las manufacturas, sobre todo en Inglaterra, fue
absorbiéndolas, poco a poco.
La manufactura lanzó a las diversas naciones al terreno de la competencia, a la lucha
comercial, ventilada en forma de guerras, aranceles proteccionistas y prohibiciones, al
paso que antes las naciones, cuando se hallaban en contacto, mantenían entre sí un
inofensivo intercambio comercial. A partir de ahora, el comercio adquiere una
significación política.
La manufactura trajo consigo, al mismo tiempo, una actitud distinta del trabajador ante el
patrono. En los gremios persistía la vieja relación patriarcal entre oficiales y
maestros; en la manufactura esta relación fue suplantada por la relación monetaria entre
el trabajador y el capitalista; en el campo y en las pequeñas ciudades, esta relación
seguía teniendo un color patriarcal, pero en las grandes ciudades, en las ciudades
manufactureras por excelencia, perdió en seguida, casi en absoluto, ese matiz.
La manufactura y, en general, el movimiento de la producción experimentaron un auge
enorme gracias a la expansión del trato como consecuencia del descubrimiento de América
y de la ruta marítima hacia las Indias orientales. Los nuevos productos importados de
estas tierras, y principalmente las masas de oro y plata lanzadas a la circulación,
hicieron cambiar totalmente la posición de unas clases con respecto a otras y asestaron
un rudo golpe a la propiedad feudal de la tierra y a los trabajadores, al paso que las
expediciones de aventureros, la colonización y, sobre todo, la expansión de los mercados
hacia el mercado mundial, que ahora se hacía posible y se iba realizando día tras día,
daban comienzo a una nueva fase [48] del desarrollo histórico, en la que en general no
hemos de detenernos aquí. La colonización de los países recién descubiertos sirvió de
nuevo incentivo a la lucha comercial entre las naciones y le dio, por tanto, mayor
extensión y mayor encono.
La expansión del comercio y de la manufactura sirvió para acelerar la acumulación del
capital móvil, mientras en los gremios, en los que nada estimulaba la ampliación de la
producción, el capital natural permanecía estable o incluso decrecía. El comercio y la
manufactura crearon la gran burguesía, al paso que en los gremios se concentraba la
pequeña burguesía, que ahora ya no seguía dominando, como antes, en las ciudades, sino
que tenía que inclinarse bajo la dominación de los grandes comerciantes y manufactureros
[v]. De ahí la decadencia de los gremios en cuanto entraban en contacto con la
manufactura.
Durante la época de que hablamos, las relaciones entre las naciones adquieren dos formas
distintas. Al principio, la escasa cantidad de oro y plata circulantes condicionaba la
prohibición de exportar estos metales, y la industria, generalmente importada del
extranjero e impuesta por la necesidad de dar ocupación a la creciente población urbana,
no podía desenvolverse sin un régimen de protección, que, naturalmente, no iba dirigido
solamente contra la competencia interior, sino también, y fundamentalmente, contra la
competencia de fuera. El privilegio local de los gremios hacíase extensivo, en estas
prohibiciones primitivas, a toda la nación. Los aranceles aduaneros surgieron de los
tributos que los feudales cobraban a los comerciantes que atravesaban sus dominios,
redimiéndose de ese modo del saqueo, tributos que más tarde cobraban también las
ciudades y que, al surgir los Estados modernos, han sido el recurso más al alcance de la
mano del fisco para obtener dinero.
La aparición del oro y la plata de América en los mercados europeos, el desarrollo
gradual de la industria, el rápido auge del comercio y, como consecuencia de ello, el
florecimiento de la burguesía no gremial y la propagación del dinero, dieron a todas
estas medidas una significación distinta. El Estado, que cada día podía prescindir
menos del dinero, mantuvo ahora, por razones de orden fiscal, la prohibición de exportar
oro y plata; los burgueses, que veían su gran objetivo de acaparación en estas masas de
dinero lanzadas ahora nuevamente sobre el mercado, sentíanse plenamente satisfechos con
ello; los anteriores privilegios, vendidos por dinero, convirtiéronse en fuente de
ingresos para el gobierno; surgieron en la legislación aduanera los aranceles de
exportación que, interponiendo un obstáculo en el camino de la industria, perseguían
fines puramente fiscales.
El segundo período comenzó a mediados del siglo XVII y duró casi hasta finales del
XVIII. El comercio y la navegación habíanse desarrollado más rápidamente que la
manufactura, la cual desempeñaba un papel secundario; las colonias comenzaron a
convertirse en importantes consumidores y las diferentes naciones fueron tomando
posiciones, mediante largas luchas, en el mercado mundial que se abría. Este período
comienza con las leyes de navegación y los monopolios coloniales. La competencia entre
unas y otras naciones era eliminada, dentro de lo posible, por medio de aranceles,
prohibiciones y tratados; en última apelación, la lucha de competencia se libraba y
decidía por medio de la guerra (principalmente, de la guerra marítima). La nación más
poderosa en el mar, Inglaterra, mantenía su supremacía en el comercio y en la
manufactura. Vemos ya aquí la concentración en un solo país.
La manufactura había disfrutado de una constante protección, por medio de aranceles
proteccionistas en el mercado interior, mediante monopolios en el mercado colonial y, en
el mercado exterior, llevando hasta el máximo las tarifas aduaneras diferenciales. Se
favorecía la elaboración de las materias primas producidas en el propio país (lana y
lino en Inglaterra, seda en Francia), prohibiéndose su exportación (la de la lana, en
Inglaterra), a la par que se descuidaba o se perseguía la exportación de la materia
prima importada (así, en Inglaterra, del algodón). Como es natural, la nación
predominante en el comercio marítimo y como potencia colonial procuró asegurarse
también la mayor extensión cuantitativa y cualitativa de la manufactura. Esta no podía
en modo alguno prescindir de un régimen de protección, ya que fácilmente podía perder
su mercado y verse arruinada por los más pequeños cambios producidos en otros países;
era fácil introducirla en un país de condiciones hasta cierto punto favorables, pero
esto mismo hacía que fuese también fácil destruirla. Pero, al mismo tiempo, merced a
los métodos de funcionamiento en el país, principalmente en el siglo XVIII, la
manufactura se entrelazaba de tal modo con las relaciones de vida de una gran masa de
individuos, que ningún país podía aventurarse a poner en juego su existencia abriendo
el paso a la libre competencia. Dependía, enteramente, por tanto, en cuanto se la llevaba
hasta la exportación, de la expansión o la restricción del comercio y ejercía sobre
éste un efecto relativamente muy pequeño. De aquí su significación secundaria y de
aquí también la influencia de los comerciantes en el siglo XVIII. [50] Eran los
comerciantes, y sobre todo los armadores de buques; los que por encima de los demás
acuciaban para conseguir protección del Estado y monopolios; y aunque también los
manufactureros, es cierto, demandaban y conseguían medidas proteccionistas, marchaban
constantemente, en cuanto a importancia política, a la zaga de los comerciantes. Las
ciudades comerciales, y principalmente las ciudades marítimas, convirtiéronse en cierto
modo en centros civilizados y de la gran burguesía, al paso que en las ciudades fabriles
persistía la pequeña burguesía. Cfr. Aikin, etc. [27]. El siglo XVIII fue el siglo del
comercio. Así lo dice expresamente Pinto: «Le commerce fait la marotte du siècle» [vi]
y «Depuis quelque temps il n'est plus question que de commerce, de navigation et de
marine» [vii] [28].
Sin embargo, el movimiento del capital, aunque notablemente acelerado, siguió
manteniéndose relativamente lento. El desperdigamiento del mercado mundial en diferentes
partes, cada una de ellas explotada por una nación distinta, la eliminación de la
competencia entre las naciones, el desmaño de la misma produeción y el régimen
monetario, que apenas comenzaba a salir de sus primeras fases, entorpecían bastante la
circulación. Consecuencia de ello era aquel sucio y mezquino espíritu de tendero que
permanecía adherido todavía a todos los comerciantes y al modo y al estilo de la vida
comercial en su conjunto. Comparados con los manufactureros, y sobre todo con los
artesanos, estos mercaderes eran, indudablemente, burgueses y grandes burgueses. pero en
comparación con los comerciantes e industriales del período siguiente, no pasaban de
pequeños burgueses. Cfr. A. Smith [29].
Este período se caracteriza también por el cese de las prohibiciones de exportación de
oro y plata, por el nacimiento del comercio de dinero, la aparición de los bancos, de la
deuda pública, del papel-moneda, de las especulaciones con acciones y valores, del
agiotaje en toda clase de artículos y del desarrollo del dinero en general. El capital
vuelve a perder ahora gran parte del carácter natural que todavía le queda.
[4. La más extensa división del trabajo.
La gran industria]
La concentración del comercio y de la manufactura en un país Inglaterra
mantenida y desarrollada incesantemente a lo largo del siglo XVII, fue creando para este
país poco a poco un relativo mercado mundial y, con ello, una demanda para los productos
manufactureros de este mismo país, que las anteriores fuerzas productivas de la industria
no alcanzaban ya a satisfacer. Y esta demanda, que rebasaba la capacidad de las fuerzas
productivas, fue la fuerza propulsora que dio nacimiento al tercer [51] período de la
propiedad privada desde la Edad Media, creando la gran industria y, con ella, la
aplicación de las fuerzas naturales a la producción industrial, la maquinaria y la más
extensa división del trabajo. Las restantes condiciones de esta nueva fase la
libertad de competencia dentro del país, el desarrollo de la mecánica teórica (la
mecánica llevada a su apogeo por Newton había sido la ciencia más popular de Francia e
Inglaterra, en el siglo XVIII), etc. existían ya en Inglaterra. (La libre
concurrencia en el seno del país hubo de ser conquistada en todas partes por una
revolución: en 1640 y 1688 en Inglaterra, en 1789 en Francia.)
La competencia obligó en seguida a todo país deseoso de conservar su papel histórico a
proteger sus manufacturas por medio de nuevas medidas arancelarias (ya que los viejos
aranceles resultaban insuficientes frente a la gran industria), y poco después a
introducir la gran industria al amparo de arancelas proteccionistas. Pese a estos recursos
protectores, la gran industria universalizó la competencia (la gran industria es la
libertad práctica de comercio, y los aranceles proteccionistas no pasan de ser, en ella,
un paliativo, un dique defensivo dentro de la libertad comercial), creó los medios de
comunicación y el moderno mercado mundial, sometió a su férula el comercio, convirtió
todo el capital en capital industrial y engendró, con ello, la rápida circulación (el
desarrollo del sistema monetario) y la centralización de los capitales. Por medio de la
competencia universal obligó a todos los individuos a poner en tensión sus energías
hasta el máximo. Destruyó donde le fue posible la ideología, la religión, la moral,
etc., y, donde no pudo hacerlo, las convirtió en una mentira palpable. Creó por vez
primera la historia universal, haciendo que toda nación civilizada y todo individuo,
dentro de ella, dependiera del mundo entero para la satisfacción de sus necesidades y
acabando con el exclusivismo natural y primitivo de naciones aisladas, que hasta ahora
existía. Colocó la ciencia de la naturaleza bajo la férula del capital y arrancó a la
división del trabajo la última apariencia de un régimen natural. Acabo, en términos
generales, con todas las relaciones naturales, en la medida en que era posible hacerlo
dentro del trabajo, y redujo todas las relaciones naturales a relaciones basadas en el
dinero. Creo, en vez de las ciudades formadas naturalmente, las grandes ciudades
industriales modernas, que surgían de la noche a la mañana. Destruyó, donde quiera que
penetrase, la artesanía y todas las fases anteriores de la industria. Puso cima al
triunfo de la ciudad comercial sobre el campo. Su [primera premisa] [viii] era el sistema
automático. [Su desarrollo] [ix] engendró una masa de fuerzas productivas que
encontraban en la propiedad privada una traba entorpecedora, [52] como los gremios lo
habían sido para la manufactura y la pequeña explotación agrícola para los avances de
la artesanía. Estas fuerzas productivas, bajo el régimen de la propiedad privada, sólo
experimentaban un desarrollo unilateral, se convertían para la mayoría en fuerzas
destructivas y gran cantidad de ellas ni siquiera podían llegar a aplicarse con la
propiedad privada. La gran industria creaba por doquier, en general, las mismas relaciones
entre las clases de la sociedad, destruyendo con ello el carácter propio y peculiar de
las distintas nacionalidades. Finalmente, mientras la burguesía de cada nación seguía
manteniendo sus intereses nacionales aparte, la gran industria creaba una clase que en
todas las naciones se movía por el mismo interés y en la que quedaba ya destruida toda
nacionalidad; una clase que se desentendía realmente de todo el viejo mundo y que, al
mismo tiempo, se le enfrentaba. La gran industria hacía insoportable al obrero no sólo
la relación con el capitalista, sino incluso el mismo trabajo.
Huelga decir que la gran industria no alcanza el mismo nivel de desarrollo en todas y cada
una de las localidades de un país. Sin embargo, esto no detiene el movimiento de clase
del proletariado, ya que los proletarios engendrados por la gran industria se ponen a la
cabeza de este movimiento y arrastran consigo a toda la masa, y puesto que los obreros
eliminados por la gran industria se ven empujados por ésta a una situación de vida aún
peor que la de los obreros de la gran industria misma. Y, del mismo modo, los países en
que se ha desarrollado una gran industria influyen sobre los países plus ou moins [x] no
industriales, en la medida en que éstos se ven impulsados por el intercambio mundial a la
lucha universal de competencia.
* * *
Estas diferentes formas [de producción] son otras tantas formas de la organización del
trabajo y, por tanto, de la propiedad. En todo período se ha dado una agrupación de las
fuerzas productivas existentes, siempre y cuando que así lo exigieran e impusieran las
necesidades.
[5. La contradicción entre la fuerzas productivas y la forma de relación, como base de
la revolución social]
La contradicción entre las fuerzas productivas y la forma de relación que, como
veíamos, se ha producido ya repetidas veces en la historia anterior, pero sin llegar a
poner en peligro la base de la misma, tenía que traducirse necesariamente, cada vez que
eso ocurría, en una revolución, pero adoptando al mismo tiempo diversas formas
accesorias, como totalidad de colisiones, colisiones entre diversas clases, contradicción
de las conciencias, lucha de ideas, etc., lucha política, etc. Desde un punto de vista
limitado, cabe destacar una de estas formas accesorias y considerarla como la base de
estas revoluciones, cosa tanto más fácil cuanto que los mismos individuos que sirven de
punto de partida a las revoluciones se hacen ilusiones acerca de su propia actividad, con
arreglo a su grado de cultura y a la fase del desarrollo histórico de que se trata.
Todas las colisiones de la historia nacen, pues, según nuestra concepción, de la
contradicción entre las fuerzas productivas y la forma de [53] relación. Por lo demás,
no es necesario que esta contradicción, para provocar colisiones en un país, se agudice
precisamente en este país mismo. La competencia con países industrialmente más
desarrollados, provocada por un mayor intercambio internacional, basta para engendrar
también una contradicción semejante en países de industria menos desarrollada (así,
por ejemplo, el proletariado latente en Alemania se ha puesto de maniiiesto por la
competencia de la industria inglesa).
[6. La competencia de los individuos y la formación de las clases. El desarrollo de la
oposición entre los individuos y las condiciones de su vida. La comunidad ilusoria de los
individuos en la sociedad burguesa y la unidad efectiva de los individuos en la sociedad
comunista. El sometimiento de las condiciones de vida de la sociedad al poder de los
individuos unidos]
La competencia aísla a los individuos, no sólo a los burgueses, sino aún más a los
proletarios, enfrentándolos los unos con los otros, a pesar de que los aglutine. De aquí
que tenga que pasar largo tiempo antes de que estos individuos puedan agruparse, aparte de
que para dicha agrupación si ésta no ha de ser puramente local tiene que
empezar cuando la gran industria ofrezca los medios necesarios, las grandes ciudades
industriales y los medios de comunicación baratos y rápidos, razón por la cual sólo es
posible vencer tras largas luchas a cualquier poder organizado que se enfrente a estos
individuos aislados, que viven en condiciones que reproducen diariamente su aislamiento.
Pedir lo contrario sería tanto como pedir que la competencia no existiera en esta
determinada época histórica o que los individuos se quitaran de la cabeza las relaciones
sobre las que, como individuos aislados, no tienen el menor control.
-
La construcción de viviendas. De suyo se entiende que entre los salvajes cada familia
tiene su cueva o cabaña propia, lo mismo que los nómadas poseen su tienda. Esta
economía doméstica individual se hace todavía más necesaria en virtud del ulterior
desarrollo de la propiedad privada. Entre los pueblos agrícolas, la economía doméstica
en común es tan imposible como el cultivo de la tierra en común. Un gran paso adelante
ha sido la construcción de las ciudades. No obstante, en todos los períodos anteriores,
la abolición de la economía individual, inseparable de la supresión de la propiedad
privada, era imposible ya por la sencilla razón de que no existían para ello las
condiciones materiales. La organización de la economía doméstica en común implica el
desarrollo de la maquinaria, la utilización de las fuerzas naturales y de muchas otras
fuerzas productivas, como, por ejemplo, el agua corriente en las casas, [54] el alumbrado
de gas, la calefacción de vapor, etc., la supresión de la [oposición] entre la ciudad y
el campo. Sin estas condiciones, la economía común no llegará, a su vez, a ser una
nueva fuerza productiva, estará privada de toda base material, se asentará en una base
puramente teórica, es decir, será un mero capricho y no conducirá más que a una
economía de monasterio. No ha sido posible más que la concentración en las ciudades y
la construcción de edificios comunales para varios fines concretos (cárceles, cuarteles,
etc.). Por supuesto, la supresión de la economía individual es inseparable de la
supresión [Aufhebung] de la familia.
-
(La tesis que con tanta frecuencia encontramos en San Max y según la cual todo lo que
cada uno es lo es por medio del Estado, es en el fondo la misma que la que sostiene que el
burgués no es más que un ejemplar del género burgués, tesis en la que se presupone que
la clase burguesa existía ya antes que los individuos que la integran [xi].)
En la Edad Media, los vecinos de cada ciudad veíanse obligados a agruparse en contra de
la nobleza rural, para defender su pellejo; la expansión del comercio y el desarrollo de
las comunicaciones empujaron a cada ciudad a conocer a otras, que habían hecho valer los
mismos intereses, en lucha contra el mismo adversario. De las muchas vecindades locales de
las diferentes ciudades fue surgiendo así, paulatinamente, la clase de vecinos de la
ciudad, del burgo, o burgueses. Las condiciones de vida de los diferentes burgueses o
vecinos de los burgos o ciudades, empujadas por su oposición a las relaciones existentes
o por el tipo de trabajo que ello imponía, convertíanse al mismo tiempo en condiciones
comunes a todos ellos e independientes de cada individuo. Los vecinos de las ciudades
fueron creando estas condiciones al separarse de las agrupaciones feudales, a la vez que
fueron creados por ellas, por cuanto que se hallaban condicionados por su oposición al
feudalismo, con el que se habían encontrado. Al entrar en contacto unas ciudades con
otras, estas condiciones comunes se desarrollaron hasta convertirse en condiciones de
clase. Idénticas condiciones, idénticas antítesis e idénticos intereses tenían
necesariamente que provocar en todas partes, muy a grandes rasgos, idénticas costumbres.
La burguesía misma comienza a desarrollarse poco a poco con sus condiciones, se escinde
luego, bajo la acción de la división del trabajo, en diferentes fracciones y, por
último, absorbe todas las clases [xii] poseedoras con que se había encontrado al nacer
(al paso que hace que la mayoría de la clase desposeída con que se encuentra y una parte
de la clase poseedora anterior se desarrollen para formar una nueva clase, el
proletariado), en la medida en que toda la propiedad anterior se convierte en capital
industrial o comercial.
Los diferentes individuos sólo forman una clase [55] en cuanto se ven obligados a
sostener una lucha común contra otra clase, pues de otro modo ellos mismos se enfrentan
los unos con los otros, hostilmente, en el plano de la competencia. Y, de otra parte, la
clase se sustantiva, a su vez, frente a los individuos que la forman, de tal modo que
éstos se encuentran ya con sus condiciones de vida predestinadas; se encuentran con que
la clase les asigna su posición en la vida y, con ello, la trayectoria de su desarrollo
personal; se ven absorbidos por ella. Es el mismo fenómeno que el sometimiento de los
diferentes individuos a la división del trabajo, y para eliminarlo no hay otro camino que
la abolición de la propiedad privada y del trabajo mismo [xiii]. Ya hemos indicado varias
veces cómo este sometimiento de los individuos a la clase se desarrolla hasta
convertirse, al mismo tiempo, en un sometimiento a diversas ideas, etc.
Si consideramos filosóficamente este desarrollo de los individuos en las condiciones
comunes de existencia de los estamentos y las clases que se suceden históricamente y con
arreglo a las ideas generales que de este modo se les han impuesto, llegamos fácilmente a
imaginarnos que en estos individuos se ha desarrollado el Género o el Hombre o que ellos
han desarrollado al Hombre; un modo de imaginarse éste que se da de bofetadas con la
historia. Luego, podemos concebir estos diferentes estamentos y clases como
especificaciones del concepto general, como variedad del Género, como fases de desarrollo
del Hombre.
Esta inclusión de los individuos en determinadas clases no podrá superarse, en efecto,
hasta que se forme una clase que no tenga ya por qué oponer ningún interés especial de
clase a la clase dominante.
La transformación de las fuerzas (relaciones) personales en materiales por obra de la
división del trabajo no puede revocarse quitándose de la cabeza la idea general acerca
de ella, sino haciendo que los individuos sometan de nuevo a su mando estos poderes
materiales y supriman la división del trabajo [xiv]. Y esto no es posible hacerlo sin la
comunidad. Solamente dentro de la comunidad tiene todo individuo los medios [56]
necesarios para desarrollar sus dotes en todos los sentidos; solamente dentro de la
comunidad es posible, por tanto, la libertad personal. En los sustitutivos de la comunidad
que hasta ahora han existido, en el Estado, etc., la libertad personal sólo existía para
los individuos desarrollados dentro de las relaciones de la clase dominante y sólo
tratándose de individuos de esta clase. La aparente comunidad en que se han asociado
hasta ahora los individuos ha cobrado siempre una existencia propia e independiente frente
a ellos y, por tratarse de la asociación de una clase en contra de otra, no sólo era, al
mismo tiempo, una comunidad puramente ilusoria para la clase dominada, sino también una
nueva traba. Dentro de la comunidad real, los individuos adquieren, al mismo tiempo, su
libertad al asociarse y por medio de la asociación.
Los individuos han partido siempre de sí mismos, aunque naturalmente, dentro de sus
condiciones y relaciones históricas dadas, y no del individuo «puro», en el sentido de
los ideólogos. Pero, en el curso del desarrollo histórico, y precisamente por medio de
la sustantivación de las relaciones sociales que es inevitable dentro de la división del
trabajo, se acusa una diferencia entre la vida de cada individuo, en cuanto se trata de su
vida personal, y esa misma vida supeditada a una determinada rama del trabajo y a las
correspondientes condiciones. (Lo que no debe entenderse en el sentido de que, por
ejemplo, el rentista, el capitalista, etc., dejen de ser personas, sino en el de que su
personalidad se halla condicionada y determinada por relaciones de clase muy concretas, y
la diferencia sólo se pone de manifiesto en contraposición con otra clase y, con
respecto a ellas mismas, solamente cuando se presenta la bancarrota). En el estamento (y
más todavía en la tribu) esto aparece aún velado; y así, por ejemplo, un noble sigue
siendo un noble y un plebeyo un plebeyo, independientemente de sus otras relaciones, por
ser aquélla una cualidad inseparable de su personalidad. La diferencia del individuo
personal con respecto al individuo de clase, el carácter fortuito de las condiciones de
vida para el individuo, sólo se manifiestan con la aparición de la clase, que es, a su
vez, un producto de la burguesía. La competencia y la lucha de unos individuos con otros
es la que engendra y desarrolla [57] este carácter fortuito en cuanto tal. Por eso en la
imaginación, los individuos, bajo el poder de la burguesía, son más libres que antes,
porque sus condiciones de vida son, para ellos, algo puramente fortuito; pero, en la
realidad, son, naturalmente, menos libres, ya que se hallan más supeditados a un poder
material. La diferencia del estamento se manifiesta, concretamente, en la antítesis de
burguesía y proletariado. Al aparecer el estamento de los vecinos de las ciudades, las
corporaciones, etc., frente a la nobleza rural, sus condiciones de existencia, la
propiedad mobiliaria y el trabajo artesanal, que existían ya de un modo latente antes de
su separación de la asociación feudal, aparecieron como algo positivo, que se hacían
valer frente a la propiedad inmueble feudal, y ésta era la razón de que volvieran a
revestir en su modo, primeramente, la forma feudal. Es cierto que los siervos de la gleba
fugitivos consideraban a su servidumbre anterior como algo fortuito en su personalidad.
Pero, con ello no hacían sino lo mismo que hace toda clase que se libera de una traba,
aparte de que ellos, al obrar de este modo, no se liberaban como clase, sino aisladamente.
Además, no se salían del marco del régimen de los estamentos, sino que formaban un
estamento nuevo y retenían en su nueva situación su modo de trabajo anterior, y hasta lo
desarrollaban, al liberarlo de trabas que ya no correspondían al desarrollo que había
alcanzado.
Tratándose de los proletarios, por el contrario, su propia condición de vida, el
trabajo, y con ella todas las condiciones de existencia de la sociedad actual, se han
convertido para ellos en algo fortuito, sobre lo que cada proletario de por sí no tiene
el menor control y sobre lo que no puede darle tampoco el control ninguna organización
social, y la contradicción entre la personalidad del proletario individual y su
condición de vida, tal como le viene impuesta, es decir, el trabajo, se revela ante él
mismo, sobre todo porque se ve sacrificado ya desde su infancia y porque no tiene la menor
probabilidad de llegar a obtener, dentro de su clase, las condiciones que le coloquen en
otra situación.
[58], NB. No debe olvidarse que la misma necesidad de los siervos de existir y la
imposibilidad de las grandes haciendas, que trajo consigo la distribución de los
allotments [xv] entre los siervos, no tardaron en reducir las obligaciones de los siervos
para con su señor feudal a un promedio de prestaciones en especie y en trabajo que hacía
posible al siervo la acumulación de propiedad mobiliaria, facilitándole con ello la
posibilidad de huir de las tierras de su señor y permitiéndole subsistir como vecino de
una ciudad, lo que contribuyó, al mismo tiempo, a crear gradaciones entre los siervos, y
así, vemos que los siervos fugitivos son ya, a medias, vecinos de las ciudades. Y fácil
es comprender que los campesinos siervos conocedores de un oficio eran los que más
probabilidades tenían de adquirir propiedades mobiliarias.
Así, pues, mientras que los siervos fugitivos sólo querían desarrollar libremente y
hacer valer sus condiciones de vida ya existentes, razón por la cual sólo llegaron, en
fin de cuentas, al trabajo libre, los proletarios, para hacerse valer personalmente,
necesitan acabar con su propia condición de existencia anterior, que es al mismo tiempo
la de toda la anterior sociedad, es decir, acabar con el trabajo. Se hallan también, por
tanto, en contraposición directa con la forma en que los individuos componentes de la
sociedad se manifestaban hasta ahora en conjunto con el Estado, y necesitan derrocar al
Estado, para imponer su personalidad.
De toda la exposición anterior se desprende que la relación de comunidad en que entran
los individuos de una clase, relación condicionada por sus intereses comunes frente a un
tercero, era siempre una comunidad a la que pertenecían estos individuos solamente como
individuos medios, solamente en cuanto vivían dentro de las condiciones de existencia de
su clase; es decir, una relación que no los unía en cuanto tales inividuos, sino en
cuanto miembros de una clase. En cambio, con la comunidad de los proletarios
revolucionarios, que toman bajo su control sus condiciones [59] de existencia y las de
todos los miembros de la sociedad, sucede cabalmente lo contrario: en ella toman parte los
individuos en cuanto tales individuos. Esta comunidad no es otra cosa, precisamente, que
la asociación de los individuos (partiendo, naturalmente, de la premisa de las fuerzas
productivas tal y cómo ahora se han desarrollado), que entrega a su control las
condiciones de libre desarrollo y movimiento de los individuos, condiciones que hasta
ahora se hallaban a merced del azar y habían cobrado existencia propia e independiente
frente a los diferentes individuos precisamente por la separación de éstos como
individuos y que luego, con su necesaria asociación merced a la división del trabajo era
sencillamente una asociación (de ningún modo arbitraria, a la manera de la que se nos
pinta, por ejemplo, en el «Contrat social» [30], sino necesaria) (cfr., por ejemplo la
formación del Estado norteamericano y las repúblicas sudamericanas) acerca de estas
condiciones, dentro de las cuales lograban luego los individuos el disfrute de la
casualidad. A este derecho a disfrutar libremente, dentro de ciertas condiciones, de lo
que ofreciera el azar se le llamaba, hasta ahora, libertad personal. Estas condiciones de
existencia sólo son, naturalmente, las fuerzas productivas y las formas de relación
existentes en cada caso.
-
El comunismo se distingue de todos los movimientos anteriores en que echa por tierra la
base de todas las relaciones de producción y de trato que hasta ahora han existido y por
primera vez aborda de un modo consciente todas las premisas naturales como creación de
los hombres anteriores, despojándolas de su carácter natural y sometiéndolas al poder
de los individuos asociados. Su institución es, por tanto, esencialmente económica, la
de las condiciones materiales de esta asociación; hace de las condiciones existentes
condiciones para la asociación. Lo existente, lo que crea el comunismo, es precisamente
la base real para hacer imposible cuanto existe independientemente de los individuos, en
cuanto este algo existente no es, sin embargo, otra cosa que un producto de la relación
anterior de los individuos mismos. Los comunistas tratan, por tanto, prácticamente, las
condiciones creadas por la producción y la relación anteriores como condiciones
inorgánicas, sin llegar siquiera a imaginarse que las generaciones anteriores se
propusieran o pensaran suministrarles materiales y sin creer que estas condiciones fuesen
inorgánicas para los individuos que las creaban.
[7. La contradicción entre los individuos y las condiciones de su vida, como
contradicción entre las fuerzas productivas y la forma de relación. El progreso de las
fuerzas productivas y la sustitución de las formas de relación]
[60] La diferencia entre el individuo personal y el individuo contingente no es una
diferencia de concepto, sino un hecho histórico. Y esta diferencia tiene diferente
sentido según las diferentes épocas, como ocurre, por ejemplo, con el estamento, algo
casual para el individuo en el siglo XVIII, y también, plus ou moins [xvi], la familia.
No es una diferencia que nosotros tengamos que establecer para todos los tiempos, sino que
cada tiempo de por sí la establece entre los diferentes elementos con que se encuentra, y
no ciertamente en cuanto al concepto, sino obligado por las colisiones materiales de la
vida.
Lo que a la época posterior le parece casual en contraposición a la anterior y también,
por tanto, entre los elementos que de la anterior han pasado a ella, es una forma de
relación que correspondía a un determinado desarrollo de las fuerzas productivas. La
relación entre las fuerzas productivas y la forma de trato es la que media entre ésta y
la actividad u ocupación de los individuos. (La forma fundamental de esta ocupación es,
naturalmente, la forma material, de la que dependen todas las demás: la espiritual, la
política, la religiosa, etc.) La diversa organización de la vida material depende en
cada caso, naturalmente, de las necesidades ya desarrolladas, y tanto la creación como la
satisfacción de estas necesidades es de suyo un proceso histórico, que no encontraremos
en ninguna oveja ni en ningún perro (recalcitrante argumento fundamental de Stirner [31]
adversus hominem [xvii], a pesar de que las ovejas y los perros, bajo su forma actual, son
también, ciertamente, aunque malgré eux [xviii], productos de un proceso histórico).
Las condiciones bajo las cuales se relacionan los individuos, antes de que se interponga
la contradicción [entre aquellas y éstos], son condiciones inherentes a su
individualidad y no algo externo a ellos, condiciones en las cuales estos determinados
individuos existentes bajo determinadas relaciones pueden únicamente producir su vida
material y lo relacionado con ella; son, por tanto, las condiciones de su propio modo de
ocupación, y este mismo modo de ocupación las produce [xix]. La determinada condición
bajo la que proceden corresponde, pues, mientras [61] no se interpone la contradicción
[señalada], a su condicionalidad real, a su existencia unilateral, cuya unilateralidad
sólo se revela al interponerse la contradicción y que, por consiguiente, sólo existe
para los que vienen después. Luego, esta condición aparece como una traba casual, y
entonces se desliza también para la época anterior la conciencia de que es una traba.
Estas diferentes condiciones, que primeramente aparecen como condiciones del propio modo
de actividad propia y más tarde como trabas de él, forman a lo largo de todo el
desarrollo histórico una serie coherente de formas de relación, cuya cohesión consiste
en que la forma anterior de relación, convertida en una traba, es sustituida por otra
nueva, más a tono con las fuerzas productivas desarrolladas y, por tanto, con un modo
más progresivo de la propia actividad de los individuos, que à son tour [xx] se
convierte de nuevo en una traba y es sustituida, a su vez, por otra. Y, como estas
condiciones corresponden en cada fase al desarrollo simultáneo de las fuerzas
productivas, tenemos que su historia es, al propio tiempo, la historia de las fuerzas
productivas en desarrollo y heredadas por cada nueva generación y, por tanto, la historia
del desarrollo de las fuerzas de los mismos individuos.
Y, como este desarrollo se opera de un modo espontáneo, es decir, no se halla subordinado
a un plan de conjunto de individuos libremente asociados, parte de diferentes localidades,
tribus, naciones, ramas de trabajo, etc., cada una de las cuales se desarrolla con
independencia de las otras y sólo paulatinamente entra en relación con ellas. Este
proceso se desarrolla, además, muy lentamente; las diferentes fases y los diversos
intereses no se superan nunca del todo, sino que sólo se subordinan al interés
victorioso y van arrastrándose siglo tras siglo al lado de éste. De donde se sigue que,
incluso dentro de una nación, los individuos, aun independientemente de sus condiciones
patrimoniales, siguen líneas de desarrollo completamente distintas y que un interés
anterior cuya forma peculiar de relación se ve ya desplazada por otra correspondiente a
un interés posterior, puede mantenerse durante largo tiempo en posesión de un poder
tradicional en la aparente comunidad sustantivada frente a los individuos (en el Estado y
en el derecho), poder al que en última instancia sólo podrá poner fin una revolución.
Y así se explica también por qué, con respecto a ciertos puntos [62] concretos
susceptibles de una síntesis más general, la conciencia puede, a veces, parecer que se
halla más avanzada que las relaciones empíricas contemporáneas, razón por la cual
vemos cómo, muchas voces, a la vista de las luchas de una época posterior se invocan
como autoridades las doctrinas de teóricos anteriores.
En cambio, en países como Norteamérica, que comienzan desde el principio en una época
histórica ya muy avanzada, el proceso de desarrollo marcha muy rápidamente. Estos
países no tienen más premisas naturales que los individuos que allí se instalan como
colonos, movidos a ello por las formas de relación de los viejos países, que no
corresponden ya a sus necesidades. Comienzan, pues, con los individuos más progresivos de
los viejos países y, por tanto, con la forma de relación más desarrollada,
correspondiente a esos individuos, antes ya de que esta forma de relación haya podido
imponerse en los países viejos. Tal es lo que ocurre con todas las colonias, cuando no se
trata de simples estaciones militares o factorías comerciales. Ejemplos de ello los
tenemos en Cartago, las colonias griegas y la Islandia de los siglos XI y XII. Y una
situación parecida se da también en caso de conquista, cuando se trasplanta directamente
al país conquistado la forma de relación desarrollada sobre otro suelo; mientras que en
su país de origen esta forma se hallaba aún impregnada de intereses y relaciones
procedentes de épocas anteriores, aquí, en cambio, puede y debe imponerse totalmente y
sin el menor obstáculo, entre otras razones para asegurar de un modo estable el poder de
los conquistadores. (Inglaterra y Nápoles después de la conquista por los normandos
[32], que llevó a uno y otro sitio la forma más acabada de la organización feudal).
[8. El papel de la violencia (la conquista) en la historia]
A toda esta concepción de la historia parece contradecir el hecho de la conquista. Hasta
ahora, venía considerándose la violencia, la guerra, el saqueo, el asesinato para robar,
etc., como la fuerza propulsora de la historia. Aquí, tenemos que limitarnos
necesariamente a los puntos capitales, razón por la cual tomaremos el ejemplo más
palmario de la destrucción de una vieja civilización por obra de un pueblo bárbaro y,
como consecuencia de ello, la creación de una nueva estructura de la sociedad, volviendo
a comenzar desde el principio. (Roma y los bárbaros, el feudalismo y las Galias, el
Imperio Romano de Oriente y los turcos [33]).
[63] En cuanto al pueblo bárbaro conquistador, la guerra sigue siendo, como ya
apuntábamos más arriba, una forma normal de relación, explotada tanto más celosamente
cuanto que, dentro del tosco modo de producción tradicional y único posible para estos
pueblos, el incremento de la población crea más apremiantemente la necesidad de nuevos
medios de producción. En Italia, por el contrario, por virtud de la concentración de la
propiedad territorial (determinada, además de la compra de tierras y el recargo de deudas
de sus cultivadores, por la herencia, ya que, a consecuencia de la gran ociosidad y de la
escasez de matrimonios, los viejos linajes iban extinguiéndose poco a poco y sus bienes
quedaban reunidos en pocas manos) y de la transformación de las tierras de labor en
terrenos de pastos (provocada, aparte de las causas económicas normales todavía en la
actualidad vigentes, por la importación de cereales robados y arrancados en concepto de
tributos y de la consiguiente escasez de consumidores para el grano de Italia), casi
desapareció la población libre y los mismos esclavos morían en masa por inanición, y
tenían que ser reemplazados constantemente por otros nuevos. La esclavitud seguía siendo
la base de toda la producción. Los plebeyos, que ocupaban una posición intermedia entre
los libres y los esclavos, no llegaron a ser nunca más que una especie de
lumpemproletariado. Por otra parte y en general, Roma nunca fue más que una ciudad, que
mantenía con las provincias una relación casi exclusivamente política, la cual, como es
natural, podía verse rota o quebrantada de nuevo por acontecimientos de orden político.
Nada más usual que la idea de que en la historia, hasta ahora, todo se ha reducido a la
conquista. Los bárbaros se apoderaron del Imperio romano, y con esta conquista se explica
el paso del mundo antiguo al feudalismo. Pero, en la conquista por los bárbaros, se trata
de saber si la nación sojuzgada por ellos llegó a desarrollar fuerzas productivas
industriales como ocurre en los pueblos modernos, o si sus fuerzas productivas
descansaban, en lo fundamental, simplemente sobre su unión y sobre la comunidad
[Gemeinwesen]. El acto de apoderarse se halla, además, condicionado por el objeto de que
se apodera. La fortuna de un banquero, consistente en papeles, no puede en modo alguno ser
tomada sin que quien la toma se someta a las condiciones de producción y de relación del
país ocupado. Y lo mismo ocurre con todo el capital industrial de un país industrial
moderno. Finalmente, la acción de apoderarse se termina siempre muy pronto, y cuando ya
no hay nada que tomar necesariamente hay que empezar a producir. Y de esta necesidad de
producir, muy pronto declarada, se sigue [64] que la forma de la comunidad [Gemeinwesen]
adoptada por los conquistadores instalados en el país tiene necesariamente que
corresponder a la fase de desarrollo de las fuerzas productivas con que allí se
encuentran o, cuando no es ése el caso, modificarse a tono con las fuerzas productivas. Y
esto explica también el hecho que se creyó observar por todas partes en la época
posterior a la transmigración de los pueblos, a saber: que los vasallos se convirtieron
en señores y los conquistadores adoptaron muy pronto la lengua, la cultura y las
costumbres de los conquistados. El feudalismo no salió ni mucho menos, ya listo y
organizado, de Alemania, sino que tuvo su origen, por parte de los conquistadores, en la
organización guerrera que los ejércitos fueron adquiriendo durante la propia conquista y
se desarrolló hasta convertirse en el verdadero feudalismo después de ella, gracias a la
acción de las fuerzas productivas encontradas en los países conquistados. Hasta qué
punto se hallaba condicionada esta forma por las fuerzas productivas lo revelan los
intentos frustrados que se hicieron para imponer otras formas nacidas de viejas
reminiscencias romanas (Carlomagno, etc.).
Continuarla.
[9. El desarrollo de la contradicción entre las fuerzas productivas y la forma de
relación en las condiciones creadas por la gran industria y la libre competencia. El
antagonismo entre el trabajo y el capital]
La gran industria y la competencia funden todas las condiciones de existencia,
condicionalidades y unilateralidades de los individuos bajo las dos formas más simples:
la propiedad privada y el trabajo. Con el dinero, se establece como algo fortuito para los
individuos toda forma de relación y la propia relación. Ya en el dinero va implícito,
por tanto, el que toda relación anterior sólo era relación de los individuos en
determinadas condiciones, y no de los individuos en cuanto tales individuos. Y estas
condiciones se reducen a dos: trabajo acumulado, es decir, propiedad privada, y trabajo
real. Al desaparecer estas dos condiciones o una sola de ellas, se paraliza la relación.
Los propios economistas modernos, como por ejemplo Sismondi, Cherbuliez, etc., contraponen
la association des individus a la asociation des capitaux. De otra parte, los individuos
mismos quedan completamente sujetos a la división del trabajo y reducidos, con ello, a la
más completa dependencia de los unos con respecto a los otros. La propiedad privada, en
la medida en que se enfrenta al trabajo, dentro de éste, se desarrolla partiendo de la
necesidad de la acumulación y, aunque en sus comienzos presente cada vez más marcada la
forma de la comunidad [Gemeinwesen], va acercándose más y más, en su desarrollo
ulterior, a la moderna forma de la propiedad privada. La división del trabajo sienta ya
de antemano las premisas para la división de las condiciones de trabajo, las herramientas
y los materiales y, con ello, para la diseminación del capital acumulado entre diferentes
propietarios y, por consiguiente, también para su disyunción, entre el capital y el
trabajo y para las diferentes formas de la misma propiedad. Cuanto más se desarrolle la
división del trabajo [65] y crezca la acumulación, más se agudizará también esa
disyunción. El trabajo mismo sólo podrá existir bajo el supuesto de ella.
(Energía personal de los individuos de determinadas naciones alemanes y
americanos energía lograda ya mediante el cruzamiento de razas de ahí los
alemanes cretinos; en Francia, Inglaterra, etc., transplantación de pueblos extranjeros
en el suelo ya desarrollado, en América en un suelo totalmente nuevo, en Alemania la
población natural tranquilamente aferrada a su sitio.)
Nos encontramos, pues, aquí ante dos hechos [xxi]. En primer lugar, vemos que las fuerzas
productivas aparecen como fuerzas totalmente independientes y separadas de los individuos,
como un mundo propio al lado de éstos, lo que tiene su razón de ser en el hecho de que
los individuos, cuyas fuerzas son aquellas, existen diseminados los unos frente a los
otros, al paso que estas fuerzas sólo son fuerzas reales y verdaderas en la relación y
la interconexión de estos individuos. Por tanto, de una parte, una totalidad de fuerzas
productivas que adoptan, en cierto modo, una forma material y que para los mismos
individuos no son ya sus propias fuerzas, sino las de la propiedad privada y, por tanto,
sólo son las de los individuos en cuanto propietarios privados. En ningún otro período
anterior habían llegado las fuerzas productivas a revestir esta forma indiferente para la
relación de los individuos como tales individuos, porque su relación era todavía
limitada. De otra parte, a estas fuerzas productivas se enfrenta la mayoría de los
individuos, de los que estas fuerzas se han desgarrado y que, por tanto, despojados de
todo contenido real de vida, se han convertido en individuos abstractos y, por ello mismo,
se ven puestos en condiciones de relacionarse los unos con los otros como individuos.
La única relación que aún mantienen los individuos con las fuerzas productivas y con su
propia existencia, el trabajo, ha perdido en ellos toda apariencia de actividad propia y
sólo conserva [66] su vida empequeñeciéndola. Mientras que en los períodos anteriores
la actividad propia y la producción de la vida material aparecían separadas por el hecho
de atribuirse a personas distintas, y la producción de la vida material, por la
limitación de los individuos mismos, se consideraba como una modalidad subordinada de la
actividad propia, ahora estos dos aspectos se desdoblan de tal modo, que la vida material
pasa a ser considerada como la meta, y la producción de esta vida material, el trabajo
(ahora, la única forma posible, pero forma negativa, como veremos, de la actividad
propia), se revela como medio.
[10. La necesidad, las condiciones y los resultados de la supresión de la propiedad
privada]
Las cosas, por tanto, han ido tan lejos, que los individuos necesitan apropiarse la
totalidad de las fuerzas productivas existentes, no sólo para poder ejercer su propia
actividad, sino, en general, para asegurar su propia existencia.
Esta apropiación se halla condicionada, ante todo, por el objeto que se trata de
apropiar, es decir, por las fuerzas productivas, desarrolladas ahora hasta convertirse en
una totalidad y que sólo existen dentro de una relación universal. Por tanto, esta
apropiación deberá necesariamente tener, ya desde este punto de vista, un carácter
universal en consonancia con las fuerzas productivas y la relación. La apropiación de
estas fuerzas no es, de suyo, otra cosa que el desarrollo de las capacidades individuales
correspondientes a los instrumentos materiales de producción. La apropiación de una
totalidad de instrumentos de producción es ya de por sí, consiguientemente, el
desarrollo de una totalidad de capacidades en los individuos mismos.
Esta apropiación se halla, además, condicionada por los individuos apropiantes. Sólo
los proletarios de la época actual, totalmente excluidos del ejercicio de su propia
actividad, se hallan en condiciones de hacer valer su propia actividad, íntegra y no
limitada, consistente en la apropiación de una totalidad de fuerzas productivas y en el
consiguiente desarrollo de una totalidad de capacidades. Todas las anteriores
apropiaciones revolucionarias habían tenido un carácter limitado; individuos cuya propia
actividad se veía restringida por un instrumento de producción y un intercambio
limitados, se apropiaban este instrumento limitado [67] de producción y, con ello, no
hacían más que limitarlo nuevamente. Su instrumento de producción pasaba a ser
propiedad suya, pero ellos mismos seguían sujetos a la división del trabajo y a su
propio instrumento de producción. En todas las apropiaciones pasadas una masa de
individuos quedaba subordinada a algún instrumento de producción; en la apropiación
proletaria, la de instrumentos de producción tenía necesariamente que verse subordinada
a cada individuo y la propiedad sobre ellos, a todos. El moderno intercambio universal
sólo puede verse subordinado a los individuos siempre y cuando que se vea subordinado por
todos.
La apropiación se halla, además, condicionada por el modo de llevarse a cabo. En efecto,
sólo puede llevarse a cabo mediante una asociación que, dado el carácter del
proletariado mismo, no puede ser tampoco más que una asociación universal, y por obra de
una revolución en la que, de una parte, se derroque el poder del modo de producción y de
relación anterior y la organización social correspondiente y en la que, de otra parte,
se desarrollan el carácter universal y la energía de que el proletariado necesita para
llevar a cabo la apropiación, a la par que el mismo proletariado, por su parte, se
despoja de cuanto pueda quedar en él de la posición que ocupaba en la anterior sociedad.
Solamente al llegar a esta fase coincide la actividad propia con la vida material, lo que
corresponde al desarrollo de los individuos como individuos totales y a la superación de
cuanto hay en ellos de espontáneo; y a ello corresponde la transformación del trabajo en
actividad propia y la relación anterior condicionada en relación entre los individuos en
cuanto tales. Con la apropiación de la totalidad de las fuerzas productivas por los
individuos asociados termina la propiedad privada. Mientras que en la historia anterior se
manifestaba siempre como fortuita una condición especial, ahora pasa a ser fortuito el
aislamiento de los individuos mismos, la adquisición privada particular de cada uno.
Los filósofos se han representado como un ideal, al que llaman el «Hombre», a los
individuos [68] que no se ven ya subordinados a la división del trabajo, concibiendo todo
este proceso que nosotros acabamos de exponer como el proceso de desarrollo del
«Hombre», para lo que en lugar de los individuos que hasta ahora hemos visto actuar en
cada fase histórica se desliza el concepto del «Hombre», presentándolo como la fuerza
propulsora de la historia. De este modo, se concibe todo este proceso como el proceso de
autoenajenación del «Hombre» [xxii], y la razón principal de ello está en que
constantemente se atribuye por debajo de cuerda el individuo medio de la fase posterior a
la anterior y la conciencia posterior a los individuos anteriores. Y esta inversión, que
de antemano hace caso omiso de las condiciones reales, es lo que permite convertir toda la
historia en un proceso de desarrollo de la conciencia.
* * *
La sociedad civil abarca toda la relación material de los individuos en una determinada
fase de desarrollo de las fuerzas productivas. Abarca toda la vida comercial e industrial
de una fase y, en este sentido, transciende de los límites del Estado y de la nación, si
bien, por otra parte, tiene necesariamente que hacerse valer al exterior como nacionalidad
y, vista hacia el interior, como Estado. El término «sociedad civil» [xxiii] apareció
en el siglo XVIII, cuando ya las relaciones de propiedad se habían desprendido del marco
de la comunidad antigua y medieval [Gemeinwesen]. La sociedad civil en cuanto tal sólo se
desarrolla con la burguesía; sin embargo, la organización social que se desarrolla
directamente a base de la producción y la relación, y que forma en todas las épocas la
base del Estado y de toda otra superestructura idealista [xxiv], se ha designado siempre,
invariablemente, con el mismo nombre.
-
[11. La actitud del Estado y del derecho hacia la propiedad]
La primera forma de la propiedad es, tanto en el mundo antiguo como en la Edad Media, la
propiedad tribal, condicionada entre los romanos, principalmente, por la guerra, y entre
los germanos [69], por la ganadería. Entre los pueblos antiguos, teniendo en cuenta que
en una misma ciudad convivían diversas tribus, la propiedad tribal aparece como propiedad
del Estado y el derecho del individuo a disfrutarla, como simple possessio, la cual, sin
embargo, se limita, como la propiedad tribal en todos los casos, a la propiedad sobre la
tierra. La verdadera propiedad privada, entre los antiguos, al igual que entre los pueblos
modernos, comienza con la propiedad mobiliaria. (La esclavitud y la comunidad
[Gemeinwesen]) (el dominium ex jure Quiritum) [xxv]. En los pueblos surgidos de la Edad
Media, la propiedad tribal se desarrolla pasando por varias etapas propiedad feudal
de la tierra, propiedad mobiliaria corporativa, capital manufacturero hasta llegar
al capital moderno, condicionado por la gran industria y la competencia universal, a la
propiedad privada pura, que se ha despojado ya de toda apariencia de comunidad
[Gemeinwesen] y ha eliminado toda influencia del Estado sobre el desarrollo de la
propiedad. A esta propiedad privada moderna corresponde el Estado moderno, paulatinamente
comprado, mediante el sistema de impuestos en rigor, por los propietarios privados,
entregado completamente a éstos merced a la deuda pública y cuya existencia, como revela
el alza y la baja de los valores del Estado en la Bolsa, depende enteramente del crédito
comercial que le concedan los propietarios privados, los burgueses. La burguesía, por ser
ya una clase, y no un simple estamento, se halla obligada a organizarse en un plano
nacional y no ya solamente en un plano local y a dar a sus intereses comunes una forma
general. Mediante la emancipación de la propiedad privada con respecto a la comunidad
[Gemeinwesen], el Estado cobra una existencia propia junto a la sociedad civil y al margen
de ella; pero no es tampoco más que la forma de organización a que necesariamente se
someten los burgueses, tanto en lo interior como en lo exterior, para la mutua garantía
de su propiedad y de sus intereses. La independencia del Estado sólo se da, hoy día, en
aquellos países en que los estamentos aún no se han desarrollado totalmente hasta
convertirse en clases, donde aun desempeñan cierto papel los estamentos, eliminados ya en
los países más avanzados, donde existe cierta mezcla y donde, por tanto, ninguna parte
de la población puede llegar a dominar sobre las demás. Es esto, en efecto, lo que
ocurre en Alemania. El ejemplo más acabado del Estado moderno lo tenemos en Norteamérica
[70]. Los modernos escritores franceses, ingleses y norteamericanos se manifiestan todos
en el sentido de que el Estado sólo existe en función de la propiedad privada, lo que, a
fuerza de repetirse, se ha incorporado ya a la conciencia habitual.
Como el Estado es la forma bajo la que los individuos de la clase dominante hacen valer
sus intereses comunes y en la que se condensa toda la sociedad civil de la época, se
sigue de aquí que todas las instituciones comunes se objetivan a través del Estado y
adquieren a través de él la forma política. De ahí la ilusión de que la ley se basa
en la voluntad y, además, en la voluntad desgajada de su base real, en la voluntad libre.
Y, del mismo modo, se reduce el derecho, a su vez, a la ley.
El derecho privado se desarrolla conjuntamente con la propiedad privada a partir de la
desintegración de la comunidad [Gemeinwegen] natural. Entre los romanos, el desarrollo de
la propiedad privada y el derecho privado no acarreó más consecuencias industriales y
comerciales porque el modo de producción de Roma siguió siendo enteramente el mismo que
antes [xxvi]. En los pueblos modernos, donde la comunidad [Gemeinwesen] feudal fue
disuelta por la industria y el comercio, el nacimiento de la propiedad privada y el
derecho privado abrió una nueva fase, susceptible de un desarrollo ulterior. La primera
ciudad que en la Edad Media mantenía un comercio extenso por mar, Amalfi, fue también la
primera en que se desarrolló un derecho marítimo [34]. Y tan pronto como, primero en
Italia y más tarde en otros países, la industria y el comercio se encargaron de seguir
desarrollando la propiedad privada, se acogió de nuevo el derecho romano desarrollado y
se le dio autoridad. Y cuando, más tarde, la burguesía era ya lo suficientemente fuerte
para que los príncipes tomaran bajo su protección sus intereses, con la mira de derrocar
a la nobleza feudal por medio de la burguesía, comenzó en todos los países como
en Francia, en el siglo XVI el verdadero desarrollo del derecho, que en todos ellos
[71], exceptuando a Inglaterra, tomó como base el derecho romano. Pero también en
Inglaterra se utilizaron, para el desarrollo ulterior del derecho privado, algunos
principios jurídicos romanos (principalmente, en lo tocante a la propiedad mobiliaria).
(No se olvide que el derecho carece de historia propia, como carece también de ella la
religión).
El derecho privado proclama las relacionas de propiedad existentes como el resultado de la
voluntad general. El mismo jus utendi et abutendi [xxvii] expresa, de una parte, el hecho
de que la propiedad privada ya no depende en absoluto de la comunidad [Gemeinwesen] y, de
otra parte, la ilusión de que la misma propiedad privada descansa sobre la mera voluntad
privada, como el derecho a disponer arbitrariamente de la cosa. En la práctica, el abuti
[xxviii] tropieza con limitaciones económicas muy determinadas y concretas para el
propietario privado, si no quiere que su propiedad, y con ella su jus abutendi [xix],
pasen a otras manos, puesto que la cosa no es tal cosa simplemente en relación con su
voluntad, sino que solamente se convierte en verdadera propiedad en el comercio e
independientemente del derecho a una cosa (solamente allí se convierte en una relación,
en lo que los filósofos llaman una idea) [xxx]. Esta ilusión jurídica, que reduce el
derecho a la mera voluntad, conduce, necesariamente, en el desarrollo ulterior de las
relaciones de propiedad, a que una persona puede tener un derecho jurídico a una cosa sin
llegar a poseerla realmente. Así, por ejemplo, si la competencia suprime la renta de una
finca, el propietario conservará, sin duda alguna el título jurídico de propiedad, y
con él el correspondiente jus utendi et abutendi. Pero, nada podrá hacer con ese derecho
ni poseerá nada en cuanto propietario de la tierra, a menos que disponga del capital,
suficiente para poder cultivar su finca. Y por la misma ilusión de los juristas se
explica el que para ellos y para todos los códigos en general sea algo fortuito el que
los individuos entablen relaciones entre sí, celebrando, por ejemplo, contratos,
considerando estas relaciones como nexos que se pueden o no contraer, según se quiera
[72], y cuyo contenido descansa íntegramente sobre el capricho individual de los
contratantes.
Tan pronto como el desarrollo de la industria y del comercio hace surgir nuevas formas de
intercambio, por ejemplo, las compañías de seguros, etc., el derecho se ve obligado, en
cada caso, a dar entrada a estas formas entre los modos de adquirir la propiedad [xxxi].
[12. Formas de conciencia social]
La influencia de la división del trabajo en la ciencia.
El papel de la represión en cuanto al Estado, el derecho, la moral, etc.
En la ley, los burgueses deben darse a sí mismos una expresión general precisamente
porque dominan como clase.
Las ciencias naturales y la historia.
No existe historia de la política, el derecho, la ciencia, etc., el arte, la religión,
etc. [xxxii]
Por qué los ideólogos ponen todo cabeza abajo.
Predicadores de la religión, juristas, políticos.
Juristas, políticos (estadistas en general), moralistas, predicadores de la religión.
En cuanto a esta subdivisión ideológica dentro de una misma clase: 1) La profesión
adquiere una existencia propia en virtud de la división del trabajo. Cada cual estima que
su oficio es el verdadero. Respecto de la conexión entre su oficio y la realidad se crean
aun más ineludiblemente ilusiones de que ello viene condicionado ya por la propia
naturaleza del oficio. Las relaciones se convierten en conceptos en la jurisprudencia, la
política, etc., en la conciencia; puesto que no se sobresalen entre estas relaciones, los
conceptos referentes a las mismas se convierten en su cabeza en conceptos fijos; por
ejemplo, el juez aplica un código, por eso estima que la legislación es la auténtica
fuerza propulsora. El respeto por la mercancía de uno, ya que su profesión tiene que
tratar materias generales.
Idea de la justicia. Idea de Estado. En la conciencia común las cosas están puestas
cabeza abajo.
La religión es desde el comienzo una conciencia de lo transcendental proveniente de la
necesidad real.
Expresarlo de modo más popular.
La tradición en el dominio del derecho, la religión, etc.
* * *
[73] [xxxiii] Los individuos siempre han partido, siempre parten de sí mismos. Sus
relaciones son relaciones de su vida efectiva. ¿Cómo resulta que sus relaciones
adquieren una existencia independiente, que les es opuesta, y que las fuerzas de su propia
vida se convierten en fuerzas que los dominan?
En breves palabras: la división del trabajo, cuyo grado depende del desarrollo de las
fuerzas productivas en cada época concreta.
La propiedad de la tierra. La propiedad comunal. La feudal. La moderna.
La propiedad estamental. La propiedad de la manufactura. El capital industrial.
--------------------------------------------------------------------------------
NOTAS
[i] Aquí faltan cuatro páginas del manuscrito. (N. de la Edit.).
[ii] El manuscrito está deteriorado. (N. de la Edit.)
[iii] Glosa marginal de Marx: «y la pintura en cristal en la Edad Media». (N. de la
Edit.)
[iv] El manuscrito está deteriorado. (N. de la Edit.)
[v] Glosa marginal de Marx: «Pequeña burguesía, estado medio, gran burguesía». (N. de
la Edit.)
[vi] El comercio es la manía del siglo. (N. de la Edit.)
[vii] Desde hace algún tiempo, sólo se habla de comercio, de navegación y de marina.
(N. de la Edit.)
[viii] El manuscrito está deteriorado. (N. de la Edit.)
[ix] El manuscrito está deteriorado. (N. de la Edit.)
[x] Más o menos. (N. de la Edit.)
[xi] Glosa marginal de Marx: «Preexistencia de las clases en las obras de los
filósofos». (N. de la Edit.)
[xii] Glosa marginal de Marx: «Absorbe primero las ramas de trabajo pertenecientes
directamente al Estado y, luego, ± [más o menos] todos los estamentos ideológicos».
(N. de la Edit.)
[xiii] Para entender lo que significan aquí las palabras «supresión del trabajo»
(Aufhebung der Arbeit) véase el presente tomo, págs. 37-38, 66-67, 73-76. (N. de la
Edit.)
[xiv] Glosa marginal de Engels: «(Feuerbach: ser y esencia)». Cfr. el presente tomo,
págs. 43-44 (N. de la Edit.)
[xv] minúsculas porciones de tierra. (N. de la Edit.)
[xvi] Más o menos. (N. de la Edit.)
[xvii] Contra el hombre. (N. de la Edit.)
[xviii] A pesar de ellos. (N. de la Edit.)
[xix] Glosa marginal de Marx: «Producción de la forma misma de relación». (N. de la
Edit.)
[xx] A su vez. (N. de la Edit.)
[xxi] Glosa marginal de Engels: «Sismondi». (N. de la Edit.)
[xxii] Glosa marginal de Marx: «Autoenajenación». (N. de la Edit.)
[xxiii] El término «bürgerliche Gesellschaft» significa «sociedad civil» y
«sociedad burguesa». (N. de la Edit.)
[xxiv] es decir, ideal, ideológica. (N. de la Edit.)
[xxv] Propiedad de derecho quiritario, o sea, la propiedad del ciudadano romano. (N. de la
Edit.)
[xxvi] Glosa marginal de Engels: «(¡Usura!)». (N. de la Edit.)
[xxvii] derecho de usar y de abusar, o sea, disponer de una cosa al arbitrio de uno. (N.
de la Edit.)
[xxviii] abusar. (N. de la Edit.)
[xxix] derecho de abusar. (N. de la Edit.)
[xxx] Glosa marginal de Marx: «La relación, para los filósolos, significa idea. No
conocen más que la relación del «Hombre» consigo mismo, por cuya razón todas las
relaciones reales se truecan, para ellos, en ideas». (N. de la Edit.)
[xxxi] Más adelante, al final del manuscrito, siguen unas notas de Marx para ser
elaboradas ulteriormente. (N. de la Edit.)
[xxxii] Glosa marginal de Marx: «A la comunidad [dem Gemeinweisen] en la forma en que se
manifiesta en el Estado antiguo, en el régimen feudal y la monarquía absoluta, a esa
conexión le corresponden sobre todo las ideas-religiosas». (N. de la Edit.)
[xxxiii] Esta última página del manuscrito no lleva número. Contiene notas referentes
al comienzo de la exposición de la concepción materialista de la historia. Las ideas
anotadas aquí se desarrollan luego en la parte I del capítulo, en el § 3. (N. de la
Edit.)
[25] "La liga contra las leyes cerealistas": organización de la burguesía
industrial inglesa, fundada en 1838 por los fabricantes Cobden y Bright. Las denominadas
leyes cerealistas, promulgadas para limitar o prohibir la importación de trigo del
extranjero, se implantaron en Inglaterra en beneficio de los grandes terratenientes. Al
exigir la libertad completa de comercio, la Liga pretendía abolir dichas leyes con el fin
de disminuir los salarios de los obreros y debilitar las posiciones económicas y
políticas de la aristocracia terrateniente. El resultado de esta lucha fue que en 1846 se
derogaron dichas leyes, lo cual significaba un triunfo de la burguesía industrial sobre
la aristocracia agraria.-
[26] "La Unión" ("Verein"), según Stirner, agrupación voluntaria de
egoístas.
[27] J. Aikin. "A Description of the Country from thirty to forty Miles round
Manchester". London, 1795 (J. Aikin. "Descripción de los alrededores de
Manchester en un radio de treinta a cuarenta millas". Londres, 1795).
[28] La cita es de la "Lettre sur la Jalousie du Commerce" ("Carta sobre la
competencia en el comercio"), del libro de J. Pinto "Traité de la Circulation
et du Crédit". Amsterdam, 1771 ("Tratado de la circulación y el
crédito". Amsterdam, 1771), págs. 234, 283.
[29] A. Smith. "An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations".
London, 1776 (A. Smith. "Encuesta sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de
los pueblos". Londres, 1776).
[30] Véase el libro de J. J. Rousseau "Du Contract social; ou, Principes du droit
politique" ("Sobre el contrato social, o principios del Derecho político")
aparecido en Amsterdam en 1762.
[31] Se alude a los razonamientos que M. Stirner hace en su artículo "Los
reseñadores de Stirner", publicado en el tercer tomo de la revista "Wigand's
Vierteljahrsschrift" de 1845, pág. 187.
[32] Inglaterra fue conquistada por los normandos en 1066; Nápoles, en 1130.
[33] Imperio Romano de Oriente, Estado que se separó en el año 395 del Imperio romano
esclavista con centro en Constantinopla; posteriormente se denominó Bizancio; existió
hasta 1453, en que fue conquistado por Turquía.
[34] La ciudad italiana de Amalfi fue un próspero centro comercial en los siglos X y XI.
El derecho marítimo de la ciudad ("Tabula Amalphitana") tenía vigencia en toda
Italia y estaba muy extendido en los países mediterráneos.