F. Engels
EL ORIGEN DE LA FAMILIA, LA PROPIEDAD PRIVADA Y EL ESTADO
Prefacio a la cuarta edición 1891
Las ediciones precedentes, de las que se hicieron grandes tiradas, agotáronse hará cosa
de unos seis meses, por lo que el editor venía dese hace tiempo rogándome que preparase
una nueva. Trabajos más urgentes me han impedido hacerlo hasta ahora. Desde que apareció
la primera edición han trasncurrido ya siete años, en los que el estudio de las formas
primitivas de la familia ha logrado grandes progresos. Por ello ha sido necesario corregir
y aumentar minuciosamente mi obra, con mayor razón porque se piensa estereotipar el libro
y ello me privará, por algún tiempo, de toda posibilidad de corregirlo.
Como digo, he revisado atentamente todo el texto y he introducido en él adiciones en las
que confío haber tenido en cuenta, debidamente, el actual estado de la ciencia. Además,
hago en este prólogo una breve exposición del desarrollo de la historia de la familia
desde Bachofen hasta Morgan; he procedido a ello, ante todo, porque la escuela
prehistórica inglesa, que tiene un marcado matiz chovinista, continúa haciendo todo lo
posible para silenciar la revolución que los descubrimientos de Morgan han producido en
las nociones de la historia primitiva, aunque no siente el menor escrúpulo cuando se
apropia los resultados obtenidos por Morgan. Por cierto, también en otros países se
sigue con excesivo celo, en algunos casos, este ejemplo dado por los ingleses.
Mi obra ha sido traducida a varios idiomas. En primer lugar, al italiano: "L'origine
della famiglia, della propietá privata e dello stato, versione riveduta dall'autore, di
Pasquale Martignetti, Benevento, 1855. Luego apareció la traducción rumana:
"Origina familei, propietatei private si a statului, traducere de Joan Nadejde",
publicada en la revista de Jassi Contemporanul desde septiembre de 1885 hasta mayo de
1886. Luego al dinamarqués: "Familjens, privatejendommens og Statens Oprindelse,
Dansk, af Forffatteren gennemgaet Udgave, besörget of Gerson Tier, Köbenhavn, 1888.
Está imprimiéndose una traducción francesa de Henri Ravé según esta edición alemana.
* * *
Hasta 1860 ni siquiera se podía pensar en una historia de la familia. Las ciencias
históricas hallábanse aún, en este dominio, bajo la influencia de los cinco libros de
Moisés. La forma patriarcal de la familia, pintada en esos cinco libros con mayor detalle
que en ninguna otra parte, no sólo era admitida sin reservas como la más antigua, sino
que se la identificaba -descontando la poligamia- con la familia burguesa de nuestros
días, de modo que parecía como si la familia no hubiera tenido ningún desarrollo
histórico; a lo sumo se admitía que en los tiempos primitivos podía haber habido un
período de promiscuidad sexual. Es cierto que aparte de la monogamia se conocía la
poligamia en Oriente y la poliandría en la India y en el Tíbet; pero estas tres formas
no podían ser ordenadas históricamente de modo sucesivo, sino que figuraban unas junto a
otras sin guardar ninguna relación. También es verdad que en algunos pueblos del mundo
antiguo y entre algunas tribus salvajes aun existentes la descendencia se cuenta por
línea materna, y no paterna, siendo aquélla la única válida, y que en muchos pueblos
contemporáneos se prohibe el matrimonio dentro de determinados grupos más o menos
grandes -por aquel entonces aún no estudiados de cerca-, dándose este fenómeno en todas
las partes del mundo; estos hechos, ciertamente, eran conocidos y cada día se agregaban a
ellos nuevos ejemplos. Pero nadie sabía cómo abordarlos e incluso en la obra de E. B.
Tylor "Investigaciones de la Historia primitiva de la Humanidad, etc" (1865)
figuran como "costumbres raras", al lado de la prohibición vigente en algunas
tribus salvajes de tocar la leña ardiendo con cualquier instrumento de hierro y otras
futilezas religiosas semejantes.
El estudio de la historia de la familia comienza en 1861, con el "Derecho
materno" de Bachofen. El autor formula allí las siguientes tesis: 1) primitivamente
los seres humanos vivieron en promiscuidad sexual, a la que Bachofen da, impropiamente, el
nombre de heterismo; 2) tales relaciones excluyen toda posibilidad de establecer con
certeza la paternidad, por lo que la filiación sólo podía contarse por línea femenina,
según el derecho materno; esto se dio entre todos los pueblos antiguos; 3) a consecuencia
de este hecho, las mujeres, como madres, como únicos progenitores conocidos de la joven
generación, gozaban de un gran aprecio y respeto, que llegaba, según Bachofen, hasta el
dominio femenino absoluto (ginecocracia); 4) el paso a la monogamia, en la que la mujer
pertenece a un solo hombre, encerraba la transgresión de una antiquísima ley religiosa
(es decir, el derecho inmemorial que los demás hombres tenían sobre aquella mujer),
transgresión que debía ser castigada o cuya tolerancia se resarcía con la posesión de
la mujer por otros durante determinado período.
Bachofen halló las pruebas de estas tesis en numerosas citas de la literatura clásica
antigua, reunidas por él con singular celo. El paso del "heterismo" a la
monogamia y del derecho materno al paterno se produce, según Bachofen -concretamente
entre los griegos-, a consecuencia del desarrollo de las concepciones religiosas, a
consecuencia de la introducción de nuevas divinidades, que representan ideas nuevas, en
el grupo de los dioses tradicionales, encarnación de las viejas ideas; poco a poco los
viejos dioses van siendo relegados a segundo plano por los primeros. Así, pues, según
Bachofen no fue el desarrollo de las condiciones reales de existencia de los hombres, sino
el reflejo religioso de esas condiciones en el cerebro de ellos, lo que determinó los
cambios históricos en la situación social recíproca del hombre y de la mujer. En
correspondencia con esta idea, Bachofen interpreta la "Orestiada" de Esquilo
como un cuadro dramático de la lucha entre el derecho materno agonizante y el derecho
paterno, que nació y logró la victoria sobre el primero en la época de las epopeyas.
Llevada de su pasión por su amante Egisto, Clitemnestra mata a Agamenón, su marido, al
regresar éste de la guerra de Troya; pero Orestes, hijo de ella y de Agamenón, venga al
padre quitando la vida a su madre. ello hace que se vea perseguido por las Erinias, seres
demoníacos que protegen el derecho materno, según el cual el matridicio es el más grave
e imperdonable de los crímenes. Pero Apolo, que por mediación de su oráculo ha incitado
a Orestes a matar a su madre, y Atenea, que interviene como juez (ambas divinidades
representan aquí el nuevo derecho paterno), defienden a Orestes. Atenea escucha a ambas
partes. Todo el litigio está resumido en la discusión que sostienen Orestes y las
Erinias. Orestes dice que Clitemnestra ha cometido un crimen doble por haber matado a su
marido y padre de su hijo. ¿Por qué las Erinias le persiguen a él, cuando ella es mucho
más culpable? La respuesta es sorprendente:
"No estaba unida por los vínculos de la sangre al hombre a quien ha matado".
El asesinato de una persona con la que no se está ligado por lazos de sangre, incluso si
es el marido de la asesina, puede expiarse y no concierne en lo más mínimo a las
Erinias. La misión que a ellas corresponde es perseguir el homicidio entre
consanguíneos, y el peor de estos crímenes, el único imperdonable, según el derecho
materno, es el matricidio. Pero aquí interviene Apolo, el defensor de Orestes. Atenea
somete el caso al areópago, el tribunal jurado de Atenas; hay el mismo número de votos
en pro de la absolución y en pro de la condena; entonces Atenea, en calidad de presidente
del Tribunal, vota en favor de Orestes y lo absuelve. El derecho paterno obtiene la
victoria sobre el materno, los "dioses de la nueva generación", según se
expresan las propias Erinias, vencen a éstas, que, al fin y a la postre, se resignan a
ocupar un puesto diferente al que han venido ocupando y se ponen al servicio del nuevo
orden de cosas.
Esta nueva y muy acertada interpretación de la "Orestiada" es uno de los más
bellos y mejores pasajes del libro de Bachofen, pero al mismo tiempo es la prueba de que
Bachofen cree, como en su tiempo Esquilo, en las Erinias, en Apolo y en Atenea, es decir,
cree que estas divinidades realizaron en la época heroica griega el milagro de echar
abajo el derecho materno y de sustituirlo por el paterno. Es evidente que tal concepción,
que estima la religión como la palanca decisiva de la historia mundial, se reduce, en fin
de cuentas, al más puro misticismo. Por ello, estudiar a fondo el voluminoso tomo de
Bachofen es una labor ardua y, en muchos casos, poco provechosa. Sin embargo, lo dicho no
disminuye su mérito como investigador que ha abierto una nueva senda, ya que ha sido el
primero en sustituir las frases acerca de aquel ignoto estadio primitivo con promiscuidad
sexual por la demostración de que en la literatura clásica griega hay muchas huellas de
que entre los griegos y entre los pueblos asiáticos existió, en efecto, antes de la
monogamia, un estado social en el que no solamente el hombre mantenía relaciones sexuales
con varias mujeres, sino que también la mujer mantenía relaciones sexuales con varios
hombres, sin faltar por ello a los hábitos establecidos. Bachofen probó que este uso no
desapareció sin dejar huellas bajo la forma de la necesidad, para la mujer, de entregarse
por un período determinado a otros hombres, entrega que era el precio de su derecho al
matrimonio único; que, por tanto, primitivamente no podía contarse la descendencia sino
en línea femenina, de madre a madre; que esta validez exclusiva de la filiación femenina
se mantuvo largo tiempo, incluso en el período de la monogamia con la paternidad
establecida, o por lo menos, reconocida; y, por último, que esta situación primitiva de
las madres, como únicos genitores ciertos de sus hijos, aseguró a aquéllas y, al mismo
tiempo, a las mujeres en general, una posición social más elevada de la que desde
entonces acá nunca han tenido. Es cierto que Bachofen no emitió esos principios con
tanta claridad, por impedírselo el misticismo de sus concepciones; pero los demostró, y
ello, en 1861, fue toda una revolución.
El voluminoso tomo de Bachofen estaba escrito en alemán, es decir, en la lengua de la
nación que menos se interesaba entonces por la prehistoria de la familia contemporánea.
Por eso permaneció casi ignorado. El más inmediato sucesor de Bachofen en este terreno
entró en escena en 1865, sin haber oído hablar de él nunca jamás.
Este sucesor fue J. F. MacLennan, el polo opuesto de su precedesor. En lugar de místico
genial, tenemos aquí a un árido jurisconsulto; en vez de una exultante y poética
fantasía, las plausibles combinaciones de un alegato de abogado. MacLennan encuentra en
muchos pueblos salvajes, bárbaros y hasta civilizados de los tiempos antiguos y modernos,
una forma de matrimonio en que el novio, solo o asistido por sus amigos, está obligado a
arrebatar su futura esposa a sus padres, simulando un rapto por violencia. Esta usanza
debe ser vestigio de una costumbre anterior, por la cual los hombres de una tribu
adquirían mujeres tomándolas realmente por la fuerza en el exterior, en otras tribus.
Pero ¿cómo nació ese "matrimonio por rapto"?. Mientras los hombres pudieron
hallar en su propia tribu suficientes mujeres, no había ningún motivo para semejante
procedimiento. Por otra parte, con frecuencia no menor encontramos en pueblos no
civilizados ciertos grupos (que en 1865 aún solían identificarse con las tribus mismas)
en el seno de los cuales estaba prohibido el matrimonio, viéndose obligados los hombres a
buscar esposas y las mujeres esposos fuera del grupo; mientras tanto, en otros pueblos
existe una costumbre en virtud de la cual los hombres de cierto grupo vienen obligados a
tomar mujeres sólo en el seno de su mismo grupo. MacLennan llama "tribus"
exógamas a los primeros, endógamas a los segundos, y a renglón seguido y sin más
circunloquios señala que existe una antítesis bien marcada entre las "tribus"
exógamas y endógamas. Y aún cuando sus propias investigaciones acerca de la exogamia le
meten por los ojos el hecho de que esa antítesis en muchos, si no en la mayoría o
incluso en todos los casos, existe solamente en su imaginación, no por eso deja de
tomarla como base de toda su teoría. Según esta, las tribus exógamas no pueden tomar
mujeres sino de otras tribus, cosa que, dada la guerra permanente entre las tribus, tan
propia del estado salvaje, sólo puede hacerse mediante el rapto.
MacLennan plantea más adelante: ¿De dónde proviene esa costumbre de la exogamia? A su
parecer, nada tienen que ver con ella las ideas de la consanguinidad y del incesto,
nacidas mucho más tarde. La causa de tal usanza pudiera ser la costumbre muy difundida
entre los salvajes, de matar a las niñas enseguida que nacen. De eso resultaría un
excedente de hombres en cada tribu tomada por separado, siendo la inmediata consecuencia
de ello que varios hombres tendrían en común una misma mujer, es decir, la poliandría.
De aquí se desprende, a su vez, que se sabía quien era la madre del niño, pero no
quién era su padrea; por ello la ascendencia sólo se contaba en línea materna, y no
paterna (derecho materno). Y otra consecuencia de la escasez de mujeres en el seno de la
tribu, escasez atenuada, pero no suprimida, por la poliandría, era precisamente el rapto
sistemático de mujeres de tribus extrañas. "Desde el momento en que la exogamia y
la poliandria proceden de una sola causa, del desequilibrio numérico entre los sexos,
debemos considerar que entre todas las razas exogámicas ha existido primitivamente la
poliandría... Y por esto debemos teber por indiscutible que entre las razas exógamas el
primer sistema de parentesco era aquel que sólo reconocía el vínculo de la sangre por
el lado materno". (MacLennan, "Estudios de Historia Antigua, 1886; matrimonio
primitivo", pág. 124).
El mérito de MacLennan consiste en haber indicado la difusión general y la gran
importancia de lo que él llama exogamia. En cuanto al hecho de la existencia de grupos
exógamos, no lo ha descubierto, y menos todavía lo ha comprendido. Sin hablar ya de las
noticias anteriores y sueltas de numerosos observadores -precisamente las fuentes donde ha
bebido MacLennan-, Latham había descrito con mucha exactitud y precisión
("Etnología descriptiva", 1859) ese fenómeno entre los magars de la India y
había dicho que estaba universalmente difundido y se encontraba en todas las partes del
mundo. Este pasaje lo cita el propio MacLennan. Además, también nuestro Morgan había
observado y descrito perfectamente en 1847, en sus cartas acerca de los iroqueses
("American Review"), y en 1851, en su "La Liga de los Iroqueses", este
mismo fenómeno, mientras que el ingenio triquiñuelista de MacLennan ha introducido aquí
una confusión mucho mayor que la aportada por la fantasía mística de Bachofen en el
terreno del derecho materno. Otro mérito de MacLennan consiste en haber reconocido como
primario el orden de descendencia con arreglo al derecho materno, aunque también aquí se
le adelantó Bachofen, según lo confiesa aquél más tarde. Pero tampoco aquí ve claras
las cosas, pues habla sin cesar de "parentesco en línea femenina solamente"
("kinship through females only"), empleando continuamente esta expresión,
exacta para un período anterior, en el análisis de fases del desarrollo más tardías en
que, si bien es cierto que la filiación y el derecho de herencia siguen contándose
exclusivamente según la línea materna, el parentesco por línea paterna está ya
reconocido y fijado. Observamos aquí la estrechez de criterio del jurisconsulto, que se
forja un término jurídico fijo y continúa aplicándolo, sin modificarlo, a
circunstancias para las que es ya inservible.
Parece ser que, a pesar de su verosimilitud, la teoría de MacLennan pareciole a su autor
no muy bien asentada. Por lo menos, le llama la atención el "hecho, digno de ser
notado, de que la forma de rapto (simulado) de las mujeres se observe marcada y
nítidamente entre los pueblos en que predomina el parentesco masculino (es decir, la
descendencia en línea paterna)" (pág. 140). Más adelante dice: "Es muy
extraño que, según las noticias que poseemos, el infanticidio no se practique por
sistema allí donde coexisten la exogamia y la más antigua forma de parentesco"
(pág. 146). Estos dos hechos rebaten directamente su manera de explicar las cosas, y
MacLennan no puede oponerle sino nuevas hipótesis más embrolladas aún.
Sin embargo, su teoría fue acogida en Inglaterra con gran aprobación y simpatía.
MacLennan fue considerado aquí por todo el mundo como el fundador de la historia de la
familia y como la primera autoridad en la materia. Su antítesis entre las
"tribus" exógamas y endógamas continuó siendo, a pesar de ciertas excepciones
y modificaciones comprobadas, la base reconocida de las opiniones dominantes y se trocó
en las anteojeras que impedían ver libremente el terreno explorado y, por consiguiente,
todo progreso decisivo. Ante la exageración de los méritos de MacLennan, hoy costumbre
en Inglaterra y, siguiendo a ésta, fuera de ella, debemos señalar que con su antítesis
de "tribus" exógamas y endógamas, basada en la más pura confusión, ha
causado más daño que servicios ha prestado con sus investigaciones.
Entretanto, pronto empezaron a ser conocidos hechos que ya no cabían en el frágil molde
de su teoría. MacLennan sólo conocía tres formas de matrimonio: la poligamia, la
poliandría y la monogamia. Pero así que se centró la atención en este punto, se
hallaron pruebas, cada vez más numerosas, de que entre los pueblos no desarrollados
existían otras formas de matrimonio, en las que varios hombres tenían en común varias
mujeres; y Lubbock ("El origen de la civilización", 1870 reconoció como un
hecho histórico este matrimonio por grupos (Communal marriage).
Poco después (en 1871) apareció en escena Morgan, con documentos nuevos y decisivos
desde muchos puntos de vista. Habíase convencido de que el sistema de parentesco propio
de los iroqueses, y vigente aún entre ellos, era común a todos los aborígenes de los
Estados Unidos, es decir, que estaba difundido en un continente entero, aun cuando se
encuentra en contradicción formal con los grados de parentesco que resultan del sistema
conyugal allí imperante. Incitó entonces al gobierno federal americano a que recogiese
informes acerca del sistema de parentesco de los demás pueblos, según un formulario y
unos cuadros confeccionados por él mismo. Y de las respuestas dedujo: 1) que el sistema
de parentesco indoamericano estaba igualmente en vigor en Asia y, bajo una forma poco
modificada, en muchas tribus de Africa y Australia; 2) que este sistema tenía su más
completa explicación en una forma de matrimonio por grupos que se hallaba en proceso de
extinción en Hawaí y en otras islas australianas, 3) que en estas mismas islas existía,
junto a esa forma de matrimonio, un sistema de parentesco que sólo podía explicarse
mediante una forma, desaparecida hoy, de matrimonio por grupos más primitivo aún.
Morgan publicó las noticias reunidas y las conclusiones deducidas de ellas en su
"Sistemas de consanguinidad y afinidad", en 1871, y llevó así la discusión a
un terreno infinitamente más amplio. Tomando como punto de partida los sistemas de
parentesco y reconstituyendo las formas de familia a ellos correspondientes, abrió nuevos
caminos a la investigación y dio la posibilidad de ver mucho más lejos en la prehistoria
de la humanidad. De haber sido aceptado este método, las frágiles construcciones de
MacLennan hubieran quedado reducidas a polvo.
MacLennan salió en defensa de su teoría con una nueva edición del "Matrimonio
primitivo (Estudios de Historia Antigua, 1876)". Aunque él mismo construye la
historia de la familia basándose en simples hipótesis y de una manera artificial en
extremo, exige a Lubbock y a Morgan, no sólo la prueba de cada una de sus aseveraciones,
sino pruebas irrefutables, las únicas admitidas en los tribunales de justicia escoceses.
¡Y eso lo hace un hombre quien, apoyándose en el íntimo parentesco entre el tio materno
y el sobrino en los germanos (Tácito: Germania, cap. XX), en el relato de César de que
los bretones tienen sus mujeres en común por grupos de diez o doce, y en todas las demás
relaciones que los autores antiguos hacen de las mujeres entre los bárbaros, deduce sin
vacilación que la poliandría ha reinado en todos esos pueblos! Parece que se está
oyendo a un fiscal que se toma entera libertad para amañar sus conclusiones y exige, en
cambio, al defensor la prueba más formal y más jurídicamente valedera de cada palabra
que éste pronuncie.
Afirma que el matrimonio por grupos es pura invención, y queda, así, muy por debajo de
Bachofen. Según él, los sistemas de parentesco de Morgan no son sino simplemente
fórmulas de cortesía social, demostradas por el hecho de que al dirigir los indios la
palabra hasta a un extranjero, a un blanco, lo tratan de hermano o de padre. Esto es lo
mismo que si se quisiera asegurar que las palabras padre, madre, hermano y hermana son
puras fórmulas de apóstrofe sin significación, porque a los sacerdotes y a las abadesas
católicas se los saluda igualmente con los nombres de padre y madre, y porque los frailes
y las monjas, lo mismo que los masones y los miembros de los sindicatos ingleses, se
tratan entre sí de hermanos y hermanas en sus reuniones solemnes. En una palabra, la
defensa de MacLennan no pudo ser más floja.
Pero quedaba un punto en el que era invulnerable. Su antítesis de las "tribus"
exógamas y endógamas, base de su sistema, lejos de vacilar, se reconocía universalmente
como el fundamento de toda la historia de la familia. Se admitía que el intento de
demostrar esta antítesis hecho por MacLennan era insuficiente y estaba en contradicción
con los datos por él mismo aportados. Pero se consideraba como un evangelio indiscutible
la antítesis misma, la existencia de dos tipos, exclusivos entre sí, de tribus
autónomas e independientes, de los cuales uno tomaba sus mujeres en la misma tribu,
mientras que al otro le estaba eso terminantemente prohibido. Consúltese, por ejemplo,
"Orígenes de la familia", de Giraud-Teulon (1874), y aun la obra de Lubbock
"El origen de la civilización" (4ª edición, 1882).
Aparece luego el trabajo fundamental de Morgan, "La Sociedad Antigua" (1877),
que forma la base de la obra que ofrezco al lector. Aquí Morgan desarrolla con plena
nitidez lo que en 1871 conjeturaba vágamente. La endogamia y la exogamia no forman
ninguna antítesis; la existencia de "tribus" exógamas no está demostrada
hasta ahora en ninguna parte. Pero, en la época en que aún dominaba el matrimonio por
grupos -que, según toda verosimilitud, ha existido en tiempos en todas partes-, la tribu
se escindió en cierto número de grupos, de gens consanguíneas por línea materna, en el
seno de las cuales estaba rigurosamente prohibido el matrimonio, de tal suerte que los
hombres de una gens, si bien es verdad que podían tomar mujeres en la tribu, y las
tomaban efectivamente en ella, venían obligados a tomarlas fuera de su propia gens. De
este modo, si la gens era estrictamente exógama, la tribu que comprendía la totalidad de
las gens era endógama en la misma medida. Esta circunstancia dio al traste con los restos
de las sutilezas de MacLennan.
Pero Morgan no se limitó a esto. La gens de los indios americanos le sirvió, además,
para dar un segundo y decisivo paso en la esfera de sus investigaciones. En esa gens,
organizada según el derecho materno, descubrió la forma primitiva de donde salió la
gens ulterior, basada en el derecho paterno, la gens tal como la encontramos en los
pueblos civilizados de la antiguedad. La gens griega y romana, que había sido hasta
entonces un enigma para todos los historiadores, quedó explicada partiendo de la gens
india, y con ello se dio una base nueva para el estudio de toda la historia primitiva.
El descubrimiento de la primitiva gens de derecho materno, como etapa anterior a la gens
de derecho paterno de los pueblos civilizados, tiene para la historia primitiva la misma
importancia que la teoría de la evolución de Darwin para la biología, y que la teoría
de la plusvalía, enunciada por Marx, para la Economía política. Este descubrimiento
permitió a Morgan bosquejar por vez primera una historia de la familia, donde, por lo
menos en líneas generales, quedaron asentados previamente, en cuanto lo permiten los
datos actuales, los estadios clásicos de la evolución. Para todo el mundo está claro
que con ello se inicia una nueva época en el estudio de la prehistoria. La gens de
derecho materno es hoy el eje alrededor del cual gira toda esta ciencia; desde su
descubrimiento, se sabe en qué dirección encaminar las investigaciones y qué estudiar,
así como de qué manera de debe agrupar los resultados obtenidos. Por eso hoy se hacen en
este terreno progresos mucho más rápidos que antes de aparecer el libro de Morgan.
También en Inglaterra todos los investigadores de la prehistoria admiten hoy los
descubrimientos de Morgan, aunque sería más exacto decir que se han apropiado de ellos.
Pero casi ninguno de estos investigadores declara francamente que es a Morgan a quien
debemos esa revolución en las ideas. En Inglaterra se pasa en silencio su libro siempre
que es posible; en cuanto al propio autor, se limitan a condescendientes elogios de sus
trabajos anteriores; escarban con celo en pequeños detalles de su exposición, pero
silencian, contumaces, sus descubrimientos, verdaderamente importantes. La primera
edición de "Ancient Society" se agotó; en América las publicaciones de este
tipo se venden mal; en Inglaterra parece que la publicación de este libro ha sido
saboteada sistemáticamente, y la única edición en venta de esta obra, que forma época,
es la traducción alemana.
¿Por qué esa reserva, en la cual es difícil no advertir una conspiración del silencio,
sobre todo si se toma en cuenta las numerosas citas hechas por simple cortesía, y otras
pruebas de camaradería en que abundan las obras de nuestros reconocidos investigadores de
la prehistoria? ¿Quizá porque Morgan es americano, y resulta muy duro para los
historiadores ingleses, a pesar del muy meritorio celo que ponen en acopiar documentos,
tener que depender en cuanto a los puntos de vista generales necesarios para ordenar y
agrupar los datos, en una palabra, en cuanto a sus ideas, de dos extranjeros de genio, de
Bachofen y de Morgan?. Aun pudiera pasar el alemán, pero ¡el americano!. En presencia de
un americano vuélvese patriota todo inglés; he visto en los Estados Unidos ejemplos
graciosísimos. Agrégese a esto que MacLennan fue, en cierto modo, proclamado
oficialmente el fundador y el jefe de la escuela prehistórica inglesa; que, hasta cierto
punto, en prehistoria se consideraba de buen tono no hablar sino con el más profundo
respeto de su alambicada construcción histórica, que conducía desde el infanticidio a
la familia de derecho materno, pasando por la poliandría y el matrimonio por rapto.
Teníase como grave sacrilegio manifestar la menor duda acerca de la existencia de
"tribus" endógamas y exógamas que se excluían absolutamente unas a otras; por
tanto, Morgan, al disipar como humo todos estos dogmas consagrados, cometió una especie
de sacrilegio. Además, los hacía desvanecerse con argumentos cuya sola exposición
bastaba para que todo el mundo los admitiese como evidentes. Y los adoradores de
MacLennan, que hasta entonces vacilaban, perplejos, entre la exogamia y la endogamia, sin
saber qué camino tomar, casi se vieron obligados a darse de puñadas en la frente, y
exclamar: "¿Cómo hemos podido ser tan pazguatos para no haber descubierto todo esto
nosotros mismos hace mucho tiempo?".
Y como si tantos crímenes no fuesen aún suficientes para que la escuela oficial diese
fríamente la espalda a Morgan, éste hizo desbordarse la copa, no sólo criticando, de un
modo que recuerda a Fourier, la civilización y la sociedad de la producción mercantil,
forma fundamental de nuestra sociedad presente, sino hablando ademas de una
transformación de esta sociedad en términos que hubieran podido salir de labios de
Carlos Marx. Por eso Morgan se llevó su merecido cuando MacLennan le espetó indignado
que el "método histórico le es absolutamente antipático" y cuando el profesor
Giraud-Teulon se lo repitió en Ginebra, en 1884. Y, sin embargo, el mismo señor
Giraud-Teulon erraba impotentemente en 1874 ("Orígenes de la familia") por el
laberinto de la exogamia maclennanesca, ¡de donde sólo Morgan había de sacarlo!.
Huelga detallar aquí los demás progresos que debe a Morgan la prehistoria; en el curso
de mi trabajo se hallará lo que es preciso decir acerca de este asunto. Los catorce años
transcurridos desde que apareció su obra capital, han aumentado mucho el acervo de
nuestros datos históricos acerca de las sociedades humanas primitivas. En adición a los
antropólogos, viajeros e investigadores profesionales de la prehistoria, han salido al
palenque los representantes de la jurisprudencia comparada, que han aportado nuevos datos
y nuevos puntos de vista. Algunas hipótesis de Morgan han llegado a bambolearse y hasta a
caducar. Pero los nuevos datos no han sustituido en parte alguna por otras sus muy
importantes ideas principales. El orden introducido por él en la historia primitiva
subsiste aún en lo fundamental. Incluso puede afirmarse que este orden va siendo
reconocido generalmente en la misma medida en que se intenta ocultar quién es el autor de
este gran avance.
Federico Engels.
Londres, 16 de junio de 1891.
Publicado por primera vez en la revista "Neue Zeit", 1881, en forma de un
artículo titulado "En torno a la historia de la familia primitiva". Se publica
según la cuarta edición del libro traducido del alemán.