F. Engels
EL ORIGEN DE LA FAMILIA, LA PROPIEDAD PRIVADA Y EL ESTADO
II -La Familia
Morgan, que pasó la mayor parte de su vida entre los iroqueses - establecidos aún
actualmente en el Estado de Nueva York- y fue adoptado por una de sus tribus (la de los
senekas), encontró vigente entre ellos un sistema de parentesco en contradicción con sus
verdaderos vínculos de familia. Reinaba allí esa especie de matrimonio, fácilmente
disoluble por ambas partes, llamado por Morgan "familia sindiásmica". La
descendencia de una pareja conyugal de esta especie era patente y reconocida por todo el
mundo; ninguna duda podía quedar acerca de a quién debían aplicarse los apelativos de
padre, madre, hijo, hija, hermano, hermana. Pero el empleo de estas expresiones estaba en
completa contradicción con lo antecedente. El iroqués no sólo llama hijos a hijas a los
suyos propios, sino también a los de sus hermanos, que, a su vez, también le llamam a
él padre. Por el contrario, llama sobrinos y sobrinas a los hijos de sus hermanas, los
cuales le llaman tío. Inversamente, la iroquesa, a la vez que a los propios, llama hijos
e hijas a los de sus hermanas, quienes le dan el nombre de madre. Pero llama sobrinos y
sobrinas a los hijos de sus hermanos, que la llaman tía. Del mismo modo, los hijos de
hermanos se llaman entre sí hermanos y hermanas, y lo mismo hacen los hijos de hermanas.
Los hijos de una mujer y los del hermano de ésta se llaman mutuamente primos y primas. Y
no son simples nombres, sino expresión de las ideas que se tiene de lo próximo o lo
lejano, de lo igual o lo desigual en el parentesco consanguíneo; ideas que sirven de base
a un parentesco completamente elaborado y capaz de expresar muchos centenares de
diferentes relaciones de parentesco de un sólo individuo. Más aún: este sistema no
sólo se halla en pleno vigor entre todos los indios de América (hasta ahora no se han
encontrado excepciones), sino que existe también, casi sin cambio ninguno, entre los
aborígenes de la India, las tribus dravidianas del Decán y las tribus gauras del
Indostán. Los nombres de parentesco de las familias del Sur de la India y los de los
senekas iroqueses del Estado de Nueva York aun hoy coinciden en más de doscientas
relaciones de parentesco diferentes. Y en estas tribus de la India, como entre los indios
de América, las relaciones de parentesco resultantes de la vigente forma de la familia
están en contradicción con el sistema de parentesco.
¿A qué se debe este fenómeno?. Si tomamos en consideración el papel decisivo que la
consanguinidad desempeña en el régimen social entre todos los pueblos salvajes y
bárbaros, la importancia de un sistema tan difundido no puede ser explicada con mera
palabrería. Un sistema que prevalece en toda América, que existe en Asia entre pueblos
de raza completamente distinta, y que en formas más o menos modificadas suele encontrarse
por todas partes en Africa y en Australia, requiere ser explicado históricamente y no con
frases hueras como quiso hacerlo, por ejemplo, MacLennan. Los apelativos de padre, hijo,
hermano, hermana, no son simples títulos honoríficos, sino que, por el contrario, traen
consigo serios deberes recíprocos perfectamente definidos y cuyo conjunto forma una parte
esencial del régimen social de esos pueblos. Y se encontró la explicación del hecho. En
las islas Sandwich (Hawaí) había aún en la primera mitad de este siglo una forma de
familia en la que existían los mismos padres y madres, hermanos y hermanas, hijos e
hijas, tios y tias, sobrinos y sobrinas que requiere el sistema de parentesco de los
indios americanos y de los aborígenes de la India. Pero -¡cosa extraña!- el sistema de
parentesco vigente en Hawaí tampoco respondía a la forma de familia allí existente.
Concretamente: en este país todos los hijos de hermanos y hermanas, sin excepción, son
hermanos y hermanas entre sí y se reputan como hijos comunes, no solo de su madre y de
las hermanas de ésta o de su padre y de los hermanos de éste, sino que también de todos
sus hermanos y hermanas de dus padres y madres sin distinción. Por tanto, si el sistema
de parentesco presupone una forma más primitiva de la familia, que ya no existe en
América, pero que encontramos aún en Hawaí, el sistema hawaiano, por su parte, nos
apunta otra forma aún más rudimentaria de la familia, que si bien no hallamos hoy en
ninguna parte, ha debido existir, pues de lo contrario no hubiera podido nacer el sistema
de parentesco que le corresponde. "La familia, dice Morgan, es el elemento activo;
nunca permanece estacionada, sino que pasa de una forma inferior a una forma superior a
medida que la sociedad evoluciona de un grado más bajo a otro más alto. Los sistemas de
parentesco, por el contrario, son pasivos; sólo después de largos intervalos registran
los progresos hechos por la familia y no sufren una modificación radical sino cuando se
ha modificado radicalmente la familia". "Lo mismo -añade Carlos Marx- sucede en
general con los sistemas políticos, jurídicos, religiosos y filosóficos". Al paso
que la familia sigue viviendo, el sistema de parentesco se osifica; y mientras éste
continúa en pie por la fuerza de la costumbre, la familia rebasa su marco. Pero, por el
sistema de parentesco legado históricamente hasta nuestros dias, podemos concluir que
existió una forma de familia a él correspondiente y hoy extinta, y lo podemos concluir
con la misma certidumbre con que dedujo Cuvier por los huesos de un didelfo hallado cerca
de París que le esqueleto pertenecía a un didelfo y que allí existieron en un tiempo
didelfos, hoy extintos.
Los sistemas de parentesco y las normas de familia a que acabamos de referirnos difieren
de los reinantes hoy en que cada hijo tenía varios padres y madres. En el sistema
americano de parentesco, al cual corresponde la familia hawaiana, un hermano y una hermana
no pueden ser padre y madre de un mismo hijo; el sistema de parentesco hawaiano presupone
una familia en la que, por el contrario, esto es la regla. Tenemos aquí una serie de
formas de familia que están en contradicción directa con las admitidas hasta ahora como
únicas valederas. La concepción tradicional no conoce más que la monogamia, al lado de
la poligamia del hombre, y, quizá, la poliandría de la mujer, pasando en silencio -como
corresponde al filisteo moralizante- que en la práctica se salta tácitamente y sin
escrúpulos por encima de las barreras impuestas por la sociedad oficial. En cambio, el
estudio de la historia primitiva nos revela un estado de cosas en que los hombres
practican la poligamia y sus mujeres la poliandría y en que, por consiguiente, los hijos
de unos y otros se consideran comunes. A su vez, ese mismo estado de cosas pasa por toda
una serie de cambios hasta que se resuelve en la monogamia. Estas modificaciones son de
tal especie, que el círculo comprendido en la unión conyugal común, y que era muy
amplio en su origen, se estrecha poco a poco hasta que, por último, ya no comprende sino
la pareja aislada que predomina hoy.
Reconstituyendo retrospectivamente la historia de la familia, Morgan llega, de acuerdo con
la mayor parte de sus colegas, a la conclusión de que existió un estadio primitivo en el
cual imperaba en el seno de la tribu el comercio sexual promiscuo, de modo que cada mujer
pertenecía igualmente a todos los hombres y cada hombre a todas las mujeres. En el siglo
pasado habíase ya hablado de tal estado primitivo, pero sólo de una manera general;
Bachofen fue el primero -y éste es uno de sus mayores méritos- que lo tomó en serio y
buscó sus huellas en las tradiciones históricas y religiosas. Sabemos hoy que las
huellas descubiertas por él no conducen a ningún estado social de promiscuidad de los
sexos, sino a una forma muy posterior; al matrimonio por grupos. Aquel estadio social
primitivo, aun admitiendo que haya existido realmente, pertenece a una época tan remota,
que de ningún modo podemos prometernos encontrar pruebas directas de su existencia, ni
aun en los fósiles sociales, entre los salvajes más atrasados. Corresponde precisamente
a Bachofen el mérito de haber llevado a primer plano el estudio de esta cuestión[1].
En estos últimos tiempos se ha hecho moda negar ese período inicial en la vida sexual
del hombre. Se quiere ahorrar esa "vergüenza" a la humanidad. Y para ello
apóyanse, no sólo en la falta de pruebas directas, sino, sobre todo, en el ejemplo del
resto del reino animal. De éste ha sacado Letourneau ("La evolución del matrimonio
y de la familia, 1888[2]) numerosos hechos, con arreglo a los cuales la promiscuidad
sexual completa no es propia sino de las especies más inferiores. Pero de todos estos
hechos yo no puedo inducir más conclusión que ésta: no prueban absolutamnte nada
respecto al hombre y a sus primitivas condiciones de existencia. El emparejamiento por
largo plazo entre los vertebrados puede ser plenamente explicado por razones
fisiológicas; en las aves, por ejemplo, se debe a la necesidad de asistir a la hembra
mientras incuba los huevos; los ejemplos de fiel monogamia que se encuentran en las aves
no prueban nada respecto al hombre, puesto que éste no desciende precisamente del ave. Y
si la estricta monogamia es la cumbre de la virtud, hay que ceder la palma a la tenia
solitaria, que en cada uno de sus cincuenta a doscientos anillos posee un aparato sexual
masculino y femenino completo, y se pasa la existencia entera cohabitando consigo misma en
cada uno de esos anillos reproductores. Pero si nos limitamos a los mamíferos,
encontramos en ellos todas las formas de la vida sexual: la promiscuidad, la unión por
grupos, la poligamia, la monogamia; sólo falta la poliandría, a la cual nada más que
seres humanos podían llegar. Hasta nuestros parientes más próximos, los cuadrumanos,
presentan todas las variedades posibles de agrupamiento entre machos y hembras; y si nos
encerramos en límites aún más estrechos y no ponemos mientes sino en las cuatro
especies de monos antropomorfos, Letourneau sólo puede decirnos de ellos que viven
cuándo en la monogamia cuándo en la poligamia; mientras que Saussure, según
Giraud-Teulon, declara que son monógamos. También distan mucho de probar nada los
recientes asertos de Westermarck ("La historia del matrimonio humano", 1891[3])
acerca de la monogamia del mono antropomorfo. En resumen, los datos son de tal naturaleza,
que el honrado Letourneau conviene en que "no hay en los mamíferos ninguna relación
entre el grado de desarrollo intelectual y la forma ed la unión sexual". Y Espinas
dice con franqueza ("Las sociedades animales", 1877[4]): "La horda es el
más elevado de los grupos sociales que hemos podido observar en los animales. Parece
compuesto de familias, pero ya en su origen la familia y el rebaño son antagónicos; se
desarrollan en razón inversa una y otro".
Según acabamos de ver, no sabemos nada positivo acerca de la familia y otras agrupaciones
sociales de los monos antropomorfos; los datos que poseemos se contradicen diametralmente,
y no hay que extrañarlo. ¡Cuán contradictorias son y cuán necesitadas están de ser
examinadas y comprobadas cíticamente incluso las noticias que poseemos respecto a las
tribus humanas en estado salvaje!. Pues bien, las sociedades de los monos son mucho más
difíciles de observar que las de los hombres. Por tanto, hasta tener una información
amplia debemos rechazar toda conclusión sacada de datos que no merecen ningún crédito.
Por el contrario, el pasaje de Espinas que hemos citado nos da mejor punto de apoyo. La
horda y la familia, en los animales superiores, no son complementos recíprocos, sino
fenómenos antagónicos. Espinas describe muy bien cómo la rivalidad de los machos
durante el período de celo relaja o suprime momentáneamente los lazos sociales de la
horda' "Allí donde está íntimamente unida la familia no vemos formarse hordas,
salvo raras excepciones. Por el contrario, las hordas se constituyen casi de un modo
natural donde reinan la promiscuidad o la poligamia... Para que se produzca la horda se
precisa que los lazos familiares se hayan relajado y que el individuo haya recobrado su
libertad. Por eso tan rara vez observamos entre las aves bandadas organizadas... En
cambio, entre los mamíferos es donde encontramos sociedades más o menos organizadas
precisamente porque en este caso el individuo no es absorvido por la familia... Así,
pues, la conciencia colectiva de la horda no puede tener en su origen enemigo mayor que la
conciencia colectiva de la familia. No titubeemos en decirlo: si se ha desarrollado una
sociedad superior a la familia, ha podido deberse únicamente a que se han incorporado a
ella familias profundamente alteradas, aunque ello no excluye que, precisamente por esta
razón, dichas familias puedan más adelante reconstituirse bajo condiciones
infinítamente más favorables". (Espinas, cap. I, citado por Giraud-Teulon:
"Origen del matrimonio y de la familia, 1884[5] págs. 518-520).
Como vemos, las sociedades animales tienen cierto valor para sacar conclusiones respecto a
las sociedades humanas, pero sólo en un sentido negativo. Por todo lo que sabemos, el
vertebrado superior no conoce sino dos formas de familia: la poligamia y la monogamia. En
ambos casos sólo se admite un macho adulto, un marido. Los celos del macho, a la vez lazo
y límite de la familia, oponen ésta a la horda; la horda, la forma social más elevada,
se hace imposible en unas ocasiones, y en otras, se relaja o se disuelve durante el
período del celo; en el mejor de los casos, su desarrollo se ve frenado por los celos de
los machos. Esto basta para probar que la familia animal y la sociedad humana primitiva
son cosas incompatibles; que los hombres primitivos, en la época en que pugnaban por
salir de la animalidad, o no tenía ninguna nocióni de la familia o, a lo sumo, conocían
una forma que no se da en los animales. Un animal tan inerme como la criatura que se
estaba convirtiendo en hombre pudo sobrevivir en pequeño número incluso en una
situación de aislamiento, en la que la forma de sociabilidad más elevada es la pareja,
forma que, basándose en relatos de cazadores, atribuye Westermarck al gorila y al
chimpancé. Mas, para salir de la animalidad, para realizar el mayor progreso que conoce
la naturaleza, se precisaba un elemento más; remplazar la carencia de poder defensivo del
hombre aislado por la unión de fuerzas y la acción común de la horda. Partiendo de las
condiciones en que viven hoy los monos antropomorfos, sería sencillamente inexplicable el
tránsito a la humanidad; estos monos producen más bien el efectos de líneas colaterales
desviadas en vías de extinción y que, en todo caso, se encuentran en un proceso de
decadencia. Con esto basta para rechazar todo paralelo entre sus formas de familia y las
del hombre primitivo. La tolerancia recíproca entre los machos adultos y la ausencia de
celos constituyeron la primera condición para que pudieran formarse esos grupos extensos
y duraderos en cuyo seno únicamente podía operarse la transformación del animal en
hombre. Y, en efecto, ¿qué encontramos como forma más antigua y primitiva de la
familia, cuya existencia indudablemente nos demuestra la historia y que aun podemos
estudiar hoy en algunas partes?. El matrimonio por grupos, la forma de matrimonio en que
grupos enteros de hombres y grupos enteros de mujeres se pertenecen recíprocamente y que
deja muy poco margen para los celos. Además, en un estadio posterior de desarrollo
encontramos la poliandria, forma excepcional, que excluye en mayor medida aún los celos y
que, por ello, es desconocida entre los animales. Pero, como las formas de matrimonio por
grupos que conocemos van acompañadas por condiciones tan peculiarmente complicadas que
nos indican necesariamente la existencia de formas anteriores más sencillas de relaciones
sexuales, y con ello, en último término, un período de promiscuidad correspondiente al
tránsito de la animalidad a la humanidad, las referencias a los matrimonios animales nos
llevan de nuevo al mismo punto del que debíamos haber partido de una vez para siempre.
¿Qué significa lo de comercio sexual sin trabas? Es significa que no existían los
límites prohibitivos de ese comercio vigentes hoy o en una época anterior. Ya hemos
visto caer las barreras de los celos. Si algo se ha podido establecer irrefutablemente, es
que los celos son un sentimiento que se ha desarrollado relativamente tarde. Lo mismo
sucede con la idea del incesto. No sól en la época primitiva eran marido y mujer el
hermano y la hermana, sino que aun hoy es lícito en muchos pueblos un comercio sexual
entre padres e hijos. Bancroft ("Las razas indígenas de los Estados de la costa del
Pacífico de América del Norte, 1885, tomo I[6]) atestigua la existencia de tales
relaciones entre los kaviatos del Estrecho de Behring, los kadiakos de cerca de Alaska y
los tinnehs, en el interior de la América del Norte británica; Letourneau ha reunido
numerosos hechos idénticos entre los indios chippewas, los cucús de Chile, los caribes,
los karens de la Indochina; y esto, dejando a un lado los relatos de los antiguos griegos
y romanos acerca de los partos, los persas, los escitas, los hunos, etc.. Antes de la
invención del incesto (porque es una invención, y hasta de las más preciosas), el
comercio sexual entre padres e hijos no podía ser más repugnante que entre otras
personas de generaciones diferentes, cosa que ocurre en nuestros días, hasta en los
países más mojigatos, sin producir gran horror. Viejas "doncellas" que pasan
de los sesenta se casan, si son lo bastante ricas, con hombres jóvenes de unos treinta
años. Pero si despojamos a las formas de la familia más primitivas que conocemos de las
ideas de incesto que les corresponden (ideas que difieren en absoluto de las nuestras y
que a menudo las contradicen por completo), vendremos a parar a una forma de relaciones
carnales que sólo puede llamarse promiscuidad sexual, en el sentido de que aún no
existían las restricciones impuestas más tarde por la costumbre. Pero de esto no se
deduce, en ningún modo, que en la práctica cotidiana dominase inevitablemente la
promiscuidad. De ningún modo queda excluida la unión de parejas por un tiempo
determinado, y así ocurre, en la mayoría de los casos, aun en el matrimonio por grupos.
Y si Westermarck, el último en negar este estado primitivo, da el nombre de matrimonio a
todo caso en que ambos sexos conviven hasta el nacimiento de un vástago, puede decirse
que este matrimonio podía muy bien tener lugar en las condiciones de la promiscuidad
sexual sin contradecir en nada a ésta, es decir, a la carencia de barreras impuestas por
la costumbre al comercio sexual. Verdad es que Westermarck parte del punto de vista de que
"la promiscuidad supone la supresión de las inclinaciones individuales", de tal
suerte, que "su forma por excelencia es la prostitución". Paréceme más bien
que es imposible formarse la menor idea de las condiciones primitivas, mientras se las
mire por la ventana de un lupanar. Cuadno hablemos del matrimonio por grupos volveremos a
tratar de este asunto.
Según Morgan, salieron de este estado primitivo de promiscuidad, probablemente en época
muy temprana:
1. La familia consanguínea, la primera etapa de la familia. Aquí los grupos conyugales
se clasifican por generaciones: todos los abuelos y abuelas, en los límites de la
familia, son maridos y mujeres entre sí; lo mismo sucede con sus hijos, es decir, con los
padres y las madres; los hijos de éstos forman, a su vez, el tercer círculo de cónyuges
comunes; y sus hijos, es decir, los biznietos de los primeros, el cuarto. En esta forma de
la familia, los ascendientes y los descendientes, los padres y los hijos, son los únicos
que están excluídos entre sí de los derechos y de los deberes (pudiéramos decir) del
matrimonio. Hermanos y hermanas, primos y primas en primero, segundo y restantes grados,
son todos ellos entre sí hermanos y hermanas, y por eso mismo todos ellos maridos y
mujeres unos de otros. El vínculo de hermano y hermana presupone de por sí en este
período el comercio carnal recíproco[7].
Ejemplo típico de tal familia serían los descendientes de una pareja en cada una de
cuyas generaciones sucesivas todos fuesen entre sí hermanos y hermanas y, por ello mismo,
maridos y mujeres unos de otros.
La família consanguínea ha desaparecido. Ni aun los pueblos más salvajes de que habla
la historia presentan algún ejemplo indudable de ella. Pero lo que nos obliga a reconocer
que debió existir, es el sistema de parentesco hawaiano que aún reina hoy en toda la
Polinesia y que expresa grados de parentesco consanguíneo que sólo han podido nacer con
esa forma de familia; nos obliga también a reconocerlo todo el desarrollo ulterior de la
familia, que presupone esa forma como estadio preliminar necesario.
2. La familia punalúa. Si el primer progreso en la organización de la familia consistió
en excluir a los padres y los hijos del comercio sexual recíproco, el segundo fue en la
exclusión de los hermanos. Por la mayor igualdad de edades de los participantes, este
progreso fue infinitamente más importante, pero también más difícil que el primero. Se
realizó poco a poco, comenzando, probablemente, por la exclusión de los hermanos
uterinos (es decir, por parte de madre), al principio en casos aislados, luego,
gradualmente, como regla general (en Hawaí aún había excepciones en el presente siglo),
y acabando por la prohibición del matrimonio hasta entre hermanos colaterales (es decir,
según nuestros actuales nombres de parentesco, los primos carnales, primos segundos y
primos terceros). Este progreso constituye, según Morgan, "una magnífica
ilustración de cómo actúa el principio de la selección natural". Sin duda, las
tribus donde ese progreso limitó la reproducción consanguínea, debieron desarrollarse
de una manera más rápida y más completa que aquéllas donde el matrimonio entre
hermanos y hermanas continuó siendo una regla y una obligación. Hasta qué punto se hizo
sentir la acción de ese progreso lo demuestra la institución de la gens, nacida
directamente de él y que rebasó, con mucho, su fin inicial. La gens formó la base del
orden social de la mayoría, si no de todos los pueblos bárbaros de la Tierra, y de ella
pasamos en Grecia y en Roma, sin transiciones, a la civilización.
Cada familia primitiva tuvo que escindirse, a lo sumo después de algunas generaciones. La
economía doméstica del comunismo primitivo, que domina exclusivamente hasta muy entrado
el estadio medio de la barbarie, prescribía una extensión máxima de la comunidad
familiar, variable según las circunstancias, pero más o menos determinada en cada
localidad. Pero, apenas nacida, la idea de la impropiedad de la unión sexual entre hijos
de la misma madre debió ejercer su influencia en la escisión de las viejas comunidades
domésticas (Hausgemeinden) y en la formación de otras nuevas que no coincidían
necesariamente con el grupo de familias. Uno o más grupos de hermanas convertíanse en el
núcleo de una comunidad, y sus hermanos carnales, en el núcleo de otra. De la familia
consanguínea salió, así o de una manera análoga, la forma de familia a la que Morgan
da el nombre de familia punalúa. Según la costumbre hawaiana, cierto número de hermanas
carnales o más lejanas (es decir, primas en primero, segundo y otros grados), eran
mujeres comunes de sus maridos comunes, de los cuales quedaban excluidos, sin embargo, sus
propios hermanos. Esos maridos, por su parte, no se llamaban entre sí hermanos, pues ya
no tenían necesidad de serlo, sino "punalúa", es decir, compañero íntimo,
como quien dice associé. De igual modo, una serie de hermanos uterinos o más lejanos
tenían en matrimonio común cierto número de mujeres, con exclusión de sus propias
hermanas, y esas mujeres se llamaban entre sí "punalúa". Este es el tipo
clásico de una formación de la familia (Familienformation) que sufrió más tarde una
serie de variaciones y cuyo rasgo característico esencial era la comunidad recíproca de
maridos y mujeres en el seno de un determinado círculo familiar, del cual fueron
excluidos, sin embargo, al principio los hermanos carnales y, más tarde, también los
hermanos más lejanos de las mujeres, ocurriendo lo mismo con las hermanas de los maridos.
Esta forma de la familia nos indica ahora con la más perfecta exactitud los grados de
parentesco, tal como los expresa el sistema americano. Los hijos de las hermanas de mi
madre son también hijos de ésta, como los hijos de los hermanos de mi padre lo son
también de éste; y todos ellos son hermanas y hermanos míos. Pero los hijos de los
hermanos de mi madre son sobrinos y sobrinas de ésta, como los hijos de las hermanas de
mi padre son sobrinos y sobrinas de éste; y todos ellos son primos y primas míos. En
efecto, al paso que los maridos de las hermanas de mi madre son también maridos de ésta,
y de igual modo las mujeres de los hermanos de mi padre son también mujeres de éste -de
derecho, si no siempre de hecho-, la prohibición por la sociedad del comercio sexual
entre hermanos y hermanas ha conducido a la división de los hijos de hermanos y de
hermanas, considerados indistintamente hasta entonces como hermanos y hermanas, en dos
clases: unos siguen siendo como lo eran antes, hermanos y hermanas (colaterales); otros -
los hijos de los hermanos en un caso, y en otro los hijos de las hermanas-no pueden seguir
siendo ya hermanos y hermanas, ya no pueden tener progenitores comunes, ni el padre, ni la
madre, ni ambos juntos; y por eso se hace necesaria, por primera vez, la clase de los
sobrinos y sobrinas, de los primos y primas, clase que no hubiera tenido ningún sentido
en el sistema familiar anterior. El sistema de parentesco americano, que parece
sencillamente absurdo en toda forma de familia que descanse, de esta o la otra forma, en
la monogamia, se explica de una manera racional y está justificado naturalmente hasta en
sus más íntimos detalles por la familia punalúa. La familia punalúa, o cualquier otra
forma análoga, debió existir, por lo menos en la misma medida en que prevaleció este
sistema de consanguinidad.
Esta forma de la familia, cuya existencia en Hawaí está demostrada, habría sido
también probablemente demostrada en toda la Polinesia si los piadosos misioneros, como
antaño los frailes españoles en América, hubiesen podido ver en estas relaciones
anticristianas algo más que una simple "abominación"[8]. Cuadno César nos
dice que los bretones, que se hallaban por aquel entonces en el estadio medio de la
barbarie, que "cada diez o doce hombres tienen mujeres comunes, con la particularidad
de que en la mayoría de los casos son hermanos y hermanas y padres e hijos", la
mejor explicación que se puede dar es el matrimonio por grupos. Las madres bárbaras no
tienen diez o doce hijos en edad de poder sostener mujeres comunes; pero el sistema
americano de parentesco, que corresponde a la familia punalúa, suministra gran número de
hermanos, puesto que todos los primos carnales o remotos de un hombre son hermanos, puesto
que todos los primos carnales o remotos de un hombre son hermanos suyos. Es posible que lo
de "padres con sus hijos" sea un concepto erróneo de César; sin embargo, este
sistema no excluye absolutamente que puedan encontrarse en el mismo grupo conyugal padre e
hijo, madre e hija, pero sí que se encuentren en él padre e hija, madre e hijo. Esta
forma de la familia suministra también la más fácil explicación de los relatos de
Heródoto y de otros escritores antiguos acerca de la comunidad de mujeres en los pueblos
salvajes y bárbaros. Lo mismo puede decirse de lo que Watson y Kaye cuentan de los tikurs
del Audh, al norte del Ganges, en su libro "La población de la India"[9].
"Cohabitan (es decir, hacen vida sexual) casi sin distinción, en grandes
comunidades; y cuando dos individuos se consideran como marido y mujer, el vínculo que
les une es puramente nominal".
En la inmensa mayoría de los casos, la institución de la gens parece haber salido
directamente de la familia punalúa. Cierto es que el sistema de clases[1-] australiano
también representa un punto de partida para la gens; los australianos tienen la gens,
pero aún no tienen familia punalúa, sino una forma más primitiva de grupo conyugal.
En ninguna forma de familia por grupos puede saberse con certeza quién es el padre de la
criatura, pero sí se sabe quién es la madre. Aun cuando ésta llama hijos suyos a todos
los de la familia común y tiene deberes maternales para con ellos, no por eso deja de
distinguir a sus propios hijos entre los demás. Por tanto, es claro que en todas partes
donde existe el matrimonio por grupos, la descendencia sólo puede establecerse por la
línea materna, y por consiguiente, sólo se reconoce la línea femenina. En ese caso se
encuentran, en efecto, todos los pueblos salvajes y todos los que se hallan en el estadio
inferior de la barbarie; y haberlo descubierto antes que nadie es el segundo mérito de
Bachofen. Este designa el reconocimiento exclusivo de la filiación maternal y las
relaciones de herencia que después se han deducido de él con el nombre de derecho
materno; conservo esta expresión en aras de la brevedad. Sin embargo, es inexacta, porque
en ese estadio de la sociedad no existe aún derecho en el sentido jurídico de la
palabra.
Tomemos ahora en la familia punalúa uno de los dos grupos típicos, concretamente el de
una especie de hermanas carnales y más o menos lejanas (es decir, descendientes de
hermanas carnales en primero, segundo y otros grados), con sus hijos y sus hermanos
carnales y más o menos lejanos por línea materna (los cuales, con arreglo a nuestra
premisa, no son sus maridos), obtendremos exáctamente el círculo de los individuos que
más adelante aparecerán como miembros de una gens en la primitiva forma de esta
institución. Todos ellos tienen por tronco común una madre, y en virtud de este origen,
los descendientes femeninos forman generaciones de hermanas. Pero los maridos de estas
hermanas ya no pueden ser sus hermanos; por tanto, no pueden descender de aquel tronco
materno y no pertenecen a este grupo consanguíneo, que más adelante llega a ser la gens,
mientras que sus hijos pertenecen a este grupo, pues la descendencia por línea materna es
la única decisiva, por ser la única cierta. En cuanto queda prohibido el comercio sexual
entre todos los hermanos y hermanas -incluso los colaterales más lejanos- por línea
materna, el grupo antedicho se transforma en una gens, es decir, se constituye como un
círculo cerrado de parientes consanguíneos por línea femenina, que no pueden casarse
unos con otros; círculo oque desde ese momento se consolida cada vez más por medio de
instituciones comunes, de orden social y religioso, que lo distinguen de las otras gens de
la misma tribu. Más adelante volveremos a ocuparnos de esta cuestión con mayor detalle.
Pero si estimamos que la gens surge en la familia punalúa no sólo necesariamente, sino
incluso como cosa natural, tendremos fundamento para estimar casi indudable la existencia
anterior de esta forma de familia en todos los pueblos en que se puede comprobar
instituciones gentilicias, es decir, en casi todos los pueblos bárbaros y civilizados.
Cuando Morgan escribió su libro, nuestros conocimientos acerca del matrimonio por grupos
eran muy limitados. Se sabía alguna cosa del matrimonio por grupos entre los australianos
organizados en clases, y, además, Morgan había publicado ya en 1871 todos los datos que
poseía sobre la familia punalúa en Hawaí. La familia punalúa, por un lado,
suministraba la explicación completa del sistema de parentesco vigente entre los indios
americanos y que había sido el punto de partida de todas las investigaciones de Morgan;
por otro lado, constituía el punto de arranque para deducir la gens de derecho materno;
por último, era un grado de desarrollo mucho más alto que las clases australianas. Se
comprende, por tanto, que Morgan la concibiese como el estadio de desarrollo
inmediatamente anterior al matrimonio sindiásmico y le atribuyese una difusión general
en los tiempos primitivos. De entonces acá, hemos llegado a conocer otra serie de formas
de matrimonio por grupos, y ahora sabemos que Morgan fue demasiado lejos en este punto.
Sin embargo, en su familia punalúa tuvo la suerte de encontrar la forma más elevada, la
forma clásica del matrimonio por grupos, la forma que explica de la manera más sencilla
el paso a una forma superior.
Si las nociones que tenemos del matrimonio por grupos se han enriquecido, lo debemos sobre
todo al misionero inglés Lorimer Fison, que durante años ha estudiado esta forma de la
familia en su tierra clásica, Australia. Entre los negros australianos del monte Gambier,
en el Sur de Australia, es donde encontró el grado más bajo de desarrollo. La tribu
entera se divide allí en dos grandes clases: los krokis y los kumites. Está
terminantemente prohibido el comercio sexual en el seno de cada una de estas dos clases;
en cambio, todo hombre de una de ellas es marido nato de toda mujer de la otra, y
recíprocamente. No son los individuos, sino grupos enteros, quienes están casados unos
con otros, clase con clase. Y nótese que allí no hay en ninguna parte restricciones por
diferencia de edades o de consanguinidad especial, salvo la que se desprende de la
división en dos clases exógamas. Un kroki tiene de derecho por esposa a toda mujer
kumite; y como su propia hija, como hija de una mujer kumite, es también kumite en virtud
del derecho materno, es, por ello, esposa nata de todo kroki, incluído su padre. En todo
caso, la organización por clases, tal como se nos presenta, no opone a esto ningún
obstáculo. Así, pues, o esta organización apareció en una época en que, a pesar de la
tendencia instintiva de limitar el incesto, no se veía aún nada malo en las relaciones
sexuales entre hijos y padres, y entonces el sistema de clases debió nacer directamente
de las condiciones del comercio sexual sin restricciones, o, por el contrario, cuando se
crearon las clases estaban ya prohibidas por la costumbre las relaciones sexuales entre
padres e hijos, y entonces la situación actual señala la existencia anterior de la
familia consanguínea y constituye el primer paso dado para salir de ella. Esta última
hipótesis es la más verosimil. Que yo sepa, no se dan ejemplos de unión conyugal entre
padres e hijos en Australia; y, aparte de eso, la forma posterior de la exogamia, la gens
basada en el derecho materno, presupone tácitamente la prohibición de este comercio,
como una cosa que había encontrado ya establecida antes de su surgimiento.
Además de la región del monte Gambier, en el Sur de Australia, el sistema de las clases
se encuentra a orillas del río Darling, más al este, y en Queensland, en el nordeste; de
modo que está muy difundido. Este sistema sólo excluye el matrimonio entre hermanos y
hermanas, entre hijos de hermanos y entre hijos de hermanas por línea materna, porque
éstos pertenecen a la misma clase; por el contrario, los hijos de hermano y de hermana
pueden casarse unos con otros. Un nuevo paso hacia la prohibición del matrimonio entre
consanguíneos lo observamos entre los kamilarois, en las márgenes del Darling, en la
Nueva Gales del Sur, donde las dos clases originarias se han escindido en cuatro, y donde
cada una de estas cuatro clases se casa, entera, con otra determinada. Las dos primeras
clases son esposos natos una de otra; pero según pertenezca la madre a la primera o a la
segunda, pasan los hijos a la tercera o a la cuarta. Los hijos de estas dos últimas
clases, igualmente casadas una con otra, pertenecen de nuevo a la primera y a la segunda.
De suerte que siempre una generación pertenece a la primera y a la segunda clase, la
siguiente a la tercera y a la cuarta, y la que viene inmediatamente después, de nuevo a
la primera y a la segunda. Dedúcese de aquí que hijos de hermano y hermana (por línea
materna) no pueden ser marido y mujer, pero sí pueden serlo los nietos de hermano y
hermana. Este complicado orden se enreda aún más porque se injerta en él más tarde la
gens basada en el derecho materno; pero aquí no podemos entrar en detalle. Observamos,
pues, que la tendencia a impedir el matrimonio entre consanguíneos se manifiesta una y
otra vez, pero de modo espontáneo, a tientas, sin conciencia clara del fin que se
persigue.
El matrimonio por grupos, que en Australia es además un matrimonio por clases, la unión
conyugal en masa de toda una clase de hombres, a menudo esparcida por todo el continente,
con una clase entera de mujeres no menos diseminada; este matrimonio por grupos, visto de
cerca, no es tan monstruoso como se lo representa la fantasía de los filisteos,
influenciada por la prostitución. Por el contrario, transcurrieron muchísimos años
antes de que se tuviese ni siquiera noción de su existencia, la cual, por cierto, se ha
puesto de nuevo en duda hace muy poco. A los ojos del observador superficial, se presenta
como una monogamia de vínculos muy flojos y, en algunos lugares, como una poligamia
acompañada de una infidelidad ocasional. Hay que consagrarle años de estudio, como lo
han hecho Fison y Howitt, para descubrir en esas relaciones conyugales (que, en la
práctica, recuerdan más bien a la generalidad de los europeos las costumbres de su
patria), la ley en virtud de la cual el negro australiano, a miles de kilómetros de sus
lares, entre gente cuyo lenguaje no comprende -y a menudo en cada campamento, en cada
tribu-, mujeres que se le entregan voluntariamente, sin resistencia; ley en virtud de la
cual, quien tiene varias mujeres, cede una de ellas a su huésped para la noche. Allí
donde el europeo ve inmoralidad y falta de toda ley, reina de hecho una ley muy rigurosa.
Las mujeres pertenecen a la clase conyugal del forastero y, por consiguiente, son sus
esposas natas; la misma ley moral que destina el uno a al otra, prohibe, so pena de
infamia, todo comercio sexual fuera de las clases conyugales que se pertenecen
recíprocamente. Aun allí donde se practica el rapto de las mujeres, que ocurre a menudo
y en parte de Australia es regla general, se mantiene escrupulosamente la ley de las
clases.
En el rapto de las mujeres se encuentra ya indicios del tránsito a la monogamia, por lo
menos en la forma del matrimonio sindiásmico; cuando un joven, con ayuda de sus amigos,
se ha llevado de grado o por fuerza a una joven, ésta es gozada por todos, uno tras otro,
pero después se considera como esposa del promotor del rapto. Y a la inversa, si la mujer
robada huye de casa de su marido y la recoge otro, se hace esposa de este último y el
primero pierde sus prerrogativas. Al lado y en el seno del matrimonio por grupos, que, en
general, continúa existiendo, se encuentran, pues, relaciones exclusivistas, uniones por
parejas, a plazo más o menos largo, y también la poligamia; de suerte que también aquí
el matrimonio por grupos se va extingiendo, quedando reducida la cuestión a saber quién,
bajo la influencia europea, desaparecerá antes de la escena: el matrimonio por grupos o
los negros australianos que lo practican.
El matrimonio por clases enteras, tal como existe en Australia, es, en todo caso, una
forma muy atrasada y muy primitiva del matrimonio por grupos, mientras que la familia
punalúa constituye, en cuanto no es dado conocer, su grado superior de desarrollo. El
primero parece ser la forma correspondiente al estado social de los salvajes errantes; la
segunda supone ya el establecimiento fijo de comunidades comunistas, y conduce
directamente al grado inmediato superior de desarrollo. Entre estas dos formas de
matrimonio hallaremos aún, sin duda alguna, grados intermedios; éste es un terreno de
investigaciones que acaba de descubrirse, y en el cual no se han dado todavía sino los
primeros pasos.
3. La familia sindiásmica. En el régimen de matrimonio por grupos, o quizás antes,
formábanse ya parejas conyugales para un tiempo más o menos largo; el hombre tenía una
mujer principal (no puede aún decirse que una favorita) entre sus numerosas, y era para
ella el esposo principal entre todos los demás. Esta circunstancia ha contribuído no
poco a la confusión producida en la mente de los misioneros, quienes en el matrimonio por
grupos ven ora una comunidad promiscua de la mujeres, ora un adulterio arbitrario. Pero
conforme se desarrollaba la gens e iban haciéndose más numerosas las clases de
"hermanos" y "hermanas", entre quienes ahora era imposible el
matrimonio, esta unión conyugal por parejas, basada en la costumbre, debió ir
consolidándose. Aún llevó las cosas más lejos el impulso dado por la gens a la
prohibición del matrimonio entre parientes consanguíneos. Así vemo que entre los
iroqueses y entre la mayoría de los demás indios del estadio inferior de la barbarie,
está prohibido el matrimonio entre todos los parientes que cuenta su sistema, y en éste
hay algunos centenares de parentescos diferentes. Con esta creciente complicación de las
prohibiciones del matrimonio, hiciéronse cada vez más imposibles las uniones por grupos,
que fueron sustituidas por la familia sindiásmica. En esta etapa un hombre vive con una
mujer, pero de tal suerte que la poligamia y la infidelidad ocasional siguen siendo un
derecho para los hombres, aunque por causas económicas la poligamia se observa raramente;
al mismo tiempo, se exige la más estricta fidelidad a las mujeres mientras dure la vida
común, y su adulterio se castiga cruelmente. Sin embargo, el vínculo conyugal se
disuelve con facilidad por una y otra parte, y después, como antes, los hijos sólo
pertenecen a la madre.
La selección natural continúa obrando en esta exclusión cada vez más extendida de los
parientes consanguíneos del lazo conyugal. Según Morgan, "el matrimonio entre gens
no consanguíneas engendra una raza más fuerte, tanto en el aspecto físico como en el
mental; mezclábanse dos tribus avanzadas, y los nuevos cráneos y cerebros crecían
naturalmente hasta que comprendían las capacidades de ambas tribus. Las tribus que
habían adoptado el régimen de la gens, estaban llamadas, pues, a predominar sobre las
atrasadas do a arrastrarlas tras de sí con su ejemplo.
Por tanto, la evolución de la familia en los tiempos prehistóricos consiste en una
constante reducción del círculo en cuyo seno prevalece la comunidad conyugal entre los
dos sexos, círculo que en su origen abarcaba la tribu entera. La exclusión progresiva,
primero de los parientes cercanos, después de los lejanosd y, finalmente, de las personas
meramente vinculadas por alianza, hace imposible en la práctica todo matrimonio por
grupos; en último término no queda sino la pareja, unida por vínculos frágiles aún,
esa molécula con cuya disociación concluye el matrimonio en general. Esto prueba cuán
poco tiene que ver el origen de la monogamia con el amor sexual individual, en la actual
concepción de la palabra. Aun prueba mejor lo dicho la práctica de todos los pueblos que
se hallan en este estado de desarrollo. Mientras que en las anteriores formas de la
familia los hombres nunca pasaban apuros para encontrar mujeres, antes bien tenían más
de las que les hacían falta, ahora las mujeres escaseaban y había que buscarlas. Por
eso, con el matrimonio sindiásmico empiezan el rapto y la compra de las mujeres,
síntomas muy difundidos, pero nada más que síntomas, de un cambio mucho más profundo
que se había efectuado; MacLennan, ese escocés pedante, ha transformado por arte de su
fantasía esos síntomas, que no son sino simples métodos de adquirir mujeres, en
distintas clases de familias, bajo la forma de "matrimonio por rapto" y
"matrimonio por compra". Además, entre los indios de América y en otras partes
(en el mismo estadío), el convenir en un matrimonio no incumbe a los interesados, a
quienes a menudo ni aun se les consulta, sino a sus madres. Muchas veces quedan prometidos
así dos seres que no se conocen el uno al otro, y a quienes no se comunica el cierre del
trato hasta que no llega el momento del enlace matrimonial. Antes de la boda, el futuro
hace regalos a los parientes gentiles de la prometida (es decir, a los parientes por parte
de la madre de ésta, y no al padre ni a los parientes de éste). Estos regalos se
consideran como el precio por el que el hombre compra a la joven núbil que le ceden. El
matrimonio es disoluble a voluntad de cada uno de los dos cónyuges; sin embargo, en
numerosas tribus, por ejemplo, entre los iroqueses, se ha formado poco a poco una opinión
pública hostil a esas rupturas; en caso de haber disputas entre los cónyuges, median los
parientes gentiles de cada carte, y sólo si esta mediación no surte efecto, se lleva a
cabo la separación, en virtud de la cual se queda la mujer con los hijos y cada una de
las partes es libre de casarse de nuevo.
La familia sindiásmica, demasiado débil e inestable por sí misma para hacer sentir la
necesidad o, aunque sólo sea, el deseo de un hogar particular, no suprime de ningún modo
el hogar comunista que nos presenta la época anterior. Pero el hogar comunista significa
predominio de la mujer en la casa, lo mismo que el reconocimiento exclusivo de una madre
propia, en la imposibilidad de conocer con certidumbre al verdadero padre, significa
profunda estimación de las mujeres, es decir, de las madres. Una de las ideas más
absurdas que nos ha transmitido la filosofía del siglo XVIII es la opinión de que en el
origen de la sociedad la mujer fue la esclava del hombre. Entre todos los salvajes y en
todas las tribus que se encuentran en los estadios inferior, medio y, en parte, hasta
superior de la barbarie, la mujer no sólo es libre, sino que está muy considerada.
Arthur Wright, que fue durante muchos años misionero entre los iroqueses-senekas, puede
atestiguar cual es aún esta situación de la mujer en el matrimonio sindiásmico. Wright
dice: "Respecto a sus familias, en la época en que aún vivían en las antiguas
casas grandes (domicilios comunistas de muchas familias)... predominaba siempre allí un
clan (una gens), y las mujeres tomaban sus maridos en otros clanes (gens)...
Habitualmente, las mujeres gobernaban en la casa; las provisiones eran comunes, pero
¡desdichado del pobre marido o amante que era demasiado holgazán o torpe para aportar su
parte al fondo de provisiones de la comunidad!. Por más hijos o enseres personales que
tuviese en la casa, podía a cada instante verse conminado a liar los bártulos y tomar el
portante. Y era inútil que intentase oponer resistencia, porque la casa se convertía
para él en un infierno; no le quedaba más remedio sino volverse a su propio clan (gens)
o, lo que solía suceder más a menudo, contraer un nuevo matrimonio en otro. Las mujeres
constituían una gran fuerza dentro de los clanes (gens), lo mismo que en todas partes.
Llegado el caso, no vacilaban en destituir a un jefe y rebajarle a simple guerrero".
La economía doméstica comunista, donde la mayoría, si no la totalidad de las mujeres,
son de una misma gens, mientras que los hombres pertenecen a otras distintas, es la base
efectiva de aquella preponderancia de las mujeres, que en los tiempos primitivos estuvo
difundida por todas partes y el descubrimiento de la cual es el tercer mérito de
Bachofen. Puedo añadir que los relatos de los viajeros y de los misioneros a cerca del
excesivo trabajo con que se abruma a las mujeres entre los salvajes y los bárbaros, no
están en ninguna manera en contradicción con lo que acabo de decir. La división del
trabajo entre los dos sexos depende de otras causas que nada tienen que ver con la
posición de la mujer en la sociedad. Pueblos en los cuales las mujeres se ven obligadas
mucho más de lo que, según nuestras ideas, les corresponde, tienen a menudo mucha más
consideración real hacia ellas que nuestros europeos. La señora de la civilización,
rodeada de aparentes homenajes, extraña a todo trabajo efectivo, tiene una posición
social muy inferior a la de la mujer de la barbarie, que trabaja de firme, se ve en su
pueblo conceptuada como una verdadera dama (lady, frowa, frau = señora) y lo es
efectivamente por su propia disposición.
Nuevas investigaciones acerca de los pueblos del Noroeste y, sobre todo, del Sur de
América, que aún se hallan en el estadio superior del salvajismo, deberán decirnos si
el matrimonio sindiásmico ha remplazado o no por completo hoy en América al matrimonio
por grupos. Respecto a los sudamericanos, se refieren tan variados ejemplos de licencia
sexual, que se hace difícil admitir la desaparición completa del antiguo matrimonio por
grupos. En todo caso, aún no han desaparecido todos sus vestigios. Por lo menos, en
cuarenta tribus de América del Norte el hombre que se casa con la hermana mayor tiene
derecho a tomar igualmente por mujeres a todas las hermanas de ella, en cuanto llegan a la
edad requerida. Esto es un vestigio de la comunidad de maridos para todo un grupo de
hermanas. De los habitantes de la península de California (estadio superior del
salvajismo) cuenta Bancroft que tienen ciertas festividades en que se reunen varias
"tribus" para practicar el comercio sexual más promiscuo. Con toda evidencia,
son gens que en estas fiestas conservan un oscuro recuerdo del tiempo en que las mujeres
de una gens tenían por maridos comunes a todos los hombres de otra, y recíprocamente. La
misma costumbre impera aún en Australia. En algunos pueblos acontece que los ancianos,
los jefes y los hechiceros sacerdotes practican en provecho propio la comunidad de mujeres
y monopolizan la mayor parte de éstas; pero, en cambio, durante ciertas fiestas y grandes
asambleas populares están obligados a admitir la antigua posesión común y a permitir a
sus mujeres que se solacen con los hombres jóvenes. Westermarck (páginas 28- 29) aporta
una serie de ejemplos de saturnales de este género, en las que recobra vigor por corto
tiempo la antigua libertad del comercio sexual: entre los hos, los santalas, los pandchas,
y los cotaros de la India, en algunos pueblos africanos, etc. Westermarck deduce de un
modo extraño que estos hechos constituyen restos, no del matrimonio por grupos, que él
niega, sino del período del celo, que los hombres primitivos tuvieron en común con los
animales.
Llegamos al cuarto gran descubrimiento de Bachofen: el de la gran difusión de la forma
del tránsito del matrimonio por grupos al matrimonio sindiásmico. Lo que Bachofen
representa como una penitencia por la transgresión de los antiguos mandamientos de los
dioses, como una penitencia impuesta a la mujer para comprar su derecho a la castidad, no
es, en resumen, sino la expresión mística del rescate por medio del cual se libra la
mujer de la antigua comunidad de maridos y adquiere el derecho de no entregarse más que a
uno solo. Ese rescate consiste en dejarse poseer en determinado periodo: las mujeres
babilónicas estaban obligadas a entregarse una vez al año en el templo de Mylitta; otros
pueblos del Asia Menor enviaban a sus hijas al templo de Anaitis, donde, durante años
enteros, debían entregarse al amor libre con favoritos elegidos por ellas antes de que se
les permitiera casarse; en casi todos los pueblos asiáticos entre el Mediterráneo y el
Ganges hay análogas usanzas, disfrazadas de costumbres religiosas. El sacrificio
expiatorio que desempeña el papel de rescate se hace cada vez más ligero con el tiempo,
como lo ha hecho notar Bachofen: "La ofrenda, repetida cada año, cede el puesto a un
sacrificio hecho sólo una vez; al heterismo de las matronas sigue el de las jóvenes
solteras; se practica antes del matrimonio, en vez de ejercitarlo durante éste; en lugar
de abandonarse a todos, sin tener derecho de elegir, la mujer ya no se entrega sino a
ciertas personas". ("Derecho materno", pág. XIX). En otros pueblos no
existe ese disfraz religioso; en algunos -los tracios, los celtas, etc., en la
antigüedad, en gran número de aborígenes de la India, en los pueblos malayos, en los
insulares de Oceanía y entre muchos indios americanos hoy día -las jóvenes gozan de la
mayor libertad sexual hasta que contraen matrimonio. Así sucede, sobre todo, en la
América del Sur, como pueden atestiguarlo cuantos han penetrado algo en el interior. De
una rica familia de origen indio refiere Agassiz ("Viaje por el Brasil, Boston y
Nueba York"[11] 1886, pág. 266) que, habiendo conocido a la hija de la casa,
preguntó por su padre, suponiendo que lo sería el marido de la madre, oficial del
ejército en campaña contra el Paraguay; pero la madre le respondió sonriéndose:
"Naod tem pai, he filha da fortuna" (no tiene padre, es hija del acaso).
"Las mujeres indias o mestizas hablan siempre en este tono, sin vergüenza ni
censura, de sus hijos ilegítimos; y esto es la regla, mientras que lo contrario parece
ser la excepción. Los hijos... a menudo sólo conocen a su madre, porque todos los
cuidados y toda la responsabilidad recaen sobre ella; nada saben acerca de su padre, y
tampoco parece que la mujer tuviese nunca la idea de que ella o sus hijos pudieran
reclamarle la menor cosa". Lo que aquí parece pasmoso al hombre civilizado, es
sencillamente la regla en el matriarcado y en el matrimonio por grupos.
En otros pueblos, los amigos y parientes del novio o los convidados a la boda ejercen con
la novia, durante la boda misma, el derecho adquirido por usanza inmemorial, y al novio no
le llega el turno sino el último de todos: así sucedía en las islas Baleares y entre
los augilas africanos en la antigüedad, y así sucede aún entre los bareas en Abisinia.
En otros, un personaje oficial, sea jefe de la tribu o de la gens, cacique, shamán,
sacerdote o príncipe, es quien representa a la colectividad y quien ejerce en la
desposada el derecho de la primera noche ("jus primae noctis"). A pesar de todos
los esfuerzos neorrománticos de cohonestarlo, ese "jus primae noctis" existe
hoy aún como una reliquia del matrimonio por grupos entre la mayoría de los habitantes
del territorio de Alaska (Bancroft: "Tribus Nativas", 1, 81), entre los tahus
del Norte de México (ibid, pág. 584) y entre otros pueblos; y ha existido durante toda
la Edad Media, por lo menos en los países de origen céltico, donde nació directamente
del matrimonio por grupos; en Aragón, por ejemplo. Al paso que en Castilla el campesino
nunca fue siervo, la servidumbre más abyecta reinó en Aragón hasta la sentencia o bando
arbitral de Fernando el Católico de 1486, documento donde se dice: "Juzgamos y
fallamos que los señores (senyors, barones) susodichos no podrán tampoco pasar la
primera noche con la mujer que haya tomado un campesino, ni tampoco podrán durante la
noche de boda, después que se hubiere acostado en la cama la mujer, pasar la pierna
encima de la cama ni de la mujer, en señal de su soberanía; tampoco podrán los
susodichos señores servirse ade las hijas o lo hijos de los campesinos contra su
voluntad, con y sin pago". (Citado, según el texto original en catalán, por
Sugenheim, "La servidumbre", San Petersburgo 1861[12], pág. 35).
Aparte de esto, Bachofen tiene razón evidente cuando afirma que el paso de lo que él
llama "heterismo" o "Sumpfzeugung" a la monogamia se realizó
esencialmente gracias a las mujeres. Cuanto más perdían las antiguas relaciones sexuales
su candoroso carácter primitivo selvático a causa del desarrollo de las condiciones
económicas y, por consiguiente, a causa de la descomposición del antiguo comunismo y de
la densidad, cada vez mayor, de la población, más envilecedoras y opresivas debieran
parecer esas relaciones a las mujeres y con mayor fuerza debieron de anhelar, como
liberación, el derecho a la castidad, el derecho al matrimonio temporal o definitivo con
un solo hombre. Este progreso no podía salir del hombre, por la sencilla razón, sin
buscar otras, de que nunca, ni aun en nuestra época, le ha pasado por las mientes la idea
de renunciar a los goces del matrimonio efectivo por grupos. Sólo después de efectuado
por la mujer el tránsito al matrimonio sindiásmico, es cuando los hombres pudieron
introducir la monogamia estricta, por supuesto, sólo para las mujeres.
La familia sindiásmica aparece en el límite entre el salvajismo y la barbarie, las más
de las veces en el estadio superior del primero, y sólo en algunas partes en el estadio
inferior de la segunda. Es la forma de familia característica de la barbarie, como el
matrimonio por grupos lo es del salvajismo, y la monogamia lo es de la civilización. Para
que la familia sindiásmica evolucione hasta llegar a una monogamia estable fueron
menester causas diversas de aquéllas cuya acción hemos estudiado hasta aquí. En la
familia sindiásmica el grupo había quedado ya reducido a su última unidad, a su
molécula biatómica: a un hombre y una mujer. La selección natural había realizado su
obra reduciendo cada vez más la comunidad de los matrimonios, nada le quedaba ya que
hacer en este sentido. Por tanto, si no hubieran entrado en juego nuevas fuerzas
impulsivas de "orden social", no hubiese habido ninguna razón para que de la
familia sindiásmica naciera otra nueva forma de familia. Pero entraron en juego esas
fuerzas impulsivas.
Abandonemos ahora América, tierra clásica de la familia sindiásmica. Ningún indicio
permite afirmar que en ella se halla desarrollado una forma de familia más perfecta, que
haya existido allí una monogamia estable en ningún tiempo antes del descubrimiento y de
la conquista. Lo contrario sucedió en el viejo mundo.
Aquí la domesticación de los animales y la cría de ganado habían abierto manantiales
de riqueza desconocidos hasta entonces, creando relaciones sociales enteramente nuevas.
Hasta el estadio inferior de la barbarie, la riqueza duradera se limitaba poco más o
menos a la habitación, los vestidos, adornos primitivos y los enseres necesarios para
obtener y preparar los alimentos: la barca, las armas, los utensilios caseros más
sencillos. El alimento debía ser conseguido cada día nuevamente. Ahora, con sus manadas
de caballos, camellos, asnos, bueyes, carneros, cabras y cerdos, los pueblos pastores, que
iban ganando terreno (los arios en el País de los Cinco Ríos y en el valle del Ganges,
así como en las estepas del Oxus y el Jaxartes, a la sazón mucho más espléndidamente
irrigadas, y los semitas en el Eufrates y el Tigris), habían adquirido riquezas que sólo
necesitaban vigilancia y los cuidados más primitivos para reproducirse en una proporción
cada vez mayor y suministrar abundantísima alimentación en carne y leche. Desde entonces
fueron relegados a segundo plano todos los medios con anterioridad empleados; la caza que
en otros tiempos era una necesidad, se trocó en un lujo.
Pero, ¿a quién pertenecía aquella nueva riqueza?. No cabe duda alguna de que, en su
origen, a la gens. Pero muy pronto debió de desarrollarse la propiedad privada de los
rebaños. Es difícil decir si el autor de lo que se llama el primer libro de Moisés
consideraba al patriarca Abraham propietario de sus rebaños por derecho propio, como jefe
de una comunidad familiar, o en virtud de su carácter de jefe hereditario de una gens.
Sea como fuere, lo cierto es que no debemos imaginárnoslo como propietario, en el sentido
moderno de la palabra. También es indudable que en los unbrales de la historia auténtica
encontramos ya en todas partes los rebaños como propiedad particular de los jefes de
familia, con el mismo título que los productos del arte de la barbarie, los enseres de
metal, los objetos de lujo y, finalmente, el ganado humano, los esclavos.
La esclavitud había sido ya inventada. El esclavo no tenía valor ninguno para los
bárbaros del estadio inferior. Por eso los indios americanos obraban con sus enemigos
vencidos de una manera muy diferente de como se hizo en el estadio superior. Los hombres
eran muertos o los adoptaba como hermanos la tribu vencedora; las mujeres eran tomadas
como esposas o adoptadas, con sus hijos supervivientes, de cualquier otra forma. En este
estadio, la fuerza de trabajo del hombre no produce aún excedente apreciable sobre sus
gastos de mantenimiento. Pero al introducirse la cria de ganado, la elaboración de los
metales, el arte del tejido, y, por último, la agricultura, las cosas tomaron otro
aspecto. Sobre todo desde que los rebaños pasaron definitivamente a ser propiedad de la
familia, con la fuerza de trabajo pasó lo mismo que había pasado con las mujeres, tan
fáciles antes de adquirir y que ahora tenían ya su valor de cambio y se compraban. La
familia no se multiplicaba con tanta rapidez como el ganado. Ahora se necesitaban más
personas para la custodia de éste; podía utilizarse para ello el prisionero de guerra,
que además podía multiplicarse, lo mismo que el ganado.
Convertidas todas estas riquezas en propiedad particular de las familias, y aumentadas
después rápidamente, asestaron un duro golpe a la sociedad fundada en el matrimonio
sindiásmico y en la gens basada en el matriarcado. El matrimonio sindiásmico había
introducido en la fmailia un elemento nuevo. Junto a la verdadera madre había puesto le
verdadero padre, probablemente mucho más auténtico que muchos "padres" de
nuestros días. Con arreglo a la división del trabajo en la familia de entonces,
correspondía al hombre procurar la alimentación y los instrumentos de trabajo necesarios
para ello; consiguientemente, era, por derecho, el propietario de dichos instrumentos y en
caso de separación se los llevaba consigo, de igual manera que la mujer conservaba sus
enseres domésticos. Por tanto, según las costumbres de aquella sociedad, el hombre era
igualmente propietario del nuevo manantial de alimentación, el ganado, y más adelante,
del nuevo instrumento de trabajo, el esclavo. Pero según la usanza de aquella misma
sociedad, sus hijos no podían heredar de él, proque, en cuanto a este punto, las cosas
eran como sigue.
Con arreglo al derecho materno, es decir, mientras la descendencia sólo se contaba por
línea femenina, y según la primitiva ley de herencia imperante en la gens, los miembros
de ésta heredaban al principio de su pariente gentil fenecido. Sus bienes debían quedar,
pues, en la gens. Por efecto de su poca importancia, estos bienes pasaban en la práctica,
desde los tiempos más remotos, a los parientes más próximos, es decir, a los
consanguíneos por línea materna. Pero los hijos del difunto no pertenecían a su gens,
sino a la de la madre; al principio heredaban de la madre, con los demás consanguíneos
de ésta; luego, probablemente fueran sus primeros herederos, pero no podían serlo de su
padre, porque no pertenecían a su gens, en la cual debían quedar sus bienes. Así, a la
muerte del propietario de rebaños, estos pasaban en primer término a sus hermanos y
hermanas y a los hijos de estos últimos o a los descendientes de las hermanas de su
madre; en cuanto a sus propios hijos, se veían desheredados.
Así, pues, las riquezas, a medida que iban en aumento, daban, por una parte, al hombre
una posición más importante que a la mujer en la familia y, por otra parte, hacían que
naciera en él la idea de valerse de esta ventaja para modificar en provecho de sus hijos
el orden de herencia establecido. Pero esto no podía hacerse mientras permaneciera
vigente la filiación según el derecho materno. Este tenía que ser abolido, y lo fue.
Ello no resultó tan difícil como hoy nos parece. Aquella revolución -una de las más
profundas que la humanidad ha conocido- no tuvo necesidad de tocar ni a uno solo de los
miembros vivos de la gens. Todos los miembros de ésta pudieron seguir siendo lo que hasta
entonces habían sido. Bastó decidir sencillamente que en lo venidero los descendientes
de un miembro masculino permanecerían en la gens, pero los de un miembro femenino
saldrían de ella, pasando a la gens de su padre. Así quedaron abolidos al filiación
femenina y el derecho hereditario materno, sustituyéndolos la filiación masculina y el
derecho hereditario paterno. Nada sabemos respecto a cómo y cuando se produjo esta
revolución en los pueblos cultos, pues se remonta a los tiempos prehistóricos. Pero los
datos reunidos, sobre todo por Bachofen, acerca de los numerosos vestigios del derecho
materno, demuestran plenamente que esa revolución se produjo; y con qué facilidad se
verifica, lo vemos en muchas tribus indias donde acaba de efectuarse o se está
efectuando, en parte por influjo del incremento de las riquezas y el cambio de género de
vida (emigración desde los bosques a las praderas), y en parte por la influencia moral de
la civilización y de los misioneros. De ocho tribus del Misurí, en seis rigen la
filiación y el orden de herencia masculinos, y en otras dos, los femeninos. Entre los
schawnees, los miamíes y los delawares se ha introducido la costumbre de dar a los hijos
un nombre perteneciente a la gens paterna, para hacerlos pasar a ésta con el fin de que
puedan heredar de su padre. "Casuística innata en los hombres la de cambiar las
cosas cambiando sus nombres y hallar salidas para romper con la tradición, sin salirse de
ella, en todas partes donde un interés directo da el impulso suficiente para ello"
(Marx). Resultó de ahí una espantosa confusión, la cual sólo podía remediarse y fue
en parte remediada con el paso al patriarcado. "Esta parece ser la transición más
natural" (Marx). Acerca de lo que los especialistas en Derecho comparado pueden
decirnos sobre el modo en que se operó esta transición en los pueblos civilizados del
Mundo Antiguo -casi todo son hipótesis-, véase Kovalevski, "Cuadro de los orígenes
y de la evolución de la familia y de la propiedad", Estocolmo 1890[13].
El derrocamiento del derecho materno fue la gran derrota histórica del sexo femenino en
todo el mundo. El hombre empuñó también las riendas en la casa; la mujer se vio
degradada, convertida en la servidora, en la esclava de la lujuria del hombre, en un
simple instrumento de reproducción. Esta baja condición de la mujer, que se manifiesta
sobre todo entre los griegos de los tiempos heroicos, y más aún en los de los tiempos
clásicos, ha sido gradualmente retocada, disimulada y, en ciertos sitios, hasta revestida
de formas más suaves, pero no, ni mucho menos, abolida.
El primer efecto del poder exclusivo de los hombres, desde el punto y hora en que se
fundó, lo observamos en la forma intermedia de la familia patriarcal, que surgió en
aquel momento. Lo que caracteriza, sobre todo, a esta familia no es la poligamia, de la
cual hablaremos luego, sino la "organización de cierto número de individuos, libres
y no libres, en una familia sometida al poder paterno del jefe de ésta. En la forma
semítica, ese jefe de familia vive en plena poligamia, los esclavos tienen una mujer e
hijos, y el objetivo de la organización entera es cuidar del ganado en un área
determinada". Los rasgos esenciales son la incorporación de los esclavos y la
potestad paterna; por eso, la familia romana es el tipo perfecto de esta forma de familia.
En su origen, la palabra familia no significa el ideal, mezcla de sentimentalismos y de
disensiones domésticas, del filisteo de nuestra época; al principio, entre los romanos,
ni siquiera se aplica a la pareja conyugal y a sus hijos, sino tan sólo a los esclavos.
Famulus quiere decir esclavo doméstico, y familia es el conjunto de los esclavos
pertenecientes a un mismo hombre. En tiempos de Gayo la "familia, id es
patrimonium" (es decir, herencia), se transmitía aun por testamento. Esta expresión
la inventaron los romanos para designar un nuevo organismo social, cuyo jefe tenía bajo
su poder a la mujer, a los hijos y a cierto número de esclavos, con la patria potestad
romana y el derecho de vida y muerte sobre todos ellos. "La palabra no es, pues, más
antigua que el férreo sistema de familia de las tribus latinas, que nació al
introducirse la agricultura y la esclavitud legal y después de la escisión entre los
itálicos arios y los griegos". Y añade Marx: "La familia moderna contiene en
germen, no sólo la esclavitud (servitus), sino también la servidumbre, y desde el
comienzo mismo guarda relación con las cargas en la agricultura. Encierra, in miniature,
todos los antagonismos que se desarrollan más adelante en la sociedad y en su
Estado".
Esta forma de familia señala el tránsito del matrimonio sindiásmico a la monogamia.
Para asegurar la fidelidad de la mujer y, por consiguiente, la paternidad de los hijos,
aquélla es entregada sin reservas al poder del hombre: cuando éste la mata, no hace más
que ejercer su derecho.
Con la familia patriarcal entramos en los dominios de la historia escrita, donde la
ciencia del Derecho comparado nos puede prestar gran auxilio. Y en efecto, esta ciencia
nos ha permitido aquí hacer importantes progresos. A Máximo Kovalevski ("Cuadro de
los orígenes y de la evolución de la familia y de la propiedad", págs. 60-100,
Estocolmo 1890) debemos la idea de que la comunidad familiar patriarcal (patriarchalische
Hausgenossenschaft), según existe aún entre los servios y los búlgaros con el nombre de
zádruga (que puede traducirse poco más o menos como confraternidad! o bratstwo
(fraternidad)), y bajo una forma modificada entre los orientales, ha constituido el
estadio de transición entre la familia de derecho materno, fruto del matrimonio por
grupos, y la monogamia moderna. Esto parece probado, por lo menos respecto a los pueblos
civilizados del Mundo Antiguo, los arios y los semitas.
La zádruga de los sudeslavos constituye el mejor ejemplo, existente aún, de una
comunidad familiar de esta clase. Abarca muchas generaciones de descendientes de un mismo
padre, los cuales viven juntos, con sus mujeres, bajo el mismo techo; cultivan sus tierras
en común, se alimentan y se visten de un fondo común y poseen en común el sobrante de
los productos. La comunidad está sujeta a la administración superior del dueño de la
casa (domàcin), quien la representa ante el mundo exterior, tiene el derecho de enajenar
las cosas de valor mínimo, lleva la caja y es responsable de ésta, lo mismo que de la
buena marcha de toda la hacienda. Es elegido, y no necesita para ello ser el de más edad.
Las mujeres y su trabajo están bajo la dirección de la dueña de la casa (domàcica),
que suele ser la mujer del domàcin. Esta tiene también voz, a menudo decisiva, cuando se
trata de elegir marido para las mujeres solteras. Pero el poder supremo pertenece al
consejo de familia, a la asamblea de todos los adultos de la comunidad, hombres y mujeres.
Ante esa asamblea rinde cuentas el domàcin, ella es quien resuelve las cuestiones de
importancia, administra justicia entre todos los miembros de la comunidad, decide las
compras o ventas más importantes, sobre todo de tierras, etc.
No hace más de diez años que se ha probado la existencia en Rusia de grandes comunidades
familiares de esta especie; hoy todo el mundo reconoce que tienen en las costumbres
populares rusas raíces tan ondas como la obschina, o comunidad rural. Figuran en el más
antiguo código ruso -la "Pravda" de Yaroslav-, con el mismo nombre (verv) que
en las leyes de Damacia; en las fuentes históricas polacas y checas también podemos
encontrar referencias al respecto.
También entre los germanos, según Heusler ("Instituciones del Derecho
alemán"), la unidad económica primitiva no es la familia aislada en el sentido
moderno de la palabra, sino una comunidad familiar (Hausgenossenschaft) que se compone de
muchas generaciones con sus respectivas familias y que además encierra muy a menudo
individuos no libres. La familia romana se refiere igualmente a este tipo, y, debido a
ello, el poder absoluto del padre sobre los demás miembros de la familia, por supuesto
privados enteramente de derechos respecto a él, se ha puesto muy en duda recientemente.
Comunidades familiares del mismo género han debido de existir entre los celtas de
Irlanda; en Francia, se han mantenido en el Nivernesado con el nombre de parçonneries
hasta la Revolución, y no se han extinguido aún en el Franco-Condado. En los alrededores
de Louans (Saona y Loira) se ven grandes caserones de labriegos, con una sala común
central muy alta, que llega hasta el caballete del tejado; alrededor se encuentran los
dormitorios, a los cuales se sube por unas escalerillas de seis u ocho peldaños; habitan
en esas casas varias generaciones de la misma familia.
La comunidad familiar, con cultivo del suelo en común, se menciona ya en la India por
Nearco, en tiempo de Alejandro Magno, y aún subsiste en el Penyab y en todo el noroeste
del país. El mismo Kovalevsky ha podido encontrarla en el Cáucaso. En Argelia existe
aún en las cábilas. Ha debido hallarse hasta en América, donde se cree descubrirla en
las "calpullis"[14]descritas por Zurita en el antiguo México; por el contrario,
Cunow ("Ausland", 1890, números 42-44) ha demostrado de una manera bastante
clara que en la época de la conquista existía en el Perú una especie de marca (que,
cosa extraña, también se llamaba allí "marca"), con reparto periódico de las
tierras cultivadas y, por consiguiente, con cultivo individual.
En todo caso, la comunidad familiar patriarcal, con posesión y cultivo del suelo en
común, adquiere ahora una significación muy diferente de la que tenía antes. Ya no
podemos dudar del gran papel transicional que desempeñó entre los civilizados y otros
pueblos de la antigüedad en el período entre la familia de derecho materno y la familia
monógama. Más adelante hablaremos de otra cuestión sacada por Kovalevski, a saber: que
la comunidad familiar fue igualmente el estadio transitorio de donde salió la comunidad
rural o la marca, con cultivo individual del suelo y reparto al principio periódico y
después defintivo de los campos y pastos.
Respecto a la vida de familia en el seno de estas comunidades familiares, debe hacerse
notar que, por lo menos en Rusia, los amos de casa tienen la fama de abusar mucho de su
situación en lo que respecta a las mujeres más jóvenes de la comunidad, principalmente
a sus nueras, con las que forman a menudo un harén; las canciones populares rusas son
harto elocuentes a este respecto.
Antes de pasar a la monogamia, a la cual da rápido desarrollo el derrumbamiento del
matriarcado, digamos algunas palabras de la poligamia y de la poliandria. Estas dos formas
de matrimonio sólo pueden ser excepciones, artículos de lujo de la historia, digámoslo
así, de no ser que se presenten simultáneamente en un mismo país, lo cual, como
sabemos, no se produce. Pues bien; como los hombres excluidos de la poligamia no podían
consolarse con las mujeres dejadas en libertad por la poliandria, y como el número de
hombres y mujeres, independientemente de las instituciones sociales, ha seguido siendo
casi igual hasta ahora, ninguna de estas formas de matrimonio fue generalmente admitida.
De hecho, la poligamia de un hombre era, evidentemente, un producto de la esclavitud, y se
limitaba a las gentes de posición elevada. En la familia patriarcal semítica, el
patriarca mismo y, a lo sumo, algunos de sus hijos viven como polígamos; los demás, se
ven obligados a contentarse con una mujer. Así sucede hoy aún en todo el Oriente: la
poligamia se un privilegio de los ricos y de los grandes, y las mujeres son reclutadas,
sobre todo, por la compra de esclavas; la masa del pueblo es monógama. Una excepción
parecida es la poliandria en la India y en el Tibet, nacida del matrimonio por grupos, y
cuyo interesante origen queda dpor estudiar más a fondo. En la práctica, parece mucho
más tolerante que el celoso régimen del harén musulmán.
Entre los naires de la India, por lo menos, tres, cuatro o más hombres, tienen una mujer
común; pero cada uno de ellos puede tener, en unión con otros hombres, una segunda, una
tercera, una cuarta mujer, y así sucesivamente. Asombra que MacLennan, al describirlos,
no haya descubierto una nueva categoría de matrimonio -el matrimonio en club- en estos
clubs conyugales, de varios de los cuales puede formar parte el hombre. Por supuesto, el
sistema de clubs conyugales no tiene que ver con la poliandria efectiva; por el contrario,
según lo ha hecho notar ya Giraud-Teulon, es una forma particular (spezialisierte) del
matrimonio por grupos: los hombres viven en la poligamia, y las mujeres en la poliandria.
4. La familia monogámica. Nace de la familia sindiásmica, según hemos indicado, en el
período de la transición entre el estadio medio y el estadio superior de la barbarie; su
triunfo definitivo es uno de los síntomas de la civilización naciente. Se funda en el
predominio del hombre; su fin expreso es el de procrear hijos cuya paternidad sea
indiscutible; y esta paternidad indiscutible se exige porque los hijos, en calidad de
herederos directos, han de entrar un día en posesión de los bienes de su padre. La
familia monogámica se diferencia del matrimonio sindiásmico por una solidez mucho más
grande de los lazos conyugales, que ya no pueden ser disueltos por deseo de cualquiera de
las partes. Ahora, sólo el hombre, como regla, puede romper estos lazos y repudiar a su
mujer. También se le otorga el derecho de infidelidad conyugal, sancionado, al menos, por
la costumbre (el Código de Napoleón se lo concede expresamente, mientras no tenga la
concubina en el domicilio conyugal), y este derecho se ejerce cada vez más ampliamente, a
medida que progresa la evolución social. Si la mujer se acuerda de las antiguas
prácticas sexuales y quiere renovarlas, es castigada más rigurosamente que en ninguna
época anterior.
Entre los griegos encontramos en toda su severidad la nueva forma de la familia. Mientras
que, como señala Marx, la situación de las diosas en la mitología nos habla de un
período anterior, en que las mujeres ocupaban todavía una posición más libre y más
estimada, en los tiempos heroicos vemos ya a la mujer humillada por el predominio del
hombre y la competencia de las esclavas. Léase en la "Odisea" cómo Telémaco
interrumpe a su madre y le impone silencio. En Homero, los vencedores aplacan sus apetitos
sexuales en las jóvenes capturadas; los jefes elegían para sí, por turno y conforme a
su categoría, las más hermosas; sabido es que la "Iliada" entera gira en torno
a la disputa sostenida entre Aquiles y Agamenón a causa de una esclava. Junto a cada
héroe, más o menos importante, Homero habla de la joven cautiva con la cual comparte su
tienda y su lecho. Esas mujeres eran también conducidas al país nativo de los héroes, a
la casa conyugal, como hizo Agamenón con Casandra, en Esquilo; los hijos nacidos de esas
esclavas reciben una pequeña parte de la herencia paterna y son considerados como hombres
libres; así, Teucro es hijo natural de Telamón, y tiene derecho a llevar el nombre de su
padre. En cuanto a la mujer legítima, se exige de ella que tolere todo esto y, a la vez,
guarde una castidad y una fidelidad conyugal rigurosas. Cierto es que la mujer griega de
la época heroica es más respetada que la del período civilizado; sin embargo, para el
hombre no es, en fin de cuentas, más que la madre de sus hijos legítimos, sus herederos,
la que gobierna la casa y vigila a las esclavas, de quienes él tiene derecho a hacer, y
hace, concubinas siempre que se le antoje. La existencia de la esclavitud junto a la
monogamia, la presencia de jóvenes y bellas cautivas que pertenecen en cuerpo y alma al
hombre, es lo que imprime desde su origen un carácter específico a la monogamia, que
sólo es monogamia para la mujer, y no para el hombre. En la actualidad, conserva todavía
este carácter.
En cuanto a los griegos de una época más reciente, debemos distinguir entre los dorios y
los jonios. Los primeros, de los cuales Esparta es el ejemplo clásico, se encuentran
desde muchos puntos de vista en relaciones conyugales mucho más primtivas que las
printadas de Homero. En Esparta existe un matrimonio sindiásmico modificado por el Estado
conforme a las concepciones dominantes allí y que conserva muchos vestigios del
matrimonio por grupos. Las uniones estériles se rompen: el rey Anaxándrides (hacia el
año 650 antes de nuestra era) tomó una segunda mujer, sin dejar a la primerad, que era
estéril, y sostenía dos domicilios conyugales; hacia la misma época, teniendo el rey
Aristón dos mujeres sin hijos, tomó otra, pero despidió a una de las dos primeras.
Además, varios hermanos podían tener una mujer común; el hombre que prefería la mujer
de su amigo podía participar de ella con éste; y se estimaba decoroso poner la mujer
propia a disposición de "un buen semental" (como diría Bismarck), aun cuando
no fuese un conciudadano. De un pasaje de Plutarco en que una espartana envía a su marido
un pretendiente que la persigue con sus proposiciones, puede incluso deducirse, según
Schömann, una libertad de costumbres aún más grande. Por esta razón, era cosa inaudita
el adulterio efectivo, la infidelidad de la mujer a espaldas de su marido. Por otra parte,
la esclavitud doméstica era desconocida en Esparta, por lo menos en su mejor época; los
ilotas siervos vivían aparte, en las tierras de sus señores, y, por consiguiente, entre
los espartanos[15] era menor la tentación de solazarse con sus mujeres. Por todas estas
razones, las mujeres tenían en Esparta una posición mucho más respetada que entre los
otros griegos. Las casadas espartanas y la flor y nata de las hetairas atenienses son las
únicas mujeres de quienes hablan con respeto los antiguos, y de las cuales se tomaron el
trabajo de recoger los dichos.
Otra cosa muy diferente era lo que pasaba entre los jonios, para los cuales es
característico el régimen de Atenas. Las doncellas no aprendían sino a hilar, tejer y
coser, a lo sumo a leer y escribir. Prácticamente eran cautivas y sólo tenían trato con
otras mujeres. Su habitación era un aposento separado, sito en el piso alto o detrás de
la casa; los hombres, sobre todo los extraños, no entraban fácilmente allí, adonde las
mujeres se retiraban en cuanto llegaba algún visitante. Las mujeres no salían sin que
las acompañase una esclava; dentro de la casa se veían, literalmente, sometidas a
vigilancia; Aristófanes habla de perros molosos para espantar a los adúlteros, y en las
ciudades asiáticas para vigilar a las mujeres había eunucos, que desde los tiempos de
Herodoto se fabricaban en Quios para comerciar con ellos y que no sólo servían a los
bárbaros, si hemos de creer a Wachsmuth. En Eurípides se designa a la mujer como un
oikurema, como algo destinado a cuidar del hogar doméstico (la palabra es neutra), y,
fuera de la procreación de los hijos, no era para el ateniense sino la criada principal.
El hombre tenía sus ejercicios gimnásticos y sus discusiones públicas, cosas de las que
estaba excluida la mujer; además solía tener esclavas a su disposición, y, en la época
floreciente de Atenas, una prostitución muy extensa y protegida, en todo caso, por el
Estado. Precisamente, sobre la base de esa prostitución se desarrollaron las mujeres
griegas que sobresalen del nivel general de la mujer del mundo antiguo por su ingenio y su
gusto artístico, lo mismo que las espartanas sobresalen por su carácter. Pero el hecho
de que para convertirse en mujer fuese preciso ser antes hetaira, es la condenación más
severa de la familia ateniense.
Con el transcurso del tiempo, esa familia ateniense llegó a ser el tipo por el cual
modelaron sus relaciones domésticas, no sólo el resto de los jonios, sino también todos
los griegos de la metrópoli y de las colonias. Sin embargo, a pesar del secuestro y de la
vigilancia, las griegas hallaban harto a menudo ocasiones para engañar a sus maridos.
Estos, que se hubieran ruborizado de mostrar el más pequeño amor a sus mujeres, se
recreaban con las hetairas en toda clase de galanterías; pero el envilecimiento de las
mujeres se vengó en los hombres y los envileció a su vez, llevándoles hasta las
repugnantes prácticas de la pederastia y a deshonrar a sus dioses y a sí mismos, con el
mito de Ganímedes.
Tal fue el origen de la monogamia, según hemos podido seguirla en el pueblo más culto y
más desarrollado de la antigüedad. De ninguna manera fue fruto del amor sexual
individual, con el que no tenía nada en común, siendo el cálculo, ahora como antes, el
móvl ade los matrimonios. Fue la primera forma de familia que no se basaba en condiciones
naturales, sino económicas, y concretamente en el triunfo de la propiedad privada sobre
la propiedad común primitiva, originada espontáneamente. Preponderancia del hombre en la
familia y procreación de hijos que sólo pudieran ser de él y destinados a heredarle:
tales fueron, abiertamente proclamados por los griegos, los únicos objetivos de la
monogamia. Por lo demás, el matrimonio era para ellos una carga, un deber para con los
dioses, el Estado y sus propios antecesores, deber que se veían obligados a cumplir. En
Atenas, la ley no sólo imponía el matrimonio, sino que, además, obligaba al marido a
cumplir un mínimum determinado de lo que se llama deberes conyugales.
Por tanto, la monogamia no aparece de ninguna manera en la historia como una
reconciliación entre el hombre y la mujer, y menos aún como la forma más elevada de
matrimonio. Por el contrario, entra en escena bajo la forma del esclavizamiento de un sexo
por el otro, como la proclamación de un conflicto entre los sexos, desconocido hasta
entonces en la prehistoria. En un viejo manuscrito inédito, redactado en 1846 por Marx y
por mí[16], encuentro esta frase: "La primera división del trabajo es la que se
hizo entre el hombre y la mujer para la procreación de hijos". Y hoy puedo añadir:
el primer antagonismo de clases que apareció en la historia coincide con el desarrollo
del antagonismo entre el hombre y la mujer en la monogamia; y la primera opresión de
clases, con la del sexo femenino por el masculino. La monogamia fue un gran progreso
histórico, pero al mismo tiempo inaugura, juntamente con la esclavitud y con las riquezas
privadas, aquella época que dura hasta nuestros días y en la cual cda progreso es al
mismo tiempo un regreso relativo y el bienestar y el desarrollo de unos verifícanse a
expensas del dolor y de la represión de otros. La monogamia es la forma celular de la
sociedad civilizada, en la cual podemos estudiar ya la naturaleza de las contradicciones y
de los antagonismos que alcanzan su pleno desarrollo en esta sociedad.
La antigua libertad relativa de comercio sexual no desapareció del todo con el triunfo
del matrimonio sindiásmico, ni aún con el de la monogamia. "El antiguo sistema
conyugal, reducido a más estrechos límites por la gradual desaparición de los grupos
punalúas, seguía siendo el medio en que se desenvolvía la familia, cuyo desarrollo
frenó hasta los albores de la civilización...; desapareció, pro fin, con la nueva forma
del heterismo, que sigue al género humano hasta en plena civilización como una negra
sombra que se cierne sobre la familia". Morgan entiende por heterismo el comercio
extraconyugal, existente junto a la monogamia, de los hombres con mujeres no casadas,
comercio carnal que, como se sabe, florece junto a las formas más diversas durante todo
el período de la civilización y se transforma cada vez más en descarada prostitución.
Este heterismo desciende en línea recta del matrimonio por grupos, del sacrificio de su
persona, mediante el cual adquirían las mujeres para sí el derecho a la castidad. La
entrega por dinero fue al principio un acto religioso; practicábase en el templo de la
diosa del amor, y primitivamente el dinero ingresaba en las arcas del templo. Las
hieródulas[17] de Anaitis en Armenia, de Afrodita en Corinto, lo mismo que las bailarinas
religiosas agregadas a los templos de la India, que se conocen con el nombre de bayaderas
(la palabra es una corrupción del portugués "bailaderia"), fueron las primeras
prostitutas. El sacrificio de entregarse, deber de todas las mujeres en un principio, no
fue ejercido más tarde sino por éstas sacerdotisas, en remplazo de todas las demás. En
otros pueblos, el heterismo proviene de la libertad sexual concedida a las jóvenes antes
del matrimonio; así, pues, es también un resto del matrimonio por grupos, pero que ha
llegado hasta nosotros por otro camino. Con la diferenciación en la propiedad, es decir,
ya en el estadio superior de la barbarie, aparece esporádicamente el trabaja asalariado
junto al trabajo de los esclavos; y al mismo tiempo, como un correlativo necesario de
aquél, la prostitución profesional de las mujeres libres aparece junto a la entrega
forzada de las esclavas. Así, pues, la herencia que el matrimonio por grupos legó a la
civilización es doble, y todo lo que la civilización produce es también doble, ambiguo,
equívoco, contradictorio; por un lado, la monogamia, y por el otro, el heterismo,
comprendida su forma extremada, la prostitución. El heterismo es una institución social
como otra cualquiera y mantiene la antigua libertad sexual... en provecho de los hombres.
De hecho no sólo tolerado, sino practicado libremente, sobre todo por las clases
dominantes, repruébase la palabra. Pero en realidad, esta reprobación nunca va dirigida
contra los hombres que lo practican, sino solamente contra las mujeres; a éstas se las
desprecia y se las rechaza, para proclamar con eso una vez más, como ley fundamental de
la sociedad, la supremacía absoluta del hombre sobre el sexo femenino.
Pero, en la monogamia misma se desenvuelve una segunda contradicción. Junto al marido,
que ameniza su existencia con el heterismo, se encuentra la mujer abandonada. Y no puede
existir un término de una contradicción sin que exista el otro, como no se puede tener
en la mano una manzana entera después de haberse comido la mitad. Sin embargo, ésta
parece haber sido la opinión de los hombres hasta que la mujeres les pusieron otra cosa
en la cabeza. Con la monogamia aparecieron dos figuras sociales, constantes y
características, desconocidas hasta entonces: el inevitable amante de la mujer y el
marido cornudo. Los hombres habían logrado la victoria sobre las mujeres, pero las
vencidas se encargaron generosamente de coronar a los vencedores. El adulterio, prohibido
y castigado rigurosamente, pero indestructible, llegó a ser una institución social
irremediable, junto a la monogamia y al heterismo. En el mejor de los casos, la certeza de
la paternidad de los hijos se basaba ahora, como antes, en el convencimiento moral, y para
resolver la indisoluble contradicción, el Código de Napoleón dispuso en su Artículo
312: "L'enfant conçu pendant le mariage a pour père le mari" ("El hijo
concebido durante el matrimonio tiene por padre al marido"). Este es el resultado
final de tres mil años de monogamia.
Así, pues, en los casos en que la familia monogámica refleja fielmente su origen
histórico y manifiesta con claridad el conflicto entre el hombre y la mujer, originado
por el dominio exclusivo del primero, tenemos un cuadro en miniatura de las
contradicciones y de los antagonismos en medio de los cuales se mueve la sociedad,
dividida en clases desde la civilización, sin poder resolverlos ni vencerlos.
Naturalmente, sólo hablo aquí de los casos de monogamia en que la vida conyugal
transcurre con arreglo a las prescripciones del carácter original de esta institución,
pero en que la mujer se rebela contra el dominio del hombre. Que no en todos los
matrimonios ocurre así lo sabe mejor que nadie el filisteo alemán, que no sabe mandar ni
en su casa ni en el Estado, y cuya mujer lleva con pleno derecho los pantalones de que él
no es digno. Mas no por eso deja de creerse muy superior a su compañero de infortunios
francés, a quien con mayor frecuencia que a él mismo le suceden cosas mucho más
desagradables.
Por supuesto, la familia monogámica no ha revestido en todos los lugares y tiempos la
forma clásica y dura que tuvo entre los griegos. La mujer era más libre y más
considerada entre los romanos, quienes en su calidad de futuros conquistadores del mundo
tenían de las cosas un concepto más amplio, aunque menos refinado que los griegos. El
romano creía suficientemente garantizada la fidelidad de su mujer por el derecho de vida
y muerte que sobre ella tenía. Además, la mujer podía allí romper el vínculo
matrimonial a su arbitrio, lo mismo que el hombre. Pero el mayor progreso en el
desenvolvimiento de la monogamia se realizó, indudablemente, con la entrada de los
germanos en la historia, y fue así porque, dada su pobreza, parece que por el entonces la
monogamia aún no se había desarrollado plenamente entre ellos a partir del matrimonio
sindiásmico. Sacamos esta conclusión basándonos en tres circunstancias mencionadas por
Tácito: en primer lugar, junto con la santidad del matrimonio ("se contentan con una
sola mujer, y las mujeres viven cercadas por su pudor"), la poligamia estaba en vigor
para los grandes y los jefes de la tribu. Es ésta una situación análoga a la de los
americanos, entre quienes existía el matrimonio sindiásmico. En segundo término, la
transición del derecho materno al derecho paterno no había debido de realizarse sino
poco antes, puesto que el hermano de la madre -el pariente gentil más próximo, según el
matriarcado-casi era tenido como un pariente más próximo que el propio padre, lo que
también corresponde al punto de vista de los indios americanos, entre los cuales Marx,
como solía decir, había encontrado la clave para comprender nuestro propio pasado. Y en
tercer lugar, entre los germanos las mujeres gozaban de suma consideración y ejercían
una gran influencia hasta en los asuntos públicos, lo cual es diametralmente opuesto a la
supremacía masculina de la monogamia. Todos éstos son puntos en los cuales los germanos
están casi por completo de acuerdo con los espartanos, entre quienes tampoco había
desaparecido del todo el matriarcado sindiásmico, según hemos visto. Así, pues,
también desde este punto de vista llegaba con los germanos un elemento enteramente nuevo
que dominó en todo el mundo. La nueva monogamia que entre las ruinas del mundo romano
salió de la mezcla de los pueblos, revistió la supremacía maculina de formas más
suaves y dio a las mujeres una posición mucho más considerada y más libre, por lo menos
aparentemente, de lo que nunca había conocido la edad clásica. Gracias a eso fue
posible, partiendo de la monogamia -en su seno, junto a ella y contra ella, según las
circunstancias-, el progreso moral más grande que le debemos: el amor sexual individual
moderno, desconocido anteriormente en el mundo.
Pues bien; este progreso se debía con toda seguridad a la circunstancia de que los
germanos vivían aún bajo el régimen de la familia sindiásmica, y de que llevaron a la
monogamia, en cuanto les fue posible, la posición de la mujer correspondiente a la
familia sindiásmica; pero no se debía de ningún modo este progreso a la legendaria y
maravillosa pureza de costumbres ingénita en los germanos, que en realidad se reduce a
que en el matrimonio sindiásmico no se observan las agudas contradicciones morales
propias de la monogamia. Por el contrario, en sus emigraciones, particularmente al
Sudeste, hacia las estepas del Mar Negro, pobladas por nómadas, los germanos decayeron
profundamente desde el punto de vista moral y tomaron de los nómadas, además del arte de
la equitación, feos vicios contranaturales, acerca de lo cual tenemos los expresos
testimonios de Amiano acerca de los taifalienses y el Procopio respecto a los hérulos.
Pero si la monogamia fue, de todas las formas de familia conocidas, la única en que pudo
desarrollarse el amor sexual moderno, eso no quiere decir de ningún modo que se
desarrollase exclusivamente, y ni aún de una manera preponderante, como amor mutuo de los
cónyuges. Lo excluye la propia naturaleza de la monogamia sólida, basada en la
supremacía del hombre. En todas las clases históricas activas, es decir, en todas las
clases dominantes, el matrimonio siguió siendo lo que había sido desde el matrimonio
sindiásmico: un trato cerrado por los padres. La primera forma del amor sexual aparecida
en la historia, el amor sexual como pasión, y por cierto como pasión posible para
cualquier hombre (por lo menos, de las clases dominantes), como pasión que es la forma
superior de la atracción sexual (lo que constituye precisamente su carácter
específico), esa primera forma, el amor caballeresco de la Edad Media, no fue, de ningún
modo, amor conyugal. Muy por el contrario, en su forma clásica, entre los provenzales,
marcha a toda vela hacia el adulterio, que es cantado por sus poetas. La flor de la
poesía amorosa provenzal son las "Albas", en alemán "Tagelieder"
(cantos de la alborada). Pintan con encendidos ardores cómo el caballero comparte el
lecho de su amada, la mujer de otro, mientras en la calle está apostado un vigilante que
lo llama apenas clarea el alba, para que pueda escapar sin ser visto; la escena de la
separación es el punto culminante del poema. Los franceses del Norte y nuestros valientes
alemanes adoptaron este género de poesías, al mismo tiempo que la manera caballeresca de
amor correspondiente a él, y nuestro antiguo Wolfram von Echenbach dejó sobre este
sugestivo tema tres encantadores "Tagelieder", que prefiero a sus tres largos
poemas épicos.
El matrimonio de la burguesía es de dos modos, en nuestros días. En los países
católicos, ahora, como antes, los padres son quienes proporcionan al joven burgués la
mujer que le conviene, de lo cual resulta naturalmente el más amplio desarrollo de la
contradicción que encierra la monogamia; heterismo exuberante por parte del hombre y
adulterio exuberante por parte de la mujer. Y si la Iglesia católica ha abolido el
divorcio, es probable que sea porque habrá reconocido que para el adulterio, como contra
la muerte, no hay remedio que valga. Por el contrario, en los países protestantes la
regla general es conceder al hijo del burgués más o menos libertad para buscar mujer
dentro de su clase; por ello el amor puede ser hasta cierto punto la base del matrimonio,
y se supone siempre, para guardar las apariencias, que así es, lo que está muy en
correspondencia con la hipocresía protestante. Aquí el marido no practica el heterismo
tan enérgicamente, y la infidelidad de la mujer se da con menos frecuencia, pero como en
todas clases de matrimonios los seres humanos siguen siendo lo que antes eran, y como los
burgueses de los países protestantes son en su mayoría filisteos, esa monogamia
protestante viene a parar, aun tomando el término medio de los mejores casos, en un
aburrimiento mortal sufrido en común y que se llama felicidad doméstica. El mejor espejo
de estos dos tipos de matrimonio es la novela: la novela francesa, para la manera
católica; la novela alemana, para la protestante. En los dos casos, el hombre
"consigue lo suyo": en la novela alemana, el mozo logra a la joven; en la novela
francesa, el marido obtiene su cornamenta. ¿Cuál de los dos sale peor librado?. No
siempre es posible decirlo. Por eso el aburrimiento de la novela alemana inspira a los
lectores de la burguesía francesa el mismo horror que la "inmoralidad" de la
novela francesa inspira al filisteo alemán. Sin embargo, en estos últimos tiempos, desde
que "Berlín se está haciendo una gran capital", la novela alemana comienza a
tratar algo menos tímidamente el heterismo y el adulterio, bien conocidos allí desde
hace largo tiempo.
Pero, en ambos casos, el matrimonio se funda en la posición social de los contrayentes y,
por tanto, siempre es un matrimonio de conveniencia. También en los dos casos, este
matrimonio de conveniencia se convierte a menudo en la más vil de las prostituciones, a
veces por ambas partes, pero mucho más habitualmente en la mujer; ésta sólo se
diferencia de la cortesana ordinaria en que no alquila su cuerpo a ratos como una
asalariada, sino que lo vende de una vez para siempre, como una esclava. Y a todos los
matrimonios de conveniencia les viene de molde la frase de Fourier: "Así como en
gramática dos negaciones equivalen a una afirmación, de igual manera en la moral
conyugal dos prostituciones equivalen a una virtud". En las relaciones con la mujer,
el amor sexual no es ni puede ser, de hecho, una regla más que en las clases oprimidas,
es decir, en nuestros días en el proletariado, estén o no estén autorizadas
oficialmente esas relaciones. Pero también desaparecen en estos casos todos los
fundamentos de la monogamia clásica. Aquí faltan por completo los bienes de fortuna,
para cuya conservación y transmisión por herencia fueron instituidos precisamente la
monogamia y el dominio del hombre; y, por ello, aquí también falta todo motivo para
establecer la supremacía masculina. Más aún, faltan hasta los medios de conseguirlo: El
Derecho burgués, que protege esta supremacía, sólo existe para las clases poseedoras y
para regular las relaciones de estas clases con los proletarios. Eso cuesta dinero, y a
causa de la pobreza del obrero, no desempeña ningún papel en la actitud de éste hacia
su mujer. En este caso, el papel decisivo lo desempeñan otras relaciones personales y
sociales. Además, sobre todo desde que la gran industria ha arrancado del hogar a la
mujer para arrojarla al mercado del trabajo y a la fábrica, convirtiéndola bastante a
menudo en el sostén de la casa, han quedado desprovistos de toda base los últimos restos
de la supremacía del hombre en el hogar del proletario, excepto, quizás, cierta
brutalidad para con sus mujeres, muy arraigada desde el establecimiento de la monogamia.
Así, pues, la familia del proletario ya no es monogámica en el sentido estricto de la
palabra, ni aun con el amor más apasionado y la más absoluta fidelidad de los cónyuges
y a pesar de todas las bendiciones espirituales y temporales posibles. Por eso, el
heterismo y el adulterio, los eternos compañeros de la monogamia, desempeñan aquí un
papel casi nulo; la mujer ha reconquistado prácticamente el derecho de divorcio; y cuando
ya no pueden entenderse, los esposos prefieren separarse. En resumen; el matrimonio
proletario es monógamo en el sentido etimológico de la palabra, pero de ningún modo lo
es en su sentido histórico.
Por cierto, nuestros jurisconsultos estiman que el progreso de la legislación va quitando
cada vez más a las mujeres todo motivo de queja. Los sistemas legislativos de los países
civilizados modernos van reconociendo más y más, en primer lugar, que el matrimonio,
para tener validez, debe ser un contrato libremente consentido por ambas partes, y en
segundo lugar, que durante el período de convivencia matrimonial ambas partes deben tener
los mismos derechos y los mismos deberes. Si estas dos condiciones se aplicaran con un
espíritu de consecuencia, las mujeres gozarían de todo lo que pudieran apetecer.
Esta argumentación típicamente jurídica es exactamente la misma de que se valen los
republicanos radicales burgueses para disipar los recelos de los proletarios. El contrato
de trabajo se supone contrato consentido libremente por ambas partes. Pero se considera
libremente consentido desde el momento en que la ley estatuye en el papel la igualdad de
ambas partes. La fuerza que la diferente situación de clase da a una de las partes, la
presión que esta fuerza ejerce sobre la otra, la situación económica real de ambas;
todo esto no le importa a la ley. Y mientras dura el contrato de trabajo, se sigue
suponiendo que las dos partes disfrutan de iguales derechos, en tanto que una u otra no
renuncien a ellos expresamente. Y si su situación económica concreta obliga al obrero a
renunciar hasta a la última apariencia de igualdad de derechos, la ley de nuevo no tiene
nada que ver con ello.
Respecto al matrimonio, hasta la hey más progresiva se da enteramente por satisfecha desd
el punto y hora en que los interesados han hecho inscribir formalmente en el acta su libre
consentimiento. En cuanto a lo que pasa fuera de las bambalinas jurídicas, en la vida
real, y a cómo se expresa ese consentimiento, no es ello cosa que pueda inquietar a la
ley ni al legista. Y sin embargo, la más sencilla comparación del derecho de los
distintos países debiera mostrar al jurisconsulto lo que representa ese libre
consentimiento. En los países donde la ley asegura a los hijos la herencia de una parte
de la fortuna paterna, y donde, por consiguiente, no pueden ser desheredados -en Alemania,
en los países que siguen el Derecho francés, etc.-, los hijos necesitan el
consentimiento de los padres para contraer matrimonio. En los países donde se practica el
derecho inglés, donde el consentimiento paterno no es la condición legal del matrimonio,
los padres gozan también de absoluta libertad de testar, y pueden desheredar a su antojo
a los hijos. Claro es que, a pesar de ello, y aun por ello mismo, entre las clases que
tienen algo que heredar, la libertad para contraer matrimonio no es, de hecho, ni un
ápice mayor en Inglaterra y en América que en Francia y en Alemania.
No es mejor el Estado de cosas en cuanto a igualdad jurídica del hombre y de la mujer en
el matrimonio. Su desigualdad legal, que hemos heredado de condiciones sociales
anteriores, no es causa, sino efecto, de la opresión económica de la mujer. En el
antiguo hogar comunista, que comprendía numerosas parejas conyugales con sus hijos, la
dirección del hogar, confiada a las mujeres, era también una industria socialmente tan
necesaria como el cuidado de proporcionar los víveres, cuidado que se confió a los
hombres. Las cosas cambiaron con la familia patriarcal y aún más con la familia
individual monogámica. El gobierno del hogar perdió su carácter social. La sociedad ya
no tuvo nada que ver con ello. El gobierno del hogar se transformó en servicio privado;
la mujer se convirtió en la criada principal, sin tomar ya parte en la producción
social. Sólo la gran industria de nuestros días le ha abierto de nuevo -aunque sólo a
la proletaria- el camino de la producción social. Pero esto se ha hecho de tal suerte,
que si la mujer cumple con sus deberes en el servicio privado de la familia, queda
excluida del trabajo social y no puede ganar nada; y si quiere tomar parte en la gran
industria social y ganar por su cuenta, le es imposible cumplir con los deberes de la
familia. Lo mismo que en la fábrica, le acontece a la mujer en todas las ramas del
trabajo, incluidas la medicina y la abogacía. La familia individual moderna se funda en
la esclavitud doméstica franca o más o menos disimulada de la mujer, y la sociedad
moderna es una masa cuyas moléculas son las familias individuales. Hoy, en la mayoría de
los casos, el hombre tiene que ganar los medios de vida, que alimentar a la familia, por
lo menos en las clases poseedoras; y esto le da una posición preponderante que no
necesita ser privilegiada de un modo especial por la ley. El hombre es en la familia el
burgués; la mujer representa en ella al proletario. Pero en el mundo industrial el
carácter específico de la opresión económica que pesa sobre el proletariado no se
manifiesta en todo su rigor sino una vez suprimidos todos los privilegios legales de la
clase de los capitalistas y jurídicamente establecida la plena igualdad de las dos
clases. La república democrática no suprime el antagonismo entre las dos clases; por el
contrario, no hace más que suministrar el terreno en que se lleva a su término la lucha
por resolver este antagonismo. Y, de igual modo, el carácter particular del predominio
del hombre sobre la mujer en la familia moderna, así como la necesidad y la manera de
establecer una igualdad social efectiva de ambos, no se manifestarán con toda nitidez
sino cuando el hombre y la mujer tengan, según la ley, derechos absolutamente iguales.
Entonces se verá que la manumisión de la mujer exige, como condición primera, la
reincorporación de todo el sexo femenino a la industria social, lo que a su vez requiere
que se suprima la familia individual como unidad económica de la sociedad.
* * *
Como hemos visto, hay tres formas principales de matrimonio, que corresponden
aproximadamente a los tres estadios fundamentales de la evolución humana. Al salvajismo
corresponde el matrimonio por grupos; a la barbarie, el matrimonio sindiásmico; a la
civilización, la monogamia con sus complementos, el adulterio y la prostitución. Entre
el matrimonio sindiásmico y la monogamia se intercalan, en el sentido superior de la
barbarie, la sujeción de las mujeres esclavas a los hombres y la poligamia.
Según lo ha demostrado todo lo antes expuesto, la peculiaridad del progreso que se
manifiesta en esta sucesión consecutiva de formas de matrimonio consiste en que se ha ido
quitando más y más a las mujeres, pero no a los hombres, la libertad sexual del
matrimonio por grupos. En efecto, el matrimonio por grupos sigue existiendo hoy para los
hombres. Lo que es para la mujer un crimen de graves consecuencias legales y sociales, se
considera muy honroso para el hombre, o a lo sumo como una ligera mancha moral que se
lleva con gusto. Pero cuanto más se modifica en nuestra época el heterismo antiguo por
la producción capitalista de mercancías, a la cual se adapta, más se transforma en
prostitución descocada y más desmoralizadora se hace su influencia. Y, a decir verdad,
desmoraliza mucho más a los hombres que a las mujeres. La prostitución, entre las
mujeres, no degrada sino a las infelices que cae en sus garras y aun a éstas en grado
mucho menor de lo que suele creerse. En cambio, envilece el carácter del sexo masculino
entero. Y así es de advertir que el noventa por ciento de las veces el noviazgo
prolongado es una verdadera escuela preparatoria para la infidelidad conyugal.
Caminamos en estos momentos hacia una revolución social en que las bases económicas
actuales de la monogamia desaparecerán tan seguramente como las de la prostitución,
complemento de aquélla. La monogamia nació de la concentración de grandes riquezas en
las mismas manos -las de un hombre-y del deseo de transmitir esas riquezas por herencia a
los hijos de este hombre, excluyendo a los de cualquier otro. Por eso era necesaria la
monogamia de la mujer, pero no la del hombre; tanto es así, que la monogamia de la
primera no ha sido el menor óbice para la poligamia descarada u oculta del segundo. Pero
la revolución social inminente, transformando por lo menos la inmensa mayoría de las
riquezas duraderas hereditarias -los medios de producción- en propiedad social, reducirá
al mínimum todas esas preocupaciones de transmisión hereditaria. Y ahora cabe hacer esta
pregunta: habiendo nacido de causas económicas la monogmia, ¿desaparecerá cuando
desaparezcan esas causas?.
Podría responderse no sin fundamento: lejos de desaparecer, más bien se realizará
plenamente a partir de ese momento. Porque con la transformación de los medios de
producción en propiedad social desaparecen el trabajo asalariado, el proletariado, y, por
consiguiente, la necesidad de que se prostituyan cierto número de mujeres que la
estadística puede calcular. Desaparece la prostitución, y en vez de decaer, la monogamia
llega por fin a ser una realidad, hasta para los hombres.
En todo caso, se modificará mucho la posición de los hombres. Pero también sufrirá
profundos cambios la de las mujeres, la de todas ellas. En cuanto los medios de
producción pasen a ser propiedad común, la familia individual dejará de ser la unidad
económica de la sociedad. La economía doméstica se convertirá en un asunto social; el
cuidado y la educación de los hijos, también. La sociedad cuidará con el mismo esmero
de todos los hijos, sean legítimos o naturales. Así desaparecerá el temor a "las
consecuencias", que es hoy el más importante motivo social -tanto desde el punto de
vista moral como desde el punto de vista económico- que impide a una joven soltera
entregarse libremente al hombre a quien ama. ¿No bastará eso para que se desarrollen
progresivamente unas relaciones sexuales más libres y también para hacer a la opinión
pública menos rigorista acerca de la honra de las vírgenes y la deshonra de las
mujeres?. Y, por último, ¿no hemos visto que en el mundo moderno la prostitución y la
monogamia, aunque antagónicas, son inseparables, como polos de un mismo orden social?.
¿Puede desaparecer la prostitución sin arrastrar consigo al abismo a la monogamia?.
Ahora interviene un elemento nuevo, un elemento que en la época en que nació la
monogamia existía a lo sumo en germen: el amor sexual individual.
Antes de la Edad Media no puede hablarse de que existiese amor sexual individual. Es obvio
que la belleza personal, la intimidad, las inclinaciones comunes, etc., han debido
despertar en los individuos de sexo diferente el deseo de relaciones sexuales; que tanto
para los hombres como para las mujeres no era por completo indiferente con quién entablar
las relaciones más íntimas. Pero de eso a nuestro amor sexual individual aún media
muchísima distancia. En toda la antigüedad son los padres quienes conciertan las bodas
en vez de los interesados; y éstos se conforman tranquilamente. El poco amor conyugal que
la antigüedad conoce no es una inclinación subjetiva, sino más bien un deber objetivo;
no es la base, sino el complemento del matrimonio. El amor, en el sentido moderno de la
palabra, no se presenta en la antigüedad sino fuera de la sociedad oficial. Los pastores
cuyas alegrías y penas de amor nos cantan Teócrito y Moscos o Longo en su "Dafnis y
Cloe" son simples esclavos que no tienen participación en el Estado, esfera en que
se mueve el ciudadano libre. Pero fuera de los esclavos no encontramos relaciones amorosas
sino como un producto de la descomposición del mundo antiguo al declinar éste; por
cierto, son relaciones mantenidas con mujeres que también viven fuera de la sociedad
oficial, son heteras, es decir, extranjeras o libertas: en Atenas en vísperas de su
caída y en Roma bajo los emperadores. Si había allí relaciones amorosas entre
ciudadanos y ciudadanas libres, todas ellas eran mero adulterio. Y el amor sexual, tal
como nosotros lo entendemos, era una cosa tan indiferente para el viejo Anacreonte, el
cantor clásico del amor en la antigüedad, que ni siquiera le importaba el sexo mismo de
la persona amada.
Nuestro amor sexual difiere esencialmente del simple deseo sexual, del "eros" de
los antiguos. En primer término, supone la recipropidad en el ser amado; desde este punto
de vista, la mujer es en él igual que el hombre, al paso que en el "eros"
antiguo se está lejos de consultarla siempre. En segundo término, el amor sexual alcanza
un grado de intensidad y de duración que hace considerar a las dos partes la falta de
relaciones íntimas y la separación como una gran desventura, si no la mayor de todas;
para poder ser el uno del otro, no se retrocede ante nada y se llega hasta jugarse la
vida, lo cual no sucedía en la antigüedad sino en caso de adulterio. Y, por último,
nace un nuevo criterio moral para juzgar las relaciones sexuales. Ya no se pregunta
solamente: ¿Son legítimas o ilegítimas?, sino también: ¿Son hijas del amor y de un
afecto recíproco?. Claro es que en la práctica feudal o burguesa este criterio no se
respeta más que cualquier otro criterio moral, pero tampoco menos: lo mismo que los otros
cirterios, está reconocido en teoría, en el papel. Y por el momento, no puede pedirse
más.
La Edad Media arranca del punto en que se detuvo la antigüedad, con su amor sexual en
embrión, es decir, arranca del adulterio. Ya hemos pintado el amor caballeresco, que
engendró los "Tagelieder". De este amor, que tiende a destruir el matrimonio,
hasta aquel que debe servirle de base, hay un largo trecho que la caballería jamás
cubrió hasta el fin. Incluso cuando pasamos de los frívolos pueblos latinos a los
virtuosos alemanes, vemos en el poema de los "Nibelungos" que Krimhilda, aunque
en silencio está tan enamorada de Sigfrido como éste de ella, responde sencillamente a
Gunther, cuando éste le anuncia que la ha prometido a un caballero, de quien calla el
nombre: "No tenéis necesidad de suplicarme; haré lo que me ordenáis; estoy
dispuesta de buena voluntad, señor, a unirme con aquel que me deis por marido". No
se le ocurre de ningún modo a Krimhilda la idea de que su amor pueda ser tenido en cuenta
para nada. Gunther pide en matrimonio a Brunilda y Etzel a Krimhilda, sin haberlas visto
nunca. De igual manera Sigebant de Irlanda busca en "Gudrun" a la noruega Ute,
Hetel de Hegelingen a Hilda de Irlanda, y, en fin, Sigfrido de Morlandia, Hartmut de
Ormania y Herwig de Seelandia piden los tres la mano de Gudrun; y sólo aquí sucede que
ésta se pronuncia libremente a favor del último. Por lo común, la futura del joven
príncipe es elegida por los padres de éste si aún viven o, en caso contrario, por él
mismo, aconsejado por los grandes feudatarios, cuya opinión, en estos casos, tiene gran
peso. Y no puede ser de otro modo, por supuesto. Para el caballero o el barón, como para
el mismo príncipe, el matrimonio es un acto político, una cuestión de aumento de poder
mediante nuevas alianzas; el interés de "la casa" es lo que decide, y no las
inclinaciones del individuo. ¿Cómo podía entonces corresponder al amor la última
palabra en la concertación del matrimonio?.
Lo mismo sucede con los burgueses de los gremios en las ciudades de la Edad Media.
Precisamente sus privilegios protectores, las cláusulas de los reglamentos gremiales, las
complicadas líneas fronterizas que separaban legalmente al burgués, acá de las otras
corporaciones gremiales, allá de sus propios colegas de gremio o de sus fieles
aprendices, hacían harto estrecho el círculo dentro del cual podía buscarse una esposa
adecualda para él. Y en este complicado sistema, evidentemente no era su gusto personal,
sino el interés de la familia lo que decidía cuál era la mujer que le convenía mejor.
Así, en los más de los casos, y hasta el final de la Edad Media, el matrimonio siguió
siendo lo que había sido desde su origen: un trato que no cerraban las partes
interesadas. Al principio, se venía ya casado al mundo, casado con todo un grupo de seres
del otro sexo. En la forma ulterior del matrimonio por grupos, verosímilmente existían
análogas condiciones, pero con estrechamiento progresivo del círculo. En el matrimonio
sindiásmico es regla que las madres convengan entre sí el matrimonio de sus hijos;
también aquí, el factor decisivo es el deseo de que los nuevos lazos de parentesco
robustezcan la posición de la joven pareja en la gens y en la tribu. Y cuando la
propiedad individual se sobrepuso a la propiedad colectiva, cuando los intereses de la
transmisión hereditaria hicieron nacer la preponderancia del derecho paterno y de la
monogamia, el matrimonio comenzó a depender por entero de consideraciones económicas.
Desaparece la forma de matrimonio por compra; pero en esencia continúa practicándose
cada vez más y más, y de modo que no sólo la mujer tiene su precio, sino también el
hombre, aunque no según sus cualidades personales, sino con arreglo a la cuantía de sus
bienes. En la práctica y desde el principio, si había alguna cosa inconcebible para las
clases dominantes, era que la inclinación recíproca de los interesados pudiese ser la
razón por excelencia del matrimonio. Esto sólo pasaba en las novelas o en las clases
oprimidas, que no contaban para nada.
Tal era la situación con que se encontró la producción capitalista cuando, a partir de
la era de los descubrimientos geográficos, se puso a conquistar el imperio del mundo
mediante el comercio universal y la industria manufacturera. Es de suponer que este modo
de matrimonio le convenía excepcionalmente, y así era en verdad. Y, sin embargo -la
ironía de la historia del mundo es insondable-, era precisamente el capitalismo quien
había de abrir en él la brecha decisiva. Al transformar todas las cosas en mercaderías,
la producción capitalista destruyó todas las relaciones tradicionales del pasado y
reemplazó las costumbres heredadas y los derechos históricos por la compraventa, por el
"libre" contrato. El jurisconsulto inglés H.S. Maine ha creído haber hecho un
descubrimiento extraordinario al decir que nuestro progreso respecto a las épocas
anteriores consiste en que hemos pasado "from status to contract" (del estatuto
al contrato), es decir, de un orden de cosas heredado a uno libremente consentido, lo que,
en cuanto es así, lo dijo ya el el "Manifiesto Comunista".
Pero para contratar se necesita gentes que puedan disponer libremente de su persona, de
sus acciones y de sus bienes y que gocen de los mismos derechos. Crear esas personas
"libres" e "iguales" fue precisamente una de las principales tareas de
la producción capitalista. Aun cuando al principio esto no se hizo sino de una manera
medio inconsciente y, por añadidura, bajo el disfraz de la religión, a contar desde la
Reforma luterana y calvinista quedó firmemente asentado el principio de que el hombre no
es completamente responsable de sus acciones sino cuando las comete en pleno albedrío y
que es un deber ético oponerse a todo lo que constriñe a un acto inmoral. pero, ¿cómo
poder de acuerdo este principio con las prácticas usuales hasta entonces para concertar
el matrimonio? Según el concepto burgués, el matrimonio era un contrato, una cuestión
de Derecho, y, por cierto, la más importante de todas, pues disponía del cuerpo y del
alma de dos seres humanos para toda su vida. Verdad es que, en aquella época, el
matrimonio era concierto formal de dos voluntades; sin el "sí" de los
interesados no se hacía nada. Pero harto bien se sabía cómo se obtenía el
"sí" y cuáles eran los verdaderos autores del matrimonio. Sin embargo, puesto
que para todos los demás contratos se exigía la libertad real para decidirse, ¿por qué
no era exigida en éste? Los jóvenes que debían ser unidos, ¿no tenían también el
derecho de disponer libremente de si mismos, de su cuerpo y de sus órganos? ¿No se
había puesto de moda, gracias a la caballería, el amor sexual? ¿Acaso en contra del
amor adúltero de la caballería, no era el conyugal su verdadera forma burguesa? Pero si
el deber de los esposos era amarse recíprocamente, ¿no era tan deber de los amantes no
casarse sino entre sí y con ninguna otra persona? Y este derecho de los amantes, ¿no era
superior al derecho del padre y de la madre, de los parientes y demás casamenteros y
apareadores tradicionales? Desde el momento en que el derecho al libre examen personal
penetraba en la Iglesia y en la religión, ¿podía acaso detenerse ante la intolerable
pretensión de la generación vieja de disponer del cuerpo, del alma, de los bienes de
fortuna, de la ventura y de la desventura de la generación más joven?.
Por fuerza debían de suscitarse estas cuestiones en un tiempo que relajaba todos los
antiguos vínculos sociales y sacudía los cimientos de todas las concepciones heredadas.
De pronto habíase hecho la Tierra diez veces más grande; en lugar de la cuarta parte de
un hemisferio, el globo entero se extendía ante los ojos de los europeos occidentales,
que se apresuraron a tomar posesión de las otras siete cuartas partes. Y, al mismo tiempo
que las antiguas y estrechas barreras del país natal, caían las milenarias barreras
puestas al pensamiento en la Edad Media. Un horizonte infinitamente más extenso se abría
ante los ojos y el espíritu del hombre. ¿Qué importancia podían tener la reputación
de honorabilidad y los respetables privilegios corporativos, transmitidos de generación
en generación, para el joven a quien atraían las riquezas de las Indias, las minas de
oro y plata de México y del Potosí? Aquella fue la época de la caballería andante de
la burguesía; porque también ésta tuvo su romanticismo y su delirio amoroso, pero sobre
un pie burgués y con miras burguesas al fin y a la postre.
Así sucedió que la burguesía naciente, sobre todo la de los países protestantes, donde
se conmovió de una manera más profunda el orden de cosas existente, fue reconociendo
cada vez más la libertad del contrato para el matrimonio y puso en práctica su teoría
del modo que hemos descrito. El matrimonio continuó siendo matrimonio de clase, pero en
el seno de la clase concedióse a los interesados cierta libertad de elección. Y en el
papel, tanto en la teoría moral como en las narraciones poéticas, nada quedó tan
inquebrantablemente asentado como la inmoralidad de todo matrimonio no fundado en un amor
sexual recíproco y en contrato de los esposos efectivamente libre. En resumen: quedaba
proclamado como un derecho del ser humano el matrimonio por amor; y no sólo como derecho
del hombre (droit de l'homme), sino que también y, por excepción, como un derecho de la
mujer (droit de la femme).
Pero este derecho humano difería en un punto de todos los demás derechos del hombre. Al
paso que éstos en la práctica se reservaban a la clase dominante, a la burguesía, para
la clase oprimida, para el proletariado, reducíanse directa o indirectamente a letra
muerta, y la ironía de la historia confírmase aquí una vez más. La clase dominante
prosiguió sometida a las influencias económicas conocidas y sólo por excepción
presenta casos de matrimonios concertados verdaderamente con toda libertad; mientras que
éstos, como ya hemos visto, son la regla en las clases oprimidas.
Por tanto, el matrimonio no se concertará con toda libertad sino cuando, suprimiéndose
la producción capitalista y las condiciones de propiedad creadas por ella, se aparten las
consideraciones económicas accesorias que aún ejercen tan poderosa influencia sobre la
elección de los esposos. Entonces el matrimonio ya no tendrá más causa determinante que
la inclinación recíproca.
Pero dado que, por su propia naturaleza, el amor sexual es exclusivista -aun cuando en
nuestros días ese exclusivismo no se realiza nunca plenamente sino en la mujer-, el
matrimonio fundado en el amor sexual es, por su propia naturaleza, monógamo. Hemos visto
cuánta razón tenía Bachofen cuando consideraba el progreso del matrimonio por grupos al
matrimonio por parejas como obra debida sobre todo a la mujer; sólo el paso del
matrimonio sindiásmico a la monogamia puede atribuirse al hombre e históricamente ha
consistido, sobre todo, en rebajar la situación de las mujeres y facilitar la infidelidad
de los hombres. Por eso, cuando lleguen a desaparecer las consideraciones económicas en
virtud de las cuales las mujeres han tenido que aceptar esta infidelidad habitual de los
hombres -la preocupación por su propia existencia y aún más por el porvenir de los
hijos-, la igualdad alcanzada por la mujer, a juzgar por toda nuestra experiencia
anterior, influirá mucho más en el sentido de hacer monógamos a los hombres que en el
de hacer poliandras a las mujeres.
Pero lo que sin duda alguna desaparecerá de la monogamia son todos los caracteres que le
han impreso las relaciones de propiedad a las cuales debe su origen. Estos caracteres son,
en primer término, la preponderancia del hombre y, luego, la indisolubilidad del
matrimonio. La preponderancia del hombre en el matrimonio es consecuencia, sencillamente,
de su preponderancia económica, y desaparecerá por sí sola con ésta. La
indisolubilidad del matrimonio es consecuencia, en parte, de las condiciones económicas
que engendraron la monogamia y, en parte, una tradición de la época en que, mal
comprendida aún, la vinculación de esas condiciones económicas con la monogamia fue
exagerada por la religión. Actualmente está desportillada ya por mil lados. Si el
matrimonio fundado en el amor es el único moral, sólo puede ser moral el matrimonio
donde el amor persiste. Pero la duración del acceso del amor sexual es muy variable
según los individuos, particularmente entre los hombres; en virtud de ello, cuando el
afecto desaparezca o sea reemplazado por un nuevo amor apasionado, el divorcio será un
beneficio lo mismo para ambas partes que para la sociedad. Sólo que deberá ahorrarse a
la gente el tener que pasar por el barrizal inútil de un pleito de divorcio.
Así, pues, lo que podemos conjeturar hoy acerca de la regularización de las relaciones
sexuales después de la inminente supresión de la producción capitalista es, más que
nada, de un orden negativo, y queda limitado, principalmente, a lo que debe desaparecer.
Pero, ¿qué sobrevendrá? Eso se verá cuando haya crecido una nueva generación: una
generación de hombres que nunca se hayan encontrado en el caso de comprar a costa de
dinero, ni con ayuda de ninguna otra fuerza social, el abandono de una mujer; y una
generación de mujeres que nunca se hayan visto en el caso de entregarse a un hombre en
virtud de otras consideraciones que las de un amor real, ni de rehusar entregarse a su
amante por miedo a las consideraciones económicas que ello pueda traerles. Y cuando esas
generaciones aparezcan, enviarán al cuerno todo lo que nosotros pensamos que deberían
hacer. Se dictarán a sí mismas su propia conducta, y, en consonancia, crearán una
opinión pública para juzgar la conducta de cada uno. ¡Y todo quedará hecho!.
Pero volvamos a Morgan, de quien nos hemos alejado mucho. El estudio histórico de las
instituciones sociales que se han desarrollado durante el período de la civilización
excede de los límites de su libro. Por eso se ocupa muy poco de los destinos de la
monogamia durante este período. También él ve en el desarrollo de la familia
monogámica un progreso, una aproximación de la plena igualdad de derechos entre ambos
sexos, sin que estime, no obstante, que ese objetivo se ha conseguido aún. Pero -dice-:
"Si se reconoce el hecho de que la familia ha atravesado sucesivamente por cuatro
formas y se encuentra en la quinta actualmente, plantéase la cuestión de saber si esta
forma puede ser duradera en el futuro. Lo único que puede responderse es que debe
progresar a medida que progrese la sociedad, que debe modificarse a medida que la sociedad
se modifique; lo mismo que ha sucedido antes. Es producto del sistema social y reflejará
su estado de cultura. Habiéndose mejorado la familia monogámica desde los comienzos de
la civilización, y de una manera muy notable en los tiempos modernos, lícito es, por lo
menos, suponerla capaz de seguir perfeccionándose hasta que se llegue a la igualdad entre
los dos sexos. Si en un porvenir lejano, la familia monogámica no llegase a satisfacer
las exigencias de la sociedad, es imposible predecir de qué naturaleza sería la que le
sucediese".
NOTAS
[1] Bachofen prueba cuán poco ha comprendido lo que ha descubierto o más bien adivinado,
al designar ese estadio primitivo con el nombre de "heterismo". Cuando los
griegos introdujeron esta palabra en su idioma el heterismo significaba para ellos el
trato carnal de hombres célibes o monógamos con mujeres no casadas; supone siempre una
forma definida de matrimonio, fuera de la cual se mantiene ese comercio sexual, e incluye
la prostitución, por lo menos como posibilidad. Esta palabra no se ha empleado nunca en
otro sentido, y así la empleo yo, lo mismo que Morgan. Bachofen lleva en todas partes sus
importantísimos descubrimientos hasta un misticismo increíble, pues se imagina que las
relaciones entre hombres y mujeres, al evolucionar la historia, tienen su origen en las
ideas religiosas de la humanidad en cada época, y no en las condiciones reales de su
existencia. (Nota de Engels).
[2] Ch. Letourneau. "L'evolution du mariage et de la familie". París 1888. (N.
de la Red.).
[3] E. A. Westermarck. The History of Human Marriage". London 1891. (N. de la Red.).
[4] A. Espinas. "Des societés animales. Stude de psychologie comparée".
París 1877. (N. de la Red.).
[5] A. Giraud-Teulon. "Les origines du mariage et de la familie". Genéve 1884.
(N. de la Red.).
[6] H. H. Bancroft. "The Native Races of the Pacific States of North America".
Vol. I-V, New York 1875-1876. (N. de la Red.).
[7] En una carta escrita en la primavera de 1882, Marx condena en los términos más
ásperos el falseamiento de los tiempos primitivos en los "Nibelungos" de
Wagner. "¿Dónde se ha visto que el hermano abrace a la hermana como a una
novia?". A esos "dioses de la lujuria" de Wagner que, al estilo moderno,
hacen más picantes sus aventuras amorosas con cierta dosis de incesto, responde Marx:
"En los tiempos primitivos, la hermana era esposa, y esto era moral". (Nota de
Engels).
Un francés amigo mío, gran adorador de Wagner, no está de acuerdo con la nota anterior,
y advierte que ya en el Ögisdrecka, uno de los "Eddas" antiguos que sirvió de
base a Wagner, Locki dirige a Freya esta reconvención: "Has abrazado a tu propio
hermano delante de los dioses". De aquí parece desprenderse que en aquella época
estaba ya prohibido el matrimonio entre hermano y hermana. El Ögisdrecka es la expresión
de una época en que estaba completamente destruida la fe en los antiguos mitos;
constituye una simple sátira, por el estido de la de Luciano, contra los dioses. Si Loki,
representando el papel de Mefistófeles, dirige allí semejante reconvención a Freya,
esto constituye más bien un argumento contra Wagner. Unos versos más adelante, Loki dice
también a Niördhr: "Tal es el hijo que has procreado con tu hermana"
("vidh systur thinni gaztu slikan mög"). Pues bien, Niördhr no es un Ase, sino
un Vane, y en la saga de los Inglinga dice que los matrimonios entre hermano y hermana
estaba en uso en el país de los Vanes, lo cual no sucedía entre los Ases. Esto tendería
a probar que los Vanes eran dioses más antiguos que los Ases. Niördhr vive entre los
Ases en un pie de igualdad en todo caso, y de esta suerte la Ögisdrecka es más bien una
prueba de que en la época de la formación de las sagas noruegas el matrimonio entre
hermano y hermana no producía horror ninguno, por lo menos entre los dioses. Si se quiere
disculpar a Wagner en vez de acudir al "Edda", quizá fuese mejor invocar a
Goethe, quien en la balada "El Dios y la bayadera" comete una falta análoga en
lo relativo al deber religioso de la mujer de entregarse en los templos, rito que Goethe
hace asemejarse demasiado a la prostitución moderna. (Nota de Engels a la cuarta
edición).
[8] Los vestigios del comercio sexual sin restricciones, que Bachofen cree haber
descubierto, su "Sumpfzeugung", se refieren al matrimonio por grupos, de lo cual
es imposible dudar hoy. "Si Bachofen halla 'licenciosos' los matrimonios
'punaluenses', un hombre de aquella época consideraría la mayor parte de los matrimonios
de la nuestra entre primos próximos o lejanos, por línea paterna o por línea materna,
enteramente tan incestuosos como los matrimonios entre hermanos consanguíneos"
(Marx). (Nota de Engels).
[9] J. F. Watson and J. W. Kaye. "The People of India". Vol. I-VI. London
1868-1872. (N. de la Red.).
[10] Aquí y más adelante se trata de grandes grupos conyugales de los aborígenes de
Australia. (N. de la Red.).
[11] L. Agassiz. "A journey in Brazil", Boston 1886. (N. de la Red.).
[12] S. Sugenheim. "Geschichte der Aufhebung der Leibeigenschaft und Hörigkeit in
Europa bis and die Mitte des neunzehnten Jahrhunderts". St. Petersburg 1861. (N. de
la Red.).
[13] M. Kovalevski. "Tableau des origines et de l'évolution de la familie et de la
propriété". Stockholm 1890. (N. de la Red.).
[14] "Calpullis": Comunidad familiar de los aztecas. (N. de la Red.).
[15] Ciudadanos libres de Esparta, a diferencia de los ilotas, esclavos. (N. de la Red.).
[16] Se refiere a "La ideología alemana". (N. de la Red.).
[17] Esclavas que servían en los templos. (N. de la Red.).