F. Engels
EL ORIGEN DE LA FAMILIA, LA PROPIEDAD PRIVADA Y EL ESTADO
IX -Barbarie y Civilización
Ya hemos seguido el curso de la disolución de la gens en los tres grandes ejemplos
particulares de los griegos, los romanos y los germanos. Para concluir, investiguemos las
condiciones económicas generales que en el estadio superior de la barbarie minaban ya la
organización gentil de la sociedad y la hicieron desaparecer con la entrada en escena de
la civilización. "El Capital" de Marx nos será tan necesario aquí como el
libro de Morgan.
Nacida la gens en el estadio medio y desarrollada en el estadio superior del salvajismo,
según nos lo permiten juzgar los documentos de que disponemos, alcanzó su época más
floreciente en el estadio inferior de la barbarie. Por tanto, este grado de evolución es
el que tomaremos como punto de partida.
Aquí, donde los pieles rojas de América deben servirnos de ejemplo encontramos
completamente desarrollada la constitución gentilicia. Una tribu se divide en varias
gens; por lo común en dos; al aumentar la población, cada una de estas gens primitivas
se segmenta en varias gens hijas, para las cuales la gens madre aparece como fratria; la
tribu misma se subdivide en varias tribus, donde encontramos, en la mayoría de los casos,
las antiguas gens; una confederación, por lo menos en ciertas ocasiones, enlaza a las
tribus emparentadas. Esta sencilla organización responde por completo a las condiciones
sociales que la han engendrado. No es más que un agrupamiento espontáneo; es apta para
allanar todos los conflictos que pueden nacer en el seno de una sociedad así organizada.
Los conflictos exteriores los resuelve la guerra, que puede aniquilar a la tribu, pero no
avasallarla. La grandeza del régimen de la gens, pero también su limitación, es que en
ella no tienen cabida la dominación ni la servidumbre. En el interior, no existe aún
diferencia entre derechos y deberes; para el indio no existe el problema de saber si es un
derecho o un deber tomar parte en los negocios sociales, sumarse a una venganza de sangre
o aceptar una compensación; el planteárselo le parecería tan absurdo como preguntarse
si comer, dormir o cazar es un deber o un derecho. Tampoco puede haber allí división de
la tribu o de la gens en clases distintas. Y esto nos conduce al examen de la base
económica de este orden de cosas.
La población está en extremo espaciada, y sólo es densa en el lugar de residencia de la
tribu, alrededor del cual se extiende en vasto círculo el territorio para la caza; luego
viene la zona neutral del bosque protector que la separa de otras tribus. La división del
trabajo es en absoluto espontánea: sólo existe entre los dos sexos. El hombre va a la
guerra, se dedica a la caza y a la pesca, procura las materias primas para el alimento y
produce los objetos necesarios para dicho propósito. La mujer cuida de la casa, prepara
la comida y hace los vestidos; guisa, hila y cose. Cada uno es el amo en su dominio: el
hombre en la selva, la mujer en la casa. Cada uno es el propietario de los instrumentos
que elabora y usa: el hombre de sus armas, de sus pertrechos de caza y pesca; la mujer, de
sus trebejos caseros. La economía doméstica es comunista, común para varias y a menudo
para muchas familias[1]. Lo que se hace y se utiliza en común es de propiedad común: la
casa, los huertos, las canoas. Aquí, y sólo aquí, es donde existe realmente "la
propiedad fruto del trabajo personal", que los jurisconsultos y los economistas
atribuyen a la sociedad civilizada y que es el último subterfugio jurídico en el cual se
apoya hoy la propiedad capitalista.
Pero no en todas partes se detuvieron los hombres en esta etapa. En Asia encontraron
animales que se dejaron primero domesticar y después criar. Antes había que ir de caza
para apoderarse de la hembra del búfalo salvaje; ahora, domesticada, esta hembra
suministraba cada año una cría y, por añadidura, leche. Ciertas tribus de las más
adelantadas -los arios, los semitas y quizás los turanios-, hicieron de la domesticación
y después de la cría y cuidado del ganado su principal ocupación. Las tribus de
pastores se destacaron del resto de la masa de los bárbaros. Esta fue la primera gran
división social del trabajo. Las tribus pastoriles, no sólo produjeron muchos más, sino
también otros víveres que el resto de los bárbaros. Tenían sobre ellos la ventaja de
poseer más leche, productos lácteos y carne; además, disponían de pieles, lanas, pelo
de cabra, así como de hilos y tejidos, cuya cantidad aumentaba con la masa de las
materias primas. Así fue posible, por primera vez, establecer un intecambio regular de
productos. En los estadios anteriores no puede haber sino cambios accidentales. Verdad es
que una particular habilidad en la fabricación de las armas y de los instrumentos puede
producir una división transitoria del trabajo. Así, se han encontrado en muchos sitios
restos de talleres, para fabricar instrumentos de sílice, procedentes de los últimos
tiempos de la Edad de Piedra. Los artífices que ejercitaban en ellos su habilidad
debieron de trabajar por cuenta de la colectividad, como todavía lo hacen los artesanos
en las comunidades gentilicias de la India. En todo caso, en esta fase del desarrollo
sólo podía haber cambio en el seno mismo de la tribu, y aun eso con carácter
excepcional. Pero en cuanto las tribus pastoriles se separaron del resto de los salvajes,
encontramos enteramente formadas las condiciones necesarias para el cambio entre los
miembros de tribus diferentes y para el desarrollo y consolidación del cambio como una
institución regular. Al principio, el cambio se hizo de tribu a tribu, por mediación de
los jefes de las gens; pero cuando los rebaños empezaron poco a poco a ser propiedad
privada, el cambio entre individuos fue predominando más y más y acabó por ser la forma
única. El principal artículo que las tribus de pastores ofrecían en cambio a sus
vecinos era el ganado; éste llegó a ser la mercancía que valoraba a todas las demás y
se aceptaba con mucho gusto en todas partes a cambio de ellas; en una palabra, el ganado
desempeñó las funciones de dinero y sirvió como tal ya en aquella época. Con esa
rapidez y precisión se desarrolló desde el comienzo mismo del cambio de mercancías la
necesidad de una mercancía que sirviese de dinero.
El cultivo de los huertos, probablemente desconocido para los bárbaros asiáticos del
estadio inferior, apareció entre ellos mucho más tarde, en el estadio medio, como
precursor de la agricultura. El clima de las mesetas turánicas no permite la vida
pastoril sin provisiones de forraje para una larga y rigurosa invernada. Así, pues, era
una condición allí necesaria el cultivo pratense y de cereales. Lo mismo puede decirse
de las estepas situadas al norte del Mar Negro. Pero si al principio se recolectó el
grano para el ganado, no tardó en llegar a ser también un alimento para el hombre. La
tierra cultivada continuó siendo propiedad de la tribu y se entregaba en usufructo
primero a la gens, después a las comunidades de familias y, por último, a los
individuos. Estos debieron de tener ciertos derechos de posesión, pero nada más.
Entre los descubrimientos industriales de ese estadio, hay dos importantísimos. El
primero es el telar y el segundo, la fundición de minerales y el labrado de los metales.
El cobre, el estaño y el bronce, combinación de los dos primeros, eran con mucho los
más importantes; el bronce suministraba instrumentos y armas, pero éstos no podían
sustituir a los de piedra. Esto sólo le era posible al hierro, pero aún no se sabía
cómo obtenerlo. El oro y la plata comenzaron a emplearse en alhajas y adornos, y
probablemente alcanzaron un valor muy elevado con relación al cobre y al bronce.
A consecuencia del desarrollo de todos los ramos de la producción - ganadería,
agricultura, oficios manuales domésticos-, la fuerza de trabajo del hombre iba
haciéndose capaz de crear más productos que los necesarios para sus sostenimento.
También aumentó la suma de trabajo que correspondía diariamente a cada miembro de la
gens, de la comunidad doméstica o de la familia aislada. Era ya conveniente conseguir
más fuerza de trabajo, y la guerra la suministró: los prisioneros fueron transformados
en esclavos. Dadas todas las condiciones históricas de aquel entonces, la primera gran
división social del trabajo, al aumentar la productividad del trabajo, y por consiguiente
la riqueza, y al extender el campo de la actividad productora, tenía que traer consigo
necesariamente la esclavitud. De la primera gran división social del trabajo nació la
primera gran escisión de la sociedad en dos clases: señores y esclavos, explotadores y
explotados.
Nada sabemos hasta ahora acerca de cuándo y cómo pasaron los rebaños de propiedad
común de la tribu o de las gens a ser patrimonio de los distintos cabezas de familia;
pero, en lo esencial, ello debió de acontecer en este estadio. Y con la aparición de los
rebaños y las demás riquezas nuevas, se produjo una revolución en la familia. La
industria había sido siempre asunto del hombre; los medios necesarios para ella eran
producidos por él y propiedad suya. Los rebaños constituían la nueva industria; su
domesticación al principio y su cuidado después, eran obra del hombre. Por eso el ganado
le pertenecía, así como las mercancías y los esclavos que obtenía a cambio de él.
Todo el excedente que dejaba ahora la producción pertenecía al hombre; la mujer
participaba en su consumo, pero no tenía ninguna participación en su propiedad. El
"salvaje", guerrero y cazador, se había conformado con ocupar en la casa el
segundo lugar, después de la mujer; el pastor, "más dulce", engreído de su
riqueza, se puso en primer lugar y relegó al segundo a la mujer. Y ella no podía
quejarse. La división del trabajo en la familia había sido la base para distribuir la
propiedad entre el hombre y la mujer. Esta división del trabajo en la familia continuaba
siendo la misma, pero ahora trastornaba por completo las relaciones domésticas existentes
por la mera razón de que la división del trabajo fuera de la familia había cambiado. La
misma causa que había asegurado a la mujer su anterior supremacía en la casa -su
ocupación exclusiva en las labores domésticas-, aseguraba ahora la preponderancia del
hombre en el hogar: el trabajo doméstico de la mujer perdía ahora su importancia
comparado con el trabajo productivo del hombre; este trabajo lo era todo; aquél, un
accesorio insignificante. Esto demuestra ya que la emancipación de la mujer y su igualdad
con el hombre son y seguirán siendo imposibles mientras permanezca excluída del trabajo
productivo social y confinada dentro del trabajo doméstico, que es un trabajo privado. La
emancipación de la mujer no se hace posible sino cuando ésta puede participar en gran
escala, en escala social, en la producción y el trabajo doméstico no le ocupa sino un
tiempo insignificante. Esta condición sólo puede realizarse con la gran industria
moderna, que no solamente permite el trabajo de la mujer en vasta escala, sino que hasta
lo exige y tiende más y más a transformar el trabajo doméstico privado en una industria
pública.
La supremacía efectiva del hombre en la casa había hecho caer los postreros obstáculos
que se oponían a su poder absoluto. Este poder absoluto lo consolidaron y eternizaron la
caída del derecho materno, la introducción del derecho paterno y el paso gradual del
matrimonio sindiásmico a la monogamia. Pero esto abrió también una brecha en el orden
antiguo de la gens; la familia particular llegó a ser potencia y se alzó amenazadora
frente a la gens.
El progreso más inmediato nos conduce al estadio superior de la barbarie, período en que
todos los pueblos civilizados pasan su época heroica: la edad de la espada de hierro,
pero también del arado y del hacha de hierro. Al poner este metal a su servicio, el
hombre se hizo dueño de la última y más importante de las materias primas que
representaron en la historia un papel revolucionario; la última sin contar la patata. El
hierro hizo posible la agricultura en grandes áreas, el desmonte de las más extensas
comarcas selváticas; dio al artesano un instrumento de una dureza y un filo que ninguna
piedra y ningún otro metal de los conocidos entonces podía tener. Todo esto acaeció
poco a poco; el primer hierro era aún a menudo más blando que el bronce. Por eso el arma
de piedra fue desapareciendo con lentitud; no sólo en el canto de Hildebrando, sino
también en la batalla de Hastings, en 1066, aparecen en el combate las hachas de piedra.
Pero el progreso era ya incontenible, menos intermitente y más rápido. La ciudad,
encerrando dentro de su recinto de murallas, torres y almenas de piedra, casas también de
piedra y de ladrillo, se hizo la residencia central de la tribu o de la confederación de
tribus. Fue esto un progreso considerable en la arquitectura, pero también una señal de
peligro creciente y de necesidad de defensa. La riqueza aumentaba con rapidez, pero bajo
la forma de riqueza individual; el arte de tejer, el labrado de los metales y otros
oficios, cada vez más especializados, dieron una variedad y una perfección creciente a
la producción; la agricultura empezó a suministrar, además de grano, legumbres y
frutas, aceite y vino, cuya preparación habíase aprendido. Un trabajo tan variado no
podía ser ya cumplido por un solo individuo y se produjo la segunda gran división del
trabajo: los oficios se separaron de la agricultura. El constante crecimiento de la
producción, y con ella de la productividad del trabajo, aumentó el valor de la fuerza de
trabajo del hombre; la esclavitud, aún en estado naciente y esporádico en el anterior
estadio, se convirtió en un elemento esencial del sistema social. Los esclavos dejaron de
ser simples auxiliares y los llevaban por decenas a trabajar en los campos o en lose
talleres. Al escindirse la producción en las dos ramas principales -la agricultura y los
oficios manuales-, nació la producción directa para el cambio, la producción mercantil,
y con ella el comercio, no sólo en el interior y en las fronteras de la tribu, sino
también por mar. Todo esto tenía aún muy poco desarrollo. Los metales preciosos
empezaban a convertirse en la mercancía moneda, dominante y universal; sin embargo, no se
acuñaban ún y sólo se cambiaban al peso.
La diferencia entre ricos y pobres se sumó a la existente entre libres y esclavos; de la
nueva división del trabajo resultó una nueva escisión de la sociedad de clases. La
desproporción de los distintos cabezas de familia destruyó las antiguas comunidades
comunistas domésticas en todas partes donde se habían mantenido hasta entonces; con ello
se puso fin al trabajo común de la tierra por cuenta de dichas comunidades. El suelo
cultivable se distribuyó entre las familias particulares; al principio de un modo
temporal, y más tarde para siempre; el paso a la propiedad privada completa se realizó
poco a poco, paralelamente al tránsito del matrimonio sindiásmico, a la monogamia. La
familia individual empezó a convertirse en la unidad económica de la sociedad.
La creciente densidad de la población requirió lazos más estrechos en el interior y
frente al exterior; la confederación de tribus consanguíneas llegó a ser en todas
partes una necesidad, como lo fue muy pronto su fusión y la reunión de los territorios
de las distintas tribus en el territorio común del pueblo. El jefe militar del pueblo
-rex, basileus, thiudans- llegó a ser un funcionario indispensable y permanente. La
asamblea del pueblo se creció allí donde aún no existía. El jefe militar, el consejo y
la asamblea del pueblo constituían los órganos de la democracia militar salida de la
sociedad gentilicia. Y esta democracia era militar porque la guerra y la organización
para la guerra constituían ya funciones regulares de la vida del pueblo. Los bienes de
los vecinos excitaban la codicia de los pueblos, para quienes la adquisición de riquezas
era ya uno de los primeros fines de la vida. Eran bárbaros: el saqueo les parecía más
fácil y hasta más honroso que el trabajo productivo. La guerra, hecha anteriormente
sólo para vengar la agresión o con el fin de extender un territorio que había llegado a
ser insuficiente, se libraba ahora sin más propósito que el saqueo y se convirtió en
una industria permanente. Por algo se alzaban amenazadoras las murallas alrededor de las
nuevas ciudades fortificadas: sus fosos eran la tumba de la gens y sus torres alcanzaban
ya la civilización. En el interior ocurrió lo mismo. Las guerras de rapiña aumentaban
el poder del jefe militar superior, como el de los jefes inferiores; la elección habitual
de sus sucesores en las mismas familias, sobre todo desde que se hubo introducido el
derecho paterno, paso poco a poco a ser sucesión hereditaria, tolerada al principio,
reclamada después y usurpada por último; con ello se echaron los cimientos de la
monarquía y de la nobleza hereditaria. Así los organismos de la constitución gentilicia
fueron rompiendo con las raíces que tenían en el pueblo, en la gens, en la fratria y en
la tribu, con lo que todo el régimen gentilicio se transformó en su contrario: de una
organización de tribus para la libre regulación de sus propios asuntos, se trocó en una
organización para saquear y oprimir a los vecinos; con arreglo a esto, sus organismos
dejaron de ser instrumento de la voluntad del pueblo y se convirtieron en organismos
independientes para dominar y oprimir al propio pueblo. Esto nunca hubiera sido posible si
el sórdido afán de riquezas no hubiese dividido a los miembros de la gens en ricos y
pobres, "si la diferencia de bienes en el seno de una misma gens no hubiese
transformado la comunidad de intereses en antagonismo entre los miembros de la gens"
(Marx) y si la extensión de la esclavitud no hubiese comenzado a hacer considerar el
hecho de ganarse la vida por medio del trabajo como un acto digno tan sólo de un esclavo
y más deshonroso que la rapiña.
* * *
Henos ya en los umbrales de la civilización, que se inicia por un nuevo progreso de la
división del trabajo. En el estadio más inferior, los hombres no producían sino
directamente para satisfacer sus propias necesidades; los pocos actos de cambio que se
efectuaban eran aislados y sólo tenían por objeto excedentes obtenidos por casualidad.
En el estadio medio de la barbarie, encontramos ya en los pueblos pastores una propiedad
en forma de ganado, que, si los rebaños son suficientemente grandes, suministra con
regularidad un excedente sobre el consumo propio; al mismo tiempo encontramos una
división del trabajo entre los pueblos pastores y las tribus atrasadas, sin rebaños; y
de ahí dos grados de producción diferentes uno junto a otro y, por tanto, las
condiciones para un cambio regular. El estadio superior de la barbarie introduce una
división más grande aún del trabajo: entre la agricultura y los oficios manuales; de
ahí la producción cada vez mayor de objetos fabricados directamente para el cambio y la
elevación del cambio entre productores individuales a la categoría de necesidad vital de
la sociedad. La civilización consolida y aumenta todas estas divisiones del trabajo ya
existentes, sobre todo acentuando el contraste entre la ciudad y el campo (lo cual permite
a la ciudad dominar económicamente al campo, como en la antigüedad, o al campo dominar
económicamente a la ciudad, como en la Edad Media), y añade una tercera división del
trabajo, propio de ella y de capital importancia, creando una clase que no se ocupa de la
producción, sino únicamente del cambio de los productos: los mercaderes. Hasta aquí
sólo la producción había determinado los procesos de formación de clases nuevas; las
personas que tomaban parte en ella se dividían en directores y ejecutores o en
productores en grande y en pequeña escala. Ahora aparece por primera vez una clase que,
sin tomar la menor parte en la producción, sabe conquistar su dirección general y
avasallar económicamente a los productores; una clase que se convierte en el
intermediario indispensable entre cada dos productores y los explota a ambos. So pretexto
de desembarazarr a los productores de las fatigas y los riesgos del cambio, de extender la
salida de sus productos hasta los mercados lejanos y llegar a ser así la clase más útil
de la población, se forma una clase de parásitos, una clase de verdaderos gorrones de la
sociedad, que como compensación por servicios en realidad muy mezquinos se lleva la nata
de la producción patria y extranjera, amasa rápídamente riquezas enormes y adquiere una
influencia social proporcionada a éstas y, por eso mismo, durante el período de la
civilización, va ocupando una posición más y más honorífica y logra un dominio cada
vez mayor sobre la producción, hasta que acaba por dar a luz un producto propio: las
crisis comerciales periódicas.
Verdad es que en el grado de desarrollo que estamos analizando, la naciente clase de los
mercaderes no sospechaba aún las grandes cosas a que estaba destinada. Pero se formó y
se hizo indispensable, y esto fue suficiente. Con ella apareció el "dinero
metálico", la moneda acuñada, nuevo medio para que el no productor dominara al
productor y a su producción. Se había hallado la mercancía por excelencia, que encierra
en estado latente todas las demás, el medio mágico que puede transformarse a voluntad en
todas las cosas deseables y deseadas. Quien la poseía era dueño del mundo de la
producción. ¿Y quién la poseyó antes que todos? El mercader. En sus manos, el culto
del dinero estaba bien seguro. El mercader se cuidó de esclarecer que todas las
mercancías, y con ellas todos sus productores, debían prosternarse ante el dinero.
Probó de una manera práctica que todas las demás formas de la riqueza no eran sino una
quimera frente a esta encarnación de riqueza como tal. De entonces acá, nunca se ha
manifestado el poder del dinero con tal brutalidad, con semejante violencia primitiva como
en aquel período de su juventud. Después de la compra de mercancías por dinero,
vinieron los préstamos y con ellos el interés y la usura. Ninguna legislación posterior
arroja tan cruel e irremisiblemente al deudor a los pies del acreedor usurero, como lo
hacían las leyes de la antigua Atenas y de la antigua Roma; y en ambos casos esas leyes
nacieron espontáneamente, bajo la forma de derecho consuetudinario, sin más compulsión
que la económica.
Junto a la riqueza en mercancías y en esclavos, junto a la fortuna en dinero, apareció
también la riqueza territorial. El derecho de posesión sobre las parcelas del suelo,
concedido primitivamente a los individuos por la gens o por la tribu, se había
consolidado hasta el punto de que esas parcelas les pertenecían como bienes hereditarios.
Lo que en los últimos tiempos habían reclamado ante todo era quedar libres de los
derechos que tenía sobre esas parcelas la comunidad gentilicia, derechos que se habían
convertido para ellos en una traba. Esa traba desapareció, pero al poco tiempo
desaparecía también la nueva propiedad territorial. La propiedad plena y libre del suelo
no significaba tan sólo facultad de poseerlo íntegramente, sin restricción alguna, sino
que también quería decir facultad de enajenarlo. Esta facultad no existió mientras el
suelo fue propiedad de la gens. Pero cuando el nuevo propietario suprimió de una manera
definitiva las trabas impuestas por la propiedad suprema de la gens y de la tribu, rompió
también el vínculo que hasta entonces lo unía indisolublemente con el suelo. Lo que
esto significaba se lo enseñó el dinero descubierto al mismo tiempo que advenía la
propiedad privada de la tierra. El suelo podía ahora convertirse en una mercancía
susceptible de ser vendida o pignorada. Apenas se introdujo la propiedad privada de la
tierra, se inventó la hipoteca (véase Atenas). Así como el heterismo y la prostitución
pisan los talones a la monogamia, de igual modo, a partir de este momento, la hipoteca se
aferra a los faldones de la propiedad inmueble. ¿No quisisteis tener la propiedad del
suelo completa, libre, enajenable? Pues, bien ¡ya la tenéis! <<Tu l'as voulu,
George Dandin!>> [2].
Así, junto a la extensión del comercio, junto al dinero y la usura, junto a la propiedad
terrotorial y la hipoteca progresaron rápidamente la concentración y la centralización
de la fortuna en manos de una clase poco numerosa, lo que fue acompañado del
empobrecimiento de las masas y del aumento numérico de los pobres. La nueva aristocracia
de la riqueza, en todas partes donde no coincidió con la antigua nobleza tribal, acabó
por arrinconar a ésta (en Atenas, en Roma y entre los germanos). Y junto con esa
división de los hombres libres en clases con arreglo a sus bienes, se produjo, sobr todo
en Grecia, un enorme acrecentamiento del número de esclavos [3], cuyo trabajo forzado
formaba la base de todo el edificio social.
Veamos ahora cuál fue la suerte de la gens en el curso de esta revolución social. Era
impotente ante los nuevos elementos que habían crecido sin su concurso. Su primera
condición de existencia era que los miembros de una gens o de una tribu estuviesen
reunidos en el mismo territorio y habitasen en él exclusivamente. Ese estado de cosas
había concluído hacia ya mucho. En todas partes estaban mezcladas gens y tribus; en
todas partes esclavos, clientes y extranjeros vivían entre los ciudadanos. La vida
sedentaria, alcanzada sólo hacia el fin del Estado medio de la barbarie, veíase alterada
con frecuencia por la movilidad y los cambios de residencia debidos al comercio, a los
cambios de ocupación y a las enajenaciones de la tierra. Los miembros de las uniones
gentilicias no podían reunirse ya para resolver sus propios asuntos comunes; la gens
sólo se ocupaba de cosas de menor importancia, como las fiestas religiosas, y eso a
medias. Junto a las necesidades y los intereses para cuya defensa eran aptas y se habían
formado las uniones gentilicias, la revolución en las relaciones económicas y la
diferenciación social resultante de ésta habían dado origen a nuevas necesidades y
nuevos intereses, que no sólo eran extraños, sino opuestos en todos los sentidos al
antiguo orden gentilicio. Los intereses de los grupos de artesanos nacidos de la división
del trabajo, las necesidades particulares de la ciudad, opuestas a las del campo, exigían
organismos nuevos; pero cada uno de esos grupos se componía de personas perteneceientes a
las gens, fratrias y tribus más diversas, y hasta de extranjeros. Esos organismos
tenían, pues, que formarse necesariamente fuera del régimen gentilicio, aparte de él y,
por tanto, contra él. Y en cada corporación de gentiles a su vez se dejaba sentir este
conflicto de intereses, que alcanzaba su punto culminante en la reunión de pobres y
ricos, de usureros y deudores dentro de la misma gens y de la misma tribu. A esto
añadíase la masa de la nueva población extraña a las asociaciones gentilicias, que
podía llegar a ser una fuerza en el país, como sucedió en Roma, y que, al mismo tiempo,
era harto numerosa para poder ser admitida gradualmente en las estirpes y tribus
consanguíneas. Las uniones gentilicias figuraban frente a esa masa como corporaciones
cerradas, privilegiadas; la democracia primitiva, espontánea, se había transformado en
una detestable aristocracia. En una palabra, el régimen de la gens, fruto de una sociedad
que no conocía antagonismos interiores, no era adecuado sino para una sociedad de esta
clase. No tenía más medios coercitivos que la opinión pública. Pero acababa de surgir
una sociedad que, en virtud de las condiciones económicas generales de su existencia,
había tenido que dividirse en hombres libres y en esclavos, en explotadores ricos y en
explotados pobres; una sociedad que no sólo no podía conciliar estos antagonismos, sino
que, por el contrario, se veía obligada a llevarlos a sus límites extremos. Una sociedad
de este género no podía existir sino en medio de una lucha abierta e incesante de estas
clases entre sí o bajo el dominio de un tercer poder que, puesto aparentemente por encima
de las clases en lucha, suprimiera sus conflictos abiertos y no permitiera la lucha de
clases más que en el terreno económico, bajo la forma llamada legal. El régimen
gentilicio era ya algo caduco. Fue destruido por la división del trabajo, que dividió la
sociedad en clases, y remplazado por el Estado.
* * *
Hemos estudiado ya una por una las tres formas principales en que el Estado se alza sobre
las ruinas de la gens. Atenas presenta la forma más pura y preponderantemente de los
antagonismos de clase que se desarrollaban en el seno mismo de la sociedad gentilicia. En
Roma la sociedad gentilicia se convirtió en una aristocracia cerrada en medio de una
plebe numerosa y mantenida aparte, sin derechos, pero con deberes; la victoria de la plebe
destruyó la antigua constitución de la gens e instituyó sobre sus ruinas el Estado,
donde no tardaron en confundirse la aristocracia gentilicia y la plebe. Por último, entre
los germanos vencedores del imperio romano el Estado surgió directamente de la conquista
de vastos territorios extranjeros que el régimen gentilicio era impotente para dominar.
Pero como a esa conquista no iba unida una lucha seria con la antigua población, ni una
división más progresiva del trabajo; como el grado de desarrollo económico de los
vencidos y de los vencedores era casi el mismo, y, por consiguiente, subsistía la antigua
base económica de la sociedad, la gens pudo sostenerse a través de largos siglos, bajo
una forma modificada, territorial, en la constitución de la marca, y hasta rejuvenecerse
durante cierto tiempo, bajo una forma atenuada, en gens nobles y patricias posteriores y
hasta en gens campesinas como en Dithmarschen[4].
Así, pues, el Estado no es de ningún modo un poder impuesto desde fuera de la sociedad;
tampoco es "la realidad de la idea moral", "ni la imagen y la realidad de
la razón", como afirma Hegel. Es más bien un producto de la sociedad cuando llega a
un grado de desarrollo determinado; es la confesión de que esa sociedad se ha enredado en
una irremediable contradicción consigo misma y está dividida por antagonismos
irreconciliables, que es impotente para conjurar. Pero a fin de que estos antagonismos,
estas clases con intereses económicos en pugna no se devoren a sí mismas y no consuman a
la sociedad en una lucha estéril, se hace necesario un poder situado aparentemente por
encima de la sociedad y llamado a amortiguar el choque, a mantenerlo en los límites del
"orden". Y ese poder, nacido de la sociedad, pero que se pone por encima de ella
y se divorcia de ella más y más, es el Estado.
Frente a la antigua organización gentilicia, el Estado se caracteriza en primer lugar por
la agrupación de sus súbditos según "divisiones territoriales". Las antiguas
asociaciones gentilicias, constituídas y sostenidas por vínculos de sangre, habían
llegado a ser, según lo hemos visto, insuficientes en gran parte, porque suponían la
unión de los asociados con un territorio determinado, lo cual había dejado de suceder
desde largo tiempo atrás. El territorio no se había movido, pero los hombres sí. Se
tomó como punto de partida la división territorial, y se dejó a los ciudadanos ejercer
sus derechos y sus deberes sociales donde se hubiesen establecido, independientemente de
la gens y de la tribu. Esta organización de los súbditos del Estado conforme al
territorio es común a todos los Estados. Por eso nos parece natural; pero en anteriores
capítulos hemos visto cuán porfiadas y largas luchas fueron menester antes de que en
Atenas y en Roma pudiera sustituir a la antigua organización gentilicia.
El segundo rasgo característico es la institución de una "fuerza pública",
que ya no es el pueblo armado. Esta fuerza pública especial hácese necesaria porque
desde la división de la sociedad en clases es ya imposible una organización armada
espontánea de la población. Los esclavos también formaban parte de la población; los
90.000 ciudadanos de Atenas sólo constituían una clase privilegiada, frente a los
365.000 esclavos. El ejército popular de la democracia ateniense era una fuerza pública
aristocrática contra los esclavos, a quienes mantenía sumisos; mas, para tener a raya a
los ciudadanos, se hizo necesaria también una policía, como hemos dicho anteriormente.
Esta fuerza pública existe en todo Estado; y no está formada sólo por hombres armados,
sino también por aditamentos materiales, las cárceles y las instituciones coercitivas de
todo género, que la sociedad gentilicia no conocía. Puede ser muy poco importante, o
hasta casi nula, en las sociedades donde aún no se han desarrollado los antagonismos de
clase y en territorios lejanos, como sucedió en ciertos lugares y épocas en los Estados
Unidos de América. Pero se fortalece a medida que los antagonismos de clase se exacerban
dentro del Estado y a medida que se hacen más grandes y más poblados los Estados
colindantes. Y si no, examínese nuestra Europa actual, donde la lucha de clases y la
rivalidad en las conquistas han hecho crecer tanto la fuerza pública, que amenaza con
devorar a la sociedad entera y aun al Estado mismo.
Para sostener en pie esa fuerza pública, se necesitan contribuciones por parte de los
ciudadanos del Estado: los "impuestos". La sociedad gentilicia nunca tuvo idea
de ellos, pero nosotros los conocemos bastante bien. Con los progresos de la
civilización, incluso los impuestos llegan a ser poco; el Estado libra letras sobre el
futuro, contrata empréstitos, contrae "deudas de Estado". También de esto
puede hablarnos, por propia experiencia, la vieja Europa.
Dueños de la fuerza pública y del derecho de recaudar los impuestos, los funcionarios,
como órganos de la sociedad, aparecen ahora situados por encima de ésta. El respeto que
se tributaba libre y voluntariamente a los órganos de la constitución gentilicia ya no
les basta, incluso si pudieran ganarlo; vehículos de un Poder que se ha hecho extraño a
la sociedad, necesitan hacerse respetar por medio de las leyes de excepción, merced a las
cuales gozan de una aureola y de una inviolabilidad particulares. El más despreciable
polizonte del Estado civilizado tiene más <<autoridad>> que todos los
órganos del poder de la sociedad gentilicia reunidos; pero el príncipe más poderoso, el
más grande hombre público o guerrero de la civilización, puede envidiar al más modesto
jefe gentil el respeto espontáneo y universal que se le profesaba. El uno se movía
dentro de la sociedad; el otro se ve forzado a pretender representar algo que está fuera
y por encima de ella. Como el Estado nació de la necesidad de refrenar los antagonismos
de clase, y como, al mismo tiempo, nació en medio del conflicto de esas clases, es, por
regla general, el Estado de la clase más poderosa, de la clase económicamente dominante,
que, con ayuda de él, se convierte también en la clase políticamente dominante,
adquiriendo con ello nuevos medios para la represión y la explotación de la clase
oprimida. Así, el Estado antiguo era, ante todo, el Estado de los esclavistas para tener
sometidos a los esclavos; el Estado feudal era el órgano de que se valía la nobleza para
tener sujetos a los campesinos siervos, y el moderno Estado representativo es el
instrumento de que se sirve el capital para explotar el trabajo asalariado. Sin embargo,
por excepción, hay períodos en que las clases en lucha están tan equilibradas, que el
poder del Estado, como mediador aparente, adquiere cierta independencia momentánea
respecto a una y otra. En este caso se halla la monarquía absoluta de los siglos XVII y
XVIII, que mantenía a nivel la balanza entre la nobleza y la burguesía; y en este caso
estuvieron el bonapartismo del Primer Imperio francés [5], y sobre todo el del Segundo,
valiéndose de los proletarios contra la clase media, y de ésta contra aquéllos. La más
reciente producción de esta especie, donde opresores y oprimidos aparecen igualmente
ridículos, es el nuevo imperio alemán de la nación bismarckiana: aquí se contrapesa a
capitalistas y trabajadores unos con otros, y se les extrae el jugo sin distinción en
provecho de los junkers prusianos de provincias, venidos a menos.
Además, en la mayor parte de los Estados históricos los derechos concedidos a los
ciudadanos se gradúan con arreglo a su fortuna, y con ello se declara expresamente que el
Estado es un organismo para proteger a la clase que posee contra la desposeída. Así
sucedía ya en Atenas y en Roma, donde la clasificación era por la cuantía de los bienes
de fortuna. Lo mismo sucede en el Estado feudal de la Edad Media, donde el poder político
se distribuyó según la propiedad territorial. Y así lo observamos en el censo electoral
de los Estados representativos modernos. Sin embargo, este reconocimiento político de la
diferencia de fortunas no es nada esencial. Por el contrario, denota un grado inferior en
el desarrollo del Estado. La forma más elevada del Estado, la república democrática,
que en nuestras condiciones sociales modernas se va haciendo una necesidad cada vez más
ineludible, y que es la única forma de Estado bajo la cual puede darse la batalla última
y definitiva entre el proletariado y la burguesía, no reconoce oficialmente diferencias
de fortuna. En ella la riqueza ejerce su poder indirectamente, pero por ello mismo de un
modo más seguro. De una parte, bajo la forma de corrupción directa de los funcionarios,
de lo cual es América un modelo clásico, y, de otra parte, bajo la forma de alianza
entre el gobierno y la Bolsa. Esta alianza se realiza con tanta mayor facilidad, cuanto
más crecen las deudas del Estado y más van concentrando en sus manos las sociedades por
acciones, no sólo el transporte, sino también la producción misma, haciendo de la Bolsa
su centro. Fuera de América, la nueva república francesa es un patente ejemplo de ello,
y la buena vieja Suiza también ha hecho su aportación en este terreno. Pero que la
república democrática no es imprescindible para esa unión fraternal entre la Bolsa y el
gobierno, lo prueba, además de Inglaterra, el nuevo imperio alemán, donde no puede
decirse a quién ha elevado más arriba el sufragio universal, si a Bismarck o a
Bleichröder. Y, por último, la clase poseedora impera de un modo directo por medio del
sufragio universal. Mientras la clase oprimida -- en nuestro caso el proletariado-- no
está madura para libertarse ella misma, su mayoría reconoce el orden social de hoy como
el único posible, y políticamente forma la cola de la clase capitalista, su extrema
izquierda. Pero a medida que va madurando para emanciparse ella misma, se constituye como
un partido independiente, elige sus propios representantes y no los de los capitalistas.
El sufragio universal es, de esta suerte, el índice de la madurez de la clase obrera. No
puede llegar ni llegará nunca a más en el Estado actual, pero esto es bastante. El día
en que el termómetro del sufragio universal marque para los trabajadores el punto de
ebullición, ellos sabrán, lo mismo que los capitalistas, qué deben hacer.
Por tanto, el Estado no ha existido eternamente. Ha habido sociedades que se las
arreglaron sin él, que no tuvieron la menor noción del Estado ni de su poder. Al llegar
a cierta fase del desarrollo económico, que estaba ligada necesariamente a la división
de la sociedad en clases, esta división hizo del Estado una necesidad. Ahora nos
aproximamos con rapidez a una fase de desarrollo de la producción en que la existencia de
estas clases no sólo deja de ser una necesidad, sino que se convierte positivamente en un
obstáculo para la producción. Las clases desaparecerán de un modo tan inevitable como
surgieron en su día. Con la desaparición de las clases desaparecerá inevitablemente el
Estado. La sociedad, reorganizando de un modo nuevo la producción sobre la base de una
asociación libre de productores iguales, enviará toda la máquina del Estado al lugar
que entonces le ha de corresponder: al museo de antigüedades, junto a la rueca y al hacha
de bronce.
* * *
Por todo lo que hemos dicho, la civilización es, pues, el estadio de desarrollo de la
sociedad en que la división del trabajo, el cambio entre individuos que de ella deriva, y
la producción mercantil que abarca a una y otro, alcanzan su pleno desarrollo y ocasionan
una revolución en toda la sociedad anterior.
En todos los estadios anteriores de la sociedad, la producción era esencialmente
colectiva y el consumo se efectuaba también bajo un régimen de reparto directo de los
productos, en el seno de pequeñas o grandes colectividades comunistas. Esa producción
colectiva se realizaba dentro de los más estrechos límites, pero llevaba aparejado el
dominio de los productores sobre el proceso de la producción y sobre su producto. Estos
sabían qué era del producto: lo consumían, no salía de sus manos. Y mientras la
producción se efectuó sobre esta base, no pudo sobreponerse a los productores, ni hacer
surgir frente a ellos el espectro de poderes extraños, cual sucede regular e
inevitablemente en la civilización.
Pero en este modo de producir se introdujo lentamente la división del trabajo, la cual
minó la comunidad de producción y de apropiación, erigió en regla predominante la
apropiación individual, y de ese modo creó el cambio entre individuos (ya examinamos
anteriormente cómo). Poco a poco, la producción mercantil se hizo la forma dominante.
Con la producción mercantil, producción no ya para el consumo personal, sino para el
cambio, los productos pasan necesariamente de unas manos a otras. El productor se separa
de su producto en el cambio, y ya no sabe qué se hace de él. Tan pronto como el dinero,
y con él el mercader, interviene como intermediario entre los productores, se complica
más el sistema de cambio y se vuelve todavía más incierto el destino final de los
productos. Los mercaderes son muchos y ninguno de ellos sabe lo que hacen los demás.
Ahora las mercancías no sólo van de mano en mano, sino de mercado en mercado; los
productores han dejado ya de ser dueños de la producción total de las condiciones de su
propia vida, y los comerciantes tampoco han llegado a serlo. Los productos y la
producción están entregados al azar.
Pero el azar no es más que uno de los polos de una interdependencia, el otro polo de la
cual se llama necesidad. En la naturaleza, donde también parece dominar el azar, hace
mucho tiempo que hemos dernostrado en cada dominio particular la necesidad inmanente y las
leyes internas que se afirman en aquel azar. Y lo que es cierto para la naturaleza,
también lo es para la sociedad. Cuanto más escapa del control consciente del hombre y se
sobrepone a él una actividad social, una serie de procesos sociales, cuando más
abandonada parece esa actividad al puro azar, tanto más las leyes propias, inmanentes, de
dicho azar, se manifiestan como una necesidad natural. Leyes análogas rigen las
eventualidades de la producción mercantil y del cambio de las mercancías; frente al
productor y al comerciante aislados, surgen como factores extraños y desconocidos, cuya
naturaleza es preciso desentrañar y estudiar con suma meticulosidad. Estas leyes
económicas de la producción mercantil se modifican según los diversos grados de
desarrollo de esta forma de producir; pero, en general, todo el período de la
civilización está regido por ellas. Hoy, el producto domina aún al productor; hoy, toda
la producción social está aún regulada, no conforme a un plan elaborado en común, sino
por leyes ciegas que se imponen con la violencia de los elementos, en último término, en
las tempestades de las crisis comerciales periódicas.
Hemos visto cómo en un estadio bastante temprano del desarrollo de la producción, la
fuerza de trabajo del hombre llega a ser apta para suministrar un producto mucho más
cuantioso de lo que exige el sustento de los productores, y cómo este estadio de
desarrollo es, en lo esencial, el mismo donde nacen la división del trabajo y el cambio
entre individuos. No tardó mucho en ser descubierta la gran <<verdad>> de que
el hombre también podía servir de mercancía, de que la fuerza de trabajo del hombre
podía llegar a ser un objeto de cambio y de consumo si se hacía del hombre un esclavo.
Apenas comenzaron los hombres a practicar el cambio, ellos mismos se vieron cambiados. La
voz activa se convirtió en voz pasiva, independientemente de la voluntad de los hombres.
Con la esclavitud, que alcanzó su desarrollo máximo bajo la civilización, realizóse la
primera gran escisión de la sociedad en una clase explotadora y una clase explotada. Esta
escisión se ha sostenido durante todo el período civilizado. La esclavitud es la primera
forma de la explotación, la forma propia del mundo antiguo; le suceden la servidumbre, en
la Edad Media, y el trabajo asalariado en los tiempos modernos. Estas son las tres grandes
formas del avasallamiento, que caracterizan las tres grandes épocas de la civilización;
ésta va siempre acompañada de la esclavitud, franca al principio, más o menos
disfrazada después.
El estadio de la producción de mercancías, con el que comienza la civilización, se
distinguc desde el punto de vista económico por la introducción: 1) de la moneda
metálica, y con ella del capital en dinero, del interés y de la usura; 2) de los
mercaderes, como clase intermediaria entre los productores; 3) de la propiedad privada de
la tierra y de la hipoteca, y 4) del trabajo de los esclavos como forma dominante de la
producción. La forma de familia que corresponde a la civilización y vence
definitivamente con ella es la monogamia, la supremacía del hombre sobre la mujer, y la
familia individual como unidad económica de la sociedad. La fuerza cohesiva de la
sociedad civilizada la constituye el Estado, que, en todos los períodos típicos, es
exclusivamente el Estado de la clase dominante y, en todos los casos, una máquina
esencialmente destinada a reprimir a la clase oprimida y explotada. También es
característico de la civilización, por una parte, fijar la oposición entre la ciudad y
el campo como base de toda la división del trabajo social; y, por otra parte, introducir
los testamentos, por medio de los cuales el propietario puede disponer de sus bienes aun
después de su muerte. Esta institución, que es un golpe directo a la antigua
constitución de la gens, era desconocida en Atenas aun en los tiempos de Solón; se
introdujo muy pronto en Roma, pero ignoramos en qué época [6]. En Alemania la
implantaron los clérigos para que los cándidos alemanes pudiesen instituir con toda
libertad legados a favor de la Iglesia.
Con este régimen como base, la civilización ha realizado cosas de las que distaba
muchísimo de ser capaz la antigua sociedad gentilicia. Pero las ha llevado a cabo
poniendo en movimiento los impulsos y pasiones más viles de los hombres y a costa de sus
mejores disposiciones. La codicia vulgar ha sido la fuerza motriz de la civilización
desde sus primeros días hasta hoy, su único objetivo determinante es la riqueza, otra
vez la riqueza y siempre la riqueza, pero no la de la sociedad, sino la de tal o cual
miserable individuo. Si a pesar de eso han correspondido a la civilización el desarrollo
creciente de la ciencia y reiterados períodos del más opulento esplendor del arte, sólo
ha acontecido así porque sin ello hubieran sido imposibles, en toda su plenitud, las
actuales realizaciones en la acumulación de riquezas.
Siendo la base de la civilización la explotación de una clase por otra, su desarrollo se
opera en una constante contradicción. Cada progreso de la producción es al mismo tiempo
un retroceso en la situación de la clase oprimida, es decir, de la inmensa mayoría. Cada
beneficio para unos es por necesidad un perjuicio para otros; cada grado de emancipación
conseguido por una clase es un nuevo elemento de opresión para la otra. La prueba más
elocuente de esto nos la da la introducción de la maquinaria, cuyos efectos conoce hoy el
mundo entero. Y si, como hemos visto, entre los bárbaros apenas puede establecerse la
diferencia entre los derechos y los deberes, la civilización señala entre ellos una
diferencia y un contraste que saltan a la vista del hombre menos inteligente, en el
sentido de que da casi todos los derechos a una clase y casi todos los deberes a la otra.
Pero eso no debe ser. Lo que es bueno para la clase dominante, debe ser bueno para la
sociedad con la cual se identifica aquélla. Por ello, cuanto más progresa la
civilización, más obligada se cree a cubrir con el manto de la caridad los males que ha
engendrado fatalmente, a pintarlos de color de rosa o a negarlos. En una palabra,
introduce una hipocresía convencional que no conocían las primitivas formas de la
sociedad ni aun los primeros grados de la civilización, y que llega a su cima en la
declaración: la explotación de la clase oprimida es ejercida por la clase explotadora
exclusiva y únicamente en beneficio de la clase explotada; y si esta última no lo
reconoce así y hasta se muestra rebelde, esto constituye por su parte la más negra
ingratitud hacia sus bienhechores, los explotadores [7].
Y, para concluir, véase el juicio que acerca de la civilización emite Morgan:
<<Los hermanos se harán la guerra y se convertirán en asesinos unos de otros;
hijos de hermanas romperán sus lazos de estirpe>>.
<<Desde el advenimiento dc la civilización ha llegado a ser tan enorme el
acrecentamiento de la riqueza, tan diversas las formas de este acrecentamiento, tan
extensa su aplicación y tan hábil su administración en beneficio de los propietarios,
que esa riqueza se ha constituido en una fuerza irreductible opuesta al pueblo. La
inteligencia humana se ve impotente y desconcertada ante su propia creación. Pero, sin
embargo, llegará un tiempo en que la razón humana sea suficientemente fuerte para
dominar a la riqueza, en que fije las relaciones del Estado con la propiedad que éste
protege y los límites de los derechos de los propietarios. Los intereses de la sociedad
son absolutamente superiores a los intereses individuales, y unos y otros deben
concertarse en una relación justa y armónica. La simple caza de la riqueza no es el
destino final de la humanidad, a lo menos si el progreso ha de ser la ley del porvenir
como lo ha sido la del pasado. El tiempo transcurrido desde el advenimiento de la
civilización no es más que una fracción ínfima de la existencia pasada de la
humanidad, una fracción ínfima de las épocas por venir. La disolución de la sociedad
se yergue amenazadora ante nosotros, como el término de una carrera histórica cuya
única meta es la riqueza, porque semejante carrera encierra los elementos de su propia
ruina. La democracia en la administración, la fraternidad en la sociedad, la igualdad de
derechos y la instrucción general, inaugurarán la próxima etapa superior de la
sociedad, para la cual laboran constantemente la experiencia, la razón y la ciencia.
Será un renacimiento de la libertad, la igualdad y la fraternidad de las antiguas gens,
pero bajo una forma superior>>. (Morgan, "La Sociedad Antigua", pág.
552.)
Escrito por Engels en marzo-junio de 1884.
Se publica según el texto de la 4ª edición de 1891.
Vio la luz como edición aparte en Zurich, en 1884.
Traducido del alemán.
NOTAS
[1] Sobre todo en las costas noroccidentales de América (véase Bancroft). En los
haidhas, en la isla de la Reina Carlota, pueden encontrarse economías domésticas que
abarcan hasta setecientas personas. Entre los notkas, tribus enteras vivían bajo el mismo
techo. (Nota de Engels).
[2] ¡Así lo has querido, Jorge Dandin! (Molière, "Jorge Dandin", acto I,
escena 9) (N. de la Edit.)
[3] Véase ("Génesis del Estado ateniense") el total de esclavos en Atenas. En
Corinto, en los tiempos florecientes de la ciudad, era de 460.000; en Egina, de 470.000;
en los dos casos, el número de esclavos era diez veces el de los ciudadanos libres. (Nota
de Engels). Engels da la página de la 4ª edición en alemán.
[4] El primer historiador que se ha formado una idea, por lo menos aproximada, acerca de
la naturaleza de la gens, es Niebuhr. La debe (así como también los errores aceptados al
mismo tiempo por él) al conocimiento que tenía de las gens dithmársicas. (Nota de
Engels).
[5] El Primer Imperio existió en Francia de 1804 a 1814.
[6] "El Sistema de los derechos adquiridos" ("system der erworbenen
Rechte") de Lassalle en su segunda parte gira principalmente sobre la tesis de que el
testamento romano es tan antiguo como Roma misma, que <<nunca hubo una época sin
testamento>> en la historia romana, y que el testamento nació del culto a los
difuntos, antes de la época romana. Lassalle, en su calidad de buen hegeliano de la vieja
escuela, no deriva las disposiciones del Derecho romano de las relaciones sociales de los
romanos, sino del <<concepto especulativo>> de la voluntad, y de este modo
llega a ese aserto absolutamente antihistórico. No debe extrañar eso en un libro que en
virtud de este mismo concepto especulativo llega a la conclusión de que en la herencia
romana era una simple cuestión accesoria la transmisión de los bienes. Lassalle no se
limita a creer en las ilusiones de los jurisconsultos romanos, especialmente de los de la
primera época, sino que va aún más lejos que ellos.
[7] Tuve intenciones de valerme de la brillante crítica de la civilización que se
encuentra esparcida en las obras de Carlos Fourier, para exponerla paralelamente a la de
Morgan y a la mía propia. Por desgracia, no he tenido tiempo para eso. Haré notar
sencillamente que Fourier consideraba ya la monogamia y la propiedad sobre la tierra como
las instituciones más características de la civilización, a la cual llama una guerra de
los ricos contra los pobres. También se encuentra ya en él la profunda comprensión de
que en todas las sociedades defectuosas y llenas de antagonismos, las familias
individuales ("les familles incohérentes) son unidades económicas. su mismo grupo.
MacLennan llama "tribus" exógamas a los primeros, endógamas a los segundos, y
a renglón seguido y sin más circunloquios señala que existe una antítesis bien marcada
entre las "tribus" exógamas y endógamas. Y aún cuando sus propias
investigaciones acerca de la exogamia le meten por los ojos el hecho de que esa antítesis
en muchos, si no en la mayoría o incluso en todos los casos, existe solamente en su
imaginación, no por eso deja de tomarla como base de toda su teoría. Según esta, las
tribus exógamas no pueden tomar mujeres sino de otras tribus, cosa que, dada la guerra
permanente entre las tribus, tan propia del estado salvaje, sólo puede hacerse mediante
el rapto.