IV

A mediados de octubre de 1849 reanudó sus sesiones la Asamblea Nacional. El 1 de noviembre, Bonaparte la sorprendió con un mensaje en el que le anunciaba la destitución del ministerio Barrot-Falloux y la formación de un nuevo ministerio. Jamás se ha arrojado a lacayos de su puesto con menos cumplidos que Bonaparte a sus ministros. Los puntapiés destinados a la Asamblea Nacional los recibían, por el momento, Barrot y Compañía.

El ministerio Barrot estaba compuesto, como hemos visto, por legitimistas y orleanistas, era un ministerio del partido del orden. Bonaparte había necesitado de él para disolver la Constituyente republicana, poner por obra la expedición contra Roma y destrozar el partido democrático. El se había eclipsado aparentemente detrás de este ministerio, entregando el Poder del gobierno en manos del partido del orden y poniéndose la careta de modestia que bajo Luis Felipe llevaba el gerente responsable de los periódicos, la careta del homme de paille (hombre de paja). Ahora se quitó la máscara, que no era ya velo sutil detrás del que podía ocultar su fisonomía, sino la máscara de hierro que le impedía mostrar una fisonomía propia. Había constituido el ministerio Barrot para hacer saltar, en nombre del partido del orden, la Asamblea Nacional republicana; y lo destituyó para declarar a su propio nombre independiente de la Asamblea Nacional del partido del orden.

Pretextos plausibles para esta destitución no faltaban. El ministerio Barrot descuidaba incluso las formas de decoro que habrían hecho aparecer al presidente de la república como un Poder al lado de la Asamblea Nacional. Durante las vacaciones parlamentarias Bonaparte publicó una carta dirigida a Edgar Ney en la que parecía desaprobar la actuación iliberal del papa (se refiere al papa Pio IX.), del mismo modo que había publicado, en oposición a la Constituyente, otra carta en la que elogiaba a Oudinot por su ataque contra la República de Roma. Al votarse en la Asamblea Nacional el presupuesto de la expedición romana, Víctor Hugo, por un supuesto liberalismo, puso a discusión aquella carta. El partido del orden ahogó entre exclamaciones despectivamente incrédulas la ocurrencia de que las ocurrencias de Bonaparte pudieran tener la menor importancia política.

Ninguno de los ministros recogió el guante en su favor. En otra ocasión, Barrot, con su conocido patetismo vacuo, dejó escapar desde la tribuna palabras de indignación contra los "manejos abominables" en que, según su testimonio, andaban las personas más cercanas al presidente. Por último, el ministerio, a la par que hacía aprobar por la Asamblea Nacional una pensión de viudedad para la Duquesa de Orleáns, rechazaba todas las propuestas para aumentar la lista civil de la presidencia. Y en Bonaparte, el pretendiente imperial se fundía tan íntimamente con el caballero de industria arruinado, que una gran idea, la de su misión de restaurador del imperio, se complementaba siempre con otra: la de que el pueblo francés tenía la misión de saldar sus deudas.

El ministerio Barrot-Falloux fue el primero y el último ministerio parlamentario nombrado por Bonaparte. Por eso su destitución señala un viraje decisivo. Con él, el partido del orden perdió, para no recuperarlo jamás, un puesto indispensable para afirmar el régimen parlamentario, el asidero del Poder Ejecutivo. Se comprende inmediatamente que en un país como Francia, donde el Poder Ejecutivo dispone de un ejército de funcionarios de más de medio millón de individuos y tiene por tanto constantemente bajo su dependencia más incondicional a una masa inmensa de intereses y existencias, donde el Estado tiene atada, fiscalizada, regulada, vigilada y tutelada a la sociedad civil, desde sus manifestaciones más amplias de vida hasta sus vibraciones más insignificantes, desde sus modalidades más generales de existencia hasta la existencia privada de los individuos, donde este cuerpo parasitario adquiere, por medio de una centralización extraordinaria, una ubicuidad, una omnisciencia, una capacidad acelerada de movimientos y una elasticidad, que sólo encuentran correspondencia en la dependencia desamparada, en el carácter caóticamente informe del auténtico cuerpo social, se comprende que en un país semejante, al perder la posibilidad de disponer de los puestos ministeriales, la Asamblea Nacional perdía toda influencia efectiva, si al mismo tiempo no simplificaba la administración del Estado, no reducía todo lo posible el ejército de funcionarios y finalmente no dejaba a la sociedad civil y a la opinión pública crearse sus órganos propios, independientes del Poder del gobierno. Pero el interés material de la burguesía francesa está precisamente entretejido del modo más íntimo con la conservación de aquella extensa y ramificadísima maquinaria del Estado. Coloca aquí a su población sobrante y completa en forma de sueldos del Estado lo que no puede embolsarse en forma de beneficios, intereses, rentas y honorarios. De otra parte, su interés político la obligaba a aumentar diariamente la represión, y por tanto los recursos y el personal del Poder del Estado, a la par que se veía obligada a sostener una guerra ininterrumpida contra la opinión pública y mutilar y paralizar recelosamente los órganos independientes de movimiento de la sociedad, allí donde no conseguía amputarlos por completo.

De este modo, la burguesía francesa veíase forzada, por su situación de clase, de una parte a destruir las condiciones de vida de todo Poder parlamentario, incluyendo por tanto el suyo propio, y de otra parte a hacer irresistible el Poder Ejecutivo hostil a ella.

El nuevo ministerio llamábase el ministerio d'Hautpoul. No porque el general d'Hautpoul hubiese obtenido el rango de presidente del Consejo. Con la destitución de Barrot, Bonaparte había suprimido prácticamente esta dignidad, que condenaba al presidente de la república, ciertamente, a la nulidad legal de un rey constitucional, pero de un rey constitucional sin trono y sin corona, sin cetro y sin espada, sin atributo de la irresponsabilidad, sin la posesión imprescriptible de la suprema dignidad del Estado y, lo más fatal de todo, sin lista civil. En el ministerio d'Hautpoul no había más que un hombre de fama parlamentaria, el prestamista Fould, uno de los miembros de peor reputación de la alta finanza. Le tocó en suerte la cartera de Hacienda. Consúltense las cotizaciones de la Bolsa de París y se verá que desde el 1 de noviembre de 1849 los fondos franceses suben y bajan con las subidas y bajadas de las acciones bonapartistas. Habiendo encontrado así su aliado en la Bolsa, Bonaparte se adueñó al mismo tiempo de la policía mediante el nombramiento de Carlier para prefecto de policía de París.

Sin embargo, las consecuencias del cambio de ministerio sólo podían revelarse conforme fuesen desarrollándose las cosas. Por el momento, Bonaparte sólo había dado un paso adelante para luego verse empujado hacia atrás de un modo tanto más visible. A su agrio mensaje, siguió la declaración más servil de sumisión a la Asamblea Nacional. Cuantas veces los ministros hacían el tímido intento de presentar como proyectos de ley sus caprichos personales, ellos mismos parecían cumplir un mandato grotesco a regañadientes, obligados tan sólo por su posición y convencidos de antemano de la falta de éxito. Cuantas veces Bonaparte, a espaldas de sus ministros, se iba de la lengua hablando de sus intenciones y jugando con sus idées napoléoniennes45, sus mismos ministros le desautorizaban desde lo alto de la tribuna de la Asamblea Nacional. Parecía como si sus apetitos usurpadores sólo se exteriorizasen para que no se acallasen las risas malignas de sus adversarios. Se comportaba como un genio ignorado, considerado por el mundo entero como un bobo. Jamás disfrutó del desprecio de todas las clases de un modo más completo que durante este período. Jamás la burguesía dominó de un modo más incondicional, jamás hizo una ostentación más jactanciosa de las insignias de su dominación.

No tengo por qué escribir aquí la historia de sus actividades legislativas, que se resume, durante este período, en dos leyes: la ley restableciendo el impuesto sobre el vino y la ley de enseñanza, que suprime la incredulidad religiosa. Si a los franceses se les ponían obstáculos para beber vino, en cambio se les servía con tanta mayor abundancia el agua de la vida justa. Si en la ley sobre el impuesto del vino la burguesía declaraba intangible el antiguo odioso sistema fiscal francés, con la ley de enseñanza intentaba asegurar el antiguo estado de ánimo de las masas, que lo hacía soportar. Se asombra uno de ver a los orleanistas, a los burgueses liberales, estos viejos apóstoles del volterianismo46 y de la filosofía ecléctica, confiar a sus enemigos hereditarios, los jesuitas, la dirección del espíritu francés. Pero orleanistas y legitimistas, aunque discrepasen en lo que se refería al pretendiente a la corona, comprendían que su dominación coligada exigía unir los medios de opresión de dos épocas, que los medios de sojuzgamiento de la monarquía de Julio debían completarse y fortalecerse con los medios de sojuzgamiento de la restauración.

Los campesinos, defraudados en todas sus esperanzas, oprimidos más que nunca, de una parte por el bajo nivel de los precios de los cereales y de otra parte por la carga de las contribuciones y por el endeudamiento hipotecario, cada vez mayores, comenzaron a agitarse en los departamentos. Se les contestó con una batida furiosa contra los maestros de escuela, que fueron sometidos al cura, contra los alcaldes, que fueron sometidos al prefecto, y con un sistema de espionaje, al que quedaron sometidos todos. En París y en las grandes ciudades, la reacción misma presenta la fisonomía de su época y provoca más de lo que reprime. En el campo, se hace baja, vulgar, mezquina, agobiante, vejatoria; en una palabra, el gendarme. Se comprende hasta qué punto tres años de régimen del gendarme, bendecido por el régimen del cura, tenía que desmoralizar a masas incultas.

Por grande que fuese la suma de pasión y declamación que el partido del orden derrochase desde lo alto de la tribuna de la Asamblea Nacional contra la minoría, sus discursos eran monosilábicos, como los del cristiano, que ha de decir: sí, sí; no, no. Monosilábicos en la tribuna y monosilábicos en la prensa. Insulsos como los acertijos cuya solución se sabe de antemano. Ya se trate del derecho de petición o del impuesto sobre el vino, de la libertad de prensa o del libre cambio, de los clubs o de la organización municipal, de la protección de la libertad personal o de la regulación del presupuesto del Estado, la consigna se repite siempre, el tema es siempre el mismo, el fallo está siempre preparado y reza invariablemente: "¡Socialismo!" Se presenta como socialista hasta el liberalismo burgués, como socialista la ilustración burguesa, como socialista la reforma financiera burguesa. Era socialista construir un ferrocarril donde había ya un canal y socialista defenderse con el palo cuando le atacaban a uno con la espada.

Y esto no era mera retórica, moda, táctica de partido. La burguesía tenía la conciencia exacta de que todas las armas forjadas por ella contra el feudalismo se volvían contra ella misma, de que todos los medios de cultura alumbrados por ella se rebelaban contra su propia civilización, de que todos los dioses que había creado la abandonaban. Comprendía que todas las llamadas libertades civiles y los organismos de progreso atacaban y amenazaban al mismo tiempo en la base social y en la cúspide política su dominación de clase, y por tanto se habían convertido en "socialistas ". En esta amenaza y en este ataque veía con razón el secreto del socialismo, cuyo sentido y cuya tendencia juzgaba ella más exactamente que se sabe juzgar a sí mismo el llamado socialismo, el cual no puede comprender por ello cómo la burguesía se cierra a cal y canto contra él, ya gima sentimentalmente sobre los dolores de la humanidad, ya anuncie cristianamente el reino milenario y la fraternidad universal, ya chochee humanísticamente hablando de espíritu, cultura, libertad o cavile doctrinalmente un sistema de conciliación y bienestar de todas las clases sociales. Lo que no comprendía la burguesía era la consecuencia de que su mismo régimen parlamentario, su dominación política, en conjunto, tenía que caer también bajo la condenación general, como socialista. Mientras la dominación de la clase burguesa no se hubiese organizado íntegramente, no hubiese adquirido su verdadera expresión política, no podía destacarse tampoco de un modo puro el antagonismo de las otras clases, ni podía, allí donde se destacaba, tomar el giro peligroso que convierte toda lucha contra el Poder del Estado en una lucha contra el capital. Cuando en cada manifestación de vida de la sociedad veía un peligro para la "tranquilidad", ¿cómo podía empeñarse en mantener a la cabeza de la sociedad el régimen de la agitación, su propio régimen, el régimen parlamentario, este régimen que, según la expresión de uno de sus oradores, vive en la lucha y merced a la lucha? El régimen parlamentario vive de la discusión; ¿cómo, pues, va a prohibir que se discuta? Todo interés y toda institución social se convierten aquí en ideas generales, se ventilan bajo forma de ideas; ¿cómo, pues, algún interés, alguna institución van a situarse por encima del pensamiento e imponerse como artículo de fe? La lucha de los oradores en la tribuna provoca la lucha de los plumíferos de la prensa, el club de debates del parlamento se complementa necesariamente con los clubs de debates de los salones y de las tabernas, los representantes que apelan continuamente a la opinión del pueblo autorizan a la opinión del pueblo para expresar en peticiones su verdadera opinión. El régimen parlamentario lo deja todo a la decisión de las mayorías; ¿cómo, pues, no van a querer decidir las grandes mayorías fuera del parlamento? Si los que están en las cimas del Estado tocan,¿qué cosa más natural sino que los que están abajo bailen?

Por tanto, cuando la burguesía excomulga como "socialista " lo que antes ensalzaba como "liberal ", confiesa que su propio interés le ordena esquivar el peligro de su gobierno propio, que para poder imponer la tranquilidad en el país tiene que imponérsela ante todo a su parlamento burgués, que para mantener intacto su poder social tiene que quebrantar su poder político; que los individuos burgueses sólo pueden seguir explotando a otras clases y disfrutando apaciblemente de la propiedad, la familia, la religión y el orden bajo la condición de que su clase sea condenada con las otras clases a la misma nulidad política; que, para salvar la bolsa, hay que renunciar a la corona, y que la espada que había de protegerla tiene que pender al mismo tiempo sobre su propia cabeza como la espada de Damocles.

En el campo de los intereses cívicos generales, la Asamblea Nacional se mostró tan improductiva, que, por ejemplo, los debates sobre el ferrocarril París- Aviñón, comenzados en el invierno de 1850, no habían terminado todavía el 2 de diciembre de 185I. Donde no se trataba de oprimir, de actuar reaccionariamente, estaba condenada a una esterilidad incurable.

Mientras el ministerio de Bonaparte tomaba en parte la iniciativa de leyes inspiradas en el espíritu del partido del orden, y en parte exageraba todavía más su severidad en la ejecución y manejo de las mismas, el propio Bonaparte intentaba, mediante propuestas puerilmente necias, ganar popularidad, poner de manifiesto su antagonismo con la Asamblea Nacional y apuntar al designio secreto de abrir al pueblo francés sus tesoros ocultos, designio cuya ejecución sólo impedían provisionalmente las circunstancias. Así, la proposición de decretar un aumento de cuatro "sous" diarios para los sueldos de los suboficiales. Así, la proposición de crear un Banco para conceder créditos de honor a los obreros.

Obtener dinero regalado y prestado: he aquí la perspectiva con que esperaba que las masas picasen en el anzuelo. Regalar y recibir prestado: a eso se limita la ciencia financiera del lumpemproletariado, lo mismo del distinguido que del vulgar. A esto se limitaban los resortes que Bonaparte sabía poner en movimiento.

Jamás un pretendiente ha especulado más simplemente sobre la simpleza de las masas.

La Asamblea Nacional montó repetidas veces en cólera ante estos intentos innegables de ganar popularidad a costa suya, ante el peligro creciente de que este aventurero, al que espoleaban las deudas y al que no contenía el temor de perder ninguna reputación adquirida, osase un golpe desesperado. La desarmonía entre el partido del orden y el presidente había adoptado ya un carácter amenazador, cuando un acontecimiento inesperado volvió a echar a éste, arrepentido, en brazos de aquél. Nos referimos a las elecciones parciales del 10 de marzo de 1850. Estas elecciones se celebraron para cubrir los puestos de diputados que la prisión o el destierro habían dejado vacantes después del 13 de junio. París sólo eligió a candidatos socialdemócratas. Concentró incluso la mayoría de los votos en un insurrecto de Junio de 1848, en Deflotte. La pequeña burguesía de París, aliada al proletariado, se vengaba así de su derrota del 13 de junio de 1849. Parecía como si sólo se hubiese retirado del campo de batalla en el momento de peligro para volver a pisarlo, con una masa mayor de fuerzas combativas y con una consigna de guerra más audaz, al presentarse la ocasión propicia. Una circunstancia parecía aumentar el peligro de esta victoria electoral. El ejército votó en París por el insurrecto de Junio, contra Lahitte, un ministro de Bonaparte, y en los departamentos votó en gran parte por los "montañeses", que también aquí, aunque no de un modo tan decisivo como en París, afirmaron la supremacía sobre sus adversarios.

Bonaparte vióse, de pronto, colocado otra vez frente a la revolución. Lo mismo que el 29 de enero de 1849, lo mismo que el 13 de junio de 1849, el 10 de marzo de 1850 desapareció detrás del partido del orden. Se inclinó, pidió pusilánimemente perdón, se brindó a nombrar cualquier ministerio que la mayoría parlamentaria ordenase, suplicó incluso a los jefes de partido, orleanistas y legitimistas, a los Thiers, a los Berryer, a los Broglie, a los Molé, en una palabra, a los llamados burgraves47 a que empuñasen ellos mismos el timón del Estado. El partido del orden no supo aprovechar este momento único. En vez de apoderarse audazmente del Poder que le ofrecían, no obligó siquiera a Bonaparte a reponer el ministerio destituido el 1 de noviembre; se contentó con humillarle mediante el perdón y con incorporar al ministerio d'Hautpoul al señor Baroche. Este Baroche había vomitado furia como acusador publico, una vez contra los revolucionarios del 15 de mayo y otra vez contra los demócratas del 13 de junio, ante el Tribunal Supremo del Bourges, ambas veces por atentado contra la Asamblea Nacional. Ninguno de los ministros de Bonaparte había de contribuir más a desprestigiar a la Asamblea Nacional, y después del 2 de diciembre de 1851 le volvemos a encontrar, bien instalado y espléndidamente retribuido, de vicepresidente del Senado. Había escupido en la sopa de los revolucionarios, para que luego se la comiese Bonaparte.

Por su parte, el partido socialdemócrata sólo parecía acechar pretextos para poner de nuevo en tela de juicio su propia victoria y mellarla. Vidal, uno de los diputados recién elegidos en París, había salido elegido también por Estrasburgo. Le convencieron de que rechazase el acta de París y optase por la de Estrasburgo. Por tanto, en vez de dar a su victoria sobre el terreno electoral un carácter definitivo, obligando con ello al partido del orden a discutírsela inmediatamente en el parlamento; en vez de empujar así al adversario a la lucha en el momento de entusiasmo popular y aprovechando el estado de espíritu favorable del ejército, el partido democrático aburrió a París durante los meses de marzo y abril con una nueva campaña de agitación electoral, dejó que las pasiones populares excitadas se extenuasen en este nuevo juego de escrutinio provisional, que la energía revolucionaria se saciase con éxitos constitucionales, se gastase en pequeñas intrigas, hueras declamaciones y movimientos aparentes, que la burguesía se concentrase y tomase sus medidas, y, finalmente, que la significación de las elecciones de marzo encontrase, en la votación parcial de abril, con la elección de Eugene Sue, un comentario sentimental suavizador. En una palabra, le hizo al 10 de marzo una broma de 11 de abril.

La mayoría parlamentaria comprendió la debilidad de su adversario. Sus diecisiete burgraves -pues Bonaparte les había entregado la dirección y la responsabilidad del ataque- elaboraron una nueva ley electoral, cuyo proyecto se confió al señor Faucher, quien recabó para sí este honor. La ley fue presentada por él el 8 de mayo; en ella, se abolía el sufragio universal, se imponía como condición que el elector llevase tres años domiciliado en el punto electoral, y, finalmente, a los obreros se les condicionaba la prueba de este domicilio al testimonio de su patrono.

Toda la excitación y toda la furia revolucionarias de los demócratas durante la lucha constitucional de las elecciones se convirtieron en prédicas constitucionales, recomendando, ahora que se trataba de probar con las armas en la mano que aquellos triunfos electorales habían ido en serio: orden, calma mayestática (calme majestueux), actitud legal, es decir, sumisión ciega a la voluntad de la contrarrevolución, que se imponía insolentemente como ley.

Durante el debate, la Montaña avergonzó al partido del orden, haciendo valer contra su pasión revolucionaria la actitud desapasionada del hombre de bien que no se sale del terreno legal y fulminándole con el espantoso reproche de que se comportaba revolucionariamente. Hasta los diputados recién elegidos se esforzaron en demostrar, con su actitud correcta y reflexiva, cuán ignorantes eran quienes los denigraban como anarquistas e interpretaban su elección como una victoria revolucionaria. El 31 de mayo fue aprobada la nueva ley electoral. La Montaña se contentó con meter de contrabando una protesta en el bolsillo del presidente. A la ley electoral siguió una nueva ley de prensa, con la que quedaba suprimida de raíz toda la prensa diaria revolucionaria48. Era la suerte que se había merecido. El National y La Presse49, dos órganos burgueses, quedaron después de este diluvio como la avanzada más extrema de la revolución.

Veíamos cómo los jefes democráticos hicieron, durante los meses de marzo y abril, todo lo posible por embarcar al pueblo de París en una lucha ficticia y cómo después del 8 de mayo hicieron todo lo posible por contenerlo de la lucha real. No debemos, además, olvidar que el año 1850 fue uno de los años más brillantes de prosperidad industrial y comercial, y que, por tanto, el proletariado de París tenía trabajo en su totalidad. Pero la ley electoral del 31 de mayo de 1850 le apartaba de toda intervención en el Poder político. Lo aislaba hasta del propio campo de la lucha. Volvía a precipitar a los obreros a la situación de parias en que vivían antes de la revolución de Febrero. Al dejarse guiar por los demócratas frente a este acontecimiento y al olvidar el interés revolucionario de su clase ante un bienestar momentáneo, renunciaron al honor de ser una potencia conquistadora, se sometieron a su suerte, demostraron que la derrota de Junio de 1848 los había incapacitado para luchar durante muchos años y que, por el momento, el proceso histórico tenía que pasar de nuevo sobre sus cabezas. En cuanto a la democracia pequeño burguesa, que el 13 de junio había gritado: "¡Ah, pero si tocan al sufragio universal, ah, entonces!", se consolaba ahora pensando que el golpe contrarrevolucionario que había descargado sobre ella no era tal golpe y que la ley de 31 de mayo no era tal ley.

El segundo domingo de mayo de 1852, todo francés comparecerá en el palenque electoral, empuñando en una mano la papeleta de voto y en la otra la espada. Esta profecía le sirve de satisfacción. Finalmente, el ejército volvió a ser castigado por sus superiores por las elecciones de marzo y abril de 1850, como lo había sido por las del 28 de mayo de 1849. Pero esta vez se dijo resueltamente:

"¡La revolución no nos engañará por tercera vez!"

La ley de 31 de mayo de 1850 era el coup d'état de la burguesía. Todas las conquistas anteriores hechas por ella contra la revolución tenían un carácter meramente provisional. Tan pronto como la Asamblea Nacional en funciones se retiraba de la escena, comenzaban a ser dudosas. Dependían del azar de unas nuevas elecciones generales, y la historia de las elecciones desde 1848 probaba irrefutablemente que en la misma proporción en que se desarrollaba el poder real de la burguesía, ésta iba perdiendo su poder moral sobre las masas del pueblo. El 10 de marzo, el sufragio universal se pronunció directamente en contra de la dominación de la burguesía; la burguesía contestó proscribiendo el sufragio universal. La ley de 31 de mayo era, pues, una de las necesidades impuestas por la lucha de clases. Por otra parte, la Constitución exigía, para que la elección del presidente de la República fuese válida, un mínimo de dos millones de votos. Si ninguno de los candidatos a la presidencia obtenía esta votación mínima, la Asamblea Nacional debería elegir al presidente entre los tres candidatos que obtuviesen mas votos. Cuando la Constituyente dictó esta ley, había en el censo electoral diez millones de electores. Es decir, que a juicio de ella bastaba con los votos de una quinta parte del censo para que la elección del presidente fuese válida. La ley de 31 de mayo suprimió del censo electoral, por lo menos, tres millones de electores, redujo el número de éstos a siete millones y mantuvo, no obstante, la cifra mínima de dos millones para la elección de presidente. Por tanto, elevó el mínimo legal de una quinta parte a casi un tercio del censo; es decir, hizo todo lo posible por escamotear la elección de presidente de manos del pueblo, entregándola a manos de la Asamblea Nacional. Por donde el partido del orden parecía haber consolidado doblemente su dominación con la ley de 31 de mayo, al entregar la elección de la Asamblea Nacional y la del presidente de la república al arbitrio de la parte más estacionaria de la sociedad.

 

V

Después de superarse la crisis revolucionaria y abolirse el sufragio universal, estalló inmediatamente una nueva lucha entre la Asamblea Nacional y Bonaparte.

La Constitución había fijado el sueldo de Bonaparte en 600.000 francos. No había pasado medio año desde su instalación, cuando consiguió elevar esta suma al doble. Odilon Barrot arrancó a la Asamblea Nacional Constituyente un suplemento anual de 600.000 francos para los llamados gastos de representación.

Después del 13 de junio, Bonaparte había expresado otra demanda igual, sin que esta vez Barrot le escuchase. Ahora, después del 31 de mayo, se aprovechó inmediatamente del momento favorable e hizo que sus ministros propusiesen a la Asamblea Nacional una lista civil de tres millones. Una larga y aventurera vida de vagabundo le había dotado de los tentáculos más perfectos para tantear los momentos propicios en que podía sacar dinero a sus burgueses. Era un chantaje en toda regla. La Asamblea Nacional había deshonrado la soberanía del pueblo con su ayuda y su connivencia. La amenazó con denunciar su delito ante el tribunal del pueblo si no aflojaba la bolsa y compraba su silencio con tres millones al año. La Asamblea Nacional había robado el voto a tres millones de franceses.

Bonaparte exigía por cada francés políticamente desvalorizado un franco en moneda circulante, lo que hacía un total exacto de tres millones de francos. El elegido por seis millones de electores reclama una indemnización por los votos que le han estafado después de su elección. La comisión de la Asamblea Nacional rechazó al importuno. La prensa bonapartista amenazó. ¿Podía la Asamblea Nacional romper con el presidente de la República, en un momento en que había roto fundamental y definitivamente con la masa de la nación? Por eso, aun denegando la lista civil anual, concedió por una sola vez un suplemento de 2.160.000 francos. Con ello, hacíase reo de una doble debilidad: la de conceder el dinero y la de revelar al mismo tiempo, con su irritación, que lo concedía de mala gana. Más adelante veremos para qué necesitaba Bonaparte este dinero. Tras este molesto epílogo que siguió a la supresión del sufragio universal, pisándole los talones, y en el que Bonaparte cambió la humilde actitud que adoptara durante la crisis de marzo y abril con un retador cinismo frente al parlamento usurpador, la Asamblea Nacional suspendió sus sesiones por tres meses, desde el 11 de agosto hasta el 11 de noviembre. Dejó en su lugar una comisión permanente de 28 miembros, en la que no entraba ningún bonapartista, pero sí en cambio algunos republicanos moderados. En la comisión permanente de 1849 no había más que hombres de orden y bonapartistas. Pero entonces el partido del orden se declaraba permanentemente en contra de la revolución. Ahora, la república parlamentaria se declaraba permanentemente en contra del presidente. Después de la ley de 31 de mayo, el partido del orden ya no tenía enfrente más que este rival.

Cuando la Asamblea Nacional volvió a reunirse en noviembre de 1850, parecía inevitable que estallase, en vez de sus escaramuzas anteriores con el presidente, una gran lucha implacable, una lucha a vida o muerte entre los dos poderes.

Lo mismo que en 1849, durante las vacaciones parlamentarias de este año, el partido del orden se había dispersado en sus distintas fracciones, cada cual ocupada con sus propias intrigas restauradoras, a las que la muerte de Luis Felipe daba nuevo pábulo. El rey de los legitimistas, Enrique V, había llegado incluso a nombrar un ministerio formal, que residía en París y del que formaban parte miembros de la comisión permanente. Bonaparte quedaba, pues, autorizado para emprender a su vez giras por los departamentos franceses y dejar escapar, recatada o abiertamente, según el estado de ánimo de la ciudad a la que regalaba con su presencia, sus propios planes de restauración, reclutando votos para sí. En estas giras, que el gran Moniteur50 oficial y los pequeños Moniteurs privados de Bonaparte, tenían, naturalmente, que celebrar como cruzadas triunfales, le acompañaban constantemente afiliados de la Sociedad del 10 de Diciembre. Esta sociedad data del año 1849. Bajo el pretexto de crear una sociedad de beneficencia, se organizó al lumpemproletariado de París en secciones secretas, cada una de ellas dirigida por agentes bonapartistas y un general bonapartista a la cabeza de todas. Junto a roués ( Libertinos) arruinados, con equívocos medios de equívoca procedencia, junto a vástagos degenerados y aventureros de la burguesía, vagabundos, licenciados de tropa, licenciados de presidio, esclavos huidos de galeras, timadores, saltimbanquis, lazzaroni, carteristas y rateros, jugadores, maquereaux (Alcahuetes), dueños de burdeles, mozos de cuerda, escritorzuelos, organilleros, traperos, afiladores, caldereros, mendigos; en una palabra, toda esa masa informe, difusa y errante que los franceses llaman la bohème; con estos elementos, tan afines a él, formó Bonaparte la solera de la Sociedad del 10 de Diciembre. "Sociedad de beneficencia" en cuanto que todos sus componentes sentían, al igual que Bonaparte, la necesidad de beneficiarse a costa de la nación trabajadora. Este Bonaparte, que se erige en jefe del lumpemproletariado, que sólo en éste encuentra reproducidos en masa los intereses que él personalmente persigue, que reconoce en esta hez, desecho y escoria de todas las clases, la única clase en la que puede apoyarse sin reservas, es el auténtico Bonaparte, el Bonaparte sans phrase(Sin ningún disfraz). Viejo roué ladino, concibe la vida histórica de los pueblos y los grandes actos de gobierno y de Estado como una comedia, en el sentido más vulgar de la palabra, como una mascarada, en que los grandes disfraces y las frases y gestos no son más que la careta para ocultar lo más mezquino y miserable. Así, en su expedición a Estrasburgo, donde un buitre suizo amaestrado desempeñó el papel de águila napoleónica Para su incursión en Boulogne, embute a unos cuantos lacayos de Londres en uniformes franceses. Ellos representan el ejército51. En su Sociedad del 10 de Diciembre, reunió a 10.000 perezosos, que habían de representar al pueblo, como Klaus Zettel (Personaje de la comedia de Shakespeare "El sueño de una noche de verano") representaba el león. En un momento en que la misma burguesía representaba la comedia más completa, pero con la mayor seriedad del mundo, sin faltar a ninguna de las pedantescas condiciones de la etiqueta dramática francesa, y ella misma obraba a medias engañada y a medias convencida de la solemnidad de sus acciones y representaciones dramáticas, tenía que vencer por fuerza el aventurero que tomase lisa y llanamente la comedia como tal comedia. Sólo después de eliminar a su solemne adversario, cuando él mismo toma en serio su papel imperial y cree representar, con su careta napoleónica, al auténtico Napoleón, sólo entonces es víctima de su propia concepción del mundo, el payaso serio que ya no toma a la historia universal por una comedia, sino su comedia por la historia universal. Lo que para los obreros socialistas habían sido los talleres nacionales y para los republicanos burgueses los gardes mobiles, era para Bonaparte la Sociedad del 10 de Diciembre: la fuerza combativa de partido propia de él. Las secciones de esa sociedad, enviadas por paquetes a las estaciones, debían improvisarle en sus viajes un público, representar el entusiasmó popular, gritar Vive l'Empereur! insultar y apalear a los republicanos, naturalmente bajo la protección de la policía. En sus viajes de regreso a París, debían formar la vanguardia, adelantarse a las contramanifestaciones o dispersarlas. La Sociedad del 10 de Diciembre le pertenecía a él, era su obra, su idea más privativa. Todo lo demás de que se apropia se lo da la fuerza de las circunstancias; en todos sus actos actúan por él las circunstancias o se limita a copiarlo de los hechos de otros. Pero el Bonaparte que se presenta en público, ante los ciudadanos, con las frases oficiales del orden, la religión, la familia, la propiedad, y detrás de él la sociedad secreta de los Schufterle y los Spiegelberg (Personajes del drama de Schiller "Los Bandidos"), la sociedad del desorden, la prostitución y el robo, es el propio Bonaparte como autor original y la historia de la Sociedad del 10 de Diciembre es su propia historia. Se había dado el caso de que representantes del pueblo pertenecientes al partido del orden habían sido apaleados por los decembristas. Más aún. El comisario de policía, Yon, adscrito a la Asamblea Nacional y encargado de la vigilancia de su seguridad, denunció a la comisión permanente, basándose en el testimonio de un tal Alais, que una sección de decembristas había acordado asesinar al general Changarnier y a Dupin, presidente de la Asamblea Nacional, estando ya elegidos los individuos encargados de ejecutar este acuerdo. Se comprenderá el terror del señor Dupin.

Parecía inevitable una investigación parlamentaria sobre la Sociedad del 10 de Diciembre, es decir, la profanación del mundo secreto bonapartista. Por eso, precisamente, antes de que volviera a reunirse la Asamblea Nacional, Bonaparte disolvió prudentemente su Sociedad, claro está que sólo sobre el papel, pues todavía a fines de 1851, el prefecto de policía Carlier, en una extensa memoria, intentaba en vano moverle a disolver realmente a los decembristas.

La Sociedad del 10 de Diciembre había de seguir siendo el ejército privado de Bonaparte mientras éste no consiguiese convertir el ejército público en una Sociedad del 10 de Diciembre. Bonaparte hizo la primera tentativa encaminada a esto poco después de suspenderse las sesiones de la Asamblea Nacional, y la hizo con el dinero que acababa de arrancarle a ésta. Como fatalista que es, abriga la convicción de que hay ciertos poderes superiores, a los que el hombre y sobre todo el soldado no se puede resistir. Entre estos poderes incluye, en primer término, los cigarros y el champán, las aves frías y el salchichón adobado con ajo.

Por eso, en los salones del Elíseo, empieza obsequiando a los oficiales y suboficiales con cigarros y champán, aves frías y salchichón adobado con ajo. El 3 de octubre repite esta maniobra con las masas de tropa en la revista de St. Maur, y el lo de octubre vuelve a repetirla en una escala todavía mayor en la revista militar de Satory. El tío se acordaba de las campañas de Alejandro en Asia, el sobrino se acuerda de la cruzada triunfal de Baco en las mismas tierras.

Alejandro era, ciertamente, un semidiós, pero Baco era un dios y, además, el dios tutelar de la Sociedad del 10 de Diciembre.

Después de la revista del 3 de octubre, la comisión permanente llamó a comparecer ante ella al ministro de la Guerra d'Hautpoul. Este prometió que no volverían a repetirse aquellas infracciones de la disciplina. Sabido es cómo Bonaparte cumplió el lo de octubre la palabra dada por d'Hautpoul. En ambas revistas había llevado el mando Changarnier, como comandante en jefe del ejército de París. Changarnier, que era a la vez miembro de la comisión permanente, jefe de la Guardia Nacional, el "salvador" del 29 de enero y del 13 de junio, el "baluarte de la sociedad", candidato del partido del orden para la dignidad presidencial, el presunto Monk de dos monarquías, no se había reconocido jamás hasta entonces subordinado al ministro de la Guerra, se había burlado siempre abiertamente de la Constitución republicana y había perseguido a Bonaparte con una alta protección equívoca. Ahora, se desvivía por la disciplina contra el ministro de la Guerra y por la Constitución contra Bonaparte.

Mientras que el 10 de octubre una parte de la caballería dejó oír el grito de Vive Napoleón! Vivent les saucissons!*, Changarnier hizo que por lo menos la infantería, que desfilaba al mando de su amigo Neumayer, guardase un silencio glacial.

Como castigo, el ministro de la Guerra, acuciado por Bonaparte, relevó al general Neumayer de su puesto en París con el pretexto de entregarle el alto mando de la 14a y la 15a división militar. Neumayer rehusó este cambio de destino y vióse obligado así a pedir el retiro. Por su parte, Changarnier publicó el 2 de noviembre una orden de plaza en la que prohibía a las tropas permitirse gritos ni ninguna clase de manifestaciones políticas estando bajo las armas. Los periódicos elíseos52 atacaron a Changarnier; los periódicos del partido del orden, a Bonaparte; la comisión permanente celebraba una sesión secreta tras otra, en las que se presentaba reiteradamente la proposición de declarar a la patria en peligro; el ejército parecía estar dividido en dos campos enemigos, con dos Estados Mayores enemigos, uno en el Elíseo, donde moraba Bonaparte, y otro en * ¡Viva Napoleón! ¡Viva el salchichón! las Tullerías, donde moraba Changarnier. Sólo parecía faltar la reanudación de las sesiones de la Asamblea Nacional para que sonase la señal de la lucha. Al público francés estos rozamientos entre Bonaparte y Changarnier le merecían el mismo juicio que a aquel periodista inglés que los caracterizó en las siguientes palabras: "Las criadas políticas de Francia barren la ardiente lava de la revolución con las viejas escobas, y se tiran del moño mientras ejecutan su faena".

Entretanto, Bonaparte se apresuró a destituir al ministro de la Guerra, d'Hautpoul, expidiéndolo precipitadamente a Argelia y nombrando para sustituirle en la cartera de ministro de la Guerra al general Schramm. El 12 de noviembre mandó a la Asamblea Nacional un mensaje de prolijidad norteamericana, recargado de detalles, oliendo a orden, ávido de reconciliación? Lleno de resignación constitucional, en el que se trataba de todo lo divino y lo humano, menos de las questions brûlantes (problemas candentes) del momento. Como de pasada, dejaba caer las palabras de que, con arreglo a las normas expresas de la Constitución, el presidente disponía por sí solo del ejército. El mensaje terminaba con estas palabras altisonantes:

"Francia exige ante todo tranquilidad… Soy el único ligado por un juramento, y me mantendré dentro de los estrictos límites que me traza… Por lo que a mí se refiere, elegido por el pueblo y no debiendo más que a éste mi poder, me someteré siempre a su voluntad legalmente expresada. Si en este período de sesiones acordáis la revisión constitucional, una Asamblea Constituyente reglamentará la posición del Poder Ejecutivo. En otro caso, el pueblo declarará solemnemente su decisión en 1852. Pero, cualesquiera que puedan ser las soluciones del porvenir, lleguemos a una inteligencia, para que jamás la pasión, la sorpresa o la violencia decidan la suerte de una gran nación…

Lo que sobre todo me preocupa no es saber quién va a gobernar a Francia en 1852, sino emplear el tiempo de que dispongo de modo que el período restante pase sin agitación y sin perturbaciones. Os he abierto sinceramente mi corazón, contestad vosotros a mi franqueza con vuestra confianza, a mi buen deseo con vuestra colaboración, y Dios se encargará del resto".

El lenguaje honesto, hipócritamente moderado, virtuosamente lleno de lugares comunes de la burguesía, descubre su más profundo sentido en labios del autócrata de la Sociedad del 10 de Diciembre y del héroe de merienda de St. Maur y Satory.

Los burgraves del partido del orden no se dejaron engañar ni un solo instante en cuanto al crédito que se podía dar a aquella efusión cordial. Acerca de los juramentos estaban ya desde hacía mucho tiempo fastidiados; entre ellos había veteranos, virtuosos del perjurio político, y el pasaje dedicado al ejército no se les pasó desapercibido. Observaron con desagrado que, en la prolija e interminable enumeración de las leyes recientemente promulgadas, el mensaje guardaba un silencio afectado acerca de la más importante de todas, la ley electoral, y más aún, que en caso de no revisión constitucional se dejaba al arbitrio del pueblo, para 1852, la elección de presidente. La ley electoral era el grillete atado a los pies del partido del orden, que le impedía andar, y no digamos lanzarse al asalto. Además, con la disolución de oficio de la Sociedad del 10 de Diciembre y la destitución del ministro de la Guerra, d'Hautpoul, Bonaparte había sacrificado por su propia mano en el altar de la patria a las víctimas propiciatorias. Quitó la espina al choque que se esperaba. Finalmente, el mismo partido del orden procuró rehuir, atenuar, disimular temerosamente todo conflicto decisivo con el Poder Ejecutivo. Por miedo a perder las conquistas hechas contra la revolución dejó que su rival cosechase los frutos de ellas.

"Francia exige ante todo tranquilidad". Así le venía gritando desde febrero* el partido del orden a la revolución, así le gritaba al partido del orden el mensaje de Bonaparte "Francia exige ante todo tranquilidad". Bonaparte cometía actos encaminados a la usurpación, pero el partido del orden provocaba "agitación" si armaba ruido en torno a estos actos y los interpretaba de un modo hipocondríaco. Los salchichones de Satory no despegaban los labios si nadie hablaba de ellos. "Francia exige ante todo tranquilidad". Es decir, Bonaparte exigía que se le dejase hacer tranquilamente, y el partido parlamentario sentíase paralizado por un doble temor: por el temor de provocar la agitación revolucionaria y por el temor de aparecer como el perturbador de la tranquilidad a los ojos de su propia clase, a los ojos de la burguesía. Por tanto, como Francia exigía ante todo tranquilidad, el partido del orden no se atrevió, después de que Bonaparte, en su mensaje, había hablado de "paz", a contestar con "guerra". El público, que ya se relamía pensando en las grandes escenas de escándalo que se iban a producir al reanudarse las sesiones de la Asamblea Nacional, vióse defraudado en sus esperanzas. Los diputados de la oposición que exigían que se presentasen las actas de la comisión permanente acerca de los acontecimientos de octubre fueron arrollados por los votos de la mayoría. Se rehuyeron por principio todos los debates que pudieran excitar los ánimos. Los trabajos de la Asamblea Nacional durante los meses de noviembre y diciembre de 1850 carecieron de interés.

Por último, hacia fines de diciembre, comenzó una guerra de guerrillas en torno a prerrogativas sueltas del parlamento. El movimiento se sumió en minucias mortificantes alrededor de las prerrogativas de ambos poderes, después que la burguesía, con la abolición del sufragio universal, se hubo desembarazado por el momento de la lucha de clases.

Se había ejecutado contra Mauguin, uno de los representantes de la nación, una sentencia judicial por deudas. A instancia del presidente del Tribunal, el ministro de Justicia, Rouher, declaró que podía dictarse sin más trámites mandato de arresto contra el deudor. Mauguin fue recluido, pues, en la cárcel de deudores. Al conocer el atentado, la Asamblea Nacional montó en cólera. No sólo ordenó que el preso fuese inmediatamente puesto en libertad, sino que aquella misma tarde mandó a su greffier (Ujier) a que le sacase por la fuerza de Clichy. Sin embargo, para testimoniar su fe en la santidad de la propiedad privada y con la segunda intención de abrir, en caso de necesidad, un asilo para "montañeses" molestos, declaró válida la prisión por deudas de representantes del pueblo, previa autorización de la Asamblea Nacional. Se olvidó de decretar que también se podría meter en la cárcel por deudas al presidente de la República. Destruyó la última apariencia de inviolabilidad que rodeaba a los miembros de su propia corporación.

Recuérdese que el comisario de policía, Yon, había denunciado, basándose en el testimonio de un tal Alais, los planes de asesinato de Dupin y Changarnier, por una sección de decembristas. Ya en la primera sesión, presentaron los cuestores en relación con esto la propuesta de crear una policía parlamentaria propia, pagada del presupuesto privado de la Asamblea Nacional e independiente en absoluto del prefecto de policía. El ministro del Interior, Baroche, había protestado contra esta ingerencia en sus atribuciones. En vista de esto se llegó a una mísera transacción, según la cual el comisario de policía de la Asamblea sería pagado de su presupuesto privado y nombrado y destituido por sus cuestores, pero de previo acuerdo con el ministro del Interior. Entretanto, Alais había sido entregado por el gobierno a los tribunales, y no fue difícil presentar sus declaraciones como falsas y proyectar, por boca del fiscal, un resplandor de ridículo sobre Dupin, Changarnier, Yon y toda la Asamblea Nacional. Ahora, el 29 de diciembre, el ministro Baroche escribe una carta a Dupin exigiendo la destitución de Yon. La Mesa de la Asamblea Nacional acuerda mantener a Yon en su puesto, pero la Asamblea Nacional, asustada de la violencia con que había procedido en el asunto Mauguin y acostumbrada a que el Poder Ejecutivo le devolviera dos golpes por cada uno que ella le asestaba, no sanciona el acuerdo. Destituye a Yon en recompensa por el celo con que le había servido y se despoja de una prerrogativa parlamentaria inexcusable contra un hombre que no decide por la noche para ejecutar por el día, sino que decide por el día y ejecuta por la noche.

Hemos visto cómo la Asamblea Nacional, durante los meses de noviembre y diciembre, rehuyó, ahogó, en grandes y decisivas ocasiones, la lucha contra el Poder Ejecutivo. Ahora la vemos obligada a aceptar esta lucha por los motivos más mezquinos. En el asunto Mauguin, confirma en principio la prisión por deudas de los representantes de la nación, pero se reserva la posibilidad de aplicarla solamente a los representantes que no le sean gratos, y regatea por este infame privilegio con el ministro de Justicia. En vez de aprovecharse del supuesto plan de asesinato para abrir una investigación sobre la Sociedad del 10 de Diciembre y desenmascarar irremisiblemente a Bonaparte ante Francia y ante Europa, presentándolo en su verdadera faz, como la cabeza del lumpemproletariado de París, deja que la colisión descienda a un punto en que ya lo único que se ventila entre ella y el ministro del Interior es quién tiene competencia para nombrar y separar a un comisario de policía. Así, vemos al partido del orden, durante todo este período, obligado por su posición equívoca, a convertir su lucha contra el Poder Ejecutivo en mezquinas discordias de competencias, minucias, leguleyerías, litigios de lindes, y a tomar como contenido de sus actividades las más insípidas cuestiones de forma. No se atreve a afrontar el choque en el momento en que éste tiene una significación de principio, en que el Poder Ejecutivo se ha comprometido realmente y en que la causa de la Asamblea Nacional sería la causa de toda la nación. Con ello daría a la nación una orden de marcha, y nada teme tanto como el que la nación se mueva. Por eso, en estas ocasiones, desecha las proposiciones de la Montaña y pasa al orden del día. Después de abandonarse así la cuestión litigiosa en sus grandes dimensiones, el Poder Ejecutivo espera tranquilamente el momento en que pueda volver a plantearla por motivos fútiles e insignificantes, allí donde sólo ofrezca, por decirlo así, un interés parlamentario puramente local. Y entonces estalla la ira contenida del partido del orden, entonces rasga el telón que oculta los bastidores, entonces denuncia al presidente, entonces declara a la república en peligro; pero entonces su patetismo pierde también todo sabor y el motivo de la lucha aparece como un pretexto hipócrita e indigno de ser tomado en cuenta. La tempestad parlamentaria se convierte en una tempestad en un vaso de agua, la lucha en intriga, el choque en escándalo. Mientras la malignidad de las clases revolucionarias se ceba en la humillación de la Asamblea Nacional, pues estas clases se entusiasman por las prerrogativas parlamentarias de aquélla, tanto como ella por las libertades públicas, la burguesía fuera del parlamento no comprende cómo la burguesía de dentro del parlamento puede derrochar el tiempo en tan mezquinas querellas y comprometer la tranquilidad con tan míseras rivalidades con el presidente. La mete en confusión una estrategia que sella la paz en los momentos en que todo el mundo espera batallas y ataca en los momentos en que todo el mundo cree que se ha sellado la paz.

El 20 de diciembre, Pascal Duprat interpeló al ministro del Interior sobre la lotería de los lingotes de oro. Esta lotería era una "hija del Elíseo"53. Bonaparte la había traído al mundo con sus leales, y el prefecto de policía, Catlier, la había tomado bajo la protección oficial, a pesar de que la ley en Francia prohíbe toda clase de loterías, fuera de los sorteos hechos para fines benéficos. Siete millones de billetes por valor de un franco cada uno, y la ganancia destinada al parecer a embarcar a vagabundos de París para California. De una parte se quería que los sueños dorados desplazasen los sueños socialistas del proletariado parisino, y la tentadora perspectiva del premio gordo desplazase el derecho doctrinario al trabajo. Naturalmente, los obreros de París no reconocieron en el brillo de los lingotes de oro de California los opacos francos que les habían sacado del bolsillo con engaños. Pero, en lo fundamental, tratábase de una estafa directa. Los vagabundos que querían encontrar minas de oro californianas sin moverse de París, eran el propio Bonaparte y los caballeros comidos de deudas que formaban su Tabla redonda. Los tres millones concedidos por la Asamblea Nacional se los habían gastado ya alegremente, y había que volver a llenar la caja como fuese. En vano había abierto Bonaparte una suscripción nacional para construir las llamadas cités ouvriéres (Colonias obreras), a cuya cabeza figuraba él mismo, con una suma considerable. Los burgueses, duros de corazón, aguardaron a que desembolsase el capital suscrito, y como, naturalmente, el desembolso no se efectuó, la especulación sobre aquellos castillos socialistas en el aire se vino chabacanamente a tierra. Los lingotes de oro de California dieron mejor resultado. Bonaparte y consortes no se contentaron con embolsarse una parte del remanente de los siete millones que quedaba después de cubrir el valor de las barras sorteadas, sino que fabricaron diez, quince y hasta veinte billetes falsos del mismo número. ¡Operaciones financieras inspiradas en el espíritu de la Sociedad del 10 de Diciembre! Aquí la Asamblea Nacional no tenía enfrente al ficticio presidente de la República, sino al Bonaparte de carne y hueso. Aquí, podía cogerle en flagrante, transgrediendo no ya la Constitución, sino el Code pénal. Si ante la interpelación de Duprat pasó al orden del día, no fue solamente porque la enmienda de Girardin de declararse satisfait traía a la memoria del partido del orden su corrupción sistemática. El burgués, y sobre todo el burgués hinchado en estadista, complementa su vileza práctica con su grandilocuencia teórica. Como estadista, se convierte, al igual que el Poder del Estado que tiene enfrente, en un ser superior, al que sólo se le puede combatir de un modo superior, solemne.

Bonaparte, que precisamente como bohemio, como lumpemproletario principesco, le llevaba al truhán burgués la ventaja de que podía librar la lucha con medios rastreros, vio ahora, después de que la propia Asamblea le había ayudado a cruzar, llevándole de la mano, el suelo resbaladizo de los banquetes militares, de las revistas, de la Sociedad del 10 de Diciembre y, por último, del Código penal, llegado el momento en que podía pasar de la aparente defensiva a la ofensiva. Las pequeñas derrotas sufridas entonces por el ministro de Justicia, el ministro de la Guerra, el ministro de Marina, el ministro de Hacienda, y con las que la Asamblea Nacional hacía manifiesto su descontento gruñón, no le molestaban gran cosa. No sólo impidió que los ministros dimitiesen y reconociesen, con ello, la subordinación del Poder Ejecutivo al parlamento, sino que ahora pudo llevar ya a efecto la obra que había comenzado durante las vacaciones de la Asamblea Nacional: desgajar del parlamento el Poder militar, destituir a Changarnier.

Un periódico elíseo publicó una orden de plaza, dirigida, durante el mes de mayo, al parecer, a la primera división militar y procedente, por tanto, de Changarnier, en la que se recomendaba a los oficiales, en caso de sublevación, no dar cuartel a los traidores dentro de sus propias filas, fusilarlos inmediatamente y rehusar a la Asamblea Nacional las tropas, si ésta llegaba a requerirlas. El 3 de enero de 1851 se interpeló al gobierno acerca de esta orden de plaza. Para examinar este asunto pide primero tres meses, luego una semana y por último sólo veinticuatro horas de reflexión. La Asamblea insiste en que se dé una explicación inmediata. Changarnier se levanta y declara que aquella orden de plaza jamás ha existido. Añade que se apresurará en todo momento a atender a los requerimientos de la Asamblea Nacional y que, en caso de colisión, ésta puede contar con él. La Asamblea acoge su declaración con indescriptibles aplausos y le concede un voto de confianza. La Asamblea Nacional resigna sus poderes, decreta su propia impotencia y la omnipotencia del ejército, al colocarse bajo la protección privada de un general; pero el general se equivoca, poniendo a disposición de la Asamblea, contra Bonaparte, un poder que sólo tiene en precario del propio Bonaparte y esperando, a su vez, protección de este parlamento, de su protegido, necesitado él mismo de protección. Pero Changarnier cree en el poder misterioso de que la burguesía le ha dotado desde el 29 de enero de 1849. Se considera como el tercer Poder al lado de los otros dos Poderes del Estado. Comparte la suerte de los demás héroes, o, mejor dicho, santos de esta época, cuya grandeza consiste precisamente en la gran opinión interesada que sus partidos se forman de ellos y que quedan reducidos a figuras mediocres tan pronto como las circunstancias los invitan a hacer milagros El descreimiento es siempre el enemigo mortal de estos héroes supuestos y santos reales. De aquí su noble indignación moral contra los bromistas y burlones carentes de entusiasmo.

Aquella misma noche fueron llamados los ministros al Elíseo. Bonaparte acucia para que sea destituido Changarnier, cinco ministros se niegan a firmar la destitución, el Moniteur anuncia una crisis ministerial y la prensa del orden amenaza con la formación de un ejército parlamentario bajo el mando de Changarnier. El partido del orden tenía atribuciones constitucionales para dar este paso Le bastaba con nombrar a Changarnier presidente de la Asamblea Nacional y requerir cualquier cantidad de tropas para velar por su seguridad.

Podía hacerlo con tanta más seguridad cuanto que Changarnier se hallaba todavía realmente al frente del ejército y de la Guardia Nacional de París y sólo acechaba el momento de ser requerido en unión del ejército. La prensa bonapartista no se atrevía siquiera a poner en tela de juicio el derecho de la Asamblea Nacional a requerir directamente las tropas, escrúpulo jurídico que en aquellas circunstancias no auguraba ningún éxito. Y, si se tiene en cuenta que Bonaparte tuvo que buscar en todo París durante ocho días para encontrar por fin a dos generales -Baraguey d'Hilliers y Saint-Jean d'Angely-, que se declararan dispuestos a refrendar la destitución de Changarnier, parece lo más verosímil que el ejército hubiese respondido a la orden de la Asamblea Nacional. En cambio, es más que dudoso que el partido del orden hubiera encontrado en sus propias filas y en el parlamento el número de votos necesario para este acuerdo, si se advierte que ocho días después se separaron de él 286 votos y que la Montaña rechazó una propuesta semejante, incluso en diciembre de 1851, en la hora final de la decisión. No obstante, quizá, los burgraves hubiesen conseguido todavía ahora arrastrar a la masa de su partido a un heroísmo que consistía en sentirse seguros detrás de un bosque de bayonetas y en aceptar los servicios de un ejército que había desertado a su campo En vez de hacer esto, los señores burgraves se trasladaron al Elíseo en la noche del 6 de enero para hacer desistir a Bonaparte, mediante giros y reparos de ingeniosos estadistas, de la destitución de Changarnier. Cuando se trata de convencer a alguien, es porque se le reconoce como el dueño de la situación Bonaparte, asegurado por este paso, nombra el 12 de enero un nuevo ministerio, en el que continúan los jefes del antiguo, Fould y Baroche. Saint-Jean d'Angely es nombrado ministro de la Guerra. El Moniteur publica el decreto de destitución de Changarnier, y su mando se divide entre Baraguey d'Hilliers, al que se le asigna la primera división militar, y Perrot, que se hace cargo de la Guardia Nacional. Se le da el pasaporte al baluarte de la sociedad, y si ninguna piedra cae de los tejados, suben en cambio las cotizaciones de la Bolsa. El partido del orden, dando una repulsa al ejército, que se pone a su disposición en la persona de Changarnier, y entregándoselo así de modo irrevocable al presidente, declara que la burguesía ha perdido la vocación de gobernar. Ya no existía un gobierno parlamentario. Al perder el asidero del ejército y de la Guardia Nacional, ¿qué medio de fuerza le quedaba para afirmar a un mismo tiempo el poder usurpado del parlamento sobre el pueblo y su poder constitucional contra el presidente? Ninguno. Sólo le quedaba la apelación a estos principios inermes que él mismo había interpretado siempre como meras reglas generales y que se prescriben a otros para poder uno moverse con mayor libertad. Con la destitución de Changarnier y la entrega del poder militar a Bonaparte, termina la primera parte del período que estamos examinando, el período de la lucha entre el partido del orden y el Poder Ejecutivo. La guerra entre ambos poderes se declara ahora abiertamente, se libra abiertamente, pero cuando ya el partido del orden ha perdido sus armas y soldados. Sin ministerio, sin ejército, sin pueblo, sin opinión pública, sin ser ya, desde su ley electoral de 31 de mayo, representante de la nación soberana, sin ojos, sin oídos, sin dientes, sin nada, la Asamblea Nacional había ido convirtiéndose poco a poco en un antigua parlamento francés54, que debe entregar la iniciativa al gobierno y contentarse por su parte con gruñidos de recriminación post festum (Después de la fiesta, es decir, con retraso).

El partido del orden recibe al nuevo ministerio con una avalancha de indignación. El general Bedeau evoca en el recuerdo la benignidad de la comisión permanente durante las vacaciones y los excesivos miramientos con que había renunciado a la publicación de las actas de sus sesiones. Por su parte, el ministro del Interior insiste en la publicación de estas actas, que son ya, naturalmente, tan sosas como agua estancada, que no descubren ningún hecho nuevo y no producen el menor efecto al público hastiado. A propuesta de Rémusat, la Asamblea Nacional se retira a sus despachos y nombra un "Comité de medidas extraordinarias". París no se sale de los carriles de su orden cotidiano, con tanta mayor razón, cuanto que en este momento el comercio prospera, las manufacturas trabajan, los precios del trigo están bajos, los víveres abundan, en las cajas de ahorros ingresan todos los días cantidades nuevas. Las "medidas extraordinarias", tan estrepitosamente anunciadas por el parlamento, quedan reducidas, el 18 de enero, a un voto de censura contra los ministros, sin que se mencione siquiera el nombre del tal general Changarnier. El partido del orden vióse obligado a dar al voto este giro para asegurarse los votos de los republicanos, ya que de todas las medidas del ministerio, éstos sólo aprobaban la destitución de Changarnier, mientras que el partido del orden no podía en realidad censurar los demás actos ministeriales, dictados por él mismo.

El voto de desconfianza del 18 de enero se decidió por 415 votos contra 286. Por tanto, sólo pudo sacarse adelante mediante una coalición de los legitimistas y orleanistas extremados con los republicanos puros y la Montaña. Este voto probaba, pues, que el partido del orden no sólo había perdido el ministerio y el ejército, sino que en los conflictos con Bonaparte había perdido también su mayoría parlamentaria independiente, que un tropel de diputados había desertado de su campo por el espíritu de componendas llevado al fanatismo, por miedo a la lucha, por cansancio, por consideraciones de parentesco hacia los sueldos del Estado, especulando con las vacantes de ministros (Odilon Barrot), por ese mezquino egoísmo con que el burgués corriente se inclina siempre a sacrificar a este o al otro motivo privado el interés general de su clase. Desde el principio, los diputados bonapartistas sólo se unían al partido del orden en la lucha contra la revolución. El jefe del partido católico, Montalembert, había puesto ya por entonces su influencia en el platillo de Bonaparte, pues desesperaba de la vitalidad del partido parlamentario. Finalmente, los caudillos de este partido, Thiers y Berryer, el orleanista y el legitimista, viéronse obligados a proclamarse abiertamente republicanos, a reconocer que, aunque su corazón era monárquico, su cabeza abrigaba ideas republicanas y que la república parlamentaria era la única forma posible para la dominación de toda la burguesía. De este modo se vieron obligados a estigmatizar ellos mismos ante los ojos de la clase burguesa, como una intriga tan peligrosa como descabellada, los planes de restauración que seguían urdiendo impertérritos a espaldas del parlamento.

El voto de desconfianza del 18 de enero fue un golpe contra los ministros y no contra el presidente. Pero no había sido el ministerio, sino el presidente quien había destituido a Changarnier. ¿Iba el partido del orden a formular un acta de acusación contra Bonaparte? ¿Por sus veleidades de restauración? Estos no eran más que el complemento de los suyos propios. ¿Por su conspiración en las revistas militares y en la Sociedad del 10 de Diciembre? Hacía ya mucho tiempo que se habían enterrado estos temas bajo simples órdenes del día. ¿Por la destitución del héroe del 29 de enero y del 13 de junio, del hombre que en mayo de 1850 amenazaba en caso de revuelta con pegar fuego a París por los cuatro costados? Sus aliados de la Montaña y Cavaignac no le permitían siquiera sostener al caído baluarte de la sociedad mediante una manifestación oficial de condolencia. Los del partido del orden no podían discutir al presidente la facultad constitucional de destituir a un general. Sólo se enfurecían porque había hecho un uso no parlamentario de su derecho constitucional. ¿No habían hecho ellos constantemente un uso inconstitucional de sus prerrogativas parlamentarias, sobre todo al abolir el sufragio universal? Estaban obligados, pues, a moverse estrictamente dentro de los límites parlamentarios. Y hacía falta padecer aquella peculiar enfermedad que desde 1848 viene haciendo estragos en todo el continente, el cretinismo parlamentario, enfermedad, que aprisiona como por encantamiento a los contagiados en un mundo imaginario, privándoles de todo sentido, de toda memoria, de toda comprensión del rudo mundo exterior; hacía falta padecer este cretinismo parlamentario, para que quienes habían por sus propias manos destruido y tenían necesariamente que destruir, en su lucha con otras clases, todas las condiciones del poder parlamentario, considerasen todavía como triunfos sus triunfos parlamentarios y creyesen dar en el blanco del presidente cuando disparaban contra sus ministros. No hacían más que darle una ocasión para humillar nuevamente a la Asamblea Nacional a los ojos de la nación. El 20 de enero, el Moniteur anunció que había sido aceptada la dimisión de todo el ministerio. Bajo el pretexto de que ningún partido parlamentario tenía ya la mayoría, como lo demostraba el voto del 18 de enero, fruto de la coalición entre la Montaña y los monárquicos, y esperando a la formación de una nueva mayoría, Bonaparte nombró un llamado ministerio-puente, en el que no figuraba ningún diputado y en el que todos sus componentes eran individuos completamente desconocidos e insignificantes, un ministerio de simples recaderos y escribientes. El partido del orden podía ahora desgastarse en el juego con estas marionetas; el Poder Ejecutivo no creyó que valía siquiera la pena de estar seriamente representado en la Asamblea Nacional. Cuanto más simples coristas fuesen sus ministros, más visiblemente concentraba Bonaparte en su persona todo el Poder Ejecutivo, mayor margen de libertad tenía para explotarlo al servicio de sus fines.

El partido del orden, coligado con la Montaña, se vengó desechando la dotación presidencial de 1.800.000 francos que el jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre había obligado a sus recaderos ministeriales a presentar. Esta vez, la votación se decidió por una mayoría de sólo 102 votos; es decir que desde el 18 de enero habían vuelto a desertar 27 votos; la descomposición del partido del orden seguía su curso. Al mismo tiempo, para que en ningún momento pudiera caber engaño acerca del sentido de su coalición con la Montaña, no se dignó tomar siquiera en consideración una proposición encaminada a la amnistía general-de los delincuentes políticos, firmada por 189 diputados de la Montaña.

Bastó con que el ministro del Interior, un tal Vaisse, declarase que el orden sólo era aparente, que reinaba gran agitación secreta, que sociedades omnipresentes se organizaban secretamente, que los periódicos democráticos se preparaban para reaparecer, que los informes de las provincias eran desfavorables, que los emigrados de Ginebra tendían, a través de Lyon, una conspiración por todo el sur de Francia, que Francia estaba al borde de una crisis industrial y comercial, que los fabricantes de Roubaix habían reducido la jornada de trabajo, que los presos de Belle-Isle55 se habían sublevado; bastó con que hasta un Vaïsse conjurase el espectro rojo, para que el partido del orden rechazase, sin discutirla siquiera, una proposición que habría valido a la Asamblea Nacional una enorme popularidad y habría obligado a Bonaparte a echarse de nuevo en sus brazos. En vez de dejarse intimidar por el Poder Ejecutivo con la perspectiva de nuevos desórdenes, habría debido, por el contrario, dejar a la lucha de clases un pequeño margen, para mantener bajo su dependencia al Poder Ejecutivo. Pero no se sentía a la altura de la misión de jugar con fuego.

Entretanto, el llamado ministerio-puente fue vegetando hasta mediados de abril. Bonaparte cansó, chasqueó a la Asamblea Nacional con constantes combinaciones de nuevos ministerios Tan pronto parecía querer formar un ministerio republicano con Lamartine y Billault, como un ministerio parlamentario, con el inevitable Odilon Barrot, cuyo nombre no puede faltar nunca que hace falta un cándido, o un ministerio legitimista, con Vatimesnil y Benoist d'Azy, o un ministerio orleanista, con Maleville. Y mientras de este modo mantiene en tensión a las diversas fracciones del partido del orden unas contra otras y las atemoriza a todas con la perspectiva de un ministerio republicano y con la restauración entonces inevitable del sufragio universal, suscita en la burguesía la convicción de que sus esfuerzos sinceros por lograr un ministerio parlamentario se estrellan contra la actitud irreconciliable de las fracciones monárquicas. Pero la burguesía clamaba tanto más estentóreamente por un "gobierno fuerte", encontraba tanto más imperdonable dejar a Francia "sin administración", cuanto más parecía estar en marcha una crisis comercial general, que laboraba en las ciudades en pro del socialismo como laboraba en el campo el bajo precio ruinoso del trigo. El comercio languidecía cada día más, los brazos parados aumentaban visiblemente, en París había por lo menos 10.000 obreros sin pan; en Ruán, Mulhouse, Lyon, Roubaix, Tourcoing, Saint-Etienne, Elbeuf, etc., se paralizaban innumerables fábricas. En estas circunstancias, Bonaparte pudo atreverse a restaurar, el 11 de abril, el ministerio del 18 de enero, con los señores Rouher, Fould, Baroche, etc., reforzados por el señor León Faucher, a quien la Asamblea Constituyente, durante sus últimos días, por unanimidad, con la sola excepción de los votos de cinco ministros, había estigmatizado con un voto de desconfianza por la difusión de telegramas falsos. Por tanto, la Asamblea Nacional había conseguido el 18 de enero un triunfo sobre el ministerio, había luchado durante tres meses contra Bonaparte para que el 11 de abril Fould y Baroche pudiesen recibir en su alianza ministerial, como tercero, al puritano Faucher.

En noviembre de 1849, Bonaparte se había contentado con un ministerio no parlamentario y en enero de 1851 con un ministerio extraparlamentario ; el 11 de abril, se sintió ya lo bastante fuerte para formar un ministerio antiparlamentario, en el que se unían armónicamente los votos de desconfianza de ambas Asambleas, la Constituyente y la Legislativa, la republicana y la monárquica. Esta gradación de ministerios era el termómetro por el que el parlamento podía medir el descenso de su propio calor vital A fines de abril, éste había caído tan bajo, que Persigny pudo invitar a Changarnier, en una entrevista personal, a pasarse al campo del presidente. Le aseguró que Bonaparte consideraba completamente destruida la influencia de la Asamblea Nacional y que estaba preparada ya la proclama que había de publicarse después del coup d'etat, constantemente proyectado, pero otra vez accidentalmente aplazado. Changarnier comunicó a los caudillos del partido del orden la esquela mortuoria, pero, ¿quién cree que las picaduras de las chinches matan? Y el parlamento, con estar tan derrotado, tan descompuesto, tan corrompido, no podía resistirse a ver en el duelo con el grotesco jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre algo más que el duelo con una chinche. Pero, Bonaparte contestó al partido del orden como Agesilao al rey Agis: "Te parezco una hormiga, pero algún día seré león "

 

VI

La coalición con la Montaña y los republicanos puros, a que el partido del orden se veía condenado, en sus vanos esfuerzos por retener el poder militar y reconquistar la suprema dirección del Poder Ejecutivo, demostraba irrefutablemente que había perdido su mayoría parlamentaria propia. La mera fuerza del calendario, la manilla del reloj, dio el 28 de mayo la señal para su completa desintegración. Con el 28 de mayo comienza el último año de vida de la Asamblea Nacional. Esta tenía que decidirse ahora por seguir manteniendo intacta la Constitución o por revisarla. Pero la revisión constitucional no quería decir solamente dominación de la burguesía o de la democracia pequeño burguesa, democracia o anarquía proletaria, república parlamentaria o Bonaparte, sino que quería decir también Orleáns o Borbón. Con esto, se echó a rodar en el parlamento la manzana de la discordia, que por fuerza tenía que encender abiertamente el conflicto de intereses que dividían el partido del orden en fracciones enemigas. El partido del orden era una amalgama de sustancias sociales heterogéneas. El problema de la revisión creó la temperatura política que descompuso el producto en sus elementos originarios.

El interés de los bonapartistas por la revisión era sencillo. Para ellos, tratábase sobre todo de derogar el artículo 45, que prohibía la reelección de Bonaparte y la prórroga de sus poderes. No menos sencilla parecía la posición de los republicanos. Estos rechazaban incondicionalmente toda revisión, viendo en ella una conspiración urdida por todas partes contra la república. Y como disponía de más de la cuarta parte de los votos de la Asamblea Nacional y constitucionalmente eran necesarias las tres cuartas partes para acordar válidamente la revisión y convocar la Asamblea encargada de llevarla a cabo, les bastaba con contar sus votos para estar seguros del triunfo. Y estaban seguros de triunfar.

Frente a estas posiciones tan claras, el partido del orden se hallaba metido en inextricables contradicciones. Si rechazaba la revisión, ponía en peligro el statu quo, no dejando a Bonaparte más que una salida, la de la violencia, entregando a Francia el segundo domingo de mayo de 1852, en el momento decisivo, a la anarquía revolucionaria, con un presidente que había perdido su autoridad, con un parlamento que hacía ya mucho que no la tenía y con un pueblo que aspiraba a reconquistarla. Si votaba por la revisión constitucional, sabía que votaba en vano y que sus votos fracasarían necesariamente ante el veto constitucional de los republicanos. Si, anticonstitucionalmente, declaraba válida la simple mayoría de votos, sólo podía confiar en dominar la revolución, sometiéndose sin condiciones a las órdenes del Poder Ejecutivo y erigía a Bonaparte en dueño de la Constitución, de la revisión constitucional y del propio partido del orden. Una revisión puramente parcial, que prorrogase los poderes del presidente, abría el camino a la usurpación imperial. Una revisión general, que acortase la vida de la república, planteaba un conflicto inevitable entre las pretensiones dinásticas, pues las condiciones para una restauración borbónica y para una restauración orleanista no sólo eran distintas, sino que se excluían mutuamente.

La república parlamentaria era algo más que el terreno neutral en el que podían convivir con derechos iguales las dos fracciones de la burguesía francesa, los legitimistas y los orleanistas, la gran propiedad territorial y la industria. Era la condición inevitable para su dominación en común, la única forma de gobierno en que su interés general de clase podía someter a la par las pretensiones de sus distintas fracciones y las de las otras clases de la sociedad. Como monárquicos, volvían a caer en su antiguo antagonismo, en la lucha por la supremacía de la propiedad territorial o la del dinero, y la expresión suprema de este antagonismo, su personificación, eran sus mismos reyes, sus dinastías. De aquí la resistencia del partido del orden contra la vuelta de los Borbones.

El orleanista y diputado Creton había presentado periódicamente, en 1849, 1850, 1851, la proposición de derogar el decreto de destierro contra las familias reales. Y el parlamento daba, con la misma periodicidad, el espectáculo de una asamblea de monárquicos que se obstinaban en cerrar a sus reyes desterrados la puerta por la que podían retornar a la patria. Ricardo III había asesinado a Enrique VI con la observación de que era demasiado bueno para éste mundo y estaba mejor en el cielo. Aquellos monárquicos declaraban que Francia no merecía volver a poseer sus reyes. Obligados por la fuerza de las circunstancias, se habían convertido en republicanos y sancionaban repetidamente la decisión del pueblo que expulsaba sus reyes de Francia.

La revisión constitucional (y las circunstancias obligaban a tomarla en cuenta) ponía en tela de juicio, a la par que la república, la dominación en común de las dos fracciones de la burguesía y resucitaba de nuevo, con la posibilidad de una restauración de la monarquía, la rivalidad de intereses que ésta había representado alternativamente con preferencia, resucitaba la lucha por la supremacía de una fracción sobre la otra. Los diplomáticos del partido de orden creían poder dirimir la lucha amalgamando ambas dinastías, mediante una llamada fusión de los partidos monárquicos y de sus casas reales. La verdadera fusión de la restauración y de la monarquía de Julio era la república parlamentaria, en la que se borraban los colores orleanista y legitimista y las especies burguesas desaparecían en el burgués a secas, en el género burgués.

Pero ahora se trataba de que el orleanista se hiciese legitimista y el legitimista orleanista. Se quería que la monarquía, encarnación de su antagonismo, pasase a encarnar su unidad, que la expresión de sus intereses fraccionales exclusivos se convirtiese en expresión de su interés común de clase, que la monarquía hiciese lo que sólo podía hacer y había hecho la abolición de dos monarquías; la República. Era la piedra filosofal, en cuyo descubrimiento se quebraban la cabeza los doctores del partido del orden. ¡Como si la monarquía legítima pudiera convertirse nunca en la monarquía del burgués industrial o la monarquía burguesa en la monarquía de la aristocracia tradicional de la tierra! ¡Como si la propiedad territorial y la industria pudiesen hermanarse bajo una sola corona, cuando ésta sólo podía ceñir una cabeza, la del hermano mayor o la del menor!

¡Como si la industria pudiese avenirse nunca con la propiedad territorial, mientras ésta no se decide a hacerse industrial! Aunque Enrique V muriese mañana, el conde de París no se convertiría por ello en rey de los legitimistas, a menos que dejase de serlo de los orleanistas. Sin embargo, los filósofos de la fusión, que se engreían a medida que el problema de la revisión iba pasando al primer plano, que hicieron de la Assemblée Nationale57 su órgano diario oficial y que incluso vuelven a laborar en ese momento (febrero de 1852), buscaban la explicación de todas las dificultades en la resistencia y la rivalidad de ambas dinastías. Los intentos de reconciliar a la familia de Orleáns con Enrique V, intentos que comenzaron desde la muerte de Luis Felipe, pero que, como todas las intrigas dinásticas, solamente se representaban, en general, durante las vacaciones de la Asamblea Nacional, en los entreactos, entre bastidores, más por coquetería sentimental con la vieja superstición que como un propósito serio, se convirtieron ahora en acciones dramáticas, representadas por el partido del orden en las escena pública, en vez de representarse como antes en un teatro de aficionados. Los correos volaban de París a Venecia58, de Venecia a Claremont, de Claremont a París. El conde de Chambord lanza un manifiesto en el que "con la ayuda de todos los miembros de su familia", anuncia, no su restauración, sino la restauración "nacional". El orleanista Salvandy se echa a los pies de Enrique V. En vano los jefes legitimistas Berryet, Benoist d'Azy, Saint-Priest, se van en peregrinación a Claremont, a convencer a los Orleáns. Los fusionistas se dan cuenta demasiado tarde de que los intereses de ambas fracciones burguesas no pierden en exclusivismo ni ganan en transigencia por agudizarse bajo la forma de intereses de familia, de los intereses de dos casas reales. Aunque Enrique V reconociese al conde de París como su sucesor (único éxito que, en el mejor de los casos, podía conseguir la fusión), la casa de Orleáns no ganaba con ello ningún derecho que no le garantizase ya la falta de hijos de Enrique V y en cambio perdía todos los que le había conquistado la revolución de Julio.

Renunciaba a sus derechos originarios, a todos los títulos que, en una lucha casi secular, había ido arrancando a la rama más antigua de los Borbones, cambiaba sus prerrogativas históricas, las prerrogativas de la monarquía moderna, por las prerrogativas de su árbol genealógico. Por tanto, la fusión no era más que la abdicación voluntaria de la casa de Orleáns, su resignación legitimista, la vuelta arrepentida de la Iglesia protestante del Estado a la Iglesia católica. Una retirada que, además, no la llevaba siquiera al trono que había perdido, sino a las gradas del trono en que había nacido. Los antiguos ministros orleanistas, Guizot, Duchatel, etc., que se fueron también corriendo a Claremont, a abogar por la fusión, sólo representaban en realidad el mal sabor de boca que había dejado la revolución de Julio, la falta de fe en la monarquía burguesa y en la monarquía de los burgueses, la fe supersticiosa en la legitimidad como último amuleto contra la anarquía. Creyéndose mediadores entre los Orleáns y Borbón, sólo eran en realidad orleanistas apóstatas, y como tales los recibió el príncipe de Joinville. En cambio, el sector viable y batallador de los orleanistas, Thiers, Baze, etc., convenció con tanta mayor facilidad a la familia de Luis Felipe de que si toda restauración monárquica inmediata presuponía la fusión de ambas dinastías y ésta, a su vez, la abdicación de la casa de Orleáns, en cambio correspondía por entero a la tradición de sus antepasados el reconocer provisionalmente la república esperando a que los acontecimientos permitiesen convertir el sillón presidencial en trono. Se difundió en forma de rumor la candidatura de Joinville a la presidencia, manteniéndose en suspenso la curiosidad pública, y algunos meses más tarde, en septiembre, después de rechazarse la revisión constitucional, fue públicamente proclamada.

De este modo, no sólo había fracasado el intento de una fusión monárquica entre orleanistas y legitimistas, sino que había roto su fusión parlamentaria, su forma común republicana, volviendo a desdoblar el partido del orden en sus primitivos elementos; pero, cuanto más crecía el divorcio entre Claremont y Venecia, cuanto más se rompía su avenencia y más se iba extendiendo la agitación a favor de Joinville, más acuciantes y más serias se hacían las negociaciones entre Faucher, el ministro de Bonaparte, y los legitimistas.

La descomposición del partido del orden no se detuvo en sus elementos primitivos. Cada una de las dos grandes fracciones se descompuso a su vez de nuevo. Era como si volviesen a revivir todos los viejos matices que antiguamente se habían combatido dentro de cada uno de los dos campos, el legitimista y el orleanista; como ocurre con los infusorios secos al contacto con el agua; como si hubiesen recuperado la suficiente energía vital para formar grupos propios y antagonismos independientes. Los legitimistas veíanse transpuestos en sueños a los litigios entre las Tullerías y el Pabellón Marsan, entre Villelle y Polignac59. Los orleanistas volvían a vivir la edad de oro de los torneos entre Guizot, Molé, Broglie, Thiers y Odilon Barrot.

El sector revisionista del partido del orden, aunque discorde también en cuanto a los límites de la revisión, integrado por los legitimistas bajo Berryer y Falloux de un lado, y de otro La Rochejacquelein, y los orleanistas cansados de luchar, bajo Molé, Broglie, Montalembert y Odilon Barrot, llegó a un acuerdo con los representantes bonapartistas acerca de la siguiente vaga y amplia proposición: "Los diputados abajo firmantes, con el fin de restituir a la nación el pleno ejercicio de su soberanía, presentan la moción de que la Constitución sea revisada". Pero al mismo tiempo declaraban unánimemente, por boca de su portavoz, Tocqueville, que la Asamblea Nacional no tenía derecho a pedir la abolición de la república, que este derecho sólo correspondía a la cámara encargada de la revisión. Que, por lo demás, la Constitución sólo podía revisarse por la vía "legal ", es decir, cuando votasen por la revisión las tres cuartas partes de los votos constitucionalmente prescritas. Tras 6 días de turbulentos debates, el 19 de julio, fue rechazada, como era de prever, la revisión. Votaron a favor 446, pero en contra 278. Los orleanistas decididos, Thiers, Changarnier, etc., votaron con los republicanos y la Montaña.

La mayoría del parlamento se declaraba así en contra de la Constitución, pero ésta se declaraba, de por sí, a favor de la minoría y declaraba su acuerdo como obligatorio. Pero ¿acaso el partido del orden no había supeditado la Constitución a la mayoría parlamentaria el 31 de mayo de 1850 y el 13 de junio de 1849? ¿No descansaba toda su política anterior en la supeditación de los artículos constitucionales a los acuerdos parlamentarios de la mayoría?¿No había dejado a los demócratas y castigado en ellos la superstición bíblica por la letra de la ley? Pero en este momento la revisión constitucional no significaba más que la continuación del Poder presidencial, del mismo modo que la persistencia de la Constitución sólo significaba la destitución de Bonaparte. El parlamento se había declarado a favor de él, pero la Constitución se declaraba en contra del parlamento. Bonaparte obró, pues, en un sentido parlamentario al desgarrar la Constitución, y en un sentido constitucional al disolver el parlamento.

El parlamento había declarado a la Constitución, y con ella su propia dominación, "fuera de la mayoría", con su acuerdo había derogado la Constitución y prorrogado los poderes presidenciales, declarando al mismo tiempo que ni aquélla podía morir, ni éstos vivir mientras él mismo persistiese. Los que habían de enterrarlo estaban ya a la puerta. Mientras el parlamento discutía la revisión, Bonaparte retiró al general Baraguey d'Hilliers, que se mostraba indeciso, el mando de la primera división militar y nombró para sustituirle al general Magnan, el vencedor de Lyon, el héroe de las jornadas de Diciembre, una de sus criaturas, que ya bajo Luis Felipe se había comprometido mas o menos por él con motivo de la expedición de Boulogne.

El partido del orden demostró, con su acuerdo sobre la revisión, que no sabía ni gobernar ni servir, ni vivir ni morir, ni soportar la república ni derribarla, ni mantener la Constitución ni echarla por tierra, ni cooperar con el presidente ni romper con él. ¿De quién esperaba la solución de todas las contradicciones? Del calendario, de la marcha de los acontecimientos. Dejó de arrogarse un poder sobre éstos. Retó, por tanto, a los acontecimientos a que se impusiesen por la fuerza, retando con ello al Poder, al que, en su lucha contra el pueblo, había ido cediendo un atributo tras otro, hasta reducirse a la impotencia frente a él. Para que el jefe del Poder Ejecutivo pudiese trazar el plan de lucha contra ella con mayor desembarazo, fortalecer sus medios de ataque, elegir sus armas, consolidar sus posiciones, acordó, precisamente en este momento crítico, retirarse de la escena y aplazar sus sesiones por tres meses, del 10 de agosto al 4 de noviembre.

El partido parlamentario no sólo se había desdoblado en sus dos grandes fracciones y cada una de éstas no sólo se había subdividido, sino que el partido del orden dentro del parlamento se había divorciado del partido del orden fuera del parlamento. Los portavoces y escribas de la burguesía, su tribuna y su prensa, en una palabra, los ideólogos de la burguesía y la burguesía misma, los representantes y los representados aparecían divorciados y ya no se entendían más.

Los legitimistas de provincias, con su horizonte limitado y su ilimitado entusiasmo, acusaban a sus caudillos parlamentarios, Berryer y Falloux, de deserción al campo bonapartista y de traición contra Enrique V. Su inteligencia flordelisada creía en el pecado original, pero no en la diplomacia.

Incomparablemente más funesta y más decisiva era la ruptura de la burguesía comercial con sus políticos. Ella no reprochaba a éstos, como los legitimistas a los suyos, el haber desertado de un principio, sino, por el contrario, el aferrarse a principios ya superfluos.

Ya he apuntado más arriba que, desde la entrada de Fould en el ministerio, el sector de la burguesía comercial que se había llevado la parte del león en el gobierno de Luis Felipe, la aristocracia financiera, se había hecho bonapartista.

Fould no sólo representaba el interés de Bonaparte en la Bolsa, sino que representaba al mismo tiempo los intereses de la Bolsa cerca de Bonaparte. La posición de la aristocracia financiera la pinta del modo más palmario una cita tomada de su órgano europeo, el Economist60 de Londres. En su número de 1 de febrero de 1851, publica la siguiente correspondencia de París: "Por todas partes hemos podido comprobar que Francia exige ante todo tranquilidad. El presidente lo declara en su mensaje a la Asamblea Legislativa, la tribuna nacional le hace eco, los periódicos lo aseguran, se proclama desde el púlpito, lo demuestran la sensibilidad de los valores del Estado ante la menor perspectiva de desorden y su firmeza tan pronto como triunfa el Poder Ejecutivo".

En su número de 29 de noviembre de 1851, el Economist declara en su propio nombre: "En todas las Bolsas de Europa se reconoce ahora al presidente como el guardián del orden".

Por tanto, la aristocracia financiera condenaba la lucha parlamentaria del partido del orden contra el Poder Ejecutivo como una alteración del orden y festejaba todos los triunfos del presidente sobre los supuestos representantes de ella como un triunfo del orden. Por aristocracia financiera hay que entender aquí no sólo los grandes empresarios de los empréstitos y los especuladores en papel del Estado, cuyo interés fácilmente se comprende que coincida con el interés del Poder público. Todo el moderno negocio pecuniario, toda la economía bancaria, se halla entretejida del modo más íntimo con el crédito público. Una parte de su capital activo se invierte, necesariamente, en valores del Estado que dan réditos y son rápidamente convertibles. Sus depósitos, el capital puesto a su disposición y distribuido por ellos entre los comerciantes e industriales, afluye en parte de los dividendos de los rentistas del Estado. Si en todas las épocas la estabilidad del Poder público es el alfa y el omega para todo el mercado monetario y sus sacerdotes, ¿cómo no ha de serlo hoy, en que todo diluvio amenaza con arrastrar junto a los viejos Estados las viejas deudas del Estado?

También a la burguesía industrial, en su fanatismo por el orden, le irritaban las querellas del partido parlamentario del orden con el Poder Ejecutivo Después de su voto del 18 de enero con motivo de la destitución de Changarnier, Thiers, Anglas, Sainte-Beuve, etc., recibieron reprimendas públicas, procedentes precisamente de sus mandantes de los distritos industriales, en las que se estigmatizaba sobre todo su coalición con la Montaña como un delito de alta traición contra el orden. Si bien hemos visto que las pullas jactanciosas, las mezquinas intrigas en que se manifestaba la lucha del partido del orden contra el presidente no merecían mejor acogida, por otra parte este partido burgués, que exigía a sus representantes que dejasen pasar sin resistencia el poder militar de manos de su propio parlamento a manos de un pretendiente aventurero, no era siquiera digno-de las intrigas que se malgastaban en su interés. Demostraba que la lucha por defender su interés público, su propio interés de clase, su Poder político, no hacía más que molestarle y disgustarle como una perturbación de su negocio privado.

Durante las giras de Bonaparte, los dignatarios burgueses de las ciudades provinciales, los magistrados, los jueces comerciales, etc., le recibían en todas partes, casi sin excepción, del modo más servil, aun cuando, como hizo en Dijon, atacase sin reservas a la Asamblea Nacional y especialmente al partido del orden.

Cuando el comercio marchaba bien, como ocurría aún a comienzos de 1851, la burguesía comercial se enfurecía contra todo lo que fuese lucha parlamentaria, por miedo a que el comercio perdiese el humor. Cuando el comercio marchaba mal, como ocurría constantemente desde fines de febrero de 1851, acusaba a las luchas parlamentarias de ser la causa de la paralización y clamaba por que aquellas luchas se acallasen para que el comercio pudiera reanimarse. Los debates sobre la revisión constitucional coincidieron precisamente con esta época mala. Como aquí se trataba del ser o no ser de la forma de gobierno existente, la burguesía se sintió tanto más autorizada a reclamar a sus representantes que se pusiese fin a esta atormentadora situación provisional, y que se mantuviese el statu quo. En esto no había ninguna contradicción. Por poner fin a esta situación provisional, ella entendía precisamente su perpetuidad, el aplazar hasta un remoto porvenir el momento de tomar una decisión. El statu quo sólo podía mantenerse por dos caminos: prorrogar los poderes de Bonaparte o hacer que éste dimitiese constitucionalmente y elegir a Cavaignac. Una parte de la burguesía deseaba la segunda solución y no supo dar a sus representantes mejor consejo que callar, no tocar el punto candente. Creían que si sus representantes no hablaban, Bonaparte se abstendría de obrar. Querían un parlamento-avestruz, que escondiese la cabeza para no ser visto. Otra parte de la burguesía quería que Bonaparte, ya que estaba sentado en el sillón presidencial, continuase sentado en él, para que todo siguiese igual. Y le sublevaba que su parlamento no violase abiertamente la Constitución y abdicase sin más rodeos.

Los Consejos generales de los departamentos, representaciones provinciales de la gran burguesía, reunidos durante las vacaciones de la Asamblea Nacional, desde el 25 de agosto, se declaran casi unánimemente en pro de la revisión, es decir, en contra del parlamento y a favor de Bonaparte.

Más inequívocamente todavía que el divorcio con sus representantes parlamentarios, ponía de manifiesto la burguesía su furia contra sus representantes literarios, contra su propia prensa. Las condenas a multas inasequibles y a desvergonzadas penas de cárcel con que los jurados burgueses castigaban todo ataque de los periodistas burgueses contra los apetitos usurpadores de Bonaparte, todo intento por parte de la prensa de defender los derechos políticos de la burguesía contra el Poder ejecutivo, causaban el asombro no sólo de Francia, sino de toda Europa.

Si el partido parlamentario del orden, con sus gritos pidiendo tranquilidad, se condenaba él mismo, como ya he indicado, a la inacción, si declaraba la dominación política de la burguesía incompatible con la seguridad y la existencia de la burguesía, destruyendo por su propia mano, en la lucha contra las demás clases de la sociedad, todas las condiciones de su propio régimen, del régimen parlamentario, la masa extraparlamentaria de la burguesía, con su servilismo hacia el presidente, con sus insultos contra el parlamento, con el trato brutal a su propia prensa, empujaba a Bonaparte a oprimir, a destruir a sus oradores y sus escritores, sus políticos y sus literatos, su tribuna y su prensa, para poder así entregarse confiadamente a sus negocios privados bajo la protección de un gobierno fuerte y absoluto. Declaraba inequívocamente que ardía en deseos de deshacerse de su propia dominación política, para deshacerse de las penas y los peligros de esa dominación.

Y esta burguesía extraparlamentaria, que se había rebela do ya contra la lucha puramente parlamentaria y literaria en pro de la dominación de su propia clase y traicionado a los caudillos de esta lucha, ¡se atreve ahora a acusar a posteriori al proletariado por no haberse lanzado por ella a una lucha sangrienta, a una lucha a vida o muerte! Ella, que en todo momento sacrificó su interés general de clase, es decir, su interés político, al más mezquino y sucio interés privado, exigiendo a sus representantes este mismo sacrificio,¡se lamenta ahora de que el proletariado sacrificase a sus intereses materiales, los intereses políticos ideales de ella! Se presenta como un alma cándida a quien el proletariado, extraviado por los socialistas, no supo comprender y abandonó en el momento decisivo. Y encuentra un eco general en el mundo burgués. No me refiero, naturalmente, a los politicastros y majaderos ideológicos alemanes. Me remito, por ejemplo, al mismo "Economist", que todavía el 29 de noviembre de 1851, es decir, cuatro días antes del golpe de Estado, presentaba a Bonaparte como el "guardián del orden" y a los Thiers y Berryer como "anarquistas", y que el 27 de diciembre de 185I, cuando ya Bonaparte había reducido a la tranquilidad a aquellos anarquistas, clama acerca de la traición cometida por las "ignorantes, incultas y estúpidas masas proletarias contra el ingenio, los conocimientos, la disciplina, la influencia espiritual, los recursos intelectuales y el peso moral de las capas medias y elevadas de la sociedad". La única masa estúpida, ignorante y vil no fue nadie más que la propia masa burguesa.

Es cierto que en 185I Francia había vivido una especie de pequeña crisis comercial. A fines de febrero se puso de manifiesto la disminución de las exportaciones respecto a 1850, en marzo se resintió el comercio y se cerraron las fábricas, en abril la situación de los departamentos industriales parecía tan desesperada como después de las jornadas de Febrero, en mayo los negocios no se habían reavivado aún; todavía el 28 de junio, la cartera del Banco de Francia, con su aumento enorme de los depósitos y su descenso no menos grande de los descuentos de letras, revelaba el estancamiento de la producción; hasta mediados de octubre no volvió a producirse de nuevo una mejora progresiva en los negocios. La burguesía francesa se explicaba este estancamiento del comercio por motivos puramente políticos, por la lucha entre el parlamento y el Poder Ejecutivo, por la inestabilidad de una forma de gobierno puramente provisional, por la perspectiva intimidadora del segundo domingo de mayo de 1852. No negaré que todas estas circunstancias ejercían un efecto deprimente sobre algunas ramas industriales en París y en los departamentos. Sin embargo, esta influencia de las circunstancias políticas era una influencia meramente local y sin importancia. ¿Qué mejor prueba de esto que el hecho de que la situación del comercio comenzase a mejorar precisamente hacia mediados de octubre, en el momento en que la situación política empeoraba, en que el horizonte político se oscurecía, esperándose a cada instante que cayese un rayo del Elíseo? Por lo demás, el burgués de Francia, cuyo "ingenio, conocimientos, penetración espiritual y recursos intelectuales" no llegan más allá de su nariz, pudo dar con la nariz en la causa de su miseria comercial en todo el tiempo que duró la Exposición Industrial de Londres61. Mientras en Francia se cerraban las fábricas, en Inglaterra estallaban las bancarrotas comerciales. Mientras en abril y mayo el pánico industrial alcanzaba su apogeo en Francia, en abril y mayo el pánico comercial alcanzaba el apogeo en Inglaterra. La industria lanera inglesa sufría quebrantos como la francesa, y otro tanto ocurría con la manufactura de la seda. Y si las fábricas algodoneras inglesas seguían trabajando, no era ya con las mismas ganancias que en 1849 y 1850. No había más diferencia, sino que en Francia la crisis era industrial y en Inglaterra comercial; que, mientras en Francia las fábricas se cerraban, en Inglaterra se extendían, pero bajo condiciones más desfavorables que en los años anteriores; que en Francia la que salía peor parada era la exportación y en Inglaterra la importación. La causa común que, naturalmente, no ha de buscarse dentro de los límites del horizonte político francés, era palmaria. Los años de 1849 y 1850 fueron años de la mayor prosperidad material y de una superproducción que sólo se manifestó como tal a partir de 1851. A comienzos de este año, aún se la fomentó de un modo especial con vistas a la Exposición Industrial. Como circunstancias peculiares, hay que añadir: primero, la mala cosecha de algodón de 1850 y 1851; luego, la seguridad de una cosecha algodonera más abundante que la que se esperaba, el alza y luego la baja repentina, en una palabra, las oscilaciones de los precios del algodón. La cosecha de seda en bruto había sido todavía inferior, por lo menos en Francia, a la cifra media. Finalmente, la manufactura lanera se había extendido tanto, desde 1848, que la producción de lana no podía darle abasto, y el precio de la lana en bruto subió muy desproporcionadamente en relación con el precio de los artículos de lana. Aquí, en la materia prima de tres industrias del mercado mundial, tenemos, pues, ya triple material para un estancamiento del comercio. Prescindiendo de estas circunstancias especiales, la aparente crisis del año 1851 no era más que el alto que la superproducción y súper especulación hacen cada vez que recorren el ciclo industrial, antes de reunir todas sus fuerzas para recorrer con vertiginosidad febril la última etapa del ciclo y llegar de nuevo a su punto de partida: la crisis comercial general. En estos intervalos de la historia del comercio, estallan en Inglaterra las bancarrotas comerciales, mientras que en Francia se paraliza la industria misma, en parte obligada a retroceder por la competencia de los ingleses en todos los mercados, competencia que precisamente en esos momentos se agudiza hasta términos irresistibles, y en parte por ser una industria de lujo, que sufre preferentemente las consecuencias de todos los estancamientos de los negocios. De este modo, Francia, además de recorrer las crisis generales, recorre sus propias crisis nacionales de comercio, que, sin embargo, están mucho más determinadas y condicionadas por el estado general del mercado mundial que por las influencias locales francesas. No carecerá de interés oponer al prejuicio del burgués de Francia el juicio del burgués de Inglaterra. Una de las mayores casas de Liverpool escribe en su memoria comercial anual de 185I: "Pocos años han engañado más que en éste los pronósticos hechos al comenzar; en vez de la gran prosperidad, que se preveía casi unánimemente, resultó ser el año más decepcionante desde hace un cuarto de siglo. Esto sólo se refiere, naturalmente, a las clases mercantiles, no a las industriales. Y sin embargo, al comenzar el año había indudablemente sus razones para pensar lo contrario; las reservas de mercancías eran escasas, el capital abundante, las subsistencias baratas, estaba asegurado un otoño próspero; paz inalterada en el continente y ausencia de perturbaciones políticas o financieras en nuestro país: realmente, nunca se habían visto más libres las alas del comercio…¿A qué atribuir este resultado desfavorable? Creemos que al exceso de comercio, tanto en las importaciones como en las exportaciones. Si nuestros comerciantes no ponen por sí mismos a su actividad límites más estrechos, nada podrá sujetarnos dentro de los carriles, más que un pánico cada tres años".

Imaginémonos ahora al burgués de Francia en medio de este pánico de los negocios, con su cerebro obsesionado por el comercio, torturado, aturdido por los rumores de golpe de Estado y de restablecimiento del sufragio universal, por la lucha entre el parlamento y el Poder Ejecutivo, por la guerra de la Fronda de los orleanistas y los legitimistas, por las conspiraciones comunistas del sur de Francia y las supuestas jacqueries (Insurrecciones campesinas) de los departamentos del Nievre y del Cher, por los reclamos de los distintos candidatos a la presidencia, por las consignas chillonas de los periódicos, por las amenazas de los republicanos de defender con las armas en la mano la Constitución y el sufragio universal, por los evangelios de los héroes emigrados in partibus, que anunciaban el fin del mundo para el segundo domingo de mayo de 1852, y comprenderemos que, en medio de esta confusión indecible y estrepitosa de fusión, revisión, prórroga, Constitución, conspiración, coalición, emigración, usurpación y revolución, el burgués, jadeante, gritase como loco a su república parlamentaria: "¡Antes un final terrible que un terror sin fin!"

Bonaparte supo entender este grito. Su capacidad de comprensión se aguzó por la creciente violencia de sus acreedores, que veían en cada crepúsculo que los iba acercando al día del vencimiento, al segundo de mayo de 1852, una protesta del movimiento de los astros contra sus letras de cambio terrenales Se habían convertido en verdaderos astrólogos. La Asamblea Nacional había frustrado a Bonaparte toda esperanza en la prórroga constitucional de su Poder y la candidatura del príncipe de Joinville no consentía más vacilaciones.

Si hubo alguna vez un acontecimiento que proyectase delante de sí una sombra mucho tiempo antes de ocurrir, fue el golpe de Estado de Bonaparte. Ya el 29 de enero de 1849, cuando apenas había pasado un mes desde su elección, hizo una proposición en este sentido a Changarnier Su propio primer ministro, Odilon Barrot, había denunciado veladamente en el verano de 1849, y Thiers abiertamente en el invierno de 1850, la política del golpe de Estado. En mayo de 1851, Persigny había intentado otra vez más ganar a Changarnier para el golpe y el Messager de l'Assemblée62 había hecho públicas estas negociaciones. Los periódicos bonapartistas amenazaban con un golpe de Estado ante cada tormenta parlamentaria, y cuanto más se acercaba la crisis, más subían de tono.

En las orgías, que Bonaparte celebraba todas las noches con la swell mob (La aristocracia del hampa) de ambos sexos, en cuanto se acercaba la medianoche y las abundantes libaciones desataban las lenguas y calentaban la fantasía, se acordaba el golpe de Estado para la mañana siguiente. Se desenvainaban las espadas, tintineaban los vasos, los diputados salían volando por las ventanas y el manto imperial caía sobre los hombros de Bonaparte, hasta que la mañana siguiente ahuyentaba el fantasma, y el asombrado París se enteraba, por las vestales poco reservadas y los indiscretos paladines, del peligro de que había escapado una vez más. Durante los meses de septiembre y octubre se atropellaban los rumores sobre un coup d'état. La sombra cobraba al mismo tiempo color, como un daguerrotipo iluminado. Si se ojean las series de septiembre y octubre en las selecciones de los órganos de la prensa diaria europea, se encontrarán textualmente noticias de este tipo: "París está lleno de rumores de un golpe de Estado. Se dice que la capital se llenará de tropas durante la noche y que a la mañana siguiente aparecerán decretos disolviendo la Asamblea Nacional, declarando el departamento del Sena en estado de sitio, restaurando el sufragio universal y apelando al pueblo. Se dice que Bonaparte busca ministros para poner en práctica estos decretos ilegales". Las correspondencias que dan estas noticias terminan siempre con la palabra fatal "aplazado ". El golpe de Estado fue siempre la idea fija de Bonaparte. Con esta idea en la cabeza volvió a pisar el territorio de Francia. Hasta tal punto estaba poseído por ella, que la delataba y se le iba de la lengua a cada paso. Y era tan débil, que volvía a abandonarla también a cada paso. La sombra del golpe de Estado habíase hecho tan familiar a los parisinos como espectro, que cuando por fin se les presentó en carne y hueso no querían creer en él. No fue, pues, ni el recato discreto del jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre ni una sorpresa insospechada por la Asamblea Nacional lo que hizo que triunfase el golpe de Estado. Si triunfó, fue, a pesar de la indiscreción de aquél y a ciencia y conciencia de ésta, como resultado necesario e inevitable del proceso anterior.

El 10 de octubre, Bonaparte anunció a sus ministros su resolución de restaurar el sufragio universal; el 16 le presentaron la dimisión y el 26 conoció París la formación del ministerio Thorigny. El prefecto de policía Carlier fue sustituido al mismo tiempo por Maupas y el jefe de la primera división militar, Magnan, concentró en la capital los regimientos más seguros. El 4 de noviembre reanudó sus sesiones la Asamblea Nacional. Ya no tenía que hacer más que repetir en pocas y sucintas lecciones de repaso el curso que había acabado y probar que la habían enterrado sólo después de morir.

El primer puesto que había perdido en su lucha con el Poder Ejecutivo era el ministerio. Y no tuvo más remedio que confesar solemnemente esta pérdida, aceptando como plenamente válido el simulacro de ministerio de Thorigny. La comisión permanente había recibido con risas al señor Giraud, cuando éste se presentó en nombre de los nuevos ministros. ¡Flojo era el ministerio para medidas tan fuertes como la restauración del sufragio universal! Pero se trataba precisamente de no sacar nada adelante en el Parlamento, sino de sacarlo todo contra el Parlamento.

El mismo día en que reanudó sus sesiones, la Asamblea Nacional recibió el mensaje en que Bonaparte exigía la restauración del sufragio universal y la derogación de la ley de 31 de mayo de 1850. Sus ministros presentaron el mismo día un decreto en este sentido. La Asamblea rechazó inmediatamente la proposición de urgencia de los ministros, y el 13 de noviembre la propuesta de ley, por 355 votos contra 348. De este modo, volvió a desgarrar una vez más su mandato, volvió a confirmar una vez más que había dejado de ser la representación libremente elegida del pueblo, para convertirse en el parlamento usurpador de una clase, confesó una vez más que había cortado por su propia mano los músculos que unían la cabeza parlamentaria con el cuerpo de la nación.

Si el Poder Ejecutivo, con su propuesta de restauración del sufragio universal, apelaba de la Asamblea Nacional al pueblo, el Poder Legislativo, con su proyecto de ley sobre los cuestores, apelaba del pueblo al ejército Esta ley de los cuestores había de fijar el derecho de la Asamblea Nacional a requerir directamente el auxilio de las tropas, a crear un ejército parlamentario. Al erigir así al ejército en árbitro entre ella y el pueblo, entre ella y Bonaparte, al reconocer al ejército como Poter decisivo del Estado, tenía necesariamente que confirmar, de otra parte, que había abandonado ya desde hacía mucho tiempo su pretensión de mando sobre el ejército Cuando, en vez de requerir inmediatamente a las tropas, debatía sobre su derecho a requerirlas, revelaba la duda en su propio poder. Al rechazar la ley de los cuestores, confesaba abiertamente su impotencia. Esta ley fue desechada con una minoría de 108 votos; la Montaña decidió, por tanto, la votación Se encontraba en la situación del asno de Buridán63, no ciertamente entre dos sacos de pienso, sin saber cuál sería mejor, sino entre dos tandas de palos, sin saber cuál sería peor. De una parte, el miedo a Changarnier; de otro lado, el miedo a Bonaparte. Hay que reconocer que la situación no tenía nada de heroica.

El 18 de noviembre se propuso una enmienda a la ley sobre las elecciones municipales presentada por el partido del orden, en la que se disponía que los electores municipales no necesitarían tres años de domicilio, sino uno solo, para poder votar. La enmienda se desechó por un solo voto, pero este voto resultó inmediatamente ser un error. Escindido en sus fracciones enemigas, el partido del orden había perdido desde hacía ya mucho tiempo su mayoría parlamentaria propia. Ahora, ponía de manifiesto que en el parlamento no existía ya mayoría alguna. La Asamblea Nacional era ya incapaz para tomar acuerdos. Sus elementos atómicos ya no se mantenían unidos por ninguna fuerza de cohesión; había gastado su último hálito de vida, estaba muerta.

Finalmente, algunos días antes de la catástrofe, la masa extraparlamentaria de la burguesía había de confirmar solemnemente una vez más su ruptura con la burguesía dentro del parlamento. Thiers, que como héroe parlamentario estaba contagiado preferentemente de la enfermedad incurable del cretinismo parlamentario, había maquinado después de la muerte del parlamento una nueva intriga parlamentaria con el Consejo de Estado, una ley de responsabilidad con la que se pretendía sujetar al presidente dentro de los límites de la Constitución. Así como el 15 de septiembre, en la fiesta en que se puso la primera piedra del nuevo mercado de París, Bonaparte había fascinado a las dames des halles, a las pescaderas, como un segundo Masaniello (claro está que una de estas pescaderas valía en cuanto a fuerza efectiva, por 17 burgraves), del mismo modo que, después de presentada la ley sobre los cuestores, entusiasmaba a los tenientes obsequiados en el Elíseo, ahora, el 25 de noviembre, arrebató a la burguesía industrial, congregada en el circo para recibir de sus manos las medallas de los premios por la Exposición Industrial de Londres.

Reproduciré la parte significativa de su discurso, tomada del Journal des Débats : "Con éxitos tan inesperados, me creo autorizado a decir cuán grande sería la República Francesa si se le consintiese defender sus intereses reales y reformar sus instituciones, en vez de verse constantemente perturbada de un lado por los demagogos y de otro lado por las alucinaciones monárquicas. (Grandes, atronadores y repetidos aplausos de todas las partes del anfiteatro.) Las alucinaciones monárquicas entorpecen todo progreso y todo desarrollo industrial serio. En lugar de progreso, no hay más que lucha. Vemos a hombres que antes eran el más celoso sostén de la autoridad y de las prerrogativas reales y que hoy son partidarios de una Convención, solamente para quebrantar la autoridad nacida del sufragio universal. (Grandes y repetidos aplausos.) Vemos a hombres que han sufrido más que nadie de la revolución y la han deplorado más que nadie, provocar una nueva, sin más objeto que encadenar la voluntad de la nación… Yo os prometo tranquilidad para el porvenir, etc., etc. (Bravo, bravo, atronadores bravos.)" Así aplaude la burguesía industrial con su aclamación más servil el golpe de Estado del 2 de diciembre, la aniquilación del parlamento, el ocaso de su propia dominación, la dictadura de Bonaparte. La tempestad de aplausos del 25 de noviembre tuvo su respuesta en la tempestad de cañonazos del 4 de diciembre, y la mayoría de las bombas fueron a estallar en la casa del señor Sallandrouze, en cuya garganta habían estallado la mayoría de los vítores.

Cuando Cromwell disolvió el Parlamento Largo (Así se llamaba el parlamento inglés de la época de la revolución burguesa de Inglaterra que duró 13 años (1640-1653). En 1653 fue disuelto por Cromwell, que instauró la dictadura), se dirigió solo al centro del salón de sesiones, sacó el reloj para que aquél no viviese ni un solo minuto más del plazo que le había señalado y fue arrojando del salón a los diputados uno por uno con insultos alegres y humoristas. El 18 Brumario, Napoleón, con menos talla que su modelo, se trasladó, a pesar de todo, al Cuerpo Legislativo y le leyó, aunque con voz entrecortada, su sentencia de muerte. El segundo Bonaparte, que por lo demás se hallaba en posesión de un Poder Ejecutivo muy distinto del de Cromwell o Napoleón, no fue a buscar su modelo a los anales de la historia universal, sino a los anales de la Sociedad de 10 de Diciembre, a los anales de la jurisprudencia criminal. Roba al Banco de Francia 25 millones de francos, compra al general Magnan por un millón y a los soldados por 15 francos a cada uno y por aguardiente, se reúne a escondidas por la noche con sus cómplices, como un ladrón, hace que asalten las casas de los jefes parlamentarios más peligrosos, sacándolos de sus camas y llevándose a Cavaignac, Lamoriciere, Le Flô, Changarnier, Charras, Thiers, Baze y otros, manda ocupar las plazas principales de París y el edificio del Parlamento con tropas y pegar, al amanecer, en todos los muros, carteles estridentes proclamando la disolución de la Asamblea Nacional y del Consejo de Estado, la restauración del sufragio universal y la declaración del departamento del Sena en estado de sitio. Y poco después, inserta en el Moniteur un documento falso, según el cual influyentes hombres parlamentarios se han agrupado en torno a él en un Consejo de Estado.

El parlamento acéfalo, formado principalmente por legitimistas y orleanistas, se reúne en el edificio de la alcaldía del 10º distrito y acuerda entre gritos de "¡Viva la República!" la destitución de Bonaparte, arenga en vano a la masa boquiabierta congregada delante del edificio y, por último, custodiado por tiradores africanos, es arrastrado primero al cuartel d'Orsay y luego empaquetado en coches celulares y transportado a las cárceles de Mazas, Ham y Vincennes. Así terminaron el partido del orden, la Asamblea Legislativa y la revolución de Febrero. He aquí en breves rasgos, antes de pasar rápidamente a las conclusiones, el esquema de su historia:

I. Primer período. Del 24 de febrero al 4 de mayo de 1848. Período de Febrero. Prólogo. Espejismo de confraternización general. II. Segundo periodo. Período de constitución de la república y de la Asamblea Nacional Constituyente.

1. Del 4 de mayo al 25 de junio de 1848. Lucha de todas las clases contra el proletariado. Derrota del proletariado en las jornadas de Junio.

2. Del 25 de junio al 10 de diciembre de 1848. Dictadura de los republicanos burgueses puros. Se redacta el proyecto de Constitución. Declaración del estado de sitio en París. El 10 de diciembre se elimina la dictadura burguesa con la elección de Bonaparte para presidente.

3. Del 20 de diciembre de 1848 al 28 de mayo de 1849. Lucha de la Constituyente contra Bonaparte y el partido del orden coligado con él. Caída de la Constituyente. Derrota de la burguesía republicana.

III. Tercer período. Período de la república constitucional y de la Asamblea Nacional Legislativa.

1. Del 28 de mayo al 13 de junio de 1849. Lucha de los pequeños burgueses contra la burguesía y contra Bonaparte. Derrota de la democracia pequeño burguesa.

2. Del 13 de junio de 1849 al 31 de mayo de 1850. Dictadura parlamentaria del partido del orden. Corona su dominación con la abolición del sufragio universal, pero pierde el ministerio parlamentario.

3. Del 31 de mayo de 1850 al 2 de diciembre de 18SI. Lucha entre la burguesía parlamentaria y Bonaparte.

a) Del 31 de mayo de 1850 al 12 de enero de 1851. El parlamento pierde el alto mando sobre el ejército.

b) Del 12 de enero al 11 de abril de 1851. Sucumbe en sus tentativas por volver a adueñarse del Poder administrativo. El partido del orden pierde su mayoría parlamentaria propia. Coalición del partido del orden con los republicanos y la Montaña.

c) Del 11 de abril al 9 de octubre de 1851. Intentos de revisión, de fusión, de prórroga de poderes. El partido del orden se descompone en los elementos que lo integran. Definitiva ruptura del parlamento burgués y de la prensa burguesa con la masa de la burguesía.

d) Del 9 de octubre al 2 de diciembre de 1851. Ruptura franca entre el parlamento y el Poder Ejecutivo. El parlamento consuma su defunción y sucumbe, abandonado por su propia clase, por el ejército y por las demás clases.

Ocaso del régimen parlamentario y de la dominación burguesa. Triunfo de Bonaparte. Parodia de restauración imperial.