EL MARXISMO: UN ANTIDOGMA3

PF: ¿Cuándo y cómo se produjo tu encuentro con el marxismo?

MH: Mi encuentro teórico con el marxismo se produjo en Francia en 1964. Yo en ese momento era católica militante. Pero no fue un viraje de 180 grados como algunos han pensado. Éste venía preparándose desde 1958 o 59 cuando, como presidenta de la Acción Católica Universitaria de Santiago, buscaba junto con el resto del grupo dirigente de esa organización, y otros compañeros universitarios, la forma de comprometer más nuestra acción con las necesidades del pueblo chileno: sentíamos que teníamos que lograr hacer más efectivo el principio cristiano del amor al prójimo, no podía tratarse sólo de una acción individual. En esta búsqueda Maritain fue nuestro gran guía durante un cierto período de tiempo. Su libro Humanismo cristiano era una especie de Biblia para nosotros.

Fue dentro de este contexto que se dio nuestro primer encuentro práctico con una sociedad que estaba tomando una serie de medidas para lograr la igualdad y la justicia social que nosotros buscábamos. A mediados de 1960 pude conocer de cerca la revolución cubana. Eran los primeros meses llenos de euforia, improvisación y creatividad de una revolución triunfante que todavía no había llegado a definirse como socialista, pero que ya había adoptado una serie de medidas que habían transformado al pueblo en el verdadero protagonista del proceso y en su principal beneficiario.

PF: ¿Qué impresión te produjo entonces la revolución cubana?

MH: Si para Lenin las épocas de crisis revolucionarias conducen a que la población en forma masiva se integre a la vida política del país y a que una masa hasta entonces amorfa se transforme en una fuerza social que impulse los cambios revolucionarios, para mí la revolución cubana produjo ese efecto individual. Al contacto con este proceso revolucionario durante seis semanas, en que recorrimos la isla de punto a cabo y vibramos junto a su pueblo en sus múltiples esfuerzos por empezar a dejar atrás la desigualdad y la miseria, debo una rápida politización que asombró a mis compañeros de ruta en Chile. Desde entonces las preocupaciones políticas pasaron a un primer plano y la actividad religiosa fue relegada a un segundo plano.

Todo esto todavía muy lejos del marxismo, aunque como estudiante de la Universidad Católica tenía menos aprehensiones respecto a esta teoría que los estudiantes cristianos de la Universidad de Chile, que debían luchar en el terreno práctico por la hegemonía estudiantil universitaria contra los grupos marxistas y, en concreto, contra los comunistas. En el medio intelectual en que me movía oía constantes críticas a la teoría marxista y, por el contrario, la utopía de una vía intermedia, ni capitalista ni socialista, era para nosotros el modelo a construir.

Fue así como por un principio de honradez intelectual fue surgiendo en mí la necesidad de conocer en sus propias fuentes esa teoría que tanto se criticaba en nuestro ambiente. Y ello explica que al ir becada a Europa en el año 63 ya tuviera como meta estudiar este pensamiento en mis horas libres. Y fue un ex cura, amigo de Jacques Chonchol, historiador y militante del Partido Comunista francés, el que me puso en contacto con Louis Althusser un año después de haber llegado a Francia.

Dos textos marxistas había yo leído hasta ese momento: el librito de Politzer sobre el materialismo dialéctico, que lo único que logró fue acentuar mis aprehensiones contra el marxismo por la forma esquemática y simplista con que aborda los principales problemas filosóficos, y un texto sobre el subdesarrollo de Bettelheim que en forma muy pedagógica echaba por tierra la expandida tesis del "círculo vicioso de la miseria", que el sacerdote jesuita Veckemans nos había inculcado en Chile con una brillantez expositiva inigualable.

Luego vino la lectura de los primeros textos de Althusser -que aparecen en español traducidos por mí en el libro: La revolución teórica de Marx, en 1967-, textos que transformarían al autor, pocos meses después de ser editados, en uno de los pensadores marxistas más importantes de nuestro tiempo.

PF: ¿Por dónde empezaste a estudiar a los clásicos?

MH: Empecé a estudiar directamente El capital. Tres meses de vacaciones dedicados a un texto apasionante que, después de la lectura de Kant, me parecía un 'texto asequible, fácil de entender y que me revelaba los mecanismos profundos del funcionamiento del sistema en que vivía. Por primera vez -con la metodología obtenida en la lectura de los textos de Althusser y con las revelaciones que descubría en Marx- sentía que empezaba a tener los pies en la tierra. La angustia intelectual en que vivía en esa época se disipó completamente.

Desde entonces y durante tres fructíferos años profundicé en los clásicos marxistas: Marx, Engels, Lenin y Mao Tse-tung. Integrada a un grupo de estudios de compañeros revolucionarios de diferentes países de América Latina llegué, por mi dedicación exclusiva a estos estudios, mi vocación pedagógica y mi contacto frecuente con Althusser, a trasformarme en un puente entre este grupo y el filósofo francés. Las interrogantes surgidas de mis estudios y de estos seminarios estaban siempre presentes en nuestras conversaciones como lo estaba también la situación política concreta de Francia y del mundo. Comenzaba entonces la polémica abierta chino-soviética.

Tuve así la extraordinaria y quizá única posibilidad de establecer el más rico diálogo intelectual que jamás pude haber soñado con el pensador marxista que durante esos años había conmovido con sus planteamientos tanto a los intelectuales marxistas como a los no marxistas; las interrogantes planteadas por mis compañeros junto a mis propias interrogante s me obligaban a una búsqueda constante de respuestas. Por último, participé también en varios seminarios que realizaba un grupo de sus discípulos de la École Normale Supérieure tratando de aplicar el marxismo al estudio concreto de Francia y otros países.

Sólo la intensidad de estos estudios, la metodología correcta empleada y el gran apoyo que significó para mí este diálogo, pueden explicar cómo en tan corto tiempo -sólo tres años- pude lograr una formación sistemática y profunda, que unida a lo que yo considero mi vocación fundamental: la vocación pedagógica, desembocó en ese texto que hoy recorre las universidades y las cárceles latinoamericanas: Los conceptos elementales del materialismo histórico.

Pero también eso explica mi ignorancia respecto al pensamiento marxista contemporáneo, tanto europeo como latinoamericano. No era posible en tan escaso tiempo abarcar todo y, orientada en esto por Althusser, decidí ir directamente a los clásicos y empezar por el libro de los libros: El capital.

PF: ¿Cómo aplicas tu experiencia en Chile?

MH: Con este bagaje teórico, la traducción de dos libros de Althusser al español y mi libro sobre el materialismo histórico, llegué a Chile a finales del año 68, dispuesta a dar clases de francés para ganarme la vida y seguir trabajando en la teoría marxista al servicio de la revolución en América Latina y en mi propio país.

Grande fue mi sorpresa al constatar que la reforma universitaria llevada a cabo recientemente en la Universidad de Chile me había abierto las puertas de esa alta casa de estudios. Y en mis manos cayó la responsabilidad de elaborar el primer programa sistemático de estudios de marxismo en la Escuela de Sociología de dicha Universidad, y me transformé así en profesora de alguno de esos cursos.

Al mismo tiempo se me abrió la posibilidad de seguir investigando en estas materias en el Centro de Estudios Socio-Económicos, de la Facultad de Economía de la Universidad de Chile. Mi paso por la Universidad no fue, sin embargo, largo. Un año y medio después del triunfo de la Unidad Popular la tarea de dirigir una nueva revista política, y la única semanal de izquierda en el país, me absorbió por completo y me hizo abandonar la cátedra y la investigación universitarias por la dirección y la práctica periodística cotidiana, especialmente en el nivel de la base popular.

Sólo tuve tiempo, gracias a un sistema muy útil de fichaje de los textos marxistas estudiados, y de la abnegada ayuda de la compañera Gabriela Uribe, de escribir esa serie pedagógica de 12 libritos de teoría marxista conocida como Cuadernos de educación popular.

Ambos trabajos me resultaban apasionantes. Eran dos grandes desafíos: cómo hacer un periodismo crítico dentro de la revolución y cómo evitar que la teoría marxista se transformara en un dogma que se recita, y convertida en un instrumento de trabajo para las grandes masas.

A: Tú has mencionado al filósofo marxista francés Louis Althusser. ¿Podrías decimos qué papel atribuyes a ese pensador en el desarrollo del marxismo y en tu propia formación personal?

MH: A mi entender Althusser ha hecho un aporte fundamental en el campo teórico y éste es el habemos permitido redescubrir el marxismo. En un momento en que muchos intelectuales europeos consideraban superado el aporte teórico de Marx, Althusser nos revela que Marx no sólo es un científico más, un pensador social más, sino que a través de sus planteamientos ha provocado una verdadera revolución teórica que el propio autor y sus seguidores no parecen haber comprendido en toda su profundidad.

Althusser nos enseña no sólo que Marx no ha sido superado sino que, por el contrario, el potencial teórico de su obra ha sido subutilizado; que la ciencia de la historia descubierta por Marx nada tiene que ver con las interpretaciones dogmáticas del marxismo, dada por muchos de sus intérpretes que la consideran una ciencia acabada; que gran parte del camino está todavía por hacerse; que ser marxista no es repetir fórmulas hechas y aplicadas mecánicamente a realidades históricas concretas sino extraer de las obras de Marx aquellos instrumentos teóricos que permiten enfrentar en forma crea dora nuevas realidades.

Y en cuanto a mí, puedo decirte que yo debo mi desarrollo teórico marxista fundamentalmente a Althusser.

Sus obras me causaron tal impacto, me hicieron ver tan claramente el inmenso potencial instrumental que tenía el marxismo para resolver los problemas sociales que me inquietaban, que decidí abandonar mi carrera: soy licenciada en psicología, para dedicarme de lleno al marxismo.

Y lo primero que logró Althusser fue romper en mí el fantasma del determinismo mecanicista del marxismo. Yo era entonces -como le decía anteriormente- católica militante y mi preocupación central era el problema de la libertad del hombre; una prueba de ello es que mi memoria de tesis en psicología estuvo centrada en el tema de la fenomenología del acto libre. Su defensa de la dialéctica marxista como un fenómeno antimecanicista, donde la contradicción simple entre fuerzas productivas y relaciones de producción nada explica si se es incapaz de ver cómo ella está sobredeterminada por otras múltiples contradicciones, porque la realidad no es nunca simple sino compleja, me permitió entender que no era contradictorio afirmar a la vez que la sociedad determina el quehacer del hombre pero que éste a su vez desempeña un papel en la historia.

Algo que me impactó mucho fueron sus planteamientos acerca de la relación entre marxismo y humanismo, y la relación de esto con el problema del ateísmo. Cuando muchos interpretaron erradamente su afirmación acerca de que el marxismo es un antihumanismo teórico, pasando por alto la palabra "teórico", con lo que deformaban completamente el pensamiento del autor, acusándolo de algo que ningún marxista puede aceptar porque es contradictorio con la esencia misma de ser marxista: el ser antihumanista práctico, yo entendí perfectamente lo que quería decir, quizá porque ello estaba directamente relacionado con mi práctica teórica de ese momento. Lo que Althusser sostenía era que para servir a los hombres reales Marx no fabrica una teoría centrada en reflexiones acerca del hombre sino que busca comprender las leyes que determinan la existencia real de los hombres que viven en las sociedades. Para servir a los hombres reales Marx no habla del hombre, de la naturaleza humana, de libertad, de conciencia -habla de modo de producción, de relaciones de producción, de fuerzas productivas, es decir, de una serie de conceptos científicos que nada tienen que ver con los conceptos ideológicos del humanismo. Para poder ser humanista práctico era necesario que teóricamente Marx no fuera humanista.

Y recuerdo muy bien su reacción cuando en 1965, de regreso de un corto viaje a Polonia, le cuento sorprendida que los filósofos marxistas polacos estaban dedicados a estudiar los mismos autores que yo, como católica, había estado estudiando recientemente: Maritain, Teilhard de Chardin, Mounier, etc., todos centrados en reflexiones acerca del hombre y su papel en el mundo. Reaccionó indignado: cómo era posible que esos pensadores se dedicaran a esos estudios acerca de los problemas ideológicos del humanismo en lugar de ponerse de lleno a estudiar los problemas que surgen de la construcción del socialismo. Los problemas del hombre en el socialismo no iban a resolverse -según él- hablando del hombre -tema sobre el cual la iglesia católica tenía una ventaja de siglos sobre el marxismo- sino afrontando concreta y correctamente los difíciles problemas que surgen en la construcción de todo orden social nuevo.

Por eso también se indignaba y consideraba antimarxista el que todos los problemas actuales de la URSS fueran atribuidos al stalinismo. Reconociendo los errores personales de Stalin, lo que había que buscar -según él- para evitar la repetición futura de esos errores eran las causas económico-sociales que explican el porqué del surgimiento de ese fenómeno tan nefasto para el socialismo. No basta reconocer autocríticamente un error para poder superarlo, hay que profundizar en el conocimiento de las razones por las cuales ese error llegó a cometerse.

A estos planteamientos que marcaban una clara orientación para mi trabajo intelectual se agregaba otro que tenía estricta relación con mis creencias religiosas de entonces: su afirmación de que el marxismo, de la misma manera en que teóricamente no es un humanismo, tampoco es un ateísmo.

Aquí prefiero citar aspectos de una carta que me escribiera en agosto de 1966: [...] el ateísmo es una ideología religiosa (ateísmo como sistema teórico) y debido a ello el marxismo no es un ateísmo (en este sentido preciso) [...] El marxismo no es un ateísmo en la misma medida en que la física moderna no es una física antiaristotélica. Poco le importa a Aristóteles el mundo lunar y sublunar; las categorías de la física moderna no se definen contra, es decir, a partir de las categorías de la física aristotélica

[...] El marxismo trata la religión y el teísmo y el ateísmo de la misma manera que la física moderna trata la física aristotélica, luchando teóricamente contra ella cuando constituye un obstáculo teórico, combatiéndola ideológica y políticamente cuando constituye un obstáculo ideológico y político. Desde el punto de vista teórico, el marxismo se opone a toda pretensión teórica de la religión. Teóricamente el marxismo no es un ateísmo, es una doctrina que, en la medida en que la religión existe como obstáculo, está obligada a luchar contra ella.

Es necesario decir esto porque es la verdad. Ahora bien, hay leyes para la lucha teórica, ideológica y

política. Luchar no quiere decir matar a las personas ni forzarlas a renunciar a sus ideas. Luchar puede ser también reconocer lo que ciertas ideas aberrantes esconden de positivo [...]

Con las ideas existe, por lo tanto, una lucha sin tregua. Con lo positivo que las ideas indican, escondiéndolo, existen amplias posibilidades de entendimiento y esclarecimiento.

Hoy, cuando en los procesos revolucionarios de América central marchan juntos cristianos y marxistas, me ha parecido importante recordar sus reflexiones, que tanto me impactaron en ese momento.

Pero, sobre todo, Althusser me enseñó el método con que debía estudiar a los clásicos del marxismo. Me enseñó a "leer", a leer más allá de lo que una cita dice textualmente, a leerla en su contexto, a leer en profundidad, a deducir de lo que el autor dice, pero también de lo que no dice, su pensamiento profundo. Sólo de esta manera es posible liberarse del dogmatismo, liberarse de la repetición de citas textuales sacadas de su contexto, argumentar con razonamientos y no con recitación de textos. Sólo de esta manera se puede desarrollar creadoramente el marxismo, extrayendo de las obras de los clásicos un enorme caudal de instrumentos teóricos que serán muy útiles para el estudio de las nuevas realidades que van surgiendo. Gracias a ese método logré reconstruir, por ejemplo, el concepto de clases sociales en Marx... darle de alguna manera vida al capítulo inconcluso de El capital. En ninguna parte de su obra Marx define lo que son las clases sociales, cuando lo iba a hacer muere, pero a lo largo de toda ella están presentes los elementos teóricos que permiten darle un contenido conceptual a esa palabra clave para el marxismo.

Quiero aclarar, finalmente, que mi admiración por Althusser y mi gratitud por todo lo que significó su apoyo y amistad en mi desarrollo intelectual y personal, no significa que comparta plenamente sus planteamientos más recientes, especialmente en lo que se refiere a la Unión Soviética. No quiero ahondar en este tema porque no he tenido todavía la ocasión de expresarle a él directamente mis críticas. Pero sí quiero afirmar que considero que sus últimas posiciones no invalidan en absoluto el gran aporte que ha hecho al desarrollo de la teoría marxista.

A: ¿Podrías decimos qué persigues con tus trabajos sobre teoría marxista?

MH: La verdad es que el objetivo fundamental de mis trabajos ha sido y es de orden pedagógico. Primero pretendí hacer llegar a las amplias masas ese redescubrimiento del marxismo realizado por Althusser y un grupo de compañeros que trabajaban con él, cuyo lenguaje era muy hermético aún para los propios intelectuales; cómo hacer llegar todo eso a los trabajadores. Y luego, a medida que iba profundizando en el marxismo, cómo hacer accesible al máximo de gente todas las cosas que iba descubriendo. Es extraño perocreo estar en lo cierto al decir que existen muchos más investigadores y estudiosos del marxismo que pedagogos, pero resulta que no son los investigadores ni los estudiosos los que hacen la historia, son las masas populares con la clase obrera a la cabeza. Cómo ayudar a esas masas a desembarazarse de la ideología dominante burguesa, cómo ayudarlas a tener una posición crítica, cómo colaborar en darles instrumentos que les permitan enfrentarse a realidades nuevas y cambiantes. Los manuales clásicos de marxismo no me convencían, me parecía que la gente aprendía a recitar y no a analizar, dan la impresión de que existe respuesta hecha para todo, cuando lo que hay que hacer es construirla en cada instante. Mi esfuerzo estuvo encaminado entonces a dar instrumentos de trabajo intelectual, no respuestas hechas, y a tratar de explicar cómo se llega a esos instrumentos. Si se lee con atención mi libro: Los conceptos elementales del materialismo histórico, las grandes definiciones están siempre al final de un largo recorrido explicativo. Y esto es más claro aún en los Cuadernos de educación popular donde, por ejemplo, el concepto de fuerzas productivas, que se ha prestado a tantas simplificaciones e interpretaciones evolucionistas que nada tienen que ver con el marxismo, no aparece en el primer cuaderno, Explotados y explotadores, sino en el tercero de la actual edición actualizada y generalizada, de la editorial española Akal.

La verdad es que he sido la primera sorprendida por la gran difusión que han tenido mis libros. Nunca pensé que un texto, que estuvo inicialmente destinado a un pequeño grupo de compañeros revolucionarios, llegara a tener tal acogida, transformándose de hecho en texto de estudio de las universidades latinoamericanas.

Tampoco imaginé que los Cuadernos de educación popular, elaborados para responder a las ansias de educación política de crecientes sectores del proletariado y de los estudiantes chilenos durante el gobierno de Allende, iban a ser reproducidos y adaptados en numerosos países de América, Europa y aun de África. Creo que ello se debe a lo que decía antes, al gran vacío pedagógico que hay en el terreno del marxismo.

A: ¿Es efectivo que fuiste en algún momento maoísta?

MH: Sí, y nunca lo he negado. Cuando empieza la polémica pública en el campo socialista yo estudié tanto los textos soviéticos como los chinos al respecto y me parecieron más convincentes los argumentos chinos, especialmente en relación con su rechazo a la vía pacífica y con su afirmación de que la forma principal de debilitar al imperialismo era el triunfo de las luchas de liberación nacional en el tercer mundo.

También estudié bastante a Mao Tse-tung, me atraía su extraordinaria capacidad pedagógica; sus planteamientos acerca de la guerra y el carácter de la revolución y, especialmente, sus textos dedicados al estilo de trabajo antiburocrático, antisectario, antidogmático que debían tener los comunistas.

Pienso que aún hoy gran parte de estos textos tienen validez teórica y utilidad pedagógica y que es absurdo rechazar en forma global la obra de Mao por las desviaciones posteriores en que cayó; como lo es rechazar la mayor parte de la producción teórica de Althusser por sus últimos planteamientos políticos; o dejar de reconocer los aportes de Trotsky por su posición posterior frente a la revolución bolchevique.

Recuerdo siempre con cuánta admiración hablaba Lenin de los textos de la época revolucionaria de Kaustsky, entre ellos el que se refiere a la cuestión agraria, textos que para él no pierden validez teórica a pesar de su posterior actitud de renegado.

Dejé de ser pro-china cuando los dirigentes de ese país empezaron a plantear que la Unión Soviética era un país social-imperialista y lo colocaban en el campo de los enemigos de la revolución. Al llegar a Chile ya me había distanciado de las posiciones chinas, aunque conservaba, reconozco, un cierto antisovietismo, el que fue desapareciendo en la medida en que fui comprobando en la práctica la gran ayuda que la URSS estaba prestando a los movimientos de liberación nacional y la que de hecho había prestado a Vietnam, causa con la que todos nos solidarizábamos en ese momento. La política internacional de la China de hoy me parece absolutamente repudiable y absolutamente contradictoria con los planteamientos de Mao que yo conocí.