Capítulo II
EL IDEALISMO
I. El idealismo moral y el idealismo filosófico
Hemos visto la confusión creada por el lenguaje corriente en lo que concierne al materialismo. En la misma confusión se incurre a propósito del idealismo.
No hay que confundir, en efecto, el idealismo moral con el idealismo filosófico.
Idealismo moral
El idealismo moral consiste en consagrarse a una causa, a un ideal. Sabemos por la historia del movimiento obrero internacional cuántos revolucionarios, marxistas, se han consagrado hasta el sacrificio de su vida por un ideal moral y, sin embargo, eran adversarios de ese otro idealismo que se llama idealismo filosófico.
Idealismo filosófico
El idealismo filosófico es una doctrina que tiene como base la explicación de la materia por el espíritu.
El razonamiento es el que responde a la cuestión fundamental de la filosofía diciendo: "El pensamiento es el elemento principal, el más importante, el primero". Y el idealismo, afirmando la importancia primera del pensamiento, afirma que es él el que produce el ser, o dicho de otro modo: "el espíritu es el que produce la materia".
He aquí la primera forma del idealismo, que se ha desarrollado en las religiones afirmando que Dios, "espíritu puro", era el creador de la materia.
La religión, que ha pretendido y pretende aún permanecer fuera de las discusiones filosóficas, es por el contrario, la representación directa y lógica de la filosofía idealista.
Ahora bien, como la ciencia intervino en el transcurso de los siglos, llegó a ser necesario explicar la materia, el mundo, las cosas, de otro modo que por Dios solamente. Porque desde el siglo XV la ciencia comienza a explicar los fenómenos de la naturaleza sin tener en cuenta a Dios y prescindiendo de la hipótesis de la creación.
Para combatir mejor estas explicaciones científicas, materialistas ateas, había pues, que llevar más lejos el idealismo y hasta negar la existencia de la materia.
A eso se dedicó, a principios del siglo XVIII un obispo inglés, Berkeley, a quien se ha llamado el padre del idealismo.
II. ¿Por qué debemos estudiar el idealismo de Berkeley?
La finalidad de su sistema filosófico era, pues, destruir el materialismo, tratar de demostrarnos que la sustancia material no existe. En el prefacio de su libro Diálogos de Hylas y de Fylonus, escribe:
Si estos principios son aceptados y considerados como verdaderos, se deduce que el ateísmo y el escepticismo quedan completamente demolidos de un mismo golpe, las cuestiones oscuras, aclaradas; las dificultades casi insolubles, resueltas; y los hombres que se complacían en paradojas, vueltos al sentido común
.Así, pues, para Berkeley, lo verdadero es que la materia no existe y que es paradójico pretender lo contrario.
Vamos a ver cómo se las arregla para demostrarlo. Pero creo que no es inútil insistir en que aquellos que quieran estudiar la filosofía tomen la teoría de Berkeley en gran consideración.
Sé que pretender tales cosas hará sonreír a algunos, pero no hay que olvidar que vivimos en el siglo XV y nos beneficiamos con todos los estudios del pasado. Se verá, por otra parte, cuando estudiemos el materialismo y su historia, que los filósofos materialistas de tiempo atrás también harán sonreír.
Pero hay que saber que Diderot, que fue antes que Marx y Engels, el más grande entre los pensadores materialistas, atribuía al sistema de Berkeley cierta importancia, pues lo describe como "un sistema que, para vergüenza del espíritu humano y de la filosofía, es el más difícil de combatir, aunque sea el más absurdo de todos." (Cita de Lenin en Materialismo y Empirocriticismo, p. 16)
El mismo Lenin, en su libro, consagró numerosas páginas a la filosofía de Berkeley, y escribió:
Los filósofos idealistas más modernos no han producido contra los materialistas ningún... argumento que no pueda encontrarse en el obispo Berkeley.
He aquí la apreciación del inmaterialismo de Berkeley en un manual de historia de la filosofía difundido aún hoy en los liceos:
Teoría aún imperfecta, sin duda, pero admirable, y que debe destruir para siempre, en los espíritus filosóficos, la creencia en la existencia de una sustancia material.
Es decir, la importancia de ese razonamiento filosófico.
III. El idealismo de Berkeley
La finalidad de ese sistema consiste en demostrar que la materia no existe. Berkeley decía:
La materia no es lo que creemos, pensando que existe fuera de nuestro espíritu. Pensamos que las cosas existen porque las vemos, porque las tocamos; y como ellas nos brindan esas sensaciones, creemos en su existencia.
Pero nuestras sensaciones no son más que ideas que tenemos en nuestro espíritu. Así, pues, los objetos, que percibimos por nuestros sentidos no son otra cosa más que ideas, y las ideas no pueden existir fuera de nuestro espíritu.
Para Berkeley las cosas existen, no niega su naturaleza y su existencia, pero sólo existen en forma de sensaciones que nos las hacen conocer, y dice: "nuestras sensaciones y los objetos no son más que una sola y misma cosa".
Las cosas existen, es verdad; pero en nosotros, en nuestro espíritu, y no tienen ninguna sustancia fuera del espíritu.
Concebimos, las cosas con. ayuda de la vista; las percibimos con ayuda del tacto; el olfato nos informa sobre el olor; el sabor, sobre el gusto; el oído sobre los sonidos. Estas diferentes sensaciones nos dan ideas que, combinadas unas con otras, hacen que nosotros les demos un nombre común y las consideremos como objetos.
Se observa por ejemplo, un color, un gusto, un olor, una forma, una consistencia determinada... se reconoce este conjunto como un objeto que se designa con la palabra manzana. Otras combinaciones de sensaciones nos dan otras colecciones de ideas que constituyen lo que se llama la piedra, el árbol, el libro y los otros objetos sensibles.
Somos víctimas de ilusiones, pues, cuando creemos conocer como exteriores el mundo y las cosas, puesto que todo eso no existe más que en nuestro espíritu.
En su libro Diálogos de Hylas y de Fylonus, Berkeley nos demuestra esta tesis de la manera siguiente:
¿No es un absurdo creer que una misma cosa en un mismo momento pueda ser diferente? Por ejemplo: ¿caliente y frío en el mismo instante. Imaginad, pues, que una de nuestras manos esté caliente, la otra fría, y que ambas manos se sumerjan al mismo tiempo en un vaso lleno de agua, a una temperatura intermedia: ¿no parecerá el agua caliente para una mano, fría para la otra?
Como es absurdo creer que una misma cosa en el mismo momento pueda ser en sí misma diferente, debemos sacar la conclusión de que esta cosa no existe sino en nuestro espíritu.
¿Qué hace, pues, Berkeley en su método de razonamiento y de discusión? Despoja los objetos, las cosas, de todas sus propiedades:
¿Decís que los objetos existen porque tienen un color, un sabor, un olor, porque son grandes o pequeños, livianos o pesados? Voy a demostraros que eso no existe en los objetos sino en vuestro espíritu.
He aquí un retal de tejido: me decís que es rojo. ¿Será así con seguridad? Pensáis que el rojo está en el tejido mismo.'¿Es cierto? Sabéis que hay animales que tienen ojos diferentes de los nuestros y que no verá rojo este tejido; del mismo modo, un hombre que tenga ictericia ¡lo verá amarillo! Entonces, ¿de qué color es? ¿Decís que eso depende? El rojo no está, pues, en el tejido, sino en el ojo, en nosotros.
¿Decís que ese tejido es liviano? Dejadlo caer sobre una hormiga y lo encontrará pesado. ¿Quién tiene razón? pues ¿Pensáis que es caliente? Si tuvierais fiebre, ¡lo encontrarías frío! Entonces, ¿es caliente o frío?
En una palabra, si las mismas cosas pueden ser en el mismo instante para unos rojas, pesadas, calientes, y para otros exactamente lo contrario, es que somos víctimas de ilusiones y que las cosas sólo existen en nuestro espíritu.
Despojando los objetos de todas sus propiedades, llegamos a decir que no existen más que en nuestro pensamiento, es decir, que la materia es la idea.
Ya antes que Berkeley, los filósofos griegos decían, y era exacto, que algunas cualidades, como el sabor, el sonido no estaban en las cosas mismas, sino en nosotros.
Lo que hay de nuevo en la teoría de Berkeley es justamente que se extiende esta observación a todas las cualidades de los objetos.
Los filósofos griegos habían establecido, entre las cualidades las cosas, la distinción siguiente:
Por una parte, las cualidades primarias, es decir, las que están en los objetos, como el tamaño, el peso, la resistencia, etc.
Por otra parte las cualidades secundarias, es decir, las que están en nosotros, como el color, el sabor, el calor, etc.
Berkeley aplica a las cualidades primarias la misma tesis que a las secundarias, a saber: que las cualidades las propiedades, no están en los objetos, sino en nosotros.
Si miramos el sol, lo vemos redondo, plano, rojo. La ciencia nos enseña que nos engañarnos, que el sol no es plano, no es rojo. Hacemos abstracción, pues, por la ciencia, de ciertas falsas propiedades que atribuimos al sol, pero sin sacar, por ello, la conclusión de que no existe. Sin embargo, Berkeley llega a esa conclusión.
Berkeley no se ha equivocado demostrando que la distinción de los antiguos no resistía el análisis científico, pero incurre en una falta de razonamiento, en un sofisma, sacando, de esas observaciones, consecuencias que no se admiten. Demuestra, en efecto, que las cualidades de las cosas no son tales como las muestran nuestros sentidos, es decir, que nuestros sentidos nos engañan y deforman la realidad material, y en seguida saca la conclusión de que ¡la realidad material no existe!
IV. Consecuencias de los razonamientos "idealistas"
Como la tesis era: "Todo no existe más que en nuestro espíritu", esos razonamientos llegan a hacernos creer que el mundo exterior no existe.
Siguiendo este razonamiento hasta el extremo, llegamos a decir: "Soy el único que existe, puesto que sólo conozco a los otros hombres por mis ideas, puesto que los otros hombres sólo son para mí como los objetos materiales, confecciones de ideas". Es lo que en filosofía se llama el solipsismo (que quiere decir solo-yo-mismo).
Berkeley -nos dice Lenin en su libro ya citado- se defiende por instinto contra la acusación de sostener tal teoría. Hasta se comprueba que el solipsismo, forma extrema del idealismo, no ha sido sostenido por ningún filósofo.
Por eso debemos dedicarnos, discutiendo con los idealistas, a subrayar que los razonamientos que niegan efectivamente la materia para ser lógicos y consecuentes, deben llegar a este extremo absurdo que es el solipsismo.
V. Los argumentos idealistas
Nos hemos limitado a resumir lo más simplemente posible la teoría de Berkeley, porque es él quien ha expuesto más francamente lo que es el idealismo filosófico.
Es cierto que para comprender bien esos razonamientos, que son nuevos para nosotros, es indispensable tomarlos muy en serio y hacer un esfuerzo intelectual.
Veremos más adelante que, aunque el idealismo se presenta de una manera más oculta, cubierto con palabras y expresiones nuevas, todas las filosofías idealistas no hacen más que proseguir los argumentos del "viejo Berkeley" (Lenin)
Veremos también hasta qué punto ha podido penetrar en nosotros, a pesar de una educación enteramente laica, la filosofía idealista, que ha dominado y que domina aún la historia oficial de la Filosofía, trayendo consigo un método de pensamiento del que estamos impregnados.
Como la base de los argumentos de todas los filosofías idealistas se hallan en los razonamientos del obispo Berkeley, para resumir este capítulo vamos a tratar de descifrar cuáles son esos principales argumentos y qué tratan de demostrarnos.
1. El espíritu crea la materia.
Sabemos que esta es la respuesta idealista a la cuestión fundamental de la filosofía: es la primera forma del idealismo que se refleja en las diferencias religiosas en las que se afirma que el espíritu ha creado el mundo.
Esta afirmación puede tener dos sentidos:
O bien Dios ha creado el mundo y éste existe realmente fuera de nosotros. Es el idealismo ordinario de las teologías.
O bien Dios ha creado la ilusión del mundo, dándonos ideas que no corresponden a nada. Es el idealismo "inmaterialista" del obispo Berkeley, que quiere probarnos que el espíritu es la única realidad, pues la materia es un producto fabricado por nuestro espíritu
Por eso los idealistas que afinan:
2. El mundo no existe fuera de nuestro pensamiento
Es lo que Berkeley quiere demostrarnos afirmando que cometemos un error si atribuimos a las cosas, como propias de ellas, cualidades y propiedades que no existen más que en nuestro espíritu.
Para los idealistas, los bancos y las mesas existen, sin duda, pero sólo en nuestro pensamiento, y no fuera de nosotros, porque
3. Son nuestras ideas las que crean las cosas.
Dicho de otro modo, las cosas son el reflejo de nuestros pensamientos. En efecto, puesto que el espíritu es el que crea la ilusión de la materia, puesto que el espíritu es el que da a nuestro pensamiento la idea de la materia, puesto que las sensaciones que experimentamos ante las cosas no provienen de las cosas mismas, sino sólo de nuestro pensamiento. Pero como, para Berkeley, nuestro espíritu sería incapaz de crear por sí solo sus ideas, y por otra parte no hace lo que quiere, como ocurriría si las creara por sí mismo, hay que admitir que otro espíritu más poderoso es el que las crea. Así, pues, Dios es el que crea nuestro espíritu y nos impone todas las ideas del mundo que encontramos en él.
He aquí las principales tesis sobre las cuales se apoyan las doctrinas idealistas y las respuestas que dan a la cuestión fundamental de la filosofía. Veremos en el capítulo siguiente la respuesta de la filosofía materialista a esta cuestión y a los problemas planteados por estas tesis.