Capítulo V

¿HAY UNA TERCERA FILOSOFÍA? EL AGNOSTICISMO

 

I. ¿Por qué una tercera filosofía?

Después de estos primeros capítulos puede parecemos que, en suma, debe ser bastante fácil reconocernos en medio de estos razonamientos filosóficos, puesto que sólo dos grandes corrientes se reparten todas las teorías: el idealismo y el materialismo. Y que, además, los argumentos que concurren en favor del materialismo atraen la convicción de manera definitiva.

Parecería, pues, que después de cierto examen, hubiéramos encontrado el camino que conduce a la filosofía de la razón: el materialismo.

Pero las cosas no son tan simples. Tal vez como ya lo hemos señalado, los idealistas modernos no tienen la franqueza del obispo Berkeley. Presentan sus ideas con mucho más artificio, bajo una forma oscurecida por el empleo de una "terminología nueva", destinada a hacerlas considerar por la gente ingenua, como la filosofía "más moderna".

Hemos visto que, para responder a la cuestión fundamental de la filosofía hay dos respuestas totalmente opuestas, contradictorias e irreconciliables. Estas dos respuestas son muy claras y no permiten ninguna confusión.

Ya hacia 1710, el problema se planteaba de este modo: por una parte, los que afirmaban la existencia de la materia fuera de nuestro pensamiento, eran los materialistas, por otra, con Berkeley, los que negaban la existencia de la materia y pretendían que ésta sólo existía en nosotros, en nuestro espíritu, eran los idealistas.

Un poco más tarde, con el progreso de las ciencias, otros filósofos intervinieron tratando de balancear entre idealistas y materialistas, creando una corriente filosófica que lanza una confusión entre esas dos teorías. Esta confusión tiene su fuente en la búsqueda de una tercera filosofía.

 

II. Razonamiento de esta tercera filosofía

La base de esta filosofía, que fue elaborada después de Berkeley, consiste en sostener que es inútil tratar de conocer la naturaleza real de las cosas, pues nunca conoceremos más que las apariencias.

Por esto se llama a esta filosofía Agnosticismo (del griego a, negación y gnósticos capaz de conocer; así, pues, "incapaz de conocer").

Según los agnósticos, no se puede saber si el mundo es, en el fondo, espíritu o naturaleza. Es posible conocer la apariencia de las cosas, pero no podemos conocer su realidad.

Volvamos al ejemplo del sol. Hemos visto que no hay, como lo creían los primeros hombres, un disco plano y rojo. Ese disco no era, pues, más que una ilusión, una apariencia (la apariencia es la idea superficial que nos hacemos de las cosas, pero no es la realidad).

Por eso considerarnos que los idealistas y los materialistas distan para saber si las cosas son materia o espíritu, si esas cosas existen o no fuera de nuestro pensamiento, si nos es posible no conocerlas, los agnósticos dicen que se puede conocer la apariencia, pero jamás la realidad.

Nuestros sentidos -dicen- nos permiten ver y sentir las cosas, conocer sus aspectos exteriores, sus apariencias; esas apariencias existen, pues, para nosotros, es lo que se llama, en lenguaje filosófico, "la cosa para nosotros". Pero no podemos conocer la cosa independiente de nosotros, con su realidad que le es propia, lo que se llama "la cosa en sí".

Los idealistas y los materialistas que discuten continuamente estos temas pueden compararse con dos hombres, uno con anteojos azules, el otro rosados, que se pasearan por la nieve disputando acerca de su color. Supongamos que nunca pudieran sacarse sus anteojos. ¿Podrían conocer algún día el verdadero color de la nieve?...No. Y bien, los idealistas y los materialistas que disputan por saber cuál de los dos tiene razón llevan anteojos azules y rosados. Jamás conocerán la realidad. Tendrán un conocimiento "para ello" de la nieve "en sí misma". Tal es el razonamiento de los agnósticos.

 

III. ¿De dónde procede esta filosofía?

Los fundadores de esta filosofía fueron Hume (1711-1776), que era inglés, y Kant (1724-1804), un alemán. Los dos han tratado de conciliar el idealismo con el materialismo.

He aquí un pasaje de los razonamientos de Hume citado por Lenin en su libro Materialismo y empirocriticismo:

Se puede considerar evidente que los hombres se inclinan por instinto natural... a fiarse de sus sentidos y que, sin el menor razonamiento... suponemos siempre la existencia de un universo exterior, que no depende de nuestra percepción y que existiría aunque fuéramos aniquilados con todos los seres dotados de sensibilidad. Pero esta opinión primordial y universal es rebatida vivamente por la filosofía más superficial que nos enseña que nada más que la imagen o la percepción podrá ser accesible a nuestro espíritu que las sensaciones no son más que conductos seguidos por esas imágenes, y no están en condiciones de establecer por ellas mismas una relación directa, sea cual fuere, entre el espíritu y el objeto. La mesa que vemos parece más pequeña cuando nos alejamos; pero la mesa real que existe independientemente de nosotros no cambia; nuestro espíritu no ha percibido, pues, otra cosa más que la imagen de la mesa. Tales son las indicaciones evidentes de la razón.

Vemos que Hume admite en primer lugar la "existencia de un universo exterior" que no depende de nosotros. Pero en seguida se niega a admitir esta existencia como realidad objetiva. Para él, esta existencia no es más que una imagen, y nuestros sentidos, que comprueban esta existencia, esta imagen, son incapaces de establecer una relación, sea cual fuere, entre el espíritu y el objeto. En una palabra, vivimos en medio de las cosas como en el cine, en la pantalla del cual comprobamos la imagen de los objetos, su existencia, pero donde detrás de los objetos mismos, o sea detrás de la pantalla, no hay nada. Ahora, si se quiere saber cómo nuestro espíritu tiene conocimiento de los objetos, tal vez se deba a la energía de nuestra inteligencia, misma, o la acción de cierto espíritu invisible y desconocido, o bien a cierta causa menos conocida todavía.

 

IV. Consecuencias de esta teoría

He aquí una teoría seductora que, por otra parte, está muy difundida. Volvemos a encontrarla, con diferentes aspectos, en el transcurso de la historia, entre las teorías filosóficas y, en nuestros días, entre todos los que pretenden "permanecer neutrales y mantenerse en una reserva científica".

Debemos examinar si esos razonamientos son justos y cuáles son las consecuencias que derivan de ellos.

Si nos es verdaderamente imposible, como afirman los agnósticos, conocer la verdadera naturaleza de las cosas, y si nuestro conocimiento se limita a sus apariencias, no podemos afirmar, pues, la existencia de la realidad objetiva y no podemos saber si las cosas existen por sí mismas. Si para nosotros, por ejemplo, el autobús es una realidad objetiva, el agnóstico nos dice que de ello no está seguro. No se puede saber si ese autobús es un pensamiento o una realidad. No nos es posible sostener, pues, que nuestro pensamiento es el reflejo de las cosas. Vemos que estamos en pleno razonamiento idealista porque, entre afirmar que las cosas no existen o bien simplemente que no se puede saber si existen, la diferencia no es grande.

Hemos visto que el agnóstico distingue las "cosas para nosotros" y "las cosas en sí". El estudio de las cosas para nosotros es posible, pues es la ciencia; pero, el estudio de las cosas en sí es imposible, porque no podemos conocer lo que existe fuera de nosotros.

El resultado de ese razonamiento es el siguiente: el agnóstico acepta la ciencia; cree en ella y quiere constituirla. Y, como no se puede hacer ciencia más que con la condición de expulsar de la naturaleza toda la fuerza sobrenatural, ante la ciencia, es materialista.

Pero se apresura al negar que, como la ciencia no nos da más que apariencias, esto no quiere decir que no haya en la realidad nada más que la materia, o aun hasta que exista la materia, o que Dios no exista. La razón humana no puede saberlo, y no hay, pues, que inmiscuirse en eso. Si hay otros medios para conocer "las cosas en sí", como la fe religiosa, el agnóstico no quiere saberlo tampoco y no se reconoce el derecho de discutirlo.

Para la conducta de la vida y para la construcción de la ciencia, el agnóstico es, pues, un materialista, pero es un materialista que no se atreve a afirmar su filosofía que trata ante todo de no atraerse dificultades con los idealistas, de no entrar en lucha con las religiones. Es un "materialista vergonzante".

La consecuencia de esto es que, dudando del valor profundo de la ciencia, no viendo en ella más que ilusiones, esta tercera filosofía nos propone, por consiguiente, no conceder ninguna verdad a la ciencia y que es perfectamente inútil tratar de saber algo, tratar de hacer avanzar el progreso.

Los agnósticos dicen: antiguamente los hombre, veían el sol como un disco plano y creían que era la realidad: se entrañaban. Hoy la ciencia nos dice que el sol no es tal como lo vemos y pretende explicarlo todo. Sabemos, sin embargo, que ella se engaña a menudo, destruyendo un día lo que había construido la víspera. Error ayer, verdad hoy, pero error mañana. Así, sostienen los agnósticos, no podemos saber, no estamos seguros de nada por la razón. Y si otros medios además de la razón, como la fe religiosa, pretenden darnos certidumbres absolutas, ni siquiera la ciencia puede impedirnos creer en ellas. Disminuyendo la confianza en las ciencias, el agnosticismo prepara el retorno de las religiones.

 

V. Cómo debemos refutar este razonamiento

Hemos visto que, para probar sus afirmaciones, los materialistas se sirven no sólo de la ciencia, sino también de la experiencia que permite comprobar las ciencias. "Con el criterio de la práctica" de puede saber, se pueden conocer las cosas.

Los agnósticos nos dicen que es imposible afirmar que el mundo exterior existe o no existe.

Ahora bien, por la práctica, sabemos que el mundo y las cosas existen. Sabemos que las ideas que nos hacemos de las cosas son exactas, que las relaciones que hemos establecido entre las cosas y nosotros son reales.

Desde el momento en que sometemos estos objetos a nuestro uso de acuerdo con las cualidades que advertimos en ellos, sometemos a una prueba infalible la corrección o la falsedad de nuestras percepciones sensibles. Si estas percepciones fueran falsas, nuestra apreciación del uso que se puede hacer de un objeto debería igualmente serlo y nuestro ensayo debería fracasar. Pero si logramos alcanzar nuestro objetivo, si advertimos que el objeto concuerda con la idea que teníamos de él y responde al destino que queríamos darle, ésta es una prueba positiva de que nuestras percepciones del objeto y de sus cualidades están de acuerdo con una realidad exterior a nosotros mismos, y cada vez que experimentamos un fracaso, dedicamos generalmente poco tiempo para descubrir la razón que nos ha hecho fracasar, advertimos que la percepción sobre la cual nos habíamos fundado para obrar era o incompleta y superficial, o combinada con los resultados de otras percepciones. De tal manera que no garantizaban lo que llamamos razonamiento verdadero. Mientras nos preocupamos por guiar y utilizar convenientemente nuestros sentidos y de mantener nuestra acción en los límites prescriptos por las percepciones convenientemente utilizadas, advertimos que el resultado de nuestra acción prueba la conformidad de nuestras percepciones con la naturaleza objetiva a de las cosas percibidas. En ningún caso hemos llegado aún a la conclusión de que nuestras percepciones sensibles científicamente comprobadas produzcan en nuestros espíritus ideas sobre el mundo exterior que estén, por su misma naturaleza, en desacuerdo con la realidad, o que haya una incompatibilidad inherente entre el mundo y las percepciones sensibles que nosotros tenemos de él.

Volviendo al ejemplo de Engels, diremos: "la prueba del pudding es que se lo come" (proverbio inglés). Si no existiera, o si no fuera más que una idea, después de haberlo comido nuestra hambre nos se habría saciado en absoluto. Así pues, no es perfectamente posible conocer las cosas, ver si nuestras ideas correspondencia la realidad. No es posible comprobar los datos de la ciencia por la experiencia y la industria que traducen en aplicaciones prácticas los resultados teóricos de las ciencias. Si podemos hacer caucho sintético es porque la ciencia conoce "la cosa en sí", que es el caucho.

Vemos pues, que no es inútil tratar de saber quién tiene razón, puesto, que a pesar de los errores teóricos que la ciencia pueda cometer, la experiencia nos da cada vez la prueba de que, sin duda, es la ciencia la que tiene razón.

 

VI. Conclusión

Desde el siglo XVIII, y según los diferentes pensadores cuyas ideas ha tomado en mayor o menor medida el agnosticismo, vemos que esta filosofía es atraída tanto por el idealismo como por el materialismo. Cubierta con palabras nuevas, como dice Lenin, sirviéndose de las ciencias para apuntalar sus razonamientos, no hace más que crear la confusión entre las dos teorías. Permitiendo así que algunos tengan una filosofía cómoda que les da la posibilidad de declarar que no son idealistas, porque se sirven de la ciencia, pero que no son materialistas porque no se atreven a llevar sus argumentos hasta el fin, porque no son consecuentes.

¿Qué es, pues, el agnosticismo, dice Engels, sino... un materialismo "vergonzante"? La concepción agnóstica de la naturaleza, es completamente materialista. El mundo natural está enteramente regido por leyes y excluye en absoluto toda intervención exterior. Pero -agrega- no tenemos ningún medio para afirmar o negar la existencia de cierto ser supremo que esté más allá del mundo conocido. Esta filosofía hace el juego al idealismo, pues, y al fin de cuentas, porque son inconsecuentes con sus razonamientos, los agnósticos niegan al idealismo. "Rascad al agnóstico -dijo Lenin- y tendréis al idealista". Hemos visto que se puede saber quién tiene razón: si el materialismo o el idealismo. Vemos ahora que las teorías que pretenden conciliar estas dos filosofías sólo pueden, de hecho, sostener el idealismo, no aportan una tercera respuesta a la cuestión fundamental de la filosofía y, por consiguiente, no tercera filosofía.