Capítulo V

CARTA LEY: TRANSFORMACIÓN DE LA CANTIDAD EN CALIDAD O LEY DEL PROGRESO POR SALTOS

 

Antes de abordar el problema de la aplicación de la dialéctica a la historia, nos queda ahora por estudiar una última ley de la dialéctica.

Esto nos será facilitado por los estudios que acabamos de hacer, en lo que hemos visto qué es la negación de la negación y qué se entiende por la unidad de los contrarios

Como siempre, procederemos por ejemplos.

 

I. ¿Reformas o revolución?

Hablando de la sociedad, se dice: ¿Hay que proceder por reformas o hacer la revolución? Se discute para saber si se logrará transformar la sociedad capitalista en una sociedad socialista, mediante reformas sucesivas o por una transformación brusca, la revolución.

Ante este problema, recordemos lo que ya hemos estudiado. Toda transformación es el resultado de una lucha de fuerzas opuestas. Si una cosa evoluciona es porque contiene en sí misma su contrario, ya que cada cosa es una unidad de contrarios. Se comprueba la disputa de los contrarios y la transformación de la cosa en su contrario. ¿Como se hace esta transformación? Tal es el nuevo problema que se plantea.

Puede creerse que esta transformación se efectúa poco a poco, mediante una serie de pequeñas transformaciones, que la manzana verde se transforma en una manzana madura mediante una serie de pequeños cambios progresivos.

Mucha gente cree que la sociedad se transforma poco a poco y que el resultado de una serie de pequeñas transformaciones será la transformación de la sociedad capitalista en sociedad socialista. Estas pequeñas transformaciones son reformas y constituirán un total, una suma de pequeños cambios graduales que nos dará una sociedad nueva.

Esta es la teoría que se llama reformismo. Se llama reformistas a los que son partidarios de estas teorías, no porque reclamen reformas, sino porque creen que las reformas bastan, que acumulándose, deben transformar la sociedad insensiblemente.

Examinemos si es verdad:

 

1. La argumentación política

Si observamos los hechos, es decir, lo que ha pasado en los otros países, veremos que donde se ha ensayado ese sistema, no ha triunfado. La transformación de la sociedad capitalista -su destrucción- ha triunfado en un solo país: la URSS, y comprobamos que esto no ha sido como consecuencia de una serie de reformas sino por una revolución.

2. La argumentación filosófica

¿Es cierto, de una manera general, que las cosas se transforman por pequeños cambios, por reformas?

Veamos siempre los hechos. Si examinamos los cambios, veremos que no se producen indefinidamente, que no son continuos. Llega un momento en que, en lugar de pequeños cambios, el cambio tiene lugar mediante un salto brusco.

Tomemos el ejemplo de la Tierra. Comprobaremos que periódicamente ha tenido caminos bruscos, catástrofes. Se conoce, en el período que se llama la prehistoria, la época de los cazadores de renos. Éstos tenían una cultura primitiva, hacían vestidos con la piel de los renos que cazaban y se alimentaban con su carne.

Pero a poco, se producían cambios en la Tierra, un día se originó lo que la Biblia llama el diluvio y la ciencia el período de las lluvias torrenciales. La civilización de los cazadores de renos quedó destruida. Los sobrevivientes habitaron las cavernas y transformaron completamente su modo de vida.

Vemos, pues, que la Tierra y la civilización experimentaron un cambio brusco consecuencia de la catástrofe.

También es la historia de las sociedades comprobamos cambios bruscos, revoluciones.

Aun los que no conocen la dialéctica saben en nuestros días que en la historia se han producido cambios violentos. Pero hasta el siglo XVII se creía que "la naturaleza no da saltos". No se querían ver los cambios bruscos en la continuidad de los cambios, pero la ciencia intervino y demostró en los hechos que los cambios se producen bruscamente.

Hoy, los que no niegan estos cambios bruscos pretenden que son accidentes, es decir una cosa que ocurre y que hubiera podido no ocurrir.

Se explican así las revoluciones en la historia de las sociedades: "son accidentes".

Por ejemplo, se explica, desde el punto de vista de la historia de nuestro país, que la caída de Luis XVI y la Revolución Francesa ocurrieron porque Luis XVI era un hombre débil y blando. Si hubiera sido un hombre enérgico, no habríamos tenido la Revolución. Se lee también que si en Varenncs no hubiera prolongado su comida, no lo habrían detenido y el curso de la historia hubiera cambiado. Por lo tanto, se dice que la Revolución Francesa es un accidente. La dialéctica, por el contrario, reconoce que las revoluciones son necesidades. Hay muchos cambios continuos, pero al acumularse se producen cambios bruscos.

3. La argumentación científica

Tomemos por ejemplo el agua: Partiendo de 0º y dejando subir la temperatura de 1o, 2o y 3o hasta 98°, el cambio es continuo, pero ¿puede seguir así indefinidamente?

Llegamos hasta los 99°, pero a los 100°, tenemos un cambio brusco: el agua se transforma en vapor.

Si de 99° descendemos hasta Io, tendremos de nuevo un cambio continuo, pero no podríamos descender así indefinidamente, porque a 0o el agua se transforma en hielo.

De 1o a 99° el agua continúa siempre siendo agua, sólo cambia su temperatura. Es lo que se llama un cambio cuantitativo que responde a la pregunta: "¿Cuánto?", es decir "¿cuánto calor en el agua?" Cuando el agua se transforma en hielo o en vapor, tenemos un cambio cualitativo, un cambio de calidad. Ya no es agua, se ha transformado en hielo o en vapor.

Cuando la cosa no cambia de naturaleza, tenemos un cambio cuantitativo (en el ejemplo del agua tenemos un cambio de grado pero no de naturaleza), Cuando cambia, cuando la cosa se transforma en otra cosa, es un cambio cualitativo.

Vemos, pues, que la evolución de las cosas no puede ser indefinidamente cuantativa, porque las cosas que se transforman experimentan, en última instancia, un cambio cualitativo. La cantidad se transforma en calidad. Esta es una ley general; pero, como siempre, no hay que atenerse únicamente a esta fórmula abstracta.

En el libro de Engels, Anti-Dühring, en el capítulo "Dialéctica, cantidad y calidad" se encontrará un gran número de ejemplos que harán comprender que en. todo, como en las ciencias de la naturaleza, se verifica la exactitud de la ley descubierta por Hegel en su Lógica, según la cual, al llegar a un cierto punto, los cambios puramente cuantitativos se truecan en diferencias cualitativas.

He aquí un nuevo ejemplo, citado por H. Wallon en el tomo VIII de la Enciclopedia Francesa (donde se remite a Engels), la energía nerviosa que se acumula en un niño provoca la risa; pero, si continúa aumentando, la risa se transforma en crisis de lágrimas; así cuando los niños se excitan y ríen demasiado fuerte, terminan llorando.

Daremos un último ejemplo bastante conocido: el del ciudadano que presenta su candidatura a un mandato cualquiera. Si necesita 4.500 votos para obtener la mayoría absoluta, el candidato no es elegido con 4.499 votos, continúa siendo un candidato. Con un voto más este cambio cuantitativo determina un cambio cualitativo, puesto que el que era un candidato se transforma en elegido.

Esta ley da la solución del problema: reforma o revolución.

Los reformistas nos dicen: "queréis cosas imposibles que sólo ocurren por accidente; sois utopistas". Pero, por esta ley, ¡podemos ver claramente quiénes son los que sueñan cosas imposibles! El estudio de los fenómenos de la naturaleza y de la ciencia nos muestra que los cambios no son indefinidamente continuos, sino que, en cierto movimiento, el cambio se vuelve brusco.

Entonces puede preguntarse: ¿qué papel desempeñamos en estas transformaciones bruscas?

Vamos a responder a esta cuestión y a desarrollar este problema mediante la aplicación de la dialéctica en la historia. Hemos llegado a una parte muy famosa del materialismo dialéctico:

 

II. El materialismo histórico

¿Qué es el materialismo histórico? Ahora que conocemos qué es la dialéctica, responderemos que es, simplemente, la aplicación de este método a la historia de las sociedades humanas.

Para comprenderlo bien, debemos indicar con precisión qué es la historia. Quien dice historia, dice cambio, y cambio en la sociedad. La sociedad tiene una historia y ésta cambia continuamente. Vemos producirse en ella grandes acontecimientos. Entonces se plantea este problema: puesto que en el transcurso de la historia las sociedades cambian, ¿qué es lo que explica estos cambios?

 

1. ¿Cómo explicar la historia?

Se pregunta, por ejemplo: "¿Por que razón es necesario que se produzcan nuevas guerras? ¡Los hombres deberían vivir en paz!

Vamos a dar respuestas materialistas a estas cuestiones.

La guerra, explicada por un cardenal, es un castigo de Dios. Es la respuesta idealista, porque explica los acontecimientos por Dios. Es explicar la historia por el espíritu. El espíritu es aquí el que crea y hace la historia.

Hablar de la Providencia es, también, una respuesta idealista. Hitler, en Mein Kampf, nos dice que la historia es la obra de la Providencia y le agradece haber colocado el lugar de su nacimiento en la frontera austríaca.

Hacer a Dios responsable de la historia es una teoría cómoda: los hombres no pueden nada, y por consiguiente, nada pueden hacer contra la guerra, hay que dejar hacer.

Desde el punto de vista científico, ¿podemos sostener semejante teoría? ¿Podemos encontrar en los hechos su justificación? No.

La primera afirmación materialista, en esta discusión es que la historia no es la obra de Dios, sino la obra de los hombres. Entonces los hombres pueden actuar sobre la historia y pueden impedir la guerra.

 

2. La historia es la obra de los hombres

Los hombres hacen su historia. Cualquiera que sean los rumbos de ésta, al perseguir cada cual sus fines propios con la conciencia y la voluntad de lo que hacen; y la resultante de estas numerosas voluntades, proyectada en diversas dirección, y de su múltiple influencia sobre el mundo exterior, es precisamente la historia. Importa, pues, también lo que quieran los muchos individuos. La voluntad está movida por la pasión o por la reflexión. Pero los resortes que a su vez mueven directamente a éstos son muy diversos.

... Por otra parte, hay que preguntarse qué fuerzas propulsoras actúan, a su vez, detrás de esos móviles, qué causas históricas son las que en las cabezas de los hombres se transforman en estos móviles. (F. Engels)

Este texto de Engels nos dice que son los hombres los que actúan según sus voluntades, pero que éstas ¡no toman siempre la misma dirección! ¿Qué es lo que determina, qué es lo que produce, entonces, las acciones de los hombres? ¿Por qué sus voluntades no toman la misma dirección?

Algunos idealistas consentirán en decir que con las acciones de los hombres las que hacen la historia y que esta acción resulta de su voluntad: es la voluntad la que determina la acción y son nuestros pensamientos y nuestros sentimientos los que determinan nuestra voluntad.

Tendríamos, pues, el proceso siguiente: Idea-voluntad-acción y, para explicar la acción, seguiremos el sentido inverso, en búsqueda de la idea, causa determinante.

Indicamos en seguida que la acción de los grandes hombres y de las doctrinas no puede negarse, pero necesita ser explicada. No es el proceso acción-voluntad-idea el que lo explica. Así algunos pretenden que en el siglo XVIII Diderot y los enciclopedistas, divulgando en el público la teoría de los Derechos del Hombre, por sus ideas, sedujeron y ganaron la voluntad de los hombres que, en consecuencia, hicieron la revolución; del mismo modo, se han difundido en la URSS las ideas de Lenin, y la gente ha actuado conforme a estas ideas. Y se saca la conclusión de que si no hubiera habido ideas revolucionarias, no habría habido revolución. Este punto de vista hace decir que las fuerzas motrices de la historia son las ideas de los grandes jefes; que son ellos los que hacen la historia. Cononocéis la fórmula de la Acción Francesa: "Cuarenta reyes ha hecho Francia"; se podría agregar: reyes que, sin embargo, ¡no tenían muchas "ideas"!

¿Cuál es el punto de vista materialista sobre la cuestión?

Hemos visto que entre el materialismo del siglo XVIII y el materialismo moderno había muchos puntos comunes, pero que el antiguo materialismo tenía de la historia una teoría idealista.

Esta pregunta no se la había hecho jamás el antiguo materialismo. Por esto la interpretación de la historia, cuando la tiene es esencialmente pragmática, lo enjuicia todo con arreglo a los móviles de los actos, clasifica a los hombres que actúan en la historia en buenos y en malos, y luego comprueba que, por regla general, los buenos son los engañados y los malos los vencedores. De donde se sigue para el viejo materialismo, que el estudio de la historia nos arroja enseñanzas muy edificantes y para nosotros que en el campo histórico este viejo materialismo se hace traición a sí mismo, puesto que acepta como últimas causas los móviles ideales que allí actúan, en vez de indagar detrás de ellos cuáles son los móviles de esos móviles. La inconsecuencia no estriba precisamente en admitir móviles ideales, sino en no remontarse, partiendo de ellos, hasta sus causas determinantes. (F. Engels)

Por consiguiente, ya sea francamente idealista o disimulada tras un materialismo inconsecuente, esta teoría idealista que acabamos de ver y que parece explicar la historia no explica nada. Porque, ¿quién provoca la acción? La voluntad, las ideas se dice. Pero ¿por qué los filósofos del siglo XVIII han tenido precisamente estas ideas?

Si hubieran tratado de explicar el marxismo no los habrían escuchado, porque en esa época la gente no habría comprendido. No cuenta sólo el hecho de que se viertan ideas, también es necesario que sean comprendidas; en consecuencia, hay épocas determinadas para aceptar las ideas y también para forjarlas.

Siempre hemos dicho que las ideas tienen una gran importancia, pero debemos ver de dónde proceden.

Por lo tanto, debemos investigar cuáles son las causas que nos dan estas ideas, cuales son, en última instancia, las fuerzas motrices de la historia