El 24 de enero de 1975, Keith Jarrett se sentó delante de
un piano e improvisó durante más de una hora. Dominado
por una inspiración inagotable, sus manos tejieron una urdimbre
sobre la que la melodía crece, se desarrolla, llega a exaltadas
cumbres, baja de intensidad, se vuelve solemne, da paso a un ritmo
rápido y repetitivo, cambia de nuevo.
Música en transformación continua, cuyas transiciones
genialmente resueltas hacen que cada pocos minutos estemos escuchando
un pasaje que, germinando a partir del anterior, ha cambiado por
completo. Keith Jarret, como buen narrador, controla los tiempos
y el desarrollo de la trama, construyendo lo que sin duda es una
obra maestra.