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Museo
Reina Sofía. Del 10 de octubre al 30 de diciembre de 2007.
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El Museo Reina Sofía
saca a ventilar parte de los fondos de su colección permanente,
en una enorme sala de la ampliación de Jean Nouvel. Pocas
obras, formato que se mide en metros cuadrados, nivel excelente:
una combinación inmejorable para pasar una hora descubriendo
maravillas hechas a partir de 1990. Las han distribuido en tres
divisiones: retratos, paisaje natural, y arquitectura; pero carece
de una historia que de razón de ser a la muestra, más
que tratarse de una selección de lo mejor del museo. A mí,
con eso me basta.
Destaco
mis fotografías favoritas: la serie de Günther Förg
sobre el edificio
de la IG Farben en Frankfurt, joya del movimiento moderno y
ejemplo del gigantismo corporativo de antaño, refleja perfectamente
lo enorme e inhumano, la insignificancia del espectador. 6 fotografías
de varios metros de alto, más un espejo del mismo tamaño,
conforman un espacio agobiante y rectilíneo que tiene que
ser lo más parecido a encontrarse vagando por esos inmensos
pasillos.
El gigantesco panorama de Dionisio González Nova Heliópolis
juega con la transformación de un barrio de chabolas brasileño
en un paraíso de la arquitectura moderna. Pero yo lo prefiero
leer al revés: cómo los pobres, con su ladrillo barato,
persianas de plástico y sus cuerdas de tender la ropa, colonizan
una urbanización de diseño.

Dionisio González, Nova Heliópolis.
2007
Finalmente,
entre los retratos me quedo con Asado Criollo, de Marcos
López; una Última Cena de vino de cartón, morcillas
y gaseosa, donde los apóstoles visten camisetas de la selección
argentina y el Maestro parte el cochinillo con mucha concentración.
Bastaba con ver las caras del público para pasar un buen
rato.

Marcos López, Asado Criollo.
2001
Los únicos
peros que yo le pondría a esta muestra: que la iluminación
sea escasa puede entenderse por razones de conservación de
los pigmentos, pero la tipografía criminal usada en los rótulos
no tiene nombre.
4/11/2007
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