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Robert
Altman
USA,
2001
137
minutos
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Gosford
Park
Principios
de la década de los 30. En una casa de campo inglesa se celebra
una cacería que durará varios días. Los invitados,
repulidos, casi todos de buena cuna, toman cócteles, cenan,
juegan al bridge y alivian su spleen lanzándose puyazos
tremendos.
Paralelamente,
el numeroso y abnegado servicio limpia, viste, prepara, cocina y
hasta cobra los faisanes abatidos por los señores, parando
de vez en cuando a fumarse un cigarrito acompañado de sabrosa
conversación.
Un escenario
perfecto para que tenga lugar un crimen, percance que no tarda en
ocurrir.
A partir de
aquí, la película naufraga por completo. Lo que podría
haber sido una magnífica muestra del género asesinato
en una Manor House con policía bobalicón que
sorprendentemente acaba resolviendo el enigma se deshace en
un tropel de tramas secundarias que acaban por marear al espectador
hasta el punto de que el final de la película llega de improviso,
no por causa de la intriga -nula-, sino por lo inane del desenlace,
que no hace sospechar que se haya decidido nada.
Consuela y
hace parcialmente llevaderas las dos horas y media de metraje la
fantástica puesta en escena: interpretaciones, ambientación
de época, medios técnicos... Me ha quedado sin embargo
la sospecha de que han exagerado todo un tanto: las excesivas ceremonias
y la horrible relación entre amos y criados hacen pensar
más en 1830 que en 1930. Y, por último, un detalle
de la película que hace pensar en la ciencia ficción
son las eternas (e histéricas) conferencias que un invitado
pone a California... cuando el primer cable telefónico transatlántico
se tendió ¡en 1956!
Decididamente,
debí haberme metido en la
peli de Almodóvar, aunque salga Rosario Flores. Que nadie
repita mi error.
24/3/2002
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