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Antes de entrar
en materia, un comentario sobre mis anteriores encuentros con el género
autobiográfico. He leído muy pocas memorias, siendo un género
que evito, y las que he leído me han decepcionado y predispuesto
en contra del autor: libros escritos con prisa por aprovechar un buen
momento publicitario, secuencias de centenares de páginas utilizadas
para quedar bien con la multitud de amiguetes del autor, evitando formular
opiniones peligrosas o desvelar algo que no fuera del dominio público.
Pero mi admiración por Eric Hobsbawm pudo más que mi prevención.
Eric J. Hobsbawm, típico caso de judío centroeuropeo, nace
en Alejandría en 1917. Su infancia transcurre en Viena, durante
los difíciles años de posguerra; su adolescencia, en el
Berlín del ascenso del nazismo. La segunda guerra mundial le encuentra
estudiando en Cambridge, entusiasta afiliado al partido comunista. La
guerra fría supone marginación académica, superada
en la década de los 60, cuando sus libros empiezan a publicarse
en todo el mundo y le llueven las invitaciones como académico de
prestigio.
Acabo de resumir su biografía en menos de 80 palabras. Excepcional
para cualquier europeo occidental nacido después de 1940, mas no
para la generación anterior, que tuvo que aguantar años
demasiado interesantes, la por él mismo llamada Era de
las Catástrofes. Brillante observador, Hobsbawm (el extraño
apellido es en realidad Obstbaum tras ser filtrado por burócratas
bastante ineptos) pasa los primeros años de su vida en lugares
donde los acontecimientos suceden en avalancha. Todavía en Berlín,
y contagiado por la pasión política de los años 30,
se afilia al Partido Comunista, una fe que le marcará, para
bien y para mal, durante la mayor parte de su vida.
Es de agradecer que dedique buena cantidad de páginas a reflexionar
sobre su filiación política, tanto en el momento histórico
en que se produjo, como los largos años de dudas y rechazo. Desde
el pacto de no agresión entre Hitler y Stalin, ser comunista se
convirtió en el deporte de comulgar con ruedas de molino; tanto,
que el anticomunismo feroz de los guerreros fríos del otro bando
es probablemente la razón por la que tanta gente honrada e inteligente
siguiera en el Partido durante tanto tiempo. En 1956, el XX congreso del
PCUS deja todo mucho más claro, al denunciar los crímenes
de Stalin; Hobsbawm explica, de modo poco convincente a mi juicio, por
qué sigue en el Partido, aludiendo a vagas razones sentimentales.
Pero no se esconde tras ninguna excusa, asumiéndolo todo valientemente.

Arce de Montpellier. La Pedriza, noviembre 2003.
Según su peripecia vital se va calmando, al establecerse, formar
una familia y todo eso, el autor tiene el buen detalle de no aburrirnos
con historias domésticas, sino que pasa a describir la épocalos
años dorados del desarrollo, como buen historiador. Los capítulos
de la segunda mitad del libro son más bien una colección
de ensayos al más puro estilo Hobsbawm, sobre sus aficiones (el
jazz, la montaña), su profesión de historiador y las corrientes
en las que ha participado o a las que se ha opuesto, la gran vida del
académico de éxito, y los países que más le
han interesado: Francia, Italia, España, Estados Unidos y Latinoamérica.
Semblanzas, breves pero certeras, de la historia contemporánea
de estos países, sin meterse demasiado a pontificar sobre el "carácter"
de sus habitantes. No duda en decir lo que piensa de Miterrand, Berlusconi
y las peculiaridades del Imperio.
La lectura de estas memorias ha sido un placer: el autor casi no se detiene
en su vida familiar, y se ha centrado en su vida pública, que es
la que le hace interesante. Fiel a su costumbre, todo lo razona y explica,
sin esforzarse demasiado en justificar sus actos: fueron los que fueron,
y ya no tienen remedio. Sobresaliente la segunda mitad, un buen complemento
a su Historia del siglo XX.
Sólo puedo ponerle un reparo: la profusión de nombres de
amigos y conocidos del autor. Pese a la importancia que puedan tener para
otro público más especializado, hay pasajes perfectamente
prescindibles para quien no esté interesado en saber el quién
es quién del partido comunista británico a principios
de los 50, o en los congresos de historiadores de París. Pero poca
cosa frente a sus muchos aciertos. El estilo, como en toda su obra, es
claro, directo y ameno, y la traducción, excelente.
Un historiador lúcido, con la perspectiva que dan 85 años
estudiando causas y efectos, viajando por todo el mundo y conociendo gente
de lo más interesante, escribe a modo de epílogo que nos
hallamos en un momento sombrío de la Historia: una única
superpotencia imponiendo su fuerza, retroceso de los derechos humanos
y sociales hasta la época de Dickens y falta de un ideal que seguir.
Análisis pesimista, pero el libro termina así:
Pero no abandonemos las armas, ni siquiera en los momentos más
difíciles. La injusticia social debe seguir siendo denunciada y
combatida. El mundo no mejorará por sí solo.
Otras obras del autor en mic-culturilla:
Historia del siglo XX.
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