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En los confines del Imperio, donde comienza el desierto impenetrable,
se encuentra un pueblo fortificado y dotado de guarnición militar.
Dirige la administración civil un Magistrado, protagonista de esta
novela. A través de sus ojos está narrada en primera
persona somos testigos de su plácida vida: viudo y ya cerca
del retiro, dedica su tiempo a despachar los escasos asuntos de su trabajo
y a desenterrar antiguas ruinas, sepultadas bajo la arena del desierto.
Es un personaje gordo y comodón, enemigo de crearse complicaciones,
que asiste a la llegada de oficiales ambiciosos venidos de la capital,
quienes pretenden combatir a los peligrosos nómadas del desierto.
Una pobre gente cuyo único contacto con el pueblo es el comercio,
siempre desfavorable, de sus cuatro artesanías. Los militares emplean
métodos atroces con los pocos bárbaros tan malaventurados
como para caer en sus manos.
Ante la tortura, el Magistrado reacciona a su modo, no haciendo nada
pero cavilando mucho. Cuando encuentra a una joven bárbara, ciega
y medio coja de resultas de las brutalidades sufridas, la acoge en su
casa, manteniendo con ella una peculiar relación contada en las
más bellas páginas de la novela. Cuando la estación
lo permite, emprende una durísima expedición, a través
de desiertos y pantanos, para llevarla con su gente. Pronto él
mismo será víctima de los torturadores, pero el propósito
de esta reseña no es resumir toda la novela.

Sierra de Gredos, julio de 2003.
El motivo es más bien alabarla. Se trata de una hermosa (por lo
bien escrita) reflexión sobre la dignidad humana, sobre los terribles
efectos de la crueldad sobre el cuerpo y sobre todo sobre el espíritu
de sus víctimas, pero también de la rebeldía de quien
menos se podría esperar, del remordimiento y de quien emprende
una lucha perdida de antemano.
El mundo de la novela, totalmente imaginario, y sus personajes resultan
una elección perfecta para conferir universalidad a su argumento:
aplicable a multitud de situaciones pasadas y presentes, prácticamente
a todas aquellas en que la violencia se ceba en quien no puede defenderse,
mejor si además es inocente. Siendo J.M. Coetzee surafricano, sería
casi obvio identificar este libro como una denuncia de la situación
política de su país durante los años del apartheid,
pero haríamos entonces una lectura muy limitada de una obra mucho
más trascendental.
Original, elegante, pero no por ello difícil de leer, Esperando
a los bárbaros es una novela de las pocas que dejan huella.
Debería ser lectura obligatoria en todas las escuelas de cualquier
país que aspire a una verdadera democracia, pero me conformaré
con recomendarla desde aquí.
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