| Una serie de asesinatos de viejas sacude al barrio parisino de Belleville,
donde habitan Benjamin Malaussène y su variopinta colección
de hermanastros, al que se añaden un bebé berreante y unos
cuantos abueletes drogadictos en cura de desintoxicación. Pero
lo que pone todo patas arriba es el inexplicable (para la policía,
los lectores lo sabemos desde la primera página) asesinato del
inspector de narcóticos y fan del Frente Nacional Vanini.
La novela se llena de policías. Inspectores, comisarios
normales, comisarios de división, interrogatorios, promociones… sólo
faltan los de Asuntos Internos, pero claro, esto ni es una película
ni es americana. Hay dos inspectores que acaparan todo el protagonismo,
Van Thien, que va disfrazado de vieja vietnamita, y Pastor, el de los
viejos jerseys de lana, dotado de una mente prodigiosa y capaz de hacer
cantar al criminal más encallecido.
Tal es el predominio del
trabajo policial, que nuestro querido Malaussène
se ve relegado a un segundo plano: ha pedido un par de meses de baja,
por lo que no tenemos el placer de verle actuar de chivo expiatorio,
y ya bastante tiene con frenar a su estrambótica familia en
su descenso al caos absoluto.
En guardia. Lisboa, septiembre 2005.
No soy aficionado a las tramas policiales. Si son muy enrevesadas y
el autor no es un maestro consumado, tienen que recurrir a casualidades
inverosímiles y a forzar demasiado las motivaciones de los personajes.
Además, hay una convención en el género que obliga
al autor a no dejar cabos sueltos, con lo que componen el problema: en
la vida real, siempre nos quedamos sin saber las razones de muchas cosas,
importantes o triviales.
Sin embargo, una novela policiaca puede ser una buena excusa para usar
la peripecia de crimen e investigación como útil andamio
para construir unos buenos personajes y una particular visión
del mundo. Siempre pongo como ejemplo las aventuras del inspector sueco
Kurt Wallander, por Henning Mankell: no me hace arder de impaciencia
por descubrir al asesino ni sus motivos, pero disfruto como espectador
de los esfuerzos del protagonista, y de sus eternas quejas sobre la
decadencia y caída de la sociedad sueca del bienestar. Algo
similar me ocurre con El hada carabina: a pesar de que me habría
gustado que la trama investigadora no hubiese cobrado tanto protagonismo,
el humor que destila, el estilo irónico de denuncia social,
y la ternura con que ha construido sus personajes –incluida parte
de la pasma— fueron
suficientes para hacerme disfrutar de su lectura.
La invasión
de las páginas de la novela por la compleja
investigación policial también se ve reflejada en el
estilo usado por Pennac: la narración en primera persona de
Benjamin Malaussène se ve reemplazada, en más de la mitad
del libro, por un relato casi omnisciente de las idas, venidas, encuentros
y pesquisas de la pasma, los sospechosos y alguna víctima que
otra. Con fortuna, sin abandonar el carácter guasón de
las descripciones, y coloquial de los diálogos, bien conservado
por una traducción ágil
y correcta.
Otras obras de Daniel Pennac en mic-culturilla: La
felicidad de los ogros. |