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La ciudad de Saint Louis, a orillas del Mississipi, es invadida por una
horda de indios (de Bombay) compuesta por una jefa de policía joven
y ambiciosa, la mujer del dueño de la fábrica de cerveza
y una veintena de matones. Sabiendo conjugar influencias y unos milloncejos
de dólares sabiamente invertidos, planean dirigir los destinos
de la ciudad, sumida en una decadencia que dura 80 años, para lanzarla
a un renacimiento especulativo en el que ciertos terrenos comprados a
tiempo les harán muy ricos. Nada exótico para un lector
que conozca la España de principios del siglo XXI.
Pero para lograr sus fines, la camarilla necesita dominar a las personas
más importantes de la ciudad: políticos, altos funcionarios,
capitanes de empresa, no es una lista demasiado larga. Emplean sobornos,
amantes, accidentes en el entorno de sus víctimas y otros
trucos sucios, pero de una forma muy taimada: más que perseguir
la rendición del contrario, buscan que por un motivo u otro pierda
interés en oponerse a sus designios. Capitaneados por Jammu, la
jefa de policía, son inteligentes, crueles y carecen de debilidades,
son una fuerza temible.
Frente a ellos no hay nadie al principio, pues la amodorrada sociedad
de Saint Louis no percibe la amenaza y no reacciona. Poco a poco, quienes
por algún motivo se enfrentan a Jammu & Co. van cayendo, cambiando
de bando o evitando la lucha, quedando un grupo que no entiende lo que
les está pasando. Junto a un par de ricachones un poco pirados,
el único hombre al que los indios temen es Martin Probst, un empresario
de la construcción que a la vez es un dechado de virtudes. Habiendo
hecho su fortuna a partir del trabajo y del ahorro, y no mediante las
recalificaciones y los robos loada sea la literatura, que permite
estirar la imaginación hasta lo inaudito, Martin es una especie
de caballero andante, protector de viudas y huérfanos, espejo en
el que se miran sus conciudadanos.

La lucha entre el orden y la hiedra. Madrid, octubre 2003.
El enfrentamiento está servido. La astuta Jammu pone cerco a su
presa, incapaz del más mínimo reflejo de autopreservación,
y le ataca por su flanco más débil, el familiar, provocando
su alejamiento del pobre Martin, quien ve cómo su vida se precipita
en el abismo sin enterarse de nada.
La trama se enreda y desenreda, aparecen y desaparecen docenas de personajes
secundarios, pues para llenar las casi 600 páginas de este libraco
una sola historia de intriga no llega. J. Franzen opta por la narración
totalmente omnisciente, saltando de las aventuras de un personaje a otro
y muchas veces en paralelo, para que el lector reciba toda la información
posible. Demasiada subtrama y demasiada información, opino, para
una buena historia a la que quizá no convenga tanto desarrollo.
Los personajes no son tan arquetípicos como pueden parecer a la
luz de mi descripción de arriba: a lo largo de la novela aparecerán
claroscuros y se volverán cada vez más complejos, cambiando
según les suceden peripecias, como debe ser.
Hasta aquí, he presentado una novela sobre relaciones de poder
en una ciudad, pero también entre personalidades que atacan, huyen
o tratan de defenderse en un entorno de traiciones y pactos en la sombra.
Una novela valiosa con el único defecto, hasta ahora, de una excesiva
longitud. Pero hay más, quizá bastante subjetivos, que han
logrado irritarme lo suficiente para atreverme a no recomendar esta novela,
a pesar de lo mucho que se oye hablar (y escribir) últimamente
de este autor.
Un defecto bastante evidente es la calidad de la traducción. Hay
cosas que, sin tener delante el original inglés, no puedo juzgar,
pero otras sí: palabras mal traducidas, frases sin mucho sentido,
inconsistencias (¿por qué Saint Louis, en inglés,
y Nueva York en español?) que me hacen sospechar que el
acartonamiento de la narración no se deba enteramente a Franzen.
Pero otra característica que no me gusta nada, y que no creo que
se pueda achacar a la traducción, es el barroquismo excesivo en
el estilo. Profusión de adjetivos, construcción de metáforas
donde y como sea, lirismo en párrafos donde queda fatal, pretenciosidad
por todas partes. Abro el libro al azar (juro que es verdad):
De lo alto de unos incólumes postes de aluminio,
una luz eléctrica color de escarcha desciende en rayos quebradizos
y machaca su parabrisas una y otra vez.
Habrá a quien le guste, y es posible que otra traducción
lo hubiese dejado mejor, pero para un servidor, Ciudad veintisiete
no solamente es una novela larga, es una novela que se hace muy larga.
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