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Jonathan Franzen:
“Ciudad veintisiete”
(The Twenty-Seventh City)

Novela larguísima y muy ambiciosa, llena de intrigas a varios niveles.
 

La ciudad de Saint Louis, a orillas del Mississipi, es invadida por una horda de indios (de Bombay) compuesta por una jefa de policía joven y ambiciosa, la mujer del dueño de la fábrica de cerveza y una veintena de matones. Sabiendo conjugar influencias y unos milloncejos de dólares sabiamente invertidos, planean dirigir los destinos de la ciudad, sumida en una decadencia que dura 80 años, para lanzarla a un renacimiento especulativo en el que ciertos terrenos comprados a tiempo les harán muy ricos. Nada exótico para un lector que conozca la España de principios del siglo XXI.

Pero para lograr sus fines, la camarilla necesita dominar a las personas más importantes de la ciudad: políticos, altos funcionarios, capitanes de empresa, no es una lista demasiado larga. Emplean sobornos, amantes, accidentes en el entorno de sus víctimas y otros trucos sucios, pero de una forma muy taimada: más que perseguir la rendición del contrario, buscan que por un motivo u otro pierda interés en oponerse a sus designios. Capitaneados por Jammu, la jefa de policía, son inteligentes, crueles y carecen de debilidades, son una fuerza temible.

Frente a ellos no hay nadie al principio, pues la amodorrada sociedad de Saint Louis no percibe la amenaza y no reacciona. Poco a poco, quienes por algún motivo se enfrentan a Jammu & Co. van cayendo, cambiando de bando o evitando la lucha, quedando un grupo que no entiende lo que les está pasando. Junto a un par de ricachones un poco pirados, el único hombre al que los indios temen es Martin Probst, un empresario de la construcción que a la vez es un dechado de virtudes. Habiendo hecho su fortuna a partir del trabajo y del ahorro, y no mediante las recalificaciones y los robos —loada sea la literatura, que permite estirar la imaginación hasta lo inaudito—, Martin es una especie de caballero andante, protector de viudas y huérfanos, espejo en el que se miran sus conciudadanos.

La lucha entre el orden y la hiedra
La lucha entre el orden y la hiedra. Madrid, octubre 2003.

El enfrentamiento está servido. La astuta Jammu pone cerco a su presa, incapaz del más mínimo reflejo de autopreservación, y le ataca por su flanco más débil, el familiar, provocando su alejamiento del pobre Martin, quien ve cómo su vida se precipita en el abismo sin enterarse de nada.

La trama se enreda y desenreda, aparecen y desaparecen docenas de personajes secundarios, pues para llenar las casi 600 páginas de este libraco una sola historia de intriga no llega. J. Franzen opta por la narración totalmente omnisciente, saltando de las aventuras de un personaje a otro y muchas veces en paralelo, para que el lector reciba toda la información posible. Demasiada subtrama y demasiada información, opino, para una buena historia a la que quizá no convenga tanto desarrollo. Los personajes no son tan arquetípicos como pueden parecer a la luz de mi descripción de arriba: a lo largo de la novela aparecerán claroscuros y se volverán cada vez más complejos, cambiando según les suceden peripecias, como debe ser.

Hasta aquí, he presentado una novela sobre relaciones de poder en una ciudad, pero también entre personalidades que atacan, huyen o tratan de defenderse en un entorno de traiciones y pactos en la sombra. Una novela valiosa con el único defecto, hasta ahora, de una excesiva longitud. Pero hay más, quizá bastante subjetivos, que han logrado irritarme lo suficiente para atreverme a no recomendar esta novela, a pesar de lo mucho que se oye hablar (y escribir) últimamente de este autor.

Un defecto bastante evidente es la calidad de la traducción. Hay cosas que, sin tener delante el original inglés, no puedo juzgar, pero otras sí: palabras mal traducidas, frases sin mucho sentido, inconsistencias (¿por qué Saint Louis, en inglés, y Nueva York en español?) que me hacen sospechar que el acartonamiento de la narración no se deba enteramente a Franzen.

Pero otra característica que no me gusta nada, y que no creo que se pueda achacar a la traducción, es el barroquismo excesivo en el estilo. Profusión de adjetivos, construcción de metáforas donde y como sea, lirismo en párrafos donde queda fatal, pretenciosidad por todas partes. Abro el libro al azar (juro que es verdad):

De lo alto de unos incólumes postes de aluminio, una luz eléctrica color de escarcha desciende en rayos quebradizos y machaca su parabrisas una y otra vez.

Habrá a quien le guste, y es posible que otra traducción lo hubiese dejado mejor, pero para un servidor, Ciudad veintisiete no solamente es una novela larga, es una novela que se hace muy larga.

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Última actualización: 13-11-2003

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