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Fernando Vallejo :
“El desbarrancadero”

Desesperación, violencia y muerte. De forma monologada.

 

Como portada, un retrato de dos niños bien guapos; dentro del libro se nos dice que se trata del autor y de su hermano Darío, por lo que la misma fotografía aparece en la ficción -por el bien de Fernando Vallejo, que sea ficción y no autobiografía-, hallada por Darío, quien, postrado por un sida en fase terminal, agota sus últimos días hojeando álbumes de fotos. Con una diarrea imparable.

Tan alegre optimismo es constante en El desbarrancadero, novela que gira en torno a dos muertes, la del padre y la del ya citado Darío, hermano del narrador. Está estructurada como un largo monólogo, dando rienda suelta a recuerdos, evocaciones, improperios, reflexiones y todo lo que pasa por la mente del narrador. Por supuesto, sin orden o guión establecido, sino que cada pensamiento es consecuencia del anterior y origen del siguiente, durante las casi doscientas páginas del libro. En un solo capítulo, pero no se asusten ustedes, que es mejor no hacer divisiones cuando no están en la naturaleza de las cosas.


Calle de Granada. Madrid. Julio 2002.

Dentro del caos que rebosa el cerebro colérico del narrador hay sin embargo un hilo muy claro que enlaza sus pensamientos: un desbarrancadero por el que todo se precipita hacia la muerte, como dicen que ocurre con los rebaños de ovejas, incapaces de apartarse del precipicio. Todos conocemos la situación de Colombia, y la ciudad de Medellín, donde suceden los hechos relatados, jamás apareció relacionada con una buena noticia. Dentro de semejante paraíso está la casona familiar donde se ha establecido la Muerte. La madre, conocida como La Loca, que, además de parir a los protagonistas, dio a luz a veintitantos hijos más, dedicaba el tiempo entre parto y parto a amargar la vida a todos los infelices que había a su alrededor. Darío y el primogénito, quien nos cuenta todo esto, optaron por la pecaminosa vida de excesos del homosexual canalla, y así están ahora... pero sin arrepentirse de nada.

Esto es todo lo que hay, aderezado con continuos improperios al Papa Wojtyla, a la fecundidad de las mujeres y de la Loca en particular, a la Muerte y a los próceres de Colombia. Alguna anécdota de orgía y desenfreno parece que podría endulzar un poco tanta amargura, pero no, acaban sirviendo para subrayar la desolación general.

Tanta pena, expresada en forma de invectiva, en un lenguaje siempre muy brutal, está por lo demás bien escrita, con rico vocabulario, variados insultos y todos los giros y dejes usados en Colombia. Sin embargo, tan rico lenguaje no puede ocultar que la novela no deja de repetir las mismas cuatro ideas, y llega a aburrir. Pasado el original efecto de la identificación entre autor y narrador, todo consiste en la reiteración continua de los mismos insultos; no se produce la esperada reconstrucción, a retazos y caóticamente, de la vida de los personajes, sino que la novela se queda en la descripción de la situación. Demasiado larga para eso.

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Última actualización: 31-07-2002

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