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Mientras leía
la novela homónima de Manuel Vázquez
Montalbán, repleta de alusiones a esta obra, y, como se vio posteriormente,
una reescritura de parte de ella, constantemente lamentaba mi falta de
erudición en general, y en las letras antiguas en particular. Si
me sacan de la lista estándar aprendida en la escuela Cantar
de Mío Cid, Cantigas de Alfonso X, Libro del Buen Amor, etc
estoy más perdido que una oveja en un centro de cálculo.
Entre tanta reflexión
gratuita y desprecio a nuestro entrañable aunque difunto
sistema educativo, se me ocurrió echar a andar el Google,
y he aquí que encontré una traducción
aceptable, y la hallé buena, y la leí con agrado.
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Tras
la victoria en un difícil lance, viene la celebración,
con músicos y juglares.
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Erec, hijo
de Lac, es un joven caballero miembro de la Mesa Redonda, el más
gallardo y valeroso de toda la corte del rey Arturo. Buscando reparar
una ofensa cometida por un enano contra una dama de compañía
de la reina Ginebra, viaja hasta la ciudad donde vive Enide con
sus padres, hidalgos pobres pero honrados; derrota en reñido
combate al amo del causante del entuerto y de paso se lleva un gavilán
y la mano de Enide. Vuelve con ella a la corte, donde, tras ser
proclamada la dama más bella, se casan y se establecen en
el palacio del padre de Erec (rey del Gales Ulterior), retirándose
de los esfuerzos de la guerra y dedicándose por entero a
las delicias del amor.
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Pronto comienzan
las habladurías, llegando a oídos de Erec de labios de su
amada Enide. Pide un par de caballos, hace montar en uno a Enide, y subiéndose
al otro se lanza a buscar aventuras sin rumbo fijo. Comienza así
la parte más original e interesante del relato: Enide, quien tiene
prohibido dirigirle la palabra, ve constantemente salteadores que atacan
a su amado, y tras desesperadas reflexiones, siempre termina violando
la prohibición, llevándose la correspondiente bronca de
Erec una vez ha dado su merecido a los agresores.
Siguen así
un viaje delirante, repleto de extraños encuentros y amistades
surgidas tras una lucha a vida o muerte, como la de Guivret el Pequeño,
quien más tarde acude en su ayuda cuando el malvado conde de Limors,
habiendo dado a Erec por muerto, intenta forzar a Enide.
Tras la reconciliación
de la pareja, aún falta una extraña aventura, el combate
contra el caballero hechizado Mabonagrain, en un jardín mágico
llamado La alegría de la corte. Ni que decir tiene que Erec
sale victorioso, y acaba siendo coronado, a la muerte de su padre, a manos
del propio rey Arturo, en una celebración que dura un mes entero.
Las aventuras se
suceden a un ritmo trepidante, dando la impresión de ser un catálogo
de torneos, celadas y celebraciones. Por cierto, en la descripción
de los combates no falta todo tipo de detalles escabrosos, una lanza que,
tras atravesar el pecho de un infortunado, aparece por la espalda haciendo
brotar un chorro de sangre, o un tajo de espada que corta el yelmo y el
cráneo y hace aparecer el cerebro palpitante... La narración
es viva, y mantiene el interés del lector; las descripciones de
armaduras, halcones, monturas y demás ricos presentes, escritas
supongo que para dejar con la boca abierta a cualquier auditorio medieval,
son quizá los pasajes más pesados. Pero no hay como una
buena escena de lucha con sus detalles gore para mantener el interés
del público, eso no ha cambiado desde el siglo XII.
Escrito originalmente
en verso (aunque se trata de pareados octosílabos, lo llaman romance),
Erec et Enide es un romance artúrico de pleno derecho,
el más antiguo que se conserva. Dejando de lado teorías
sobre los orígenes del mito del rey Arturo, probablemente celta,
y de cómo sobrevivió hasta la Baja Edad Media, el caso es
que Chrétien de Troyes sitúa a sus héroes en un mundo
feudal, donde todo el mundo sabe de quién es vasallo, y hay una
serie de reglas que todos cumplen rigurosamente. Por ejemplo, está
permitido que cinco caballeros se dediquen al bandidaje, pero si atacan
a otro que viaja solo, lo harán de uno en uno.
En este mundo perfecto,
el centro es la corte del rey Arturo, con la reina Ginebra, Lanzarote
del Lago, sir Gawain, Tristán, y todos los demás; hay momentos
en que parece la Ilíada, de tanto pasar lista a tanto valiente
guerrero, con tantos apellidos, sobrenombres y pasadas hazañas.
Además de las reglas de la caballería, están las
del entonces complicado, como siempre trato a las mujeres,
preludio de las leyes del amor cortés.
Sin embargo, tanto
han cambiado los tiempos, y tantas son las influencias que asaltan a este
insignificante lector, que cuando lee algo sobre un caballero andante,
piensa en Don Quijote de La Mancha, y cuando oye algo sobre el rey Arturo
de Bretaña, se acuerda de los Monty Python y su búsqueda
del Grial.

El
rey Arturo y los Caballeros de la Tabla Cuadrada desfilan marciales en
pos del Santo Grial.
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