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Diciembre de uno
de estos primeros años del siglo. Tres historias, que transcurren
en lugares muy alejados y con diferentes personajes, aunque simultáneamente,
durante los dos o tres días previos a la Navidad.
En la primera de
ellas, el profesor Julio Matasanz, especialista en literatura artúrica,
próxima ya su jubilación, recibe el homenaje de sus colegas,
algún que otro político y comunidad académica en
general, en una remota isla de la ría de Vigo. Coincide con una
antigua amante estos reencuentros han sido el incentivo de muchos
congresos de literatura medieval, y su discurso de agradecimiento
versa sobre la historia de Erec y Enide.

Una
imagen decimonónica (y un tanto hortera) del Rey Arturo. No era
sueco, aunque su escudo también tenga de oro tres coronas sobre
azur.
En la segunda, narrada
también en primera persona, la protagonista es la mujer del anterior,
doña Madrona Mistral de Pamies, perfecta representante de lo más
granado del pijerío barcelonés (perdón: la burguesía
barcelonesa ). A la buena mujer, inmersa en los preparativos de las
fiestas navideñas, le surge una complicación en forma de
llamada de auxilio de una compañera de fatigas, aunque solamente
en el sentido literal: sufren en el mismo gimnasio. Dicha mujer, ultrajada
por su marido, suplica la intervención de Madrona, ya que el interfecto
trabaja en una empresa de la augusta familia.
La tercera historia,
en tercera persona, sucede en un lugar bastante más exótico
y peligroso: las selvas de Guatemala. Pedro, hijo adoptivo de los anteriores
y médico voluntario en una ONG, tiene que salir pitando junto con
su compañera Myriam tras la invasión, por una banda de paramilitares,
del pueblo donde trabajaban. La huida por la selva es un calco de las
peripecias de Erec y Enide por los bosques de Bretaña, apareciendo
personajes como el doctor Limours y el Pequeño Rey Gabriel, con
idénticos roles que en el poema de Chrétien de Troyes.
Las tres historias
y sus personajes acaban confluyendo, aunque no diré en qué
circunstancias para no reventar el argumento del todo. Sólo diré
que terminan en un lugar llamado La Alegría de la Corte, al igual
que en la saga artúrica.
Es destacable como
siempre el dominio del lenguaje de que hace gala Vázquez Montalbán,
capaz de hablar por boca de un profesor pedante y de una dama de alcurnia,
manteniendo un estilo sencillo cuando recupera el papel de narrador. Erec
y Enide no es una novela larga, y la peripecia es lo bastante interesante
para que se lea en un suspiro, pero no está falta de enjundia.
Tenemos al personaje
principal, que no es otro que el profesor Matasanz, hábil trepa
en los mundillos académico y político, muy pagado de sí
mismo, pero un verdadero zoquete en la relación con su familia.
Eso sí, pegó un buen braguetazo. La señora Madrona,
a priori arquetipo de personaje repelente, consigue despertar las
simpatías del lector, aunque sólo sea con el tramposo razonamiento
de "ella no tiene la culpa de ser así". A mi juicio,
se trata de un personaje poco interesante, al que el autor ha concedido
un peso desproporcionado en la novela. ¿Una especie de Reina Ginebra
organizando los fastos de la corte de Camelot?
Finalmente, los paralelismos
de Pedro y Myriam con los Erec y Enide medievales
son a mi juicio el motivo central, y el gran hallazgo de esta novela:
la constatación de que, en pleno siglo XXI y por muy realista que
sea una novela, podemos encontrar enanos buenos y malos, condes malvados,
caballeros andantes...
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