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Manuel Vázquez Montalbán:
“Erec y Enide”

Una novela con reminiscencias caballerescas, aunque no todo es tan simple.

 

Diciembre de uno de estos primeros años del siglo. Tres historias, que transcurren en lugares muy alejados y con diferentes personajes, aunque simultáneamente, durante los dos o tres días previos a la Navidad.

En la primera de ellas, el profesor Julio Matasanz, especialista en literatura artúrica, próxima ya su jubilación, recibe el homenaje de sus colegas, algún que otro político y comunidad académica en general, en una remota isla de la ría de Vigo. Coincide con una antigua amante —estos reencuentros han sido el incentivo de muchos congresos de literatura medieval—, y su discurso de agradecimiento versa sobre la historia de Erec y Enide.

Rey Arturo

Una imagen decimonónica (y un tanto hortera) del Rey Arturo. No era sueco, aunque su escudo también tenga de oro tres coronas sobre azur.

En la segunda, narrada también en primera persona, la protagonista es la mujer del anterior, doña Madrona Mistral de Pamies, perfecta representante de lo más granado del pijerío barcelonés (perdón: la burguesía barcelonesa ). A la buena mujer, inmersa en los preparativos de las fiestas navideñas, le surge una complicación en forma de llamada de auxilio de una compañera de fatigas, aunque solamente en el sentido literal: sufren en el mismo gimnasio. Dicha mujer, ultrajada por su marido, suplica la intervención de Madrona, ya que el interfecto trabaja en una empresa de la augusta familia.

La tercera historia, en tercera persona, sucede en un lugar bastante más exótico y peligroso: las selvas de Guatemala. Pedro, hijo adoptivo de los anteriores y médico voluntario en una ONG, tiene que salir pitando junto con su compañera Myriam tras la invasión, por una banda de paramilitares, del pueblo donde trabajaban. La huida por la selva es un calco de las peripecias de Erec y Enide por los bosques de Bretaña, apareciendo personajes como el doctor Limours y el Pequeño Rey Gabriel, con idénticos roles que en el poema de Chrétien de Troyes.

Las tres historias y sus personajes acaban confluyendo, aunque no diré en qué circunstancias para no reventar el argumento del todo. Sólo diré que terminan en un lugar llamado La Alegría de la Corte, al igual que en la saga artúrica.

Es destacable como siempre el dominio del lenguaje de que hace gala Vázquez Montalbán, capaz de hablar por boca de un profesor pedante y de una dama de alcurnia, manteniendo un estilo sencillo cuando recupera el papel de narrador. Erec y Enide no es una novela larga, y la peripecia es lo bastante interesante para que se lea en un suspiro, pero no está falta de enjundia.

Tenemos al personaje principal, que no es otro que el profesor Matasanz, hábil trepa en los mundillos académico y político, muy pagado de sí mismo, pero un verdadero zoquete en la relación con su familia. Eso sí, pegó un buen braguetazo. La señora Madrona, a priori arquetipo de personaje repelente, consigue despertar las simpatías del lector, aunque sólo sea con el tramposo razonamiento de "ella no tiene la culpa de ser así". A mi juicio, se trata de un personaje poco interesante, al que el autor ha concedido un peso desproporcionado en la novela. ¿Una especie de Reina Ginebra organizando los fastos de la corte de Camelot?

Finalmente, los paralelismos de Pedro y Myriam con los Erec y Enide medievales son a mi juicio el motivo central, y el gran hallazgo de esta novela: la constatación de que, en pleno siglo XXI y por muy realista que sea una novela, podemos encontrar enanos buenos y malos, condes malvados, caballeros andantes...

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Última actualización: 5-07-2002

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