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El primer capítulo nos cuenta, en pocas páginas, la vida,
cómoda pero gris, de un catedrático en una universidad de
provincias. Mediocre como muchos, obtuvo su puesto por recomendación
de su suegro, y continuará la estirpe haciendo él lo mismo
por su yerno, de mala gana y convencido de la futilidad de la existencia.
Después nos son mostrados dos matrimonios de la burguesía
comercial-oficinesca, trabajos fáciles que reportan amplias ganancias,
empleadas en rodearse de objetos y de actividades obligatorias para su
clase social. Los múltiplos del salario de un obrero sirven para
poner precio a sus bienes y diversiones. Un industrial de las lacas y
un médico público-privado, con sus respectivas familias,
completan esta serie de biografías resumidas, en orden creciente
de riqueza, pero compartiendo todos el afán por hacer ostentación,
por despreciar al pobre y al que se quedó atrás, más
si pertenece a la propia familia.
A continuación, un representante de la "clase gozante",
tenida por superior a la "clase media" antes descrita
por su cercanía al Benefactor quien, colmándolos de bienes,
premia su adhesión total, toma la palabra, relatando en cortos
capítulos causas y escenas de su rica existencia a un antiguo amigo
de juventud, más inteligente y menos servil, y por ello habitante
de la perenne miseria.
Camilo, así llamado el gozante burgués, reconoce una y
otra vez al Benefactor como la fuente de esa riqueza que confiere sentido
a su vida, declarando sin vacilar que sería capaz de cualquier
cosa, sin importar lo criminal o abyecta que fuere, con tal de conservar
su privilegiado puesto. Repite e ilustra con ejemplos su superioridad
ante familia y antiguos condiscípulos, consistente en dinero y
relaciones directas con los círculos del poder. Como bien dice,
el salario de treinta obreros sutiliza mis proposiciones,
moraliza mis actos, insufla sabiduría en mis determinaciones
y preña de sentido mi pasado.
Que otros sean más buenos o más sabios no cambia nada,
pues no existen para un mundo en el que sólo el dinero justifica
los actos de una persona.

Castillo de Aunqueospese, mayo de 2003
"La fea burguesía" es una de esas raras obras
que, trascendiendo el momento y lugar en el que fueron escritas -los últimos
años de la dictadura de Franco- son aplicables a multitud de personas
y situaciones a lo largo del mundo y del tiempo. Retrata a los fieles
seguidores de un partido político, capaces de aguantar (y apoyar)
todo con tal de obtener la sinecura bien pagada; al ejército de
"colaboradores" y segundones gracias al cual Rumsfeld, Cheney
y compañía están dominando el mundo... pero también
a todos aquellos a quienes el dinero es capaz de sofocarles la conciencia,
los que abandonan a sus compañeros por unas migajas de la mesa
del jefe, los que, habiendo nacido bajo otras condiciones, evitan avergonzados
a familiares y amigos de antes de la traición.
Por si esto fuera poco, Miguel Espinosa se sirve del idioma de una manera
magistral: emplea un estilo frío, muy solemne, de cultísimo
léxico que premeditadamente se aleja del lenguaje hablado. La forma
subraya así la terrible crueldad narrada en el libro, la importancia
que cobran los objetos a costa de las personas, el abismo que se abre
entre ellas.
No creo que hayan quedado dudas sobre mi opinión respecto a "La
fea burguesía". Su lectura requiere cierto esfuerzo, recompensado
con creces por una prospección tan certera en el interior del alma
de muchos. Espero que nunca se trate de nosotros.
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