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Empiezo con un consejo que, hipotético lector, eres muy libre
de seguir: ahórrate las 100 páginas de estudio introductorio,
a no ser que ignores quién fue Max Aub, quién gobernaba
España en 1969, y te interesen muchísimo los pormenores
del viaje con cierta desconfianza hacia lo que el propio autor escribe.
La gallina ciega fue escrita a partir de las notas reunidas
por Max Aub durante un viaje por España, de agosto a noviembre
de 1969, con motivo de reunir material para un libro sobre Luis Buñuel,
que no llegó a terminar, pues murió poco después
de la publicación de este libro. Estructurado en forma de “falso”
diario, pues fue realmente escrito ya en México, presenta una detallada
descripción del tardofranquismo —Matesa, Opus, príncipe
heredero y demás miserias—, escrita por uno de los mejores
autores españoles del siglo XX. No hace falta insistir en la calidad
de la prosa, sí en lo útil del punto de vista: política
y literariamente muy relevante, también importante desde la perspectiva
personal, cómo encuentra su país —el nuestro—
alguien que ha pasado los últimos 30 años apartado de él.
Al aterrizar en Barcelona, Aub se encuentra con un país que ha
hecho grandes progresos materiales, pero en un ámbito de mediocridad
total en el que la mayoría silenciosa se encuentra cómoda
con la dictadura, que cumple suministrando pan y circo. La llegada de
Aub, uno de los grandes intelectuales de la República y del exilio,
provocó cierto revuelo en el enrarecido mundillo cultural de finales
de la dictadura. Tuvo problemas con la censura —prohibieron lecturas
públicas de un par de piezas teatrales— y sufrió ataques
injustos y un tanto patéticos desde la prensa, destacando el famoso
prócer del periodismo Emilio Romero, queriendo hacer sangre. Veamos
ahora quién es más recordado, fuera de Arévalo, claro.

De aquellos polvos... Benicassim, 2003.
Es evidente que no lo iban a recibir con los brazos abiertos. Pero lo
que nos importa es su reacción ante el reencuentro con su país,
abandonado de tan mala manera, que había evolucionado de una forma
tan distinta a los recuerdos y deseos de los exiliados. A lo largo de
las páginas de La gallina ciega, tenemos multitud de reflexiones
sobre personas, ciudades y costumbres de la España de 1969, por
lo que el libro no decepciona en absoluto.
Manifiesta bastante desencanto con la juventud, aunque muchas veces los
reproches son un tanto injustos, él mismo lo reconoce. También
acepta que tanto material como culturalmente lo tuvieron mejor los exiliados
que los que se quedaron y tuvieron que tragarse toda la postguerra, sobre
todo aquellos que vieron pasar su juventud durante los terribles años
40. Resulta escalofriante la nómina de personajes citados en La
gallina ciega, gente muy válida que nunca fue reconocida y
ahora ya ha sido olvidada. En contrapartida, la descripción de
los jóvenes prodigios, de los círculos literarios en torno
a Carlos Barral y a Carmen Balcells, donde ya despuntan los prodigios
del boom latinoamericano (Vargas Llosa, García Márquez);
aunque es evidente que a Max Aub le interesan más los de su generación.
Max Aub se despacha con una sinceridad desacostumbrada en los libros
de memorias. Su desilusión con lo que ve es evidente: el acomodo
general de los españoles al régimen, las nuevas costumbres
tan chabacanas y tan contrarias a sus recuerdos, el olvido de la generación
prebélica. Mucha ignorancia, poca rebeldía.
La España de principios del S. XXI se parece mucho más
a la tardofranquista que a la republicana, eso es evidente, no sólo
por la continuidad política y económica (apellidos, familias,
grupos de poder: prácticamente los mismos), sino por la prevalencia
de las costumbres fijadas durante aquel período. Encuentro alarmante
la reflexión que hace el autor de El laberinto mágico
sobre la corrupción, presente en un grado inimaginable antes de
la guerra, más propia de un país suramericano que de uno
europeo: creo que eso lo hemos heredado del todo.
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