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Alexandr Solzhenitsyn:
“Archipiélago Gulag (1918-1956)”
Ensayo de investigación literaria

Kolyma, Magadán, Lubianka, Vorkutá... son nombres oídos muchas veces, lo que no sabía es que pertenecen a unas extrañas islas.

 

No es un libro agradable de leer. Tanto dolor, tanto sufrimiento sin sentido multiplicado por cada una de los millones de víctimas no tarda en afectar al lector. Tras una noche de atroces pesadillas, tuve muy claro que no es libro para antes de irse a dormir.

GULAG es un acrónimo formado a partir de Glavnoye Upravieniye Ispravitelno-Trudovykh Lagerei, Administración Principal para Campos de Trabajo Correccionales. Tras ese nombre se escondía una extensa red de prisiones y campos de exterminio, creada poco después de la revolución bolchevique y usada para reprimir primero a la oposición política, luego a la económica y pronto para castigar a todo culpable de haber estado en el extranjero, emitido una opinión en voz alta, pertenecer a una de las etnias condenadas o simplemente tener la mala suerte de cruzarse en el camino de un aparato represor necesitado de cumplir la exigente cuota de detenciones. Eso sí, todos con el marchamo de “contrarrevolucionarios”.

Para describirlo, Solzhenitsyn usa una metáfora un tanto poética: un gran archipiélago, cuyas islas son los campos de detención, las cárceles de tránsito son los puertos y las naves, los trenes de prisioneros. Sigue un orden lógico, según va conociéndolo cualquier preso: detención, interrogatorios, proceso, traslado, cárceles de tránsito, campo de trabajo; alterna descripciones generales de cada etapa con la narración de su experiencia personal en cada una de ellas. Esto último es, sin dudarlo, mucho más interesante y ameno —si esta palabra cupiese en semejante contexto: frente a la inacabable enumeración de casos vividos, exasperantemente prolija, la vivencia del autor, brillantemente contada, se hace mucho más cercana al lector, le hiere más profundamente.

El autor, a la sazón capitán de artillería, es detenido en 1945, en pleno frente, acusado de actividades contrarrevolucionarias. No tuvo cuidado al escribir cartas a unos amigos. La consecuencia: inmersión en un mundo paralelo de torturas, procesos ridículos, confesiones firmadas libremente, estancias en celdas y vagones increíblemente abarrotados, hambre, sed, frío, pillajes por parte de los presos comunes. Aprovecha para fijarse, hablar, recordar, para poder contárnoslo. En este tomo no llega a la parte supuestamente más terrible, los campos de trabajo; los tomos 2 y 3 de Archipiélago todavía no han aparecido en España.

Arbusto helado
Hielo. Sierra de Guadarrama, febrero de 2003.

Hay que reconocer que el recuento de casos conocidos por el autor durante su largo cautiverio cumple una función muy importante en Archipiélago Gulag, conferir solidez a la denuncia, apuntalándola con multitud de datos y nombres, imprescindible para que resista frente al mentís de las autoridades sucesoras de Stalin y de muchos intelectuales voluntariamente ciegos y sordos. Hay que tener en cuenta que hubo muy pocos supervivientes. Pero también se convierte en un lastre para la lectura, cuando la información se acumula a lo largo de centenares de páginas: la parte central de este tomo es una inacabable sucesión de procesos judiciales, con demasiado énfasis en su dimensión legal, cuando precisamente una de las características de cualquier dictadura, y más de la que nos ocupa, es el desprecio total al derecho.

Solzhenitsyn pretende, desde el principio, defender la tesis de que la terrible salvajada de la que el Gulag sólo era una parte no es solamente atribuible a la dictadura de Stalin, sino que era algo íntimamente ligado a la revolución bolchevique, entre cuyos principios estaba el desprecio total a los derechos individuales, sobre todo si entraban en conflicto con una revolución dirigida por una pequeña "vanguardia" que no permitía disensión alguna. De ahí la temprana aparición de la Cheká (luego NKVD y KGB) y el inmenso aparato represor, necesitado de víctimas para justificar su existencia.

Hasta aquí, totalmente de acuerdo; pero sigo pensando que Stalin sí supuso una diferencia, aunque fuese "de grado": aquí ese grado supuso la muerte en circunstancias horribles de millones de personas, por lo que no se debe ignorar.

Otro aspecto de Archipiélago Gulag que me parece fuera de lugar son las constantes referencias a un pasado mejor. Tratándose de Rusia, a la Edad de Oro del gobierno de los zares. Por supuesto que la Unión Soviética llegó a cotas de crueldad y fracaso económico difícilmente superables; pero también es cierto que en 1917 el país de Europa donde más horrible era la pobreza, donde la autocracia reprimía más fieramente a la oposición, era Rusia. Y que la policía política de los zares matase muchos menos presos políticos que los chequistas tampoco les hace buenos. En muchas ocasiones, Solzhenitsyn da la impresión de hablar como un miembro de la casta dominante resentido contra una revolución que le ha despojado de su condición privilegiada, sin pensar que la existencia y el mal uso de tales privilegios fue lo que provocó el triunfo del peor extremismo.

Por lo arcaico y conservador de sus opiniones —tras el fin de la Unión Soviética, prácticamente a favor de resucitar la Gran Rusia zarista— no debe quitar mérito a una excepcional denuncia, escrita del mejor modo posible: simplemente, contando lo que sucedió.

Un pequeño reparo a la edición de Tusquets, por lo demás muy digna: el hecho de colocar todas las notas al final del libro, además del glosario, convierte su consulta en algo innecesariamente lento y pesado. ¿Por qué no dejarlas al pie de cada página?

 

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Última actualización: 21-02-2003

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