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No es un libro agradable de leer. Tanto dolor, tanto sufrimiento sin
sentido multiplicado por cada una de los millones de víctimas no
tarda en afectar al lector. Tras una noche de atroces pesadillas, tuve
muy claro que no es libro para antes de irse a dormir.
GULAG es un acrónimo formado a partir de Glavnoye
Upravieniye Ispravitelno-Trudovykh Lagerei, Administración
Principal para Campos de Trabajo Correccionales. Tras ese nombre se escondía
una extensa red de prisiones y campos de exterminio, creada poco después
de la revolución bolchevique y usada para reprimir primero a la
oposición política, luego a la económica y pronto
para castigar a todo culpable de haber estado en el extranjero, emitido
una opinión en voz alta, pertenecer a una de las etnias condenadas
o simplemente tener la mala suerte de cruzarse en el camino de un aparato
represor necesitado de cumplir la exigente cuota de detenciones. Eso sí,
todos con el marchamo de contrarrevolucionarios.
Para describirlo, Solzhenitsyn usa una metáfora un tanto poética:
un gran archipiélago, cuyas islas son los campos de detención,
las cárceles de tránsito son los puertos y las naves, los
trenes de prisioneros. Sigue un orden lógico, según va conociéndolo
cualquier preso: detención, interrogatorios, proceso, traslado,
cárceles de tránsito, campo de trabajo; alterna descripciones
generales de cada etapa con la narración de su experiencia personal
en cada una de ellas. Esto último es, sin dudarlo, mucho más
interesante y ameno si esta palabra cupiese en semejante contexto:
frente a la inacabable enumeración de casos vividos, exasperantemente
prolija, la vivencia del autor, brillantemente contada, se hace mucho
más cercana al lector, le hiere más profundamente.
El autor, a la sazón capitán de artillería, es detenido
en 1945, en pleno frente, acusado de actividades contrarrevolucionarias.
No tuvo cuidado al escribir cartas a unos amigos. La consecuencia: inmersión
en un mundo paralelo de torturas, procesos ridículos, confesiones
firmadas libremente, estancias en celdas y vagones increíblemente
abarrotados, hambre, sed, frío, pillajes por parte de los presos
comunes. Aprovecha para fijarse, hablar, recordar, para poder contárnoslo.
En este tomo no llega a la parte supuestamente más terrible, los
campos de trabajo; los tomos 2 y 3 de Archipiélago todavía
no han aparecido en España.

Hielo. Sierra de Guadarrama, febrero de 2003.
Hay que reconocer que el recuento de casos conocidos por el autor durante
su largo cautiverio cumple una función muy importante en Archipiélago
Gulag, conferir solidez a la denuncia, apuntalándola con multitud
de datos y nombres, imprescindible para que resista frente al mentís
de las autoridades sucesoras de Stalin y de muchos intelectuales voluntariamente
ciegos y sordos. Hay que tener en cuenta que hubo muy pocos supervivientes.
Pero también se convierte en un lastre para la lectura, cuando
la información se acumula a lo largo de centenares de páginas:
la parte central de este tomo es una inacabable sucesión de procesos
judiciales, con demasiado énfasis en su dimensión legal,
cuando precisamente una de las características de cualquier dictadura,
y más de la que nos ocupa, es el desprecio total al derecho.
Solzhenitsyn pretende, desde el principio, defender la tesis de que la
terrible salvajada de la que el Gulag sólo era una parte no es
solamente atribuible a la dictadura de Stalin, sino que era algo íntimamente
ligado a la revolución bolchevique, entre cuyos principios estaba
el desprecio total a los derechos individuales, sobre todo si entraban
en conflicto con una revolución dirigida por una pequeña
"vanguardia" que no permitía disensión alguna.
De ahí la temprana aparición de la Cheká (luego
NKVD y KGB) y el inmenso aparato represor, necesitado de víctimas
para justificar su existencia.
Hasta aquí, totalmente de acuerdo; pero sigo pensando que Stalin
sí supuso una diferencia, aunque fuese "de grado":
aquí ese grado supuso la muerte en circunstancias horribles de
millones de personas, por lo que no se debe ignorar.
Otro aspecto de Archipiélago Gulag que me parece fuera
de lugar son las constantes referencias a un pasado mejor. Tratándose
de Rusia, a la Edad de Oro del gobierno de los zares. Por supuesto que
la Unión Soviética llegó a cotas de crueldad y fracaso
económico difícilmente superables; pero también es
cierto que en 1917 el país de Europa donde más horrible
era la pobreza, donde la autocracia reprimía más fieramente
a la oposición, era Rusia. Y que la policía política
de los zares matase muchos menos presos políticos que los chequistas
tampoco les hace buenos. En muchas ocasiones, Solzhenitsyn da la impresión
de hablar como un miembro de la casta dominante resentido contra una revolución
que le ha despojado de su condición privilegiada, sin pensar que
la existencia y el mal uso de tales privilegios fue lo que provocó
el triunfo del peor extremismo.
Por lo arcaico y conservador de sus opiniones tras el fin de la
Unión Soviética, prácticamente a favor de resucitar
la Gran Rusia zarista no debe quitar mérito a una excepcional
denuncia, escrita del mejor modo posible: simplemente, contando lo que
sucedió.
Un pequeño reparo a la edición de Tusquets, por lo demás
muy digna: el hecho de colocar todas las notas al final del libro, además
del glosario, convierte su consulta en algo innecesariamente lento y pesado.
¿Por qué no dejarlas al pie de cada página?
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