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Rafael Sánchez Ferlosio:
“El Jarama ”

Un viaje en el tiempo a los años 50, disfrutando cada minuto.
 

He aquí una de las grandes novelas españolas del siglo XX, aunque su autor reniegue de ella, y la prensa y las editoriales, volcadas en las novedades de la temporada por eso del negocio, la mencionen raramente y de pasada, relegada al polvoriento cajón de "los clásicos". Mejor, así podemos leerla sin ruidos que distraigan nuestra atención.

El Jarama debe ser leída con especial calma, dada la morosidad con que los hechos se van desgranando por sus páginas. Todo transcurre durante un caluroso domingo de verano, a orillas del río Jarama, donde muchos habitantes del cercano Madrid tratan de refrescarse y olvidarse de los trabajos de la semana. Corren los años 50 —todos esperan la próxima construcción de una base militar americana, muy cerca de allí—.

Como si estuviéramos leyendo la transcripción de una grabación de un magnetófono colocado por un espía minucioso, disponemos de un registro exhaustivo de los actos y, sobre todo, de las conversaciones, que tienen lugar en dos escenarios: una taberna cercana al Jarama que hace las veces de merendero, y acompañando a un numeroso grupo de jóvenes que han llegado a pasar el día a orillas del río. Todo de una clase muy popular.

Si el lector tuviera la oportunidad de pasar un día siendo la sombra del tabernero, y, simultáneamente, de cualquiera de los jóvenes que beben vino, se bañan y bromean, podría hacerse una idea muy cabal del carácter de los personajes, de sus inquietudes y de las preocupaciones del día, simplemente estando atento a sus conversaciones, tan triviales como las de cualquiera, pero que a lo largo de una jornada dibujan un retrato completo de la persona. Ésta es, a mi entender, la mayor virtud de la novela.

Alberche
No es el Jarama, sino el Alberche, y, por suerte para él, queda algo más retirado de Madrid.
Cerca de Navalosa (Ávila), septiembre 2004.

Por añadidura, gracias a la meticulosidad de Rafael Sánchez Ferlosio al escribir los diálogos, tenemos la oportunidad de comprobar cómo se hablaba hace 50 años, tanto los parroquianos de la taberna, gente de los pueblos de alrededor, como los habitantes de la gran ciudad. Leer las mismas expresiones que casi ya no usamos, pero sí la generación de mis padres, nacidos durante la posguerra, como "por hache o por be", "acoquinarse", y tantas otras más, es una grata manera de comprobar la evolución del idioma.

Mientras tanto, el día transcurre, tan lento como lo que tardamos en leerlo —en "tiempo real", diría un periodista ignorante— con los hechos bien dosificados gracias a la magistral construcción de la novela. Se percibe un ambiente de cierta tensión, pues cada cuatro páginas hay algún personaje mosqueado, pidiendo disculpas a otro, con el resto de la concurrencia templando gaitas, para seguir en paz hasta la siguiente, pocos minutos más tarde. Sorprende el hecho de que en más de trescientas páginas de diálogos no se vea ni una blasfemia, ni una mala palabra: acepto que en este país el uso del lenguaje soez y cuartelero ha aumentado bastante en los últimos 50 años, pero, por lo que tengo visto y oído, algo se les escapaba, una vez lejos del oído del cura o del guardia civil. Claro está que Ferlosio quería publicar en España.

El Jarama puede ser una novela de lectura trabajosa si la tomamos con prisa, esperando grandes peripecias, pero una fuente de grandes satisfacciones si la leemos despacio, prestando atención a cada frase y disfrutando de la conversación tanto como si estuviéramos participando en ella. Como se debería leer cualquier novela, por otra parte...

Otros libros del autor en mic-culturilla: La hija de la guerra y la madre de la patria

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Última actualización: 27-11-2005

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