| He aquí una de las grandes novelas españolas del siglo XX, aunque
su autor reniegue de ella, y la prensa y las editoriales, volcadas en
las novedades de la temporada por eso del negocio, la mencionen raramente
y de pasada, relegada al polvoriento cajón de "los clásicos".
Mejor, así podemos leerla sin ruidos que distraigan nuestra atención.
El Jarama debe ser leída con especial calma, dada la
morosidad con que los hechos se van desgranando por sus páginas.
Todo transcurre durante un caluroso domingo de verano, a orillas del
río Jarama, donde
muchos habitantes del cercano Madrid tratan de refrescarse y olvidarse
de los trabajos de la semana. Corren los años 50 —todos esperan
la próxima
construcción de una base militar americana, muy cerca de allí—.
Como si estuviéramos leyendo la transcripción de una grabación
de un magnetófono colocado por un espía minucioso, disponemos
de un registro exhaustivo de los actos y, sobre todo, de las conversaciones,
que tienen lugar en dos escenarios: una taberna cercana al Jarama que
hace las veces de merendero, y acompañando a un numeroso grupo
de jóvenes
que han llegado a pasar el día a orillas del río. Todo
de una clase muy popular.
Si el lector tuviera la oportunidad de pasar un día siendo la
sombra del tabernero, y, simultáneamente, de cualquiera de los
jóvenes que beben
vino, se bañan y bromean, podría hacerse
una idea muy cabal del carácter de los personajes, de sus inquietudes
y de las preocupaciones del día, simplemente estando atento a
sus conversaciones, tan triviales como las de cualquiera, pero que a
lo largo de una jornada dibujan un retrato completo de la persona. Ésta
es, a mi entender, la mayor virtud de la novela.
No es el Jarama, sino el Alberche, y, por suerte para él, queda algo
más retirado de Madrid.
Cerca de Navalosa (Ávila), septiembre 2004.
Por añadidura, gracias a la meticulosidad de Rafael Sánchez Ferlosio
al escribir los diálogos, tenemos la oportunidad de comprobar cómo se
hablaba hace 50 años, tanto los parroquianos de la taberna, gente de
los pueblos de alrededor, como los habitantes de la gran ciudad. Leer
las mismas expresiones que casi ya no usamos, pero sí la generación de
mis padres, nacidos durante la posguerra, como "por hache o por be",
"acoquinarse", y tantas otras más, es una grata manera
de comprobar la evolución del idioma.
Mientras tanto, el día transcurre, tan lento como lo que tardamos en
leerlo —en "tiempo real", diría un periodista ignorante— con
los hechos bien dosificados gracias a la magistral construcción de la
novela. Se percibe un ambiente de cierta tensión, pues cada cuatro páginas
hay algún personaje mosqueado, pidiendo disculpas a otro, con el resto
de la concurrencia templando gaitas, para seguir en paz hasta la siguiente,
pocos minutos más tarde. Sorprende el hecho de que en más de trescientas
páginas de diálogos no se vea ni una blasfemia, ni una mala palabra:
acepto que en este país el uso del lenguaje soez y cuartelero ha aumentado
bastante en los últimos 50 años, pero, por lo que tengo visto y oído,
algo se les escapaba, una vez lejos del oído del cura o del guardia civil.
Claro está que Ferlosio quería publicar en España.
El Jarama puede ser una novela de lectura trabajosa si la tomamos
con prisa, esperando grandes peripecias, pero una fuente de grandes satisfacciones
si la leemos despacio, prestando atención a cada frase y disfrutando
de la conversación tanto como si estuviéramos participando en ella. Como
se debería leer cualquier novela, por otra parte... Otros libros del autor en mic-culturilla: La
hija de la guerra y la madre de la patria |